No bien me aparté de él con su capa, cuando ordena el diablo que dos

que lo aguardaban para cintarearlo por una mujercilla, entendiendo por

la capa que yo era don Diego, levantan y empiezan una lluvia de

espaldarazos sobre mí. Yo di voces, y en ellas y la cara conocieron

que no era yo. Huyeron y yo quedéme en la calle con los cintarazos.

Disimulé tres o cuatro chichones que tenía y detúveme un rato, que

no osé entrar en la calle, de miedo. En fin, a las doce, que era a la

hora que solía hablar con ella, llegué a la puerta; y emparejando,

cierra uno de los que me aguardaban por don Diego, con un garrote

conmigo, y dame dos palos en las piernas y derríbame en el suelo; y

llega el otro, y dame un trasquilón de oreja a oreja y quítanme la

capa, y déjanme en el suelo, diciendo:

-¡Así pagan los pícaros embustidores mal nacidos!

Comencé a dar gritos y a pedir confesión; y como no sabía lo que

era, aunque sospechaba por las palabras que acaso era el huésped de

quien me había salido con la traza de la Inquisición, o el carcelero

burlado, o mis compañeros huidos...; y, al fin, yo esperaba de tantas

partes la cuchillada, que no sabía a quién echársela; pero nunca

sospeché en don Diego ni en lo que era. Daba voces:

-¡A los capeadores!

A ellas vino la justicia; levantáronme, y viendo mi cara con una

zanja de un palmo y sin capa ni saber lo que era, asiéronme para

llevarme a curar. Metiéronme en casa de un barbero, curóme,

preguntáronme dónde vivía, y lleváronme allá. Acostáronme, y

quedé aquella noche confuso, viendo mi cara de dos pedazos y tan

lisiadas las piernas de los palos, que no me podía tener en ellas ni

las sentía, robado, y de manera que ni podía seguir a los amigos, ni

tratar del casamiento, ni estar en la Corte, ni estar fuera.

* * * * *

Libro Tercero: Capítulo VIII: De su cura y otros sucesos peregrinos.

He aquí a la mañana amanece a mi cabecera la huéspeda de casa,

vieja de bien, arrugada y llena de afeite, que parecía higo

enharinado, niña si se lo preguntaban, con su cara de muesca, entre

chufa y castaña apilada, tartamuda, barbada y bizca y roma; no le

faltaba una gota para bruja. Tenía buena fama en el lugar y echábase

a dormir con ella y con cuantos querían; templaba gustos y careaba

placeres. Llamábase la Paloma; alquilaba su casa y era corredora para

alquilar otras. En todo el año no se vaciaba la posada de gente.

Era de ver cómo ensayaba una muchacha en el taparse, lo primero

enseñándola cuáles cosas había de descubrir de su cara. A la de

buenos dientes, que riese siempre, hasta en los pésames; a la de

buenas manos, se las enseñaba a esgrimir; a la rubia, un bamboleo de

cabellos y un asomo de vedijas por el manto y la toca extremado; a

buenos ojos, lindos bailes con las niñas y dormidillos, cerrándolos,

y elevaciones mirando arriba. Pues tratada en materia de afeites,

cuervos entraban y les corregía las caras de manera que al entrar en

sus casas, de puro blancas no las conocían sus maridos. Enlucía

manos y gargantas como paredes, acicalaba dientes, arrancaba el vello;

tenía un bebedizo que llamaba Herodes, porque con él mataba los

niños en las barrigas, y hacía malparir y mal empreñar. Y en lo que

ella era más extremada era en arremedar virgos y adobar doncellas. En

solos ocho días que yo estuve en casa la vi hacer todo esto. Y para

remate de lo que era, enseñaba a pelar, y refranes que dijesen las

mujeres. Allí les decía cómo habían de encajar la joya: las niñas

por gracia, las mozas por deuda y las viejas por respeto y

obligación. Enseñaba pediduras para dinero seco y pediduras para

cadenas y sortijas. Citaba a la Vidaña, su concurrente en Alcalá, y

a la Plañosa, en Burgos, a Muñatones la de Salamanca.

Esto he dicho para que se me tenga lástima de ver a las manos que

vine y se ponderen mejor las razones que me dijo; y empezó por estas

palabras, que siempre hablaba por refranes:

-De donde sacan y no pon, hijo don Filipe, presto llegan al hondón;

de tales polvos, tales lodos; de tales bodas, tales tortas. Yo no te

entiendo, ni sé tu manera de vivir. Mozo eres, no me espanto que

hagas algunas travesuras, sin mirar que, durmiendo, caminamos a la

güesa: yo, como montón de tierra, te lo puedo decir.

