Medio dormido.--Un palote humano.--Un baño de aguardiente.--Los perros
son más leales que los hombres.--Preparativos.--El comercio entre
los indios.--Dar y pedir con _vuelta_.--Peligros á que me expuso mi
pera.--En marcha para Añacué.--Una águila mirando al Norte, buena
señal.
La luna había terminado su evolución, las estrellas brillaban apenas al
través de cenicientos nubarrones, reinaba una obscuridad caótica.
Abrí los ojos, no vi nada.
Me apretaban fuertemente, quitándome la respiración; una substancia
glutinosa, fétida, corría como copioso sudor por mi cara; una mole me
oprimía el pecho, palpitaba y confundía sus latidos con los míos; otro
peso gravitaba sobre mi vientre y algo, como brazos, aleteaba.
El sobresalto, el cansancio, el sueño reparador interrumpido, las
tinieblas me ofuscaban.
Oía como un gruñido y sentía como si diese vuelta por encima de mi
estirada humanidad, un inmenso palote de amasar.
No podía sacar los brazos de abajo de las cobijas, porque las sujetaban
de ambos lados; hice un esfuerzo y conseguí sacar uno.
Tanteando con cierto inexplicable temor, á la manera que entre las
sombras de la noche penetramos en un cuarto cuyos muebles no sabemos
en qué disposición están colocados, toqué una cosa como la cara de un
hombre de barba fuerte, que se había afeitado hace tres días. Me hizo
el efecto de una vejiga de piel de lija.
Conseguí sacar el otro brazo, y siguiendo la exploración, lo llevé á la
altura del primero; toqué una cosa como la crin de un animal. Luego,
tanteando con las dos manos á la vez, hallé otra cosa redonda, que no
me quedó la menor duda era una cabeza humana. Un líquido aguardentoso,
cayendo sobre mi cara como el último chorro de una pipa al salir por
ancho bitoque, me ahogó.
Llamé á Camargo angustiosamente. No me oyó. Creí morirme. No sabía lo
que embargaba mis sentidos. Pegué un empujón con entrambas manos á
lo que me parecía una cabeza; formé con mis rodillas un triángulo y
dándole un fuerte empellón al peso que las oprimía, eché á rodar un
bulto pesado, que gritó, peñi (hermano).
Me puse de pie, como D. Quijote en la escena con Maritornes, y vi un
cuerpo revolcándose á mi lado. Volví á llamar á Camargo, con todos mis
pulmones; se levantó rápido, se acercó á mi cama y oyendo que le decía,
qué es eso, señalándole el bulto, se agachó, miró, echóse á reir y
exclamó: Es el indio borracho.
Comprendí lo que había pasado; su interlocutor de un rato antes, al
cruzar por mi enramada había tropezado, se había caído y con la tranca
no había podido levantarse; había posado su cara sobre la mía y me
había bañado con sus babas y sus erupciones alcohólicas.
Tuve que llamar á Carmen, que lavarme y mudar de ropa.
El crepúsculo empezaba. Mandé hacer fuego, calentar agua, y fuí á
sentarme en el fogón.
El cuarterón y el perro estaban allí; dormían.
La madrugada me sorprendió tomando mate. Mi compadre se levantó cuando
las últimas estrellas desaparecían. Llamó á San Martín, le dió sus
órdenes, y un momento después Caiomuta salía de su toldo en brazos de
cuatro indios como un cuerpo muerto.
Le enhorquetaron sobre su caballo, le dieron á éste un rebencazo y el
animal tomó el camino de la querencia, llevándose á su dueño y señor.
Mi compadre vino en seguida al fogón, y saludándome, se sentó á mi
lado. Preguntóme si había dormido bien. Le contesté que sí; le di un
mate y un cigarro, tomó ambas cosas, no habló más y se marchó.
Varias veces, mientras permaneció á mi lado, clavó sus ojos en el
cuarterón con indiferencia.
Despertóse éste, me dió los buenos días y se levantó.
--Siéntate no más--le dije, pasándole un mate.
Obedeció y lo tomó.
Nuevos parroquianos llegaron en ese momento.
Al tomar asiento, mi ayudante Rodríguez viendo al cuarterón allí, le
dijo:
--¿Conque sabías escribir?
El hombre no contestó.
El alférez Ozarowski, dijo:
--Si no sabe; ha querido hacer creer que sabía; lo que estuvo
escribiendo eran unas rayas, y contó que la tarde antes le habían
visto con un lápiz y aire misterioso detrás de la cocina hacer como
que tomaba nota de lo que se conversaba. Pero que todo había sido una
pantomima.
El espía de Calfucurá era un tipo.
Oyendo que se ocupaban de él, se marchó; el perro le siguió.
Había encontrado un hombre que parecía indio, que hablaba una lengua
que conocía y se había adherido á él por gratitud.
Los perros son más leales que los hombres; los hombres más generosos
que los perros. El mundo está bien así, mientras no se presente otro
planeta mejor adonde emigrar. Pero la raza humana tiene, sin embargo,
mucho que aprender de la canina y viceversa.
