Recibiéronme con la mayor alegría del mundo, diciendo que para qué

les tenía escondido el ser señor de Valcerrado y Villorete.

Diéronme el recado. Con esto, la muchacha se remató, codiciosa de

marido tan rico, y trazó de que la fuese a hablar a la una de la

noche por un corredor que caía a un tejado donde estaba la ventana de

su aposento.

El diablo, que es agudo en todo, ordenó que venida la noche, yo

deseoso de gozar la ocasión, me subí al corredor, y por pasar desde

él al tejado que había de ser, vánseme los pies y doy en el de un

vecino escribano tan desatinado golpe, que quebré todas las tejas y

quedaron estampadas en las costillas. Al ruido despertó la media

casa, y pensando que eran ladrones (que son antojadizos de ellos los

de este oficio) subieron al tejado. Yo que vi esto quíseme esconder

detrás de una chimenea y fue aumentar la sospecha, porque el

escribano y dos criados y un hermano me molieron a palos y me ataron a

la vista de mi dama, sin bastarme ninguna diligencia. Mas ella se

reía mucho, porque como yo la había dicho que sabía hacer burlas y

encantamentos, pensó que había caído por gracia y nigromancia y no

hacía sino decirme que subiese, que bastaba ya. Con esto y con los

palos y puñadas que me dieron, daba aullidos; y era lo bueno que ella

pensaba que todo era artificio y no acababa de reír.

Comenzó luego a hacer la causa, y porque me sonaron unas llaves en la

faldriquera, dijo y escribió que eran ganzúas y aunque las vio, sin

haber remedio de que no lo fuesen. Díjele que era don Ramiro de

Guzmán y rióse mucho. Yo, triste, que me había visto moler a palos

delante de mi dama, y me vi llevar preso sin razón y con mal nombre,

no sabía qué hacerme. Hincábame de rodillas y ni por esas ni por

esotras bastaba con el escribano.

Todo esto pasaba en el tejado, que los tales, aun de las tejas arriba

levantan falsos testimonios. Dieron orden de bajarme abajo y lo

hicieron por una ventana que caía a una pieza que servía de cocina.

* * * * *

Libro Tercero: Capítulo VI: Prosigue el cuento, con otros varios

sucesos.

No cerré los ojos con toda la noche, considerando mi desgracia, que

no fue dar en el tejado sino en las manos del escribano, y cuando me

acordaba de lo de las ganzúas y las hojas que había escrito en la

causa, echaba de ver que no hay cosa que tanto crezca como culpa en

poder de escribano.

Pasé la noche en revolver trazas; unas veces me determinaba a

rogárselo por Jesucristo, y considerando lo que le pasó con ellos

vivo, no me atrevía. Mil veces me quiso desatar, pero sentíame luego

y levantábase a visitarme los nudos, que más velaba él en cómo

forjaría el embuste que yo en mi provecho. Madrugó al amanecer y

vistióse a hora que en toda su casa no había otros levantados sino

él y los testimonios. Agarró la correa y tornóme a repasar las

costillas, reprehendiéndome el mal vicio de hurtar como quien tan

bien le sabía.

En esto estábamos, él dándome y yo casi determinado de darle a él

dineros, que es la sangre con que se labran semejantes diamantes,

cuando incitados y forzados de los ruegos de mi querida, que me había

visto caer y apalear, desengañada de que no era encanto sino

desdicha, entraron el portugués y el catalán, y en viendo el

escribano que me hablaban, desenvainando la pluma, los quiso espetar

por cómplices en el proceso.

El portugués no lo pudo sufrir, y tratóle algo mal de palabra,

diciendo que él era un caballero «fidalgo de casa du Rey», y que yo

era un «home muito fidalgo», y que era bellaquería tenerme atado.

