Llegó la noche oscura y acogímonos a casa todos. Entré y hallé al

soldado de los trapos con una hacha de cera que le dieron para

acompañar un difunto y se vino con ella. Llamábase éste Magazo,

natural de Olías; había sido capitán en una comedia y combatido con

moros en una danza. A los de Flandes decía que había estado en la

China, y a los de la China en Flandes. Trataba de formar un campo y

nunca supo sino espulgarse en él. Nombraba castillos y apenas los

había visto en los ochavos. Celebraba mucho la memoria del señor don

Juan, y oíle decir yo muchas veces de Luis Quijada que había sido

honra de amigos. Nombraba turcos, galeones y capitanes, todos los que

había leído en unas coplas que andaban de esto; y como él no sabía

nada de mar, porque no tenía de naval más del comer nabos, dijo,

contando la batalla que había vencido el señor don Juan en Lepanto,

que aquel Lepanto fue un moro muy bravo, como no sabía el pobrete que

era nombre del mar. Pasábamos con él lindos ratos.

Entró luego mi compañero deshechas las narices y toda la cabeza

entrapajada, lleno de sangre y muy sucio. Preguntámosle la causa, y

dijo que había ido a la sopa de San Jerónimo y que pidió porción

doblada, diciendo que era para unas personas honradas y pobres.

Quitáronselo a los otros mendigos para dárselo, y ellos, con el

enojo, siguiéronle, y vieron que en un rincón detrás de la puerta

estaba sorbiendo con gran valor, y sobre si era bien hecho engañar

por engullir y quitar a otros para sí, se levantaron voces y tras

ellas palos y tras los palos chichones y tolondrones en su pobre

cabeza. Embistiéronle con los jarros, y el daño de las narices se le

hizo uno con una escudilla de palo que se la dio a oler con más prisa

que convenía. Quitáronle la espada, salió a las voces el portero, y

aun no los podía meter en paz. En fin, se vio en tanto peligro el

pobre hermano, que decía: «¡Yo volveré lo que he comido!»; y aun

no bastaba, que ya no reparaban sino en que pedía para otros y no se

preciaba de sopón. «¡Miren el todo trapos, como muñeca de niños,

más triste que pastelería en Cuaresma, con más agujeros que una

flauta y más remiendos que una pía y más manchas que un jaspe y

más puntos que un libro de música (decía un estudiantón de estos

de la capacha, gorronazo), que hay hombre en la sopa del bendito santo

que puede ser obispo o otra cualquier dignidad, y se afrenta un don

Peluche de comer! ¡Graduado estoy de bachiller en artes por

Sigüenza!». Metióse el portero de por medio, viendo que un

vejezuelo que allí estaba decía que aunque acudía al brodio, que

era descendiente de los godos y que tenía deudos.

Aquí lo dejo porque el compañero estaba ya fuera desaprensando los

huesos.

* * * * *

Libro Tercero: Capítulo III: En que prosigue la misma materia, hasta

dar con todos en la cárcel.

Entró Merlo Díaz, hecha la pretina una sarta de búcaros y vidros,

los cuales, pidiendo de beber en los tornos de las monjas, había

agarrado con poco temor de Dios. Mas sacóle de la puja don Lorenzo

del Pedroso, el cual entró con una capa muy buena, la cual había

trocado en una mesa de trucos a la suya, que no se la cubriera pelo al

que la llevó, por ser desbarbada. Usaba éste quitarse la capa como

que quería jugar, y ponerla con las otras, y luego, como que no

hacía partido, iba por su capa y tomaba la que mejor le parecía y

salíase. Usábalo en los juegos de argolla y bolos.

Mas todo fue nada para ver entrar a don Cosme cercado de muchachos con

lamparones, cáncer y lepra, heridos y mancos, el cual se había hecho

ensalmador con unas santiguaduras y oraciones que había aprendido de

una vieja. Ganaba este por todos, porque si el que venía a curarse no

traía bulto debajo de la capa, no sonaba dinero en faldriquera, o no

piaban algunos capones, no había lugar. Tenía asolado medio reino.

