IX

Cansancio.--Puesta del sol.--Un fogón de dos filas.--Mis caballos no

estaban seguros.--Aviso de Baigorrita.--Los indios viven robándose

unos á otros.--La justicia.--Los pobres son como los caballos

_patrios_.--Cena y sueño.--Intentan robarme mis caballos.--Cantan los

gallos.--Visión.--El mate.--Un cañonazo.

El día había sido fecundo en impresiones. La tarde, esa hora dulce

y melancólica, avanzaba. El fuego solar no quemaba ya. La brisa

vespertina soplaba fresca, batiendo la grama frondosa, el verde y

florido trébol, el oloroso poleo, y arrancándole sus perfumes suaves y

balsámicos á los campos, saturaba la atmósfera al pasar con aromáticas

exhalaciones. Los ganados se retiraban pausadamente al aprisco.

Mi cuerpo tenía necesidad de reposo. Mi estómago pedía un asadito á la

criolla. Teníamos una carne gorda, que sólo mirarla abría el apetito.

Mandé hacer un buen fogón, con asientos para todos. Proclamé

cariñosamente á los asistentes, para que trajeran leña gruesa de chañar

y carda.

Había una enramada llena de cueros viejos, de trebejos inútiles, de

guascas y chala de maíz. Le eché el ojo, la mandé limpiar, y me dispuse

á cenar como un príncipe, y á pasar una noche de perlas.

Mis pensamientos eran plácidos, como los del niño que alegre corre y

juguetea, en tarde primaveral, por las avenidas acordonadas de arrayán

del verde y pintado pensil.

Las penas andaban huidas, también ellas son veleidosas.

Á veces suelo echarlas de menos.

El sol hundió su frente radiosa tras de las alturas de Quenque,

augurando el limpio horizonte y el cielo despejado de nubes un nuevo

hermoso día; las estrellas comenzaron á centellear tímidamente en el

firmamento; las sombras nocturnas fueron envolviendo poco á poco en

tinieblas el vasto y dilatado panorama del desierto, y cuando la noche

extendió completamente su imponente sudario, el fogón ardía, rechinando

al quemarse los gruesos troncos de amarillento caldén, chisporroteando

alegre la endeble carda, como si festejara el poder del elemento

destructor.

La rueda se había hecho sin orden en dos filas. Detrás de cada

franciscano y de cada oficial había un asistente. El chusco Calixto

Olazábal, atizaba el fuego, reparaba el asado, tomaba mate y soltaba

dicharachos sin pararle la lengua un minuto.

Á no haber estado allí los frailes, hubiera podido decirse que parecía

un Vulcano jocoso entre las llamas, rodeado de condenados; porque

aquéllas, flameando al viento, chamuscaban su barba, siendo motivo de

que hiciera toda clase de piruetas y gesticulaciones, lo que provocando

la risa de los circunstantes completaba el cuadro.

Los ojos se me iban viendo el apetitoso asado.

Pensaba en el pincel y en la paleta de Rembrandt, cuando una voz

conocida dijo detrás de mí, con acento respetuoso:

--¡Buenas noches, señores!

Era Juan de Dios San Martín.

--Buenas noches; siéntese, amigo, si gusta--le contesté.

--Gracias, señor--repuso;--no puedo ahora. Vengo á decirle, que dice

Baigorrita que los caballos están mal donde los tiene: que ha sabido

que andan unos indios ladrones por darle el golpe, y que sería mejor

los encerrase en el corral.

No pude resolverme de pronto á contestarle que estaba bueno, porque los

animales tenían necesidad de alimentarse bien. Pero entre que sufrieran

más y perderlos, el partido no era dudoso.

Después de un instante de reflexión, contesté:

--Dile á mi compadre que si hay peligro los haré encerrar.

--Es mejor--contestó San Martín.

--Pues bien--repuse,--que los encierren.

Y esto diciendo, le ordené al mayor Lemlenyi le hiciera prevenir á

Camilo Arias que los caballos no dormirían á ronda abierta, sino en el

corral.

