menester enviar a tomar lugar a las doce, como para comedia nueva:
hervía en devotos. Al fin, me puse en donde pude; y podíanse ir a
ver, por cosas raras, las diferentes posturas de los amantes. Cuál,
sin pestañear, mirando con su mano puesta en la espada y la otra con
el rosario, estaba como figura de piedra sobre sepulcro; otro, alzadas
las manos y extendidos los brazos a lo seráfico recibiendo las
llagas; cuál, con la boca más abierta que la de mujer pedigüeña,
sin hablar palabra, la enseñaba a su querida las entrañas por el
gaznate; otro, pegado a la pared, dando pesadumbre a los ladrillos,
parecía medirse con la esquina; cuál se paseaba como si le hubieran
de querer por el portante, como a macho; otro, con una cartica en la
mano, a uso de cazador con carne, parecía que llamaba halcón. Los
celosos eran otra banda; éstos, unos estaban en corrillos riéndose y
mirando a ellas; otros, leyendo coplas y enseñándoselas; cuál, para
dar picón, pasaba por el terrero con una mujer de la mano; y cuál
hablaba con una criada echadiza que le daba un recado.
Esto era de la parte de abajo y nuestra, pero de la de arriba, adonde
estaban las monjas, era cosa de ver también; porque las vistas era
una torrecilla llena de rendijas toda, y una pared con deshilados, que
ya parecía salvadera y ya pomo de olor. Estaban todos los agujeros
poblados de brújulas; allí se veía una pepitoria, una mano y
acullá un pie; en otra parte había cosas de sábado: cabezas y
lenguas, aunque faltaban sesos; a otro lado se mostraba buhonería:
una enseñaba el rosario, cuál mecía el pañizuelo, en otra parte
colgaba un guante, allí salía un listón verde. Unas hablaban algo
recio, otras tosían; cuál hacía la seña de los sombrereros, como
si sacara arañas, ceceando.
En verano es de ver cómo no sólo se calientan al sol, sino se
chamuscan, que es gran gusto verlas a ellas tan crudas y a ellos tan
asados. En invierno acontece con la humedad nacerle a uno de nosotros
berros y arboledas en el cuerpo. No hay nieve que se nos escape ni
lluvia que se nos pase por alto, y todo esto, al cabo, es para ver a
una mujer por red y vidrieras, como hueso de santo; es como enamorarse
de un tordo en jaula, si habla, y si calla, de un retrato. Los favores
son todos toques, que nunca llegan a cabes: un paloteadico con los
dedos. Hincan las cabezas en las rejas y apúntanse los requiebros por
las troneras. Aman al escondite. ¡Y verlos hablar quedito y de
rezado! ¡Pues sufrir una vieja que riñe, una portera que manda y una
tornera que miente! Y lo mejor es ver cómo nos piden celos de las de
acá fuera, diciendo que el verdadero amor es el suyo, y las causas
tan endemoniadas que hallan para probarlo.
Al fin, yo llamaba ya «señora» a la abadesa, «padre» al vicario y
«hermano» al sacristán, cosas todas que con el tiempo y el curso
alcanza un desesperado. Empezáronme a enfadar las torneras con
despedirme y las monjas con pedirme. Consideré cuán caro me costaba
el infierno, que a otros se da tan barato y en esta vida, por tan
descansados caminos. Veía que me condenaba a puñados y que me iba al
infierno por sólo el sentido del tacto. Si hablaba, solía, porque no
me oyesen los demás que estaban en las rejas, juntar tanto con ellas
la cabeza, que por dos días siguientes traía los hierros estampados
en la frente, y hablaba como sacerdote que dice las palabras de la
consagración. No me veía nadie que no decía: «¡Maldito seas,
bellaco monjil!», y otras cosas peores.
Todo esto me tenía revolviendo pareceres y casi determinado a dejar
la monja, aunque perdiese mi sustento. Y determinéme el día de San
Juan Evangelista, porque acabé de conocer lo que son las monjas. Y no
quiera V. Md. saber más de que las Bautistas todas enronquecieron
adrede, y sacaron tales voces, que en vez de cantar la misa la
gimieron, no se lavaron las caras y se vistieron de viejo. Y los
devotos de las Bautistas, por desautorizar la fiesta, trujeron
banquetas en lugar de sillas a la iglesia, y muchos pícaros del
rastro. Cuando yo vi que las unas por el un santo y las otras por el
otro trataban indecentemente de ellos, cogiéndola a mi monja, con
título de rifárselos, cincuenta escudos de cosas de labor, medias de
seda, bolsicos de ámbar y dulces, tomé mi camino para Sevilla,
temiendo que si más aguardaba había de ver nacer mandrágoras en los
locutorios.