Hacía creer cuanto quería, porque no ha nacido tal artífice en el

mentir; tanto, que aun por descuido no decía verdad. Hablaba del

Niño Jesús, entraba en las casas con Deo gracias, decía lo del

«Espíritu Santo sea con todos»... Traía todo ajuar de hipócrita:

un rosario con unas cuentas frisonas; al descuido hacía que se le

viese por debajo de la capa un trozo de disciplina salpicada con

sangre de las narices; hacía creer, concomiéndose, que los piojos

eran silicios y que la hambre canina eran ayunos voluntarios. Contaba

tentaciones; en nombrando al demonio, decía «Dios nos libre y nos

guarde»; besaba la tierra al entrar en la iglesia; llamábase

indigno; no levantaba los ojos a las mujeres, pero las faldas sí. Con

estas cosas, traía el pueblo tal, que se encomendaban a él y era

como encomendarse al diablo. Porque él era jugador y lo otro (ciertos

los llaman, y por mal nombre fulleros). Juraba el nombre de Dios unas

veces en vano y otras en vacío. Pues en lo que toca a mujeres, tenía

seis hijos y preñadas dos santeras. Al fin, de los mandamientos de

Dios, los que no quebraba hendía.

Vino Polanco haciendo gran ruido, y pidió su saco pardo, cruz grande,

barba larga postiza y campanilla. Andaba de noche de esta suerte,

diciendo: «Acordaos de la muerte, y haced bien para las ánimas...»,

etc. Con esto cogía mucha limosna y entrábase en las casas que veía

abiertas: si no había testigos ni estorbo, robaba cuando había; si

le topaban, tocaba la campanilla y decía con una voz que él fingía

muy penitente: «Acordaos, hermanos...», etcétera.

Todas estas trazas de hurtar y modos extraordinarios conocí, por

espacio de un mes, en ellos. Volvamos agora a que les enseñé el

rosario y conté el cuento. Celebraron mucho la traza y recibióle la

vieja por su cuenta y razón para venderle. La cual se iba por las

casas diciendo que era de una doncella pobre y que se deshacía de él

para comer. Y ya tenía para cada cosa su embuste y su trapaza.

Lloraba la vieja a cada paso, enclavijaba las manos y suspiraba de lo

amargo, llamaba hijos a todos. Traía encima de muy buena camisa,

jubón, ropa, saya y manteo, un saco de sayal roto, de un amigo

ermitaño que tenía en las cuestas de Alcalá. Ésta gobernaba el

hato, aconsejaba y encubría.

Quiso, pues, el diablo, que nunca está ocioso en cosas tocantes a sus

siervos, que yendo a vender no sé qué ropa y otras cosillas a una

casa, conoció uno no sé qué hacienda suya. Trujo un alguacil y

agarráronme la vieja, que se llamaba la madre Labruscas. Confesó

luego todo el caso y dijo cómo vivíamos todos y que éramos

caballeros de rapiña. Dejóla el alguacil en la cárcel y vino a

casa, y halló en ella a todos mis compañeros y a mí con ellos.

Traía media docena de corchetes, verdugos de a pie, y dio con todo el

colegio buscón en la cárcel, adonde se vio en gran peligro la

caballería.

* * * * *

Libro Tercero: Capítulo IV: En que trata los sucesos de la cárcel,

hasta salir la vieja azotada, los compañeros a la vergüenza y él en

fiado.

Echáronnos, en entrando, a cada uno dos pares de grillos y

sumiéronnos en un calabozo. Yo, que me vi ir allá, aprovechéme del

dinero que traía conmigo y, sacando un doblón, díjele al

carcelero:

-Señor, oígame V. Md. en secreto.

Y para que lo hiciese dile escudo como cara. En viéndolos, me

apartó.

