La paz estaba definitivamente hecha.--El Doctor Macías.--Gotas
maravillosas.--Padre é hijo indios.--Lo pido á Macías.--Visita á
Epumer.
Las paces estaban definitivamente hechas.
El sufragio popular les había puesto su sello soberano en la junta.
Las sospechas habían desaparecido.
Yo era mirado ya como un indio.
Numerosas visitas llegaban á saludarme.
El viento de Leubucó me era favorable.
Los intrigantes, corridos y avergonzados, solicitaban mi perdón con
estudiadas sonrisas y amabilidades.
Fingí que no me había apercibido de sus manejos; estaba en tierra
diplomática, y reservé el castigo para la oportunidad debida.
El Dr. Macías me preocupaba.
Su espíritu abatido por las humillaciones y padecimientos que había
sufrido durante dos años, nada esperaba de los hombres.
Como el náufrago que después de haber luchado brazo á brazo con la
muerte, viendo venir la onda irritada que va á tragarle y sumergirle en
las frías y tenebrosas cavernas del océano, hace un esfuerzo supremo y
coge una tabla de salvación, que otros le arrebatan desesperados en el
instante mismo en que la barca del arrojado pescador viene en su ayuda,
así es la vida.
Las penas secan los ojos, las ingratitudes hielan el corazón; los
desengaños matan las últimas ilusiones; parecemos momias ambulantes,
descendiendo marcialmente sin consuelo por los obscuros escalones de la
eternidad, y sin embargo, algo nos estremece y nos conforta aún á la
manera de un sacudimiento galvánico, inefable: es la esperanza en Dios.
¡Ay de aquél que después de haber perdido la fe en todo, no conserva en
su esqueleto un santuario siquiera para refugiar en él esa fe pura!
Macías no creía que yo me atrevería á exigir su libertad; aunque no me
lo decía, lo comprendía. Abatido por el infortunio, me confundía con
los aduladores del cacique.
Su actitud era digna; aprovechaba toda ocasión de manifestar que su
existencia se hacía cada día más insoportable, pero no suplicaba.
El desgraciado tenía impresas en su frente las huellas de un dolor
punzante, reconcentrado; celaje de amargura; sus grandes ojos negros
rasgados, vagaban inquietos, fijábanse á veces en tierra, y al
recordar, sin duda, la dulce libertad perdida, brillaban cristalizados
por comprimido lloro.
Macías tiene cuarenta años; es hijo de una respetable familia de Buenos
Aires y está enlazado á una joven de origen inglés.
Su padre es un español conocido en este comercio.
Imaginaos un árabe con gran nariz aguileña, de barba y cabello canos y
tendréis su retrato.
Sus primeros estudios los hizo en la escuela del señor don Juan A. de
la Peña, donde yo le conocí.
Después cursó las aulas universitarias, preparándose para entrar en la
escuela de Medicina, de la que salió doctor.
Su vida ha tenido grandes alternativas; ha sido médico, leñatero en
las islas del Paraná é industrial en el Chaco, entre cuyos indios pasó
algunos años voluntariamente. Hay algo de poético, de novelesco y
misterioso en esta existencia, mas yo no debo descorrer el velo sino
hasta aquí.
Por muchísimos años, Macías y yo nos perdimos de vista; desde la última
vez que nos vimos en la escuela de primeras letras, no nos habíamos
vuelto á encontrar hasta el día de mi arribo á Leubucó.
Macías había tenido el desgraciado talento de ponerse mal en Tierra
Adentro con casi todos los que habían podido ayudarle á pasar los menos
malos ratos posibles.
Tiene un carácter extraño, indómito y dócil, firme y versátil á la vez.
Es capaz de acometer una empresa arriesgada y no tiene valor personal.
Estas dos últimas fases de su carácter explican su presencia entre los
indios, sin ser cautivo, y su falta de prestigio entre ellos.
Macías estaba en el Río 4.º por el año 1867.
El coronel Elía, jefe de la frontera de Córdoba, había iniciado una
negociación de paz con los indios.
Se ofreció y partió con las credenciales correspondientes.
Pero sea que el coronel Elía no estaba autorizado para negociar un
tratado de paz, sea lo que fuera, el hecho es que el plenipotenciario
fué abandonado á sus propios recursos y á su suerte.
