Fama de Epumer.--Me esperaban en su toldo.--Recepción.--Indias
y cristianas.--Pasteles y carbonada entre los
Indios.--Amabilidades.--Celo apostólico del Padre Marcos.--Puchero de
yegua.--Insisto en sacar á Macías.--Negativas.--Un indio teólogo.--Un
espectro vivo.
El toldo de Epumer distaba un cuarto de legua del de Mariano Rosas.
No hay indio más temido que Epumer; es valiente en la guerra, terrible
en la paz cuando está _achumado_.
El aguardiente lo pone demente.
Sea adulación, sea verdad, todos dicen que no estando malo de la cabeza
es muy bueno.
No tiene más que una mujer, cosa rara entre los indios, y la quiere
mucho.
Vive bien y con lujo; todo el mundo llega á su casa y es bien recibido.
Á mí me esperaban hacía rato.
El toldo acababa de ser barrido y regado; todo estaba en orden.
Epumer estaba sentado en un asiento alto, de cueros de carnero y mantas.
Enfrente había otro más elevado, que era el destinado para mí.
Las chinas aguardaban de pie, con la comida pronta para servirla á la
primera indicación.
Las cautivas atizaban el fuego.
Epumer se levantó, me estrechó la mano, me abrazó, me dijo que aquella
era mi casa, me hizo sentar, y después que me senté se sentó él.
Los demás circunstantes que eran todos _chusma_ agregada al toldo, no
se sentaron hasta que Epumer se lo insinuó.
La conversación rodó sobre las costumbres de los indios, pidiéndome
disculpas de no poder obsequiarme, en razón de su pobreza, como yo lo
merecía.
Un cristiano bien educado, modesto y obsequioso, no habría hecho mejor
el agasajo.
Epumer me presentó su mujer, que se llamaba Quintuiner, sus hijas, que
eran dos, y hasta las cautivas, cuyo aire de contento y de salud llamó
grandemente mi atención.
--¿Cómo les va, hijas?--les pregunté á éstas.
--Muy bien, señor--me contestaron.
--¿No tienen ganas de salir?
No contestaron y se ruborizaron.
Epumer me dijo:
--Si tienen hijos y no les falta hombre.
Las cautivas añadieron:
--Nos quieren mucho.
--Me alegro--repuse.
Una de ellas exclamó:
--Ojalá todas pudieran decir lo mismo, _güeselencia_.
Era una cordobesa.
Epumer les indicó á su mujer y á sus hijas que se sentaran, y mandó que
sirvieran la comida.
Obedecieron.
Estaban vestidas con lo más nuevo y rico que tenían.
El _pilquén_ era de paño encarnado bastante fino; los collares y
cinturones, las pulseras de pies y manos, de cuentas, los grandes aros
en forma triangular y el alfiler de pecho redondo, de plata maciza
labrada.
La manta era, contra la costumbre, de pañuelo escocés de lana.
Se habían pintado los labios y las uñas de las manos con carmín, se
habían puesto muchos lunarcitos negros en las mejillas y sombreado los
párpados inferiores y las pestañas.
Estaban muy bonitas.
La mujer de Epumer, sobre todo, me recordaba cierta dama elegantísima
de Buenos Aires, que no quiero nombrar.
¡Pues no faltaría más; compararla á ella, tan simpática y prestigiosa
por la gracia y la belleza, por su carácter dulce, su talle flexible
como el mimbre, su voz de soprano, que tan bien interpreta los acentos
delicados de Campanna, con una china!
Trajeron la comida, platos de loza, cubiertos, vasos y mantel.
Empezamos por pasteles á la criolla. Una cautiva los había hecho.
Aunque acababa de almorzar con Mariano, comí dos. Luego trajeron
carbonada con zapallo y choclos. Epumer me dijo: que me habían buscado
el gusto, que le habían preguntado á mi asistente lo que me gustaba. No
pude rehusar y comí un plato. Estaba inmejorable; la carne era gorda,
la grasa finísima.
En seguida vino el asado, de cordero y de vaca, después puchero. El
pan, eran tortas al rescoldo. El postre fueron miel de avispa, queso y
maíz frito pisado con algarroba.
Con la carbonada quedé repleto como un lego; rehusé de lo demás. Fué en
vano. Me instaron y me instaron. Tuve que comer de todo.
¡Pobres gentes! Á cada rato me decían: si no está bueno, dispense.
Aquélla lo ha hecho--y señalaban á tal ó cual cautiva,--y ésta me
miraba, como diciendo: Por usted nos hemos esmerado.
¡Qué escena aquella! En medio del desierto, en la Pampa, entre los
bárbaros, un remedo de civilización es cosa que hace una impresión
indescriptible.
El espía de Calfucurá, como un búho, observaba con inquieta mirada
cuanto pasaba.
