VIII

Entonces, teniendo la certeza de que nunca podría aplacar a Ti-Chin-Fú,

pasé toda la noche en mi cuarto del Loreto, donde, como en otro tiempo,

las velas que ardían en los bruñidos candelabros de plata daban a los

rojos damascos tonos de sangre fresca, medité despojarme, como de un

adorno de pecado, de aquellos millones sobrenaturales.

¡Y así me libraría tal vez de aquella panza amarilla, y de aquella

cometa abominable!

Abandoné el palacio del Loreto, y con él mi existencia de Nabab.

Regresé a mi habitación de la casa de la viuda de Marques, y volví a la

oficina a implorar mis veinticinco duros mensuales y mi dulce pluma de

amanuense.

Mas un sufrimiento mayor vino a amargar mis días. Juzgándome arruinado,

todos aquéllos que mi opulencia humilló, cubriéronme de ofensas. Los

periódicos, con triunfal ironía, publicaron mi miseria. La aristocracia,

que balbuceaba adulaciones, inclinada a mis pies de Nabab, ordenaba

ahora a sus cocheros que atropellasen en las calles el cuerpo encogido

del escribiente de secretaría.

El clero, a quien yo había enriquecido, me acusaba de hechicero, el

pueblo me apedreaba, y la viuda de Marques, cuando me quejaba de la

dureza granítica de los garbanzos, poníase en jarras y gritaba:

--¿Qué quiere usted más? ¡Aguantarse! ¡Valiente perdulario!

Y a pesar de esta expiación, el viejo Ti-Chin-Fú, estaba siempre a mi

lado porque sus millones que yacían ahora intactos en los Bancos, eran,

desgraciadamente, míos.

Entonces, indignado, volví a mi palacio y a mi vida de lujo. Aquella

noche, de nuevo el resplandor de mis ventanas alumbró el Loreto, y por

el portón abierto viéronse, como en otro tiempo, negrear con sus

calzones de seda, las largas filas de lacayos decorativos.

Luego, Lisboa, sin excepción, se arrojó a mis pies. La viuda de Marques

me llamó llorando: «hijo de mi corazón.»

Los periódicos me otorgaron los calificativos que, según la tradición,

pertenecen a los dioses. ¡Fuí el omnipotente, el omnisciente! La

aristocracia me besó los pies como a un tirano y el clero me incensó

como a un viejo ídolo. Y mi desprecio por la humanidad fué tan grande,

que se extendió hasta el mismo Dios que la creó.

Desde entonces, una saciedad enervante me mantuvo durante semanas

enteras tendido en un sofá, mudo y terrible, pensando en la felicidad

del «no ser...»

Una noche, regresando solo por una calle desierta, vi delante de mí al

personaje vestido de negro, con el paraguas debajo del brazo, el mismo

que en mi cuarto tranquilo y feliz de la travesía de la Concepción, me

hiciera a un «tilín-tín» de campanilla, heredar tantos despreciables

millones. Corrí hacia él; le agarré por la solapa des su levita

burguesa, gritándole:

--¡Líbrame de mis riquezas! ¡Resucita al Mandarín! ¡Devuélveme la paz de

la miseria!

El, pasó gravemente su paraguas debajo del otro brazo, y respondió con

bondad:

--¡No puede ser, mi apreciable señor, no puede ser!

Yo me arrojé a sus pies haciéndole una súplica abyecta, mas sólo ví

delante de mí, bajo la luz mortecina de un reverbero de gas, la forma

escuálida de un perro hambriento hociqueando en el lodo.

Nunca he vuelto a encontrar a tal individuo. Y ahora, el mundo me parece

un inmenso montón de ruinas donde mi alma solitaria, como un desterrado

que vaga por entre columnas caídas, gime continuamente.

Las flores de mis aposentos se marchitan y nadie las renueva; la luz me

parece una antorcha fúnebre, y cuando mis amadas vienen envueltas en la

blancura de sus peinadores a acostarse en mi lecho, lloro, como si viera

la legión amortajada de mis alegrías muertas.

Me siento morir. Tengo ya hecho mi testamento. En él lego mis millones

al Diablo, le pertenecen; él que los reclame y los reparta.

Y a vosotros, hombres, os lego solamente estas palabras sin comentario:

«¡Sólo sabe bien el pan que diariamente ganan nuestras manos; nunca

matéis al Mandarín!»

Y, todavía al morir, me consuela prodigiosamente esta idea: que de Norte

a Sur, de Oeste a Este, desde la Gran Muralla de Tartaria hasta las

ondas del mar Amarillo; en todo el vasto imperio de la China, ningún

mandarín quedaría vivo, si tú, tan fácilmente como yo, lo pudieras

suprimir y heredar sus millones, ¡oh, lector! criatura improvisada por

Dios, obra mala de mala arcilla, mi semejante, y mi hermano.

El Mandarín · 第 15 / 21 题