comenzaron a mirar si había en el aposento algún servicio. Decían
que no se podía estar allí. Dijo uno:
-¡Pues es muy bueno esto para haber de estudiar!
Miraron las camas y quitáronlas para ver debajo, y dijeron:
-Sin duda debajo de la de Pablos hay algo; pasémosle a una de las
nuestras y miremos debajo de ella.
Yo, que veía poco remedio en el negocio y que me iban a echar la
garra, fingí que me había dado mal de corazón: agarréme a los
palos, hice visajes... Ellos, que sabían el misterio, apretaron
conmigo, diciendo:
-¡Gran lástima!
Don Diego me tomó el dedo del corazón y, al fin, entre los cinco me
levantaron, y al alzar las sábanas fue tanta la risa de todos viendo
los recientes no ya palominos sino palomos grandes, que se hundía el
aposento.
-¡Pobre de él! -decían los bellacos (yo hacía del desmayado)-;
tírele V. Md. mucho de ese dedo del corazón.
Y mi amo, entendiendo hacerme bien, tanto tiró que me le
desconcertó. Los otros trataron de darme un garrote en los muslos, y
decían:
-El pobrecito agora sin duda se ensució, cuando le dio el mal.
¡Quién dirá lo que yo sentía, lo uno con la vergüenza,
descoyuntado un dedo y a peligro de que me diesen garrote! Al fin, de
miedo de que me le diesen, que ya me tenían los cordeles en los
muslos, hice que había vuelto, y por presto que lo hice, como los
bellacos iban con malicia, ya me habían hecho dos dedos de señal en
cada pierna. Dejáronme diciendo:
-¡Jesús, y qué flaco sois!
Yo lloraba de enojo, y ellos decían adrede:
-Más va en vuestra salud que en haberos ensuciado. Callá.
Y con esto me pusieron en la cama, después de haberme lavado, y se
fueron.
Yo no hacía a solas sino considerar cómo casi era peor lo que había
pasado en Alcalá en un día que todo lo que me sucedió con Cabra. A
mediodía me vestí, limpié la sotana lo mejor que pude, lavándola
como gualdrapa, y aguardé a mi amo que, en llegando, me preguntó
cómo estaba. Comieron todos los de la casa y yo, aunque poco y de
mala gana. Y después, juntándonos todos a parlar en el corredor, los
otros criados, después de darme vaya, declararon la burla. Riéronla
todos, doblóse mi afrenta, y dije entre mí: -«Avisón, Pablos,
alerta». Propuse de hacer nueva vida, y con esto, hechos amigos,
vivimos de allí adelante todos los de la casa como hermanos, y en las
escuelas y patios nadie me inquietó más.
* * * * *
Libro Primero: Capítulo VI: De las crueldades de la ama, y travesuras
que hizo.
«Haz como viere» dice el refrán, y dice bien. De puro considerar en
él, vine a resolverme de ser bellaco con los bellacos, y más, si
pudiese, que todos. No sé si salí con ello, pero yo aseguro a V. Md.
que hice todas las diligencias posibles.
Lo primero, yo puse pena de la vida a todos los cochinos que se
entrasen en casa y a los pollos de la ama que del corral pasasen a mi
aposento. Sucedió que un día entraron dos puercos del mejor garbo
que vi en mi vida. Yo estaba jugando con los otros criados, y oílos
gruñir, y dije al uno:
-Vaya y vea quién gruñe en nuestra casa.
Fue, y dijo que dos marranos. Yo que lo oí, me enojé tanto que salí
allá diciendo que era mucha bellaquería y atrevimiento venir a
gruñir a casa ajena. Y diciendo esto, envásole a cada uno a puerta
cerrada la espada por los pechos, y luego los acogotamos. Porque no se
oyese el ruido que hacían, todos a la par dábamos grandísimos
gritos como que cantábamos y así expiraron en nuestras manos.
