El cuarterón cuenta su historia.--Recuerdo de Julián Murga.--Los
niños de hoy.--Diálogo con el cuarterón.--Insultos.--Nuestros
juicios son siempre imperfectos.--Un recuerdo de la _Imitación de
Cristo_.--Dudas filosóficas.--Última mirada al fogón.--El cuarterón
me da lástima.--Alarma.--Caiomuta ebrio, quiere matarme.--Un reptil
humano.
Me acerqué al fogón sin que me vieran, y permanecí de pie para no
interrumpir al cuarterón.
Las llamas iluminaban el cuadro, destacándose en él la horrible y
deforme cara del espía de Calfucurá.
Contaba su historia.
No había conocido padres. Era natural de Buenos Aires, y había sido
soldado del coronel Bárcena, de repugnante y sangrienta memoria. Sus
campañas eran muchas y había presenciado y sido ejecutor de inauditas
crueldades.
El pronunciamiento de Urquiza contra Rosas le tomó en la Banda
Oriental, militando en las filas de Oribe. De allí vino incorporado
á la División de Aquino, ese tipo noble, caballeresco y valiente que
sucumbió á mano de una soldadesca fanática y desenfrenada.
Estuvo en Caseros, en el sitio de Buenos Aires y en el Azul con el
general Rivas. De allí desertó. Vivió errante algún tiempo haciendo
fechorías, mató á uno de una puñalada en una pulpería, ganó los
indios, anduvo por Patagones comerciando, en calidad de Picunche, y
allí conoció al coronel Murga.
Yo me he criado con Julián, le quiero mucho; los recuerdos de nuestra
infancia no se borrarán jamás de mi imaginación; en nuestro barrio,
el de San Juan, había, como en todos, un caudillo, él era el nuestro.
Los pulperos, los zapateros, los tenderos y las viejas nos temblaban.
Éramos el azote de los negros que vendían pasteles, de los lecheros y
panaderos.
Teníamos nuestro arsenal de piedras para ellos; y una colección de
apodos que todavía sobreviven. Perseguíamos á muerte los gatos y los
perros del vecino. Pescábamos por los fondos sus gallinas.
No dejábamos llamador en su lugar, zócalo recién pintado, pared recién
blanqueada, vidrio sano que no rayáramos ó rompiéramos.
Los locos nos aborrecían, los vigilantes y los serenos preferían estar
de amigos con la cuadrilla. Nos disfrazábamos y asustábamos á las
viejas, prefiriendo á nuestras tías.
Los criados de todas las casas conocidas nos abominaban y las
sirvientas nos toleraban. Julián prometía desde chiquito. Era audaz,
inventivo, estratégico. Diablura que á él se le ocurría era siempre
heroica. Una vez se le ocurrió tirarse de una azotea y lo hizo, se
rompió una pierna; otra que incendiáramos una pulpería lanzando en ella
un gato bañado en alquitrán y espíritu de vino al que le pegamos fuego,
y armamos un alboroto de marca mayor. Teníamos la ciudad dividida en
secciones. Un día le tocaba á una, otro á otra. Esta noche le robábamos
á Chandery la bota que tenía de muestra y á una paragüería el paraguas,
y por la mañana, Chandery anunciaba paraguas y la paragüería botas.
Aquellos compañeros auguraban ya lo que serían más adelante algunos de
la infantil decuria. ¡Cuántas traiciones y debilidades no denunciaron
nuestros planes! ¡Cuántas cobardías no los hicieron fracasar! ¡Hasta
espías había entre nosotros pagados por el celo maternal! ¡Ah! ¡los
niños, los niños! Los niños de hoy han de ser los hombres del porvenir.
Tomad nota de sus buenas y malas cualidades, de sus arranques de
cólera, de sus ímpetus generosos. Porque más tarde ó más temprano,
ellos serán comerciantes, sacerdotes, coroneles, generales,
presidentes, dictadores. El fondo de la humanidad persiste hasta la
tumba. El barro del Océano nada lo remueve.