¡Qué cosa es que me digan a mí que has desperdiciado mucha hacienda

sin saber cómo, y que te han visto aquí ya estudiante, ya pícaro, y

ya caballero, y todo por las compañías! Dime con quién andas, hijo,

y diréte quién eres; cada oveja con su pareja; sábete, hijo, que de

la mano a la boca se pierde la sopa. Anda, bobillo que si te

inquietaban mujeres, bien sabes tú que soy yo fiel perpetuo en esta

tierra de esa mercaduría, y que me sustento de las posturas, así que

enseño como que pongo, y que nos damos con ellas en casa, y no

andarte con un pícaro y otro pícaro, tras una alcorzada y otra

redomadona, que gasta las faldas con quien hace sus mangas. Yo te juro

que hubieras ahorrado muchos ducados si te hubieras encomendado a mí

porque no soy nada amiga de dineros. Y por mis entenado y difuntos, y

así yo haya buen acabamiento, que aun lo que me debes de la posada no

te lo pidiera agora, a no haberlo menester para unas candelicas y

hierbas (que trataba en botes, sin ser boticaria, y si la untaban las

manos, se untaba y salía de noche por la puerta del humo).

Yo que vi que había acabado la plática y sermón en pedirme, que,

con ser su tema, acabó en él y no comenzó, como todos hacen, no me

espanté de la visita, que no me la había hecho otra vez mientras

había sido su huésped, si no fue un día que me vino a dar

satisfacciones de que había oído que me habían dicho no sé qué de

hechizos y que la quisieron prender y escondió la calle; vínome a

desengañar y a decir que era otra de su nombre.

Yo la conté su dinero y, estándosele dando, la desventura, que nunca

me olvida, y el diablo, que se acuerda de mí, trazó que la venían a

prender por amancebada, y sabían que estaba el amigo en casa.

Entraron en mi aposento; como me vieron en la cama y a ella conmigo,

cerraron con ella y conmigo y diéronme cuatro o seis empellones muy

grandes y arrastráronme fuera de la cama. A ella la tenían asida

otros dos tratándola de alcahueta y bruja. ¡Quién tal pensara de

una mujer que hacía la vida referida!

A las voces del alguacil y a mis quejas, el amigo, que era un frutero

que estaba en el aposento de adentro, dio a correr. Ellos que lo

vieron y supieron por lo que decía otro huésped de casa que yo lo

era arrancaron tras el picaño, y asiéronle y dejáronme a mí

repelado y apuñeado; y con todo mi trabajo me reía de lo que los

picarones decían a la Guía. Porque uno la miraba y decía:

-¡Qué bien os estará una mitra, madre, y lo que me holgaré de

veros consagrar tres mil nabos a vuestro servicio!

Otro:

-Ya tienen escogidas plumas los señores alcaldes, para que entréis

bizarra.

Al fin, trujeron el picarón, y atáronlos entrambos. Pidiéronme

perdón y dejáronme solo. Yo quedé algo aliviado de ver a mi buena

huéspeda en el estado que tenía sus negocios; y así, no tenía otro

cuidado sino el de levantarme a tiempo que la tirase mi naranja.

Aunque, según las cosas que contaba una criada que quedó en casa, yo

desconfié de su prisión, porque me dijo no sé qué de volar, y

otras cosas que no me sonaron bien.

Estuve en la casa curándome ocho días, y apenas podía salir;

diéronme doce puntos en la cara, y hube de ponerme muletas. Halléme

sin dinero, porque los cien reales se consumieron en la cura, comida y

posada; y así, para no hacer más gasto no teniendo dinero,

determiné de salirme con dos muletas de la casa, y vender mi vestido,

cuellos y jubones, que era todo muy bueno. Hícelo y compré con lo

que me dieron un coleto de cordobán viejo y un jubonazo de estopa

famoso, mi gabán de pobre, remendado y largo, mis polainas y zapatos

grandes, la capilla del gabán en la cabeza, un Cristo de bronce

traía colgando del cuello, y un rosario.

Impúsome en la voz y frases doloridas de pedir un pobre que entendía

de la arte mucho, y así comencé luego a ejercitarlo por las calles.