Sacamos los vientres, recogimos la sangre, y a puros jergones los
medio chamuscamos en el corral, de suerte que cuando vinieron los amos
ya estaba todo hecho, aunque mal, si no eran los vientres, que aún no
estaban acabadas de hacer las morcillas. Y no por falta de prisa, en
verdad, que por no detenernos las habíamos dejado la mitad de lo que
ellas se tenían dentro, y nos las comimos las más como se las traía
hechas el cochino en la barriga.
Supo, pues, don Diego el caso, y enojóse conmigo de manera que
obligó a los huéspedes (que de risa no se podían valer) a volver
por mí. Preguntábame don Diego que qué había de decir si me
acusaban y me prendía la justicia, a lo cual respondí yo que me
llamaría a hambre, que es el sagrado de los estudiantes; y que si no
me valiese, diría que como se entraron sin llamar a la puerta como en
su casa, que entendí que eran nuestros. Riéronse todos de las
disculpas. Dijo don Diego:
-A fe, Pablos, que os hacéis a las armas.
Era de notar ver a mi amo tan quieto y religioso y a mí tan travieso,
que el uno exageraba al otro o la virtud o el vicio.
No cabía el ama de contento conmigo, porque éramos dos al mohíno:
habíamonos conjurado contra la despensa. Yo era el despensero Judas,
de botas a bolsa, que desde entonces hereda no sé qué amor a la sisa
este oficio. La carne no guardaba en manos de la ama la orden
retórica, porque siempre iba de más a menos; no era nada carnal,
antes de puro penitente estaba en los huesos. Y la vez que podía
echar cabra u oveja no echaba carnero, y si había huesos, no entraba
cosa magra. Era cercenadora de porciones como de moneda, y así hacía
unas ollas éticas de puro flacas, unos caldos que a estar cuajados se
pudieran hacer sartas de cristal de ellos. Las Pascuas, por
diferenciar, para que estuviese gorda la olla, solía echar cabos de
vela de sebo y así decía que estaban sus ollas gordas por el cabo. Y
era verdad según me lo parló un pabilo que yo masqué un día. Ella
decía, cuando yo estaba delante:
-Mi amo, por cierto que no hay servicio como el de Pablicos, si él no
fuese travieso; consérvele V. Md., que bien se le puede sufrir el ser
bellaquillo por la fidelidad; lo mejor de la plaza trae.
Yo, por el consiguiente, decía de ella lo mismo y así teníamos
engañada la casa. Si se compraba aceite de por junto, carbón o
tocino, escondíamos la mitad, y cuando nos parecía, decíamos el ama
y yo:
-Modérese V. Md. en el gasto, que en verdad que si se dan tanta prisa
no baste la hacienda del Rey. Ya se ha acabado el aceite o el carbón.
Pero tal prisa le han dado. Mande V. Md. comprar más y a fe que se ha
de lucir de otra manera. Denle dineros a Pablicos.
Dábanmelos y vendíamosles la mitad sisada, y de lo que comprábamos
sisábamos la otra mitad; y esto era en todo, y si alguna vez compraba
yo algo en la plaza por lo que valía, reñíamos adrede el ama y yo.
Ella decía:
-No me digas a mí, Pablicos, que esto son dos cuartos de ensalada.
Yo hacía que lloraba, daba voces, íbame a quejar a mi señor, y
apretábale para que enviase al mayordomo a saberlo, para que callase
la ama, que adrede porfiaba. Iban y sabíanlo, y con esto
asegurábamos al amo y al mayordomo, y quedaban agradecidos, en mí a
las obras, y en el ama al celo de su bien. Decíale don Diego, muy
satisfecho de mí:
-¡Así fuese Pablicos aplicado a virtud como es de fiar! ¿Toda esta
es la lealtad que me decís vos de él?