-Suplico a V. Md. -le dije- que se duela de un hombre de bien.

Busquéle las manos, y como sus palmas estaban hechas a llevar

semejantes dátiles, cerró con los dichos veinte y seis, diciendo:

-Yo averiguaré la enfermedad y si no es urgente bajará al cepo.

Yo conocí la deshecha y respondíle humilde. Dejóme fuera y a los

amigos descolgáronlos abajo.

Dejo de contar la risa tan grande que en la cárcel y por las calles

había con nosotros, porque como nos traían atados y a empellones,

unos sin capas y otros con ellas arrastrando, eran de ver unos cuerpos

pías remendados y otros aloques de tinto y blanco. A cuál por asirle

de alguna parte segura, por estar todo tan manido le agarraba el

corchete de las puras carnes y aun no hallaba de qué asir, según los

tenía roídos la hambre. Otros iban dejando a los corchetes en las

manos los pedazos de ropillas y gregüescos; al quitar la soga en que

venían ensartados, se salían pegados los andrajos.

Al fin, yo fui, llegada la noche, a dormir a la sala de los linajes.

Diéronme mi camilla. Era de ver algunos dormir envainados, sin

quitarse nada; otros, desnudarse de un golpe todo cuanto traían

encima como culebras; cuáles jugaban. Y, al fin, cerrados, se mató

la luz. Olvidamos todos los grillos. Era de ver a los que no tenían

cama llegar y asir de los pies al acostado y sacarlo arrastrando en

medio de la sala y encajarse en la cama, y aquél asir de otro para

acomodarse.

Estaba el servicio a mi cabecera; vime forzado, a intercesión de mis

narices, a decirles que mudasen a otra parte el vedriado. Y sobre si

le viene muy ancho o no (como si me hubieran tomado la medida con el

bacín), tuvimos palabras. Usé el oficio de adelantado, que es mejor

a veces serlo de un cachete que de un reino, y metíle a uno media

pretina en la cara. Él, por levantarse aprisa, derramóle, y al ruido

despertó el concurso. Asábamonos a pretinazos a oscuras, y era tanto

el mal olor que hubieron de levantarse todos. Alzóse el grito. El

alcaide, sospechando que se le iban algunos vasallos, subió

corriendo, armado, con toda su cuadrilla; abrió la sala, entró luz y

informóse del caso. Condenáronme todos; yo me disculpaba con decir

que en toda la noche me habían dejado cerrar los ojos. El carcelero,

pareciéndole que por no dejarme zabullir en lo hondo le daría otro

doblón, asió del caso y mandóme bajar allá. Determinéme a

consentir antes que a pellizcar el talego más de lo que lo estaba.

Fui llevado abajo; recibiéronme con arbórbola y placer los amigos.

Dormí aquella noche algo desabrigado.

Amaneció el Señor y salimos del calabozo. Vímonos las caras, y lo

primero que nos fue notificado fue dar para la limpieza, como si en

una noche lo hubiera yo ensuciado todo, so pena de culebrazo fino. Yo

di luego seis reales; mis compañeros no tenían qué dar, y así,

quedaron remitidos para la noche.

Había en el calabozo un mozo tuerto, alto, abigotado, mohíno de

cara, cargado de espaldas y de azotes en ellas. Traía más hierro que

Vizcaya, dos pares de grillos y una cadena de portada. Llamábanle el

Jayán. Decía que estaba por cosas de aire, y así, sospechaba yo si

era por algunos fuelles, chirimías o abanicos, y decíale si era por

algo de esto. Respondía que no, que eran cosas de atrás. Yo pensé

que pecados viejos quería decir, y averigüé que por puto. Cuando el

alcaide le reñía por alguna travesura, le llamaba botiller del

verdugo y depositario general de culpas. Otras veces le amenazaba

diciendo: -«¿Qué te arriesgas, pobrete, con el que ha de hacer

humo? Dios es Dios, que te vendimie de camino». Había confesado

este, y era tan maldito que traíamos todos con carlancas, como

mastines, las traseras, y no había quien se osase ventosear, de miedo

de acordarle dónde tenía las asentaderas.

