Quién es Chañilao.--Su historia.--El carácter es un defecto para
las medianías.--Diferencia entre el gaucho y el paisano.--El
primero no es nada, el segundo es siempre federal.--¿Tenemos
pueblo propiamente hablando?--Sentimientos de un maestro de posta
cordobés cuando estalló la guerra con el Paraguay.--Chañilao y
yo.--Frescas.--Intrigas.--Una china.
Chañilao es el célebre gaucho cordobés Manuel Alfonso, antiguo morador
de la frontera de Río 4.º.
Vive entre los indios hace años.
No hay un baqueano más experto, ni más valiente que él. Tiene la carta
topográfica de las provincias fronterizas en la cabeza.
Ha cruzado la Pampa en todas direcciones millares de veces, desde la
sierra de Córdoba hasta Patagones, desde la Cordillera de los Andes
hasta las orillas del Plata.
En ese inmenso territorio, no hay un río, un arroyo, una laguna, una
cañada, un pasto que no conozca bien.
Él ha abierto nuevas rastrilladas y frecuentado las viejas abandonadas
ya.
En la peligrosa travesía, donde pocos se aventuran, él conoce escondido
_guaico_, para abrevar la sed del caminante y de sus caballos.
Ha acompañado á los indios en sus más atrevidas excursiones, y muchas
veces se salvaron por su pericia y su arrojo.
Sus constantes correrías, de noche, de día, con buen ó mal tiempo,
llueva ó truene, brille el sol ó esté nublado, haya luna ó esté sombrío
el cielo,--le han hecho adquirir tal práctica, que puede anticipar los
fenómenos meteorológicos con la exactitud del barómetro, del termómetro
y del higrómetro.
Es una aguja de marear humana; su mirada marca los rumbos y los medios
rumbos, con la fijeza del cuadrante.
Habla la lengua de los indios como ellos, tiene mujer propia y vive
con ellos. Es domador, enlazador, boleador, pialador. Conoce todos los
trabajos de campo como un estanciero; ha tenido tratos con Rosas y con
Urquiza, ha caído prisionero varias veces y siempre se ha escapado,
gracias á su astucia ó su temeridad.
Poco antes de la batalla de Cepeda le tomaron, junto con veinte indios,
en la frontera Oeste de Buenos Aires. Sólo él burló la vigilancia de
los guardias y se salvó.
Es un oráculo para los indios cuando invaden y cuando se retiran; vive
por desconfianza en _Inché_, treinta leguas más al Sud que Baigorrita,
á cuya indiada pertenece; tiene séquito y es _capitanejo_, con lo cual
está dicho todo sobre este tipo, planta verdaderamente oriunda del
suelo argentino.
Chañilao no es sanguinario; ha vivido entre los cristianos y entre los
indios alternativamente. En el Río 4.º tiene amigos: Camilo Arias, mi
fiel é inseparable compañero, es uno de ellos. La última vez que emigró
de allí fué por prevenciones infundadas.
Ésa es nuestra tierra--como nuestra política suele consistir en hacer
de los amigos enemigos, parias de los hijos del país,--secretarios,
ministros, embajadores de los que nos han combatido.
Solemos ser justos con los _nuestros_, con los adversarios somos
siempre débiles. Solemos ser tolerantes con los que transigen, con los
que se hacen un honor y un deber de tener conciencia, jamás.
Para ello está reservada la crítica irritante, acerba.
El peor papel que puede representar el patriotismo á los ojos de las
medianías, es tener carácter.
Más hábiles en el arte de reclutar nulidades, de seducir traficantes y
especuladores, que dispuestos á admirar el talento y la probidad; más
capaces de claudicar que de imponerse por la elevación moral, prefieren
los que se doblegan á los que firmes sobre el pedestal de sus creencias
tienen la osadía de exclamar: ¡yo pienso así!
¡Ah! ¡si el país no estuviera jadeante! ¡Ah! ¡si no estuviera arraigado
en todos los corazones el convencimiento de que hay que preparar la
tierra, antes de arrojar en sus entrañas fecundas la semilla!
¡Ah! ¡si no fuera que el hierro mata! ¡Ah! ¡si no fuera que una verdad
escrita con sangre es siempre una conquista fratricida!
Camilo me había hablado largamente de Manuel Alfonso. Había sido el
apoderado de los pocos intereses que dejó en la frontera la última vez
que huyó de ella. Tenía por él ese cariño respetuoso, que el paisano le
profesa siempre al gaucho cuando no le cree malo; había sido su maestro
en los campos; y como aborrecía de muerte á los indios, con los que se
había batido muchas veces cuerpo á cuerpo, perdiendo dos hermanos en
dos invasiones, se hacía la ilusión de arrancarlo de su guarida.
Camilo Arias, es igual á Manuel Alfonso en un sentido, su reverso en
otro.
Camilo sabe tanto como Alfonso; es rumbeador como él, jinete como él,
valiente como él; pero no es aventurero.