Por falta de tacto ó por falta de suerte, fatalidad que suele
obscurecer las dotes más relevantes del hombre, burlar sus planes
y desvanecer sus ilusiones unas tras otras, lo mismo que los
vendavales deshojan los árboles más frondosos, Macías se convirtió de
plenipotenciario en prisionero.
Escribió y escribió; sus cartas no fueron contestadas. Hasta el soldado
que en calidad de asistente le acompañaba, le abandonó.
Sólo, sin sirviente ni medios de subsistencia, _maturrango_, ¿de qué
había de vivir, ni cómo había de escaparse?
Tuvo que aceptar el pan de los indios y de los cristianos refugiados
entre ellos por causas políticas.
Por debilidad, por falsos cálculos, por conveniencia, qué sé yo por
qué, se vinculó á los últimos y riñó con ellos después.
No le quedaba más arbitrio que apelar á los indios: se hizo amigo de
Mariano Rosas.
Mejoró de condición, y de prisionero se elevó á la categoría de
_secretario_.
Las primeras notas que yo recibí en el Río 4.º de aquel cacique, eran
escritas por mi antiguo condiscípulo.
Á la distancia le juzgué mal.
Corrían tantas historias sobre los motivos que lo llevaron á los
indios, que era muy difícil substraerse á la influencia de las
sospechas populares.
¿Quién resiste á los juicios de los conocidos sobre los desconocidos?
¿Cuál es la cabeza bastante fuerte para despreciarlos, para esperar?
¿El criterio que tenemos de la generalidad de las personas es acaso el
resultado de nuestra observación directa?
¿No amamos, no aborrecemos, no simpatizamos, no _antipatizamos_ por
refracción?
Una secretaría hace celosos en cualquier parte, lo mismo en París que
en Berlín, en Buenos Aires que en Leubucó.
Macías despertó la emulación de los cristianos.
Temieron su ascendiente.
Comenzaron á intrigarle y lo consiguieron.
Yo, desde el Río 4.º contribuí sin intención dañina á su caída.
Le juzgaba mal, ya he dicho por qué, y le escribí á Mariano Rosas, que
el secretario que tenía no era bueno, que sus notas decían todo lo
contrario de los recados que me llevaban sus mensajeros.
El hecho era cierto.
Lo que faltaba averiguar era: si Macías ponía lo que le mandaba ó no;
si las contradicciones entre lo que me escribían y me decían, no eran
gramática parda, diplomacia ranquelina.
El tiempo, iniciándome en las cosas de Leubucó, me aclaró el misterio
de todo.
Macías cumplía al pie de la letra las órdenes que recibía, sus notas le
eran leídas á Mariano Rosas por otros cristianos antes de salir de la
Cancillería de Tierra Adentro.
Macías cayó, pues, de la gracia y del favor.
Los que viéndole de secretario le consideraban, le abandonaron, y los
que ni por eso le habían considerado, redoblaron sus hostilidades.
Tuvo que pasar por todo linaje de humillaciones, quedando agregado como
uno de tantos al toldo del cacique.
Dormía donde le tomaba la noche; comía donde le daban la limosna de una
_tumba_ de carne; sus vestiduras eran pobrísimas.
¡Desgraciado Macías!
Cuando yo le vi, su traje consistía en una camisa sucia y rota, en
unos calzoncillos de algodón ordinario y un chiripá de paño viejo
colorado; un resto de sombrero cubría su frente y unas botas llenas de
agujeros era todo su calzado. Sus pies estaban destrozados, sus manos
encallecidas.
En una bolsa de cuero de gato tenía todo su caudal, hilo, botones,
piedritas, agujas, azúcar, hierbas medicinales, tabaco, hierba, papel,
y envuelto en un trapito un relicario de oro de cuatro fases, con los
retratos de sus padres y de sus dos hijos.
¡Desgraciado Macías!
¡Ah! imaginaos el efecto que me haría ver aquel hombre que había nacido
bien, que había recibido educación, gozado de la vida y frecuentado la
buena sociedad, reducido á aquella condición!
¡Él mismo no lo comprendió!
Me veía alegre, festivo, contento, fingiendo que todo cuanto me rodeaba
me parecía óptimo, y me creía insensible al infortunio.
Su corazón, atrofiado por el dolor, creía que el mío estaba seco.
