Tenemos de memoria, para lo que toca a vestirnos, toda la ropería

vieja. Y como en otras partes hay hora señalada para oración, la

tenemos nosotros para remendarnos. Son de ver, a las mañanas, las

diversidades de cosas que sanamos; que, como tenemos por enemigo

declarado al sol, por cuanto nos descubre los remiendos, puntadas y

trapos, nos ponemos, abiertas las piernas, a la mañana, a su rayo, y

en la sombra del suelo vemos las que hacen los andrajos y hilachas de

las entrepiernas. Es de ver cómo quitamos cuchilladas de atrás para

poblar lo de adelante; y solemos traer la trasera tan pacífica, por

falta de cuchilladas, que se queda en las puras bayetas. Sábelo sola

la capa, y guardámonos de días de aire y de subir por escaleras

claras o a caballo. Estudiamos posturas contra la luz, pues, en día

claro, andamos las piernas muy juntas, y hacemos las reverencias con

solos los tobillos, porque, si se abren las rodillas, se verá el

ventanaje.

No hay cosa en todos nuestros cuerpos que no haya sido otra cosa y no

tenga historia. Verbi gratia: bien ve V. Md. -dijo- esta ropilla; pues

primero fue gregüescos, nieta de una capa y bisnieta de un capuz, que

fue en su principio, y ahora espera salir para soletas y otras cosas.

Los escarpines, primero son pañizuelos, habiendo sido toallas, y

antes camisas, hijas de sábanas; y después de todo, los aprovechamos

para papel, y en el papel escribimos, y después hacemos dél polvos

para resucitar los zapatos, que de incurables, los he visto hacer

revivir con semejantes medicamentos.

Pues ¿qué diré del modo con que de noche nos apartamos de las luces

porque no se vean los herreruelos calvos y las ropillas lampiñas?,

que no hay más pelo en ellas que en un guijarro, que es Dios servido

de dárnosle en la barba y quitárnosle en la capa. Pero por no gastar

con barberos, prevenimos siempre de aguardar a que otro de los

nuestros tenga también pelambre y entonces nos la quitamos el uno al

otro, conforme lo del Evangelio: «Ayudaos como buenos hermanos».

Traemos gran cuenta en no andar los unos por las casas de los otros,

si sabemos que alguno trata la misma gente que otro. Es de ver cómo

andan los estómagos en celo.

Estamos obligados a andar a caballo una vez cada mes, aunque sea en

pollino por las calles públicas; y obligados a ir en coche una vez en

el año, aunque sea en la arquilla o trasera. Pero si alguna vez vamos

dentro del coche, es de considerar que siempre es en el estribo, con

todo el pescuezo de fuera, haciendo cortesías porque nos vean todos y

hablando a los amigos y conocidos aunque miren a otra parte.

Si nos come delante de algunas damas, tenemos traza para rascarnos en

público sin que se vea; si es en el muslo, contamos que vimos un

soldado atravesado desde tal parte a tal parte, y señalamos con las

manos aquellas que nos comen, rascándonos en vez de enseñarlas. Si

es en la iglesia, y come en el pecho, nos damos sanctus aunque sea al

introibo. Levantámonos, y arrimándonos a una esquina en son de

empinarnos para ver algo, nos rascamos.

¿Qué diré del mentir? Jamás se halla verdad en nuestra boca.

Encajamos duques y condes en las conversaciones, unos por amigos,

otros por deudos, y advertimos que los tales señores, o están

muertos o muy lejos.

Y lo que más es de notar es que nunca nos enamoramos sino de pane

lucrando, que veda la orden damas melindrosas, por lindas que sean, y

así, siempre andamos en recuesta con una bodegonera por la comida,

con la huéspeda por la posada, con la que abre los cuellos por los

que trae el hombre. Y aunque, comiendo tan poco y bebiendo tan mal no

se puede cumplir con tantas, por su tanda todas están contentas.

