XX

Fama de Epumer.--Me esperaban en su toldo.--Recepción.--Indias

y cristianas.--Pasteles y carbonada entre los

Indios.--Amabilidades.--Celo apostólico del Padre Marcos.--Puchero de

yegua.--Insisto en sacar á Macías.--Negativas.--Un indio teólogo.--Un

espectro vivo.

El toldo de Epumer distaba un cuarto de legua del de Mariano Rosas.

No hay indio más temido que Epumer; es valiente en la guerra, terrible

en la paz cuando está _achumado_.

El aguardiente lo pone demente.

Sea adulación, sea verdad, todos dicen que no estando malo de la cabeza

es muy bueno.

No tiene más que una mujer, cosa rara entre los indios, y la quiere

mucho.

Vive bien y con lujo; todo el mundo llega á su casa y es bien recibido.

Á mí me esperaban hacía rato.

El toldo acababa de ser barrido y regado; todo estaba en orden.

Epumer estaba sentado en un asiento alto, de cueros de carnero y mantas.

Enfrente había otro más elevado, que era el destinado para mí.

Las chinas aguardaban de pie, con la comida pronta para servirla á la

primera indicación.

Las cautivas atizaban el fuego.

Epumer se levantó, me estrechó la mano, me abrazó, me dijo que aquella

era mi casa, me hizo sentar, y después que me senté se sentó él.

Los demás circunstantes que eran todos _chusma_ agregada al toldo, no

se sentaron hasta que Epumer se lo insinuó.

La conversación rodó sobre las costumbres de los indios, pidiéndome

disculpas de no poder obsequiarme, en razón de su pobreza, como yo lo

merecía.

Un cristiano bien educado, modesto y obsequioso, no habría hecho mejor

el agasajo.

Epumer me presentó su mujer, que se llamaba Quintuiner, sus hijas, que

eran dos, y hasta las cautivas, cuyo aire de contento y de salud llamó

grandemente mi atención.

--¿Cómo les va, hijas?--les pregunté á éstas.

--Muy bien, señor--me contestaron.

--¿No tienen ganas de salir?

No contestaron y se ruborizaron.

Epumer me dijo:

--Si tienen hijos y no les falta hombre.

Las cautivas añadieron:

--Nos quieren mucho.

--Me alegro--repuse.

Una de ellas exclamó:

--Ojalá todas pudieran decir lo mismo, _güeselencia_.

Era una cordobesa.

Epumer les indicó á su mujer y á sus hijas que se sentaran, y mandó que

sirvieran la comida.

Obedecieron.

Estaban vestidas con lo más nuevo y rico que tenían.

El _pilquén_ era de paño encarnado bastante fino; los collares y

cinturones, las pulseras de pies y manos, de cuentas, los grandes aros

en forma triangular y el alfiler de pecho redondo, de plata maciza

labrada.

La manta era, contra la costumbre, de pañuelo escocés de lana.

Se habían pintado los labios y las uñas de las manos con carmín, se

habían puesto muchos lunarcitos negros en las mejillas y sombreado los

párpados inferiores y las pestañas.

Estaban muy bonitas.

La mujer de Epumer, sobre todo, me recordaba cierta dama elegantísima

de Buenos Aires, que no quiero nombrar.

¡Pues no faltaría más; compararla á ella, tan simpática y prestigiosa

por la gracia y la belleza, por su carácter dulce, su talle flexible

como el mimbre, su voz de soprano, que tan bien interpreta los acentos

delicados de Campanna, con una china!

Trajeron la comida, platos de loza, cubiertos, vasos y mantel.

Empezamos por pasteles á la criolla. Una cautiva los había hecho.

Aunque acababa de almorzar con Mariano, comí dos. Luego trajeron

carbonada con zapallo y choclos. Epumer me dijo: que me habían buscado

el gusto, que le habían preguntado á mi asistente lo que me gustaba. No

pude rehusar y comí un plato. Estaba inmejorable; la carne era gorda,

la grasa finísima.

En seguida vino el asado, de cordero y de vaca, después puchero. El

pan, eran tortas al rescoldo. El postre fueron miel de avispa, queso y

maíz frito pisado con algarroba.

Con la carbonada quedé repleto como un lego; rehusé de lo demás. Fué en

vano. Me instaron y me instaron. Tuve que comer de todo.

¡Pobres gentes! Á cada rato me decían: si no está bueno, dispense.

Aquélla lo ha hecho--y señalaban á tal ó cual cautiva,--y ésta me

miraba, como diciendo: Por usted nos hemos esmerado.

¡Qué escena aquella! En medio del desierto, en la Pampa, entre los

bárbaros, un remedo de civilización es cosa que hace una impresión

indescriptible.

El espía de Calfucurá, como un búho, observaba con inquieta mirada

cuanto pasaba.

