Don Diego y yo nos vimos tan al cabo que, ya que para comer

Historia de la vida del Buscón

llamado don Pablos, ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños

de Francisco de Quevedo y Villegas

* * * * *

Libro Primero: Capítulo I: En que cuenta quién es el Buscón.

Yo, señora, soy de Segovia. Mi padre se llamó Clemente Pablo,

natural del mismo pueblo; Dios le tenga en el cielo. Fue, tal como

todos dicen, de oficio barbero, aunque eran tan altos sus pensamientos

que se corría de que le llamasen así, diciendo que él era tundidor

de mejillas y sastre de barbas. Dicen que era de muy buena cepa, y

según él bebía es cosa para creer. Estuvo casado con Aldonza de San

Pedro, hija de Diego de San Juan y nieta de Andrés de San Cristóbal.

Sospechábase en el pueblo que no era cristiana vieja, aun viéndola

con canas y rota, aunque ella, por los nombres y sobrenombres de sus

pasados, quiso esforzar que era descendiente de la gloria. Tuvo muy

buen parecer para letrado; mujer de amigas y cuadrilla, y de pocos

enemigos, porque hasta los tres del alma no los tuvo por tales;

persona de valor y conocida por quien era. Padeció grandes trabajos

recién casada, y aun después, porque malas lenguas daban en decir

que mi padre metía el dos de bastos para sacar el as de oros.

Probósele que a todos los que hacía la barba a navaja, mientras les

daba con el agua levantándoles la cara para el lavatorio, un mi

hermanico de siete años les sacaba muy a su salvo los tuétanos de

las faldriqueras. Murió el angelico de unos azotes que le dieron en

la cárcel. Sintiólo mucho mi madre, por ser tal que robaba a todos

las voluntades. Por estas y otras niñerías estuvo preso, y rigores

de justicia, de que hombre no se puede defender, le sacaron por las

calles. En lo que toca de medio abajo tratáronle aquellos señores

regaladamente. Iba a la brida en bestia segura y de buen paso, con

mesura y buen día. Mas de medio arriba, etcétera, que no hay más

que decir para quien sabe lo que hace un pintor de suela en unas

costillas. Diéronle doscientos escogidos, que de allí a seis años

se le contaban por encima de la ropilla. Más se movía el que se los

daba que él, cosa que pareció muy bien; divirtióse algo con las

alabanzas que iba oyendo de sus buenas carnes, que le estaba de perlas

lo colorado.

Mi madre, pues, ¡no tuvo calamidades! Un día, alabándomela una

vieja que me crió, decía que era tal su agrado que hechizaba a

cuantos la trataban. Y decía, no sin sentimiento:

-En su tiempo, hijo, eran los virgos como soles, unos amanecidos y

otros puestos, y los más en un día mismo amanecidos y puestos.

Hubo fama que reedificaba doncellas, resuscitaba cabellos encubriendo

canas, empreñaba piernas con pantorrillas postizas. Y con no tratarla

nadie que se le cubriese pelo, solas las calvas se la cubría, porque

hacía cabelleras; poblaba quijadas con dientes; al fin vivía de

adornar hombres y era remendona de cuerpos. Unos la llamaban zurcidora

de gustos, otros, algebrista de voluntades desconcertadas; otros,

juntona; cuál la llamaba enflautadora de miembros y cuál tejedora de

carnes y por mal nombre alcahueta. Para unos era tercera, primera para

otros y flux para los dineros de todos. Ver, pues, con la cara de risa

que ella oía esto de todos era para dar mil gracias a Dios.

Hubo grandes diferencias entre mis padres sobre a quién había de

imitar en el oficio, mas yo, que siempre tuve pensamientos de

caballero desde chiquito, nunca me apliqué a uno ni a otro. Decíame

mi padre:

-Hijo, esto de ser ladrón no es arte mecánica sino liberal.

Y de allí a un rato, habiendo suspirado, decía de manos:

-Quien no hurta en el mundo, no vive. ¿Por qué piensas que los

alguaciles y jueces nos aborrecen tanto? Unas veces nos destierran,

otras nos azotan y otras nos cuelgan..., no lo puedo decir sin

lágrimas (lloraba como un niño el buen viejo, acordándose de las

que le habían batanado las costillas). Porque no querrían que donde

están hubiese otros ladrones sino ellos y sus ministros. Mas de todo

nos libró la buena astucia. En mi mocedad siempre andaba por las

iglesias, y no de puro buen cristiano. Muchas veces me hubieran

llorado en el asno si hubiera cantado en el potro. Nunca confesé sino

cuando lo mandaba la Santa Madre Iglesia. Preso estuve por pedigüeño

en caminos y a pique de que me esteraran el tragar y de acabar todos

mis negocios con diez y seis maravedís: diez de soga y seis de

cáñamo. Mas de todo me ha sacado el punto en boca, el chitón y los

nones. Y con esto y mi oficio, he sustentado a tu madre lo más

honradamente que he podido.

-¿Cómo a mí sustentado? -dijo ella con grande cólera. Yo os he

sustentado a vos, y sacádoos de las cárceles con industria y

mantenídoos en ellas con dinero. Si no confesábades, ¿era por

vuestro ánimo o por las bebidas que yo os daba? ¡Gracias a mis

botes! Y si no temiera que me habían de oír en la calle, yo dijera

lo de cuando entré por la chimenea y os saqué por el tejado.

Metílos en paz diciendo que yo quería aprender virtud resueltamente

y ir con mis buenos pensamientos adelante, y que para esto me pusiesen

a la escuela, pues sin leer ni escribir no se podía hacer nada.

Parecióles bien lo que decía, aunque lo gruñeron un rato entre los

dos. Mi madre se entró adentro y mi padre fue a rapar a uno (así lo

dijo él) no sé si la barba o la bolsa; lo más ordinario era uno y

otro. Yo me quedé solo, dando gracias a Dios porque me hizo hijo de

padres tan celosos de mi bien.

* * * * *

Libro Primero: Capítulo II: De cómo fue a la escuela y lo que en

ella le sucedió.

A otro día ya estaba comprada la cartilla y hablado el maestro. Fui,

señora, a la escuela; recibióme muy alegre diciendo que tenía cara

de hombre agudo y de buen entendimiento. Yo, con esto, por no

desmentirle di muy bien la lición aquella mañana. Sentábame el

maestro junto a sí, ganaba la palmatoria los más días por venir

antes y íbame el postrero por hacer algunos recados a la señora, que

así llamábamos la mujer del maestro. Teníalos a todos con

semejantes caricias obligados; favorecíanme demasiado, y con esto

creció la envidia en los demás niños. Llegábame de todos, a los

hijos de caballeros y personas principales, y particularmente a un

hijo de don Alonso Coronel de Zúñiga, con el cual juntaba meriendas.