Quien ve estas botas mías, ¿cómo pensará que andan caballeras en

las piernas en pelo, sin media, ni otra cosa? Y quien viere este

cuello, ¿por qué ha de pensar que no tengo camisa? Pues todo esto le

puede faltar a un caballero, señor licenciado, pero cuello abierto y

almidonado, no. Lo uno, porque así es gran ornato de la persona; y

después de haberle vuelto de una parte a otra, es de sustento, porque

se cena el hombre en el almidón con sus fondos en mugre, chupándole

con destreza.

Y al fin, señor licenciado, un caballero de nosotros ha de tener más

faltas que una preñada de nueve meses, y con esto vive en la Corte; y

ya se ve en prosperidad y con dineros, y ya en el espital. Pero, en

fin, se vive, y el que se sabe bandear es rey, con poco que tenga.»

Tanto gusté de las extrañas maneras de vivir del hidalgo, y tanto me

embebecí, que divertido con ellas y con otras, me llegué a pie hasta

las Rozas, adonde nos quedamos aquella noche. Cenó conmigo el dicho

hidalgo, que no traía blanca y yo me hallaba obligado a sus avisos,

porque con ellos abrí los ojos a muchas cosas, inclinándome a la

chirlería. Declaréle mis deseos antes que nos acostásemos;

abrazóme mil veces, diciendo que siempre esperó que habían de hacer

impresión sus razones en hombre de tan buen entendimiento. Ofrecióme

favor para introducirme en la Corte con los demás cofrades del

estafón, y posada en compañía de todos. Aceptéla, no declarándole

que tenía los escudos que llevaba, sino hasta cien reales solos, los

cuales bastaron, con la buena obra que le había hecho y hacía, a

obligarle a mi amistad.

Compréle del huésped tres agujetas, atacóse, dormimos aquella

noche, madrugamos, y dimos con nuestros cuerpos en Madrid.

* * * * *

Libro Tercero: Capítulo I: De lo que le sucedió en la Corte luego

que llegó hasta que amaneció.

Entramos en la Corte a las diez de la mañana; fuímonos a apear, de

conformidad, en casa de los amigos de don Toribio. Llegó a la puerta;

llamó; abrióle una vejezuela muy pobremente abrigada, rostro

cáscara de nuez, mordiscada de facciones, cargada de espaldas y de

años. Preguntó por los amigos, y respondió, con un chillido crespo,

que habían ido a buscar. Estuvimos solos hasta que dieron las doce,

pasando el tiempo él en animarme a la profesión de la vida barata, y

yo en atender a todo.

A las doce y media entró por la puerta una estantigua vestida de

bayeta hasta los pies, punto menos de Arias Gonzalo, que al mismo

Portugal empalagara de bayetas. Habláronse los dos en germanía, de

lo cual resultó darme un abrazo y ofrecérseme. Hablamos un rato, y

sacó un guante con diez y seis reales, y una carta, con la cual,

diciendo que era licencia para pedir para una pobre, los había

allegado. Vació el guante y sacó otro y doblólos a usanza de

médico. Yo le pregunté que por qué no se los ponía y dijo que por

ser entrambos de una mano, que era treta para tener guantes.

A todo esto, noté que no se desarrebozaba, y pregunté como nuevo

para saber la causa de estar siempre envuelto en la capa, a lo cual

respondió:

-Hijo, tengo en las espaldas una gatera, acompañada de un remiendo de

lanilla y de una mancha de aceite; que en mi hato, aunque caminéis a

cualquiera parte, nunca saldréis de la Mancha, que parece que hago

caravanas para lechuza u que retozo con algunos candiles. Este pedazo

de arrebozo lo disimula todo.

