sucedido bien.
Y como nosotros no sabíamos la habilidad que tenía de los dedos a la
muñeca, creímoslo, y el soldado juró de no jurar más, y yo de la
misma suerte.
-¡Pesia tal! -decía el pobre alférez (que él me dijo entonces que
lo era)-, entre luteranos y moros me he visto, pero no he padecido tal
despojo.
Él se reía a todo esto. Tornó a sacar el rosario para rezar. Yo,
que no tenía ya blanca, pedíle que me diese de cenar, y que pagase
hasta Segovia la posada por los dos, que íbamos in puribus. Prometió
hacerlo. Metióse sesenta huevos, ¡no vi tal en mi vida! Dijo que se
iba a acostar.
Dormimos todos en una sala con otra gente que estaba allí porque los
aposentos estaban tomados para otros. Yo me acosté con harta
tristeza, y el soldado llamó al huésped y le encomendó sus papeles
en las cajas de lata que los traía, y un envoltorio de camisas
jubiladas. Acostámonos; el padre se persinó, y nosotros nos
santiguamos de él. Durmió; yo estuve desvelado trazando cómo
quitarle el dinero. El soldado hablaba entre sueños de los cien
reales, como si no estuvieran sin remedio.
Hízose hora de levantar. Pedí yo luz muy aprisa; trujéronla, y el
huésped el envoltorio al soldado, y olvidáronsele los papeles. El
pobre alférez hundió la casa a gritos pidiendo que le diese los
servicios. El huésped se turbó, y como todos decíamos que se los
diese, fue corriendo y trujo tres bacines, diciendo:
-He ahí para cada uno el suyo. ¿Quieren más servicios?
Que él entendió que nos habían dado cámaras. Aquí fue
ella, que se levantó el soldado con la espada tras el huésped, en
camisa, jurando que le había de matar porque hacía burla de él, que
se había hallado en la Naval San Quintín y otras, trayendo servicios
en lugar de papeles que le había dado. Todos salimos tras él a
tenerle, y aun no podíamos. Decía el huésped:
-Señor, su merced pidió servicios; yo no estoy obligado a saber que
en lengua soldada se llaman así los papeles de las hazañas.
Apaciguámoslos, y tornamos al aposento. El ermitaño, receloso, se
quedó en la cama, diciendo que le había hecho mal el susto. Pagó
por nosotros y salímonos del pueblo para el puerto, enfadados del
término del ermitaño y de ver que no le habíamos podido quitar el
dinero.
Topamos con un genovés, digo con uno de estos antecristos de las
monedas de España, que subía el puerto con un paje detrás, y él
con su guardasol, muy a lo dineroso. Trabamos conversación con él;
todo lo llevaba a materia de maravedís, que es gente que naturalmente
nació para bolsas. Comenzó a nombrar a Visanzón, y si era bien dar
dineros o no a Visanzón, tanto que el soldado y yo le preguntamos que
quién era aquel caballero. A lo cual respondió, riéndose:
-Es un pueblo de Italia, donde se juntan los hombres de negocios, que
acá llamamos fulleros de pluma, a poner los precios por donde se
gobierna la moneda.
De lo cual sacamos que en Visanzón se lleva el compás a los músicos
de uña. Entretúvonos el camino contando que estaba perdido porque
había quebrado un cambio, que le tenía más de sesenta mil escudos.
Y todo lo juraba por su conciencia, aunque yo pienso que conciencia en
mercader es como virgo en cantonera, que se vende sin haberle. Nadie,
casi, tiene conciencia, de todos los de este trato; porque, como oyen
decir que muerde por muy poco, han dado en dejarla con el ombligo en
naciendo.
En estas pláticas vimos los muros de Segovia, y a mí se me alegraron
los ojos, a pesar de la memoria, que con los sucesos de Cabra me
contradecía el contento. Llegué al pueblo, y a la entrada vi a mi
padre en el camino, aguardando ir en bolsas, hechos cuartos, a
Josafad. Enternecíme, y entré algo desconocido de como salí, con
punta de barba, bien vestido.
Dejé la compañía, y considerando en quién conocería a mi tío
-fuera del rollo- mejor en el pueblo, no hallé nadie de quien echar
mano. Lleguéme a mucha gente a preguntar por Alonso Ramplón y nadie
me daba razón de él, diciendo que no le conocían. Holgué mucho de
ver tantos hombres de bien en mi pueblo, cuando, estando en esto, oí
al precursor de la penca hacer de garganta y a mi tío de las suyas.