Lo que la monja hizo de sentimiento, más por lo que la llevaba que
por mí, considérelo el pío lector.
* * * * *
Libro Tercero: Capítulo X: De lo que le sucedió en Sevilla hasta
embarcarse a Indias.
Pasé el camino de Toledo a Sevilla prósperamente, porque como yo
tenía ya mis principios de fullero y llevaba dados cargados con nueva
pasta de mayor y de menor, y tenía la mano derecha encubridora de un
lado -pues preñada de cuatro paría tres-, llevaba gran provisión de
cartones de lo ancho y de lo largo para hacer garrotes de morros y
ballestilla, y así, no se me escapaba dinero.
Dejo de referir otras muchas flores, porque a decirlas todas me
tuvieran más por ramillete que por hombre; y también, porque antes
fuera dar que imitar que referir vicios de que huyan los hombres. Mas
quizá declarando yo algunas chanzas y modos de hablar, estarán más
avisados los ignorantes y los que leyeron mi libro serán engañados
por su culpa.
No te fíes, hombre, en dar tú la baraja, que te la trocarán al
despabilar de una vela. Guarda el naipe de tocamientos, raspados o
bruñidos, cosa con que se conocen los azares. Y por si fueres
pícaro, lector, advierte que en cocinas y caballerizas pican con un
alfiler u doblan los azares, para conocerlos por lo hendido. Si
tratares con gente honrada guárdate del naipe, que desde la estampa
fue concebido en pecado, y que con traer atravesado el papel, dice lo
que viene. No te fíes de naipe limpio, que al que da vista y retén,
lo más jabonado es sucio. Advierte que a la carteta, el que hace los
naipes que no doble más arqueadas las figuras, fuera de los reyes,
que las demás cartas, porque el tal doblar es por tu dinero difunto.
A la primera, mira no den de arriba las que descarta el que da y
procura que no se pidan cartas u por los dedos en el naipe u por las
primeras letras de las palabras.
No quiero darte luz de más cosas; estas bastan para saber que has de
vivir con cautela, pues es cierto que son infinitas las maulas que te
callo. «Dar muerte» llaman quitar el dinero, y con propiedad;
«revesa» llaman la treta contra el amigo, que de puro revesada no la
entiende; «dobles» son los que acarrean sencillos para que los
desuellen estos rastreros de bolsas; «blanco» llaman al sano de
malicia y bueno como el pan y «negro» al que deja en blanco sus
diligencias.
Yo, pues, con ese lenguaje y con estas flores, llegué a Sevilla con
el dinero de las camaradas, gané el alquiler de las mulas y la comida
y dineros a los huéspedes de las posadas. Fuime luego a apear al
mesón del Moro, donde me topó un condiscípulo mío de Alcalá, que
se llamaba Mata, y agora se decía, por parecerle nombre de poco
ruido, Matorral. Trataba en vidas y era tendero de cuchilladas, y no
le iba mal. Traía la muestra de ellas en su cara, y por las que le
habían dado concertaba tamaño y hondura de las que había de dar.
Decía: «No hay tal maestro como el bien acuchillado»; y tenía
razón, porque la cara era una cuera y él un cuero. Díjome que me
había de ir a cenar con él y otros camaradas, y que ellos me
volverían al mesón.
Fui; llegamos a su posada, y dijo:
-«Ea, quite la capa vuacé, y parezca hombre, que verá esta noche
todos los buenos hijos de Jevilla. Y porque no lo tengan por maricón,
ahaje ese cuello y agobie de espaldas; la capa caída, que siempre
nosotros andamos de capa caída; ese hocico, de tornillo, gestos a un
lado y a otro; y haga vucé de las j, h, y de las h, j. Diga conmigo:
jerida, mojino, jumo, pahería, mohar, habalí, y harro de vino».
Tomélo de memoria. Prestóme una daga, que en lo ancho era alfanje, y
en lo largo, de comedimiento suyo no se llamaba espada, que bien
podía.
-Bébase -me dijo- esta media azumbre de vino puro, que si no da
vaharada no parecerá valiente.
Estando en esto, y yo con lo bebido atolondrado, entraron cuatro de
ellos, con cuatro zapatos de gotoso por caras, andando a lo columpio,
no cubiertos con las capas sino fajados por los lomos; los sombreros
empinados sobre la frente, altas las faldillas de delante que
parecían diademas; un par de herrerías enteras por guarniciones de
dagas y espadas; las conteras en conversación con el calcañar
derecho; los ojos derribados, la vista fuerte; bigotes buidos a lo
cuerno, y barbas turcas, como caballos.
