VIII

Dos desconocidos.--El cuarterón.--El mayor Colchao y su

hijo.--Una cautiva explica quién era Colchao y refiere

su historia.--Provocaciones de Caiomuta.--_Gualicho_

redondo.--Contradicciones del cuarterón.--Juan de Dios San

Martín.--Dudas sobre la fidelidad conyugal.--Picando tabaco.--Retrato

de Baigorrita.--Un espía de Calfucurá.

En el fogón no había nadie.

Todos estaban detrás de la cocina, porque en ese sitio no daba el sol.

Buscaba á quien contarle el uso que mi compadre hacía de mi rica navaja

de barba.

Fuí pues, en busca de mis compañeros de peregrinación.

Hablaban con los dos desconocidos.

Les llamé aparte, hicieron una rueda, dejándome dentro, y les conté el

caso, riéndome á carcajadas.

Unos cuantos, ¡qué bárbaro! se oyeron al mismo tiempo.

Después de un instante de hilaridad, pregunté, ¿qué hombres son ésos

con quienes hablaban ustedes?

--No sabemos--contestaron unos.

--Tratábamos de averiguarlo--dijeron los franciscanos.

--Vamos á ver--repuse.

Me dirigí á ellos. Todos me siguieron.

--¿Cómo te llamas?--le pregunté al primero que había visto.

Era un cuarterón tostado por el sol, como de cuarenta años.

Tenía una cara que daba miedo, grandes ojos negros, redondos, sin

brillo, nariz aplastada, por cuyas ventanas salían algunos pelos, boca

grande, en la que vagaba una sonrisa sardónica, dejando entrever dos

filas de dientes enormes, separados, como los del cocodrilo, todo ello

encerrado dentro de un óvalo que empezaba con una frente estrecha,

erizada de cabellos duros y parados como las espinas del puerco espín,

y terminaba con una barba aguda ligeramente retorcida para arriba.

Estaba gordo y no tenía una sola arruga en el cutis. Llevaba un aro

de oro en la oreja izquierda, y la barba y el bigote se las había

arrancado con pinzas, á lo indio, de manera que en los poros irritados,

se había infiltrado el polvo más tenue, dándole con la transpiración á

su antipática facha, el mismo aspecto que hubiera tenido si la hubiesen

escarificado con finísimas agujas y tinta china.

Vestía ropa andrajosa. No llevaba calzado, y en sus pies encallecidos

resaltaban unas grandes uñas incrustadas como conchas fósiles en

calcárea roca.

No me contestó. Pero fijó su mirada vaga en mí.

Volví á interrogarle.

Siguió callado, bajó la vista, la fijó en tierra, é hizo un ademán con

los hombros, hundiendo el pescuezo en ellos, como quien dice: no sé,

¿qué le importa á usted?

--Tú has de ser algún bellaco--le dije.

No contestó.

Entonces, dirigiéndome al más joven:

--¿Y tú quién eres?--le pregunté.

Parecía un cuadrumano. Era un mono vestido de gaucho. También estaba

afeitado á lo indio, y su ropa era nueva y de buena calidad. Tendría

dieciocho años.

--Soy hijo del mayor Colchao--me contestó.

--¿Hijo del mayor Colchao?--repuse, con extrañeza.

Una cautiva que se había llegado á nosotros, me dijo:

--Es mi marido.

--¿Tu marido?

--Sí, señor.

--¿Cómo es eso?

--El cacique me ha casado con él.

Me refirió entonces, que era de San Luis, que durante algún tiempo

había vivido con un indio muy malo. Que éste había muerto á

consecuencia de heridas recibidas en la última invasión que llevaron

los Ranqueles al Río 5.º cuando los derroté en los Pozos Covados, cerca

de Santa Catalina; y que no habiendo dejado herederos, Baigorrita la

había recogido y se la había dado al mayor Colchao, montonero de la

gente del Chacho, refugiado en Tierra Adentro. Agregó que Colchao era

muy bueno y que ahora era feliz.

--Vea, señor--me decía,--cómo me castigaba el indio. Y mostraba los

brazos y el seno cubiertos de moretones empedernidos y de cicatrices.

Así, añadía con mezclada expresión de candor y crueldad, yo rogaba á

Dios que el indio echara por la herida cuanto comiese. Porque tenía un

balazo en el pescuezo y por ahí se le salía todo, envuelto con el humor

y...

Me dió asco aquella desdichada, cuyos ojos eran hermosísimos. Tenía una

lubricidad incitante en la fisonomía. Era esbelta y graciosa.

Á fin de que no continuara el repugnante relato de las agonías de su

opresor, y queriendo saber quién era ese mayor Colchao, la interrumpí,

preguntándole:

--¿Y quién es Colchao?

--Ese hombre que habrá visto, señor, aquí, el que traía enlazada la res

que le carneamos.

Yo lo había tomado por un indio.

Era un hombre insignificante. Mi compadre tenía mucha confianza en él.

Hacía de capataz suyo.

--¿Y este muchacho, dices que es hijo de Colchao?--volví á preguntarle.

--Sí, señor--repitió.

--Y, ¿dónde vives tú?--le preguntó á aquél.

--En la toldería del capitanejo Estanislao.

--¿Cerca de aquí?

--No, señor.

--¿Qué distancia hay?

--Un día de camino (son treinta leguas en lenguaje convencional de los

indios).

--¿Y á ese hombre le conoces?--le pregunté, señalándole al cuarterón.

--Sí, señor.

--¿Desde cuándo?

--Hace tres días.

--¿Tres días no más?

--Sí señor.

--¿Cómo así?

--Lo he conocido en el campo, viniendo para acá.

--¿De dónde venías?

--Del toldo de Estanislao.