Venía una procesión de desnudos, todos descaperuzados, delante de mi
tío, y él, muy haciéndose de pencas, con una en la mano tocando un
pasacalles públicas en las costillas de cinco laúdes, sino que
llevaban sogas por cuerdas. Yo, que estaba notando esto con un hombre
a quien había dicho, preguntando por él, que era yo un gran
caballero, veo a mi buen tío que echando en mí los ojos (por pasar
cerca), arremetió a abrazarme, llamándome sobrino. Penséme morir de
vergüenza; no volví a despedirme de aquel con quien estaba. Fuime
con él, y díjome:
-Aquí te podrás ir mientras cumplo con esta gente; que ya vamos de
vuelta y hoy comerás conmigo.
Yo, que me vi a caballo, y que en aquella sarta parecería punto menos
de azotado, dije que le aguardaría allí; y así, me aparté tan
avergonzado, que a no depender de él la cobranza de mi hacienda, no
lo hablara más en mi vida ni pareciera entre gentes. Acabó de
repasarles las espaldas, volvió y llevóme a su casa, donde me apeé
y comimos.
* * * * *
Libro Segundo: Capítulo IV: Del hospedaje de su tío, y visitas; la
cobranza de su hacienda y vuelta a la corte.
Tenía mi buen tío su alojamiento junto al matadero, en casa de un
aguador. Entramos en ella, y díjome:
-No es alcázar la posada, pero yo os prometo, sobrino, que es a
propósito para dar expediente a mis negocios.
Subimos por una escalera, que sólo aguardé a ver lo que me sucedía
en lo alto, para si se diferenciaba en algo de la horca. Entramos en
un aposento tan bajo que andábamos por él como quien recibe
bendiciones, con las cabezas bajas. Colgó la penca en un clavo, que
estaba con otros de que colgaban cordeles, lazos, cuchillos, escarpias
y otras herramientas del oficio. Díjome que por qué no me quitaba el
manteo y me sentaba; yo le dije que no lo tenía de costumbre. Dios
sabe cuál estaba de ver la infamia de mi tío, el cual me dijo que
había tenido ventura en topar con él en tan buena ocasión, porque
comería bien, que tenía convidados unos amigos.
En esto entró por la puerta, con una ropa hasta los pies morada, uno
de los que piden para las ánimas, y haciendo son con la cajita,
dijo:
-Tanto me han valido a mí las ánimas hoy como a ti los azotados:
encaja.
Hiciéronse la mamona el uno al otro. Arremangóse el desalmado
animero el sayazo, y quedó con unas piernas zambas en gregüescos de
lienzo, y empezó a bailar y decir que si había venido Clemente. Dijo
mi tío que no, cuando, Dios y enhorabuena, devanado en un trapo y con
unos zuecos, entró un chirimía de la bellota, digo, un porquero.
Conocíle por el (hablando con perdón) cuerno que traía en la mano.
Saludónos a su manera, y tras él entró un mulato zurdo y bizco, un
sombrero con más falda que un monte y más copa que un nogal, la
espada con más gavilanes que la caza del Rey, un coleto de ante.
Traía la cara de punto, porque a puros chirlos la tenía toda
hilvanada.
Entró y sentóse, saludando a los de casa, y a mi tío le dijo:
-A fe, Alonso, que lo han pagado bien el Romo y el Garroso.
Saltó el de las ánimas, y dijo:
-Cuatro ducados di yo a Flechilla, verdugo de Ocaña, porque aguijase
el burro, y porque no llevase la penca de tres suelas cuando me
palmearon.
-¡Vive Dios! -dijo el corchete-, que se lo pagué yo sobrado a
Juanazo en Murcia, porque iba el borrico con un paseo de pato y el
bellaco me los asentó de manera que no se levantaron sino ronchas.
Y el porquero, concomiéndose, dijo:
-Con virgo están mis espaldas.
-A cada puerco le viene su San Martín -dijo el demandador.
-De eso me puedo alabar yo -dijo mi buen tío- entre cuantos manejan
la zurriaga, que al que se me encomienda hago lo que debo. Sesenta me
dieron los de hoy y llevaron unos azotes de amigo, con penca
sencilla.
Yo, que vi cuán honrada gente era la que hablaba mi tío, confieso
que me puse colorado, de suerte que no pude disimular la vergüenza.
Echómelo de ver el corchete, y dijo:
-¿Es el padre el que padeció el otro día, a quien se dieron ciertos
empujones en el envés?