Este hacía amistad con otro que llamaban Robledo y por otro nombre el

Trepado. Decía que estaba preso por liberalidades; y, entendido, eran

de manos en pescar lo que topaba. Este había sido más azotado que

postillón; no había verdugo que no hubiese probado la mano en él.

Tenía la cara con tantas cuchilladas que a descubrirse puntos no se

la ganara un flux. Tenía menos las orejas y pegadas las narices,

aunque no tan bien como la cuchillada que se las partía.

A estos se llegaban otros cuatro hombres, rapantes como leones de

armas, todos agrillados, gente de azotes y galeras, chilindrón

legítimo. Decían ellos que presto podrían decir que habían servido

a su Rey por mar y por tierra. No se podrá creer la notable alegría

con que aguardaban su despacho.

Todos estos, mohínos de ver que mis compañeros no contribuían,

ordenaron a la noche de darlos culebra de cáñamo, con una soga

dedicada al efecto.

Vino la noche. Fuímonos ahuchados a la postrera faldriquera de la

casa. Mataron la luz; yo metíme luego debajo de la tarima. Empezaron

a silbar dos de ellos y otro a dar sogazos. Los buenos caballeros, que

vieron el negocio de revuelta, se apretaron de manera las carnes

ayunas (cenadas, comidas y almorzadas de sarna y piojos), que cupieron

todos en un resquicio de la tarima. Estaban como liendres en cabellos

o chinches en cama. Sonaban los golpes en la tabla; callaban los

dichos. Los bellacos, que vieron que no se quejaban, dejaron el dar

azotes y empezaron a tirar ladrillos, piedras y cascote que tenían

recogido. Allí fue ella, que uno le halló el cogote a don Toribio y

le levantó una pantorrilla en él de dos dedos. Comenzó a dar voces

que le mataban. Los bellacos, porque no se oyesen sus aullidos,

cantaban todos juntos y hacían ruido con las prisiones. Él, por

esconderse, asió de los otros para meterse debajo. Allí fue el ver

cómo, con la fuerza que hacían, les sonaban los huesos.

Acabaron su vida las ropillas; no quedaba andrajo en pie. Menudeaban

tanto las piedras y cascotes, que dentro de poco tiempo tenía el

dicho don Toribio más golpes en la cabeza que una ropilla abierta, y

no hallando remedio contra el granizo, viéndose sin santidad cerca de

morir San Esteban, dijo que le dejasen salir, que él pagaría luego y

daría sus vestidos en prendas. Consintiéronselo, y a pesar de los

otros, que se defendían con él, descalabrado y como pudo se levantó

y pasó a mi lado.

Los otros, por presto que acordaron a hacer lo mismo, ya tenían las

chollas con más tejas que pelos. Ofrecieron para pagar la patente sus

vestidos haciendo cuenta que era mejor entrarse en la cama por

desnudos que por heridos. Y así, aquella noche los dejaron, y a la

mañana les pidieron que se desnudasen, y se halló que de todos sus

vestidos juntos no se podía hacer una mecha a un candil.

Quedáronse en la cama, digo envueltos en una manta, la cual era la

que llaman ruana, donde se espulgan todos. Empezaron luego a sentir el

abrigo de la manta, porque había piojo con hambre canina, y otro que

en un brazo ayuno de ellos quebraba ayuno de ocho días; habíalos

frisones y otros que se podían echar a la oreja de un toro. Pensaron

aquella mañana ser almorzados de ellos; quitáronse la manta,

maldiciendo su fortuna, deshaciéndose a puras uñadas.