Cosíme sesenta reales que me sobraron en el jubón, y con eso me

metí a pobre fiado en mi buena prosa. Anduve ocho días por las

calles, aullando en esta forma, con voz dolorida y realzamiento de

plegarias: «¡Dalde, buen cristiano, siervo del Señor, al pobre

lisiado y llagado; que me veo y me deseo!» Esto decía los días de

trabajo, pero los días de fiesta comenzaba con diferente voz, y

decía: «¡Fieles cristianos y devotos del Señor! ¡Por tan alta

princesa como la Reina de los Ángeles, Madre de Dios, dalde una

limosna al pobre tullido y lastimado de la mano del Señor!» Y paraba

un poco, que es de grande importancia, y luego añadía: «¡Un aire

corrupto en hora menguada trabajando en una viña, me trabó mis

miembros, que me vi sano y bueno como se ven y se vean, loado sea el

Señor!»

Venían con esto los ochavos trompicando y ganaba mucho dinero. Y

ganara más si no se me atravesara un mocetón mal encarado, manco de

los brazos y con una pierna menos, que me rondaba las mismas calles en

un carretón y cogía más limosna con pedir mal criado. Decía con

voz ronca, rematando en chillido: «¡Acordaos siervos de Jesucristo,

del castigado del Señor por sus pecados! ¡Dalde al pobre lo que Dios

reciba!» Y añadía: «¡Por el buen Jesú!»; y ganaba que era un

juicio. Yo advertí, y no dije más Jesús, sino quitábale la s, y

movía a más devoción. Al fin, yo mudé de frasecicas y cogía

maravillosa mosca.

Llevaba metidas entrambas piernas en una bolsa de cuero, y liadas, y

mis dos muletas. Dormía en un portal de un cirujano, con un pobre de

cantón, uno de los mayores bellacos que Dios crió. Estaba

riquísimo, y era como nuestro retor; ganaba más que todos; tenía

una potra muy grande, y atábase con un cordel el brazo por arriba, y

parecía que tenía hinchada la mano y manca, y calentura, todo junto.

Poníase echado boca arriba en su puesto, y con la potra defuera, tan

grande como una bola de puente, y decía: «¡Miren la pobreza y el

regalo que hace el Señor al cristiano!» Si pasaba mujer decía:

«¡Ah, señora hermosa, sea Dios en su ánima!» Y las más, porque

las llamase así, le daban limosna y pasaban por allí aunque no fuese

camino para sus visitas. Si pasaba un soldadico: «¡Ah, señor

capitán!», decía; y si otro hombre cualquiera: «¡Ah, señor

caballero!» Si iba alguno en coche, luego le llamaba señoría, y si

clérigo en mula, señor arcediano. En fin, él adulaba terriblemente.

Tenía modo diferente para pedir los días de los santos; y vine a

tener tanta amistad con él, que me descubrió un secreto con que en

dos días estuvimos ricos. Y era que este tal pobre tenía tres

muchachos pequeños, que recogían limosna por las calles y hurtaban

lo que podían; dábanle cuenta a él y todo lo guardaba. Iba a la

parte con dos niños de la cajuela en las sangrías que hacían de

ellas, y tomé el mismo arbitrio, y él me encaminó la gentecica a

propósito.

Halléme en menos de un mes con más de doscientos reales horros. Y

últimamente me declaró, con intento que nos fuésemos juntos, el

mayor secreto y la más alta industria que cupo en mendigo, y la

hicimos entrambos. Y era que hurtábamos niños, cada día, entre los

dos, cuatro o cinco; pregonábanlos, y salíamos nosotros a preguntar

las señas, y decíamos: «Por cierto, señor, que le topé a tal

hora, y que si no llego, que le mata un carro; en casa está».

Dábannos el hallazgo, y veníamos a enriquecer de manera que me

hallé yo con cincuenta escudos, y ya sano de las piernas, aunque las

traía entrapajadas.

Determiné de salirme de la Corte y tomar mi camino para Toledo, donde

ni conocía ni me conocía nadie. Al fin, yo me determiné; compré un

vestido pardo, cuello y espada, y despedíme de Valcázar, que era el

pobre que dije, y busqué por los mesones en qué ir a Toledo.

* * * * *

Libro Tercero: Capítulo IX: En que se hace representante, poeta y

galán de monjas.