Desarrebozóse y hallé que debajo de la sotana traía gran bulto. Yo

pensé que eran calzas, porque eran a modo de ellas, cuando él, para

entrarse a espulgar, se arremangó, y vi que eran dos rodajas de

cartón que traía atadas a la cintura y encajadas en los muslos, de

suerte que hacían apariencia debajo del luto, porque el tal no traía

camisa ni gregüescos, que apenas tenía qué espulgar según andaba

desnudo. Entró al espulgadero y volvió una tablilla como las que

ponen en las sacristías, que decía: «Espulgador hay», porque no

entrase otro. Grandes gracias di a Dios viendo cuánto dio a los

hombres en darles industria, ya que les quitase riquezas.

-Yo -dijo mi buen amigo- vengo del camino con mal de calzas, y así me

habré menester recoger a remendar.

Preguntó si había algunos retazos, que la vieja recogía trapos dos

días en la semana por las calles, como las que tratan en papel, para

acomodar jubones incurables, ropillas tísicas y con dolor de costado

de los caballeros. Dijo que no y que por falta de harapos se estaba,

quince días había, en la cama, de mal de zaragüelles, don Lorenzo

Iñíguez del Pedroso.

En esto estábamos, cuando vino uno con sus botas de camino y su

vestido pardo, con un sombrero prendidas las faldas por los dos lados.

Supo mi venida de los demás y hablóme con mucho afecto. Quitóse la

capa, y traía (¡mire V. Md. quién tal pensara!) la ropilla de pardo

paño la delantera, y la trasera de lienzo blanco, con sus fondos en

sudor. No pude tener la risa, y él, con gran disimulación, dijo:

-Haráse a las armas, y no se reirá. Yo apostaré que no sabe por

qué traigo este sombrero con la falda presa arriba.

Yo dije que por galantería y por dar lugar a la vista.

-Antes por estorbarla -dijo-; sepa que es porque no tiene toquilla, y

que así no lo echan de ver.

Y, diciendo esto, sacó más de veinte cartas y otros tantos reales,

diciendo que no había podido dar aquellas. Traía cada una un real de

porte, y eran hechas por él mismo. Ponía la firma de quien le

parecía, escribía nuevas que inventaba a las personas más honradas

y dábalas en aquel traje cobrando los portes. Y esto hacía cada mes,

cosa que me espantó ver la novedad de la vida.

Entraron luego otros dos, el uno con una ropilla de paño, larga hasta

el medio valón y su capa de lo mismo, levantando el cuello porque no

se viese el anjeo, que estaba roto. Los valones eran de chamelote, mas

no era más de lo que se descubría, y lo demás de bayeta colorada.

Este venía dando voces con el otro, que traía valona por no tener

cuello, y unos frascos por no tener capa, y una muleta con una pierna

liada en trapajos y pellejos por no tener más de una calza. Hacíase

soldado, y habíalo sido en los alojamientos y hasta la mar. Contaba

extraños servicios suyos, y a título de soldado entraba en

cualquiera parte. Decía el de la ropilla y casi gregüescos:

-La mitad me debéis, o por lo menos mucha parte, y si no me la dais,

¡juro a Dios...!

-No jure a Dios -dijo el otro-, que en llegando a casa no soy cojo, y

os daré con esta muleta mil palos.

Si daréis, no daréis, y en los mentises acostumbrados, arremetió el

uno al otro y asiéndose se salieron con los pedazos de los vestidos

en las manos a los primeros estirones y no fue mucho. Metímoslos en

paz, y preguntamos la causa de la pendencia. Dijo el soldado:

-¿A mí chanzas? ¡No llevaréis ni medio! Han de saber V. Mds. que

estando hoy en San Salvador, llegó un niño a este pobrete, y le dijo

que si era yo el alférez Joan de Lorenzana, y dijo que sí, atento a

que le vio no sé qué cosa que traía en las manos. Llevómele, y

dijo, nombrándome alférez: «Mire V. Md. qué le quiere este

niño». Yo que luego entendí la flor, acepté. Recibí el recado y

con él doce pañizuelos, y respondí a su madre, que los inviaba a

algún hombre de aquel nombre. Pídeme ahora la mitad. Yo antes me

haré pedazos otra vez que tal dé. Todos los han de romper mis

narices.

