XIII

Mi compadre Baigorrita me pide caballos prestados.--El que

entre lobos anda á aullar aprende.--Aves de la Pampa.--En un

monte.--Perdido.--Las tinieblas.--Fantasmas de la imaginación.--¿Somos

felices?--Disertación sobre el derecho.--El miedo.--Hallo

camino.--Me incorporo á mis compañeros.--Clarines y cornetas.

En _Pitralauquen_, volvimos á hacer alto; los flamencos atornasolados

saludaron nuestra llegada, batiendo con estrépito sus sonrosadas alas,

y en ondas caprichosas se perdieron por el éter incoloro.

Mi compadre y sus indios allegados iban tan mal montados, que me pidió

por favor le prestara algunos caballos para llegar á la raya.

Ordené que se los dieran, y diciéndole á San Martín: parece increíble

que Baigorrita no tenga más caballos, me contestó: si anoche casi lo

han dejado á pie.

Descansamos un rato y seguimos la marcha.

Al tiempo de subir á caballo, le robé al indio de los guantes un naco

de tabaco que llevaba atado á los tientos.

El que entre lobos anda á aullar aprende.

Se lo dije á mi compadre y se rió mucho, festejando la ocurrencia y la

burla que le harían los demás cuando supieran que se había dejado robar

por mí.

Galopábamos á toda brida.

Éramos como doscientos y ocupábamos media legua, por el desorden en que

los indios marchan.

El sol se ponía con un esplendor imponente; sus rayos como dardos

de fuego despejaban los celajes que intentaban ocultarlo á nuestras

miradas y refractándose sobre las nubes del opuesto hemisferio, teñían

el cielo con colores vivaces.

Las aves acuáticas, en numerosas bandadas, hendían los aires con raudo

vuelo y graznando se retiraban á las lagunas donde anidaban sus huevos.

Es increíble la cantidad de cisnes, blancos como la nieve, de cuello

flexible y aterciopelado; de gansos manchados, de rojo pico; de patos

reales, de plumas azules como el lapislázuli; de negras bandurrias,

de corvo pico; de pardos chorlos, de frágiles patitas; de austeras

becacinas de grises alas que alegran la Pampa. En cualquier laguna hay

millares.

¡Cómo gozaría allí un cazador!

Imaginaos que en la «Ramada» los soldados recogieron un día ocho mil

huevos, después de haber recogido toda la semana grandes cantidades.

¡Cuánto echaba yo de menos mi escopeta!

Entramos en el monte. Anocheció y seguimos al galope. El polvo y la

obscuridad envolvían en tinieblas profundas los árboles que, como

fantasmas se alzaban de improviso al acercarnos á ellos; no nos veíamos

á corta distancia; nos llevábamos por delante unos á los otros; mi

caballo era superior, yo iba á la cabeza, perdí la senda y me extravié.

Sujeté, hice alto, puse atento el oído en dirección al rumbo que me

pareció traerían los que me precedían, nada oí.

¿Qué peligro corría?

Ninguno en realidad.

Un tigre no podía hacerme nada. El caballo me habría librado de él.

Nuestros tigres, el jaguar argentino, no atacan como el tigre de

Bengala, sino cuando los buscan. Por otra parte, el monte había sufrido

los estragos de la quemazón y el tigre vive entre los pajonales.

¿Qué me imponía entonces?

Las tinieblas de la noche.

Las sombras tienen para mí un no sé qué de solemne. En la obscuridad,

cuando estoy solo, me siento anonadado. Me domino; pero tiemblo.

La noche y los perros son mis dos grandes pesadillas. Yo amo la luz

y á los hombres, aunque he hecho más locuras por las mujeres. No

puedo decir lo que me aterra cuando estoy solo en un cuarto obscuro,

cuando voy por la calle en tenebrosas horas, cuando cruzo el monte

umbrío; como no puedo decir lo que sentía cuando trepaba las laderas

resbaladizas de la gran cordillera de los Andes, sobre el seguro lomo

de cautelosa mula.