San Martín se fué y volvió diciéndome:

--Dice Baigorrita que el corral tiene un portillo, que es preciso

taparlo con ramas y que pongan una guardia.

Mandé dar las órdenes correspondientes, y como Calixto gritara en ese

momento, ¡ya está! invité nuevamente al mensajero de mi compadre á que

se sentara.

Aceptó, ocupó un puesto en la rueda, le entramos al asado, como se dice

en la tierra, y mientras lo hacíamos desaparecer, se pusieron algunos

choclos al rescoldo, para tener postre.

Una jauría de perros hambrientos había formado á nuestro alrededor

una tercera fila. Viendo que no los trataban como los indios, nos

empujaban, y á más de uno le sucedió le arrebataran la tira de carne

que llevaba á la boca. La confianza de aquellos convidados de piedra

de cuatro patas llegó á ser tan impertinente, que para que nos dejaran

comer en paz hubo que tratarlos á la baqueta.

--Pero hombre--le dije á San Martín,--aquí no respetan nada. ¿Será

posible que se atrevan á robarme mis caballos hasta del corral de

Baigorrita?

--Qué, señor, si son muy ladrones estos indios; el otro día, no más, se

le han perdido sus caballos á Baigorrita, lo tienen á pie--me contestó.

--¿Y qué ha hecho?

--Los andan campeando.

--¿Entonces aquí viven robándose los unos á los otros?

--Así no más viven, ya es vicio el que tienen.

--¿Y qué hacen con lo que roban?

--Unas veces se lo comen, otras se lo juegan, otras lo llevan y lo

cambalachean en lo de Mariano ó en lo de Ramón, ó se van á lo de

Calfucurá, ó se mandan cambiar á Chile.

--¿Y se castiga á los ladrones?

--Algunas veces, señor.

--¿Pero cuando á un indio le roban, qué hacen?

--Según y conforme, señor. Unas veces le pone la queja al cacique,

otras él mismo busca al ladrón y le quita á la fuerza lo que le han

robado.

Le hice algunas preguntas más, y de sus contestaciones saqué en

conclusión que la justicia se administraba de dos modos: por medio de

la autoridad del cacique y por medio de la fuerza del mismo damnificado.

El primer modo es menos usual.

1.º. Porque mientras el cacique manda averiguar quiénes son los

ladrones, se descubre el hecho y se prueba se pasa mucho tiempo; 2.º,

porque los agentes de que se vale se dejan seducir por los ladrones;

3.º, porque este procedimiento no le reporta ningún beneficio al juez.

El segundo modo es el que se practica con más generalidad.

Le roban á un indio una tropilla de yeguas, por ejemplo.

Es Fulano, dice por adivinación, ó porque lo sabe. Cuenta el número de

hombres de armas de llevar que tiene en su casa, recluta á sus amigos,

se arman todos, le pegan un malón al ladrón, y le quitan el robo y

cuanto más pueden.

Generalmente no hay lucha, porque los que van á vindicar la justicia

son más numerosos que los que acaudilla el ladrón. Contra la fuerza

toda la resistencia es inútil, máxime si no se tiene razón.

Hecho esto, se le da cuenta al cacique, y de lo que á título de

indemnización se ha quitado se le hace parte. Este hecho hace inútil

todo reclamo ante él. Es perder tiempo.

El indio que vaya á decirle: Yo le robé á Fulano diez yeguas. Me las ha

quitado anoche, y cincuenta más, recibirá esta contestación:

--¿Para qué robaste, pues? Róbale vos otra vez, y quítale lo que te ha

robado.

Cuando llegaba á esta parte de mis investigaciones sobre la justicia

pampa, le pregunté á San Martín:

--¿Y cuando le roban á un indio pobre, que tiene poca familia y pocos

amigos, y el ladrón es más fuerte que él, qué hace?

--Nada--me respondió.

--¿Cómo nada?