Íbame a su casa a jugar los días de fiesta y acompañábale cada

día. Los otros, o que porque no les hablaba o que porque les parecía

demasiado punto el mío, siempre andaban poniéndome nombres tocantes

al oficio de mi padre. Unos me llamaban don Navaja, otros don Ventosa;

cuál decía, por disculpar la invidia, que me quería mal porque mi

madre le había chupado dos hermanitas pequeñas de noche; otro decía

que a mi padre le habían llevado a su casa para que la limpiase de

ratones (por llamarle gato). Unos me decían «zape» cuando pasaba y

otros «miz». Cuál decía:

-Yo la tiré dos berenjenas a su madre cuando fue obispa.

Al fin, con todo cuanto andaban royéndome los zancajos, nunca me

faltaron, gloria a Dios. Y aunque yo me corría disimulaba; todo lo

sufría, hasta que un día un muchacho se atrevió a decirme a voces

hijo de una puta y hechicera; lo cual, como me lo dijo tan claro (que

aun si lo dijera turbio no me diera por entendido) agarré una piedra

y descalabréle. Fuime a mi madre corriendo que me escondiese;

contéla el caso; díjome:

-Muy bien hiciste; bien muestras quién eres; sólo anduviste errado

en no preguntarle quién se lo dijo.

Cuando yo oí esto, como siempre tuve altos pensamientos, volvíme a

ella y roguéla me declarase si le podía desmentir con verdad o que

me dijese si me había concebido a escote entre muchos o si era hijo

de mi padre. Rióse y dijo:

-¡Ah, noramaza! ¿Eso sabes decir? No serás bobo; gracia tienes. Muy

bien hiciste en quebrarle la cabeza, que esas cosas, aunque sean

verdad, no se han de decir.

Yo con esto quedé como muerto y dime por novillo de legítimo

matrimonio, determinado de coger lo que pudiese en breves días y

salirme de en casa de mi padre: tanto pudo conmigo la vergüenza.

Disimulé, fue mi padre, curó al muchacho, apaciguólo y volvióme a

la escuela, adonde el maestro me recibió con ira hasta que, oyendo la

causa de la riña, se le aplacó el enojo considerando la razón que

había tenido.

En todo esto, siempre me visitaba aquel hijo de don Alonso de

Zúñiga, que se llamaba don Diego, porque me quería bien

naturalmente, que yo trocaba con él los peones si eran mejores los

míos, dábale de lo que almorzaba y no le pedía de lo que él

comía, comprábale estampas, enseñábale a luchar, jugaba con él al

toro, y entreteníale siempre. Así que los más días, sus padres del

caballerito, viendo cuánto le regocijaba mi compañía, rogaban a los

míos que me dejasen con él a comer y cenar y aun a dormir los más

días.

Sucedió, pues, uno de los primeros que hubo escuela por Navidad, que

viniendo por la calle un hombre que se llamaba Poncio de Aguirre, el

cual tenía fama de confeso, que el don Dieguito me dijo:

-Hola, llámale Poncio Pilato y echa a correr.

Yo, por darle gusto a mi amigo, llaméle Poncio Pilato. Corrióse

tanto el hombre que dio a correr tras mí con un cuchillo desnudo para

matarme, de suerte que fue forzoso meterme huyendo en casa de mi

maestro dando gritos. Entró el hombre tras mí y defendióme el

maestro de que no me matase, asegurándole de castigarme. Y así luego

(aunque señora le rogó por mí, movida de lo que yo la servía, no

aprovechó), mandóme desatacar y azotándome, decía tras cada

azote:

-¿Diréis más Poncio Pilato?

Yo respondía:

-No, señor.

Y respondílo veinte veces a otros tantos azotes que me dio. Quedé

tan escarmentado de decir Poncio Pilato y con tal miedo, que

mandándome el día siguiente decir, como solía, las oraciones a los

otros, llegando al Credo (advierta V. Md. la inocente malicia), al

tiempo de decir «padeció so el poder de Poncio Pilato»,

acordándome que no había de decir más Pilatos, dije: «padeció so

el poder de Poncio de Aguirre». Dióle al maestro tanta risa de oír

mi simplicidad y de ver el miedo que le había tenido, que me abrazó

y dio una firma en que me perdonaba de azotes las dos primeras veces

que los mereciese. Con esto fui yo muy contento.

En estas niñeces pasé algún tiempo aprendiendo a leer y escribir.

Llegó (por no enfadar) el de unas Carnestolendas, y trazando el

maestro de que se holgasen sus muchachos, ordenó que hubiese rey de

gallos. Echamos suertes entre doce señalados por él y cúpome a mí.

Avisé a mis padres que me buscasen galas.

Llegó el día y salí en uno como caballo, mejor dijera en un cofre

vivo, que no anduvo en peores pasos Roberto el diablo, según andaba

él. Era rucio, y rodado el que iba encima por lo que caía en todo.

La edad no hay que tratar, biznietos tenía en tahonas. De su raza no

sé más de que sospecho era de judío según era medroso y

desdichado. Iban tras mí los demás niños todos aderezados.

Pasamos por la plaza (aun de acordarme tengo miedo), y llegando cerca

de las mesas de las verduras (Dios nos libre), agarró mi caballo un

repollo a una, y ni fue visto ni oído cuando lo despachó a las

tripas, a las cuales, como iba rodando por el gaznate, no llegó en

mucho tiempo. La bercera (que siempre son desvergonzadas) empezó a

dar voces; llegáronse otras y con ellas pícaros, y alzando

zanahorias, garrofales, nabos frisones, tronchos y otras legumbres,

empiezan a dar tras el pobre rey. Yo, viendo que era batalla nabal y

que no se había de hacer a caballo, comencé a apearme; mas tal golpe

me le dieron al caballo en la cara que, yendo a empinarse, cayó

conmigo en una (hablando con perdón) privada. Púseme cual V. Md.

puede imaginar. Ya mis muchachos se habían armado de piedras y daban

tras las revendederas y descalabraron dos.

Yo, a todo esto, después que caí en la privada, era la persona más

necesaria de la riña. Vino la justicia, comenzó a hacer

información, prendió a berceras y muchachos mirando a todos qué

armas tenían y quitándoselas, porque habían sacado algunos dagas de

las que traían por gala y otros espadas pequeñas. Llegó a mí, y

viendo que no tenía ningunas, porque me las habían quitado y

metídolas en una casa a secar con la capa y sombrero, pidióme, como

digo, las armas, al cual respondí, todo sucio, que si no eran

ofensivas contra las narices, que yo no tenía otras. Quiero confesar

a V. Md. que cuando me empezaron a tirar los tronchos, nabos,

etcétera, que, como yo llevaba plumas en el sombrero, entendiendo que

me habían tenido por mi madre y que la tiraban, como habían hecho

otras veces, como necio y muchacho, empecé a decir: «Hermanas,

aunque llevo plumas, no soy Aldonza de San Pedro, mi madre» (como si

ellas no lo echaran de ver por el talle y rostro). El miedo me

disculpó la ignorancia, y el sucederme la desgracia tan de repente.