Juzgóse la causa en su favor. Solo se le contradijo lo del sonar con

ellos, mandándole que los entregase a la vieja, para honrar la

comunidad haciendo de ellos unos cuellos y unos remates de mangas que

se viesen y representasen camisas, que el sonarse estaba vedado en la

orden, si no era en el aire, u de saetilla a coz de dedo.

Era de ver llegada la noche cómo nos acostamos en dos camas, tan

juntos que parecíamos herramienta en estuche. Pasóse la cena de en

claro en claro. No se desnudaron los más, que con acostarse como

andaban de día, cumplieron con el precepto de dormir en cueros.

* * * * *

Libro Tercero: Capítulo II: En que prosigue la materia comenzada y

cuenta algunos raros sucesos.

Amaneció el Señor y pusímonos todos en arma. Ya estaba yo tan

hallado con ellos como si todos fuéramos hermanos (que esta facilidad

y dulzura se halla siempre en las cosas malas). Era de ver a uno

ponerse la camisa de doce veces, dividida en doce trapos, diciendo una

oración a cada uno como sacerdote que se viste. A cuál se le perdía

una pierna en los callejones de las calzas y la venía a hallar donde

menos convenía asomada. Otro pedía guía para ponerse el jubón, y

en media hora se podía averiguar con él.

Acabado esto, que no fue poco de ver, todos empuñaron aguja y hilo

para hacer un punteado en un rasgado y otro. Cuál, para culcusirse

debajo del brazo, estirándole, se hacía L. Uno, hincado de rodillas,

arremedando un cinco de guarismo, socorría a los cañones. Otro, por

plegar las entrepiernas, metiendo la cabeza entre ellas, se hacía un

ovillo. No pintó tan extrañas posturas Bosco como yo vi, porque

ellos cosían y la vieja les daba los materiales, trapos y arrapiezos

de diferentes colores, los cuales había traído el soldado.

Acabóse la hora del remedio (que así la llamaban ellos) y fuéronse

mirando unos a otros lo que quedaba mal parado. Determinaron de irse

fuera, y yo dije que antes trazasen mi vestido, porque quería gastar

los cien reales en uno, y quitarme la sotana.

-Eso no -dijeron ellos-; el dinero se dé al depósito, y vistámosle

de lo reservado. Luego señalémosle su diócesis en el pueblo adonde

él solo busque y apolille.

Parecióme bien; deposité el dinero y en un instante, de la sotanilla

me hicieron ropilla de luto de paño, y acortando el herreruelo quedó

bueno. Lo que sobró de paño trocaron a un sombrero viejo reteñido;

pusiéronle por toquilla unos algodones de tintero muy bien puestos.

El cuello y los valones me quitaron y en su lugar me pusieron unas

calzas atacadas, con cuchilladas no más de por delante, que lados y

trasera eran unas gamuzas. Las medias calzas de seda aun no eran

medias, porque no llegaban más de cuatro dedos más abajo de la

rodilla, los cuales cuatro dedos cubría una bota justa sobre la media

colorada que yo traía. El cuello estaba todo abierto de puro roto;

pusiéronmele, y dijeron:

-El cuello está trabajoso por detrás y por los lados. V. Md., si le

mirase uno, ha de ir volviéndose con él, como la flor del sol con el

sol; si fueren dos y miraren por los lados, saque pies, y para los de

atrás traiga siempre el sombrero caído sobre el cogote, de suerte

que la falda cubra el cuello y descubra toda la frente, y al que

preguntare que por qué anda así respóndale que porque puede andar

con la cara descubierta por todo el mundo.

Diéronme una caja con hilo negro y hilo blanco, seda, cordel y aguja,

dedal, paño, lienzo, raso y otros retacillos, y un cuchillo;

pusiéronme una espuela en la pretina, yesca y eslabón en una bolsa

de cuero, diciendo:

-Con esta caja puede ir por todo el mundo, sin haber menester amigos

ni deudos; en esta se encierra todo nuestro remedio. Tómela y

guárdela.