Comenzóme a desatar y al punto el escribano clamó:

«¡Resistencia!», y dos criados suyos, entre corchetes y ganapanes,

pisaron las capas, deshiciéronse los cuellos, como lo suelen hacer

para representar las puñadas que no ha habido, y pedían favor al

Rey. Los dos, al fin, me desataron, y viendo el escribano que no

había quién le ayudase, dijo:

-¡Voto a Dios que esto no se puede hacer conmigo y que a no ser Vs.

Mds. quien son les podría costar caro! Manden contentar estos

testigos y echen de ver que les sirvo sin interés.

Yo vi luego la letra; saqué ocho reales y díselos y aun estuve por

volverle los palos que me había dado; pero por no confesar que los

había recibido lo dejé y me fui con ellos, dando las gracias de mi

libertad y rescate.

Entré en casa con la cara rozada de puros mojicones y las espaldas

algo mohínas de los varapalos. Reíase el catalán mucho y decía a

la niña que se casase conmigo para volver el refrán al revés, y que

no fuese tras cornudo apaleado sino tras apaleado cornudo. Tratábame

de resuelto y sacudido por los palos; traíame afrentado con estos

equívocos. Si entraba a visitarlos trataban luego de varear; otras

veces de leña y madera. Yo, que me vi corrido y afrentado, y que ya

me iban dando en la flor de lo rico, comencé a trazar de salirme de

casa; y para no pagar comida, cama ni posada, que montaba algunos

reales, y sacar mi hato libre, traté con un licenciado Brandalagas,

natural de Hornillos, y con otros dos amigos suyos, que me viniesen

una noche a prender. Llegaron la señalada y requirieron a la

huéspeda que venían de parte del Santo Oficio y que convenía

secreto. Temblaron todas, por lo que yo me había hecho nigromántico

con ellas. Al sacarme a mí callaron; pero al ver sacar el hato

pidieron embargo por la deuda, y respondieron que eran bienes de la

Inquisición. Con esto no chistó alma terrena.

Dejáronles salir y quedaron diciendo que siempre lo temieron.

Contaban al catalán y al portugués lo de aquellos que me venían a

buscar; decían entrambos que eran demonios y que yo tenía familiar.

Y cuando les contaban del dinero que yo había contado, decían que

parecía dinero pero no lo era; de ninguna suerte persuadiéronse a

ello.

Yo saqué mi ropa y comida horra. Di traza con los que me ayudaron de

mudar de hábito y ponerme calza de obra y vestido al uso, cuellos

grandes y un lacayo en menudos: dos lacayuelos, que entonces era uso.

Animáronme a ello, poniéndome por delante el provecho que se me

seguiría de casarme con la ostentación, a título de rico, y que era

cosa que sucedía muchas veces en la Corte. Y aún añadieron que

ellos me encaminarían parte conveniente y que me estuviese bien, y

con algún arcaduz por donde se guiase. Yo, negro codicioso de pescar

mujer, determinéme. Visité no sé cuántas almonedas y compré mi

aderezo de casar. Supe dónde se alquilaban caballos y espetéme en

uno el primer día, y no hallé lacayo.

Salíme a la calle Mayor y púseme enfrente de una tienda de jaeces,

como que concertaba alguno. Llegáronse dos caballeros, cada cual con

su lacayo. Preguntáronme si concertaba uno de plata que tenía en las

manos; yo solté la prosa y con mil cortesías los detuve un rato. En

fin, dijeron que se querían ir al Prado a bureo un poco, y yo, que si

no lo tenían a enfado, que los acompañaría. Dejé dicho al mercader

que si viniesen allí mis pajes y un lacayo, que los encaminase al

Prado. Di señas de la librea y metíme entre los dos y caminamos. Yo

iba considerando que a nadie que nos veía era posible el determinar

cúyos eran los lacayos, ni cuál era el que no le llevaba.

