qué materia profesaba. Díjome que él era diestro verdadero y que lo
haría bueno en cualquiera parte. Yo, movido a risa, le dije:
-Pues, en verdad, que por lo que yo vi hacer a V. Md. en el campo
denantes, que más le tenía por encantador, viendo los círculos.
-Eso -me dijo- era que se me ofreció una treta por el cuarto círculo
con el compás mayor, continuando la espada para matar sin confesión
al contrario, porque no diga quién lo hizo y estaba poniéndolo en
términos de matemática.
-¿Es posible -le dije yo- que hay matemática en eso?
-No solamente matemática -dijo-, mas teología, filosofía, música y
medicina.
-Esa postrera no lo dudo, pues se trata de matar en esa arte.
-No os burléis -me dijo-, que agora aprendo yo la limpiadera contra
la espada, haciendo los tajos mayores que comprehenden en sí las
aspirales de la espada.
-No entiendo cosa de cuantas me decís, chica ni grande.
-Pues este libro las dice -me respondió-, que se llama Grandezas de
la espada, y es muy bueno y dice milagros; y para que lo creáis, en
Rejas que dormiremos esta noche, con dos asadores me veréis hacer
maravillas. Y no dudéis que cualquiera que leyere en este libro
matará a todos los que quisiere.
-U ese libro enseña a ser pestes a los hombres u le compuso algún
doctor.
-¿Cómo doctor? Bien lo entiende -me dijo-: es un gran sabio y aun
estoy por decir más.
En estas pláticas llegamos a Rejas. Apeámonos en una posada y al
apearnos me advirtió con grandes voces que hiciese un ángulo obtuso
con las piernas, y que reduciéndolas a líneas paralelas me pusiese
perpendicular en el suelo. El huésped, que me vio reír y le vio,
preguntóme que si era indio aquel caballero, que hablaba de aquella
suerte. Pensé con esto perder el juicio. Llegóse luego al güésped,
y díjole:
-Señor, déme dos asadores para dos o tres ángulos, que al momento
se los volveré.
-¡Jesús! -dijo el huésped-, déme V. Md. acá los ángulos, que mi
mujer los asará; aunque aves son que no las he oído nombrar.
-¡Que no son aves! -dijo volviéndose a mí-. Mire V. Md. lo que es
no saber. Déme los asadores, que no los quiero sino para esgrimir;
que quizá le valdrá más lo que me viere hacer hoy que todo lo que
ha ganado en su vida.
En fin, los asadores estaban ocupados y hubimos de tomar dos
cucharones. No se ha visto cosa tan digna de risa en el mundo. Daba un
salto y decía:
-Con este compás alcanzo más y gano los grados del perfil. Ahora me
aprovecho del movimiento remiso para matar el natural. Ésta había de
ser cuchillada y éste tajo.
No llegaba a mí desde una legua y andaba alrededor con el cucharón,
y como yo me estaba quedo, parecían tretas contra olla que se sale.
Díjome al fin:
-Esto es lo bueno y no las borracherías que enseñan estos bellacos
maestros de esgrima, que no saben sino beber.
No lo había acabado de decir, cuando de un aposento salió un
mulatazo mostrando las presas, con un sombrero enjerto en guardasol y
un coleto de ante debajo de una ropilla suelta y llena de cintas,
zambo de piernas a lo águila imperial, la cara con un per signum
crucis de inimicis suis, la barba de ganchos, con unos bigotes de
guardamano y una daga con más rejas que un locutorio de monjas. Y,
mirando al suelo, dijo:
-Yo soy examinado y traigo la carta, y por el sol que calienta los
panes, que haga pedazos a quien tratare mal a tanto buen hijo como
profesa la destreza.
Yo que vi la ocasión, metíme en medio y dije que no hablaba con él,
y que así no tenía por qué picarse.
-Meta mano a la blanca si la trae y apuremos cuál es verdadera
destreza, y déjese de cucharones.