Yo salíme del calabozo diciéndoles que me perdonasen si no les

hiciese mucha compañía, porque me importaba no hacérsela. Torné a

repasarle las manos al carcelero con tres de a ocho y sabiendo quién

era el escribano de la causa enviéle a llamar con un picarillo. Vino,

metíle en un aposento, y empecéle a decir (después de haber tratado

de la causa) cómo yo tenía no sé que dinero; supliquéle que me lo

guardase, y que en lo que hubiese lugar favoreciese la causa de un

hijodalgo desgraciado que por engaño había incurrido en tal delito.

-Crea V. Md. -dijo, después de haber pescado la mosca-, que en

nosotros está todo el juego, y que si uno da en no ser hombre de bien

puede hacer mucho mal. Más tengo yo en galeras de balde, por mi

gusto, que hay letras en el proceso. Fíese de mí y crea que le

sacaré a paz y a salvo.

Fuese con esto y volvióse desde la puerta a pedirme algo para el buen

Diego García, el alguacil, que importaba acallarle con mordaza de

plata y apuntóme no sé qué del relator, para ayuda de comerse

cláusula entera. Dijo:

-Un relator, señor, con arcar las cejas, levantar la voz, dar una

patada para hacer atender al alcalde divertido, hacer una acción,

destruye a un cristiano.

Dime por entendido y añadí otros cincuenta reales, y en pago me dijo

que enderezase el cuello de la capa, y dos remedios para el catarro

que tenía de la frialdad del calabozo, y últimamente me dijo,

mirándome con grillos:

-Ahorre de pesadumbre, que con ocho reales que dé al alcaide, le

aliviará; que esta es gente que no hace virtud si no es por

interés.

Cayóme en gracia la advertencia. Al fin, él se fue. Yo di al

carcelero un escudo; quitóme los grillos. Dejábame entrar en su

casa. Tenía una ballena por mujer y dos hijas del diablo, feas y

necias, y de la vida, a pesar de sus caras. Sucedió que el carcelero

(se llamaba tal Blandones de San Pablo, y la mujer doña Ana Moráez)

vino a comer, estando yo allí, muy enojado y bufando. No quiso comer.

La mujer, recelando alguna gran pesadumbre, se llegó a él, y le

enfadó tanto con las acostumbradas importunidades, que dijo:

-¿Qué ha de ser, si el bellaco ladrón de Almendros el aposentador,

me ha dicho, teniendo palabras con él sobre el arrendamiento, que vos

nos sois limpia?

-¿Tantos rabos me ha quitado el bellaco? -dijo ella-; por el siglo de

mi agüelo, que no sois hombre, pues no le pelastes las barbas.

¿Llamo yo a sus criadas que me limpien?

Y volviéndose a mí, dijo:

-Vale Dios que no me podrá decir que soy judía como él, que de

cuatro cuartos que tiene, los dos son de villano y los otros ocho

maravedís de hebreo. A fe, señor don Pablos, que si yo lo oyera, que

yo le acordara de que tiene las espaldas en el aspa de San Andrés.

Entonces, muy afligido el alcaide, respondió:

-¡Ay, mujer, que callé porque dijo que en esa teníades vos dos o

tres madejas! Que lo sucio no os lo dijo por lo puerco, sino por el no

lo comer.

-Luego ¿judía dijo que era? ¿Y con esa paciencia lo decís, buenos

tiempos? ¿Así sentís la honra de doña Ana Moráez, hija de Esteban

Rubio y Joan de Madrid, que sabe Dios y todo el mundo?

-¡Cómo! ¿Hija -dije yo- de Joan de Madrid?

-De Joan de Madrid, el de Auñón.

-Voto a Dios -dije yo- que el bellaco que tal dijo es un judío, puto

y cornudo.

Y volviéndome a ellas:

-Joan de Madrid, mi señor, que esté en el cielo, fue primo hermano

de mi padre. Y daré yo probanza de quién es y cómo; y esto me toca

a mí. Y si salgo de la cárcel yo le haré desdecir cien veces al

bellaco. Ejecutoria tengo en el pueblo, tocante a entrambos, con

letras de oro.