Me allegué al fogón, saludé dando las buenas noches, se pusieron todos
de pie, menos el cuarterón, me hicieron lugar y me senté.
El espía había referido su vida con una ingenuidad y un cinismo que
revelaban á todas luces cuán familiarizado estaba con el crimen. Robar,
matar ó morir habían sido lo mismo para él.
--¿Conque conoces al coronel Murga?--le pregunté.
--Sí, le conozco--me contestó.
Pero no cambió de postura, ni se movió siquiera. Conocía el terreno;
sabía que allí éramos todos iguales, que podía ser desatento y hasta
irrespetuoso.
--¿Y qué cara tiene?
Me describió la fisonomía de Julián, su estatura.
--¿Dónde le has conocido?
--En Patagones.
Me explicó á su modo dónde quedaba.
--¿Y cómo has ido á Patagones?
--Por el camino.
--¿Por qué camino?
--Por el que sale de lo de Calfucurá.
--¿Y cuántos ríos pasaste?
--Dos.
--¿Cuáles?
--El Colorado y el Negro.
--¿Sabes leer?
--No.
--¿Cómo te llamas?
--Uchaimañé (ojos grandes).
--Te pregunto tu nombre de cristiano.
--Se me ha olvidado.
--¿Se te ha olvidado?...
--Sí.
--¿Quieres irte conmigo?
--¿Para qué?
--Para no llevar la vida miserable que llevas.
--¿Me harán soldado?
No le contesté.
El prosiguió: aquí no se vive tan mal, tengo libertad, hago lo que
quiero, no falta que comer.
--Eres un bandido--le dije;--me levanté, abandoné el fogón y me apresté
á dormir.
La tertulia se deshizo, el cuarterón se quedó como una salamandra al
lado del fuego. Los perros le rodearon lanzándose famélicos sobre los
restos de la cena. Refunfuñaban, se mordían, se quitaban la presa unos
á los otros.
El espía permanecía inmóvil entre ellos. Tomó un hueso disputado y se
lo dió á uno de los más flacos acariciándole.
Noté aquello y me abismé en reflexiones morales sobre el carácter de la
humanidad.
El hombre que no había tenido una palabra, un gesto de atención para
mí, que se había mostrado hasta soberbio en medio de su desnudez, tenía
un acto de generosidad y un movimiento de compasión para un hambriento
y ese hambriento era un perro.
Yo le había creído peor de lo que era.
Así son todos nuestros juicios, imperfectos como nuestra propia
naturaleza.
Cuando no fallan porque consideramos á los demás inferiores á nosotros
mismos, fallan porque no los hemos examinado con detención. Y cuando no
fallan por alguna de esas dos razones, fallan porque faltos de caridad,
no tenemos presente las palabras de la _Imitación de Cristo_:
«Si tuvieses algo bueno, piensa que son mejores los otros.»
¿Quién era aquel hombre? Un desconocido. ¿Qué vida había llevado? La
de un aventurero. ¿Cuál había sido su teatro, qué espectáculos había
presenciado? Los campos de batalla, la matanza y el robo. ¿Qué nociones
del bien y del mal tenía? Ninguna. ¿Qué instintos? ¿Era intrínsecamente
malo? ¿Era susceptible de compadecerse del hambre ó de la sed de uno de
sus semejantes? No es permitido dudarlo después de haberle visto, entre
las tinieblas, sentado cerca del moribundo fogón, sin más testigos
que sus pensamientos, apiadarse de un perro, que por su flacura y su
debilidad parecía condenado á presenciar con avidez el nocturno festín
de sus compañeros.
¿Sería yo mejor que ese hombre, me pregunté, si no supiera quién me
había dado el ser; si no me hubieran educado, dirigido, aconsejado; si
mi vida hubiera sido obscura, fugitiva; si me hubiera refugiado entre
los bárbaros y hubiera adoptado sus costumbres y sus leyes y me hubiera
cambiado el nombre, embruteciéndome hasta olvidar el que primitivamente
tuviera?