El pobre de mi compañero abrió el libro, y dijo en altas voces:
-Este libro lo dice, y está impreso con licencia del Rey, y yo
sustentaré que es verdad lo que dice, con el cucharón y sin el
cucharón, aquí y en otra parte, y, si no, midámoslo.
Y sacó el compás, y empezó a decir:
-Este ángulo es obtuso.
Y entonces, el maestro sacó la daga, y dijo:
-Y no sé quién es Ángulo ni Obtuso, ni en mi vida oí decir tales
hombres, pero con esta en la mano le haré yo pedazos.
Acometió al pobre diablo, el cual empezó a huir, dando saltos por la
casa, diciendo:
-No me puede dar, que le he ganado los grados del perfil.
Metímoslos en paz el huésped y yo y otra gente que había, aunque de
risa no me podía mover.
Metieron al buen hombre en su aposento, y a mí con él; cenamos, y
acostámonos todos los de la casa. Y a las dos de la mañana,
levántase en camisa y empieza a andar a oscuras por el aposento,
dando saltos y diciendo en lengua matemática mil disparates.
Despertóme a mí, y no contento con esto, bajó el huésped para que
le diese luz, diciendo que había hallado objeto fijo a la estocada
sagital por la cuerda. El huésped se daba a los diablos de que lo
despertase, y tanto le molestó que le llamó loco. Y con esto se
subió y me dijo que si me quería levantar vería la treta tan famosa
que había hallado contra el turco y sus alfanjes. Y decía que luego
se la quería ir a enseñar al Rey, por ser en favor de los
católicos.
En esto amaneció, vestímonos todos, pagamos la posada, hicímoslos
amigos a él y al maestro, el cual se apartó diciendo que el libro
que alegaba mi compañero era bueno, pero que hacía más locos que
diestros, porque los más no le entendían.
* * * * *
Libro Segundo: Capítulo II: De lo que le sucedió hasta llegar a
Madrid, con un poeta.
Yo tomé mi camino para Madrid y él se despidió de mí por ir
diferente jornada. Y ya que estaba apartado, volvió con gran prisa, y
llamándome a voces, estando en el campo donde no nos oía nadie, me
dijo al oído:
-Por vida de V. Md., que no diga nada de todos los altísimos secretos
que le he comunicado en materia de destreza, y guárdelo para sí,
pues tiene buen entendimiento.
Yo le prometí de hacerlo, tornóse a partir de mí, y yo empecé a
reírme del secreto tan gracioso.
Con esto caminé más de una legua que no topé persona. Iba yo entre
mí pensando en las muchas dificultades que tenía para profesar honra
y virtud, pues había menester tapar primero la poca de mis padres, y
luego tener tanta que me desconociesen por ella. Y parecíanme a mí
tan bien estos pensamientos honrados, que yo me los agradecía a mí
mismo. Decía a solas: «Más se me ha de agradecer a mí, que no he
tenido de quien aprender virtud ni a quien parecer en ella, que al que
la hereda de sus abuelos».
En estas razones y discursos iba, cuando topé un clérigo muy viejo
en una mula, que iba camino de Madrid. Trabamos plática y luego me
preguntó que de dónde venía; yo le dije que de Alcalá.
-Maldiga Dios -dijo él- tan mala gente como hay en ese pueblo, pues
falta entre todos un hombre de discurso.
Preguntéle que cómo o por qué se podía decir tal de lugar donde
asistían tantos doctos varones. Y él, muy enojado dijo:
-¿Doctos? Yo le diré a V. Md. qué tan doctos, que habiendo más de
catorce años que hago yo en Majalahonda, donde he sido sacristán,
las chanzonetas al Corpus y al Nacimiento, no me premiaron en el
cartel unos cantarcicos, y porque vea V. Md. la sinrazón, se los he
de leer, que yo sé que se holgará.
Y diciendo y haciendo, desenvainó una retahíla de copias
pestilenciales, y por la primera, que era ésta, se conocerán las
demás:
Pastores, ¿no es lindo chiste,
que es hoy el señor san Corpus Criste?
