Revelación.--Más había sido el ruido que las nueces.--Nuevas
presentaciones.--El último abrazo y el último adiós de mi compadre
Baigorrita.--Otra vez adiós.--Mariano Rosas después de la junta.--¡Qué
dulce es la vida lejos del ruido y de los artificios de la
civilización!--Los enanos nos dan la medida de los gigantes y los
bárbaros la medida de la civilización.--Una mujer azotada.--No era
posible dormir tranquilo en Leubucó.
Mientras arrimaban las tropillas, descansaba y pensaba en el extraño
concilio á que acababa de asistir, estaba completamente abstraído
cuando se me presentó mi compadre Baigorrita.
Después de haberlo acompañado á Mariano Rosas cierta distancia, por
el camino de Leubucó, volvía sobre sus pasos con la intención de ir á
dormir en Quenque.
Llegó donde yo estaba, echó pie á tierra, se sentó á mi lado y me hizo
decir con San Martín.
Que ya se iba, que no extrañase que no hubiera hablado en la junta en
defensa mía, que no lo había hecho por los indios de Mariano, que si lo
hubiese hecho habrían dicho, que era más amigo mío que de ellos; que
yo tenía mucha _razón en mis razones_, que los hombres de experiencia
lo habían conocido, que ninguno lo había conocido mejor que Mariano
Rosas, pero que había tenido que portarse así, porque si no, sus
indios habrían dicho, que era más amigo mío que de ellos; que me fuera
sin cuidado, que Mariano era mi amigo, que tenía confianza en mí, y que
con él contara en todo tiempo para lo que gustara, que para qué nos
habíamos hecho compadres entonces.
Este lenguaje fué una revelación.
Recién comencé á ver claro y explicarme la actitud indiferente,
reconcentrada, ceñuda de mi compadre durante toda la junta. Á fuer de
diplomático, que conoce perfectamente bien el terreno que pisa, había
estado haciendo su papel.
Más había sido el ruido que las nueces, según se ve.
Faltaba averiguar si aquellos discípulos de Machiavello me habrían
dejado sacrificar dado el caso que el _pueblo bárbaro_, exasperado por
la razón de mis sinrazones, se me hubiera ido encima.
Estaba impaciente de conversar con Mariano Rosas á ver si me hablaba
con la misma franqueza de Baigorrita su aliado, á la vez que su rival
en la justa pretensión de adquirir prestigios entre todas las indiadas.
San Martín, completando el pensamiento de mi compadre, me dijo de su
cuenta:
--Así son los indios, señor; y como Baigorrita es cacique principal,
tiene que tener mucho cuidado con Mariano; los indios son muy
desconfiados y celosos; para andar bien con ellos, es preciso no
aparecer amigos de los cristianos.
Baigorrita le interrumpió y me hizo decir que ya era tarde, que quería
ponerse en marcha.
Mis tropillas acabaron de llegar; mandé mudar, la operación se hizo
prontamente y un momento después abandonamos la raya.
Ordené que mi séquito se fuera despacio por el camino de Leubucó, y
con Camilo Arias y un asistente tomé para el Sud en compañía de mi
compadre.
Varios indios, entre ellos el de las muletas, le acompañaban. Me
presentó á algunos que no me habían visitado en Quenque; tuve que
sufrir sus saludos, apretones de manos, abrazos y pedidos, y en el
sitio donde habíamos pasado la noche que precedió á la junta, nos
dijimos ¡adiós!
Conforme fué cordial la recepción de Baigorrita, así fué fría la
despedida.
Partimos al galope en opuestas direcciones.
Silencioso, contemplando la verde sábana de aquellas soledades, dejaba
que mi caballo se tendiera á sus anchas, cuando sentí un tropel á
retaguardia. Sin sujetar di vuelta, vi un grupo de jinetes; entre ellos
venía Baigorrita corriendo por alcanzarme.
Hice alto, alguna novedad ocurría.
Mi compadre llegó y San Martín me dijo:
--Dice Baigorrita, que viene á darle el último abrazo y el último
¡adiós!
Nos abrazamos, pues.
El indio me estrechó con efusión, y al desapartarnos, tomándome
vigorosamente la mano derecha y sacudiéndomela con fuerza, me dijo, con
visible expresión de cariño: ¡adiós! ¡compadre! ¡amigo!
--¡Adiós! ¡compadre! ¡amigo!--le contesté, y volvimos á separarnos.
Galopaba yo, apurando mi caballo por ver si alcanzaba mi gente antes de
que se pusiera el sol, cuando un jinete me alcanzó.
Era San Martín; lo mandaba Baigorrita á decirme otra vez adiós, me
enviaba sus más fervientes votos de felicidad, me hacía presente que le
había ofrecido otra visita, y para no desmentir en ningún momento que
era indio, me pedía que le mandara unas espuelas de plata.