Pero, volviendo al alguacil, quísome llevar a la cárcel, y no me

llevó porque no hallaba por donde asirme (tal me había puesto del

lodo). Unos se fueron por una parte y otros por otra, y yo me vine a

mi casa desde la plaza martirizando cuantas narices topaba en el

camino. Entré en ella, conté a mis padres el suceso, y corriéronse

tanto de verme de la manera que venía que me quisieron maltratar. Yo

echaba la culpa a las dos leguas de rocín exprimido que me dieron.

Procuraba satisfacerlos, y, viendo que no bastaba, salíme de su casa

y fuime a ver a mi amigo don Diego, al cual hallé en la suya

descalabrado, y a sus padres resueltos por ello de no enviarle más a

la escuela. Allí tuve nuevas de cómo mi rocín, viéndose en

aprieto, se esforzó a tirar dos coces, y de puro flaco se le

desgajaron las dos piernas y se quedó sembrado para otro año en el

lodo, bien cerca de expirar.

Viéndome, pues, con una fiesta revuelta, un pueblo escandalizado, los

padres corridos, mi amigo descalabrado y el caballo muerto,

determinéme de no volver más a la escuela ni a casa de mis padres,

sino de quedarme a servir a don Diego o, por mejor decir, en su

compañía, y esto con gran gusto de los suyos, por el que daba mi

amistad al niño. Escribí a mi casa que yo no había menester más ir

a la escuela porque, aunque no sabía bien escribir, para mi intento

de ser caballero lo que se requería era escribir mal, y que así,

desde luego renunciaba la escuela por no darles gasto y su

casa para ahorrarlos de pesadumbre. Avisé de dónde y cómo quedaba y

que hasta que me diesen licencia no los vería.

* * * * *

Libro Primero: Capítulo III: De cómo fue a un pupilaje por criado de

don Diego Coronel.

Determinó, pues, don Alonso de poner a su hijo en pupilaje, lo uno

por apartarle de su regalo, y lo otro por ahorrar de cuidado. Supo que

había en Segovia un licenciado Cabra que tenía por oficio el criar

hijos de caballeros, y envió allá el suyo y a mí para que le

acompañase y sirviese.

Entramos, primero domingo después de Cuaresma, en poder de la hambre

viva, porque tal laceria no admite encarecimiento. Él era un clérigo

cerbatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, los ojos

avecindados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos, tan

hundidos y oscuros que era buen sitio el suyo para tiendas de

mercaderes; la nariz, de cuerpo de santo, comido el pico, entre Roma y

Francia, porque se le había comido de unas búas de resfriado, que

aun no fueron de vicio porque cuestan dinero; las barbas descoloridas

de miedo de la boca vecina, que de pura hambre parecía que amenazaba

a comérselas; los dientes, le faltaban no sé cuántos, y pienso que

por holgazanes y vagamundos se los habían desterrado; el gaznate

largo como de avestruz, con una nuez tan salida que parecía se iba a

buscar de comer forzada de la necesidad; los brazos secos; las manos

como un manojo de sarmientos cada una. Mirado de medio abajo parecía

tenedor o compás, con dos piernas largas y flacas. Su andar muy

espacioso; si se descomponía algo, le sonaban los huesos como

tablillas de San Lázaro. La habla ética, la barba grande, que nunca

se la cortaba por no gastar, y él decía que era tanto el asco que le

daba ver la mano del barbero por su cara, que antes se dejaría matar

que tal permitiese. Cortábale los cabellos un muchacho de nosotros.

Traía un bonete los días de sol ratonado con mil gateras y

guarniciones de grasa; era de cosa que fue paño, con los fondos en

caspa. La sotana, según decían algunos, era milagrosa, porque no se

sabía de qué color era. Unos, viéndola tan sin pelo, la tenían por

de cuero de rana; otros decían que era ilusión; desde cerca parecía

negra y desde lejos entre azul. Llevábala sin ceñidor; no traía

cuello ni puños. Parecía, con esto y los cabellos largos y la sotana

y el bonetón, teatino lanudo. Cada zapato podía ser tumba de un

filisteo. Pues ¿su aposento? Aun arañas no había en él. Conjuraba

los ratones de miedo que no le royesen algunos mendrugos que guardaba.

La cama tenía en el suelo, y dormía siempre de un lado por no gastar

las sábanas. Al fin, él era archipobre y protomiseria.

A poder de éste, pues, vine, y en su poder estuve con don Diego, y la

noche que llegamos nos señaló nuestro aposento y nos hizo una

plática corta, que aun por no gastar tiempo no duró más. Díjonos

lo que habíamos de hacer. Estuvimos ocupados en esto hasta la hora de

comer. Fuimos allá; comían los amos primero y servíamos los

criados.

El refectorio era un aposento como medio celemín. Sentábanse a una

mesa hasta cinco caballeros. Yo miré lo primero por los gatos, y como

no los vi, pregunté que cómo no los había a un criado antiguo, el

cual, de flaco, estaba ya con la marca del pupilaje. Comenzó a

enternecerse, y dijo:

-¿Cómo gatos? Pues ¿quién os ha dicho a vos que los gatos son

amigos de ayunos y penitencias? En lo gordo se os echa de ver que sois

nuevo. ¿Qué tiene esto de refectorio de Jerónimos para que se

críen aquí?

Yo, con esto, me comencé a afligir, y más me susté cuando advertí

que todos los que vivían en el pupilaje de antes estaban como leznas,

con unas caras que parecía se afeitaban con diaquilón. Sentóse el

licenciado Cabra y echó la bendición. Comieron una comida eterna,

sin principio ni fin. Trujeron caldo en unas escudillas de madera, tan

claro, que en comer una de ellas peligrara Narciso más que en la

fuente. Noté con la ansia que los macilentos dedos se echaban a nado

tras un garbanzo huérfano y solo que estaba en el suelo. Decía Cabra

a cada sorbo:

-Cierto que no hay tal cosa como la olla, digan lo que dijeren; todo

lo demás es vicio y gula.

Y, sacando la lengua, la paseaba por los bigotes, lamiéndoselos, con

que dejaba la barba pavonada de caldo. Acabando de decirlo, echóse su

escudilla a pechos, diciendo:

-Todo esto es salud, y otro tanto ingenio.

-¡Mal ingenio te acabe!, decía yo entre mí, cuando vi un mozo medio

espíritu y tan flaco, con un plato de carne en las manos que parecía

que la había quitado de sí mismo. Venía un nabo aventurero a

vueltas de la carne (apenas), y dijo el maestro en viéndole:

-¿Nabo hay? No hay perdiz para mí que se le iguale. Coman, que me

huelgo de verlos comer.