¡Desgraciado Macías!
Los indios hablaban mal de él, le creían loco.
Los cristianos lo mismo; contaban cosas horribles del pobre.
Todos sus vicios se los atribuían á él.
En tal situación escribió al Presidente de la República.
No le contestaron.
¿Cómo le habían de contestar?
Sus cartas habían sido interceptadas y detenidas.
Llamé al capitán Rivadavia y le mandé preguntar con él á Mariano Rosas
si estaba visible.
Me contestó que fuera cuando quisiese, que estaba por almorzar.
Entré en su toldo.
Su cara revelaba la agitación de la noche; estaba más pálido que de
costumbre.
Al verme entrar me dijo, sin cambiar de postura (estaba sentado al lado
del fogón):
--Buenos días, hermano, dispense que no me pare, estoy medio enfermo.
Me insinuó un asiento á su lado.
Sentándome le contesté:
--Esté cómodo, hermano, ¿cómo ha pasado la noche?
--Mal--repuso, arrugando la frente como cuando un recuerdo mortificante
nos asalta.
--¿Qué tiene?
--Me duele la cabeza.
--¿Quiere tomar un remedio muy bueno que yo traigo?
--Lo tomaré si usted lo conoce.
Salí y volví al punto con un frasquito de _gotas_ maravillosas de la
corona.
Era todo mi botiquín.
Abrí el frasquito, pedí un jarro de agua, lo derramé dejándole sólo dos
dedos y eché en él sesenta gotas.
Para que las bebiera sin aprensión, le dije:
--Vea--proseguí, y esto diciendo tomé un trago.
--Si no tengo recelo, hermano--me contestó,--y tomándome el jarro bebió
hasta la última gota que contenía.
--Un poco amargo no más--dijo.
--Sí--repuse.
--¿Y ha descansado bien?
--Muy bien.
--¡Qué diablo de indios, eh!
--¡Hum! anduvo medio mal la cosa en la junta.
--¡Eh! no todos comprenden.
--¡Es cierto!
--Y su amigo, el padre Burela ¿por qué no le ayudó?
--No sé, estaba medio asustado, me parece.
Se sonrió, como diciendo, «uno y medio», y acariciando á uno de sus
hijos que se echó sobre sus rodillas, exclamó:
--¡Ese toro!
Era el hijo que había defendido á la madre la noche antes.
--Tiene muy buena cara--le dije.
--Pero no es bueno, ya me ha querido matar,--repuso, mirando al hijo
con una mezcla de complacencia y admiración.
El indiecito entendía lo que su padre hablaba; pero no le prestaba
atención.
Se desperezó, bostezó, se levantó, habló en la lengua y salió
_quebrándose_ como lo hacen sólo nuestros gauchos.
Mariano le siguió con la vista hasta la puerta del toldo, y volvió á
repetir:
--¡Toro, hermano!
--¿Cuántos años tiene?
--Debe tener...--me hizo la seña de doce con las manos.
--Es muy chico todavía.
--Pero es gaucho ya.
Trajeron el almuerzo; era lo de siempre: puchero con choclos y zapallo,
carne asada, de vaca y de yegua.
--Bueno, hermano--le dije,--yo pienso irme pronto para mandarle cuanto
antes las raciones.
--Cuando quiera, hermano--me contestó;--yo no tengo ya sino un poquito
que conversar con usted.
--Pienso irme dentro de dos días.
--Hablaremos mañana entonces.
--Está bien.
Me lo voy á llevar á Macías.
No me contestó; en su cara leí una negativa.
--Á usted no le sirve de nada aquí.
Siguió callado.
--Es un pobre diablo--le dije.
--Mire, hermano--me contestó; iba á proseguir; unas visitas nos
interrumpieron.
Saludaron y se sentaron.
Yo seguí almorzando, acabé, me levanté y diciéndole á Mariano: luego
conversaremos, salí del toldo bastante contrariado.
En seguida me fuí á visitar al cacique Epumer.
Mariano Rosas me prestó su caballo.
En el toldo de Epumer me recibieron con toda galantería.
En un rincón, acurrucado como un tullido, estaba el espía de Calfucurá,
que tanta curiosidad me dió en Quenque.
Me vió entrar como á un perro.
¿Qué hacía allí?