--¡No! ¡Nunca!--rugí con furor, estrujando la carta y monologando a
largos pasos por el claustro.--¡No, por Dios o por el demonio! ¿Ir de
nuevo a recorrer los caminos de la China? ¡Jamás! ¡Oh, suerte grotesca
y desastrosa! ¡Dejé mi regalada vida del Loreto, mi nido amoroso de
París, vengo volando como un tordo desde Marsella a Shang-Hai, sufro las
pulgas de las habitaciones chinas, el hedor de las casas, la polvoreda
de los caminos áridos ¿para qué? Tenía un plan que se levantaba hasta
los cielos, grandioso y ornamentado como un trofeo; en él brillaban de
alto abajo, toda suerte de acciones buenas, y he aquí, que de pronto lo
veo caer al suelo, pieza tras pieza, convertido en furia!
Quería dar mi nombre, mis millones, y la mitad de mi lecho de oro a una
señora de la familia de Ti-Chin-Fú, y no me lo permiten los prejuicios
sociales de una raza bárbara. Pretendo, con el botón de cristal del
Mandarín, reconstituir los destinos de China, traerle nuevas
prosperidades, y me lo veda la ley imperial. Aspiro a conceder una
limosna sin fin a este populacho hambriento, y corro el peligro de ser
decapitado como instigador de rebeliones. Vengo a socorrer a un pueblo y
la turba amotinada me apedrea. Iba, en fin, a brindar el reposo, la
comodidad que alababa Confucio, a la familia Ti-Chin-Fú, y esa familia
evapórase como el humo, y otras familias surgen aquí y allá vagamente,
al Sur y al Oeste, como claridades engañosas.
¿Y tenía que ir a Cantón, a Ka-ó-lí, a exponer otra oreja a las piedras
brutales, huir aún por caminos descampados, agarrado a las crines de un
potro? ¡Jamás!
Me paré, y con los brazos en alto, hablando a las arcadas del claustro,
a los árboles, al aire silencioso y frío que me envolvía:
--¡Ti-Chin-Fú--bramé,--Ti-Chin-Fú, para aplacarte hice todo lo que era
racional, generoso y lógico! ¿Estás, en fin, satisfecho, letrado
venerable, tú, tu papagayo gentil, y tu panza artificial? ¡Háblame!
¡Háblame!
Escuché, miré: la garrucha del pozo, en aquella hora del mediodía,
chirriaba dulcemente en el patio; sobre las moreras, a lo lejos de las
arcadas, se secaban sobre papel de seda las hojas de té de la cosecha de
octubre; de las puertas medio cerradas del aula venía un susurro lento
de declinaciones latinas.
Reinaba una paz severa, producto de la simplicidad de las ocupaciones o
de la austeridad de los estudios y el aire pastoril de aquella colina,
donde dormía bajo un sol blanco de invierno, el pueblo religioso. Y en
aquel sereno ambiente, me pareció que descendía a mi alma, de repente,
una paz absoluta.
Encendí con los dedos aún trémulos un cigarro, y dije, limpiándome una
gota de sudor que corría por mi frente, estas palabras, resumen de mi
destino:
--Bien, Ti-Chin-Fú está contento.
Fuí luego a la celda del excelente padre Julio; leía su breviario cerca
de la ventana, saboreando confites de azúcar, con el gato del convento
sobre el hombro.
--Reverendísimo padre, me vuelvo a Europa. ¿Alguno de vuestros
compañeros va acaso en misión hacia Shang-Hai?
El venerable superior se caló los lentes, y hojeando un ámplio registro
en letra china, murmuró así:
--Quinto día de la décima luna. Sí, el padre Anacleto va a Tien-Tsin, a
hacer una novena. Duodécima luna, el padre Sánchez para Tien-Tsin
también, a explicar el catecismo a los huérfanos. Sí, tendrá compañía
hasta Leste.
--¿Mañana?
--Mañana. Es dolorosa la separación en estos confines del mundo, cuando
las almas se comprenden bien en Jesús. El padre Gutiérrez le arreglará
una buena fiambrera. Nosotros ya le amábamos como a un hermano, mi
querido Teodoro. Coma un confite, son deliciosos. Las cosas están en
feliz reposo, cuando se hallan en su lugar natural; el lugar del corazón
humano es el corazón de Dios, y el suyo está en este asilo seguro. Coma
otro confite. ¿Qué es eso, hijo mío, qué es eso?
