Repito la lectura de los artículos del tratado de paz.--Los indios
piden más que comer.--Mi elocuencia.--Mímica.--Dificultades.--El
recurso de un sermón de Viernes Santo me salva.--El representante
de la _Liberté_ de Bruselas y yo.--Cargos mutuos.--Argumentos
etnográficos.--Recursos oratorios.--En el banco de los
acusados.--Interpelaciones _ad hominem_.--El traidor
calla.--Redoblo mi energía é impongo con ella.--Se establece la
calma.--Apéndice.--Once mortales horas en el suelo.
Mariano Rosas me exigió que repitiera la lectura de los artículos
que estipulaban la entrega de yeguas, hierba, azúcar, tabaco, etc.,
diciéndome que quería que todos los indios se enterasen bien de la paz
que se iba á hacer.
Esta última frase, _que se iba á hacer_, dicha después de estar
firmado, ratificado y canjeado el tratado de paz, era otra originalidad
verdaderamente ranquelina.
No una vez sino varias la había oído ya. Me hacía muy mal efecto.
Las disposiciones de los indios en aquellos momentos, no eran las
más favorables para obtener de ellos un triunfo oratorio; y la junta
parecía que iba á tomar el carácter de un _meeting_, aprobatorio ó
reprobatorio, de la conducta del Cacique.
Lo deducía de que varias veces me había soltado esta frase: «recién voy
á dar cuenta á mis indios de lo que hemos arreglado, y lo que ellos
decidan, eso será lo que se haga.»
Yo estaba prevenido desde la noche anterior.
Accedí á la exigencia, leyendo otra vez los artículos del tratado que
más preocupaban ó interesaban.
Comer será siempre un capítulo primordial para la humanidad.
Varias voces gritaron en araucano:
--¡Es poco! ¡Es poco!
Lo comprendí porque ciertos cristianos repitieron la frase en
castellano, con intención, apoyándola con repetidos ¡sí! ¡sí!
Mariano Rosas, notando aquello, me echó un discurso sobre la pobreza de
los indios, exigiéndome la entrega de más cantidad de yeguas, yerba,
azúcar y tabaco.
Contesté que los indios eran pobres porque no amaban el trabajo; que
cuando le tomaran gusto se harían tan ricos como los cristianos, y que
yo no podía comprometerme á dar más de lo convenido, que no era poco,
sino mucho.
--¡Es poco! ¡es poco!--volvieron á gritar varios á una.
--Lo ve usted--me dijo Mariano Rosas, que no me trataba ya de
hermano,--dicen que es poco.
--Lo veo--le contesté;--pero es que no es poco, al contrario, es mucho.
--¡Poco! ¡poco! ¡poco!--gritaron simultáneamente más voces que antes.
Tomé la palabra, volví á leer los artículos del tratado estipulando la
entrega de yeguas, etc., los comparé con lo que se les entregaba á las
indiadas de Calfucurá, y probé que iban á recibir más que ellos.
--Díganme que no es cierto--exclamaba yo, viendo que nadie había
contradicho mis demostraciones. Y aprovechando la coyuntura, fulminé
mis rayos oratorios contra Calfucurá.
--Calfucurá--les dije,--ha roto la paz porque es un indio muy pícaro y
de muy mala fe que no teme á Dios. Ha sabido que lo que hemos arreglado
con Mariano Rosas para estas paces es más de lo que él recibe, y se
ha vuelto á hacer enemigo de los cristianos, diciendo que los indios
ranqueles son preferidos. Pero todo es para ver si consigue que le den
lo mismo que estas indiadas van á recibir por el tratado de paz que ya
hemos arreglado con mi hermano.
Y al decir _mi hermano_, acentuaba la palabra cuanto podía y me dirigía
á Mariano Rosas.
--Ya ven ustedes--gritaba con toda la fuerza de mis pulmones y mímica
indiana, para que todos me oyeran y creyendo seducirles con mi
estilo,--cómo los indios ranqueles son preferidos á los de Calfucurá.