Topé en un paraje una compañía de farsantes que iban a Toledo.

Llevaban tres carros, y quiso Dios que entre los compañeros iba uno

que lo había sido mío del estudio en Alcalá, y había renegado y

metídose al oficio. Díjele lo que me importaba ir allá y salir de

la Corte; y apenas el hombre me conocía con la cuchillada, y no

hacía sino santiguarse de mi per signum crucis. Al fin, me hizo

amistad, por mi dinero, de alcanzar de los demás lugar para que yo

fuese con ellos.

Íbamos barajados hombres y mujeres, y una entre ellas, la bailarina,

que también hacía las reinas y papeles graves en la comedia, me

pareció extremada sabandija. Acertó a estar su marido a mi lado, y

yo, sin pensar a quien hablaba, llevado del deseo de amor y gozarla,

díjele:

-A esta mujer ¿por qué orden la podremos hablar, para gastar con su

merced unos veinte escudos, que me ha parecido bien por ser hermosa?

-No me lo está a mí el decirlo, que soy su marido -dijo el hombre-,

ni tratar de eso; pero sin pasión, que no me mueve ninguna, se puede

gastar con ella cualquier dinero, porque tales carnes no tiene el

suelo, ni tal juguetoncica.

Y diciendo esto, saltó del carro y fuese al otro, según pareció,

por darme lugar que la hablase.

Cayóme en gracia la respuesta del hombre, y eché de ver que estos

son de los que dijera algún bellaco que cumplen el precepto de San

Pablo de tener mujeres como si no las tuviesen, torciendo la sentencia

en malicia. Yo gocé de la ocasión, habléla, y preguntóme que

adónde iba y algo de mi vida. Al fin, tras muchas palabras, dejamos

concertadas para Toledo las obras. Íbamos holgando por el camino

mucho.

Yo, acaso, comencé a representar un pedazo de la comedia de San

Alejo, que me acordaba de cuando muchacho, y representélo de suerte

que les di codicia. Y sabiendo, por lo que yo le dije a mi amigo que

iba en la compañía, mis desgracias y descomodidades, díjome que si

quería entrar en la danza con ellos. Encareciéronme tanto la vida de

la farándula, y yo, que tenía necesidad de arrimo y me había

parecido bien la moza, concertéme por dos años con el autor. Hícele

escritura de estar con él y diome mi ración y representaciones. Y

con tanto, llegamos a Toledo.

Diéronme que estudiar tres o cuatro loas y papeles de barba, que los

acomodaba bien con mi voz. Yo puse cuidado en todo y eché la primera

loa en el lugar. Era de una nave, de lo que son todas, que venía

destrozada y sin provisión; decía lo de «este es el puerto»,

llamaba a la gente «senado», pedía perdón de las faltas y

silencio, y entréme. Hubo un víctor de rezado, y al fin parecí bien

en el teatro.

Representamos una comedia de un representante nuestro (que yo me

admiré de que fuesen poetas, porque pensaba que el serlo era de

hombres muy doctos y sabios, y no de gente tan sumamente lega). Y

está ya de manera esto que no hay autor que no escriba comedias, ni

representante que no haga su farsa de moros y cristianos; que me

acuerdo yo antes, que si no eran comedias del buen Lope de Vega, y

Ramón, no había otra cosa.

Al fin, hízose la comedia el primer día y no la entendió nadie; al

segundo, empezámosla y quiso Dios que empezaba por una guerra, y

salía yo armado y con rodela, que, si no, a manos de mal membrillo,

tronchos y badeas, acabo. No se ha visto tal torbellino, y ello

merecíalo la comedia, porque traía un rey de Normandía sin

propósito, en hábito de ermitaño, y metía dos lacayos por hacer

reír, y al desatar de la maraña no había más de casarse todos y

allá vas. Al fin, tuvimos nuestro merecido.