--Señor, si aquí es lo mismo que entre los cristianos; los pobres

siempre se embroman.

Calixto Olazábal metió su cuchara, y quemándose los dedos y la boca

con una tira de asado revolcado en la ceniza, dijo:

--Y así no más es, pues. Yo entré una vez en una revolución con don

Olazábal. Después que las bullas pasaron á él lo hicieron Juez en el

Río 4.º, y á mí me echaron de veterano en el 7 de caballería de línea.

¡Eh! como á él no le faltaban macuquinos, la sacó bien.

--Tú eres un entrometido y un bárbaro--le dije.

--Así será, mi Coronel; pero yo creo que tengo razón,--repuso.

--¿Qué sabes tú, hombre?

--Mi Coronel, si los pobres son como los caballos patrios, todo el

mundo les da.

La contestación, ó mejor dicho la comparación, les pareció muy buena á

los circunstantes y todos la festejaron.

Efectivamente no hay nada comparable á la desgraciada condición de lo

que en nuestro lenguaje argentino se llama un _caballo patrio_.

Empecemos porque le falta una oreja, lo que, desfigurándole, le da el

mismo antipático aspecto que tendría cualquier conocido sin narices.

Está siempre flaco, y si no está flaco, tiene una matadura en la

cruz ó en el lomo; es manco ó bicocho; es rengo ó lunanco; es rabón

ó tiene una porra enorme en la cola; está mal tusado, y si tiene la

crin larga hay en ella un abrojal; cuando no es tuerto tiene una

nube; no tiene buen trote ni buen galope, ni tranco, ni sobrepaso. Y

sin embargo, todo el que le encuentra le monta. Y no hay ejemplo de

que un patrio haya podido decir al morir: á mí no me sobaron jamás.

Todo el que alguna vez lo montó le dió duro hasta postrarlo. ¡Ah! si

los patrios que á millares yacen sepultados por los campos formando

sus osamentas una especie de fauna postdiluviana se levantaran como

espectros de sus tumbas ignoradas y hablasen ¡qué no contarían! ¡Qué

ideas no suministrarían para la defensa y seguridad de las fronteras!

¡Pobres patrios! ¿Quién no les echó la culpa de algo? ¡Cuántas batallas

perdidas por ellos desde el año 20 hasta la guerra del Paraguay,

cuántas campañas prolongadas como la actual de Entre Ríos! ¡Cuántas

reputaciones vindicadas á sus costillas por no haber vivido en tiempos

de Esopo! Los tiempos hacen todo. Está visto. ¡Pobres patrios! Sólo

ellos han callado. Resignados han sufrido, sufren y sufrirán su suerte

impía. ¡Pobres patrios! Desde el día en que los hubo, ¿quién no ha

murmurado y gritado contra la patria? Todo el mundo menos ellos.

_Such is life!_

¡Así es la vida! Los que no deben quejarse se quejan.

Los choclos se cocieron y los comimos; se acabó la cena, siguió un rato

más la conversación y luego cada cual pensó en hacer su cama.

La mía estaba deliciosa; con cueros le habían hecho cortinas á la

enramada; el airecito fresco de la noche no podía incomodarme. Me

acosté.

Después que los asistentes acomodaron las camas de los franciscanos y

de los oficiales, se posesionaron del fogón y churrasquearon bien.

Yo me dormí arrullado por su charla, y por la bulla del toldo de mi

compadre, que junto con unos cuantos amigos íntimos y sus chinas,

saboreaba en el mayor orden el aguardiente que yo le había llevado.

Varias veces me desperté sobrecogido, creyendo ver al negro del

acordeón y oir su voz.

Estaba profundamente dormido, cuando San Martín, acercándose á mi

cabecera, me despertó diciéndome:

--¡Mi Coronel!

Temiendo que mi compadre quisiera hacerme las de Mariano Rosas, no

contesté.

--¡Mi Coronel! ¡mi Coronel!--repitió San Martín.

--No contesté.