Tuvímoslos de esta manera, chupándolos como sanguijuelas. Yo
apostaré que V. Md. se espanta de la suma de dinero que montaba al
cabo del año. Ello mucho debió de ser, pero no debía obligar a
restitución, porque el ama confesaba y comulgaba de ocho a ocho días
y nunca la vi rastro de imaginación de volver nada ni hacer
escrúpulo, con ser, como digo, una santa.
Traía un rosario al cuello siempre, tan grande, que era más barato
llevar un haz de leña a cuestas. De él colgaban muchos manojos de
imágines, cruces y cuentas de perdones que hacían ruido de sonajas.
Bendecía las ollas y al espumar hacía cruces con el cucharón. Yo
pienso que las conjuraba por sacarles los espíritus, ya que no tenía
carne. En todas las imágines decía que rezaba cada noche por sus
bienhechores; contaba ciento y tantos santos abogados suyos, y en
verdad que había menester todas estas ayudas para desquitarse de lo
que pecaba. Acostábase en un aposento encima del de mi amo, y rezaba
más oraciones que un ciego. Entraba por el Justo Juez y acababa en el
Conquibules, que ella decía, y en la Salve Rehína. Decía las
oraciones en latín adrede por fingirse inocente, de suerte que nos
despedazábamos de risa todos. Tenía otras habilidades; era
conqueridora de voluntades y corchete de gustos, que es lo mismo que
alcahueta; pero disculpábase conmigo diciendo que le venía de casta
como al rey de Francia sanar lamparones.
¿Pensará V. Md. que siempre estuvimos en paz? Pues ¿quién ignora
que dos amigos, como sean codiciosos, si están juntos, se han de
procurar engañar el uno al otro? «Ésta ha de ser ruin conmigo, pues
lo es con su amo», decía yo entre mí; ella debía de decir lo mismo
porque chocamos de embuste el uno con el otro, y por poco se
descubriera la hilaza. Quedamos enemigos como gatos y gatos, que en
despensa es peor que gatos y perros.
Yo, que me vi ya mal con el ama, y que no la podía burlar, busqué
nuevas trazas de holgarme y di en lo que llaman los estudiantes correr
o arrebatar. En esto me sucedieron cosas graciosísimas, porque yendo
una noche a las nueve (que anda poca gente) por la calle Mayor, vi una
confitería y en ella un cofín de pasas sobre el tablero, y tomando
vuelo, vine a agarrarle y di a correr. El confitero dio tras mí, y
otros criados y vecinos. Yo, como iba cargado, vi que aunque les
llevaba ventaja, me habían de alcanzar, y al volver una esquina,
sentéme sobre él y envolví la capa a la pierna de presto y empecé
a decir, con la pierna en la mano, fingiéndome pobre:
-¡Ay! ¡Dios se lo perdone, que me ha pisado!
Oyéronme esto y en llegando, empecé a decir: «Por tan alta
Señora», y lo ordinario de la «hora menguada» y «aire corrupto».
Ellos se venían desgañifando, y dijéronme:
-¿Va por aquí un hombre, hermano?
-Ahí adelante, que aquí me pisó, loado sea el Señor.
Arrancaron con esto y fuéronse; quedé solo, llevéme el cofín a
casa, conté la burla, y no quisieron creer que había sucedido así,
aunque lo celebraron mucho. Por lo cual, los convidé para otra noche
a verme correr cajas. Vinieron, y advirtiendo ellos que estaban las
cajas dentro la tienda y que no las podía tomar con la mano,
tuviéronlo por imposible, y más por estar el confitero, por lo que
sucedió al otro de las pasas, alerta. Vine, pues, y metiendo doce
pasos atrás de la tienda mano a la espada, que era un estoque recio,
partí corriendo, y en llegando a la tienda, dije:
-«¡Muera!». Y tiré una estocada por delante del confitero. Él se
dejó caer pidiendo confesión, y yo di la estocada en una caja y la
pasé y saqué en la espada y me fui con ella. Quedáronse espantados
de ver la traza y muertos de risa de que el confitero decía que le
mirasen, que sin duda le había herido, y que era un hombre con quien
él había tenido palabras. Pero, volviendo los ojos, como quedaron
desbaratadas al salir de la caja las que estaban alrededor, echó de
ver la burla, y empezó a santiguarse que no pensó acabar. Confieso
que nunca me supo cosa tan bien.