Hoy es el día de las danzas
en que el Cordero sin mancilla
tanto se humilla,
que visita nuestras panzas,
y entre estas bienaventuranzas
entra en el humano buche.
Suene el lindo sacabuche,
pues nuestro bien consiste.
Pastores, ¿no es lindo chiste?
-¿Qué pudiera decir más -me dijo- el mismo inventor de los chistes?
Mire qué misterios encierra aquella palabra pastores: más me costó
de un mes de estudio.
Yo no pude con esto tener la risa, que a borbollones se me salía por
los ojos y narices, y dando una gran carcajada, dije:
-¡Cosa admirable! Pero sólo reparo en que llama V. Md. señor san
Corpus Criste, y Corpus Christi no es santo sino el día de la
institución del Sacramento.
-¡Qué lindo es eso! -me respondió haciendo burla-; yo le daré en
el calendario, y está canonizado y apostaré a ello la cabeza.
No pude porfiar, perdido de risa de ver la suma ignorancia; antes le
dije cierto que eran dignas de cualquier premio y que no había oído
cosa tan graciosa en mi vida.
-¿No? -dijo al mismo punto-; pues oya V. Md. un pedacito de un
librillo que tengo hecho a las once mil vírgenes adonde a cada una he
compuesto cincuenta octavas, cosa rica.
Yo, por excusarme de oír tanto millón de octavas, le supliqué que
no me dijese cosa a lo divino. Y así, me comenzó a recitar una
comedia que tenía más jornadas que el camino de Jerusalén.
Decíame:
-Hícela en dos días, y este es el borrador.
Y sería hasta cinco manos de papel. El título era El arca de Noé.
Hacíase toda entre gallos y ratones, jumentos, raposas, lobos y
jabalíes, como fábulas de Isopo. Yo le alabé la traza y la
invención, a lo cual me respondió:
-Ello cosa mía es, pero no se ha hecho otra tal en el mundo y la
novedad es más que todo; y si yo salgo con hacerla representar, será
cosa famosa.
-¿Cómo se podrá representar -le dije yo-, si han de entrar los
mismos animales y ellos no hablan?
-Esa es la dificultad, que a no haber esa, ¿había cosa más alta?
Pero yo tengo pensado de hacerla toda de papagayos, tordos y picazas,
que hablan, y meter para el entremés monas.
-Por cierto, alta cosa es esa.
-Otras más altas he hecho yo -dijo- por una mujer a quien amo. Y vea
aquí novecientos y un sonetos y doce redondillas (que parecía que
contaba escudos por maravedís) hechos a las piernas de mi dama.
Yo le dije que si se las había visto él, y díjome que no había
hecho tal por las órdenes que tenía, pero que iban en profecía los
conceptos. Yo confieso la verdad, que aunque me holgaba de oírle,
tuve miedo a tantos versos malos, y así, comencé a echar la plática
a otras cosas. Decíale que veía liebres, y él saltaba:
-Pues empezaré por uno donde la comparo a ese animal.
Y empezaba luego; y yo, por divertirle, decía:
-¿No ve V. Md. aquella estrella que se ve de día?
A lo cual, dijo:
-En acabando éste, le diré el soneto treinta, en que la llamo
estrella, que no parece sino que sabe los intentos de ellos.
Afligíme tanto con ver que no podía nombrar cosa a que él no
hubiese hecho algún disparate, que cuando vi que llegábamos a
Madrid, no cabía de contento, entendiendo que de vergüenza
callaría; pero fue al revés, porque por mostrar lo que era, alzó la
voz entrando por la calle. Yo le supliqué que lo dejase, poniéndole
por delante que si los niños olían poeta no quedaría troncho que no
se viniese por sus pies tras nosotros, por estar declarados por locos
en una premática que había salido contra ellos, de uno
que lo fue y se recogió a buen vivir. Pidióme que se la leyese si la
tenía, muy congojado. Prometí de hacerlo en la posada. Fuímonos a
una, donde él se acostumbraba apear, y hallamos a la puerta más de
doce ciegos. Unos le conocieron por el olor y otros por la voz.