Acercóse entonces á la cama de uno de mis oficiales, y le dijo:

--El Coronel está muy dormido, no oye, vengo á decirle que acaban de

correr á unos ladrones que andaban por robarle los caballos y que es

bueno que mande más gente al corral.

Viendo que no había riesgo en darme por despierto, llamé y ordené que

cuatro asistentes fueran á reforzar la ronda del corral. Y llamándolo á

San Martín, le pregunté qué hacía mi compadre.

--Se está divirtiendo--me contestó.

--Bueno--le dije:--que no me vayan á incomodar llamándome.

--No hay cuidado, señor, Baigorrita me ha encargado que repare no lo

incomoden. No quiere que usted lo vea achumado, tiene vergüenza. Por

eso ha empezado á beber de noche.

Respiré. Me acomodé en la cama, me di unas cuantas vueltas, porque algo

había que no permitía conciliar el sueño con facilidad, y por fin me

volví á quedar dormido.

El cuerpo se acostumbra á todo. Dormí sin interrupción unas cuantas

horas seguidas.

La vida se pasa sin sentir, ya lo he dicho. Pero ni todos los días, ni

todas las noches son iguales. Si lo fuesen, el peor de los suplicios

sería vivir. Felizmente en la existencia humana hay contrastes.

Imaginaos un hombre que no hace más que divertirse--ó á quien todo le

sabe bien,--que no sabe lo que es una contrariedad; y decidme, lector

sesudo, que acabáis quizá de estar maldiciendo vuestra estrella, si

os cambiaríais por él. ¡Ah! el que tiene hambre no sabe lo que es un

opulento enfermo del estómago. Con razón un magnate inglés, á quien

en los momentos de sentarse en su opípara mesa se le presentó un

desconocido pidiéndole una limosna y diciéndole que era tan desgraciado

que se moría de hambre contestó: Vete de mí, tienes hambre y dices que

eres desgraciado.

El desgraciado soy yo, que rodeado de manjares no puedo pasar ninguno;

el que no me hace daño me empalaga.

Por eso las mujeres de más talento, las que más interesan, son las que

renovándose más, se prodigan menos.

Quería decir que la segunda noche de Quenque, no había sido como la

primera.

En cuanto cantaron los gallos me desperté, llamé á Carmen y le pedí

mate.

Mientras hacía fuego, calentaba agua y lo cebaba, pasé revista de

impresiones nocturnas. Había tenido un sueño, un sueño extravagante,

como son todos los sueños, por más que hayan dicho y escrito sobre el

particular los grandes soñadores como Simonide, Sevano, el sucesor de

Pertinax, la madre de París, Alejandro, Amílcar y César.

De una novela de Carlos Juliet, de una fiesta veneciana dada á

Luigi Metello, de mi almuerzo en el toldo de Baigorrita y otras

reminiscencias, mi imaginación había hecho un verdadero _imbroglio_.

Había asistido á una cena. Los manjares eran todos de carne humana;

los convidados eran cristianos disfrazados de indios y la escena

pasaba á la vez en Quenque y en casa de Héctor Varela. El anfitrión

era una mujer, Concordia, la hija de Júpiter y de Temis, y alrededor

de ella estaban los principales hombres argentinos. Cada cual

tenía una vincha pampa y en ella se leía un mote. Mitre--_Tout ou

rien._ Rawson--_Frères unis et libres._ Quintana--_Sempre Diritto._

Alsina--_Remember!_ Argerich--_Liberté._ Gutiérrez José María--_Odi

et amo._ Avellaneda--_¿Dormir? Rêver?_ Varela Mariano--_Honni soit

qui mal y pense?_ Vélez Sarsfield--_De l'or!_ Gorostiaga--_Assez._

Elizalde--_jamais, toujours_. Gainza--_Veni, vidi, vinci._ López

Jordán--_Muriamur._ Sarmiento--_Lasciate ogni speranza._

Había muchos otros convidados, veía aún como entre sueños sus caras,

mas no podía recordar quiénes eran.