Empecé a hablar muy recio de las cañas de Talavera y de un caballo

que tenía porcelana; encarecíales mucho el roldanejo que esperaba de

Córdoba. En topando algún paje, caballo o lacayo, los hacía parar y

les preguntaba cúyo era, y decía de las señales y si le querían

vender; hacíale dar dos vueltas en la calle, y, aunque no la tuviese,

le ponía una falta en el freno y decía lo que había de hacer para

remediarlo, y quiso mi ventura que topé muchas ocasiones de hacer

esto. Y porque los otros iban embelesados y, a mi parecer, diciendo:

«¿Quién será este tagarote escuderón?», porque el uno llevaba un

hábito en los pechos, y el otro una cadena de diamantes (que era

hábito y encomienda todo junto), dije yo que andaba en busca de

buenos caballos para mí y a otro primo mío, que entrábamos en unas

fiestas.

Llegamos al Prado, y en entrando, saqué el pie del estribo y puse el

talón por defuera y empecé a pasear. Llevaba la capa echada sobre el

hombro y el sombrero en la mano. Mirábanme todos; cuál decía:

«Este yo le he visto a pie»; otro: «Hola, lindo va el buscón». Yo

hacía como que no oía nada, y paseaba.

Llegáronse a un coche de damas los dos, y pidiéronme que picardease

un rato. Dejéles la parte de las mozas y tomé el estribo de madre y

tía. Eran las vejezuelas alegres, la una de cincuenta y la otra punto

menos. Díjeles mil ternezas y oíanme, que no hay mujer, por vieja

que sea, que tenga tantos años como presunción. Prometílas regalos

y preguntélas del estado de aquellas señoras, y respondieron que

doncellas, y se les echaba de ver en la plática. Yo dije lo

ordinario: que las viesen colocadas como merecían; y agradóles mucho

la palabra colocadas. Preguntáronme tras esto que en qué me

entretenía en la Corte. Yo les dije que en huir de un padre y madre

que me querían casar contra mi voluntad con mujer fea y necia y mal

nacida, por el mucho dote.

-Y yo, señoras, quiero más una mujer limpia en cueros que una judía

poderosa, que por bondad de Dios, mi mayorazgo vale al pie de cuatro

mil ducados de renta, y si salgo con un pleito que traigo en buenos

puntos, no habré menester nada.

Saltó tan presto la tía:

-¡Ay, señor, y cómo le quiero bien! No se case sino con su gusto y

mujer de casta, que le prometo que con ser yo no muy rica, no he

querido casar mi sobrina, con haberle salido ricos casamientos, por no

ser de calidad. Ella pobre es, que no tiene sino seis mil ducados de

dote, pero no debe nada a nadie en sangre.

-Eso creo muy bien -dije yo.

En esto, las doncellicas remataron la conversación con pedir algo de

merendar a mis amigos:

Mirábase el uno a otro,

y a todos tiembla la barba.

Yo, que vi ocasión, dije que echaba menos mis pajes, por no tener con

quien enviar a casa por unas cajas que tenía. Agradeciéronmelo y yo

las supliqué se fuesen a la Casa del Campo al otro día, y que yo las

enviaría algo fiambre. Aceptaron luego; dijéronme su casa y

preguntaron la mía. Y, con tanto, se apartó el coche, y yo y los

compañeros comenzamos a caminar a casa.

Ellos, que me vieron largo en lo de la merienda, aficionáronse, y por

obligarme me suplicaron cenase con ellos aquella noche. Híceme algo

de rogar, aunque poco, y cené con ellos, haciendo bajar a buscar mis

criados y jurando de echarlos de casa. Dieron las diez, y yo dije que

era plazo de cierto martelo y que, así, me diesen licencia. Fuime,

quedando concertados de vernos a la tarde en la Casa del Campo.

Fui a dar el caballo al alquilador, y desde allí a mi casa. Hallé

los compañeros jugando quinolicas. Contéles el caso y el concierto

hecho, y determinamos de enviar la merienda sin falta, y gastar

doscientos reales en ella.

Acostámonos con estas determinaciones. Yo confieso que no pude dormir

en toda la noche con el cuidado de lo que había de hacer con el dote.