Diéronle una barahúnda de bienvenido; abrazólos a todos, y luego
empezaron unos a pedirle oración para el Justo Juez en verso grave y
sonoro, tal que provocase a gestos; otros pidieron de las ánimas; y
por aquí discurrió, recibiendo ocho reales de señal de cada uno.
Despidiólos, y díjome:
-Más me han de valer de trescientos reales los ciegos; y así, con
licencia de V. Md., me recogeré agora un poco, para hacer algunas de
ellas, y en acabando de comer oiremos la premática.
¡Oh vida miserable! Pues ninguna lo es más que la de los locos que
ganan de comer con los que lo son.
* * * * *
Libro Segundo: Capítulo III: De lo que hizo en Madrid, y lo que le
sucedió hasta llegar a Cercedilla, donde durmió.
Recogióse un rato a estudiar herejías y necedades para los ciegos.
Entre tanto, se hizo hora de comer; comimos, y luego pidióme que le
leyese la premática. Yo, por no haber otra cosa que hacer, la saqué
y se la leí. La cual pongo aquí, por haberme parecido aguda y
conveniente a lo que se quiso reprehender en ella. Decía en este
tenor:
Premática del desengaño contra
los poetas güeros, chirles y hebenes
Diole al sacristán la mayor risa del mundo, y dijo:
-¡Hablara yo para mañana! Por Dios, que entendí que hablaba
conmigo, y es sólo contra los poetas hebenes:
Cayóme a mí muy en gracia oírle decir esto, como si él fuera muy
albillo o moscatel. Dejé el prólogo y comencé el primer capítulo
que decía:
«Atendiendo a que este género de sabandijas que llaman poetas son
nuestros prójimos, y cristianos aunque malos; viendo que todo el año
adoran cejas, dientes, listones y zapatillas, haciendo otros pecados
más enormes, mandamos que la Semana Santa recojan a todos los poetas
públicos y cantoneros, como a malas mujeres, y que los prediquen
sacando Cristos para convertirlos. Y para esto señalamos casas de
arrepentidos.
»Ítem, advirtiendo los grandes bochornos que hay en las caniculares
y nunca anochecidas coplas de los poetas de sol, como pasas, a fuerza
de los soles y estrellas que gastan en hacerlas, les ponemos perpetuo
silencio en las cosas del cielo, señalando meses vedados a las musas,
como a la caza y pesca, porque no se agoten con la prisa que las dan.
»Ítem, habiendo considerado que esta secta infernal de hombres
condenados a perpetuo concepto, despedazadores del vocablo y
volteadores de razones, han pegado el dicho achaque de poesía a las
mujeres, declaramos que nos tenemos por desquitados con este mal que
las hemos hecho del que nos hicieron en la manzana. Y por cuanto el
siglo está pobre y necesitado, mandamos quemar las coplas de los
poetas, como franjas viejas, para sacar el oro, plata y perlas, pues
en los más versos hacen sus damas de todos metales, como estatuas de
Nabuco».
Aquí no lo pudo sufrir el sacristán y levantándose en pie, dijo:
-¡Mas no, sino quitarnos las haciendas! No pase V. Md. adelante, que
sobre eso pienso ir al Papa y gastar lo que tengo. Bueno es que yo,
que soy eclesiástico, había de padecer ese agravio. Yo probaré que
las coplas del poeta clérigo no están sujetas a tal premática y
luego quiero irlo a averiguar ante la justicia.
En parte me dio gana de reír, pero por no detenerme, que se me hacía
tarde, le dije:
-Señor, esta premática es hecha por gracia, que no tiene fuerza ni
apremia, por estar falta de autoridad.