Yo respondí que no era hombre que padecía como ellos. En esto, se
levantó mi tío y dijo:
-Es mi sobrino, maeso en Alcalá, gran supuesto.
Pidiéronme perdón y ofreciéronme toda caricia. Yo rabiaba ya por
comer y por cobrar mi hacienda y huir de mi tío. Pusieron las mesas,
y por una soguilla, en un sombrero, como suben la limosna los de la
cárcel, subían la comida de un bodegón que estaba a las espaldas de
la casa, en unos mendrugos de platos y retacillos de cántaros y
tinajas. No podrá nadie encarecer mi sentimiento y afrenta.
Sentáronse a comer; en cabecera el demandador, diciendo: «La Iglesia
en mejor lugar; siéntese, padre». Echó la bendición mi tío y,
como estaba hecho a santiguar espaldas, parecían más amagos de
azotes que de cruces. Y los demás nos sentamos sin orden. No quiero
decir lo que comimos; sólo que eran todas cosas para beber. Sorbióse
el corchete tres de puro tinto. Brindóme a mí el porquero; me las
cogía al vuelo y hacía más razones que decíamos todos. No había
memoria de agua, y menos voluntad de ella.
Parecieron en la mesa cinco pasteles de a cuatro, y tomando un hisopo,
después de haber quitado las hojaldres, dijeron un responso todos,
con su requiem aeternam, por el ánima del difunto cuyas eran aquellas
carnes. Dijo mi tío:
-Ya os acordáis, sobrino, lo que os escribí de vuestro padre.
Vínoseme a la memoria; ellos comieron, pero yo pasé con los suelos
solos, y quedéme con la costumbre, y así, siempre que como pasteles,
rezo una avemaría por el que Dios haya.
Menudeóse sobre dos jarros, y era de suerte lo que hicieron el
corchete y el de las ánimas, que se pusieron las suyas tales, que
trayendo un plato de salchichas que parecía de dedos de negro, dijo
uno:
-¡Qué mulata está la olla!
Ya mi tío estaba tal, que alargando la mano y asiendo una, dijo con
la voz algo áspera y ronca, el un ojo medio acostado y el otro
nadando en mosto:
-Sobrino, por este pan de Dios que crió a su imagen y semejanza, que
no he comido en mi vida mejor carne tinta.
Yo que vi al corchete que, alargando la mano, tomó el salero y dijo:
«Caliente está este caldo», y que el porquero se llevó el puño de
sal, diciendo: «Es bueno el avisillo para beber», y se lo chocló en
la boca, comencé a reír por una parte y a rabiar por otra.
Trujeron caldo, y el de las ánimas tomó con entrambas manos una
escudilla, diciendo: «Dios bendijo la limpieza», y alzándola para
sorberla, por llevarla a la boca, se la puso en el carrillo, y
volcándola, se asó en caldo y se puso todo de arriba abajo que era
vergüenza. Él, que se vio así, fuese a levantar, y como pesaba algo
la cabeza, quiso ahirmar sobre la mesa, que era de estas movedizas;
trastornóla, y manchó a los demás, y tras esto decía que el
porquero le había empujado. El porquero que vio que el otro se le
caía encima, levantóse, y alzando el instrumento de hueso, le dio
con él una trompetada. Asiéronse a puños, y, estando juntos los dos
y teniéndole el demandador mordido de un carrillo, con los vuelcos y
alteración, el porquero vomitó cuanto había comido en las barbas
del de la demanda. Mi tío, que estaba más en su juicio, decía que
quién había traído a su casa tantos clérigos. Yo que los vi que
ya, en suma, multiplicaban, metí en paz la brega, desasí a los dos,
y levanté del suelo al corchete, el cual estaba llorando con gran
tristeza, eché a mi tío en la cama, el cual hizo cortesía a un
velador de palo que tenía, pensando que era convidado. Quité el
cuerno al porquero, el cual, ya que dormían los otros, no había
hacerle callar, diciendo que le diesen su cuerno, porque no había
habido jamás quien supiese en él más tonadas y que le quería
tañer con el órgano. Al fin, yo no me aparté de ellos hasta que vi
que dormían.