Camilo es un paisano gaucho, pero no es un gaucho.
Son dos tipos diferentes. Paisano gaucho es el que tiene hogar,
paradero fijo, hábitos de trabajo, respeto por la autoridad, de cuyo
lado estará siempre, aun contra su sentir.
El gaucho neto, es el criollo errante, que hoy está aquí, mañana allá;
jugador, pendenciero, enemigo de toda disciplina; que huye del servicio
cuando le toca, que se refugia entre los indios si da una puñalada, ó
gana la montonera si ésta asoma.
El primero, tiene los instintos de la civilización; imita al hombre
de las ciudades en su traje, en sus costumbres. El segundo, ama la
tradición, detesta al _gringo_; su lujo son sus espuelas, su chapeado,
su tirador, su facón. El primero se quita el poncho para entrar en
la villa, el segundo entra en ella haciendo ostentación de todos
sus arreos. El primero es labrador, picador de carretas, acarreador
de ganado, tropero, peón de mano. El segundo se conchaba para las
_yerras_. El primero ha sido soldado varias veces. El segundo formó
alguna vez parte de un contingente y en cuanto vió luz se alzó.
El primero es siempre _federal_, el segundo ya no es nada. El primero
cree todavía en algo, el segundo en nada. Como ha sufrido más que la
_gente de frac_, se ha desengañado antes que ella. Va á las elecciones,
porque el Comandante ó el Alcalde se lo ordena, y con eso se hace
sufragio universal. Si tiene una demanda la deja porque cree que es
tiempo perdido, sea dicho con verdad. En una palabra, el primero es un
hombre útil para la industria y el trabajo, el segundo es un habitante
peligroso en cualquier parte. Ocurre al juez, porque tiene el instinto
de creer que le harán justicia de miedo, y hay ejemplos; si no se
la hacen, se venga, hiere ó mata. El primero compone la masa social
argentina, el segundo va desapareciendo. Para los que, metidos en la
crisálida de los grandes centros de población, han visto su tierra y el
mundo por un agujero; para los que suspiran por conocer el extranjero,
en lugar de viajar por su país; para los que han surcado el Océano en
vapor; para los que saben dónde está Riga, ignorando dónde queda Yaví;
para los que han experimentado la satisfacción febril de tragarse las
leguas en ferrocarril, sin haber gozado jamás del placer primitivo de
andar en carreta, para todos ésos el _gaucho_ es un ser ideal.
No lo han visto jamás.
La libertad, el progreso, la inmigración, la larga y lenta palingenesia
que venimos atravesando hace dieciocho años lo va haciendo desaparecer.
El día en que haya desaparecido del todo será probablemente aquél en
que se comprenda que tenemos una masa de pueblo sin alma, que en nada,
ni en nadie cree; que desparramada en inmensas campañas, no tiene
iglesias, ni escuelas, ni caminos, ni justicia, nada que la ampare
eficazmente, que la prepare para el gobierno propio, para la verdad del
sufragio popular, para el respeto siquiera del extranjero que viene á
compartir con nosotros todo, menos el dolor porque no nos estima, nada,
nada en fin, sino un caudillejo armado ó togado que la oprima ó la
explote.
Sólo entonces tendremos, propiamente hablando, pueblo; pueblo con
corazón, con conciencia, con convicción y pasión.
Entonces no habrá paisanos honrados, con intereses que perder, que
encerrándose en el egoísmo, que todo lo seca, hasta el patriotismo,
sientan solos los animales sociales que pueden asolar su casa.
Entonces no habrá en Córdoba un maestro de posta, hacendado, que
conteste lo que me contestaron á mí en el Molle.
Era el mes de abril del año 1865. Íbamos de pasajeros, de Mendoza para
Córdoba en una galera, el doctor don Eduardo Costa, Alejandro Paz y don
Francisco Civit, todos excelentes compañeros de viaje. En el primero,
sobre todo, nadie habría sospechado un hombre tan avenido y varonil.
En el Río 4.º el general don Emilio Mitre nos había dado la noticia de
la primera agresión de López. Teníamos una impaciencia febril de llegar
á Córdoba, donde se hallaba el doctor Rawson.
En la referida posta le pregunté yo al dueño de casa, que era un vejete
bastante alentado.
--¿Y, qué noticias tiene, paisano?
--Ningunas--me contestó.
--Pero hombre--agregué asombrado;--¿no sabe usted que los paraguayos
han invadido la Provincia de Corrientes con cuarenta mil hombres; que
nos han apresado unos vapores; que han robado, incendiado y cautivado
muchas familias?
Por toda contestación exclamó, con la tonada consabida:
--¡Lo bueno que por aquí no han de llegar!
¡Qué consoladora ingenuidad! Pero qué bien pinta el estado moral de un
país.