Decían los compañeros que yo solo podía sustentar la casa con lo
que corría, que es lo mismo que hurtar, en nombre revesado. Yo, como
era muchacho y oía que me alababan el ingenio con que salía de estas
travesuras, animábame para hacer muchas más. Cada día traía la
pretina llena de jarras de monjas, que les pedía para beber y me
venía con ellas; introduje que no diesen nada sin prenda primero.
Y así, prometí a don Diego y a todos los compañeros, de quitar una
noche las espadas a la mesma ronda. Señalóse cuál había de ser, y
fuimos juntos, yo delante, y en columbrando la justicia, lleguéme con
otro de los criados de casa, muy alborotado, y dije:
-¿Justicia?
Respondieron:
-Sí.
-¿Es el corregidor?
Dijeron que sí. Hinquéme de rodillas y dije:
-Señor, en sus manos de V. Md. está mi remedio y mi venganza y mucho
provecho de la república; mande V. Md. oírme dos palabras a solas,
si quiere una gran prisión.
Apartóse; ya los corchetes estaban empuñando las espadas y los
alguaciles poniendo mano a las varitas. Yo le dije:
-Señor, yo he venido desde Sevilla siguiendo seis hombres los más
facinorosos del mundo, todos ladrones y matadores de hombres, y entre
ellos viene uno que mató a mi madre y a un hermano mío por
saltearlos, y le está probado esto; y vienen acompañando, según los
he oído decir, a una espía francesa; y aun sospecho, por lo que les
he oído, que es... (y bajando más la voz dije) Antonio Pérez. Con
esto, el corregidor dio un salto hacia arriba, y dijo:
-¿Y dónde están?
-Señor, en la casa pública; no se detenga V. Md., que las ánimas de
mi madre y hermano se lo pagarán en oraciones, y el Rey acá.
-¡Jesús! -dijo-, no nos detengamos. ¡Hola, seguidme todos! Dadme
una rodela.
Yo entonces le dije, tornándole a apartar:
-Señor, perderse ha V. Md. si hace eso, porque antes importa que
todos V. Mds. entren sin espadas, y uno a uno, que ellos están en los
aposentos y traen pistoletes, y en viendo entrar con espadas, como
saben que no la puede traer sino la justicia, dispararán. Con dagas
es mejor, y cogerlos por detrás los brazos, que demasiados vamos.
Cuadróle al corregidor la traza, con la codicia de la prisión. En
esto llegamos cerca, y el corregidor, advertido, mandó que debajo de
unas yerbas pusiesen todos las espadas escondidas en un campo que
está enfrente casi de la casa; pusiéronlas y caminaron. Yo, que
había avisado al otro que ellos dejarlas y él tomarlas y pescarse a
casa fuese todo uno, hízolo así; y al entrar todos quedéme atrás
el postrero, y en entrando ellos mezclados con otra gente que entraba,
di cantonada y emboquéme por una callejuela que va a dar a la
Vitoria, que no me alcanzara un galgo.
Ellos que entraron y no vieron nada, porque no había sino estudiantes
y pícaros (que es todo uno), comenzaron a buscarme, y no hallándome,
sospecharon lo que fue, y yendo a buscar sus espadas, no hallaron
media. ¿Quién contara las diligencias que hizo con el retor el
corregidor? Aquella noche anduvieron todos los patios reconociendo las
caras y mirando las armas. Llegaron a casa, y yo, porque no me
conociesen, estaba echado en la cama con un tocador y con una vela en
la mano y un Cristo en la otra y un compañero clérigo ayudándome a
morir, y los demás rezando las letanías. Llegó el retor y la
justicia, y viendo el espectáculo, se salieron, no persuadiéndose
que allí pudiera haber habido lugar para cosa. No miraron nada, antes
el retor me dijo un responso; preguntó si estaba ya sin habla, y
dijéronle que sí; y con tanto, se fueron desesperados de hallar
rastro, jurando el retor de remitirle si le topasen, y el corregidor
de ahorcarle fuese quien fuese. Levantéme de la cama, y hasta hoy no
se ha acabado de solemnizar la burla en Alcalá.