Y tomando el cuchillo por el cuerno, picóle con la punta y

asomándole a las narices, trayéndole en procesión por la portada de

la cara, meciendo la cabeza dos veces, dijo:

-Conforta realmente, y son cordiales.

Que era grande adulador de las legumbres. Repartió a cada uno tan

poco carnero que entre lo que se les pegó en las uñas y se les

quedó entre los dientes, pienso que se consumió todo, dejando

descomulgadas las tripas de participantes. Cabra los miraba y decía:

-Coman, que mozos son y me huelgo de ver sus buenas ganas.

¡Mire V. Md. qué aliño para los que bostezaban de hambre! Acabaron

de comer y quedaron unos mendrugos en la mesa, y en el plato dos

pellejos y unos huesos, y dijo el pupilero:

-Quede esto para los criados, que también han de comer; no lo

queramos todo.

-¡Mal te haga Dios y lo que has comido, lacerado -decía yo-, que tal

amenaza has hecho a mis tripas!

Echó la bendición, y dijo:

-Ea, demos lugar a la gentecilla que se repapile, y váyanse hasta las

dos a hacer ejercicio, no les haga mal lo que han comido.

Entonces yo no pude tener la risa, abriendo toda la boca. Enojóse

mucho y díjome que aprendiese modestia y tres o cuatro sentencias

viejas y fuese.

Sentámonos nosotros, y yo, que vi el negocio malparado y que mis

tripas pedían justicia, como más sano y más fuerte que los otros,

arremetí al plato, como arremetieron todos, y emboquéme de tres

medrugos los dos y el un pellejo. Comenzaron los otros a gruñir; al

ruido entró Cabra, diciendo:

-Coman como hermanos, pues Dios les da con qué. No riñan, que para

todos hay.

Volvióse al sol y dejónos solos. Certifico a V. Md. que vi al uno de

ellos, que se llamaba Jurre, vizcaíno, tan olvidado ya de cómo y por

dónde se comía, que una cortecilla que le cupo la llevó dos veces a

los ojos, y entre tres no le acertaban a encaminar las manos a la

boca. Pedí yo de beber, que los otros, por estar casi en ayunas, no

lo hacían, y diéronme un vaso con agua, y no le hube bien llegado a

la boca, cuando, como si fuera lavatorio de comunión, me le quitó el

mozo espiritado que dije. Levantéme con grande dolor de mi alma,

viendo que estaba en casa donde se brindaba a las tripas y no hacían

la razón. Diome gana de descomer, aunque no había comido, digo, de

proveerme, y pregunté por las necesarias a un antiguo, y díjome:

-Como no lo son en esta casa, no las hay. Para una vez que os

proveeréis mientras aquí estuviéredes, dondequiera podréis; que

aquí estoy dos meses ha y no he hecho tal cosa sino el día que

entré, como ahora vos, de lo que cené en mi casa la noche antes.

¿Cómo encareceré yo mi tristeza y pena? Fue tanta, que considerando

lo poco que había de entrar en mi cuerpo, no osé, aunque tenía

gana, echar nada de él. Entretuvímonos hasta la noche. Decíame don

Diego que qué haría él para persuadir a las tripas que habían

comido, porque no lo querían creer. Andaban vahídos en aquella casa

como en otras ahítos.

Llegó la hora de cenar; pasóse la merienda en blanco, y la cena ya

que no se pasó en blanco, se pasó en moreno: pasas y almendras y

candil y dos bendiciones, porque se dijese que cenábamos con

bendición. «Es cosa saludable (decía) cenar poco, para tener el

estómago desocupado», y citaba una retahíla de médicos infernales.

Decía alabanzas de la dieta y que se ahorraba un hombre de sueños

pesados, sabiendo que en su casa no se podía soñar otra cosa sino

que comían. Cenaron y cenamos todos y no cenó ninguno.

Fuímonos a acostar y en toda la noche pudimos yo ni don Diego dormir,

él trazando de quejarse a su padre y pedir que le sacase de allí y

yo aconsejándole que lo hiciese; aunque últimamente le dije:

-Señor, ¿sabéis de cierto si estamos vivos? Porque yo imagino que

en la pendencia de las berceras nos mataron, y que somos ánimas que

estamos en el Purgatorio. Y así, es por demás decir que nos saque

vuestro padre, si alguno no nos reza en alguna cuenta de perdones y

nos saca de penas con alguna misa en altar previlegiado.

Entre estas pláticas y un poco que dormimos, se llegó la hora de

levantar. Dieron las seis y llamó Cabra a lición; fuimos y oímosla

todos. Mandáronme leer el primer nominativo a los otros, y era de

manera mi hambre que me desayuné con la mitad de las razones,

comiéndomelas. Y todo esto creerá quien supiere lo que me contó el

mozo de Cabra, diciendo que una Cuaresma topó muchos hombres, unos

metiendo los pies, otros las manos y otros todo el cuerpo en el portal

de su casa, y esto por muy gran rato, y mucha gente que venía a sólo

aquello de fuera; y preguntando a uno un día que qué sería (porque

Cabra se enojó de que se lo preguntase) respondió que los unos

tenían sarna y los otros sabañones y que en metiéndolos en aquella

casa morían de hambre, de manera que no comían desde allí adelante.

Certificóme que era verdad, y yo, que conocí la casa, lo creo.

Dígolo porque no parezca encarecimiento lo que dije. Y volviendo a la

lición, diola y decorámosla. Y prosiguió siempre en aquel modo de

vivir que he contado. Sólo añadió a la comida tocino en la olla,

por no sé qué que le dijeron un día de hidalguía allá fuera. Y

así, tenía una caja de hierro, toda agujerada como salvadera,

abríala y metía un pedazo de tocino en ella que la llenase y

tornábala a cerrar y metíala colgando de un cordel en la olla, para

que la diese algún zumo por los agujeros y quedase para otro día el

tocino. Parecióle después que en esto se gastaba mucho, y dio en

sólo asomar el tocino a la olla. Dábase la olla por entendida del

tocino y nosotros comíamos algunas sospechas de pernil. Pasábamoslo

con estas cosas como se puede imaginar.