Tratamos todos muy mal al compañero poeta, y yo principalmente,

diciéndole que mirase de la que nos habíamos escapado y

escarmentase. Díjome que jurado a Dios, que no era suyo nada de la

comedia, sino que de un paso tomado de uno y otro de otro, había

hecho aquella capa de pobre, de remiendo, y que el daño no había

estado sino en lo mal zurcido. Confesóme que los farsantes que

hacían comedias todo les obligaba a restitución, porque se

aprovechaban de cuanto habían representado, y que era muy fácil, y

que el interés de sacar trescientos o cuatrocientos reales les ponía

aquellos riesgos; lo otro, que como andaban por esos lugares, les

leían unos y otros comedias: -«Tomámoslas para verlas,

llevámonoslas y con añadir una necedad y quitar una cosa bien dicha,

decimos que es nuestra». Y declaróme como no había habido farsante

jamás que supiese hacer una copla de otra manera. No me pareció mal

la traza, y yo confieso que me incliné a ella, por hallarme con

algún natural a la poesía; y más, que tenía yo conocimiento con

algunos poetas y había leído a Garcilaso; y así, determiné de dar

en el arte. Y con esto y la farsanta y representar pasaba la vida. Que

pasado un mes que había que estábamos en Toledo, haciendo comedias

buenas y enmendando el yerro pasado, ya yo tenía nombre, y habían

llegado a llamarme Alonsete, que yo había dicho llamarme Alonso, y

por otro nombre me llamaban el Cruel, por serlo una figura que había

hecho con gran aceptación de los mosqueteros y chusma vulgar. Tenía

ya tres pares de vestidos y autores que me pretendían sonsacar de la

compañía. Hablaba de entender de la comedia, murmuraba de los

famosos, reprehendía los gestos a Pinedo, daba mi voto en el reposo

natural de Sánchez, llamaba bonico a Morales, pedíanme el parecer en

el adorno de los teatros y trazar las apariencias. Si alguno venía a

leer comedia yo era el que la oía.

Al fin, animado con este aplauso, me desvirgué de poeta en un

romancico y luego hice un entremés y no pareció mal. Atrevíme a una

comedia y porque no escapase de ser divina cosa la hice de Nuestra

Señora del Rosario. Comenzaba con chirimías, había sus ánimas de

purgatorio y sus demonios, que se usaban entonces, con su «bu, bu»

al salir, y «rri, rri» al entrar; caíale muy en gracia al lugar el

nombre de Satán en las copias y el tratar luego de si cayó del cielo

y tal. En fin, mi comedia se hizo y pareció muy bien.

No me daba manos a trabajar, porque acudían a mí enamorados, unos

por coplas de cejas y otros de ojos, cuál soneto de manos y cuál

romancico para cabellos. Para cada cosa tenía su precio, aunque, como

había otras tiendas, porque acudiesen a la mía, hacía barato.

¿Pues villancicos? Hervía en sacristanes y demandaderas de monjas;

ciegos me sustentaban a pura oración, ocho reales de cada una; y me

acuerdo que hice entonces la del Justo Juez, grave y sonorosa, que

provocaba a gestos. Escribí para un ciego, que las sacó en su

nombre, las famosas que empiezan:

Madre del Verbo humanal,

Hija del Padre divino,

dame gracia virginal, etc.

Fui el primero que introdujo acabar las coplas como los sermones, con

«aquí gracia y después gloria», en esta copla de un cautivo de

Tetuán:

Pidámosle sin falacia

al alto Rey sin escoria,

pues ve nuestra pertinacia,

que nos quiera dar su gracia,

y después allá la gloria. Amén.

Estaba viento en popa con estas cosas, rico y próspero, y tal, que

casi aspiraba ya a ser autor. Tenía mi casa muy bien aderezada,

porque había dado para tener tapicería barata en un arbitrio del

diablo, y fue de comprar reposteros de tabernas, y colgarlos.

Costáronme veinte y cinco o treinta reales y eran más para ver que

cuantos tiene el Rey, pues por estos se veía de puro rotos y por

esotros no se verá nada.

Sucedióme un día la mejor cosa del mundo, que aunque es en mi

afrenta, la he de contar. Yo me recogía en mi posada, el día que

escribía comedia, al desván, y allí me estaba y allí comía;

subía una moza con la vianda y dejábamela allí. Yo tenía por

costumbre escribir representando recio, como si lo hiciera en el

tablado. Ordena el diablo que a la hora y punto que la moza iba

subiendo por la escalera, que era angosta y oscura, con los platos y

olla, yo estaba en un paso de una montería, y daba grandes gritos

componiendo mi comedia; y decía:

Guarda el oso, guarda el oso,

que me deja hecho pedazos,

y baja tras ti furioso;

que entendió la moza (que era gallega), como oyó decir «baja tras

ti» y «me deja», que era verdad y que la avisaba. Va a huir y con

la turbación písase la saya y rueda toda la escalera, derrama la

olla y quiebra los platos, y sale dando gritos a la calle diciendo que

mataba un oso a un hombre. Y por presto que yo acudí ya estaba toda

la vecindad conmigo preguntando por el oso, y aun contándoles yo

cómo había sido ignorancia de la moza, porque era lo que he referido

de la comedia, aun no lo querían creer; no comí aquel día.