Me acordé de que ese día era el prefijado para la gran junta. Llamé á
San Martín y le hice preguntar á mi compadre á qué hora marcharíamos.
Me contestó que cuando ladeara el sol.
Di mis órdenes, se pasó la mañana en preparativos para la marcha, y
cuando todo estuvo dispuesto me fuí al toldo de Baigorrita, entrando en
él como en mi casa.
Yo observaba movimiento en su gente y tenía curiosidad de saber en qué
consistía.
La hora se acercaba.
Mi compadre me vió entrar sin salir de su apatía habitual. Había vuelto
á la faena de picar tabaco con la navaja de Rodgers.
En la cara me conoció que alguna curiosidad me llevaba.
Llamó á San Martín.
Vino éste, y le hice preguntar que si todavía no era hora de ensillar.
Me contestó que teníamos bastante tiempo aún; que de allí á _Añancué_,
línea divisoria de sus tierras, no había más que dos galopes; que ya
había mandado traer sus caballos y buscar una res, para que mi gente
carneara antes de partir; pero que la res tardaría un rato largo en
llegar, porque estaba lejos.
--¿Y qué, mi compadre no tiene vacas gordas aquí?--le pregunté á San
Martín.
--No, señor, si está muy pobre--me contestó.
--¿Muy pobre?
--Sí, señor.
--¿Y cuánto vale una vaca?
--No tiene precio.
--¿Cómo no tiene precio?
Cuando es para comercio, depende de la abundancia; cuando es para comer
no vale nada; la comida no se vende aquí, se le pide al que tiene más.
--De modo que los que hoy tienen mucho, pronto se quedarán sin tener
qué dar.
--No, señor; porque lo que se da _tiene vuelta_.
--¿Qué es eso de vuelta?
--Señor, es que aquí el que da una vaca, una yegua, una cabra ó una
oveja para comer, la cobra después; el que la recibe, algún día ha de
tener.
--Y si á un indio rico le piden veinte indios pobres á la vez, ¿qué
hace?
--Á los veinte les da _con vuelta_ y poco á poco se va cobrando.
--Y si mueren los veinte, ¿quién le paga?
--La familia.
--¿Y si no tienen familia?
--Los amigos.
--¿Y si no tienen amigos?
--No pueden dejar de tener.
--Pero todos los hombres no tienen amigos que paguen por ellos.
--Aquí sí; no ve, señor, que en cada toldo hay _allegados_, que viven
de lo que agencia el dueño.
--¿Y si se les antoja no pagar?
--No sucede nunca.
--Puede suceder, sin embargo.
--Podría suceder, sí, señor, pero si sucediese, el día que á ellos les
faltase nadie les daría.
--¿Cada indio tendrá una cuenta muy larga de lo que debe y le deben?
--Todo el día hablan de lo que han recibido y dado con vuelta.
--¿Y no se olvidan?
--Un indio no se olvida jamás de lo que da ni de lo que le ofrecen.
--¿Me has dicho que cuando una vaca era para comercio tenía precio?
--Sí, señor.
--¿Explícame eso?
--Señor, comercio es, que el que tiene le haga un cambio al que tiene.
--¿Entonces si un indio tiene un par de estribos de plata y no tiene
qué comer, y quiere cambiar los estribos por una vaca, los cambia?
--No se usa; le darán la vaca _con vuelta_ y él dará los estribos _con
vuelta_ también.
--¿Y si un indio tiene un par de espuelas de plata y las quiere cambiar
por un par de estribos?
--Las cambia, _con vuelta_ ó _sin vuelta_, según el trato.
--¿Y con los indios chilenos, cómo hacen el comercio, lo mismo?
--No, señor; con los chilenos el comercio lo hacen como los cristianos,
á no ser que sean parientes.
--¿Y con los indios de Calfucurá y con los Pampas?
--Lo mismo, señor.
--¿Y hay pleitos aquí?
--No faltan, señor.
--¿Y cuando dos indios tienen una diferencia, quién los arregla?
--Nombran jueces.
--¿Y si alguno no se conforma?
--Tiene que conformarse.
Estos bárbaros, dije para mis adentros, han establecido la ley del
Evangelio, hoy por ti, mañana por mí, sin incurrir en las utopías del
socialismo; la solidaridad, el valor en cambio para transacciones; el
crédito para las necesidades imperiosas de la vida y el jurado civil;
entre ellos se necesitan especies para las permutas, crédito para comer.
Es lo contrario de lo que sucede entre los cristianos. El que tiene
hambre no come si no tiene con qué. Está visto que las instituciones
humanas son el resultado de las necesidades y de las costumbres, y que
la gran sabiduría de los legisladores consiste en no perderlo de vista
al modelar las leyes. Los que á cada rato nos presentan el cartabón de
otras naciones cuya raza, cuya religión, cuyas tradiciones difieren de
las nuestras, deberían tomar notas de estas observaciones.