Salíme de casa; entretúveme a ver mi tierra toda la tarde, pasé por
la casa de Cabra, tuve nueva de que ya era muerto, y no cuidé de
preguntar de qué sabiendo que hay hambre en el mundo. Torné a casa a
la noche, habiendo pasado cuatro horas, y hallé al uno despierto y
que andaba a gatas por el aposento buscando la puerta, y diciendo que
se les había perdido la casa. Levantéle, y dejé dormir a los demás
hasta las once de la noche que despertaron; y esperezándose,
preguntó mi tío que qué hora era. Respondió el porquero (que aún
no la había desollado) que no era nada sino la siesta y que hacía
grandes bochornos. El demandador, como pudo, dijo que le diesen su
cajilla:
-«Mucho han holgado las ánimas para tener a su cargo mi sustento»;
y fuese, en lugar de ir a la puerta, a la ventana, y como vio
estrellas, comenzó a llamar a los otros con grandes voces, diciendo
que el cielo estaba estrellado a mediodía, y que había un gran
eclís. Santiguáronse todos y besaron la tierra.
Yo, que vi la bellaquería del demandador, escandalicéme mucho, y
propuse de guardarme de semejantes hombres. Con estas vilezas y
infamias que veía yo, ya me crecía por puntos el deseo de verme
entre gente principal y caballeros. Despachélos a todos uno por uno
lo mejor que pude, acosté a mi tío, que aunque no tenía zorra
tenía raposa, y yo acomodéme sobre mis vestidos y algunas ropas de
los que Dios tenga que estaban por allí.
Pasamos de esta manera la noche. A la mañana traté con mi tío de
reconocer mi hacienda y cobrarla. Despertó diciendo que estaba molido
y que no sabía de qué. El aposento estaba, parte con las
enjaguaduras de las monas, parte con las aguas que habían hecho de no
beberlas, hecho una taberna de vinos de retorno. Levantóse, tratamos
largo en mis cosas, y tuve harto trabajo por ser hombre tan borracho y
rústico. Al fin, le reduje a que me diera noticia de parte de mi
hacienda, aunque no de toda, y así, me la dio de unos trescientos
ducados que mi buen padre había ganado por sus puños, y dejádolos
en confianza de una buena mujer a cuya sombra se hurtaba diez leguas a
la redonda.
Por no cansar a V. Md., vengo a decir que cobré y embolsé mi dinero,
el cual mi tío no había bebido ni gastado, que fue harto para ser
hombre de tan poca razón, porque pensaba que yo me graduaría con
este, y que estudiando, podría ser cardenal, que como estaba en su
mano hacerlos, no lo tenía por dificultoso. Díjome, en viendo que
los tenía:
-Hijo Pablos, mucha culpa tendrás si no medras y eres bueno, pues
tienes a quién parecer. Dinero llevas, yo no te he de faltar, que
cuanto sirvo y cuanto tengo, para ti lo quiero.
Agradecíle mucho la oferta. Gastamos el día en pláticas desatinadas
y en pagar las visitas a los personajes dichos. Pasaron la tarde en
jugar a la taba mi tío, el porquero, y demandador. Este jugaba misas
como si fuera otra cosa. Era de ver cómo se barajaban la taba:
cogiéndola en el aire al que la echaba, y meciéndola en la muñeca,
se la tornaban a dar. Sacaban de taba como de naipe para la fábrica
de la sed, porque había siempre un jarro en medio.
Vino la noche; ellos se fueron; acostámonos mi tío y yo cada uno en
su cama, que ya había prevenido para mí un colchón. Amaneció y,
antes que él despertase, yo me levanté y me fui a una posada, sin
que me sintiese; torné a cerrar la puerta por de fuera y echéle la
llave por una gatera.
Como he dicho, me fui a un mesón a esconder y aguardar comodidad para
ir a la Corte. Dejéle en el aposento una carta cerrada, que contenía
mi ida y las causas, avisándole que no me buscase, porque eternamente
no lo había de ver.
* * * * *
Libro Segundo: Capítulo V: De su huida, y los sucesos en ella hasta
la Corte.
Partía aquella mañana del mesón un arriero con cargas a la Corte.
Llevaba un jumento; alquilómele, y salíme a aguardarle a la puerta
fuera del lugar. Salió, espetéme en el dicho y empecé mi jornada.
