XVI

Mi compadrazgo con Baigorrita había alarmado á los de

Leubucó.--Censura pública.--Nubes diplomáticas.--Camargo conocía bien

á los indios.--Confío en él.--Camilo y Chañilao no se entienden.--En

marcha para la junta grande.--Quieren que salude á quien no debo.--Me

niego á ello.--Ceden saludos.--Empieza la conversación.--Discurso

inaugural.--Entusiasmo que produce Mariano Rosas.--El debate.--Un

tonto no será nunca un héroe.

Al día siguiente, antes de amanecer, ya sabía yo con interesantes

detalles, qué intrigas habían tenido lugar en Leubucó, mientras había

andado por Quenque.

La noticia de mi compadrazgo con Baigorrita había producido mal efecto

en Mariano Rosas.

La consagración de ese vínculo es tan sagrado para los indios, que

aquél se alarmó de una amistad naciente, sellada con el bautismo del

hijo mayor de su aliado.

Sus allegados, en lugar de tranquilizarlo, halagaban sus

preocupaciones, diciéndole que no se descuidara, que estuviese en

guardia.

Mi conducta era públicamente censurada; se me acusaba de haber tratado

descortésmente á los indios, desde el día en que llegué á Aillancó.

Se me hacía el cargo de no haber avisado con anticipación mi viaje;

criticaban mi mezquindad, comparándola con la magnificencia del

padre Burela, conductor de cincuenta cargas de bebida: decían que no

era bueno; que les había impuesto el tratado de paz, mandándoles un

ultimátum; que había llevado un instrumento para medir las tierras;

que eso era porque los cristianos se preparaban para una invasión; que

el tratado no tenía más objeto que entretener á los indios para ganar

tiempo.

El padre Burela parecía ajeno á estas murmuraciones. Pero no las había

reprobado; y no teniendo nada que hacer en la junta, se hallaba al lado

de Mariano Rosas. Con él estaba la noche antes, dábase los aires de un

valido y pretendía que Baigorrita le había desairado, haciéndome su

compadre, queja asaz extraña en un sacerdote.

El horizonte diplomático se me presentaba cargado de nubes.

La persona que se había tomado el trabajo de venir furtivamente á

contarme lo que había pasado durante mi ausencia para que estuviera

prevenido, opinaba que tendríamos una junta tumultuosa.

Las voces malignas que traía Chañilao, hacían más vidriosa la situación.

Antes de estar en mi fogón había estado en el sitio donde parlamentaba

Mariano Rosas; había hablado con él y con otros; había desparramado sus

noticias, y la atmósfera de desconfianza se había hecho.

Rayaba el día cuando llegó un mensajero de Mariano Rosas; mandaba

informarse de cómo había pasado la noche y prevenirme que en cuanto

saliera el sol nos moveríamos y que la señal sería un toque de corneta.

Le contesté que había pasado la noche sin novedad; que me alegraba de

que él y su gente hubiesen dormido bien; y que estaba á su disposición.

Hice llamar á Camilo Arias, ordené que arrimaran los caballos, púsose

toda mi gente en pie y nos aprestamos á marchar.

Mientras llegaban los caballos se calentó agua y tomamos mate.

Camargo me inspiraba confianza. Le referí lo que me había sucedido con

Chañilao; lo que había pasado en Leubucó durante nuestro paseo por las

tierras de Baigorrita; lo que Mariano Rosas había conversado con éste;

y le pedí que me diera con franqueza su opinión.

Me la dió sin titubear. Su corazón no carecía de nobleza. Me

tranquilicé; pero no del todo. Cada mundo tiene sus misterios. Él

conocía bien los del suyo, como nadie quizá.

Prueba de ello era que no volvía en pelos de Quenque; que se había

hecho devolver los estribos que le robaron en el toldo de Caiomuta y

las demás prendas que le arrojó con desprecio para humillarle y afearle

su proceder.

Llegaron los caballos y Camilo.

Mandé ensillar. En tanto lo hacían, me contó éste su entrevista con

Manuel Alfonso.

Habían dormido juntos; no se habían entendido, porque el gaucho no

había simpatizado conmigo; pero se habían separado amigos.

Se oyó un toque de corneta.

Los clarines de Baigorrita contestaron, montamos á caballo y nos

movimos, rompiendo la marcha en dispersión.

Á poco andar avistamos la gente de Mariano Rosas, coronando la cumbre

de una cuchilla.

Tocaron alto, llamada y reunión.

Los toques fueron obedecidos, lo mismo que lo habría hecho una tropa

disciplinada.

Formamos en batalla; Baigorrita, yo y mi séquito nos pusimos al frente

de la línea, y en ese orden avanzamos.