Mariano Rosas me preguntó, que cuántas yeguas se debían ya á los indios
por el tratado.
Quería decir que desde cuándo había empezado á tener fuerza.
Como se ve, el tratado era y no era el tratado.
Le contesté que el tratado obligaba á los cristianos desde el día en
que el Presidente de la República le había puesto su firma al pie.
Me contestó que él había creído que era desde el día en que me lo
devolvió aprobado.
Le contesté que no.
Me preguntó que cuándo lo había firmado el Presidente de la República.
Satisfice su pregunta, y entonces, haciendo sus cuentas, me dijo que ya
se les debía tanto.
Expliqué lo que antes le había explicado en Leubucó, lo que es el
Presidente de la República, el Congreso y el Presupuesto de la Nación.
Les dije que el Gobierno no podía entregar inmediatamente lo convenido,
porque necesitaba que el Congreso le diera la plata para comprarlo, y
que éste antes de darle la plata tenía que ver si el tratado convenía ó
no.
Eso era lo que en cumplimiento de órdenes recibidas debía yo explicar,
como si fuera tan fácil hacerles entender á bárbaros lo que es nuestra
complicada máquina constitucional.
Pero por lo pronto, continué diciéndoles: Se va á entregar algo á
cuenta, lo demás se completará cuando el Congreso apruebe el tratado.
El Presidente de la República quiere manifestarles de ese modo á los
indígenas su buena voluntad.
Mientras yo hacía estas observaciones, me parecía que entre la manera
de discurrir de los indios y la mía, había una perfecta similitud.
Mariano Rosas, me decía para mis adentros, mientras mi lengua
funcionaba, ha firmado el tratado, yo lo creía concluido, y ahora
resulta que la junta lo puede anular. Pues es lo mismo que sucede con
el Presidente y el Congreso.
¿No es verdad que el caso era idéntico? Los extremos se tocan.
Esperaba una interpelación de Mariano Rosas.
Varios indios la hicieron antes que él.
--¿Y si el Congreso no aprueba el tratado--preguntaron,--ya no habrá
paz?
Ponte, Santiago amigo, en mi caso, y dime si no te habrías visto en
figurillas como yo para contestar.
Contesté que eso no sucedería, que el Congreso y el Presidente eran muy
amigos, que el Congreso le había de aprobar lo que había hecho, que así
hacía siempre; dándole toda la plata que necesitaba.
Mariano Rosas me dijo:
--¿Pero el Congreso puede desaprobar?
Yo no podía confesar que sí; me exponía á confirmar la sospecha de que
los cristianos sólo trataban de ganar tiempo; recurrí á la oratoria y á
la mímica, pronuncié un extenso discurso lleno de fuego, sentimental,
patético.
Ignoro si estuve inspirado.
Debí estarlo ó debieron entenderme; porque noté corrientes de
aprobación.
La elocuencia tiene sus secretos.
Yo me acuerdo siempre, en ciertos casos, cuando veo á la muchedumbre
conmovida por la resonancia de una dicción eufónica, rimbombante,
sonora, de un predicador catamarqueño.
Predicaba un sermón de Viernes Santo.
Un muchacho oculto en el fondo del púlpito se lo soplaba.
Había llegado á lo más tocante, al instante en que el Redentor va
á expirar ya ultimado por los fariseos. La agonía del mártir había
empezado á arrancar lágrimas de los fieles, amargos sollozos vibraban
en las bóvedas del templo.
El predicador conmovido á su vez, iba perdiendo el hilo. Miró al fondo
del púlpito; el muchacho se había dormido.
Era imposible continuar hablando.
Recurrió á la mímica.
Cicerón lo ha dicho: _quasi sermo corporis_. Esta vez quedó probado.
El dolor crecía como la marea. No había más que ayudar un poco para
producir la crisis y completar el cuadro.