Si jamás hubiera vivido en sociedad, aprendiendo desde que tuve uso de
razón á confundir mi interés particular con el interés general, que es
la base de nuestra moral, ¿sería yo mejor que ese hombre? me pregunté
por segunda vez.
Si no fuera el miedo del castigo, que unas veces es la reprobación
y otras los suplicios de la ley, ¿sería yo mejor que ese hombre? me
pregunté por tercera vez.
No me atreví á contestarme. Nada me ha parecido más audaz que Juan
Jacobo Rousseau, exclamando: «Yo, sólo yo conozco mi corazón y á los
hombres. No soy como los demás que he visto, y me atrevo á decir que no
me parezco á ninguno de los que existen. Si no valgo más que ellos, no
soy como ellos. Si la Naturaleza ha hecho bien ó mal en romper el molde
en que me fundió, no puede saberse sino leyéndome.»
Eché la última mirada al fogón.
El cuarterón atizaba el fuego maquinalmente con una mano, y con la
otra acariciaba al perro flaco, que apoyado sobre las patas traseras
dobladas y sujetando con las delanteras estiradas un zoquete, en el
que clavaba los dientes hasta hacer crujir el hueso, miraba á derecha
é izquierda con inquietud, como temiendo que le arrebataran su presa.
Una llama vacilante iluminaba con cambiantes de claro-obscuro la cara
patibularia. Me dió lástima y no me pareció tan fea.
Hacía fresco.
Me acerqué á él y le pregunté:
--¿No tienes frío?
--Un poco--me contestó,--mirándome con fijeza por primera vez, al
mismo tiempo que le aplicaba una fuerte palmada á su protegido, que al
aproximarme gruñó, mostrando los colmillos.
Una calma completa reinaba en derredor; todos dormían, oyéndose sólo la
respiración cadenciosa de mi gente.
La luna rompía en ese momento un negro celaje, y eclipsando la luz
de las últimas brasas del fogón, iluminaba con sus tímidos fulgores
aquella escena silenciosa, en que la civilización y la barbarie se
confundían, durmiendo en paz al lado del hediondo y desmantelado toldo
del cacique Baigorrita, todos los que me acompañaban, oficiales,
frailes y soldados.
Cuidando de no pisarle á alguno la cabeza, el cuerpo ó los pies, busqué
el sitio donde habían acomodado mi montura. Estaba á la cabecera de mi
cama. Saqué de ella un poncho calamaco, volví al fogón y se lo di al
espía de Calfucurá, cuyos grasientos pies lamía el hambriento perro,
diciéndole:
--Toma, tápate.
--Gracias--me contestó tomándolo.
Iba á sentarme para seguir interrogándolo, aprovechando la quietud que
reinaba, cuando oí el galope de varios caballos y gritos de:
--¿Dónde está ese coronel Mansilla?
El espía se puso de pie. Tenía un gran cuchillo medio atravesado por
delante. Le miré. Su cara revelaba curiosidad, pero no mala intención.
--¿Qué gritos son ésos?--le pregunté.
--Parecen borrachos--me contestó.
--Á ver; fíjate--le dije.
Paró la oreja, los gritos seguían aproximándose. Yo no percibía bien lo
que decían. Ya no resonaba en el silencio de la noche mi nombre, sino
ecos araucanos.
--¿Qué dicen?--le pregunté,--pareciéndome oir una voz conocida.
--Es Camargo--me contestó.
--¿Camargo?
--Sí, viene con unos indios borrachos, ya llegan.
En efecto, sujetaron los caballos é hicieron alto detrás del toldo de
Baigorrita, presentándoseme acto continuo Camargo.
--¡Mi Coronel--me dijo,--echándome el tufo, acuéstese, acuéstese pronto!