Supiéronlo los compañeros y fue celebrado el cuento en la ciudad. Y

de estas cosas me sucedieron muchas mientras perseveré en el oficio

de poeta y no salí del mal estado.

Sucedió, pues, que a mi autor (que siempre paran en esto), sabiendo

que en Toledo le había ido bien, le ejecutaron no sé por qué deudas

y le pusieron en la cárcel, con lo cual nos desmembramos todos y

echó cada uno por su parte. Yo, si va a decir verdad, aunque los

compañeros me querían guiar a otras compañías, como no aspiraba a

semejantes oficios y el andar en ellos era por necesidad, ya que me

veía con dineros y bien puesto, no traté de más que de holgarme.

Despedíme de todos; fuéronse, y yo, que entendí salir de mala vida

con no ser farsante, si no lo ha V. Md. por enojo, di en amante de

red, como cofia, y por hablar más claro, en pretendiente de

Antecristo, que es lo mismo que galán de monjas. Tuve ocasión para

dar en esto porque una a cuya petición había yo hecho muchos

villancicos se aficionó en un auto del Corpus de mí viéndome

representar un San Juan Evangelista (que lo era ella). Regalábame la

mujer con cuidado y habíame dicho que sólo sentía que fuese

farsante, porque yo había fingido que era hijo de un gran caballero,

y dábala compasión. Al fin, me determiné de escribirla lo

siguiente:

CARTA

«Más por agradar a V. Md. que por hacer lo que me importaba, he

dejado la compañía; que, para mí, cualquiera sin la suya es

soledad. Ya seré tanto más suyo cuanto soy más mío. Avíseme

cuándo habrá locutorio y sabré juntamente cuándo tendré gusto»,

etc.

Llevó el billetico la andadera; no se podrá creer el contento de la

buena monja sabiendo mi nuevo estado. Respondióme de esta manera:

RESPUESTA

«De sus buenos sucesos antes aguardo los parabienes que los doy, y me

pesara de ello a no saber que mi voluntad y su provecho es todo uno.

Podemos decir que ha vuelto en sí; no resta agora sino perseverancia

que se mida con la que yo tendré. El locutorio dudo por hoy, pero no

deje de venirse V. Md. a vísperas, que allí nos veremos, y luego por

las vistas, y quizá podré yo hacer alguna pandilla a la abadesa. Y

adiós», etc.

Contentóme el papel, que realmente la monja tenía buen entendimiento

y era hermosa. Comí y púseme el vestido con que solía hacer los

galanes en las comedias. Fuime derecho a la iglesia, recé, y luego

empecé a repasar todos los lazos y agujeros de la red con los ojos

para ver si parecía, cuando Dios y enhorabuena, que más era diablo y

en hora mala, oigo la seña antigua: empieza a toser y yo a toser, y

andaba una tosidura de Barrabás. Arremedábamos un catarro y parecía

que habían echado pimiento en la iglesia. Al fin, yo estaba cansado

de toser, cuando se me asoma a la red una vieja tosiendo, y eché de

ver mi desventura (que es peligrosísima seña en los conventos;

porque como es seña a las mozas, es costumbre en las viejas, y hay

hombre que piensa que es reclamo de ruiseñor y le sale después

graznido de cuervo).

Estuve gran rato en la iglesia, hasta que empezaron vísperas. Oílas

todas, que por esto llaman a los enamorados de monjas «solenes

enamorados», por lo que tienen de vísperas, y tienen también que

nunca salen de vísperas del contento, porque no se les llega el día

jamás.

No se creerá los pares de vísperas que yo oí. Estaba con dos varas

de gaznate más del que tenía cuando entré en los amores, a puro

estirarme para ver, gran compañero del sacristán y monacillo y muy

bien recibido del vicario, que era hombre de humor. Andaba tan tieso

que parecía que almorzaba asadores y que comía virotes.

Historia de la vida del Buscón, llamado Don Pablos, ejemplo de vagabundos y espejo de tacaños · 第 8 / 9 段