Á falta de palabras, el orador apeló á sus brazos y á sus pulmones;
accionaba y se estremecía dando ayes desgarradores.
El auditorio sobreexcitado, jadeante, aturdido por sus propios gemidos,
nada oía. Veía, sentía, calculaba que el predicador debía estar sublime
y lo ahogaba con su lloro y sus lamentaciones.
La sacra efigie inclinó la cabeza por última vez, una oleada de dolor
estremeció á todo el mundo y el predicador desapareció.
Últimamente en Bruselas, en un banquete de periodistas presidido por el
rey Leopoldo, el más aplaudido de los oradores ha sido el representante
de _La Liberté_ de París.
Á los repetidos, que hable _La Liberté_, se puso de pie.
Las luces, el vino, la penosa elaboración de la digestión de una comida
opípara, la charla, habían ya producido en todos una especie de mareo.
Era un rapaz vivo como él solo.
--Señores--dijo,--en presencia de _sa majesté_, ¡aplausos!
No le dejaban continuar.
Comenzó á mover la cabeza, á batir los brazos como remos, ¡aplausos!
¡hurrahs!
--_Liberté!_--dijo,--¡más aplausos! ¡más hurrahs!
--_Egalité!_ ¡dobles aplausos! ¡dobles hurrahs!
--_Fraternité!_ ¡triples aplausos! ¡triples hurrahs!
El orador deja de hablar, los aplausos, los hurrahs cesan por fin, y un
éxito completo corona el triunfo de la pantomima sentimental sobre el
arte ciceroniano.
Hay resortes de los que no se debe abusar. Traté de no gastar los míos.
Dejé la palabra, viendo que los oyentes estaban convencidos de que el
Presidente y el Congreso no se habían de pelear por cuatro reales, ni
por un millón, ni por cosas mayores.
Mariano Rosas la tomó.
Me preguntó con qué derecho habíamos ocupado el Río 5.º; dijo que esas
tierras habían sido siempre de los indios, que sus padres y sus abuelos
habían vivido por las lagunas de Chemecó, la Brava y Tarapendá, por
el cerrillo de la Plata y Langheló; agregó que no contentos con eso
todavía, los cristianos querían _acopiar_ (fué la palabra de que se
valió) más tierra.
Estas interpelaciones y cargos hallaron un eco alarmante.
Algunos indios estrecharon la rueda, acercándose á mí para escuchar
mejor lo que contestaba.
Me pareció cobardía callar contra mis sentimientos y mi conciencia,
aunque el público se compusiera de bárbaros.
Siempre con los codos en los muslos y la cara entre las manos, fija la
mirada en el suelo, tomé la palabra y contesté:
Que la tierra no era de los indios, sino de los que la hacían
productiva trabajando.
No me dejó continuar, é interrumpiéndome, me dijo:
--¿Cómo no ha de ser nuestra cuando hemos nacido en ella?
Le contesté que si creía que la tierra donde nacía un cristiano era de
él; y como no me interrumpiera proseguí:
--Las fuerzas del Gobierno han ocupado el Río 5.º para mayor seguridad
de la frontera; pero esas tierras no pertenecen á los cristianos
todavía; son de todos y no son de nadie; serán algún día de uno, de dos
ó de más, cuando el Gobierno las venda, para criar en ellas ganados,
sembrar trigo, maíz.
¿Usted me pregunta con qué derecho acopiamos la tierra?
Yo les pregunto á ustedes ¿con qué derecho nos invaden para acopiar
ganados?
--No es lo mismo--me interrumpieron varios;--nosotros no sabemos
trabajar; nadie nos ha enseñado á hacerlo como á los cristianos, somos
pobres, tenemos que ir á malón para vivir.
--Pero ustedes roban lo ajeno--les dije,--porque las vacas, los
caballos, las yeguas, las ovejas que se traen no son de ustedes.