Pero siento algo de pavoroso, que no está en los sentidos, que está en

la imaginación; en esa región poética, mística, fantástica, ardiente,

fría, límpida, nebulosa, transparente, opaca, luminosa, sombría,

risueña, triste, que es todo y no es nada, que es como los rayos del

sol y su penumbra, que cría y destruye, que forja sus propias cadenas

y las rompe,--que se engendra á sí misma y se devora, que hoy entona

tiernas endechas al dolor, que mañana pulsa el plectro aurífero y canta

la alegría, que hoy ama la libertad y mañana se inclina sumisa ante la

oprobiosa tiranía.

¡Ah! ¡si pudiéramos darnos cuenta de todo lo que sentimos!

¡Si nuestra impotente naturaleza pudiera tocar los lindes vedados que

separan lo finito de lo infinito! ¡Si pudiéramos penetrar en los

abismos del mundo psicológico, como alcanzamos con el telescopio á las

más remotas estrellas!

¡Si pudiéramos descomponer los rayos de la mirada del hombre, como el

espectro solar descompone los rayos del gran luminar! Si pudiéramos

sondar el corazón, como los bajíos tempestuosos del mar.

¿Seríamos más felices?

¡Más felices!...

¿Somos acaso felices?

Si constantemente hablamos de la felicidad, es porque tenemos idea de

ella.

Definidme, pues, lo que es.

Quiero saberlo, necesito saberlo, debo saberlo, es mi derecho.

Sí, yo tengo derecho á ser feliz, como tengo derecho á ser libre. Y

tengo derecho á ser libre, porque he nacido libre.

¿Qué es la libertad?

¿No es el poder de obrar, ó de no obrar, no es la facultad de elegir;

no es el ejercicio de mi voluntad consciente, reflexiva, deliberada,

calculada, espere daño ó bien?

¡Os atrevéis á tacharme la definición!

¿Qué me vais á decir?

Que no es jurídica: ¿por qué la libertad _es el poder de hacer lo que

no daña á otro_?

Os advierto que no hablo como un legista, sino como un filósofo, y os

admito la diferencia.

Convenido; la libertad es eso, mi derecho corriendo en línea paralela

con el vuestro una abstracción susceptible de asumir una fórmula

gráfica.

--Á mi derecho:

--Á vuestro derecho:

Luego un derecho que se sobrepone á otro no es derecho, es abuso ó

tiranía.

Yo tengo el derecho de hablar, vos también. Si os impongo silencio y no

callo, os oprimo. Yo tengo el derecho de trabajar para mí, vos también.

Si os hago mi esclavo, os tiranizo.

Estamos acordes.

Pues bien. Insisto en ello. Yo tengo el derecho de ser feliz. Lo

reconozco, me contestáis; no me opongo á ello, no tengo cómo oponerme;

lo intentaría en vano.

Es mentira, puesto que mi felicidad consiste en que me devolváis el

amor de la mujer que me habéis robado.

No depende de mí. En todo caso dependerá de ella.

Pero es que si ella volviese á mí, no volvería como antes era; para que

lo fuera, hubiera debido permanecer inmaculada y la habéis corrompido.

Suponiendo que yo pueda ser responsable de vuestra felicidad, os

prevengo que hacéis un sofisma cuando la comparáis con el derecho.

No os entiendo.

Quiero decir que el derecho regla las relaciones naturales de la

humanidad; que si la libertad es un derecho, la felicidad no lo es.

¿Y por qué no ha de ser un derecho aquello que más necesito?

Tanto valiera que me dijerais que respirar no es mi derecho, siendo así

que tengo el derecho de vivir y que si no respiro muero.

Es que el sofisma consiste en que hacéis de un accidente una necesidad;

de una cosa contingente una cosa absoluta; de una cosa que está en

nuestras manos, una cosa que depende de los demás.

¿Pero mi libertad, mi derecho están en ese mismo caso?

No, porque vuestra libertad y vuestro derecho están garantidos por la

libertad y el derecho ajenos. _Alteri non feceris quod tibi fieri non

vis._ No hagas á los demás, lo que no quieres que te hagan á ti mismo.