Señaláronme por cuartel para buscar mi vida el de San Luis; y así,

empecé mi jornada, saliendo de casa con los otros, aunque por ser

nuevo me dieron, para empezar la estafa, como a misacantano, por

padrino el mismo que me trujo y convirtió.

Salimos de casa con paso tardo, los rosarios en la mano; tomamos el

camino para mi barrio señalado. A todos hacíamos cortesías; a los

hombres, quitábamos el sombrero, deseando hacer lo mismo con sus

capas a las mujeres hacíamos reverencias, que se huelgan con ellas y

con las paternidades mucho. A uno decía mi buen ayo: «Mañana me

traen dineros»; a otro: «Aguárdeme V. Md. un día, que me trae en

palabras el banco». Cuál le pedía la capa, quién le daba prisa por

la pretina; en lo cual conocí que era tan amigo de sus amigos, que no

tenía cosa suya. Andábamos haciendo culebra de una acera a otra por

no topar con casas de acreedores. Ya le pedía uno el alquiler de la

casa, otro el de la espada y otro el de las sábanas y camisas, de

manera que eché de ver que era caballero de alquiler, como mula.

Sucedió, pues, que vio desde lejos un hombre que le sacaba los ojos,

según dijo, por una deuda, mas no podía el dinero. Y porque no le

conociese, soltó de detrás de las orejas el cabello, que traía

recogido, y quedó nazareno, entre ermitaño y caballero lanudo;

plantóse un parche en un ojo y púsose a hablar italiano conmigo.

Esto pudo hacer mientras el otro venía, que aún no le había visto,

por estar ocupado en chismes con una vieja. Digo de verdad que vi al

hombre dar vueltas alrededor, como perro que se quiere echar; hacíase

más cruces que un ensalmador, y fuese diciendo:

-¡Jesús!, pensé que era él. A quien bueyes ha perdido..., etc.

Yo moríame de risa de ver la figura de mi amigo. Entróse en un

portal a recoger la melena y el parche, y dijo:

-Estos son los aderezos de negar deudas. Aprendé, hermano, que

veréis mil cosas de estas en el pueblo.

Pasamos adelante y, en una esquina, por ser de mañana, tomamos dos

tajadas de alcotín y agua ardiente, de una picarona que nos lo dio de

gracia, después de dar el bienvenido a mi adestrador. Y díjome:

-Con esto vaya el hombre descuidado de comer hoy; y, por lo menos,

esto no puede faltar.

Afligíme yo, considerando que aún teníamos en duda la comida, y

repliqué afligido por parte de mi estómago. A lo cual respondió:

-Poca fe tienes con la religión y orden de los caninos. No falta el

Señor a los cuervos ni a los grajos ni aun a los escribanos ¿y

había de faltar a los traspillados? Poco estómago tienes.

-Es verdad -dije-, pero temo mucho tener menos y nada en él.

En esto estábamos, y dio un reloj las doce; y como yo era nuevo en el

trato, no les cayó en gracia a mis tripas el alcotín y tenía hambre

como si tal no hubiera comido. Renovada, pues, la memoria con la hora,

volvíme al amigo y dije:

-Hermano, este de la hambre es recio noviciado; estaba hecho el hombre

a comer más que un sabañón y hanme metido a vigilias. Si vos no lo

sentís, no es mucho, que criado con hambre desde niño, como el otro

rey con ponzoña, os sustentéis ya con ella. No os veo hacer

diligencia vehemente para mascar, y así, yo determino de hacer la que

pudiere.

-¡Cuerpo de Dios -replicó- con vos! Pues dan agora las doce ¿y

tanta prisa? Tenéis muy puntuales ganas y ejecutivas, y han menester

llevar en paciencia algunas pagas atrasadas. ¡No, sino comer todo el

día! ¿Qué más hacen los animales? No se escribe que jamás

caballero nuestro haya tenido cámaras, que antes, de puro mal

proveídos no nos proveemos. Ya os he dicho que a nadie falta Dios. Y

si tanta prisa tenéis, yo me voy a la sopa de San Jerónimo, adonde

hay aquellos frailes de leche como capones, y allí haré el buche. Si

vos queréis seguirme, venid, y si no, cada uno a sus aventuras.