--Y ustedes los cristianos--me contestaron,--nos quitan la tierra.
--No es lo mismo--les dije:--primero, porque nosotros no reconocemos
que la tierra sea de ustedes, y ustedes reconocen que los ganados que
nos roban son nuestros; segundo, porque con la tierra no se vive, es
preciso trabajarla.
Mariano Rosas observó:
--¿Por qué no nos han enseñado ustedes á trabajar, después que nos han
quitado nuestros ganados?
--¡Es verdad! ¡es verdad!--exclamaron muchas voces, flotando un
murmullo sordo por el círculo de cabezas humanas.
Eché una mirada rápida á mi alrededor, y vi brillar más de una cara
amenazante.
--No es cierto que los cristianos les hayan robado á ustedes nunca sus
ganados--les contesté.
--Sí, es cierto--dijo Mariano Rosas;--mi padre me ha contado que en
otros tiempos, por las Lagunas del Cuero y del Bagual había muchos
animales alzados.
--Eran de las estancias de los cristianos--les contesté.--Ustedes son
unos ignorantes que no saben lo que dicen; si fueran cristianos, si
supieran trabajar, sabrían lo que yo sé; no serían pobres, serían ricos.
Oigan, bárbaros, lo que os voy á decir:
Todos somos hijos de Dios, todos somos argentinos.
--¿No es verdad que somos argentinos?--decía mirando á algunos
cristianos; y esta palabra mágica, hiriendo la fibra sensible del
patriotismo, les arrancaba involuntarios:--Sí, somos argentinos.
Y ustedes también son argentinos, les decía á los indios. ¿Y si no, qué
son? les gritaba; yo quiero saber lo que son.
¿Contéstenme, díganme, qué son?
¿Van á decir que son indios?
Pues yo también soy indio.
¿Ó creen que soy _gringo_?
Oigan lo que les voy á decir:
Ustedes no saben nada, porque no saben leer; porque no tienen libros.
Ustedes no saben más de lo que les han oído á su padre ó á su abuelo.
Yo sé muchas cosas que han pasado antes.
Oigan lo que les voy á decir para que no vivan equivocados.
Y no me digan que no es verdad lo que están oyendo; porque si á
cualquiera de ustedes le pregunto cómo se llamaba el abuelo de su
abuelo no me sabrían dar razón.
Pero los cristianos sabemos esas cosas.
Oigan lo que les voy á decir:
Hace muchísimos años que los _gringos_ desembarcaron en Buenos Aires.
Entonces los indios vivían por ahí donde sale el sol, á la orilla de
un río muy grande; eran puros hombres los _gringos_ que vinieron, y no
traían mujeres; los indios eran muy zonzos, no sabían andar á caballo,
porque en esta tierra no había caballos; los _gringos_ trajeron la
primer yegua y el primer caballo, trajeron vacas, trajeron ovejas.
¿Qué están creyendo ustedes?
Ya ven cómo no saben nada.
--No es cierto--gritaron algunos,--lo que está diciendo ese.
--No sean bárbaros, no me interrumpan, óiganme--les contesté, y
proseguí:
Los _gringos_ les quitaron sus mujeres á los indios, tuvieron hijos en
ellas, y es por eso que les he dicho que todos los que han nacido en
esta tierra son indios, no _gringos_.
Óiganme con atención.
Ustedes eran muy pobres entonces, los hijos de los _gringos_, que son
los cristianos, que somos nosotros, indios como ustedes, les hemos
enseñado una porción de cosas. Les hemos enseñado á andar á caballo, á
enlazar, á bolear, á usar poncho, chiripá, calzoncillos, bota fuerte,
espuela, chapeado.
--No es cierto--me interrumpió Mariano Rosas;--aquí había vacas,
caballos y todo antes que vinieran los _gringos_, y todo era nuestro.