Después de esto habladme cuanto queráis del patriotismo argentino. Yo
os diré que el patriotismo es una virtud cívica, que no apasiona las
multitudes sino cuando la noción del deber se ha encarnado en ellas;
que todo deber responde á un ideal; que la libertad, la religión, la
patria, el honor nacional son un ideal, pero que ese ideal no está
sino en la conciencia de cierto número de elegidos.
Tenemos el germen, falta difundirlo.
¿De qué manera? Haciendo que la patria sea para el hombre del pueblo,
la libertad en todas sus manifestaciones, la justicia, el trabajo bien
remunerado; no el abuso, el privilegio, la miseria.
Entonces no se encontrará quien diga, lo que frecuentemente se oye:
¡para lo que yo le debo á la patria!
No basta que las constituciones proclamen que todo ciudadano está
obligado á armarse en defensa de la patria. Es menester que la patria
deje de ser un mito, una abstracción, para que todos la comprendan y la
amén con el mismo acendrado amor. Hay fanatismos necesarios, que si no
existen se deben crear.
Manuel Alfonso volvió á preguntar por el amigo Camilo Arias.
--Que lo llamen--dije yo.
El gaucho, ni me miró siquiera.
Pero comprendiendo quién era, y con la intención sin duda de
_calmarme_, preguntó.
--¿Y cómo se entienden estas paces? Aquí de amigos ya, Calfucurá
invadiéndolo los porteños.
--Mire, amigo--le contesté;--delante de mí no me venga hablando
barbaridades. Si no le gusta la paz mándese mudar.
Se dió vuelta entonces, me miró, y pegando maquinalmente con el
rebenque en el suelo unas cuantas veces, repuso:
--Yo digo lo que me han dicho.
--Pues le repito que es una barbaridad, le contesté.
Me miró con más fijeza y por toda contestación se sonrió maliciosamente
como diciendo: ¡mozo malo!
Estaba provocativo. Iba mal parado si le aflojaba, así es el gaucho
taimado.
--Y este fogón es mío, le agregué, como diciéndole: «no quiero que en
él se hablen cosas que no me gustan».
--¿Y usted quién es?--repuso, jugando siempre con el rebenque y fijando
la vista en el fogón.
--Averigüe--le contesté.
En ese momento una voz conocida dijo al lado mío:
--Orden, señor.
Era Camilo Arias que venía á mi llamado.
--Aquí tienes un amigo--le dije, señalándole á Manuel Alfonso.
Los paisanos son generalmente fríos, se saludaron como si se hubieran
visto el día antes.
--Vamos--le dijo Camilo.
--Vamos--contestó el gaucho, levantándose. Dió las buenas noches y se
marchó.
Me quedé sumamente preocupado. En un hombre tan sagaz como él, tan
conocedor de los indios, tan influyente entre ellos por sus servicios,
sus conocimientos y su valor, aquellas palabras soltadas en mi fogón,
revelaban malísima intención.
No había subido aún á caballo Manuel Alfonso, cuando mi compadre
Baigorrita se presentó.
Echó pie á tierra y se sentó á mi lado; pedí su cena, se la trajeron, y
sacando el cuchillo, me dijo:
--¿Conociendo Chañilao?
--Ahí va--le contesté indicándoselo. Acababa de armar un cigarro en ese
instante y lo encendía, montando ya.
--Ahí--dijo mi compadre.
--¿Hay algo?--le pregunté á San Martín.
--¡Creo que sí!--me contestó.
Baigorrita estaba más pensativo que de costumbre. Sus preguntas, sus
exclamaciones, su aire sombrío, acabaron de convencerme de que Manuel
Alfonso no había venido á mi fogón á hablar de la paz y de Calfucurá
sin objeto.
¿Qué podía haber?
En vísperas de una gran junta, cualquier mala disposición era alarmante.
--¿Hay alguna cosa, compadre?--le hice preguntar á Baigorrita con San
Martín.
--Sí, compadre--me contestó él mismo.
Habló con San Martín y en seguida me dijo éste:
Que Mariano Rosas le había contado muchas cosas de mí; que estando
acampado en Calcumuleu los había tratado muy mal á los indios; que á él
le había mandado decir una porción de desvergüenzas; y que yo era muy
altanero.
Le referí todo lo que había sucedido y su respuesta fué por boca de San
Martín:
--Alguna intriga, compadre, porque nos ven de amigos.
Comprendí todo.
Durante mi permanencia en Quenque, me habían hecho la cama en Leubucó.
Mi compadre acabó de cenar, él y yo éramos los únicos que quedaban al
lado del fogón; los demás se habían recogido.
--Vamos á dormir, compadre--le dije.
--Bueno--me contestó.
Llamé á Carmen.
Me enseñó mi cama. Estaba al pie de un hermoso caldén.
Me sentaba en ella, cuando una china se apeó allí cerca del caballo, y
viniendo á mí me dijo con aire misterioso:
--Tengo que hablarle.