Yo estaba colocando sobre el breviario abierto, en una página del
Evangelio de la pobreza, un fajo de billetes del «Banco de Inglaterra»,
y balbuceé:
--Un recuerdo para sus pobres...
--Excelente, excelente... Nuestro buen padre Gutiérrez le preparará una
fiambrera superior... «Amén», hijo mío. «In Deo omnia spes...»
* * * * *
Al día siguiente, montado en una mula blanca del convento y acompañado
del padre Anacleto y el padre Sánchez, descendí del convento al repique
de las campanas. Y allá vamos, hacia Hiang-Hiano, villa negra y
amurallada, donde atracan los barcos que descienden de Tien-Tsin.
Ya las tierras a lo largo del Pei-Hó estaban todas blancas de nieve; en
las ensenadas bajas el agua empezaba ya a helarse, y envuelto en pieles
de carnero, alrededor de las hogueras, en la popa del barco, los buenos
padres y yo íbamos conversando de los trabajos de los misioneros, de las
cosas de la China, y a veces de las cosas del cielo, mientras corría de
mano en mano el frasco de ginebra.
En Tien-Tsin, me separé de aquellos santos camaradas.
Y después de dos semanas, en un día de sol, me paseaba fumando un
cigarro y mirando las luchas de perros en el puerto de Hong-Kong, sobre
la cubierta del «Java»; que iba a levar anclas con rumbo a Europa.
Fué un momento conmovedor para mí, aquel en que a las primeras vueltas
de la hélice, vi alejarme de la tierra de China.
Desde que desperté, durante aquella mañana, una inquietud sorda
comenzaba de nuevo a invadir mi alma. Ahora pensaba en que había ido a
aquel vasto imperio a calmar por la expiación una protesta temerosa de
la conciencia, y por fin, impelido por una impaciencia nerviosa, partía,
sin haber hecho más que deshonrar los bigotes blancos de un general
heróico y haber recibido una pedrada en la oreja en una ciudad de los
confines de la Mongolia.
--¡Extraño destino el mío!
Hasta el anochecer estuve recostado sombríamente en la borda del buque,
viendo el mar liso como una vasta pieza de seda azul, doblarse a los
lados en pliegues suaves; poco a poco grandes estrellas palpitaron en la
concavidad negra, y la hélice en la sombra iba trabajando rítmicamente.
Me paseé errante por la cubierta, mirando aquí y allí la brújula
iluminada, los montones de cabrestantes, las piezas de la máquina
envueltas en una claridad ardiente, golpeando con cadencia; la humareda
negra que se elevaba de las chimeneas ennegreciendo el firmamento; los
marineros de barba rubia inmóviles en sus puestos, y las figuras de los
pilotos sobre el puntal, altas y sombrías en la noche. En el camarote
del capitán, un inglés, con blanco casco a la cabeza, rodeado de damas
que bebían cognac, tocaba melancólicamente en la flauta el aria de
«Bonnie Dundée».
Eran las once cuando bajé a mi cámara. Las luces ya estaban apagadas;
mas la luna, que se erguía al nivel del agua, redonda y blanca, hería
los cristales del camarote con un rayo de claridad, y entonces, medio
oculta y pálida, ví rígida sobre la hamaca la figura panzuda del
Mandarín, vestido de seda amarilla con su papagayo entre las manos.
¡Era él otra vez!
Y fué él perpetuamente. Fué él en Singapore y en Ceilán. Fué él en los
arsenales del desierto, cuando pasamos por el Canal de Suez;
adelantándose en la proa de un barco mercante, cuando entramos en Malta,
resbalando sobre las rosadas montañas de Sicilia y emergiendo de los
mares que cercan el Peñón de Gibraltar. Cuando desembarqué en Lisboa, su
obesa figura llenaba todo el arco de la calle Angosta, y sus ojos
oblícuos y los dos ojos pintados de su cometa en figura de papagayo,
parecían fijos en mí.