--¿Quién es ese?--le pregunté á Epumer.
--No le conozco--me contestó.
--Pues yo sí.
--Llegó hace un rato, tenía hambre y le hemos dado de comer.
--¿Y no le conocen ustedes?
--¡No!
--Es un pillo mentiroso.
--¡Y aquí, qué mal nos puede hacer un pobre!
La contestación me avergonzó. El perro de Quenque estaba con el
cuarterón. Me acordé de que aquel hombre tenía corazón, que era quizá
más desgraciado que yo, y cambié de conversación.
El espía me oyó hablar de él y no hizo más que lanzarme una mirada
extraña y replegarse más y más sobre sí mismo.
Saqué mi libro de memorias, les pregunté á Epumer y su familia qué
querían que les mandara del Río 4.º y tomé nota de sus encargos.
Bien poca cosa me pidieron; tela para pilquenes, hilo y agujas.
Epumer me dijo que quería un chaleco de seda...
--¿Colorado?--le interrumpí.
--No--me contestó;--negro.
Me levanté, me despedí, me acompañaron, violando los usos de la tierra,
hasta el palenque, monté á caballo y partí.
Á cierta distancia di la vuelta.
Me seguían con la vista.
Saludé con la mano, me contestaron con el pañuelo.
Llegué al toldo de Mariano Rosas.
Estaba sentado en la enramada, solo. Las visitas se habían retirado.
Eché pie á tierra, até su caballo en el palenque, le di las gracias,
pasando de largo, y me metí en mi rancho.
Los franciscanos disfrutaban en santa paz las delicias de la siesta.
El ruido que hice al entrar los despertó.
Les conté mi visita al toldo de Epumer, discurrimos un rato sobre la
franca y cordial hospitalidad que me había dispensado después de las
escenas tumultuarias de los primeros días, y, por último, les comuniqué
que había resuelto partir á los dos días.
El padre Marcos me manifestó el deseo de quedarse, á ver si arreglaba
lo concerniente á la fundación de la capilla de que hablaba el tratado
de paz. No pareciéndome prudente su resolución, me opuse amistosamente
á ella. Le hice algunas reflexiones con tal motivo, y el padre Moisés,
deduciendo de ellas que mi negativa provenía de que no quería que
su compañero se quedara solo, me observó que él le acompañaría,
permaneciendo á su lado. Le tranquilicé viendo su generosa oferta;
amplié las razones de mi negativa, y, finalmente, les dije que pensaran
en hacer al día siguiente algunos bautismos.
Al efecto le indiqué al padre Marcos fuera á hablar con Mariano Rosas,
solicitando como cosa suya el permiso competente.
Mandó ver con su asistente si estaba en disposición de recibirle y
contestó que sí.
Salió el Padre y entró en el toldo del Cacique, que acababa de recibir
visitas.
Detrás de él me fuí yo.
Mariano Rosas le había sentado á su lado; le había concedido el permiso
solicitado y le había rogado le bautizara su hija mayor, de la que yo
sería padrino.
Trajeron de comer.
Era un puchero de carne de yegua.
--Padre--le dijo Mariano al buen franciscano,--para probarle que soy
buen cristiano, y el gusto con que veo aquí unos hombres como ustedes,
comamos en el mismo plato.
Y esto diciendo puso entre él y el Padre uno que le daban en ese
momento.
--Con mucho gusto--le contestó aquél.
Y sin más preámbulo, empuñó el tenedor y el cuchillo y sin repugnancia
alguna, comenzó á engullir la carne de yegua, como si hubiera sido
bocado de cardenal.
Yo rehusé comer, explicando el por qué, no lo atribuyeran á desaire.
En la tierra, la costumbre es comer al cabo del día tantas veces
cuantas hay ocasión.
Algunas de las visitas eran conocidos. Entablé conversación con ellos.
El padre Marcos por su parte, le hizo á Mariano Rosas una larga
explicación de lo que significaba el bautismo, quien varias veces
contestó: Ya sé. Le exigió que á la hijita que iban á bautizar la
educara como cristiana, lo que le fué prometido; dejó de comer puchero
cuando el plato dijo no hay más, y en seguida se despidió y salió.
Yo me quedé en mi puesto, busqué una postura cómoda, la hallé acostado,
dejé que Mariano Rosas hablara con sus visitas y me dormí.
Cuando me desperté, el toldo estaba solo.
Salí de él; Mariano había vuelto á la enramada, me senté á su lado y le
dije:
--Hermano, y, ¿me lo llevo ó no á Macías?
--Entremos--me contestó, levantándose y dirigiéndose al toldo.
Le seguí y entramos, cediéndome él el paso en la puerta.
Nos sentamos.
Tomó la palabra y habló así:
--Hermano, el _dotor_ es mejor que se quede.
--Usted me lo había cedido ya--le contesté.