-¡Pecador de mí! -dijo muy alborotado-, avisara V. Md. y hubiérame
ahorrado la mayor pesadumbre del mundo. ¿Sabe V. Md. lo que es
hallarse un hombre con ochocientas mil coplas de contado y oír eso?
Prosiga V. Md., y Dios le perdone el susto que me dio.
Proseguí diciendo:
»Ítem, advirtiendo que después que dejaron de ser moros (aunque
todavía conservan algunas reliquias) se han metido a pastores, por lo
cual andan los ganados flacos de beber sus lágrimas, chamuscados con
sus ánimas encendidas, y tan embebecidos en su música que no pacen,
mandamos que dejen el tal oficio, señalando ermitas a los amigos de
soledad. Y a los demás, por ser oficio alegre y de pullas, que se
acomoden en mozos de mulas».
-¡Algún puto, cornudo, bujarrón y judío -dijo en altas voces-
ordenó tal cosa! Y si supiera quién era yo le hiciera una sátira
con tales coplas que le pesara a él y a todos cuantos las vieran de
verlas. ¡Miren qué bien le estaría a un hombre lampiño como yo la
ermita! ¡O a un hombre vinajeroso y sacristando ser mozo de mulas!
Ea, señor, que son grandes pesadumbres esas.
-Ya le he dicho a V. Md. -repliqué- que son burlas, y que las oiga
como tales.
Proseguí diciendo: «Que por estorbar los grandes hurtos, mandábamos
que no se pasasen coplas de Aragón a Castilla, ni de Italia a
España, so pena de andar bien vestido el poeta que tal hiciese, y, si
reincidiese, de andar limpio un hora».
Esto le cayó muy en gracia, porque traía él una sotana con canas,
de puro vieja, y con tantas cazcarrias que para enterrarle no era
menester más de estregársela encima. El manteo, se podían
estercolar con él dos heredades.
Y así, medio riendo, le dije que mandaban también tener entre los
desesperados que se ahorcan y despeñan, y que como a tales no las
enterrasen en sagrado a las mujeres que se enamoran de poeta a secas.
Y que advirtiendo a la gran cosecha de redondillas, canciones y
sonetos que había habido en estos años fértiles, mandaban que los
legajos que por sus deméritos escapaban de las especerías, fuesen a
las necesarias sin apelación.
Y, por acabar, llegué al postrer capítulo, que decía así:
«Pero advirtiendo con ojos de piedad a que hay tres géneros de
gentes en la república tan sumamente miserables que no pueden vivir
sin los tales poetas, como son farsantes, ciegos y sacristanes,
mandamos que pueda haber algunos oficiales públicos de esta arte, con
tal que puedan tener carta de examen de los caciques de los poetas que
fueren en aquellas partes, limitando a los poetas de farsantes que no
acaben los entremeses con palos ni diablos, ni las comedias en
casamientos, ni hagan las trazas con papeles o cintas, y a los de
ciegos, que no sucedan en Tetuán los casos, desterrándoles estos
vocablos: cristián, amada, humanal y pundonores; y mandándoles que,
para decir la presente obra, no digan zozobra, y a los de sacristanes,
que no hagan los villancicos con Gil ni Pascual, que no jueguen del
vocablo, ni hagan los pensamientos de tornillo, que mudándoles el
nombre, se vuelvan a cada fiesta. Y finalmente, mandamos a todos los
poetas en común que se descarten de Júpiter, Venus, Apolo y otros
dioses, so pena de que los tendrán por abogados a la hora de su
muerte».
A todos los que oyeron la premática pareció cuanto bien se puede
decir, y todos me pidieron traslado de ella. Sólo el sacristanejo
empezó a jurar por vida de las vísperas solemnes, introibo y
Chiries, que era sátira contra él, por lo que decía de los ciegos,
y que él sabía mejor lo que había de hacer que nadie. Y
últimamente dijo:
-Hombre soy yo que he estado en un aposento con Liñán, y he comido
más de dos veces con Espinel. Y que había estado en Madrid tan cerca
de Lope de Vega como lo estaba de mí, y que había visto a don Alonso
de Ercilla mil veces, y que tenía en su casa un retrato del divino
Figueroa, y que había comprado los gregüescos que dejó Padilla
cuando se metió fraile, y que hoy día los traía, y malos.