Don Diego y yo nos vimos tan al cabo que, ya que para comer al cabo de

un mes no hallábamos remedio, le buscamos para no levantarnos de

mañana; y así, trazamos de decir que teníamos algún mal. No osamos

decir calentura, porque no la teniendo era fácil de conocer el

enredo. Dolor de cabeza u muelas era poco estorbo. Dijimos al fin que

nos dolían las tripas y que estábamos muy malos de achaque de no

haber hecho de nuestras personas en tres días, fiados en que a

trueque de no gastar dos cuartos en una melecina, no buscaría el

remedio. Mas ordenólo el diablo de otra suerte, porque tenía una que

había heredado de su padre, que fue boticario. Supo el mal, y tomóla

y aderezó una melecina, y haciendo llamar una vieja de setenta años,

tía suya, que le servía de enfermera, dijo que nos echase sendas

gaitas. Empezaron por don Diego; el desventurado atajóse, y la vieja,

en vez de echársela dentro, disparósela por entre la camisa y el

espinazo y diole con ella en el cogote, y vino a servir por defuera de

guarnición la que dentro había de ser aforro. Quedó el mozo dando

gritos; vino Cabra y, viéndolo, dijo que me echasen a mí la otra,

que luego tornarían a don Diego. Yo me resistía, pero no me valió,

porque, teniéndome Cabra y otros, me la echó la vieja, a la cual de

retorno di con ella en toda la cara. Enojóse Cabra conmigo y dijo que

él me echaría de su casa, que bien se echaba de ver que era

bellaquería todo. Yo rogaba a Dios que se enojase tanto que me

despidiese, mas no lo quiso mi ventura.

* * * * *

Libro Primero: Capítulo IV: De la convalecencia y ida a estudiar a

Alcalá de Henares.

Entramos en casa de don Alonso y echáronnos en dos camas con mucho

tiento, porque no se nos desparramasen los huesos de puro roídos de

la hambre. Trujeron exploradores que nos buscasen los ojos por toda la

cara, y a mí, como había sido mi trabajo mayor y la hambre imperial,

que al fin me trataban como a criado, en buen rato no me los hallaron.

Trujeron médicos y mandaron que nos limpiasen con zorras el polvo de

las bocas, como a retablos, y bien lo éramos de duelos. Ordenaron que

nos diesen sustancias y pistos. ¡Quién podrá contar, a la primera

almendrada y a la primera ave, las luminarias que pusieron las tripas

de contento? Todo les hacía novedad. Mandaron los dotores que por

nueve días no hablase nadie recio en nuestro aposento, porque como

estaban huecos los estómagos sonaba en ellos el eco de cualquiera

palabra.

Con estas y otras prevenciones comenzamos a volver y cobrar algún

aliento, pero nunca podían las quijadas desdoblarse, que estaban

magras y alforzadas, y así se dio orden que cada día nos las

ahormasen con la mano del almirez. Levantábamonos a hacer pinicos

dentro de cuarenta días, y aún parecíamos sombras de otros hombres,

y en lo amarillo y flaco simiente de los Padres del yermo. Todo el

día gastábamos en dar gracias a Dios por habernos rescatado de la

captividad del fierísimo Cabra, y rogábamos al Señor que ningún

cristiano cayese en sus manos crueles. Si acaso, comiendo, alguna vez

nos acordábamos de las mesas del mal pupilero, se nos aumentaba la

hambre tanto que acrecentábamos la costa aquel día. Solíamos contar

a don Alonso cómo al sentarse en la mesa nos decía males de la gula

(no habiéndola él conocido en su vida), y reíase mucho cuando le

contábamos que en el mandamiento de No matarás, metía perdices y

capones, gallinas y todas las cosas que no quería darnos, y, por el

consiguiente, la hambre, pues parecía que tenía por pecado el

matarla, y aun el herirla, según regateaba el comer.

Pasáronsenos tres meses en esto, y, al cabo, trató don Alonso de

enviar a su hijo a Alcalá a estudiar lo que le faltaba de la

Gramática. Díjome a mí si quería ir, y yo, que no deseaba otra

cosa sino salir de tierra donde se oyese el nombre de aquel malvado

perseguidor de estómagos, ofrecí de servir a su hijo como vería. Y

con esto diole un criado para ayo que le gobernase la casa y tuviese

cuenta del dinero del gasto, que nos daba remitido en cédulas para un

hombre que se llamaba Julián Merluza. Pusimos el hato en el carro de

un Diego Monje; era una media camita y otra de cordeles con ruedas

para meterla debajo de la otra mía y del mayordomo, que se llamaba

Baranda, cinco colchones, ocho sábanas, ocho almohadas, cuatro

tapices, un cofre con ropa blanca, y las demás zarandajas de casa.

Nosotros nos metimos en un coche, salimos a la tardecica, una hora

antes de anochecer, y llegamos a la media noche, poco más, a la

siempre maldita venta de Viveros.

El ventero era morisco y ladrón, que en mi vida vi perro y gato

juntos con la paz que aquel día. Hízonos gran fiesta, y como él y

los ministros del carretero iban horros (que ya había llegado

también con el hato antes, porque nosotros veníamos de espacio),

pegóse al coche, diome a mí la mano para salir del estribo, y

díjome si iba a estudiar. Yo le respondí que sí; metióme adentro,

y estaban dos rufianes con unas mujercillas; un cura rezando al olor;

un viejo mercader y avariento procurando olvidarse de cenar andaba

esforzando sus ojos que se durmiesen en ayunas; arremedaba los

bostezos, diciendo: -«Más me engorda un poco de sueño que cuantos

faisanes tiene el mundo». Dos estudiantes fregones, de los de

mantellina, panzas al trote, andaban aparecidos por la venta para

engullir. Mi amo, pues, como más nuevo en la venta y muchacho, dijo:

-Señor huésped, déme lo que hubiere para mí y mis criados.

-Todos los somos de V. Md. -dijeron al punto los rufianes-, y le hemos

de servir. Hola, güésped, mirad que este caballero os agradecerá lo

que hiciéredes. Vaciad la dispensa.

Y, diciendo esto, llegóse el uno y quitóle la capa, y dijo:

-Descanse V. Md., mi señor.

Y púsola en un poyo. Estaba yo con esto desvanecido y hecho dueño de

la venta. Dijo una de las mujeres:

-¡Qué buen talle de caballero! ¿Y va a estudiar? ¿Es V. Md. su

criado?

Yo respondí, creyendo que era así como lo decían, que yo y el otro

lo éramos. Preguntáronme su nombre, y no bien lo dije, cuando el uno

de los estudiantes se llegó a él medio llorando y dándole un abrazo

apretadísimo, dijo:

-Oh, mi señor don Diego, ¿quién me dijera a mí, agora diez años,

que había de ver yo a V. Md. de esta manera? ¡Desdichado de mí, que

estoy tal que no me conocerá V. Md.!

Él se quedó admirado, y yo también, que juráramos entrambos no

haberle visto en nuestra vida. El otro compañero andaba mirando a don

Diego a la cara, y dijo a su amigo:

-¿Es este señor de cuyo padre me dijistes vos tantas cosas? ¡Gran

dicha ha sido nuestra conocelle según está de grande! ¡Dios le

guarde!

Y empezó a santiguarse. ¿Quién no creyera que se habían criado con

nosotros? Don Diego se le ofreció mucho, y preguntándole su nombre,

salió el ventero y puso los manteles, y oliendo la estafa, dijo:

-Dejen eso, que después de cenar se hablará, que se enfría.