Hiciéronnos un gesto con la boca, y luego a mi amigo le dijeron, con
voces mohínas, sisando palabras:
-Seidor.
-So compadre -respondió mi ayo.
Sentáronse, y para preguntar quién era yo, no hablaron palabra, sino
el uno miró a Matorrales, y abriendo la boca y empujando hacia mí el
labio de abajo me señaló, a lo cual mi maestro de novicios satisfizo
empuñando la barba y mirando hacia abajo. Y con esto, se levantaron
todos y me abrazaron, y yo a ellos, que fue lo mismo que si catara
cuatro diferentes vinos.
Llegó la hora de cenar; vinieron a servir unos pícaros que los
bravos llaman «cañones». Sentámonos a la mesa; aparecióse luego
el alcaparrón; empezaron, por bienvenido, a beber a mi honra, que yo
hasta que la vi beber no entendí que tenía tanta. Vino pescado y
carne, y todo con apetitos de sed. Estaba una artesa en el suelo llena
de vino y allí se echaba de buces el que quería hacer la razón;
contentóme la penadilla; a dos veces, no hubo hombre que conociese al
otro.
Empezaron pláticas de guerra; menudeábanse los juramentos; murieron
de brindis a brindis, veinte o treinta sin confesión; recetáronsele
al asistente mil puñaladas; tratóse de la buena memoria de Domingo
Tiznado y Gayón, derramóse vino en cantidad al ánima de Escamilla;
los que las cogieron tristes lloraron tiernamente al mal logrado
Alonso Álvarez. Y a mi compañero, con estas cosas, se le
desconcertó el reloj de la cabeza y dijo, algo ronco, tomando un pan
con las dos manos y mirando a la luz:
-Por esta, que es la cara de Dios, y por aquella luz que salió por la
boca del ángel, que si vucedes quieren, que esta noche hemos de dar
al corchete que siguió al pobre Tuerto.
Levantóse entre ellos alarido disforme, y desnudando las dagas, lo
juraron poniendo las manos cada uno en el borde de la artesa, y
echándose sobre ella de hocicos; dijeron:
-Así como bebemos este vino hemos de beberle la sangre a todo
acechador.
-¿Quién es este Alonso Álvarez -pregunté- que tanto se ha sentido
su muerte?
-Mancebito -dijo el uno- lidiador ahigadado, mozo de manos y buen
compañero. ¡Vamos, que me retientan los dimoños!
Con esto salimos de casa a montería de corchetes. Yo, como iba
entregado al vino y había renunciado en su poder mis sentidos, no
advertí al riesgo que me ponía. Llegamos a la calle de la Mar, donde
encaró con nosotros la ronda. No bien la columbraron, cuando, sacando
las espadas, la embistieron; yo hice lo mismo, y limpiamos dos cuerpos
de corchetes de sus malditas ánimas al primer encuentro. El alguacil
puso la justicia en sus pies y apeló por la calle arriba dando voces.
No lo pudimos seguir, por haber cargado delantero. Y, al fin, nos
acogimos a la Iglesia Mayor, donde nos amparamos del rigor de la
justicia y dormimos lo necesario para espumar el vino que hervía en
los cascos. Y vueltos ya en nuestro acuerdo, me espantaba yo de ver
que hubiese perdido la justicia dos corchetes y huido el alguacil de
un racimo de uvas, que entonces lo éramos nosotros.
Pasábamoslo en la iglesia notablemente, porque al olor de los
retraídos vinieron ninfas, desnudándose para vestirnos.
Aficionóseme la Grajales; vistióme de nuevo de sus colores. Súpome
bien y mejor que todas esta vida; y así, propuse de navegar en ansias
con la Grajal hasta morir. Estudié la jacarandina y en pocos días
era rabí de los otros rufianes.
La justicia no se descuidaba de buscarnos; rondábanos la puerta,
pero, con todo, de media noche abajo, rondábamos disfrazados. Yo que
vi que duraba mucho este negocio y más la fortuna en perseguirme, no
de escarmentado, que no soy tan cuerdo, sino de cansado, como
obstinado pecador, determiné, consultándolo primero con la Grajal,
de pasarme a Indias con ella y ver si mudando mundo y tierra
mejoraría mi suerte. Y fueme peor, como V. Md. verá en la segunda
parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no
de vida y costumbres.
* * * * *