Contesté á todo como debía, despaché al mensajero y seguí por el camino
que acababa de tomar.
Á poco andar me incorporé á mi gente. Adelante de ella iban varios
indios desparramados.
Entre ellos reconocí á Mariano Rosas, le acompañaba á la par su hijo
mayor.
Sintió el tropel de mis caballos, miró atrás, y al ver que era yo,
sujetó.
--Buenas tardes, hermano--me dijo con marcada amabilidad.
Jamás le había visto un aire tan amistoso.
--Buenas tardes--le contesté con estudiosa sequedad.
--Cómo le ha ido--prosiguió, diciéndole á su hijo:
--Saca esas perdices para mi hermano.
El hijo obedeció, y de unas alforjas sacó dos hermosas martinetas
cocidas y una torta.
Yo contesté:
--Me ha ido regular, hermano.
Tomó las perdices y la torta y me las pasó, diciéndome:
--Coma, hermano.
Su cara tenía una expresión de malicia particular; parecía que el indio
se reía interiormente.
Tomé las perdices, le pasé una, y media torta á los frailes, y el resto
lo partí con él.
Íbamos al trote masticando sin hablar.
--Galopemos--me dijo.
--No, mis caballos están pesados, no tengo apuro en llegar; galope
usted si tiene prisa--le contesté.
--¿Qué le ha parecido la junta?--me preguntó.
--¿Qué me ha parecido?--repuse, fijando en él mis ojos, como
diciéndole: Ya lo calculará usted.
Me entendió y dijo:
--Con estos indios se precisa mucha paciencia, es preciso conocerlos
bien, son muy desconfiados, en cuanto ven que uno es amigo de los
cristianos, ya piensan que los engañan. ¡Los han traicionado tantas
veces! Ya ve cómo ha estado su compadre Baigorrita.
--¿Pero de mí, qué podían temer?--le contesté.
--Nada, de usted nada.
--¿Y entonces?
--Pero si yo hubiera aprobado todas sus razones, quién sabe qué
hubieran dicho.
--¿Y si me hubiesen insultado, ó me hubieran querido matar?
--¡Cuándo!--fué toda su respuesta.
Y esto diciendo, se tendió al galope, añadiendo:
--Bueno, hermano, hasta luego, lo espero á comer.
--Bueno, hermano, ahorita no más estoy en Leubucó, voy á descansar un
rato en la Aguada--le contesté.
El sol se hundía del todo en la raya lejana: una ancha faja cárdena,
resplandeciente, radiosa, teñía el horizonte y con su lumbre purpúrea,
cambiante, hermosa, doraba las apiñadas nubes del Occidente, que, como
encumbradas montañas movedizas coronadas de eternas nieves, se alzaban
hasta el cielo á la manera de inmensas espirales y de informes figuras
de inconmensurable grandor.
El seco aquilón plegaba sus alas; las mansas y apacibles auras
jugueteaban galanas, refrescando la frente del viajero; el pasto
ondulaba como el irritado mar en sus profundidades insondables después
de la tempestad; las silvestres flores se erguían sobre su flexible
tallo, pintando los campos con colores vivaces; un perfume suavísimo,
delicado, imperceptible como la confusa reminiscencia del primer ósculo
de amor, vagaba envuelto entre las brisas embriagadoras.
Los últimos rayos solares refractándose en la atmósfera, envolvían
la tierra con el poético manto crepuscular; la moribunda luz del día
confundiéndose con las místicas sombras de la noche le abrían el paso á
la celeste viajera.
La luna brillaba ya entre tremulantes estrellas, como casta matrona
de plateados cabellos entre púdicas doncellas de rubia faz, cuando
llegábamos al borde de una lagunita, en cuyo espejo cristalino
innumerables aves acuáticas piaban en coro.
Hicimos alto, mandé mudar caballos, y sediento de reposo, me tendí
sobre las blandas pajas, haciendo de mis brazos cruzados cómoda
almohada.
¡Qué dulce es la vida, lejos del ruido y de los artificios de la
civilización!
¡Ay! una hora de libertad por los campos es un placer salvaje que yo
trocaría mañana mismo por un día entero de esta existencia vertiginosa.
Mientras ensillaban pensé en los sucesos del día, y, francamente, los
indios me trajeron á la memoria lo que pasa en los parlamentos de los
cristianos.
Mariano Rosas y Baigorrita, como dos jefes de partido, tenían el
terreno preparado, la votación segura; pero uno y otro antes de imponer
su voluntad habían lisonjeado las preocupaciones populares.
¿No es esto lo que vemos todos los días?
La paz y la guerra, ¿no se resuelve así?
¿El pueblo no tolera todo, hasta que se juegue su destino, con tal que
se le deje gritar un poco?
¿No hacen presidentes, gobernadores, diputados en nombre de ciertas
ideas, de ciertas tendencias, de ciertas aspiraciones, y las
camarillas, no hacen después lo que quieren y las muchedumbres no
callan?