--Están equivocados--les contesté;--los _gringos_, que eran los
españoles, trajeron todas esas cosas. Voy á probárselo:
Ustedes le llaman al caballo _cauallo_, á la vaca _uaca_, al toro
_toro_, á la yegua _yegua_, al ternero _ternero_, á la oveja _oveja_,
al poncho _poncho_, al lazo _lazo_, á la hierba _hierba_, al azúcar
_achúcar_ y á una porción de cosas lo mismo que los cristianos.
¿Y por qué no les llaman de otro modo á esas cosas?
Porque ustedes no las conocían hasta que las trajeron los _gringos_. Si
las hubieran conocido les habrían dado otro nombre.
¿Por qué le llaman al hermano _peñi_?
Porque antes de que vinieran los padres de los cristianos ustedes ya
sabían lo que era hermano.
¿Por qué le llaman á la luna _quién_, y no luna, como los cristianos?
Por la misma razón. Porque antes de que vinieran los _gringos_ á
Buenos Aires, ya la luna estaba en el cielo y ustedes la conocían.
No pudiendo Mariano refutar esta argumentación etnológica, me contestó
irritado:
--¿Y qué tiene que ver todo eso con el tratado de paz? ¿Cuándo yo le he
preguntado esas cosas para que me las diga?
--¿Y qué tienen que ver las preguntas que usted me ha hecho con el
tratado de paz que ya está firmado por usted? ¿Acaso he venido á la
junta para que lo aprueben? Ya está aprobado por usted y lo tiene que
cumplir.
--¿Y ustedes lo cumplirán?--me contestó.
--Sí, lo cumpliremos--repuse:--porque los cristianos tenemos palabra de
honor.
--Dígame, entonces, si tienen palabra de honor--repuso,--¿por qué
estando en paz con los indios, Manuel López hizo degollar en el Sauce
doscientos indios? Dígame entonces si tienen palabra, ¿por qué estando
en paz con los indios, su tío Juan Manuel Rosas mandó degollar ciento
cincuenta indios en el cuartel del Retiro? (cito casi textualmente sus
palabras).
--¡Que diga! ¡que diga!--gritaron varios indios.
La junta empezaba á tomar todo el aspecto de la efervescencia popular,
y yo de embajador, me convertía en acusado.
--Á mí no me pidan cuentas--les dije,--de lo que han hecho otros; el
Presidente que ahora tenemos no es como los otros que antes teníamos.
Yo también les pido á ustedes cuenta de las matanzas de cristianos que
han hecho los indios siempre que han podido, y devolviéndole la pelota
á Mariano Rosas, le pregunté:
--¿Qué tienen que hacer las degollaciones de López y de Rosas con el
tratado de paz?
No le di tiempo para que me contestara y proseguí:
--Ustedes han hecho más matanza de cristianos que los cristianos de
indios.
Inventé todas las matanzas imaginables, y las relaté junto con las que
recordaba.
--¡Winca! ¡winca! ¡mintiendo!--gritaron algunos.
Y en varios puntos del círculo se hizo como un tumulto.
Era el peor de los síntomas.
Varios de mis ayudantes se habían retirado guareciéndose bajo la sombra
de un algarrobo.
El sol quemaba como fuego, y hacía ya largas horas que la discusión
duraba.
Á mi lado no habían quedado más que los dos frailes franciscanos y el
ayudante Demetrio Rodríguez.
Viendo que la situación se hacía peligrosa, lo miré á mi compadre
Baigorrita, que no había hablado una palabra, permaneciendo inmóvil
como una estatua. No hallé su mirada.
Busqué otras caras conocidas para decirles con los ojos: Aplaquen esta
turba desenfrenada.
Todas ellas estaban atónitas.
Si me miraban no me veían.
--Es que--dijo Mariano Rosas,--los indios somos muy pocos y los
cristianos muchos. Un indio vale más que un cristiano.
Estuve por no contestar.