Y por no ser largo, dejo de contar cómo hacía monte la plaza del
pueblo, pues de cajones de tundidores y plateros y mesas de fruteras
(que nunca se me olvidará la afrenta de cuando fui rey de gallos)
sustentaba la chimenea de casa todo el año. Callo las pensiones que
tenía sobre los habares, viñas y huertos, en todo aquello de
alrededor. Con estas y otras cosas, comencé a cobrar fama de travieso
y agudo entre todos. Favorecíanme los caballeros y apenas me dejaban
servir a don Diego, a quien siempre tuve el respeto que era razón por
el mucho amor que me tenía.
* * * * *
Libro Primero: Capítulo VII: De la ida de don Diego, y nuevas de la
muerte de su padre y madre, y la resolución que tomó en sus cosas
para adelante.
En este tiempo vino a don Diego una carta de su padre, en cuyo pliego
venía otra de un tío mío llamado Alonso Ramplón, hombre allegado a
toda virtud y muy conocido en Segovia por lo que era allegado a la
justicia, pues cuantas allí se habían hecho de cuarenta años a esta
parte, han pasado por sus manos. Verdugo era, si va a decir la verdad,
pero una águila en el oficio; vérsele hacer daba gana a uno de
dejarse ahorcar. Este, pues, me escribió una carta a Alcalá, desde
Segovia, en esta forma:
«Hijo Pablos (que por el mucho amor que me tenía me llamaba así),
las ocupaciones grandes de esta plaza en que me tiene ocupado Su
Majestad no me han dado lugar a hacer esto, que si algo tiene malo el
servir al Rey es el trabajo, aunque se desquita con esta negra
honrilla de ser sus criados.
Pésame de daros nuevas de poco gusto. Vuestro padre murió ocho días
ha con el mayor valor que ha muerto hombre en el mundo; dígolo como
quien lo guindó. Subió en el asno sin poner pie en el estribo;
veníale el sayo vaquero que parecía haberse hecho para él, y como
tenía aquella presencia, nadie le veía con los Cristos delante que
no le juzgase por ahorcado. Iba con gran desenfado mirando a las
ventanas y haciendo cortesías a los que dejaban sus oficios por
mirarle; hízose dos veces los bigotes; mandaba descansar a los
confesores y íbales alabando lo que decían bueno.
Llegó a la N de palo, puso el un pie en la escalera, no subió a
gatas ni despacio y viendo un escalón hendido, volvióse a la
justicia y dijo que mandase aderezar aquel para otro, que no todos
tenían su hígado. No os sabré encarecer cuán bien pareció a
todos.
Sentóse arriba, tiró las arrugas de la ropa atrás, tomó la soga y
púsola en la nuez. Y viendo que el teatino le quería predicar,
vuelto a él, le dijo: -«Padre, yo lo doy por predicado; vaya un poco
de Credo, y acabemos presto, que no querría parecer prolijo».
Hízose así; encomendóme que le pusiese la caperuza de lado y que le
limpiase las barbas. Yo lo hice así. Cayó sin encoger las piernas ni
hacer gesto; quedó con una gravedad que no había más que pedir.
Hícele cuartos y dile por sepultura los caminos. Dios sabe lo que a
mí me pesa de verle en ellos haciendo mesa franca a los grajos, pero
yo entiendo que los pasteleros de esta tierra nos consolarán,
acomodándole en los de a cuatro.