¡Algunos comían, los más rechazaban la carne humana con asco y con

horror!

Una gran orquesta de instrumentos, que parecían de viento, como

trompetas de papel de diario tocaban un aire militar y un coro como el

que produciría el eco del pueblo agrupado en la plaza pública, cantaba:

«There is no hope for nations! Search the page

Of many thousand years--the daily scene;

The flow and ebb of each recurring age.

The everlasting to be which hath been,

Hath taught us nought or little.»

Lo que traducido en prosa quiere decir:

No hay ya esperanza para las naciones. Recorred las páginas de los

siglos. ¿Qué nos han enseñado sus vicisitudes periódicas, el flujo y el

reflujo de las edades y esa eterna repetición de los acontecimientos?

Nada ó muy poco.

Carmen llegó con el mate y me sacó de la meditación retrospectiva en

que estaba.

En ese momento se oyó un cañonazo.

Era una descarga eléctrica, un trueno seco.

El fenómeno es frecuente en la Pampa.

X

Baigorrita se levanta al amanecer y se baña.--Saludos.--En el toldo

de mi futuro compadre.--El primer bautismo en Quenque.--Deberes

recíprocos del padrino y del ahijado.--Nociones de los indios sobre

Dios.--Promesas de mi compadre sobre mi ahijado.--Me hablan de una

cosa y contesto otra.--Lucio Victoriano Mansilla, sería algún día un

gran cacique.--Pensamientos locos.--Visita al toldo de Caniupán.--Usos

y costumbres ranquelinas.--Un fumador sempiterno.

Baigorrita se levantó muy temprano, se fué á la laguna y se bañó, para

corregir los excesos de la noche. Sus huéspedes y las chinas hicieron

lo mismo, regresando todos frescos y acicalados, con los labios y las

mejillas pintadas y lunarcitos postizos en los pómulos.

Las chinas asearon el toldo, recogieron leña, hicieron fuego, carnearon

una res y se pusieron á cocinar el almuerzo.

Baigorrita y sus amigos, ensillaron los caballos que estaban en el

palenque, montaron en ellos, y durante media hora los varearon,

haciéndolos correr el tiro de una legua por el campo más quebrado y

escabroso.

Mi compadre regresó solo, soltó su caballo, ensilló otro, entró en su

toldo, se sentó, armó cigarros y se puso á fumar.

Juan de Dios San Martín vino de parte de él á preguntarme cómo había

pasado la noche, y si no se habían perdido algunos caballos.

Le contesté que había dormido muy bien, que no había ninguna novedad y

que así que almorzara iría á hacerle una visita.

Llevó San Martín el mensaje y volvió diciéndome, que mi compadre se

alegraba mucho de que hubiera pasado la noche á gusto; que me invitaba

á ir á su toldo; que iban á llegar visitas nuevas y quería que me

conocieran: que allí almorzaría, si no tenía algo mejor que comer que

lo suyo.

Hablaba con San Martín, cuando se presentó un indio con otro mensaje de

Caniupán y un regalo. Me mandaba saludar, vivía de allí legua y media,

y me enviaba una bola de pataí, pisada con maíz tostado, grande como

una bala de cañón de á cuarenta y ocho.

Traté al mensajero como lo merecía, con todo cariño. Le hice algunos

regalitos, sacando contribuciones á los oficiales y soldados; le

agradecí á Caniupán su atención y le envié una camisa de Crimea

que llevaba exprofeso para él, azúcar, tabaco, hierba y papel,

prometiéndole visita para la tarde.

En seguida me fuí al toldo de mi compadre. Fumaba tranquilamente

rodeado de sus hijos: no se movió, me insinuó un asiento con la sonrisa

más dulce y amable, y apenas me había acomodado en él, le dijo á mi

ahijado: padrino, bendición.

El indiecito vino hacia mí con cierta timidez; le atraje del todo

echándole los brazos, le cogí las manecitas que había unido,

obedeciendo al mandato de su padre, le acaricié y le senté á mi lado,

contestándole á su bendición padrino, Dios lo haga bueno, ahijado.