La indiada de Mariano Rosas hizo la misma maniobra. Las dos líneas

marchaban á encontrarse. Seríamos trescientos de cada parte.

El sol se levantaba en ese momento inundando la azulada esfera con

su luz, la atmósfera estaba diáfana; los más lejanos objetos se

transparentaban, como si se hallaran á corta distancia del observador;

el cielo estaba despejado, sólo una que otra nube nacarada navegaba por

el vacío, con majestuosa lentitud; la blanda brisa de la mañana apenas

agitaba la grama color de oro; el rocío, salpicando los campos, los

hacía brillar como si estuvieran cubiertos por inmenso manto de rica y

variada pedrería.

Cuando las dos líneas que avanzaban al paso estuvieron á cincuenta

metros una de otra, los clarines y cornetas tocaron alto, y las dos

indiadas se saludaron golpeándose la boca.

Los ecos se perdían por los aires, quedaba todo en el más profundo

silencio, y los gritos se repetían.

Nadie llevaba armas; todo el mundo montaba excelentes caballos, vestía

su mejor ropa y ostentaba las prendas de plata y los arreos más ricos

que tenía.

Mariano Rosas destacó un indio; Baigorrita otro; colocáronse

equidistantes de las dos líneas; cambiaron _sus razones_, y volvieron á

sus respectivos puntos de partida.

Los dos caciques acababan de saludarse y de invocar la protección de

Dios para deliberar con acierto.

Tocaron atención, dieron voces de mando en lengua araucana, la segunda

fila de cada línea retrocedió dos pasos, los que miraban al Norte

giraron á la izquierda, tocaron marcha y las dos líneas quedaron

formadas en alas.

Mariano Rosas destacó un indio que se acercó á mí y me habló en su

lengua.

Camargo, haciendo de lenguaraz, me dijo:

--Dice el general Mariano que eche pie á tierra para saludar al padre

Burela.

Me pareció haber entendido mal.

--¿Para saludar á quién?--le pregunté á Camargo con extrañeza.

--¡Al padre Burela!--me contestó.

--¿Al padre Burela?--exclamé mirando á los franciscanos y á mis

oficiales.

--Es pretensión--agregué.

--Dile, proseguí, dirigiéndome á Camargo, que le conteste á Mariano que

yo no tengo que saludar al padre Burela, que soy aquí el representante

del Presidente de la República, que en todo caso es el padre Burela

quien debe saludarme á mí.

El mensajero se marchó y yo me quedé refunfuñando. Estaba indignado.

Lo que pasaba no era más que la consecuencia de las intrigas de Leubucó.

Volvió el indio insistiendo en lo mismo.

Contesté con malísimo modo, que antes que hacer lo que se me exigía, me

_cortaría_ con mi gente, que hicieran la junta sin mí, si querían, que

yo no estaba para bromas.

Llevó el indio mi contestación.

Baigorrita que entendía todo lo que yo contestaba, porque Camargo lo

repetía en lengua araucana, me hizo decir:

--Echemos pie á tierra, compadre.

Mariano Rosas recibió mi contestación sin visible alteración;

conferenció con sus consejeros y su embajador volvió por tercera vez,

diciéndome:

--Dice el General que es para saludar á todos.

--Eso es otra cosa--contesté.

Y esto diciendo, mandé echar pie á tierra á los míos haciéndolo yo

primero.

Mariano Rosas y los suyos me imitaron.

Vino otro indio, habló con Camargo, y siguiendo las indicaciones de

éste, comenzó el ceremonial.

Mariano Rosas y su séquito estaban formados en ala; Baigorrita y mi

séquito lo mismo, es decir, que mi izquierda venía á quedar frente á la

derecha de aquél.

Tiramos á la derecha marchando al Naciente unos cuantos pasos,

volvimos á girar al Norte, seguimos hasta quedar perpendicularmente

á la izquierda del séquito de Mariano Rosas, que permanecía inmóvil,

formando un ángulo, y los saludos empezaron, consistiendo en fuertes

apretones de manos y abrazos.

Desfilamos por delante de aquéllos, y cuando Baigorrita estrechaba

la mano de Mariano Rosas y yo la de Epumer, mi cola, hablando

militarmente, se abrazaba con el último indio del séquito de Mariano

Rosas.

Hecho esto, seguimos desfilando, hasta que el último de mis asistentes

saludó á aquél, y volvimos á ocupar el puesto en que estábamos al echar

pie á tierra.

En seguida Mariano Rosas y los suyos avanzaron veinte pasos;

Baigorrita, yo y los míos hicimos simultáneamente otro tanto, formando

dos pelotones.

Las dos líneas de jinetes formaron un círculo conversando á vanguardia,

á derecha é izquierda, sus respectivas alas; echaron pie á tierra

Mariano Rosas y los suyos; Baigorrita, yo y los míos quedamos

encerrados en dos círculos concéntricos, formado el exterior por

caballos y el interior por indios.