_Alteri feceris quod tibi fieri velis._ Haz á lo demás lo que quieres

que te hagan á ti mismo. Estos dos aforismos encierran todos los

deberes del hombre para con sus semejantes y con la familia.

No protesto contra estos principios, arguyo sólo, que si mi felicidad

no daña á los demás, tengo el derecho de exigir ser feliz.

¿Á quién?

--¿Á quién?...

--¿Sí, á quién?

Contestadme.

Os he pedido que me defináis la felicidad.

¿Que os defina la felicidad?

Si la felicidad no es absoluta, es relativa. No es como el bien y el

mal, como lo bueno y lo malo. Es objetiva y substantiva. Depende de las

circunstancias, del carácter, de las aspiraciones, de accidentes sin

fin.

Os entiendo.

Queréis decirme, que un fraile de la Trapa, vicioso, descreído, puede

vivir más tranquilamente en su retiro que yo, creyente y sano, en el

bullicio de la sociedad.

Precisamente.

Entonces ¿qué recurso nos queda á los que rodamos fatalmente en ese

torbellino?

Tomarlo como viene, resignarse.

La conformidad puede convenirle á un esclavo.

¿Y creéis haber dicho algo?

Si no lo creyese, no hubiera hablado.

Os prevengo, sin embargo, que sois esclavo de vuestras pasiones.

¿Y qué me queréis decir?

Quería recordaros, que Dios es inescrutable, que el hecho de no poder

definir satisfactoriamente una cosa en abstracto, no prueba que la cosa

deje de existir; en una palabra, que habéis sido insensatos al exclamar

con desaliento: ¿somos acaso felices?

De consiguiente, porque no pueda definir lo que experimenté cuando me

vi perdido en el monte, no por eso dejará de creerse que fué miedo.

¿Cuánto duró? Pocos instantes. Quizá si hubiera durado más, lo hubiera

podido definir.

Me hallaba perplejo, sin saber qué hacer, mi caballo caminaba en la

dirección que quería, yo estaba desorientado y todo era igual, lo mismo

un rumbo que otro.

Así había vagado un breve instante á la ventura, cuando sentí un

tropel, cerca, muy cerca de mí. La emoción, sin duda, no me había

permitido oirlo antes.

Hay situaciones en que, según las disposiciones del espíritu, el

zumbido de una mosca, el susurro de una hoja parecen una tempestad; y

otras en que no se oye ni el estampido del cañón. Yo he visto en el

campo de batalla hombres asustados, poseídos de terror pánico, huir

hacia el enemigo, que no reconocían á quien les hablaba, ni oían lo que

se les decía.

Dando vueltas había caído al camino. Me incorporé á un grupo que pasaba

al galope y seguí. Salimos á un descampado. Algunas estrellas brillaban

entre nubes errantes, que, á impulsos de un vientecito que se había

levantado, corrían de Naciente á Poniente, presagiando que al salir la

luna tendríamos luz.

Volvimos á entrar en la espesura; caímos á unos barrancos con lagunas

salitrosas, que parecían espejos de bruñida plata; subimos á la falda

de los médanos, y al llegar á la cumbre de uno de ellos, la errante

reina de los cielos asomó su blanca faz, y clavándola en la inmóvil

superficie de las lagunas, hizo brotar de su seno diamantinas luces.

Oyéronse toques de clarín. Jamás el bélico instrumento resonó en mis

oídos con más solemnidad. Me hizo el efecto de la trompeta del arcángel

el día del juicio final. Sus vibraciones se alcanzaban tremulantes unas

á otras, recorriendo las ondulaciones del vacío.

Los cornetas de Baigorrita contestaron.

Estábamos en la raya.

Hicimos alto. Llegó un parlamento, habló y habló; le contestaron razón

por razón; lo despacharon; volvió otro y otro, se hizo lo mismo y á las

cansadas llegó un hijo de Mariano Rosas, invitándonos á avanzar.

Marchamos y llegamos, pasando por una gran playa, que es donde los

indios, después de sus grandes juntas, juegan á la _chueca_.

Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2 · 第 22 / 47 题