La madre, que hablaba español, le preguntó desde el fogón ¿cómo te

llamas?

No contestó. Le repitió la pregunta en lengua araucana y respondió

mirándome con recelo: Lucio Mansilla.

Mi compadre se sonrió complacido. La madre, las chinas y cautivas que

cocinaban festejaron mucho la respuesta. Una de las más ladinas dijo:

coronel Mansilla, chico.

Mi compadre llamó á San Martín.

San Martín me dijo:

--Dice Baigorrita, que cuándo se hace el bautismo.

--Dile que cuando quiera, que ahora mismo, si le parece, antes que

entren visitas.

Contestó que bueno.

Llamé al padre Marcos, y el franciscano no se hizo esperar.

En cuanto entró, mi compadre le hizo decir con San Martín, que si le

hace el favor de bautizarle su hijo.

--Con mucho placer--contestó el padre.

Salió, volvió con fray Moisés Álvarez, se revistieron, nos hincamos,

rezamos el Padre Nuestro, haciendo coro los cautivos que lo sabían y mi

ahijado fué bautizado con el nombre de Lucio Victorio.

Terminada la ceremonia, Baigorrita les dió las gracias á los

franciscanos y les invitó á sentarse á almorzar.

Hizo una seña y nos sirvieron. Había puchero de dos clases, de carne

de vaca y de yegua; asado ídem. Yo comí carne de yegua, mi compadre lo

mismo, los frailes de vaca.

Mientras almorzábamos, llegaron visitas. Á todos se les obsequió como

á nosotros; los unos eran conocidos del día antes, los otros recién

llegados. Baigorrita me presentó á todos sucesivamente. Hubo abrazos

y apretones de mano hasta el fastidio, las preguntas y respuestas de

siempre.

Mi compadre explicó lo que significaba entre los indios darle al

ahijado el nombre y apellido del padrino.

Era ponerlo bajo su patrocinio para toda la vida; pasar del dominio

del padre al del padrino; obligarse á quererle siempre, á respetarle

en todo, á seguir sus consejos, á no poder en ningún tiempo combatir

contra él, so pena de provocar la cólera del cielo.

El padrino se obliga por su parte á mirar al ahijado como hijo propio,

á educarlo, socorrerlo, aconsejarlo y encaminarlo por la senda del

bien, so pena de ser maldecido por Dios.

Eran dos seres que se identificaban por un voto solemne.

Con este motivo me habló del gaucho puntano Manuel Baigorria,

manifestando el deseo de que se le diera permiso para que le hiciera

una visita.

Le dije que una vez hecha la paz, no había inconveniente en que tuviera

ese gusto, si Mariano Rosas lo permitía.

Le agregué que Baigorria no era buen hombre, que había sido mal

cristiano y mal indio, que á unos y á otros los había traicionado.

Me contestó que no desconocía mis razones. Pero que al fin era su

padrino, que llevaba su nombre y que él no podía dejar de quererle.

Le dije que sus sentimientos le honraban; porque probaban su lealtad, y

que le honraban tanto más cuanto que convenía en que su padrino había

sido infiel á sus compromisos y á su palabra.

Varios de los visitantes aprobaron mis observaciones.

Los franciscanos á su turno explicaron con mansedumbre, claridad y

sencillez lo que significaba el bautismo.

Dijeron que el que se bautizaba entraba en gracia de Dios.

Que Dios era eterno, inmenso, misericordioso; que tenía un poder

infinito, que hacía cosas grandes que los hombres no podían comprender;

que su voluntad era que todos se amaran como hermanos, que no mataran,

que no robaran, que no mintieran; que los que se casaran lo hicieran

con una sola mujer; que los que tuvieran hijos los educaran y enseñaran

á vivir del trabajo; que para ser buen cristiano era necesario tener

presente siempre esas cosas.

San Martín tradujo _las razones_ de los franciscanos, y todos los

presentes las escucharon con suma atención.