Y lo que más me tenía en duda era el hacer de él una casa o darlo a

censo, que no sabía yo cuál sería mejor y de más provecho.

* * * * *

Libro Tercero: Capítulo VII: En que se prosigue lo mismo, con otros

sucesos y desgracias que le sucedieron.

Amaneció y despertamos a dar traza en los criados, plata y merienda.

En fin, como el dinero ha dado en mandarlo todo y no hay quien le

pierda el respeto, pagándoselo a un repostero de un señor, me dio

plata, y la sirvió él y tres criados.

Pasóse la mañana en aderezar lo necesario, y a la tarde ya yo tenía

alquilado mi caballito. Tomé el camino a la hora señalada para la

Casa del Campo. Llevaba toda la pretina llena de papeles como

memoriales, y desabotonados seis botones de la ropilla, y asomados

unos papeles. Llegué, y ya estaban allá las dichas y los caballeros

y todo. Recibiéronme ellas con mucho amor y ellos llamándome de vos,

en señal de familiaridad. Había dicho que me llamaba don Filipe

Tristán, y en todo el día había otra cosa sino don Filipe acá y

don Filipe allá. Yo comencé a decir que me había visto tan ocupado

con negocios de Su Majestad y cuentas de mi mayorazgo, que había

temido el no poder cumplir; y que, así, las apercibía a merienda de

repente.

En esto, llegó el repostero con su jarcia, plata y mozos; los otros y

ellas no hacían sino mirarme y callar. Mandéle que fuese al cenador

y aderezase allí, que entretanto nos íbamos a los estanques.

Llegáronse a mí las viejas a hacerme regalos, y holguéme de ver

descubiertas las niñas, porque no he visto desde que Dios me crió

tan linda cosa como aquella en quien yo tenía asestado el matrimonio:

blanca, rubia, colorada, boca pequeña, dientes menudos y espesos,

buena nariz, ojos rasgados y verdes, alta de cuerpo, lindas manazas y

zazosita. La otra no era mala, pero tenía más desenvoltura, y

dábame sospechas de hocicada.

Fuimos a los estanques, vímoslo todo y en el discurso conocí que la

mi desposada corría peligro en tiempo de Herodes, por inocente. No

sabía, pero como yo no quiero las mujeres para consejeras ni bufonas,

sino para acostarme con ellas, y si son feas y discretas es lo mismo

que acostarse con Aristóteles o Séneca o con un libro, procúrolas

de buenas partes para el arte de las ofensas; que cuando sea boba,

harto sabe si me sabe bien. Esto me consoló. Llegamos cerca del

cenador, y al pasar una enramada prendióseme en un árbol la

guarnición del cuello y desgarróse un poco. Llegó la niña, y

prendiómelo con un alfiler de plata y dijo la madre que enviase el

cuello a su casa al otro día, que allá lo aderezaría doña Ana, que

así se llamaba la niña.

Estaba todo cumplidísimo; mucho que merendar, caliente y fiambre,

frutas y dulces. Levantaron los manteles y, estando en esto, vi venir

un caballero con dos criados por la huerta adelante, y cuando no me

cato, conozco a mi buen don Diego Coronel. Acercóse a mí, y como

estaba en aquel hábito, no hacía sino mirarme. Habló a las mujeres

y tratólas de primas; y, a todo esto, no hacía sino volver y

mirarme. Yo me estaba hablando con el repostero, y los otros dos, que

eran sus amigos, estaban en gran conversación con él.

Preguntóles, según se echó de ver después, mi nombre, y ellos

dijeron:

-Don Filipe Tristán, un caballero muy honrado y rico.

Veíale yo santiguarse. Al fin, delante de ellas y de todos, se llegó

a mí y dijo:

-V. Md. me perdone, que por Dios que le tenía, hasta que supe su

nombre, por bien diferente de lo que es; que no he visto cosa tan

parecida a un criado que yo tuve en Segovia, que se llamaba Pablillos,

hijo de un barbero del mismo lugar.