Alegráronse con el nuevo pariente y cobraron ánimo con lo de la

ejecutoria. Y ni yo la tenía ni sabía quiénes eran. Comenzó el

marido a quererse informar del parentesco por menudo. Yo, porque no me

cogiese en mentira, hice que me salía de enojado, votando y jurando.

Tuviéronme, diciendo que no se tratase más de ello. Yo, de rato en

rato, salía muy al descuido con decir:

-¡Joan de Madrid! ¡Burlando es la probanza que yo tengo suya!

Otras veces decía:

-¡Joan de Madrid, el mayor! Su padre de Joan de Madrid fue casado con

Ana de Acevedo, la gorda.

Y callaba otro poco. Al fin, con estas cosas, el alcaide me daba de

comer y cama en su casa, y el escribano, solicitado de él y cohechado

con el dinero, lo hizo tan bien, que sacaron a la vieja delante de

todos en un palafrén pardo a la brida, con un músico de culpas

delante. Era el pregón: «¡A esta mujer, por ladrona!» Llevábale

el compás en las costillas el verdugo, según lo que le habían

recetado los señores de los ropones. Luego seguían todos mis

compañeros, en los overos de echar agua, sin sombreros y las caras

descubiertas. Sacábanlos a la vergüenza y cada uno, de puro roto,

llevaba la suya de fuera. Desterráronlos por seis años. Yo salí en

fiado, por virtud del escribano. Y el relator no se descuidó, porque

mudó tono, habló quedo y ronco, brincó razones y mascó cláusulas

enteras.

* * * * *

Libro Tercero: Capítulo V: De cómo tomó posada, y la desgracia que

le sucedió en ella.

Salí de la cárcel. Halléme solo y sin los amigos; aunque me

avisaron que iban camino de Sevilla a costa de la caridad, no los

quise seguir.

Determinéme de ir a una posada, donde hallé una moza rubia y blanca,

miradora, alegre, a veces entremetida y a veces entresacada y salida;

zaceaba un poco; tenía miedo a los ratones; preciábase de manos y

por enseñarlas siempre despabilaba las velas, partía la comida en la

mesa, en la iglesia siempre tenía puestas las manos, por las calles

iba enseñando siempre cuál casa era de uno y cuál de otro, en el

estrado, de contino tenía un alfiler que prender en el tocado, si se

jugaba a algún juego era siempre el de pizpirigaña, por ser cosa de

mostrar manos. Hacía que bostezaba, adrede, sin tener gana, por

mostrar los dientes y hacer cruces en la boca. Al fin, toda la casa

tenía ya tan manoseada que enfadaba ya a sus mismos padres.

Hospedáronme muy bien en su casa, porque tenían trato de alquilarla,

con muy buena ropa, a tres moradores: fui el uno yo, el otro un

portugués, y un catalán. Hiciéronme muy buena acogida.

A mí no me pareció mal la moza para el deleite, y lo otro la

comodidad de hallármela en casa. Di en poner en ella los ojos;

contábales cuentos que yo tenía estudiados para entretener;

traíalas nuevas aunque nunca las hubiese; servíalas en todo lo que

era de balde. Díjelas que sabía encantamientos y que era nigromante,

que haría que pareciese que se hundía la casa y que se abrasaba, y

otras cosas que ellas como buenas creedoras tragaron. Granjeé una

voluntad en todos agradecida, pero no enamorada, que, como no estaba

tan bien vestido como era razón, aunque ya me había mejorado algo de

ropa por medio del alcaide, a quien visitaba siempre, conservando la

sangre a pura carne y pan que le comía, no hacían de mí el caso que

era razón.