De vuestra madre, aunque está viva agora, casi os puedo decir lo
mismo, porque está presa en la Inquisición de Toledo, porque
desenterraba los muertos sin ser murmuradora. Halláronla en su casa
más piernas, brazos y cabezas que en una capilla de milagros. Y lo
menos que hacía era sobrevirgos y contrahacer doncellas. Dicen que
representará en un auto el día de la Trinidad, con cuatrocientos de
muerte. Pésame que nos deshonra a todos, y a mí principalmente, que
al fin soy ministro del Rey y me están mal estos parentescos.
Hijo, aquí ha quedado no sé qué hacienda escondida de vuestros
padres; será en todo hasta cuatrocientos ducados. Vuestro tío soy, y
lo que tengo ha de ser para vos. Vista ésta, os podéis venir aquí,
que con lo que vos sabéis de latín y retórica, seréis singular en
el arte de verdugo. Respondedme luego, y entre tanto, Dios os
guarde».
No puedo negar que sentí mucho la nueva afrenta, pero holguéme en
parte (tanto pueden los vicios en los padres, que consuela de sus
desgracias, por grandes que sean, a los hijos). Fuime corriendo a don
Diego, que estaba leyendo la carta de su padre, en que le mandaba que
se fuese y que no me llevase en su compañía, movido de las
travesuras mías que había oído decir. Díjome que se determinaba ir
y todo lo que le mandaba su padre, que a él le pesaba de dejarme y a
mí más; díjome que me acomodaría con otro caballero amigo suyo
para que le sirviese. Yo, en esto, riéndome, le dije:
-Señor, ya soy otro, y otros mis pensamientos; más alto pico y más
autoridad me importa tener. Porque si hasta agora tenía como cada
cual mi piedra en el rollo, agora tengo mi padre.
Declaréle cómo había muerto tan honradamente como el más estirado,
cómo le trincharon y le hicieron moneda, cómo me había escrito mi
señor tío, el verdugo, de esto y de la prisioncilla de mama, que a
él, como a quien sabía quién yo soy, me pude descubrir sin
vergüenza. Lastimóse mucho y preguntóme que qué pensaba hacer.
Dile cuenta de mis determinaciones; y con tanto, al otro día, él se
fue a Segovia harto triste, y yo me quedé en la casa disimulando mi
desventura.
Quemé la carta porque, perdiéndoseme acaso, no la leyese alguien, y
comencé a disponer mi partida para Segovia, con fin de cobrar mi
hacienda y conocer mis parientes para huir de ellos.
* * * * *
Libro Segundo: Capítulo I: Del camino de Alcalá para Segovia, y de
lo que le sucedió en él hasta Rejas, donde durmió aquella noche.
Llegó el día de apartarme de la mejor vida que hallo haber pasado.
Dios sabe lo que sentí el dejar tantos amigos y apasionados, que eran
sin número. Vendí lo poco que tenía de secreto, para el camino, y
con ayuda de unos embustes hice hasta seiscientos reales. Alquilé una
mula y salíme de la posada, adonde ya no tenía que sacar más de mi
sombra. ¿Quién contará las angustias del zapatero por lo fiado, las
solicitudes del ama por el salario, las voces del huésped de la casa
por el arrendamiento? Uno decía: -«¡Siempre me lo dijo el
corazón!»; otro: -«¡Bien me decían a mí que este era un
trampista!». Al fin, yo salí tan bienquisto del pueblo que dejé con
mi ausencia a la mitad de él llorando y a la otra mitad riéndose de
los que lloraban.
Yo me iba entreteniendo por el camino considerando en estas cosas,
cuando pasado Torote, encontré con un hombre en un macho de albarda,
el cual iba hablando entre sí con muy gran prisa y tan embebecido,
que aun estando a su lado no me veía. Saludéle y saludóme;
preguntéle dónde iba, y después que nos pagamos las respuestas,
comenzamos luego a tratar de si bajaba el turco y de las fuerzas del
Rey. Comenzó a decir de qué manera se podía conquistar la Tierra
Santa y cómo se ganaría Argel, en los cuales discursos eché de ver
que era loco repúblico y de gobierno.