Riéronse todos mucho, y yo me esforcé para que no me desmintiese la

color, y díjele que tenía deseo de ver aquel hombre, porque me

habían dicho infinitos que le era parecidísimo.

-¡Jesús! -decía el don Diego-. ¿Cómo parecido? El talle, la

habla, los meneos, hasta en esa señal de la frente, que en V. Md.

debe de ser herida y en él fue un palo que le dieron entrando a

hurtar unas gallinas. ¡No he visto tal cosa! Digo, señor, que es

admiración grande, y que no he visto cosa tan parecida.

-Dolo al diablo -dije yo- y ¿no ahorcaron ese ganapán?

Entonces las viejas, tía y madre, dijeron que cómo era posible que a

un caballero tan principal se pareciese un pícaro tan bajo como

aquél. Y porque no sospechase nada de ellas, dijo la una:

-Yo le conozco muy bien al señor don Filipe, que es el que nos

hospedó por orden de mi marido, que fue gran amigo suyo, en Ocaña.

Yo entendí la letra y dije que mi voluntad era y sería de servirlas

con mi poco posible en todas partes.

El don Diego se me ofreció y me pidió perdón del agravio que me

había hecho en tenerme por el hijo del barbero. Y añadía:

-No creerá V. Md.: su madre era hechicera y un poco puta, y su padre

ladrón y su tío verdugo, y él el más ruin hombre y más mal

inclinado tacaño del mundo.

Yo decía con unos empujoncillos de risa:

-¡Gentil bergantón! ¡Hideputa pícaro!

Y por de dentro considere el pío lector lo que sentiría mi

gallofería. Estaba, aunque lo disimulaba, como en brasas. Tratamos de

venirnos al lugar. Yo y los otros dos nos despedimos y don Diego se

entró con ellas en el coche. Preguntólas que qué era la merienda y

el estar conmigo, y la madre y tía dijeron cómo yo era un mayorazgo

de tantos ducados de renta y que me quería casar con Anica; que se

informase y vería si era cosa, no sólo acertada, sino de mucha honra

para todo su linaje.

En esto pasaron el camino hasta su casa, que era en la calle del

Arenal a San Filipe. Nosotros nos fuimos a casa juntos como la otra

noche. Pidiéronme que jugase, codiciosos de pelarme. Yo entendíles

la flor y sentéme. Sacaron naipes: estaban hechos. Perdí una mano.

Di en irme por abajo, y ganéles cosa de trescientos reales; y con

tanto, me despedí y vine a mi casa.

Topé a mis compañeros, licenciado Brandalagas y Pero López, los

cuales estaban estudiando en unos dados tretas flamantes. En viéndome

lo dejaron, codiciosos de preguntarme lo que me había sucedido. Yo

venía cariacontecido y encapotado, no les dije más de que me había

visto en un grande aprieto. Contéles cómo me había topado con don

Diego y lo que me había sucedido; consoláronme aconsejando que

disimulase y no desistiese de la pretensión por ningún camino ni

manera.

En esto, supimos que se jugaba en casa de un vecino boticario juego de

parar. Entendíalo yo entonces razonablemente, porque tenía más

flores que un mayo y barajas hechas, lindas. Determinámonos de ir a

darles un muerto (que así se llama el enterrar una bolsa); envié los

amigos delante, entraron en la pieza, y dijeron si gustarían de jugar

con un fraile que acababa de llegar a curarse en casa de unas primas

suyas, que venía enfermo y traía talegos como el brazo y una calza

de doblones. Crecióles a todos el ojo y clamaron:

-¡Venga el fraile norabuena!

-Es hombre grave en la orden -replicó Pero López- y, como ha salido,

se quiere entretener, que él más lo hace por la conversación.

-Venga, y sea por lo que fuere.