Di para acreditarme de rico que lo disimulaba, en enviar a mi casa

amigos a buscarme cuando no estaba en ella. Entró uno, el primero,

preguntando por el señor don Ramiro de Guzmán, que así dije que era

mi nombre (porque los amigos me habían dicho que no era de costa

mudarse los nombres, y que era útil). Al fin, preguntó por don

Ramiro, «un hombre de negocios rico, que hizo agora tres asientos con

el Rey». Desconociéronme en esto las huéspedas y respondieron que

allí no vivía sino un don Ramiro de Guzmán, más roto que rico,

pequeño de cuerpo, feo de cara y pobre.

-Ese es -replicó- el que yo digo. Y no quisiera más renta al

servicio de Dios que la que tiene a más de dos mil ducados.

Contóles otros embustes, quedáronse espantadas, y él las dejó una

cédula de cambio fingida, que traía a cobrar en mí, de nueve mil

escudos. Díjoles que me la diesen para que la aceptase, y fuese.

Creyeron la riqueza la niña y la madre y acotáronme luego para

marido. Vine yo con gran disimulación, y en entrando, me dieron la

cédula diciendo:

-Dineros y amor mal se encubren, señor don Ramiro. ¿Cómo que nos

esconda V. Md. quién es debiéndonos tanta voluntad?

Yo hice como que me había disgustado por el dejar de la cédula y

fuime a mi aposento. Era de ver cómo, en creyendo que tenía dinero,

me decían que todo me estaba bien, celebraban mis palabras, no había

tal donaire como el mío. Yo que las vi tan cebadas declaré mi

voluntad a la muchacha y ella me oyó contentísima, diciéndome mil

lisonjas.

Apartámonos; y una noche, para confirmarlas más en mi riqueza,

cerréme en mi aposento, que estaba dividido del suyo con sólo un

tabique muy delgado, y sacando cincuenta escudos estuve contándolos

en la mesa tantas veces que oyeron contar seis mil escudos. Fue esto

de verme con tanto dinero de contado, para ellas, todo lo que yo

podía desear, porque dieron en desvelarse para regalarme y servirme.

El portugués se llamaba o siñor Vasco de Meneses, caballero de la

cartilla, digo de Christus. Traía su capa de luto, botas, cuello

pequeño y mostachos grandes. Ardía por doña Berenguela de Robledo,

que así se llamaba. Enamorábala sentándose a conversación y

suspirando más que beata en sermón de Cuaresma. Cantaba mal, y

siempre andaba apuntando con él el catalán, el cual era la criatura

más triste y miserable que Dios crió; comía a tercianas, de tres a

tres días, y el pan tan duro que apenas le pudiera morder un

maldiciente. Pretendía por lo bravo, y si no era el poner huevos, no

le faltaba otra cosa para gallina, porque cacareaba notablemente.

Como vieron los dos que yo iba tan adelante dieron en decir mal de

mí. El portugués decía que era un piojoso, pícaro, desarropado; el

catalán me trataba de cobarde y vil. Yo lo sabía todo y a veces lo

oía, pero no me hallaba con ánimo para responder. Al fin, la moza me

hablaba y recibía mis billetes. Comenzaba por lo ordinario: «Este

atrevimiento, su mucha hermosura de V. Md...»; decía lo de «me

abraso», trataba de «penar», ofrecíame por esclavo, firmaba el

corazón con la saeta... Al fin, llegamos a los túes, y yo, para

alimentar más el crédito de mi calidad, salíme de casa y alquilé

una mula, y arrebozado y mudando la voz, vine a la posada y pregunté

por mí mismo, diciendo si vivía allí su merced del señor don

Ramiro de Guzmán, señor del Valcerrado y Villorete.

-Aquí vive -repondió la niña- un caballero de ese nombre, pequeño

de cuerpo.

Y, por las señas, dije yo que era él, y las supliqué que le dijesen

que Diego de Solórzana, su mayordomo que fue de las depositarías,

pasaba a las cobranzas y le había venido a besar las manos. Con esto

me fui y volví a casa de allí a un rato.

Historia de la vida del Buscón, llamado Don Pablos, ejemplo de vagabundos y espejo de tacaños · 第 6 / 9 段