Llegó un rufián y puso asientos para todos y una silla para don

Diego, y el otro trujo un plato. Los estudiantes dijeron:

-Cene V. Md., que, entre tanto que a nosotros nos aderezan lo que

hubiere, le serviremos a la mesa.

-¡Jesús! -dijo don Diego-; V. Mds. se sienten, si son servidos.

Y a esto respondieron los rufianes, no hablando con ellos:

-Luego, mi señor, que aún no está todo a punto.

Yo, cuando vi a los unos convidados y a los otros que se convidaban,

afligíme y temí lo que sucedió. Porque los estudiantes tomaron la

ensalada, que era un razonable plato, y mirando a mi amo, dijeron:

-No es razón que donde está un caballero tan principal se queden

estas damas sin comer. Mande V. Md. que alcancen un bocado.

Él, haciendo del galán, convidólas. Sentáronse, y entre los dos

estudiantes y ellas no dejaron sino un cogollo, en cuatro bocados, el

cual se comió don Diego. Y al dársele, aquel maldito estudiante le

dijo:

-Un abuelo tuvo V. Md., tío de mi padre, que jamás comió lechugas,

y son malas para la memoria, y más de noche, y éstas no son tan

buenas.

Y diciendo esto sepultó un panecillo, y el otro, otro. Pues ¿las

mujeres? Ya daban cuenta de un pan, y el que más comía era el cura,

con el mirar sólo. Sentáronse los rufianes con medio cabrito asado y

dos lonjas de tocino y un par de palomas cocidas, y dijeron:

-Pues padre, ¿ahí se está? Llegue y alcance, que mi señor don

Diego nos hace merced a todos.

Pesia diez, la Iglesia ha de ser la primera.

No bien se lo dijeron, cuando se sentó. Ya, cuando vio mi amo que

todos se le habían encajado, comenzóse a afligir. Repartiéronlo

todo y a don Diego dieron no sé qué huesos y alones diciendo que

«del cabrito el huesecito y del ave el aloncito» y que el refrán lo

decía. Con lo cual nosotros comimos refranes y ellos aves. Lo demás

se engulleron el cura y los otros.

Decían los rufianes:

-No cene mucho, señor, que le hará mal.

Y replicaba el maldito estudiante:

-Y más que es menester hacerse a comer poco para la vida de Alcalá.

Yo y el otro criado estábamos rogando a Dios que les pusiese en

corazón que dejasen algo. Y ya que lo hubieron comido todo y que el

cura repasaba los huesos de los otros, volvió el un rufián y dijo:

-Oh, pecador de mí, no habemos dejado nada a los criados. Vengan

aquí V. Mds. Ah, señor güésped, déles todo lo que hubiere; vea

aquí un doblón.

Tan presto saltó el descomulgado pariente de mi amo (digo el

estudiantón) y dijo:

-Aunque V. Md. me perdone, señor hidalgo, debe de saber poco de

cortesía. ¿Conoce, por dicha, a mi señor primo? Él dará a sus

criados, y aun a los nuestros si los tuviéramos, como nos ha dado a

nosotros.

Y volviéndose a don Diego, que estaba pasmado, dijo:

-No se enoje V. Md., que no le conocían.

Maldiciones le eché cuando vi tan gran disimulación que no pensé

acabar.

Levantaron las mesas y todos dijeron a don Diego que se acostase. Él

quería pagar la cena y replicáronle que no lo hiciese, que a la

mañana habría lugar. Estuviéronse un rato parlando; preguntóle su

nombre al estudiante, y él dijo que se llamaba tal Coronel. (En los

infiernos descanse, dondequiera que está.) Vio al avariento que

dormía, y dijo:

-¿V. Md. quiere reír? Pues hagamos alguna burla a este mal viejo,

que no ha comido sino un pero en todo el camino, y es riquísimo.

Los rufianes dijeron:

-Bien haya el licenciado; hágalo, que es razón.

Con esto, se llegó y sacó al pobre viejo, que dormía, de debajo de

los pies unas alforjas, y desenvolviéndolas halló una caja, y como

si fuera de guerra hizo gente. Llegáronse todos, y abriéndola, vio

ser de alcorzas. Sacó todas cuantas había y en su lugar puso

piedras, palos y lo que halló, y encima dos o tres yesones y un

tarazón de teja. Cerró la caja y púsola donde estaba, y dijo:

-Pues aún no basta, que bota tiene el viejo.

Sacóla el vino y desenfundando una almohada de nuestro coche,

después de haber echado un poco de vino debajo, se la llenó de lana

y estopa, y la cerró. Con esto, se fueron todos a acostar para una

hora que quedaba o media, y el estudiante lo puso todo en las

alforjas, y en la capilla del gabán le echó una gran piedra, y fuese

a dormir.

Llegó la hora de caminar; despertaron todos, y el viejo todavía

dormía. Llamáronle, y al levantarse, no podía levantar la capilla

del gabán. Miró lo que era, y el mesonero adrede le riñó,

diciendo:

-Cuerpo de Dios, ¿no halló otra cosa que llevarse, padre, sino esa

piedra? ¿Qué les parece a V. Mds., si yo no lo hubiera visto? Cosa

es que estimo en más de cien ducados, porque es contra el dolor de

estómago.

Juraba y perjuraba diciendo que no había metido él tal en la

capilla.

Los rufianes hicieron la cuenta, y vino a montar de cena sólo treinta

reales, que no entendiera Juan de Leganés la suma. Decían los

estudiantes:

-No pide más un ochavo.

Y respondió un rufián:

-No, sino burlárase con este caballero delante de nosotros; aunque

ventero, sabe lo que ha de hacer. Déjese V. Md. gobernar, que en mano

está...

Y tosiendo, cogió el dinero, contólo y, sobrando del que sacó mi

amo cuatro reales, los asió, diciendo:

-Éstos le daré de posada, que a estos pícaros con cuatro reales se

les tapa la boca.

Quedamos asustados con el gasto. Almorzamos un bocado, y el viejo

tomó sus alforjas y, porque no viésemos lo que sacaba y no partir

con nadie, desatólas a oscuras debajo del gabán, y agarrando un

yesón echósele en la boca y fuele a hincar una muela y medio diente

que tenía, y por poco los perdiera. Comenzó a escupir y hacer gestos

de asco y de dolor; llegamos todos a él, y el cura el primero,

diciéndole que qué tenía. Empezóse a ofrecer a Satanás; dejó

caer las alforjas; llegóse a él el estudiante, y dijo:

-¡Arriedro vayas, cata la cruz!

