XV

Quién es Chañilao.--Su historia.--El carácter es un defecto para

las medianías.--Diferencia entre el gaucho y el paisano.--El

primero no es nada, el segundo es siempre federal.--¿Tenemos

pueblo propiamente hablando?--Sentimientos de un maestro de posta

cordobés cuando estalló la guerra con el Paraguay.--Chañilao y

yo.--Frescas.--Intrigas.--Una china.

Chañilao es el célebre gaucho cordobés Manuel Alfonso, antiguo morador

de la frontera de Río 4.º.

Vive entre los indios hace años.

No hay un baqueano más experto, ni más valiente que él. Tiene la carta

topográfica de las provincias fronterizas en la cabeza.

Ha cruzado la Pampa en todas direcciones millares de veces, desde la

sierra de Córdoba hasta Patagones, desde la Cordillera de los Andes

hasta las orillas del Plata.

En ese inmenso territorio, no hay un río, un arroyo, una laguna, una

cañada, un pasto que no conozca bien.

Él ha abierto nuevas rastrilladas y frecuentado las viejas abandonadas

ya.

En la peligrosa travesía, donde pocos se aventuran, él conoce escondido

_guaico_, para abrevar la sed del caminante y de sus caballos.

Ha acompañado á los indios en sus más atrevidas excursiones, y muchas

veces se salvaron por su pericia y su arrojo.

Sus constantes correrías, de noche, de día, con buen ó mal tiempo,

llueva ó truene, brille el sol ó esté nublado, haya luna ó esté sombrío

el cielo,--le han hecho adquirir tal práctica, que puede anticipar los

fenómenos meteorológicos con la exactitud del barómetro, del termómetro

y del higrómetro.

Es una aguja de marear humana; su mirada marca los rumbos y los medios

rumbos, con la fijeza del cuadrante.

Habla la lengua de los indios como ellos, tiene mujer propia y vive

con ellos. Es domador, enlazador, boleador, pialador. Conoce todos los

trabajos de campo como un estanciero; ha tenido tratos con Rosas y con

Urquiza, ha caído prisionero varias veces y siempre se ha escapado,

gracias á su astucia ó su temeridad.

Poco antes de la batalla de Cepeda le tomaron, junto con veinte indios,

en la frontera Oeste de Buenos Aires. Sólo él burló la vigilancia de

los guardias y se salvó.

Es un oráculo para los indios cuando invaden y cuando se retiran; vive

por desconfianza en _Inché_, treinta leguas más al Sud que Baigorrita,

á cuya indiada pertenece; tiene séquito y es _capitanejo_, con lo cual

está dicho todo sobre este tipo, planta verdaderamente oriunda del

suelo argentino.

Chañilao no es sanguinario; ha vivido entre los cristianos y entre los

indios alternativamente. En el Río 4.º tiene amigos: Camilo Arias, mi

fiel é inseparable compañero, es uno de ellos. La última vez que emigró

de allí fué por prevenciones infundadas.

Ésa es nuestra tierra--como nuestra política suele consistir en hacer

de los amigos enemigos, parias de los hijos del país,--secretarios,

ministros, embajadores de los que nos han combatido.

Solemos ser justos con los _nuestros_, con los adversarios somos

siempre débiles. Solemos ser tolerantes con los que transigen, con los

que se hacen un honor y un deber de tener conciencia, jamás.

Para ello está reservada la crítica irritante, acerba.

El peor papel que puede representar el patriotismo á los ojos de las

medianías, es tener carácter.

Más hábiles en el arte de reclutar nulidades, de seducir traficantes y

especuladores, que dispuestos á admirar el talento y la probidad; más

capaces de claudicar que de imponerse por la elevación moral, prefieren

los que se doblegan á los que firmes sobre el pedestal de sus creencias

tienen la osadía de exclamar: ¡yo pienso así!

¡Ah! ¡si el país no estuviera jadeante! ¡Ah! ¡si no estuviera arraigado

en todos los corazones el convencimiento de que hay que preparar la

tierra, antes de arrojar en sus entrañas fecundas la semilla!

¡Ah! ¡si no fuera que el hierro mata! ¡Ah! ¡si no fuera que una verdad

escrita con sangre es siempre una conquista fratricida!

Camilo me había hablado largamente de Manuel Alfonso. Había sido el

apoderado de los pocos intereses que dejó en la frontera la última vez

que huyó de ella. Tenía por él ese cariño respetuoso, que el paisano le

profesa siempre al gaucho cuando no le cree malo; había sido su maestro

en los campos; y como aborrecía de muerte á los indios, con los que se

había batido muchas veces cuerpo á cuerpo, perdiendo dos hermanos en

dos invasiones, se hacía la ilusión de arrancarlo de su guarida.

Camilo Arias, es igual á Manuel Alfonso en un sentido, su reverso en

otro.

Camilo sabe tanto como Alfonso; es rumbeador como él, jinete como él,

valiente como él; pero no es aventurero.