¿No pretende que lo gobierne la justicia y no lo gobierna eternamente
esa inicua inmoralidad, que los políticos sin conciencia llaman la
_razón de estado_?
¿Pasa otra cosa en el mundo civilizado?
Mariano Rosas, después de haber resuelto la paz, acusándome en público
de las matanzas de López y de Rosas; Baigorrita dominado por la misma
idea, silencioso, irresoluto en presencia de la multitud, ¿no hacían
el mismo papel de Napoleón III proclamando: _el imperio es la paz_, al
mismo tiempo que se armaba hasta los dientes?
¿No mentían?
¿No hacían lo mismo que los que en nombre de la Constitución y de las
leyes, de la civilización y de la humanidad arman al pueblo contra el
pueblo?
¿No mentían?
¿No hacían lo mismo que los que después de haber sostenido que el
pueblo tiene el derecho de equivocarse se han rebelado contra él,
porque tuvo la energía de inmolar uno de sus tiranos?
¿No mentían?
Mariano Rosas y Baigorrita, declarando en una junta, después de haber
firmado el tratado de paz, que harían lo que la mayoría resolviese, ¿no
imitaban á los que más de una vez han declarado en nuestros Congresos
lo contrario de lo que habían convenido con el extranjero?
¡Cuánto he aprendido en esta correría!
Si me hubieran dicho que los indios me iban á enseñar á conocer la
humanidad, una carcajada homérica habría sido mi contestación.
Como Gulliver en su viaje á Liliput, yo he visto al mundo tal cual es
en mi viaje á los Ranqueles.
Somos unos pobres diablos.
Los enanos nos dan la medida de los gigantes y los bárbaros la medida
de la civilización.
Resta saber si seríamos más felices poniendo en la silla curul de
nuestros magnates, pigmeos, y cambiando el coturno francés por la bota
de potro.
Los héroes prueban tan mal y la moda es tan tiránica en sus
imposiciones, que vale la pena de meditar sobre las ventajas y las
consecuencias de una revolución social.
De todos modos, nuestros ídolos de ayer no resisten á la crítica; son
como los ranqueles, capaces de engañar al más pintado.
Por esos trigales de Dios iban mis reflexiones, en el instante en que
Calixto Oyarzábal, acercándoseme, me dijo:
--Ya está el caballo, señor.
Me levanté: á caballo, grité y diciendo y haciendo monté y tomé al
galope la gran rastrillada de Leubucó, entrando luego en el monte.
El cielo se encapotaba; caíamos á un descampado pantanoso; unas
lucecitas fugaces, macilentas, aparecían y desaparecían; creía llegar á
ellas, y se alejaban de mí como rápidas mariposas. Eran las emanaciones
de la tierra; cruzábamos un cementerio de indios y estábamos á las
puertas de la toldería de Mariano Rosas.
Llegamos.
Me esperaban con la comida pronta y con música. Comí, soporté al negro
del acordeón una vez más, y viendo que mi presunto compadre Mariano
estaba muy bien templado, le pedí la libertad del Dr. Macías.
Me contestó que sí.
Veremos después lo que vale el sí de un indio.
Me despedí, salí del toldo, me senté al lado del fogón de los
asistentes, y aunque no tenía sueño, me quedé dormido.
Unos ladridos de perro me despertaron.
En el toldo de Mariano Rosas se oían gritos de mujer.
Me acerqué ocultándome.
El cacique había castigado á una de sus mujeres, quería castigar á otra
y el hijo se oponía, amenazando al padre con un puñal si tocaba á la
madre.
Era una escena horrible y tocante á la vez.
Habían bebido, el toldo era un caos, las mujeres y los perros se
habían refugiado en un rincón, los indiecitos y las chinitas desnudas
lloraban, y un fogón expirante era toda la luz.
Mariano Rosas rugía de cólera.
Pero retrocedía ante la actitud del hijo protector de la madre.
Según se dijo al día siguiente, era muy capaz de haber muerto al padre,
si no se hubiera contenido, para que se vea que, hasta entre los
bárbaros, el ser querido que nos ha llevado en sus entrañas, que nos
ha amamantado en su seno y nos ha mecido en su regazo es un objeto de
culto sagrado.
Me acosté con la intención y la esperanza de dormir.
Pero estaba de Dios que en Leubucó las noches habían de ser toledanas
para mí.
Cuando conciliaba el sueño, una serenata de acordeón con negro y todo,
presidida por los cuatro hijos de Mariano Rosas, _achumados_ á cual
más, me despertó.
Fué en vano resistir.
Hubo cohetes y aguardiente como para que los _yapaí_ duraran un buen
rato.
Yo en lugar de beber, hacía el ademán y derramaba el nauseabundo
líquido por donde caía.
Al fin se _remató_ la impertinente chusma y me escurrí, pasando el
resto de la noche sin novedad.