Otro abrió un breviario; hiciéronle creer que estaba endemoniado,

hasta que él mismo dijo lo que era, y pidió que le dejasen enjaguar

la boca con un poco de vino, que él traía bota. Dejáronle y,

sacándola, abrióla; y echando en un vaso un poco de vino, salió con

la lana y estopa un vino salvaje, tan barbado y velloso que no se

podía beber ni colar. Entonces acabó de perder la paciencia el

viejo, pero viendo las descompuestas carcajadas de risa, tuvo por bien

el callar y subir en el carro con los rufianes y las mujeres. Los

estudiantes y el cura se ensartaron en dos borricos, y nosotros nos

subimos en el coche; y no bien comenzó a caminar cuando unos y otros

nos comenzaron a dar vaya, declarando la burla. El ventero decía:

-Señor nuevo, a pocas estrenas como ésta, envejecerá.

El cura decía:

-Sacerdote soy; allá se lo diré de misas.

Y el estudiante maldito voceaba:

-Señor primo, otra vez rásquese cuando le coman y no después.

El otro decía:

-Sarna de V. Md., señor don Diego.

Nosotros dimos en no hacer caso; Dios sabe cuán corridos íbamos. Con

estas y otras cosas, llegamos a la villa; apeámonos en un mesón, y

en todo el día, que llegamos a las nueve, acabamos de contar la cena

pasada, y nunca pudimos en limpio sacar el gasto. Quejábamonos

nosotros a don Alonso, y el Cabra le hacía creer que lo hacíamos por

no asistir al estudio. Con esto no nos valían plegarias.

Metió en casa la vieja por ama, para que guisase de comer y sirviese

a los pupilos y despidió al criado porque le halló un viernes a la

mañana con unas migajas de pan en la ropilla. Lo que pasamos con la

vieja, Dios lo sabe. Era tan sorda que no oía nada; entendía por

señas; ciega, y tan gran rezadora que un día se le desensartó el

rosario sobre la olla y nos la trujo con el caldo más devoto que he

comido. Unos decían: -«¡Garbanzos negros! Sin duda son de

Etiopía». Otro decía: -«¡Garbanzos con luto! ¿Quién se les

habrá muerto?» Mi amo fue el primero que se encajó una cuenta, y al

mascarla se quebró un diente. Los viernes solía inviar unos güevos,

con tantas barbas fuerza de pelos y canas suyas que pudieran pretender

corregimiento u abogacía Pues meter el badil por el cucharón y

inviar una escudilla de caldo empedrada era ordinario. Mil veces topé

yo sabandijas, palos y estopa de la que hilaba en la olla. Y todo lo

metía para que hiciese presencia en las tripas y abultase.

Pasamos en este trabajo hasta la Cuaresma; vino, y a la entrada de

ella estuvo malo un compañero. Cabra, por no gastar, detuvo el llamar

médico hasta que ya él pedía confesión más que otra cosa. Llamó

entonces un platicante, el cual le tomó el pulso y dijo que la hambre

le había ganado por la mano en matar aquel hombre. Diéronle el

Sacramento, y el pobre, cuando le vio (que había un día que no

hablaba), dijo:

-Señor mío Jesucristo, necesario ha sido el veros entrar en esta

casa para persuadirme que no es el infierno.

Imprimiéronseme estas razones en el corazón. Murió el pobre mozo,

enterrámosle muy pobremente por ser forastero, y quedamos todos

asombrados. Divulgóse por el pueblo el caso atroz, llegó a oídos de

don Alonso Coronel y como no tenía otro hijo, desengañóse de los

embustes de Cabra y comenzó a dar más crédito a las razones de dos

sombras, que ya estábamos reducidos a tan miserable estado. Vino a

sacarnos del pupilaje y teniéndonos delante nos preguntaba por

nosotros. Y tales nos vio que sin aguardar a más, tratando muy mal de

palabra al licenciado Vigilia, nos mandó llevar en dos sillas a casa.

Despedímonos de los compañeros, que nos seguían con los deseos y

con los ojos, haciendo las lástimas que hace el que queda en Argel

viendo venir rescatados por la Trinidad sus compañeros.

* * * * *

Libro Primero: Capítulo V: De la entrada de Alcalá, patente y burlas

que le hicieron por nuevo.

Antes que anocheciese salimos del mesón a la casa que nos tenían

alquilada, que estaba fuera la puerta de Santiago, patio de

estudiantes donde hay muchos juntos, aunque esta teníamos entre tres

moradores diferentes no más. Era el dueño y huésped de los que

creen en Dios por cortesía o sobre falso; moriscos los llaman en el

pueblo. Recibióme, pues, el huésped con peor cara que si yo fuera el

Santísimo Sacramento. Ni sé si lo hizo porque le comenzásemos a

tener respeto o por ser natural suyo de ellos, que no es mucho que

tenga mala condición quien no tiene buena ley. Pusimos nuestro

hatillo, acomodamos las camas y lo demás, y dormimos aquella noche.

Amaneció, y helos aquí en camisa a todos los estudiantes de la

posada a pedir la patente a mi amo. Él, que no sabía lo que era,

preguntóme que qué querían, y yo, entre tanto, por lo que podía

suceder, me acomodé entre dos colchones y sólo tenía la media

cabeza fuera, que parecía tortuga. Pidieron dos docenas de reales;

diéronselos y con tanto comenzaron una grita del diablo, diciendo:

-¡Viva el compañero, y sea admitido en nuestra amistad! Goce de las

preeminencias de antiguo. Pueda tener sarna, andar manchado y padecer

la hambre que todos.

Y con esto (¡mire V. Md. qué previlegios!) volaron por la escalera,

y al momento nos vestimos nosotros y tomamos el camino para escuelas.

A mi amo apadrináronle unos colegiales conocidos de su padre y entró

en su general, pero yo, que había de entrar en otro diferente y fui

solo, comencé a temblar. Entré en el patio, y no hube metido bien un

pie, cuando me encararon y comenzaron a decir: -«¡Nuevo!». Yo por

disimular di en reír, como que no hacía caso; mas no bastó, porque

llegándose a mí ocho o nueve, comenzaron a reírse. Púseme

colorado; nunca Dios lo permitiera, pues al instante se puso uno que

estaba a mi lado las manos en las narices y apartándose, dijo:

-Por resucitar está este Lázaro, según olisca.

Y con esto todos se apartaron tapándose las narices. Yo, que me

pensé escapar, puse las manos también y dije:

-V. Mds. tienen razón, que huele muy mal.

Dioles mucha risa y, apartándose, ya estaban juntos hasta ciento.

Comenzaron a escarrar y tocar al arma y en las toses y abrir y cerrar

de las bocas, vi que se me aparejaban gargajos. En esto, un manchegazo

acatarrado hízome alarde de uno terrible, diciendo:

-Esto hago.

Yo entonces, que me vi perdido, dije:

-¡Juro a Dios que ma...!