-No ha de entrar nadie de fuera, por el recato -dijo Brandalagas.

-No hay tratar de eso -respondió el huésped-; ni criados.

Con esto, ellos quedaron ciertos del caso y creída la mentira.

Vinieron los acólitos y ya yo estaba con un tocador en la cabeza por

disimular la corona y fingir la enfermedad; sahuméme con paja y

afeitéme de tercianas, con una color de cera amarilla, y mi hábito

de fraile, unos antojos y mi barba, que por ser atusada no desayudaba.

Entré muy humilde, sentéme, comenzóse el juego. Ellos levantaban

bien; iban tres al mohíno pero quedaron mohínos los tres, porque yo,

que sabía más que ellos, les di tal gatada que en espacio de tres

horas me llevé más de mil trescientos reales. Di baratos y con mi

«¡Loado sea Nuestro Señor!», me despedí, encargándoles que no

recibiesen escándalo de verme jugar, que era entretenimiento y no

otra cosa. Los otros, que habían perdido cuanto tenían, dábanse a

mil diablos. Despedíme y salímonos fuera.

Venimos a casa a la una y media y acostámonos después de haber

partido la ganancia. Consoléme con esto algo de lo sucedido, y a la

mañana me levanté a buscar mi caballo y no hallé por alquilar

ninguno, en lo cual conocí que había otros muchos como yo. Pues

andar a pie pareciera mal y más entonces, fuime a San Filipe y

topéme con una lacayo de un letrado, que tenía un caballo y le

aguardaba, que se había acabado de apear a oír misa. Metíle cuatro

reales en la mano, porque mientras su amo estaba en la iglesia me

dejase dar dos vueltas en el caballo por la calle del Arenal, que era

la de mi señora.

Consintió, subí en el caballo y di dos vueltas calle arriba y calle

abajo sin ver nada, y al dar la tercera asomóse doña Ana. Yo que la

vi y no sabía las mañas del caballo ni era buen jinete, quise hacer

galantería: dile dos varazos, tiréle de la rienda; empínase y,

tirando dos coces, aprieta a correr y da conmigo por las orejas en un

charco.

Yo que me vi así, y rodeado de niños que se habían llegado, y

delante de mi señora, empecé a decir:

-¡Oh, hideputa! ¡No fuérades vos valenzuela! Estas temeridades me

han de acabar. Habíanme dicho las mañas y quise porfiar con él.

Traía el lacayo ya el caballo, que se paró luego. Yo torné a subir;

y al ruido se había asomado don Diego Coronel, que vivía en la misma

casa de sus primas. Yo que le vi, me demudé. Preguntóme si había

sido algo; dije que no, aunque tenía estropeada una pierna. Dábame

el lacayo prisa porque no saliese su amo y lo viese, que había de ir

a palacio. Y soy tan desgraciado, que estándome diciendo el lacayo

que nos fuésemos, llega por detrás el letradillo, y conociendo su

rocín arremete al lacayo y empieza a darle de puñadas, diciendo en

altas voces que qué bellaquería era dar su caballo a nadie; y lo

peor fue que, volviéndose a mí, dijo que me apease con Dios, muy

enojado. Todo pasaba a vista de mi dama y de don Diego: no se ha visto

en tanta vergüenza ningún azotado. Estaba tristísimo de ver dos

desgracias tan grandes en un palmo de tierra. Al fin, me hube de

apear; subió el letrado y fuese. Y yo, por hacer la deshecha,

quedéme hablando desde la calle con don Diego y dije:

-En mi vida subí en tan mala bestia. Está ahí mi caballo overo en

San Filipe, y es desbocado en la carrera y trotón.

Dije cómo yo le corría y hacía parar; dijeron que allí estaba uno

en que no lo haría, y era éste de este licenciado. Quise probarlo.

No se puede creer qué duro es de caderas, y con mala silla fue

milagro no matarme.

-Sí fue -dijo don Diego-; y con todo parece que se siente V. Md. de

esa pierna.