Mi compadre prometió educar á su hijo en la ley de los cristianos, que

no se casaría con varias mujeres, ni con dos, que lo enseñaría á vivir

de su trabajo.

Entraron más visitas. Tuvimos una larga conferencia y expliqué el

Tratado de paz celebrado con Mariano Rosas.

Todo el que quería me dirigía una pregunta. Baigorrita me hacía decir

con San Martín que tuviera paciencia, y Camargo me aconsejaba que no

dejara de contestar.

Cuando la interpelación era intermitente, Camargo me zumbaba al oído:

diga, señor, cuántas yeguas se dan por el Tratado.

--Pero hombre--le observaba yo,--¿qué tiene que ver la pregunta con

eso? Nada, señor, conteste lo que yo le digo; yo le diré después cómo

son éstos. Era una comedia. Me hablaban de pitos y contestaba flautas.

Y el resultado de cada diálogo era siempre el mismo: Bueno, lo que haga

Baigorrita está bien hecho. Mi compadre agachaba la cabeza en señal de

asentimiento; y Camargo me decía entre dientes, como hombre que sabía

el terreno que pisaba: No ve, señor, si lo que quieren es hacerle creer

á Baigorrita que ellos también saben hablar.

No menos de cuatro horas duró la broma aquélla. Pero á poco fueron

desapareciendo los grandes dignatarios de la tribu. Por fin nos

quedamos _tête à tête_ con mi compadre. Me dijo entonces que todo

el Tratado le parecía bueno. Pero que deseaba saber quién le iba á

entregar á él su parte. Le contesté que Mariano Rosas era quien debía

hacerlo; que tanto él como Ramón lo habían apoderado para tratar.

Convino en ello, y terminamos pidiéndome dejara bien arreglado con

Mariano, que á su tribu le tocaba la mitad de todo lo que el Gobierno

iba á entregar, lo que prometí hacer.

Mi ahijado, el futuro cacique Lucio Victorio Mansilla, no se movió de

mi lado mientras duró la conferencia. Viéndolo cabecear le acomodé la

cabecita en el respaldo de mi asiento y se quedó dormido. Era hora de

siesta. Me acosté sin decirle una palabra á mi compadre y dormí hasta

que el desasosiego me despertó. Mi cuerpo hervía.

Me levanté, salí del toldo y lo dejé á mi compadre fumando y haciéndose

expulgar por una de sus chinas.

Cambié de ropa, y en tanto que me vestía pensaba que el plan soñado

de hacerme proclamar emperador de los Ranqueles bien valía la pena de

aquellos sacrificios.

Murmuré: _Lucius Victorius, imperator_. Me pareció sonoro. Pero la

onomancia me dijo: ¡loco! Me miré la palma de la mano, consulté sus

rayas, y la quiromancia me dijo, dos veces ¡loco! ¡Vi cruzar una

bandada de loros, observé su vuelo, y la ornitomancia me dijo, tres

veces ¡¡¡loco!!!

La visión de la patria cruzó entre una nube de fuego por mi mente en

ese instante, y viéndola tan bella me ruboricé de mis pensamientos y de

no haber hecho hasta ahora nada grande, útil, ni bueno por ella.

Mandé ensillar un caballo, y me fuí á visitar á Caniupán.

Galopé media hora y llegué á su toldo.

Iba á echar pie á tierra, San Martín que me acompañaba, me dijo:

todavía no, señor, la costumbre es otra.

Salió un indio del toldo, y haciendo callar los perros que habían sido

los heraldos de nuestra aproximación dijo:

--¡Buenas tardes, hermanos!

--Buenas tardes--contestó San Martín.

--¿No quieren apearse?--añadió.

--Vamos á hacerlo--repuso San Martín.

Y dirigiéndose á mí: ahora es tiempo, señor, apéese, me dijo.

Quise avanzar y me detuvo.

El indio dijo:

--Pase adelante.

--Vamos, señor--me dijo San Martín contestando.