Iba a decir te, pero fue tal la batería y lluvia que cayó sobre mí,

que no pude acabar la razón. Yo estaba cubierto el rostro con la

capa, y tan blanco, que todos tiraban a mí, y era de ver cómo

tomaban la puntería. Estaba ya nevado de pies a cabeza, pero un

bellaco, viéndome cubierto y que no tenía en la cara cosa, arrancó

hacia mí diciendo con gran cólera:

-¡Baste, no le déis con el palo!

Que yo, según me trataban, creí de ellos que lo harían. Destapéme

por ver lo que era, y al mismo tiempo, el que daba las voces me

enclavó un gargajo en los dos ojos. Aquí se han de considerar mis

angustias. Levantó la infernal gente una grita que me aturdieron, y

yo, según lo que echaron sobre mí de sus estómagos, pensé que por

ahorrar de médicos y boticas aguardan nuevos para purgarse. Quisieron

tras esto darme de pescozones pero no había dónde sin llevarse en

las manos la mitad del afeite de mi negra capa, ya blanca por mis

pecados. Dejáronme, y iba hecho zufaina de viejo a pura saliva. Fuime

a casa, que apenas acerté, y fue ventura el ser de mañana, pues

sólo topé dos o tres muchachos, que debían de ser bien inclinados

porque no me tiraron más de cuatro o seis trapajos y luego me

dejaron.

Entré en casa, y el morisco que me vio comenzóse a reír y a hacer

como que quería escupirme. Yo, que temí que lo hiciese, dije:

-Tené, huésped, que no soy Ecce-Homo.

Nunca lo dijera, porque me dio dos libras de porrazos, dándome sobre

los hombros con las pesas que tenía. Con esta ayuda de costa, medio

derrengado, subí arriba; y en buscar por dónde asir la sotana y el

manteo para quitármelos, se pasó mucho rato. Al fin, le quité y me

eché en la cama y colguélo en una azutea. Vino mi amo y como me

halló durmiendo y no sabía la asquerosa aventura, enojóse y

comenzó a darme repelones con tanta prisa, que a dos más, despierto

calvo. Levantéme dando voces y quejándome, y él, con más cólera,

dijo:

-¿Es buen modo de servir ése, Pablos? Ya es otra vida.

Yo, cuando oí decir «otra vida», entendí que era ya muerto, y

dije:

-Bien me anima V. Md. en mis trabajos. Vea cuál está aquella sotana

y manteo, que ha servido de pañizuelo a las mayores narices que se

han visto jamás en paso, y mire estas costillas.

Y con esto empecé a llorar. Él, viendo mi llanto, creyólo, y

buscando la sotana y viéndola, compadecióse de mí y dijo:

-Pablos, abre el ojo que asan carne. Mira por ti, que aquí no tienes

otro padre ni madre.

Contéle todo lo que había pasado y mandóme desnudar y llevar a mi

aposento (que era donde dormían cuatro criados de los huéspedes de

casa). Acostéme y dormí; y con esto, a la noche, después de haber

comido y cenado bien, me hallé fuerte y ya como si no hubiera pasado

por mí nada. Pero, cuando comienzan desgracias en uno, parece que

nunca se han de acabar, que andan encadenadas y unas traían a otras.

Viniéronse a acostar los otros criados y, saludándome todos, me

preguntaron si estaba malo y cómo estaba en la cama. Yo les conté el

caso y, al punto, como si en ellos no hubiera mal ninguno, se

empezaron a santiguar, diciendo:

-No se hiciera entre luteranos. ¿Hay tal maldad?

Otro decía:

-El retor tiene la culpa en no poner remedio. ¿Conocerá los que

eran?

Yo respondí que no, y agradecíles la merced que me mostraban hacer.

Con esto se acabaron de desnudar, acostáronse, mataron la luz, y

dormíme yo, que me parecía que estaba con mi padre y mis hermanos.

Debían de ser las doce cuando el uno de ellos me despertó a puros

gritos, diciendo:

-¡Ay, que me matan! ¡Ladrones!

Sonaban en su cama, entre estas voces, unos golpazos de látigo. Yo

levanté la cabeza y dije:

-¿Qué es eso?

Y apenas la descubrí, cuando con una maroma me asentaron un azote con

hijos en todas las espaldas. Comencé a quejarme; quíseme levantar;

quejábase el otro también; dábanme a mí sólo. Yo comencé a

decir:

-¡Justicia de Dios!

Pero menudeaban tanto los azotes sobre mí, que ya no me quedó, por

haberme tirado las frazadas abajo, otro remedio sino el de meterme

debajo de la cama. Hícelo así, y al punto los tres que dormían

empezaron a dar gritos también, y como sonaban los azotes, yo creí

que alguno de fuera nos daba a todos. Entre tanto, aquel maldito que

estaba junto a mí se pasó a mi cama y proveyó en ella, y cubrióla,

volviéndose a la suya. Cesaron los azotes y levantáronse con grandes

gritos todos cuatro, diciendo:

-¡Es gran bellaquería, y no ha de quedar así!

Yo todavía me estaba debajo de la cama quejándome como perro cogido

entre puertas, tan encogido que parecía galgo con calambre. Hicieron

los otros que cerraban la puerta, y yo entonces salí de donde estaba

y subíme a mi cama, preguntando si acaso les habían hecho mal. Todos

se quejaban de muerte.

Acostéme y cubríme y torné a dormir, y como entre sueños me

revolcase, cuando desperté halléme proveído y hecho una necesaria.

Levantáronse todos y yo tomé por achaque los azotes para no

vestirme. No había diablos que me moviesen de un lado. Estaba

confuso, considerando si acaso, con el miedo y la turbación, sin

sentirlo, había hecho aquella vileza, o si entre sueños. Al fin, yo

me hallaba inocente y culpado y no sabía cómo disculparme.

Los compañeros se llegaron a mí, quejándose y muy disimulados, a

preguntarme cómo estaba; yo les dije que muy malo, porque me habían

dado muchos azotes. Preguntábales yo que qué podía haber sido, y

ellos decían:

-A fe que no se escape, que el matemático nos lo dirá. Pero, dejando

esto, veamos si estáis herido, que os quejábades mucho.

Y diciendo esto, fueron a levantar la ropa con deseo de afrentarme. En

esto, mi amo entró diciendo:

-¿Es posible, Pablos, que no he de poder contigo? Son las ocho ¿y

estáste en la cama? ¡Levántate enhoramala!

Los otros, por asegurarme, contaron a don Diego el caso todo y

pidiéronle que me dejase dormir. Y decía uno:

-Y si V. Md. no lo cree, levantad, amigo.

Y agarraba de la ropa. Yo la tenía asida con los dientes por no

mostrar la caca. Y cuando ellos vieron que no había remedio por aquel

camino, dijo uno:

-¡Cuerpo de Dios y cómo hiede!

Historia de la vida del Buscón, llamado Don Pablos, ejemplo de vagabundos y espejo de tacaños · 第 1 / 9 段