Iba entre mí diciendo: «Allá quedarás, bellaco, deshonrabuenos,
jinete de gaznates». Consideraba yo que iba a la Corte, adonde nadie
me conocía, que era la cosa que más me consolaba, y que había de
valerme por mi habilidad allí. Propuse de colgar los hábitos en
llegando, y de sacar vestidos nuevos cortos al uso. Pero volvamos a
las cosas que el dicho de mi tío hacía, ofendido con la carta que
decía en esta forma:
«Señor Alonso Ramplón: tras haberme Dios hecho tan señaladas
mercedes como quitarme de delante a mi buen padre y tener a mi madre
en Toledo, donde, por lo menos sé que hará humo, no me faltaba sino
ver hacer en V. Md. lo que en otros hace. Yo pretendo ser uno de mi
linaje, que dos es imposible, si no vengo a sus manos, y
trinchándome, como hace a otros. No pregunte por mí ni me nombre,
porque me importa negar la sangre que tenemos. Sirva al Rey y a
Dios».
No hay que encarecer las blasfemias y oprobios que diría contra mí.
Volvamos a mi camino. Yo iba caballero en el rucio de la Mancha, y
bien deseoso de no topar nadie, cuando desde lejos vi venir un hidalgo
de portante, con su capa puesta, espada ceñida, calzas atacadas y
botas, y al parecer bien puesto, el cuello abierto más de roto que de
molde, el sombrero de lado. Sospeché que era algún caballero que
dejaba atrás su coche; y ansí, emparejando le saludé.
Miróme y dijo:
-Irá V. Md., señor licenciado, en ese borrico con harto más
descanso que yo con todo mi aparato.
Yo, que entendí que lo decía por coche y criados que dejaba atrás,
dije:
-En verdad, señor, que lo tengo por más apacible caminar que el del
coche, porque aunque V. Md. vendrá en el que trae detrás con regalo,
aquellos vuelcos que da inquietan.
-¿Cuál coche detrás? -dijo él muy alborotado.
Y al volver atrás, como hizo fuerza, se le cayeron las calzas, porque
se le rompió una agujeta que traía, la cual era tan sola que, tras
verme muerto de risa de verle, me pidió una prestada. Yo, que vi que
de la camisa no se veía sino una ceja, y que traía tapado el rabo de
medio ojo, le dije:
-Por Dios, señor, si V. Md. no aguarda a sus criados, yo no puedo
socorrerle, porque vengo también atacado únicamente.
-Si hace V. Md. burla -dijo él, con las cachondas de la mano-, vaya,
porque no entiendo eso de los criados.
Y aclaróseme tanto en materia de ser pobre, que me confesó, a media
legua que anduvimos, que si no le hacía merced de dejarle subir en el
borrico un rato no le era posible pasar adelante, por ir cansado de
caminar con las bragas en los puños; y movido a compasión, me apeé,
y como él no podía soltar las calzas, húbele yo de subir. Y
espantóme lo que descubrí en el tocamiento, porque por la parte de
atrás, que cubría la capa, traía las cuchilladas con entretelas de
nalga pura. Él, que sintió lo que le había visto, como discreto, se
previno diciendo:
-Señor licenciado, no es oro todo lo que reluce. Debióle parecer a
V. Md., en viendo el cuello abierto y mi presencia, que era un conde
de Irlos. Como de estas hojaldres cubren en el mundo lo que V. Md. ha
tentado.
Yo le dije que le aseguraba de que me había persuadido a muy
diferentes cosas de las que veía.
-Pues aún no ha visto nada V. Md. -replicó-, que hay tanto que ver
en mí como tengo, porque nada cubro. Veme aquí V. Md. un hidalgo
hecho y derecho, de casa de solar montañés, que si como sustento la
nobleza me sustentara, no hubiera más que pedir. Pero ya, señor
licenciado, sin pan y carne no se sustenta buena sangre, y por la
misericordia de Dios, todos la tienen colorada y no puede ser hijo de
algo el que no tiene nada. Ya he caído en la cuenta de las
ejecutorias, después que hallándome en ayunas un día, no me
quisieron dar sobre ella en un bodegón dos tajadas; pues, ¡decir que
no tiene letras de oro! Pero más valiera el oro en las píldoras que
en las letras, y de más provecho es. Y con todo, hay muy pocas letras
con oro. He vendido hasta mi sepultura, por no tener sobre qué caer
muerto, que la hacienda de mi padre Toribio Rodríguez Vallejo Gómez
de Ampuero (que todos estos nombres tenía) se perdió en una fianza.
Sólo el don me ha quedado por vender y soy tan desgraciado que no
hallo nadie con necesidad de él, pues quien no le tiene por ante le
tiene por postre, como el remendón, azadón, pendón, blandón,
bordón y otros así.