--¿Quién es ese?--le pregunté á Epumer.

--No le conozco--me contestó.

--Pues yo sí.

--Llegó hace un rato, tenía hambre y le hemos dado de comer.

--¿Y no le conocen ustedes?

--¡No!

--Es un pillo mentiroso.

--¡Y aquí, qué mal nos puede hacer un pobre!

La contestación me avergonzó. El perro de Quenque estaba con el

cuarterón. Me acordé de que aquel hombre tenía corazón, que era quizá

más desgraciado que yo, y cambié de conversación.

El espía me oyó hablar de él y no hizo más que lanzarme una mirada

extraña y replegarse más y más sobre sí mismo.

Saqué mi libro de memorias, les pregunté á Epumer y su familia qué

querían que les mandara del Río 4.º y tomé nota de sus encargos.

Bien poca cosa me pidieron; tela para pilquenes, hilo y agujas.

Epumer me dijo que quería un chaleco de seda...

--¿Colorado?--le interrumpí.

--No--me contestó;--negro.

Me levanté, me despedí, me acompañaron, violando los usos de la tierra,

hasta el palenque, monté á caballo y partí.

Á cierta distancia di la vuelta.

Me seguían con la vista.

Saludé con la mano, me contestaron con el pañuelo.

Llegué al toldo de Mariano Rosas.

Estaba sentado en la enramada, solo. Las visitas se habían retirado.

Eché pie á tierra, até su caballo en el palenque, le di las gracias,

pasando de largo, y me metí en mi rancho.

Los franciscanos disfrutaban en santa paz las delicias de la siesta.

El ruido que hice al entrar los despertó.

Les conté mi visita al toldo de Epumer, discurrimos un rato sobre la

franca y cordial hospitalidad que me había dispensado después de las

escenas tumultuarias de los primeros días, y, por último, les comuniqué

que había resuelto partir á los dos días.

El padre Marcos me manifestó el deseo de quedarse, á ver si arreglaba

lo concerniente á la fundación de la capilla de que hablaba el tratado

de paz. No pareciéndome prudente su resolución, me opuse amistosamente

á ella. Le hice algunas reflexiones con tal motivo, y el padre Moisés,

deduciendo de ellas que mi negativa provenía de que no quería que

su compañero se quedara solo, me observó que él le acompañaría,

permaneciendo á su lado. Le tranquilicé viendo su generosa oferta;

amplié las razones de mi negativa, y, finalmente, les dije que pensaran

en hacer al día siguiente algunos bautismos.

Al efecto le indiqué al padre Marcos fuera á hablar con Mariano Rosas,

solicitando como cosa suya el permiso competente.

Mandó ver con su asistente si estaba en disposición de recibirle y

contestó que sí.

Salió el Padre y entró en el toldo del Cacique, que acababa de recibir

visitas.

Detrás de él me fuí yo.

Mariano Rosas le había sentado á su lado; le había concedido el permiso

solicitado y le había rogado le bautizara su hija mayor, de la que yo

sería padrino.

Trajeron de comer.

Era un puchero de carne de yegua.

--Padre--le dijo Mariano al buen franciscano,--para probarle que soy

buen cristiano, y el gusto con que veo aquí unos hombres como ustedes,

comamos en el mismo plato.

Y esto diciendo puso entre él y el Padre uno que le daban en ese

momento.

--Con mucho gusto--le contestó aquél.

Y sin más preámbulo, empuñó el tenedor y el cuchillo y sin repugnancia

alguna, comenzó á engullir la carne de yegua, como si hubiera sido

bocado de cardenal.

Yo rehusé comer, explicando el por qué, no lo atribuyeran á desaire.

En la tierra, la costumbre es comer al cabo del día tantas veces

cuantas hay ocasión.

Algunas de las visitas eran conocidos. Entablé conversación con ellos.

El padre Marcos por su parte, le hizo á Mariano Rosas una larga

explicación de lo que significaba el bautismo, quien varias veces

contestó: Ya sé. Le exigió que á la hijita que iban á bautizar la

educara como cristiana, lo que le fué prometido; dejó de comer puchero

cuando el plato dijo no hay más, y en seguida se despidió y salió.

Yo me quedé en mi puesto, busqué una postura cómoda, la hallé acostado,

dejé que Mariano Rosas hablara con sus visitas y me dormí.

Cuando me desperté, el toldo estaba solo.

Salí de él; Mariano había vuelto á la enramada, me senté á su lado y le

dije:

--Hermano, y, ¿me lo llevo ó no á Macías?

--Entremos--me contestó, levantándose y dirigiéndose al toldo.

Le seguí y entramos, cediéndome él el paso en la puerta.

Nos sentamos.

Tomó la palabra y habló así:

--Hermano, el _dotor_ es mejor que se quede.

--Usted me lo había cedido ya--le contesté.