Por aquí iba de mi soliloquio, cuando el indio que me escamoteó los
guantes de castor se presentó. Venía algo _achumado_.
En cuanto me vió me dijo una cuchufleta. Sentóse á mi lado y me pidió
el pañuelo de seda que llevaba al cuello. Me negué á dárselo, porque su
desaparición importaba _una señal_. Pero insistió é insistió y no tuve
más recurso que ceder. Era una prenda insignificante y quién sabe qué
se imaginaba mi compadre si no lo daba. De la suspicacia de un indio
hay que esperarlo todo.
Gran contento experimentó el indio al recibir el pañuelo y en el acto
se lo puso como yo lo usaba, calándose encima el sombrero.
Siguió jaraneando, siendo mi larga pera objeto de los mayores elogios
y admiración. Grande, linda, me decía, pasando por ella sus puercas
manos. Quería levantarme y no me dejaba. Estaba cargoso como cuatro. Y
no me era dado manifestarle que me atosigaba con sus monadas, porque á
mi compadre le hacían suma gracia. Además, yo sabía todo el cariño y
respeto que tenía por él.
Me abrazaba, me besaba, se quedaba mirándome, y gozoso exclamaba: ¡Ese
coronel Mansilla toro! Era el mayor cumplimiento que podía dirigirme.
Ya lo he dicho, ser _toro_ es ser todo un hombre.
No sabiendo qué más hacerme, se le ocurrió _trenzarme la pera_.
Era la otra seña convenida con Camilo si algún peligro me amenazaba.
¿Cómo dejarlo satisfacer su capricho?
Se aferró á él con tanta tenacidad, que me preocupó seriamente.
Y no era para menos, Santiago amigo, si tienes presente la composición
de lugar hecha con Camilo, para el caso de que los indios no quisieran
dejarme salir de entre ellos.
Que me hubiera pedido y sacado el pañuelo, se explicaba. Á cualquier
indio podía habérsele ocurrido pedírmelo. Me había puesto en ese caso.
Pero que después de haber dado el pañuelo me quisiera trenzar la barba,
era inexplicable, extraordinario.
No hay previsión que alcance ciertas cosas; con razón dice Napoleón,
que en la guerra dos tercios deben concedérsele al cálculo y uno á la
casualidad.
No podía ocurrírseme la idea de una traición, porque los _muchachos_ de
Camilo eran todos hombres muy seguros. Han conversado entre ellos sobre
lo convenido, algún espía los ha oído, me decía, y me tienden un lazo;
quieren ver qué hago.
El indio no declinaba de su empeño. Á Roma por todo, exclamé
interiormente, y me dejé trenzar la barba, tomando la precaución de
darle la espalda á la entrada del toldo, no fuera á pasar Camilo, viera
la señal y se largara para la Villa de Mercedes, llevándole un parte
falso al general Arredondo.
Estaba en ascuas; los caballos debían llegar de un momento á otro y con
ellos Camilo, quién según la consigna no me veía hacía días.
Darle aviso de lo que acontecía era imposible. El indio no me dejaba
salir del toldo. Un hombre _achumado_ es más pesado y fastidioso que
una mujer enamorada celosa.
La res que había mandado pedir mi compadre llegó, y me sacó de apuros.
Preguntáronle si la carneaban, contestó que sí, y me hizo decir: que
cuando gustara podía mandar ensillar.
Me levanté, y destrenzándome la malhadada pera, salí del toldo, á pesar
de los repetidos, «no se vaya, amigo», del indio.
Tres trompas tocaron llamada, y algunos momentos después comenzaron á
llegar grupos de jinetes, montando buenos caballos y vistiendo trajes
de gala. Uno de ellos tenía uniforme completo de teniente coronel y la
pata en el suelo.
Mi gente estaba pronta. Arrimaron las tropillas y ensillamos.
Me despedí tiernamente de mi ahijado. ¡Extraños fenómenos de la
simpatía, el chiquilín lagrimeó!
Montamos y partimos al gran galope en dispersión.
El cuarterón iba con nosotros y el perro del toldo de Baigorrita le
seguía.
Por el camino se incorporaron varios grupos de indios, y cuando
llegábamos á las alturas de Poitaua era la tarde ya.
Sujeté para esperar á los franciscanos que se habían quedado atrás, y
mi compadre también.
Sobre la copa de un algarrobo estaba un águila, mirando al Norte.
Baigorrita me hizo decir con San Martín, que era buena seña, que el
águila nos indicaba el rumbo.
Si hubiese estado mirando al Sud, _todos_ los indios se habrían vuelto.
Es el ave sagrada de ellos y tienen esa preocupación.
Los franciscanos llegaron y seguimos la marcha al trote; iba á reirme
de la superstición del águila, diciéndoles lo que me había hecho notar
mi compadre. Pero me acordé de que yo no como donde hay trece, ni mato
arañas por la noche.
Hay un mundo en el que todos los hombres son iguales; es el mundo
de las preocupaciones. El más sensato es un bárbaro. Decidme si no,
lector, ¿por qué aborrecéis á don fulano?