Pero antes que arriar la bandera, exclamé interiormente: que me maten;
pero me han de oir.
--No diga barbaridades, hermano--le contesté;--todos los hombres son
iguales, lo mismo un cristiano que un indio, porque todos son hijos de
Dios.
Y dirigiéndome al padre Burela que, como el convidado de piedra de Don
Juan Tenorio, presenciaba aquella escena turbulenta sin tener ni una
mirada ni una palabra de apoyo para mí, dije:
--Que conteste ese venerable sacerdote, que se encuentra entre los
indios en nombre de la caridad cristiana; que diga él, á quien el
Gobierno y los ricos de Buenos Aires le han dado plata para que rescate
cautivos, si no es cierto lo que acabo de decir.
El reverendo no contestó, tenía la cara larga, caídos los labios, más
abiertos los ojos que de costumbre, inflamada la nariz, sudaba la gota
gorda y estaba pálido como la cera.
¡Qué contraste hacía con el padre Marcos y el padre Moisés!
Ellos no hablaban porque no podían hablar, nadie los interpelaba; pero
en sus rostros simpáticos estaba impresa la tranquilidad evangélica,
y la inquietud generosa del amigo que ve á otro comprometido en una
demanda desigual.
--Que diga--continué,--el padre Burela, que no tiene espada, de quien
ustedes no pueden desconfiar, si los cristianos aborrecen á los indios.
El reverendo no contestó, su facha me hacía el efecto de un condenado.
La voz de la conciencia, sin duda, le trababa la lengua al hipócrita.
--Que diga el padre Burela--proseguí,--si los cristianos no desean
que los indios vivan tranquilos, todos juntos, renunciando á la vida
errante, como viven los indios de Coliqueo cerca de Junín.
El reverendo no contestó.
En ese momento, sea que los caballos se espantaron; sea lo que se
fuere, no puedo decir lo que hubo, sintióse algo parecido á un
estremecimiento de la multitud. Lo confieso, temí una agresión.
Redoblé mi energía y seguí hablando.
--Yo soy aquí--les dije,--el representante del Presidente de la
República; yo les prometo á ustedes que los cristianos no faltarán
á la palabra empeñada; que si ustedes cumplen, el Tratado de paz se
cumplirá.
Ustedes pueden faltar á sus compromisos; pero tarde ó temprano tendrán
que arrepentirse; como les sucederá á los cristianos si los engañaran á
ustedes.
Yo no he venido aquí á mentir. He venido á decir la verdad y la estoy
diciendo.
Si los cristianos abusasen de la buena fe de ustedes, harían bien en
vengarse de la falsía de ellos, así como si ustedes no me tratasen á
mí y á los que me acompañan con todo respeto y consideración, si no me
dejasen volver ó me matasen, día más, día menos, vendría un ejército
que los pasaría á todos por el filo de la espada, por traidores; y en
estas pampas inmensas, en estos bosques solitarios, no quedarían ni
recuerdos ni vestigio de que ustedes vivieron en ellos.
Camargo se acercó á mí en ese instante, y me dijo al oído:
--Hable de lo que se da por el Tratado, Coronel, hable de eso.
--¿Y qué más quieren--continué diciendo,--que hagan los cristianos? ¿No
les van á dar dos mil yeguas para que se repartan entre los pobres;
azúcar, hierba, tabaco, papel, aguardiente, ropa, bueyes, arados,
semillas para sembrar, plata para los caciques y los capitanejos?
¿Qué más quieren?
Mariano Rosas tomó la palabra después de un largo silencio, y dijo:
--Ya estamos arreglados; pero queremos saber qué cantidad de cada cosa
nos van á dar.
--Diga, hermano--agregó.
Y, dirigiéndose á los indios:
--Oigan bien.
Volví á hacer la enumeración de lo que se había de entregar según el
Tratado.
La calma se restablecía y la junta parecía tocar á su fin.
