Mi compadrazgo con Baigorrita había alarmado á los de
Leubucó.--Censura pública.--Nubes diplomáticas.--Camargo conocía bien
á los indios.--Confío en él.--Camilo y Chañilao no se entienden.--En
marcha para la junta grande.--Quieren que salude á quien no debo.--Me
niego á ello.--Ceden saludos.--Empieza la conversación.--Discurso
inaugural.--Entusiasmo que produce Mariano Rosas.--El debate.--Un
tonto no será nunca un héroe.
Al día siguiente, antes de amanecer, ya sabía yo con interesantes
detalles, qué intrigas habían tenido lugar en Leubucó, mientras había
andado por Quenque.
La noticia de mi compadrazgo con Baigorrita había producido mal efecto
en Mariano Rosas.
La consagración de ese vínculo es tan sagrado para los indios, que
aquél se alarmó de una amistad naciente, sellada con el bautismo del
hijo mayor de su aliado.
Sus allegados, en lugar de tranquilizarlo, halagaban sus
preocupaciones, diciéndole que no se descuidara, que estuviese en
guardia.
Mi conducta era públicamente censurada; se me acusaba de haber tratado
descortésmente á los indios, desde el día en que llegué á Aillancó.
Se me hacía el cargo de no haber avisado con anticipación mi viaje;
criticaban mi mezquindad, comparándola con la magnificencia del
padre Burela, conductor de cincuenta cargas de bebida: decían que no
era bueno; que les había impuesto el tratado de paz, mandándoles un
ultimátum; que había llevado un instrumento para medir las tierras;
que eso era porque los cristianos se preparaban para una invasión; que
el tratado no tenía más objeto que entretener á los indios para ganar
tiempo.
El padre Burela parecía ajeno á estas murmuraciones. Pero no las había
reprobado; y no teniendo nada que hacer en la junta, se hallaba al lado
de Mariano Rosas. Con él estaba la noche antes, dábase los aires de un
valido y pretendía que Baigorrita le había desairado, haciéndome su
compadre, queja asaz extraña en un sacerdote.
El horizonte diplomático se me presentaba cargado de nubes.
La persona que se había tomado el trabajo de venir furtivamente á
contarme lo que había pasado durante mi ausencia para que estuviera
prevenido, opinaba que tendríamos una junta tumultuosa.
Las voces malignas que traía Chañilao, hacían más vidriosa la situación.
Antes de estar en mi fogón había estado en el sitio donde parlamentaba
Mariano Rosas; había hablado con él y con otros; había desparramado sus
noticias, y la atmósfera de desconfianza se había hecho.
Rayaba el día cuando llegó un mensajero de Mariano Rosas; mandaba
informarse de cómo había pasado la noche y prevenirme que en cuanto
saliera el sol nos moveríamos y que la señal sería un toque de corneta.
Le contesté que había pasado la noche sin novedad; que me alegraba de
que él y su gente hubiesen dormido bien; y que estaba á su disposición.
Hice llamar á Camilo Arias, ordené que arrimaran los caballos, púsose
toda mi gente en pie y nos aprestamos á marchar.
Mientras llegaban los caballos se calentó agua y tomamos mate.
Camargo me inspiraba confianza. Le referí lo que me había sucedido con
Chañilao; lo que había pasado en Leubucó durante nuestro paseo por las
tierras de Baigorrita; lo que Mariano Rosas había conversado con éste;
y le pedí que me diera con franqueza su opinión.
Me la dió sin titubear. Su corazón no carecía de nobleza. Me
tranquilicé; pero no del todo. Cada mundo tiene sus misterios. Él
conocía bien los del suyo, como nadie quizá.
Prueba de ello era que no volvía en pelos de Quenque; que se había
hecho devolver los estribos que le robaron en el toldo de Caiomuta y
las demás prendas que le arrojó con desprecio para humillarle y afearle
su proceder.
Llegaron los caballos y Camilo.
Mandé ensillar. En tanto lo hacían, me contó éste su entrevista con
Manuel Alfonso.
Habían dormido juntos; no se habían entendido, porque el gaucho no
había simpatizado conmigo; pero se habían separado amigos.
Se oyó un toque de corneta.
Los clarines de Baigorrita contestaron, montamos á caballo y nos
movimos, rompiendo la marcha en dispersión.
Á poco andar avistamos la gente de Mariano Rosas, coronando la cumbre
de una cuchilla.
Tocaron alto, llamada y reunión.
Los toques fueron obedecidos, lo mismo que lo habría hecho una tropa
disciplinada.
Formamos en batalla; Baigorrita, yo y mi séquito nos pusimos al frente
de la línea, y en ese orden avanzamos.