Enseñólos, y dioles esto a todos tanta risa, que no querían salir
de la posada.
Al fin, ya eran las dos, y como era forzoso el camino, salimos de
Madrid. Yo me despedí de él, aunque me pesaba, y comencé a caminar
para el puerto. Quiso Dios que porque no fuese pensando en mal, me
topase con un soldado. Iba en cuerpo y en alma, el cuello en el
sombrero, los calzones vueltos, la camisa en la espada, la espada al
hombro, los zapatos en la faldriquera, alpargatas, y medias de lienzo,
sus frascos en la pretina y un poco de órgano en cajas de hoja de
lata para papeles. Luego trabamos plática; preguntóme si venía de
la Corte; dije que de paso había estado en ella.
-No está para más -dijo luego- que es pueblo para gente ruin. Más
quiero, ¡voto a Cristo!, estar en un sitio, la nieve a la cinta,
hecho un reloj, comiendo madera, que sufriendo las supercherías que
se hacen a un hombre de bien. Y en llegando a ese lugarcito del diablo
nos remiten a la sopa y al coche de los pobres en San Felipe donde
cada día en corrillos se hace consejo de estado, y guerra en pie y
desabrigada. Y en vida nos hacen soldados en pena por los cementerios,
y si pedimos entretenimiento nos envían a la comedia, y si ventajas,
a los jugadores. Y con esto, comidos de piojos y huéspedas, nos
volvemos en este pelo a rogar a los moros y herejes con nuestros
cuerpos.
A esto le dije yo que advirtiese que en la Corte había de todo, y que
estimaban mucho a cualquier hombre de suerte.
-¿Qué estiman -dijo muy enojado- si he estado yo ahí seis meses
pretendiendo una bandera, tras veinte años de servicios y haber
perdido mi sangre en servicio del Rey, como lo dicen estas heridas?
Y quiso desatacarse. Y dije:
-Señor mío, desatacarse más es brindar a puto que enseñar
heridas.
Creo que pretendía introducir en picazos algunas almorranas. Luego,
en los calcañares, me enseñó otras dos señales, y dijo que eran
balas, y yo saqué por otras dos mías que tengo que habían sido
sabañones. Y las balas pocas veces se andan a roer zancajos. Estaba
derrengado de algún palo que le dieron porque se dormía haciendo
guarda y decía que era de un astillazo. Quitóse el sombrero y
mostróme el rostro; calzaba dieciséis puntos de cara, que tantos
tenía en una cuchillada que le partía las narices. Tenía otros tres
chirlos que se la volvían mapa a puras líneas.
-Estas me dieron -dijo- defendiendo a París, en servicio de Dios y
del Rey, por quien veo trinchado mi gesto, y no he recibido sino
buenas palabras, que agora tienen lugar de malas obras. Lea estos
papeles -me dijo-, por vida del licenciado, que no ha salido en
campaña, ¡voto a Cristo!, hombre, ¡vive Dios!, tan señalado.
Y decía verdad, porque lo estaba a puros golpes. Comenzó a sacar
cañones de hoja de lata y a enseñarme papeles, que debían de ser de
otro a quien había tomado el nombre. Yo los leí y dije mil cosas en
su alabanza y que el Cid ni Bernardo no habían hecho lo que él.
Saltó en esto y dijo:
-¿Cómo lo que yo? ¡Voto a Dios!, ni lo que García de Paredes,
Julián Romero y otros hombres de bien, ¡pese al diablo! Sé que
entonces no había artillería, ¡voto a Dios!, que no hubiera
Bernardo para un hora en este tiempo. Pregunte V. Md. en Flandes por
la hazaña del Mellado, y verá lo que le dicen.