--Ya vamos.

Quise manear mi caballo y San Martín me dijo: todavía no.

--¿Por qué no atan los caballos?--dijo el indio.

--Vamos á hacerlo--contestó San Martín.

Y dirigiéndose á mí, me dijo: atemos, señor, los caballos y entremos.

Los atamos y entramos en el toldo.

Caniupán estaba sentado, se levantó, nos recibió con gran agasajo y nos

hizo sentar.

--¿Viene á quedarse?

--No, vengo por un rato--le contesté.

San Martín me explicó la pregunta. Si hubiera dicho que sí, en el acto

habrían mandado desensillar mi caballo, las chinas ó cautivas habrían

hecho un lío del apero y lo habrían guardado como cosa sagrada.

Al toldo de un indio se acerca el que quiere. Pero no puede apearse del

caballo, ni entrar en él sin que primero se lo ofrezcan. Una vez hecho

el ofrecimiento, la hospitalidad dura una hora, un día, un mes, un

año, toda la vida. Lo que entra al toldo es cuidado escrupulosamente.

Nada se pierde. Sería una deshonra para la casa. Sólo de los caballos

no responden. Sea conocido ó desconocido el huésped, se lo previenen,

diciéndole: aquí ni lo de uno está seguro. Y es la verdad.

El indio no rehusa jamás hospitalidad al pasajero. Sea rico ó pobre,

el que llame á su toldo es admitido. Si en lugar de ser ave de paso se

queda en la casa, el dueño de ella no exige en cambio del techo y de

los alimentos que da,--tampoco da otra cosa,--sino que en saliendo á

malón le acompañen.

El toldo de Caniupán estaba perfectamente construido y aseado. Sus

mujeres, sus chinas y cautivas, limpias. Cocinaron con una rapidez

increíble un cordero, haciendo puchero y asado, y me dieron de comer.

El indio hizo los honores de su casa con una naturalidad y una gracia

encantadoras. Me habría quedado allí de buena gana un par de días.

Los cueros de carnero de los asientos y camas, las mantas y ponchos

parecían recién lavados, no tenían una mancha, ni tierra ni abrojos.

Me presentó todas sus mujeres, que eran tres, sus hijos, que eran

cuatro y varios parientes, excepto la suegra, que vivía con él; pero

con la que según la costumbre no podía verse, porque, como me parece

haberte dicho antes, los indios creen que todas las suegras tienen

_gualicho_, y el modo de estar bien con ellas es no verlas ni oirlas.

Pasé un rato muy entretenido, comí un buen asado de cordero, excelente

pataí de postre, bebí un trago de aguardiente, y al caer la tardecita

me despedí y me volví al toldo de Baigorrita.

Á mi compadre lo encontré como lo había dejado, sentado y fumando.

Unas chinas de los alrededores me esperaban de visita. Iban á dormir

conmigo, es decir, á pasar la noche cerca de mi fogón, como lo hizo

Villarreal con su familia cuando me tenían detenido á la orilla de la

lagunita de Calcumuleu. Es una costumbre de la tierra.

Camargo no estaba. Unos indios amigos lo habían llevado á un baile esa

tarde. Se había ido con mi permiso, sin pedírmelo.

Cuando pregunté por él me dijeron que había encargado me avisaran, que

con mi permiso se había ido á divertir. Era un verdadero mensaje de

gaucho.

Mandé cebar mate y obsequié á mis visitas como correspondía. Eran

cuatro, se habían puesto muy currutacas y las encabezaba una llamada

María Jesús Rodríguez, que hablaba el castellano como yo.

Su nombre derivaba del de su madrina. No era cristiana. Se me olvidaba

decir que entre los indios, el compadrazgo se establece sin necesidad

de bautismo.

Pero dejemos á las visitas y vamos al fogón. El cuarterón conversa con

mis ayudantes, oigo que dice que conoce á Julián Murga, y esto pica mi

curiosidad.

Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2 · 第 19 / 47 题