Proseguimos en la conversación (propia de pícaros), y venimos a dar
de una cosa en otra, en Flandes. Aquí fue ello, que empezó a
suspirar y a decir:
-Más me cuestan a mí esos estados que al Rey, porque ha catorce
años que ando con un arbitrio que, si como es imposible no lo fuera,
ya estuviera todo sosegado.
-¿Qué cosa puede ser -le dije yo- que, conviniendo tanto, sea
imposible y no se pueda hacer?
-¿Quién le dice a V. Md. -dijo luego- que no se pueda hacer?.
Hacerse puede, que ser imposible es otra cosa. Y si no fuera por dar
pesadumbre, le contara a V. Md. lo que es; pero allá se verá, que
agora lo pienso imprimir con otros trabajillos, entre los cuales le
doy al Rey modo de ganar a Ostende por dos caminos.
Roguéle que me los dijese, y al punto, sacando de las faldriqueras un
gran papel, me mostró pintado el fuerte del enemigo y el nuestro, y
dijo:
-Bien ve V. Md. que la dificultad de todo está en este pedazo de
mar..., pues yo doy orden de chuparle todo con esponjas y quitarle de
allí.
Di yo con este desatino una gran risada, y él entonces mirándome a
la cara, me dijo:
-A nadie se lo he dicho que no haya hecho otro tanto, que a todos les
da gran contento.
-Ese tengo yo, por cierto -le dije-, de oír cosa tan nueva y tan bien
fundada, pero advierta V. Md. que ya que chupe el agua que hubiere
entonces, tornará luego la mar a echar más.
-No hará la mar tal cosa que lo tengo yo eso muy apurado -me
respondió-, y no hay que tratar; fuera de que yo tengo pensada una
invención para hundir la mar por aquella parte doce estados.
No lo osé replicar de miedo que me dijese que tenía arbitrio para
tirar el cielo acá abajo. No vi en mi vida tan gran orate. Decíame
que Joanelo no había hecho nada, que él trazaba agora de subir toda
el agua de Tajo a Toledo de otra manera más fácil. Y sabido lo que
era, dijo que por ensalmo: ¡Mire V. Md. quién tal oyó en el mundo!
Y al cabo, me dijo:
-Y no lo pienso poner en ejecución si primero el Rey no me da una
encomienda, que la puedo tener muy bien, y tengo una ejecutoria muy
honrada.
Con estas pláticas y desconciertos llegamos a Torrejón, donde se
quedó, que venía a ver una parienta suya.
Yo pasé adelante pereciéndome de risa de los arbitrios en que
ocupaba el tiempo, cuando, Dios y enhorabuena, desde lejos vi una mula
suelta y un hombre junto a ella a pie, que mirando a un libro hacía
unas rayas que medía con un compás. Daba vueltas y saltos a un lado
y a otro, y de rato en rato, poniendo un dedo encima de otro, hacía
con ellos mil cosas saltando. Yo confieso que entendí por gran rato
(que me paré desde lejos a verlo) que era encantador, y casi no me
determinaba a pasar. Al fin me determiné, y llegando cerca,
sintióme, cerró el libro, y al poner el pie en el estribo,
resbalósele y cayó. Levantéle, y díjome:
-No tomé bien el medio de proporción para hacer la circunferencia al
subir.
Yo no le entendí lo que me dijo y luego temí lo que era, porque más
desatinado hombre no ha nacido de las mujeres. Preguntóme si iba a
Madrid por línea recta o si iba por camino circunflejo. Yo, aunque no
lo entendí, le dije que circunflejo. Preguntóme cúya era la espada
que llevaba al lado. Respondíle que mía, y mirándola, dijo:
-Esos gavilanes habían de ser más largos, para reparar los tajos que
se forman sobre el centro de las estocadas.