Camilo es un paisano gaucho, pero no es un gaucho.

Son dos tipos diferentes. Paisano gaucho es el que tiene hogar,

paradero fijo, hábitos de trabajo, respeto por la autoridad, de cuyo

lado estará siempre, aun contra su sentir.

El gaucho neto, es el criollo errante, que hoy está aquí, mañana allá;

jugador, pendenciero, enemigo de toda disciplina; que huye del servicio

cuando le toca, que se refugia entre los indios si da una puñalada, ó

gana la montonera si ésta asoma.

El primero, tiene los instintos de la civilización; imita al hombre

de las ciudades en su traje, en sus costumbres. El segundo, ama la

tradición, detesta al _gringo_; su lujo son sus espuelas, su chapeado,

su tirador, su facón. El primero se quita el poncho para entrar en

la villa, el segundo entra en ella haciendo ostentación de todos

sus arreos. El primero es labrador, picador de carretas, acarreador

de ganado, tropero, peón de mano. El segundo se conchaba para las

_yerras_. El primero ha sido soldado varias veces. El segundo formó

alguna vez parte de un contingente y en cuanto vió luz se alzó.

El primero es siempre _federal_, el segundo ya no es nada. El primero

cree todavía en algo, el segundo en nada. Como ha sufrido más que la

_gente de frac_, se ha desengañado antes que ella. Va á las elecciones,

porque el Comandante ó el Alcalde se lo ordena, y con eso se hace

sufragio universal. Si tiene una demanda la deja porque cree que es

tiempo perdido, sea dicho con verdad. En una palabra, el primero es un

hombre útil para la industria y el trabajo, el segundo es un habitante

peligroso en cualquier parte. Ocurre al juez, porque tiene el instinto

de creer que le harán justicia de miedo, y hay ejemplos; si no se

la hacen, se venga, hiere ó mata. El primero compone la masa social

argentina, el segundo va desapareciendo. Para los que, metidos en la

crisálida de los grandes centros de población, han visto su tierra y el

mundo por un agujero; para los que suspiran por conocer el extranjero,

en lugar de viajar por su país; para los que han surcado el Océano en

vapor; para los que saben dónde está Riga, ignorando dónde queda Yaví;

para los que han experimentado la satisfacción febril de tragarse las

leguas en ferrocarril, sin haber gozado jamás del placer primitivo de

andar en carreta, para todos ésos el _gaucho_ es un ser ideal.

No lo han visto jamás.

La libertad, el progreso, la inmigración, la larga y lenta palingenesia

que venimos atravesando hace dieciocho años lo va haciendo desaparecer.

El día en que haya desaparecido del todo será probablemente aquél en

que se comprenda que tenemos una masa de pueblo sin alma, que en nada,

ni en nadie cree; que desparramada en inmensas campañas, no tiene

iglesias, ni escuelas, ni caminos, ni justicia, nada que la ampare

eficazmente, que la prepare para el gobierno propio, para la verdad del

sufragio popular, para el respeto siquiera del extranjero que viene á

compartir con nosotros todo, menos el dolor porque no nos estima, nada,

nada en fin, sino un caudillejo armado ó togado que la oprima ó la

explote.

Sólo entonces tendremos, propiamente hablando, pueblo; pueblo con

corazón, con conciencia, con convicción y pasión.

Entonces no habrá paisanos honrados, con intereses que perder, que

encerrándose en el egoísmo, que todo lo seca, hasta el patriotismo,

sientan solos los animales sociales que pueden asolar su casa.

Entonces no habrá en Córdoba un maestro de posta, hacendado, que

conteste lo que me contestaron á mí en el Molle.

Era el mes de abril del año 1865. Íbamos de pasajeros, de Mendoza para

Córdoba en una galera, el doctor don Eduardo Costa, Alejandro Paz y don

Francisco Civit, todos excelentes compañeros de viaje. En el primero,

sobre todo, nadie habría sospechado un hombre tan avenido y varonil.

En el Río 4.º el general don Emilio Mitre nos había dado la noticia de

la primera agresión de López. Teníamos una impaciencia febril de llegar

á Córdoba, donde se hallaba el doctor Rawson.

En la referida posta le pregunté yo al dueño de casa, que era un vejete

bastante alentado.

--¿Y, qué noticias tiene, paisano?

--Ningunas--me contestó.

--Pero hombre--agregué asombrado;--¿no sabe usted que los paraguayos

han invadido la Provincia de Corrientes con cuarenta mil hombres; que

nos han apresado unos vapores; que han robado, incendiado y cautivado

muchas familias?

Por toda contestación exclamó, con la tonada consabida:

--¡Lo bueno que por aquí no han de llegar!

¡Qué consoladora ingenuidad! Pero qué bien pinta el estado moral de un

país.