--Es cierto; pero es mejor que se quede.
--¿Y el tratado de paz, hermano? ¿Usted olvida que Macías no es
cautivo, que si me exige que lo saque, yo lo debo reclamar y que usted
no me lo puede negar?
--Yo no se lo niego, hermano, le digo que se lo daré después.
--¿Y qué dirán en el Río 4.º los cristianos lo que sepan que vuelvo sin
Macías? Dirán que no me he atrevido á reclamarlo, se quejarán y con
razón. Usted me compromete, hermano.
Macías entró en ese momento, con el intento de cruzar por el toldo.
Mariano Rosas le miró airado, y con voz irritada le dijo _textualmente_:
--Donde conversa la gente no se entra. Salga.
Macías retrocedió humillado, murmurando:
--Creía...
--¡Salga, dotor!--le repitió con énfasis, y el desdichado salió.
Comprendí que alguien había influido en el ánimo del indio y me pareció
de buena táctica no insistir mucho.
Hice, empero, una insinuación final diciéndole con expresión:
--¿Y, hermano?
Fijó sus ojos en los míos y me dijo _textualmente_:
--¡Hermano, el corazón de ese hombre es mío!
--¿Qué misterio hay aquí?--dije para mis adentros, y como no le
contestara y siguiera mirándole, añadió _textualmente_:
--La conciencia de ese hombre es mía.
Una mezcla de asombro y de temor por la vida de Macías me selló los
labios.
Se levantó el indio, tomó de sobre su cama el cajón del archivo, lo
abrió, revolvió sus bolsitas, halló lo que quería, sacó de ella unos
papeles y dándomelos, me dijo:
--¡Lea, hermano!
Tomé los papeles, que eran manuscritos, abrí uno de ellos, reconocí la
letra de Macías y leí.
Era una larga carta dirigida al Presidente de la República.
Macías le relataba cómo se hallaba entre los indios; pintaba con
colores bastante animados su vida; daba una noticia de lo que eran los
cristianos en Tierra Adentro; los comparaba con los indios, quedando
aquéllos en peor punto de vista; y por último invocaba la protección
del Gobierno para reivindicar su libertad perdida.
La carta estaba mal redactada; Macías no escribe bien; pero tenía la
elocuencia del dolor.
Mientras yo leía, Mariano Rosas se limpiaba las uñas con el puñal.
Acabé de leer la carta y le miré,--no me vió.
Leí otro de los papeles, era otra carta, muy parecida á la anterior,
dirigida al gobernador de Mendoza.
Los otros papeles eran apuntes sin importancia, eran de un corazón
lacerado por el infortunio.
Terminada la lectura de todo el mamotreto, exclamé:
--¡Ya he concluido!
--¿Y, ha visto?
--Sí.
--¿Qué le parece?
--No hallo nada contra usted.
--¿Nada?
Y esto diciendo me miró, como preguntándome: ¿me engaña usted?
--¡Nada! ¡nada!--repetí.
--¡Hermano!--me dijo con intención.
--Nada, hermano, le doy mi palabra.
Y como no me contestara y no me quitara los ojos y le conociera que
quería sondear mis pensamientos, agregué:
--Hermano, si alguien le ha dicho que estas cartas hablan mal de usted,
lo ha engañado.
--Léamelas, hermano.
--¿Quiere más bien que venga el Padre y se las lea él?
--No, léamelas usted, hermano.
Se las leí; la lectura duraría un cuarto de hora.
Mientras leía le miré varias veces; tenía los ojos clavados en el suelo
y la frente plegada.
Cuando acabé de leer, le dije:
--¿Y qué dice ahora?
--Que ese hombre es un desagradecido. (Textual).
--¿Por qué, hermano?
--Porque habla mal de los cristianos que le han dado de comer.
(Textual).
Hice una composición de lugar con la rapidez del relámpago, y dije:
--Tiene usted razón, hermano; que se quede entonces.
--Sí--me contestó,--dos años más.
--El tiempo que usted quiera.
Tomó los papeles, los puso en orden, los colocó en su bolsita, cerró el
cajón y me dijo:
--Mañana bautizaremos á su ahijada.
--Está bien--le contesté, y salí, dándole las buenas tardes.
Macías estaba á la puerta del rancho.
Parecía un espectro.
Nada había oído. Pero su corazón sabía lo que había pasado.
El corazón de los que sufren suele ser profético; anticipándose al
dolor, lo prolonga.
Le miré sonriéndome por tranquilizarle, y exhalando un hondo suspiro,
me dijo al pasar:
--Ya sé que te ha ido mal.
--Nunca es tarde, hombre, cuando la dicha es buena--le contesté.
Meneó la cabeza como diciéndome: Me había engañado; y para acabar de
tranquilizarle, agregué:
--Todavía no le he hablado.