-Adiós -dije yo-, que no son tan cortas mis faltas que se hayan de

suplir con sobras de otros. Cada uno eche por su calle.

Mi amigo iba pisando tieso y mirándose a los pies, sacó unas migajas

de pan que traía para el efecto siempre en una cajuela, y

derramóselas por la barba y vestido, de suerte que parecía haber

comido. Ya yo iba tosiendo y escarbando, por disimular mi flaqueza,

limpiándome los bigotes, arrebozado y la capa sobre el hombro

izquierdo, jugando con el decenario, que lo era porque no tenía más

de diez cuentas. Todos los que me veían me juzgaban por comido, y si

fuera de piojos, no erraran.

Iba yo fiando en mis escudillos aunque me remordía la conciencia el

ser contra la orden comer a su costa quien vive de tripas horras en el

mundo. Yo me iba determinando a quebrar el ayuno, y llegué con esto a

la esquina de la calle de San Luis, adonde vivía un pastelero.

Asomábase uno de a ocho tostado, y con aquel resuello del horno

tropezóme en las narices, y al instante me quedé del modo que andaba

como el perro perdiguero con el aliento de la caza, puestos en él los

ojos. Le miré con tanto ahínco que se secó el pastel como un

aojado. Allí es de contemplar las trazas que yo daba para hurtarle;

resolvíame otra vez a pagarlo. En esto me dio la una. Angustiéme de

manera que me determiné a zamparme en un bodegón de los que están

por allí. Yo que iba haciendo punta a uno, Dios que lo quiso, topo

con un licenciado Flechilla, amigo mío, que venía haldeando por la

calle abajo, con más barros que la cara de un sanguino y tantos rabos

que parecía chirrión con sotana, pulpo graduado o mercader que

cargaba para Italia. Arremetió a mí en viéndome, que, según

estaba, fue mucho conocerme. Yo le abracé; preguntóme cómo estaba;

díjele luego:

-¡Ah, señor licenciado, qué de cosas tengo que contarle! Sólo me

pesa de que me he de ir esta noche y no habrá lugar.

-Eso me pesa a mí -replicó-, y si no fuera por ser tarde, y voy con

prisa a comer, me detuviera más, porque me aguarda una hermana casada

y su marido.

-¿Que aquí está mi señora Ana? Aunque lo deje todo, vamos, que

quiero hacer lo que estoy obligado.

Abrí los ojos oyendo que no había comido. Fuime con él y empecéle

a contar que una mujercilla que él había querido mucho en Alcalá

sabía yo dónde estaba, y que le podía dar entrada en su casa.

Pegósele luego al alma el envite, que fue industria tratarle de cosa

de gusto. Llegamos tratando en ello a su casa. Entramos; yo me ofrecí

mucho a su cuñado y hermana, y ellos, no persuadiéndose a otra cosa

sino a que yo venía convidado por venir a tal hora, comenzaron a

decir que si lo supieran que habían de tener tan buen huésped que

hubieran prevenido algo. Yo cogí la ocasión y convidéme, diciendo

que yo era de casa y amigo viejo, y que se me hiciera agravio en

tratarme con cumplimiento.