Aproveché las buenas disposiciones que renacían para hacer presente, á
fin de quitar todo motivo de resentimiento futuro:
Que la paz no era hecha conmigo, que yo era un representante del
Gobierno y un subalterno del general Arredondo, mi jefe, con cuyo
permiso me hallaba entre los indios; que no creyesen si otro jefe me
reemplazaba, que por eso la paz se había de alterar, que ese jefe
tendría que cumplir el Tratado y las órdenes que el Gobierno le diera;
que ellos estaban acostumbrados á confundir á los jefes con quienes se
entendían con el Gobierno; que así, en ningún tiempo la desaparición
mía de la frontera debía ser un motivo de queja, una razón para que se
negaran á observar fielmente lo convenido; que cerca ó lejos tendrían
siempre en mí un amigo que haría por el bien de ellos, si lo merecían,
todo cuanto pudiera.
Mariano Rosas se puso de pie, y con una sonrisa la más afable, me dijo:
--Ya se acabó, hermano.
Nueve horas consecutivas los frailes y yo habíamos estado sentados en
la misma postura y en el mismo lugar; cuando quisimos levantarnos, las
piernas entumidas no obedecían.
Para incorporarnos tuvimos que prestarnos mutua ayuda.
Nos levantamos.
Mariano Rosas me dijo que algunos indios de importancia querían
conversar particularmente conmigo.
Para conferencias estaba yo.
¡Pero qué hacer!
Accedí.
Mi primer interlocutor fué el viejo de las muletas.
Nos sentamos cara á cara en el suelo, nombramos nuestros respectivos
lenguaraces y empezó la plática.
El viejo era un conversador lo más recalcitrante.
Me habló de sus antepasados, de sus servicios, de su ciencia y
paciencia, de las leguas que había galopado para venir á la junta, de
este mundo y el otro, en fin, y cuando yo creía que me iba á decir que
había tenido muchísimo gusto en conocerme, me salió con esta pata de
gallo:
--He oído con atención todas las razones de usted y ninguna de ellas me
ha gustado.
--Pues estoy fresco--dije para mi capote.--¿Si querrá éste armarme
alguna gresca?
Varios indios le habían formado rueda, asintiendo á lo que acababa de
decir.
Tomé la palabra y le contesté:
--Que me alegraba mucho de haberle conocido; que sentía infinito que
un anciano tan respetable como él, tan lleno de experiencia y de
servicios, tan digno del aprecio de los indios, se hubiera incomodado
en venir desde tan lejos para verme, que cuando fuera de paseo al Río
4.º tendría mucho gusto en alojarlo en mi casa y regalarlo, y que ahora
que la paz estaba hecha y que iban á recibir tantas cosas--las enumeré
todas,--todos debíamos mirarnos como hijos de un mismo Dios.
El indio reprodujo al pie de la letra todo lo que me había dicho
anteriormente, y acabó con la muletilla:
--He oído con atención todas las razones de usted y ninguna de ellas me
ha gustado.
Hice lo mismo que él: reproduje mi contestación.
Así estuvimos larguísimo rato. Nueve veces dijo él lo mismo, nueve
veces le contesté yo lo mismo también.
Cedió el viejo.
En pos de él vinieron otros personajes; con todos tuve que hablar,
todos me dijeron casi la misma cosa y á todos les contesté casi la
misma cosa también.
Dios se apiadó de mí; y después de once mortales horas inolvidables,
como jamás las he pasado ni espero volverlas á pasar en lo que me resta
de vida, me vi libre de gente incómoda.
Aquel día valió por todos los otros, y eso que no he hecho sino pintar
á brocha gorda el cuadro. Para iluminarlo con todos sus colores habría
tenido necesidad del marco de un libro entero.
Estaba harto y cansado; me eché sobre la blanda hierba, y me quedé
pensativo un rato viendo á los indios desparramarse como moscas en
todas direcciones y desaparecer veloces como la felicidad.