Confieso que, aunque iban mezcladas con risa, las calamidades del
dicho hidalgo me enternecieron. Preguntéle cómo se llamaba y adónde
iba y a qué. Dijo que todos los nombres de su padre: don Toribio
Rodríguez Vallejo Gómez de Ampuero y Jordán. No se vio jamás
nombre tan campanudo, porque acababa en dan y empezaba en don, como
son de badajo. Tras esto dijo que iba a la Corte, porque un mayorazgo
roído como él en un pueblo corto, olía mal a dos días, y no se
podía sustentar, y que por eso se iba a la patria común, adonde
caben todos y adonde hay mesas francas para estómagos aventureros.
-Y nunca, cuando entro en ella, me faltan cien reales en la bolsa,
cama, de comer y refocilo de lo vedado, porque la industria en la
Corte es piedra filosofal, que vuelve en oro cuanto toca.
Yo vi el cielo abierto, y en son de entretenimiento para el camino, le
rogué que me contase cómo y con quiénes y de qué manera viven en
la Corte los que no tenían, como él, porque me parecía dificultoso
en este tiempo, que no solo se contenta cada uno con sus cosas, sino
que aun solicitan las ajenas.
-Muchos hay de esos -dijo-, y muchos de estos otros. Es la lisonja
llave maestra, que abre a todas voluntades en tales pueblos. Y porque
no se le haga dificultoso lo que digo, oiga mis sucesos y mis trazas,
y se asegurará de esa duda.
* * * * *
Libro Segundo: Capítulo VI: En que prosigue el camino y lo prometido
de su vida y costumbres.
«-Lo primero ha de saber que en la Corte hay siempre el más necio y
el más sabio, más rico y más pobre, y los extremos de todas las
cosas; que disimula los malos y esconde los buenos, y que en ella hay
unos géneros de gentes como yo, que no se les conoce raíz ni mueble,
ni otra cepa de la que descienden los tales. Entre nosotros nos
diferenciamos con diferentes nombres; unos nos llamamos caballeros
hebenes; otros, hueros, chanflones, chirles, traspillados y caninos.
Es nuestra abogada la industria; pagamos las más veces los estómagos
de vacío, que es gran trabajo traer la comida en manos ajenas. Somos
susto de los banquetes, polilla de los bodegones, cáncer de las ollas
y convidados por fuerza. Sustentámonos así del aire, y andamos
contentos. Somos gente que comemos un puerro y representamos un
capón. Entrará uno a visitarnos en nuestras casas, y hallará
nuestros aposentos llenos de huesos de carnero y aves, mondaduras de
frutas, la puerta embarazada con plumas y pellejos de gazapos; todo lo
cual cogemos de parte de noche por el pueblo para honrarnos con ello
de día. Reñimos en entrando el huésped: «¿Es posible que no he de
ser yo poderoso para que barra esa moza? Perdone V. Md., que han
comido aquí unos amigos, y estos criados...», etc. Quien no nos
conoce cree que es así y pasa por convite.
Pues ¿qué diré del modo de comer en casas ajenas? En hablando a uno
media vez, sabemos su casa, vámosle a ver, y siempre a la hora de
mascar, que se sepa que está en la mesa. Decimos que nos llevan sus
amores, porque tal entendimiento, etc. Si nos preguntan si hemos
comido, si ellos no han empezado decimos que no; si nos convidan no
aguardamos a segundo envite, porque de estas aguardadas nos han
sucedido grandes vigilias. Si han empezado, decimos que sí; y aunque
parta muy bien el ave, pan o carne el que fuere, para tomar ocasión
de engullir un bocado, decimos:
-Ahora deje V. Md., que le quiero servir de maestresala, que solía,
Dios le tenga en el cielo (y nombramos un señor muerto, duque o
conde), gustar más de verme partir que de comer.
Diciendo esto, tomamos el cuchillo y partimos bocaditos, y al cabo
decimos:
-¡Oh, qué bien huele! Cierto que haría agravio a la guisandera en
no probarlo. ¡Qué buena mano tiene!
Y diciendo y haciendo, va en pruebas el medio plato: el nabo por ser
nabo, el tocino por ser tocino, y todo por lo que es. Cuando esto nos
falta, ya tenemos sopa de algún convento aplazada; no la tomamos en
público, sino a lo escondido, haciendo creer a los frailes que es
más devoción que necesidad.
Es de ver uno de nosotros en una casa de juego con el cuidado que
sirve y despabila las velas, trae orinales, cómo mete naipes y
solemniza las cosas del que gana, todo por un triste real de barato.