Después de esto habladme cuanto queráis del patriotismo argentino. Yo

os diré que el patriotismo es una virtud cívica, que no apasiona las

multitudes sino cuando la noción del deber se ha encarnado en ellas;

que todo deber responde á un ideal; que la libertad, la religión, la

patria, el honor nacional son un ideal, pero que ese ideal no está

sino en la conciencia de cierto número de elegidos.

Tenemos el germen, falta difundirlo.

¿De qué manera? Haciendo que la patria sea para el hombre del pueblo,

la libertad en todas sus manifestaciones, la justicia, el trabajo bien

remunerado; no el abuso, el privilegio, la miseria.

Entonces no se encontrará quien diga, lo que frecuentemente se oye:

¡para lo que yo le debo á la patria!

No basta que las constituciones proclamen que todo ciudadano está

obligado á armarse en defensa de la patria. Es menester que la patria

deje de ser un mito, una abstracción, para que todos la comprendan y la

amén con el mismo acendrado amor. Hay fanatismos necesarios, que si no

existen se deben crear.

Manuel Alfonso volvió á preguntar por el amigo Camilo Arias.

--Que lo llamen--dije yo.

El gaucho, ni me miró siquiera.

Pero comprendiendo quién era, y con la intención sin duda de

_calmarme_, preguntó.

--¿Y cómo se entienden estas paces? Aquí de amigos ya, Calfucurá

invadiéndolo los porteños.

--Mire, amigo--le contesté;--delante de mí no me venga hablando

barbaridades. Si no le gusta la paz mándese mudar.

Se dió vuelta entonces, me miró, y pegando maquinalmente con el

rebenque en el suelo unas cuantas veces, repuso:

--Yo digo lo que me han dicho.

--Pues le repito que es una barbaridad, le contesté.

Me miró con más fijeza y por toda contestación se sonrió maliciosamente

como diciendo: ¡mozo malo!

Estaba provocativo. Iba mal parado si le aflojaba, así es el gaucho

taimado.

--Y este fogón es mío, le agregué, como diciéndole: «no quiero que en

él se hablen cosas que no me gustan».

--¿Y usted quién es?--repuso, jugando siempre con el rebenque y fijando

la vista en el fogón.

--Averigüe--le contesté.

En ese momento una voz conocida dijo al lado mío:

--Orden, señor.

Era Camilo Arias que venía á mi llamado.

--Aquí tienes un amigo--le dije, señalándole á Manuel Alfonso.

Los paisanos son generalmente fríos, se saludaron como si se hubieran

visto el día antes.

--Vamos--le dijo Camilo.

--Vamos--contestó el gaucho, levantándose. Dió las buenas noches y se

marchó.

Me quedé sumamente preocupado. En un hombre tan sagaz como él, tan

conocedor de los indios, tan influyente entre ellos por sus servicios,

sus conocimientos y su valor, aquellas palabras soltadas en mi fogón,

revelaban malísima intención.

No había subido aún á caballo Manuel Alfonso, cuando mi compadre

Baigorrita se presentó.

Echó pie á tierra y se sentó á mi lado; pedí su cena, se la trajeron, y

sacando el cuchillo, me dijo:

--¿Conociendo Chañilao?

--Ahí va--le contesté indicándoselo. Acababa de armar un cigarro en ese

instante y lo encendía, montando ya.

--Ahí--dijo mi compadre.

--¿Hay algo?--le pregunté á San Martín.

--¡Creo que sí!--me contestó.

Baigorrita estaba más pensativo que de costumbre. Sus preguntas, sus

exclamaciones, su aire sombrío, acabaron de convencerme de que Manuel

Alfonso no había venido á mi fogón á hablar de la paz y de Calfucurá

sin objeto.

¿Qué podía haber?

En vísperas de una gran junta, cualquier mala disposición era alarmante.

--¿Hay alguna cosa, compadre?--le hice preguntar á Baigorrita con San

Martín.

--Sí, compadre--me contestó él mismo.

Habló con San Martín y en seguida me dijo éste:

Que Mariano Rosas le había contado muchas cosas de mí; que estando

acampado en Calcumuleu los había tratado muy mal á los indios; que á él

le había mandado decir una porción de desvergüenzas; y que yo era muy

altanero.

Le referí todo lo que había sucedido y su respuesta fué por boca de San

Martín:

--Alguna intriga, compadre, porque nos ven de amigos.

Comprendí todo.

Durante mi permanencia en Quenque, me habían hecho la cama en Leubucó.

Mi compadre acabó de cenar, él y yo éramos los únicos que quedaban al

lado del fogón; los demás se habían recogido.

--Vamos á dormir, compadre--le dije.

--Bueno--me contestó.

Llamé á Carmen.

Me enseñó mi cama. Estaba al pie de un hermoso caldén.

Me sentaba en ella, cuando una china se apeó allí cerca del caballo, y

viniendo á mí me dijo con aire misterioso:

--Tengo que hablarle.

Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2 · 第 24 / 47 题