La indiada de Mariano Rosas hizo la misma maniobra. Las dos líneas
marchaban á encontrarse. Seríamos trescientos de cada parte.
El sol se levantaba en ese momento inundando la azulada esfera con
su luz, la atmósfera estaba diáfana; los más lejanos objetos se
transparentaban, como si se hallaran á corta distancia del observador;
el cielo estaba despejado, sólo una que otra nube nacarada navegaba por
el vacío, con majestuosa lentitud; la blanda brisa de la mañana apenas
agitaba la grama color de oro; el rocío, salpicando los campos, los
hacía brillar como si estuvieran cubiertos por inmenso manto de rica y
variada pedrería.
Cuando las dos líneas que avanzaban al paso estuvieron á cincuenta
metros una de otra, los clarines y cornetas tocaron alto, y las dos
indiadas se saludaron golpeándose la boca.
Los ecos se perdían por los aires, quedaba todo en el más profundo
silencio, y los gritos se repetían.
Nadie llevaba armas; todo el mundo montaba excelentes caballos, vestía
su mejor ropa y ostentaba las prendas de plata y los arreos más ricos
que tenía.
Mariano Rosas destacó un indio; Baigorrita otro; colocáronse
equidistantes de las dos líneas; cambiaron _sus razones_, y volvieron á
sus respectivos puntos de partida.
Los dos caciques acababan de saludarse y de invocar la protección de
Dios para deliberar con acierto.
Tocaron atención, dieron voces de mando en lengua araucana, la segunda
fila de cada línea retrocedió dos pasos, los que miraban al Norte
giraron á la izquierda, tocaron marcha y las dos líneas quedaron
formadas en alas.
Mariano Rosas destacó un indio que se acercó á mí y me habló en su
lengua.
Camargo, haciendo de lenguaraz, me dijo:
--Dice el general Mariano que eche pie á tierra para saludar al padre
Burela.
Me pareció haber entendido mal.
--¿Para saludar á quién?--le pregunté á Camargo con extrañeza.
--¡Al padre Burela!--me contestó.
--¿Al padre Burela?--exclamé mirando á los franciscanos y á mis
oficiales.
--Es pretensión--agregué.
--Dile, proseguí, dirigiéndome á Camargo, que le conteste á Mariano que
yo no tengo que saludar al padre Burela, que soy aquí el representante
del Presidente de la República, que en todo caso es el padre Burela
quien debe saludarme á mí.
El mensajero se marchó y yo me quedé refunfuñando. Estaba indignado.
Lo que pasaba no era más que la consecuencia de las intrigas de Leubucó.
Volvió el indio insistiendo en lo mismo.
Contesté con malísimo modo, que antes que hacer lo que se me exigía, me
_cortaría_ con mi gente, que hicieran la junta sin mí, si querían, que
yo no estaba para bromas.
Llevó el indio mi contestación.
Baigorrita que entendía todo lo que yo contestaba, porque Camargo lo
repetía en lengua araucana, me hizo decir:
--Echemos pie á tierra, compadre.
Mariano Rosas recibió mi contestación sin visible alteración;
conferenció con sus consejeros y su embajador volvió por tercera vez,
diciéndome:
--Dice el General que es para saludar á todos.
--Eso es otra cosa--contesté.
Y esto diciendo, mandé echar pie á tierra á los míos haciéndolo yo
primero.
Mariano Rosas y los suyos me imitaron.
Vino otro indio, habló con Camargo, y siguiendo las indicaciones de
éste, comenzó el ceremonial.
Mariano Rosas y su séquito estaban formados en ala; Baigorrita y mi
séquito lo mismo, es decir, que mi izquierda venía á quedar frente á la
derecha de aquél.
Tiramos á la derecha marchando al Naciente unos cuantos pasos,
volvimos á girar al Norte, seguimos hasta quedar perpendicularmente
á la izquierda del séquito de Mariano Rosas, que permanecía inmóvil,
formando un ángulo, y los saludos empezaron, consistiendo en fuertes
apretones de manos y abrazos.
Desfilamos por delante de aquéllos, y cuando Baigorrita estrechaba
la mano de Mariano Rosas y yo la de Epumer, mi cola, hablando
militarmente, se abrazaba con el último indio del séquito de Mariano
Rosas.
Hecho esto, seguimos desfilando, hasta que el último de mis asistentes
saludó á aquél, y volvimos á ocupar el puesto en que estábamos al echar
pie á tierra.
En seguida Mariano Rosas y los suyos avanzaron veinte pasos;
Baigorrita, yo y los míos hicimos simultáneamente otro tanto, formando
dos pelotones.