Sentáronse y sentéme; y porque el otro lo llevase mejor, que ni me

había convidado ni le pasaba por la imaginación, de rato en rato le

pegaba yo con la mozuela, diciendo que me había preguntado por él y

que le tenía en el alma y otras mentiras de este modo, con lo cual

llevaba mejor el verme engullir, porque tal destrozo como yo hice en

el ante no lo hiciera una bala en el de un coleto. Vino la olla y

comímela en dos bocados casi toda, sin malicia, pero con prisa tan

fiera, que parecía que aun entre los dientes no la tenía bien

segura. Dios es mi padre, que no come un cuerpo más presto el montón

de la Antigua de Valladolid, que le deshace en veinte y cuatro horas,

que yo despaché el ordinario; pues fue con más prisa que un

extraordinario el correo. Ellos bien debían notar los fieros tragos

del caldo y el modo de agotar la escudilla, la persecución de los

huesos y el destrozo de la carne. Y si va a decir verdad, entre burla

y juego, empedré la faltriquera de mendrugos.

Levantóse la mesa, apartámonos yo y el licenciado a hablar de la ida

en casa de la dicha. Yo se lo facilité mucho. Y estando hablando con

él a una ventana, hice que me llamaban de la calle, y dije: «¿A

mí, señor? Ya bajo». Pedíle licencia, diciendo que luego volvía.

Quedóme aguardando hasta hoy, que desaparecí por lo del pan comido y

la compañía deshecha. Topóme otras muchas veces y disculpéme con

él contándole mil embustes que no importan para el caso.

Fuime por las calles de Dios, llegué a la puerta de Guadalajara, y

sentéme en un banco de los que tienen en sus puertas los mercaderes.

Quiso Dios que llegaron a la tienda dos de las que piden prestado

sobre sus caras, tapadas de medio ojo, con su vieja y pajecillo.

Preguntaron si había algún terciopelo de labor extraordinaria. Yo

empecé luego, para trabar conversación, a jugar del vocablo, de

tercio y pelado y pelo y apelo y pospelo, y no dejé hueso sano a la

razón. Sentí que les había dado mi libertad algún seguro de algo

de la tienda, y yo, como quien no aventuraba a perder nada, ofrecílas

lo que quisiesen. Regatearon diciendo que no tomaban de quien no

conocían. Yo me aproveché de la ocasión diciendo que había sido

atrevimiento ofrecerles nada, pero que me hiciesen merced de aceptar

unas telas que me habían traído de Milán, que a la noche llevaría

un paje que les dije que era mío, por estar enfrente aguardando a su

amo, que estaba en otra tienda, por lo cual estaba descaperuzado. Y

para que me tuviesen por hombre de partes y conocido no hacía sino

quitar el sombrero a todos los oidores y caballeros que pasaban, y sin

conocer a ninguno les hacía cortesías como si los tratara

familiarmente. Ellas se cegaron con esto y con unos cien escudos en

oro que yo saqué de los que traía, con achaque de dar limosna a un

pobre que me la pidió.

Pareciólas irse, por ser ya tarde, y así me pidieron licencia,

advirtiéndome con el secreto que había de ir el paje. Yo las pedí

por favor y como en gracia un rosario engazado en oro que llevaba la

más bonita de ellas, en prendas de que las había de ver a otro día

sin falta. Regatearon dármele; yo les ofrecía en prendas los cien

escudos, y dijéronme su casa, y con intento de estafarme en más se

fiaron de mí y preguntáronme mi posada, diciendo que no podía

entrar paje en la suya a todas horas, por ser gente principal. Yo las

llevé por la calle Mayor, y al entrar en la de las Carretas escogí

la casa que mejor y más grande me pareció. Tenía un coche sin

caballos a la puerta. Díjeles que aquella era y que allí estaba ella

y el coche y dueño para servirlas. Nombréme don Álvaro de Córdoba

y entréme por la puerta delante de sus ojos. Y acuérdome que cuando

salimos de la tienda llamé uno de los pajes, con gran autoridad con

la mano. Hice que le decía que se quedasen todos y que me aguardasen

allí (que así dije yo que lo había dicho); y la verdad es que le

pregunté si era criado del comendador mi tío. Dijo que no; y con

tanto, acomodé los criados ajenos como buen caballero.

Historia de la vida del Buscón, llamado Don Pablos, ejemplo de vagabundos y espejo de tacaños · 第 5 / 9 段