-Sí siento -dije yo-; y me querría ir a tomar mi caballo y a casa.

La muchacha quedó satisfecha y con lástima de mi caída, mas el don

Diego cobró mala sospecha de lo del letrado, y fue totalmente causa

de mi desdicha, fuera de otras muchas que me sucedieron. Y la mayor y

fundamento de las otras fue que cuando llegué a casa y fui a ver una

arca, adonde tenía en una maleta todo el dinero que había quedado de

mi herencia y lo que había ganado, menos cien reales que yo traía

conmigo, hallé que el buen licenciado Brandalagas y Pero López

habían cargado con ello y no parecían. Quedé como muerto, sin saber

qué consejo tomar de mi remedio. Decía entre mí: «¡Malhaya quien

fía en hacienda mal ganada, que se va como se viene! ¡Triste de mí!

¿Qué haré?». No sabía si irme a buscarlos, si dar parte a la

justicia. Esto no me parecía bien, porque si los prendían, habían

de aclarar lo del hábito y otras cosas y era morir en la horca. Pues

seguirlos, no sabía por dónde. Al fin, por no perder también el

casamiento, que ya yo me consideraba remediado con el dote, determiné

de quedarme y apretarlo sumamente.

Comí, y a la tarde alquilé mi caballico y fuime hacia la calle; y

como no llevaba lacayo, por no pasar sin él, aguardaba a la esquina,

antes de entrar, a que pasase algún hombre que lo pareciese, y en

pasando partía detrás de él, haciéndole lacayo sin serlo; y en

llegando al fin de la calle, metíame detrás de la esquina hasta que

volviese otro que lo pareciese; metíame detrás y daba otra vuelta.

Yo no sé si fue la fuerza de la verdad de ser yo el mismo pícaro que

sospechaba don Diego, o si fue la sospecha del caballo del letrado, u

qué se fue, que don Diego se puso a inquerir quién era y de qué

vivía, y me espiaba. En fin, tanto hizo, que por el más

extraordinario camino del mundo supo la verdad; porque yo apretaba en

lo del casamiento, por papeles, bravamente, y él, acosado de ellas,

que tenían deseo de acabarlo, andando en mi busca, topó con el

licenciado Flechilla, que fue el que me convidó a comer cuando yo

estaba con los caballeros, y este, enojado de cómo yo no le había

vuelto a ver, hablando con don Diego, y sabiendo cómo yo había sido

su criado, le dijo de la suerte que me encontró cuando me llevó a

comer y que no había dos días que me había topado a caballo muy

bien puesto, y le había contado cómo me casaba riquísimamente.

No aguardó más don Diego, y volviéndose a su casa encontró con los

dos caballeros del hábito y cadena amigos míos, junto a la Puerta

del Sol, y contóles lo que pasaba y díjoles que se aparejasen y en

viéndome a la noche en la calle, que me magullasen los cascos; y que

me conocerían en la capa que él traía, que la llevaría yo.

Concertáronse, y en entrando en la calle, topáronme, y disimularon

de suerte los tres que jamás pensé que eran tan amigos míos como

entonces. Estuvímonos en conversación tratando de lo que sería bien

hacer a la noche, hasta el avemaría. Entonces despidiéndose los dos,

echaron hacia abajo, y yo y don Diego quedamos solos y echamos a San

Filipe.

Llegando a la entrada de la calle de la Paz, dijo don Diego:

-Por vida de don Filipe, que troquemos capas, que me importa pasar por

aquí y que no me conozcan.

-Sea en buen hora -dije yo.

Tomé la suya inocentemente y dile la mía. Ofrecíle mi persona para

hacerle espaldas, mas él, que tenía trazado el deshacerme las mías,

dijo que le importaba ir solo, que me fuese.

Historia de la vida del Buscón, llamado Don Pablos, ejemplo de vagabundos y espejo de tacaños · 第 7 / 9 段