Las dos líneas de jinetes formaron un círculo conversando á vanguardia,
á derecha é izquierda, sus respectivas alas; echaron pie á tierra
Mariano Rosas y los suyos; Baigorrita, yo y los míos quedamos
encerrados en dos círculos concéntricos, formado el exterior por
caballos y el interior por indios.
Todas estas evoluciones se hicieron en silencio, con orden, revelando
que estaban sujetos á una regla de ordenanza conocida.
Ningún indio maneó ni ató su caballo en las pajas. Sólo le bajó las
riendas. Los mansos animales ni se movían de su puesto.
Mariano Rosas invitó á todo el mundo á sentarse.
Nos sentamos, pues, sobre el pasto humedecido por el rocío de la noche,
sin que nadie tendiera poncho, ni carona, cruzando las piernas á la
turca.
Mariano Rosas me cedió á su lenguaraz José; colocóse éste entre él y
yo, y el parlamento empezó.
Yo estaba bajo la influencia desagradable de las revelaciones que me
habían hecho y fastidiado con la pretensión rechazada de que saludara
al padre Burela.
Apoyé los codos en las rodillas, y ocultando la cara entre las manos,
me dispuse á escuchar el discurso inaugural de Mariano Rosas.
El lenguaraz me previno que todavía no empezaba á hablar conmigo.
El cacique general tomó la palabra y habló largo rato, unas veces con
templanza, otras con calor, ya bajando la voz hasta el punto de no
percibirse los vocablos, ya á gritos; ora accionando, con la vista fija
en tierra, ora mirando al cielo. Por momentos, cuando su elocuencia
rayaba, sin duda, en lo sublime, sacudía la cabeza y estremecía el
cuerpo como poseído de un ataque epiléptico.
Las palabras: _Presidente_, _Arredondo_, _Mansilla_, _yeguas_,
_achúcar_, _yerba_, _tabaco_, _plata_ y otras castellanas que los
indios no tienen, flotaban entre la peroración á cada paso.
Los oyentes aprobaban y desaprobaban alternativamente.
Cuando aprobaban, el orador bajaba la voz; cuando desaprobaban, gritaba
como un condenado.
Terminado el discurso inaugural, en medio de entusiastas
manifestaciones de aprobación, llegó el turno del debate.
El cacique empezó por invocar á Dios.
Me dijo que protegía á los buenos, y castigaba á los malos; me habló
de la lealtad de los indios, de las _paces_ que en otras épocas habían
tenido, que si habían fallado, no había sido por culpa de ellos; me
hizo un curso sobre la libertad con que entre ellos se procedía; agregó
que por eso había reunido los principales capitanejos, los indios más
importantes por su fortuna ó por sus años para que dijesen si les
gustaba el tratado, porque él no hacía sino lo que ellos querían; que
su deber era velar por su felicidad; que él no les imponía jamás, que
entre los indios no sucedía como entre los cristianos, donde el que
mandaba, mandaba; y terminó pidiéndome leyera los artículos del tratado
referentes á la donación trimestral de yeguas, etc., etc.
Me disponía á contestar, cuando oí que le gritaban con desprecio al
doctor Macías, que teniendo al hombro una escopeta, regalo mío á
Mariano Rosas, se había confundido con su gente.
--¡Afuera! ¡afuera el _Doctor_!
El pobre Macías agachó la cabeza, y resignado á su suerte se alejó de
allí, siendo objeto de las risas y rechifles de los indios más ladinos
y de algunos cristianos.
Metí la mano al bolsillo, saqué mi libro de memorias; busqué en él el
extracto del tratado de paz, y procurando imitar la mímica oratoria de
la escuela ranquelina, tomé la palabra.
Expliqué el tratado, punto por punto; hablé de Dios, del Diablo, del
cielo, de la tierra, de las estrellas, del sol y de la luna; de la
lealtad de los cristianos, del deseo que tenían de vivir en paz con los
indios, de ayudarlos en sus necesidades, de enseñarles el trabajo,
de hacerlos cristianos para que fueran felices, del Presidente de la
República, del general Arredondo y de mí.
Éste fué mi primer discurso.
Es posible que entre cristianos me hubieran aplaudido.
El efecto que produjo mi retórica y mi acción entre los bárbaros lo
deduje viendo al indio que me robó los guantes en Quenque, los cuales
se había puesto, dormido como una piedra á mi lado.
Paturot fué más feliz que yo, la primera vez que de la noche á la
mañana se vió convertido en orador republicano popular.
Decididamente estamos destinados á recorrer una escala interminable de
desengaños en la complicada travesía por este pícaro mundo.
No hay más, digan lo que quieran ciertos fanáticos, ni un tonto
será nunca un héroe, porque la palabra héroe, despertando la idea
de grandeza, implica inteligencia; ni yo he nacido para orador
ministerial, mucho menos entre los indios.