-¿Es V. Md. acaso? -le dije yo.
Y él respondió:
-¿Pues qué otro? ¿No me ve la mella que tengo en los dientes? No
tratemos de esto, que parece mal alabarse el hombre.
Yendo en estas conversaciones, topamos en un borrico un ermitaño, con
una barba tan larga que hacía lodos con ella, macilento y vestido de
paño pardo. Saludamos con el Deo gracias acostumbrado y empezó a
alabar los trigos y en ellos la misericordia del Señor. Saltó el
soldado, y dijo:
-¡Ah, padre!, más espesas he visto yo las picas sobre mí, y, ¡voto
a Cristo!, que hice en el saco de Amberes lo que pude; sí, ¡juro a
Dios!
El ermitaño le reprehendió que no jurase tanto, a lo cual dijo:
-Padre, bien se echa de ver que no es soldado, pues me reprehende mi
propio oficio.
Diome a mí gran risa de ver en lo que ponía la soldadesca, y eché
de ver que era algún picarón gallina, porque ya entre soldados no
hay costumbre más aborrecida de los de más importancia, cuando no de
todos. El ermitaño le dijo:
-Y ¿dónde dejó V. Md. el saco de Amberes, que ese me parece de las
Navas-, y que sería de más abrigo el de Amberes.
Rióse mucho el soldado de la pregunta, y el ermitaño de su desnudez,
y con tanto llegamos a la falda del puerto, el ermitaño rezando el
rosario de una carga de leña hecha bolas, de manera que a cada
avemaría sonaba un cabe; el soldado iba comparando las peñas a los
castillos que había visto, y mirando cuál lugar era fuerte y a
dónde se había de plantar la artillería. Yo iba mirando tanto el
rosariazo del ermitaño, con las cuentas frisonas, como la espada del
soldado.
-¡Oh, cómo volaría yo con pólvora gran parte de este puerto
-decía-, y hiciera buena obra a los caminantes!
-No hay tal como hacer buenas obras -decía el santero. Y pujaba un
suspiro por remate. Iba entre sí rezando a silbos oraciones de
culebra.
En estas cosas divertidos, llegamos a Cercedilla. Entramos en la
posada todos tres juntos, ya anochecido; mandamos aderezar la cena
-era viernes-, y entre tanto, el ermitaño dijo:
-Entretengámonos un rato, que la ociosidad es madre de los vicios;
juguemos avemarías.
Y dejó caer de la manga el descuadernado. Diome a mí gran risa al
ver aquello, considerando en las cuentas. El soldado dijo:
-No, sino juguemos hasta cien reales que yo traigo, en amistad.
Yo, codicioso, dije que jugaría otros tantos, y el ermitaño, por no
hacer mal tercio, aceptó, y dijo que allí llevaba el aceite de la
lámpara, que eran hasta doscientos reales. Yo confieso que pensé ser
su lechuza y bebérsele, pero ansí le sucedan todos sus intentos al
turco.
Fue el juego al parar, y lo bueno fue que dijo que no sabía el juego
y hizo que se le enseñásemos. Dejónos el bienaventurado hacer dos
manos, y luego nos la dio tal que no dejó blanca en la mesa.
Heredónos en vida; retiraba el ladrón con las ancas de la mano que
era lástima. Perdía una sencilla y acertaba doce maliciosas. El
soldado echaba a cada suerte doce votos y otros tantos peses,
aforrados en por vidas. Yo me comí las uñas y el fraile ocupaba las
suyas en mi moneda. No dejaba santo que no llamaba; nuestras cartas
eran como el Mesías, que nunca venían y las aguardábamos siempre.
Acabó de pelarnos; quisímosle jugar sobre prendas, y él, tras
haberme ganado a mí seiscientos reales, que era lo que llevaba, y al
soldado los ciento, dijo que aquello era entretenimiento, y que
éramos prójimos, y que no había de tratar de otra cosa.