--Es cierto; pero es mejor que se quede.

--¿Y el tratado de paz, hermano? ¿Usted olvida que Macías no es

cautivo, que si me exige que lo saque, yo lo debo reclamar y que usted

no me lo puede negar?

--Yo no se lo niego, hermano, le digo que se lo daré después.

--¿Y qué dirán en el Río 4.º los cristianos lo que sepan que vuelvo sin

Macías? Dirán que no me he atrevido á reclamarlo, se quejarán y con

razón. Usted me compromete, hermano.

Macías entró en ese momento, con el intento de cruzar por el toldo.

Mariano Rosas le miró airado, y con voz irritada le dijo _textualmente_:

--Donde conversa la gente no se entra. Salga.

Macías retrocedió humillado, murmurando:

--Creía...

--¡Salga, dotor!--le repitió con énfasis, y el desdichado salió.

Comprendí que alguien había influido en el ánimo del indio y me pareció

de buena táctica no insistir mucho.

Hice, empero, una insinuación final diciéndole con expresión:

--¿Y, hermano?

Fijó sus ojos en los míos y me dijo _textualmente_:

--¡Hermano, el corazón de ese hombre es mío!

--¿Qué misterio hay aquí?--dije para mis adentros, y como no le

contestara y siguiera mirándole, añadió _textualmente_:

--La conciencia de ese hombre es mía.

Una mezcla de asombro y de temor por la vida de Macías me selló los

labios.

Se levantó el indio, tomó de sobre su cama el cajón del archivo, lo

abrió, revolvió sus bolsitas, halló lo que quería, sacó de ella unos

papeles y dándomelos, me dijo:

--¡Lea, hermano!

Tomé los papeles, que eran manuscritos, abrí uno de ellos, reconocí la

letra de Macías y leí.

Era una larga carta dirigida al Presidente de la República.

Macías le relataba cómo se hallaba entre los indios; pintaba con

colores bastante animados su vida; daba una noticia de lo que eran los

cristianos en Tierra Adentro; los comparaba con los indios, quedando

aquéllos en peor punto de vista; y por último invocaba la protección

del Gobierno para reivindicar su libertad perdida.

La carta estaba mal redactada; Macías no escribe bien; pero tenía la

elocuencia del dolor.

Mientras yo leía, Mariano Rosas se limpiaba las uñas con el puñal.

Acabé de leer la carta y le miré,--no me vió.

Leí otro de los papeles, era otra carta, muy parecida á la anterior,

dirigida al gobernador de Mendoza.

Los otros papeles eran apuntes sin importancia, eran de un corazón

lacerado por el infortunio.

Terminada la lectura de todo el mamotreto, exclamé:

--¡Ya he concluido!

--¿Y, ha visto?

--Sí.

--¿Qué le parece?

--No hallo nada contra usted.

--¿Nada?

Y esto diciendo me miró, como preguntándome: ¿me engaña usted?

--¡Nada! ¡nada!--repetí.

--¡Hermano!--me dijo con intención.

--Nada, hermano, le doy mi palabra.

Y como no me contestara y no me quitara los ojos y le conociera que

quería sondear mis pensamientos, agregué:

--Hermano, si alguien le ha dicho que estas cartas hablan mal de usted,

lo ha engañado.

--Léamelas, hermano.

--¿Quiere más bien que venga el Padre y se las lea él?

--No, léamelas usted, hermano.

Se las leí; la lectura duraría un cuarto de hora.

Mientras leía le miré varias veces; tenía los ojos clavados en el suelo

y la frente plegada.

Cuando acabé de leer, le dije:

--¿Y qué dice ahora?

--Que ese hombre es un desagradecido. (Textual).

--¿Por qué, hermano?

--Porque habla mal de los cristianos que le han dado de comer.

(Textual).

Hice una composición de lugar con la rapidez del relámpago, y dije:

--Tiene usted razón, hermano; que se quede entonces.

--Sí--me contestó,--dos años más.

--El tiempo que usted quiera.

Tomó los papeles, los puso en orden, los colocó en su bolsita, cerró el

cajón y me dijo:

--Mañana bautizaremos á su ahijada.

--Está bien--le contesté, y salí, dándole las buenas tardes.

Macías estaba á la puerta del rancho.

Parecía un espectro.

Nada había oído. Pero su corazón sabía lo que había pasado.

El corazón de los que sufren suele ser profético; anticipándose al

dolor, lo prolonga.

Le miré sonriéndome por tranquilizarle, y exhalando un hondo suspiro,

me dijo al pasar:

--Ya sé que te ha ido mal.

--Nunca es tarde, hombre, cuando la dicha es buena--le contesté.

Meneó la cabeza como diciéndome: Me había engañado; y para acabar de

tranquilizarle, agregué:

--Todavía no le he hablado.

Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2 · 第 29 / 47 题