--¿Por qué, hombre?
--¡Acuéstese, señor, acuéstese!
--¿Pero por qué?
--Caiomuta viene muy borracho.
Y esto diciendo, me tomó del brazo y me empujó hacia la enramada en que
estaba mi cama.
--Acuéstese, señor--dijo el espía también.
Me acosté volando.
Caiomuta había entrado en el toldo de su hermano y le había despertado.
Hablaban con calor, en su lengua. Yo nada comprendía. Estaba tranquilo;
pero receloso.
De repente un hombre tropezó en mis piernas y se cayó encima de mí.
--¡Eh!--grité.
--Dispense, señor--me dijo Camargo, reconociendo mi voz.
--¿Qué haces, hombre?
--Cállese, señor--me contestó en voz baja.
Y arrastrándose en cuatro pies, le vi acercarse al toldo de Baigorrita,
quedando bastante cerca de mi cama para poder conversar sin alzar la
voz.
--¡Qué indio tan pícaro!--me dijo.
--¿Qué hay?
--Le dice á Baigorrita, que lo quiere matar á usted.
--¿Y mi compadre qué dice?
--Le ha dado una trompada y le ha dicho que se atreva.
En ese momento, Baigorrita gritó: ¡San Martín!
Camargo se reía, apretándose la barriga y me decía:
--¡Ah! ¡indio malo! no se puede levantar de la trompada que le ha dado
el hermano.
Toma, por pícaro. ¿Sabe, señor, que me han robado los estribos?
¡Ladrones! les he tirado todo y me he venido en pelo, ni las riendas he
traído, le he echado al pingo un medio bozal.
--¡San Martín! ¡San Martín!--gritaba Baigorrita.
Vino San Martín, entró en el toldo y mi compadre habló con él,
repitiendo mi nombre varias veces.
--Dícele--dice Camargo,--que lo cuide á usted, que no hagan ruido y que
si Caiomuta quiere hacer barullo, que lo maten.
Caiomuta, ebrio como estaba, no podía levantarse del sitio en que lo
había tendido el membrudo brazo de su hermano mayor.
Camargo se arrastró como un reptil, saliendo de donde estaba, y
acostándose á los pies de mi cama me pidió mil disculpas por haber
venido alegre; me contó el robo que le habían hecho otra vez; me dijo
que los indios eran unos pícaros, que él los conocía bien; que por eso
no les andaba con chicas; que Caiomuta era quien le había hecho robar
los estribos de plata; que para saberlo había tenido que asustarlo á un
indio; que le había ofrecido matarlo si no le confesaba la verdad, y
que, de miedo, no sólo le había contado todo, sino que le había dado un
chifle de aguardiente que tenía muy guardado hacía tiempo; que al día
siguiente habían de parecer los estribos, que si no parecían se había
de volver en pelo á lo de Mariano y lo había de avergonzar á Caiomuta;
que á una visita no se le robaban las prendas.
Yo no podía pegar los ojos. Oía rugir á Caiomuta y estaba alerta.
San Martín se allegó á mi cama y me miró de cerca.
--¿Qué hay?--le dije.
--Nada, señor, duerma no más, no hay cuidado--me contestó.
--Gracias--repuse.
Me dió las buenas noches y se marchó, entrando en el toldo de
Baigorrita.
Á ese tiempo, el otro indio que había venido con Caiomuta, y que al
apearse del caballo, se había caído, permaneciendo un rato tirado en el
suelo, se levantó y preguntó:
--¿Dónde está ese Camargo?
Nadie le contestó.
--Ese Camargo mucho asesino--dijo.
Nadie le contestó.
--¡Mucho asesino!--gritó.
Camargo se despertó, le echó un terno y el indio no replicó.
Así estuvieron más de una hora.
Yo, al fin me quedé dormido.
De improviso me desperté sobresaltado.
Una cosa, blanda, húmeda y tibia pesaba sobre mi cara.