Todas estas evoluciones se hicieron en silencio, con orden, revelando

que estaban sujetos á una regla de ordenanza conocida.

Ningún indio maneó ni ató su caballo en las pajas. Sólo le bajó las

riendas. Los mansos animales ni se movían de su puesto.

Mariano Rosas invitó á todo el mundo á sentarse.

Nos sentamos, pues, sobre el pasto humedecido por el rocío de la noche,

sin que nadie tendiera poncho, ni carona, cruzando las piernas á la

turca.

Mariano Rosas me cedió á su lenguaraz José; colocóse éste entre él y

yo, y el parlamento empezó.

Yo estaba bajo la influencia desagradable de las revelaciones que me

habían hecho y fastidiado con la pretensión rechazada de que saludara

al padre Burela.

Apoyé los codos en las rodillas, y ocultando la cara entre las manos,

me dispuse á escuchar el discurso inaugural de Mariano Rosas.

El lenguaraz me previno que todavía no empezaba á hablar conmigo.

El cacique general tomó la palabra y habló largo rato, unas veces con

templanza, otras con calor, ya bajando la voz hasta el punto de no

percibirse los vocablos, ya á gritos; ora accionando, con la vista fija

en tierra, ora mirando al cielo. Por momentos, cuando su elocuencia

rayaba, sin duda, en lo sublime, sacudía la cabeza y estremecía el

cuerpo como poseído de un ataque epiléptico.

Las palabras: _Presidente_, _Arredondo_, _Mansilla_, _yeguas_,

_achúcar_, _yerba_, _tabaco_, _plata_ y otras castellanas que los

indios no tienen, flotaban entre la peroración á cada paso.

Los oyentes aprobaban y desaprobaban alternativamente.

Cuando aprobaban, el orador bajaba la voz; cuando desaprobaban, gritaba

como un condenado.

Terminado el discurso inaugural, en medio de entusiastas

manifestaciones de aprobación, llegó el turno del debate.

El cacique empezó por invocar á Dios.

Me dijo que protegía á los buenos, y castigaba á los malos; me habló

de la lealtad de los indios, de las _paces_ que en otras épocas habían

tenido, que si habían fallado, no había sido por culpa de ellos; me

hizo un curso sobre la libertad con que entre ellos se procedía; agregó

que por eso había reunido los principales capitanejos, los indios más

importantes por su fortuna ó por sus años para que dijesen si les

gustaba el tratado, porque él no hacía sino lo que ellos querían; que

su deber era velar por su felicidad; que él no les imponía jamás, que

entre los indios no sucedía como entre los cristianos, donde el que

mandaba, mandaba; y terminó pidiéndome leyera los artículos del tratado

referentes á la donación trimestral de yeguas, etc., etc.

Me disponía á contestar, cuando oí que le gritaban con desprecio al

doctor Macías, que teniendo al hombro una escopeta, regalo mío á

Mariano Rosas, se había confundido con su gente.

--¡Afuera! ¡afuera el _Doctor_!

El pobre Macías agachó la cabeza, y resignado á su suerte se alejó de

allí, siendo objeto de las risas y rechifles de los indios más ladinos

y de algunos cristianos.

Metí la mano al bolsillo, saqué mi libro de memorias; busqué en él el

extracto del tratado de paz, y procurando imitar la mímica oratoria de

la escuela ranquelina, tomé la palabra.

Expliqué el tratado, punto por punto; hablé de Dios, del Diablo, del

cielo, de la tierra, de las estrellas, del sol y de la luna; de la

lealtad de los cristianos, del deseo que tenían de vivir en paz con los

indios, de ayudarlos en sus necesidades, de enseñarles el trabajo,

de hacerlos cristianos para que fueran felices, del Presidente de la

República, del general Arredondo y de mí.

Éste fué mi primer discurso.

Es posible que entre cristianos me hubieran aplaudido.

El efecto que produjo mi retórica y mi acción entre los bárbaros lo

deduje viendo al indio que me robó los guantes en Quenque, los cuales

se había puesto, dormido como una piedra á mi lado.

Paturot fué más feliz que yo, la primera vez que de la noche á la

mañana se vió convertido en orador republicano popular.

Decididamente estamos destinados á recorrer una escala interminable de

desengaños en la complicada travesía por este pícaro mundo.

No hay más, digan lo que quieran ciertos fanáticos, ni un tonto

será nunca un héroe, porque la palabra héroe, despertando la idea

de grandeza, implica inteligencia; ni yo he nacido para orador

ministerial, mucho menos entre los indios.

Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2 · 第 25 / 47 题