--¿En qué rumbo queda?

--Aquí (señalando al Sudoeste).

--¿En qué venía?

--Á caballo.

--¿Con cuántos caballos?

--En el montado.

--¿Y de dónde venía?

--De lo de Calfucurá.

--¿Qué, por ahí va el camino?

--Por ahí.

--¿Y cuántos días de camino hay del toldo de Estanislao al de Calfucurá?

--Dos días y medio.

--¿Y habla castellano ese hombre?

--Sí, señor.

Aquí interrumpí el diálogo con el hijo de Colchao, y dirigiéndome al

otro, le dije:

--¿Conque te estabas haciendo el zonzo?

No contestó.

--Habla, imbécil--le dije.

--Tengo vergüenza--me contestó.

--Has de ser algún bandido--repuse, y dándole las espaldas, les dije en

voz baja á mis ayudantes:--averígüenle la vida.

Iba á retirarme, pero se me ocurrió una pregunta esencial. Se la hice.

--¿De dónde eres?

--De Patagones.

--¡Ah!--dijo mi ayudante Rodríguez,--á mí me has dicho hace un rato que

chileno.

--Y á mí, no recuerdo quién, que de Bahía Blanca.

--Sí, ha de ser algún pícaro--les contesté.

Y esto diciendo me dirigí al toldo de mi compadre.

Estaba como le había dejado, en la misma postura, seguía picando tabaco

con la navaja y hablaba con Juan de Dios San Martín.

Me senté, y le hice preguntar por el lenguaraz quién era el desconocido.

Me contestó que no sabía, que lo había visto; pero que había creído que

era de mi gente.

Juan de Dios San Martín dijo que él no había reparado en semejante

hombre.

Le observé á mi compadre que cómo había podido tomar por hombre mío un

rotoso como ése.

Se encogió de hombros, y le ordenó á San Martín que averiguase quién

era, de dónde venía, qué quería.

San Martín salió.

Yo me eché en el suelo, como en un mullido sofá.

Mi compadre siguió imperturbable picando su tabaco.

Estuvimos en silencio, mientras San Martín indagó lo que queríamos

saber.

Juan de Dios San Martín era el lenguaraz de mi compadre, su secretario,

su amigo, sirviente y confidente. Varias veces como representante suyo

estuvo en el Río 4.º.

Es un _roto_ chileno, vivo como un rayo, taimado y melifluo; que

sabe tirar y aflojar cuando conviene. Tiene treinta años y sabe leer

y escribir perfectamente bien. Tenía varios libros, entre ellos un

tratado de geografía.

Como su cara hay muchas. No tiene nada de notable. Es blanco y de

sangre pura. Según él, está entre los indios para rescatar algunos

parientes mendocinos. Será ó no verdad. Yo sólo sé que estando en el

Río 4.º entre varias cautivas, que me mandó Mariano Rosas, que entregué

al padre Burela, venía una de unos diecisiete años, que se decía prima

suya y que le estaba muy agradecida.

Pretendía también San Martín estar muy enamorado de una chiquilla de

catorce años, _que había sido ya_ querida de mi compadre, quien se la

había vendido. Y decía que saldría de los indios cuando se le acabara

de pagar. La chiquilla andaba por allí, era bonita y muy inocentona

al parecer. Lo mismo que estaba con San Martín hubiera estado con

otro. Era mendocina y vestía exactamente como una india. Su donosura

contrastaba en extremo con su desaseo. Reía y jugaba con todos mis

ayudantes con infantil desenfado, y _su dueño_ no se curaba de ello. El

derecho de vida ó muerte que tenía sobre la pobre le inspiraba sin duda

esa confianza. La institución es bárbara, nadie lo pondrá en duda. Pero

hay que reconocer que entre los indios no _se mata_ por celos. Algo más;

hay que reconocer que los casos de infidelidad son rarísimos allí.

Mientras llega San Martín con las noticias que ha ido á traer, se me

ocurre preguntar:

La virtud de la fidelidad conyugal, que no puede ser convencional

sino que debe tener por base un sentimiento, el amor, ¿dónde está más

segura, entre los ranqueles ó entre los cristianos?

Me guardo bien de contestar.

Prefiero esperar á San Martín, llamando tu atención, Santiago amigo,

sobre los tipos que se refugian entre los indios. Calcula si ellos

conocerán bien á los cristianos, sus ideas, sus tendencias, sus

proyectos futuros, teniendo á su lado secretarios lenguaraces, amigos

íntimos por el estilo del que te acabo de bosquejar.

Aquel mundo es realmente digno de estudio. Lo tenemos encima, golpeando

diariamente nuestras puertas, como los enemigos de Roma, en sus horas

aciagas, ¿y qué sabemos de él?

Que nos roban.

Es bastante; pero no es una noticia nueva para el país. Tanto valiera

decirle: hay guerra civil en Entre Ríos. La conciencia pública lo sabe,

no lo ve, pero lo siente. Ella pregunta otra cosa. ¿Cuál es el remedio

que costando menos sangre puede conciliar el _hecho con el derecho_? ¿Y

por qué pregunta eso? Porque mientras para todo le presentéis el filo

de una espada, la clemencia humana estará en su derecho de exclamar

_¡fratricidas!_

San Martín volvió, diciendo que el desconocido venía de las tolderías

de Calfucurá.

Mi compadre no manifestó extrañeza alguna.

--¿Y cómo es--le pregunté,--que ustedes no se fijan en los que vienen y

están una porción de días comiendo en sus casas?

--Aquí viene el que quiere, compadre--me contestó.

--¿Y si vienen á espiar?

--¿Y qué van á espiar?

--Pero lo que ustedes hacen.

--Nosotros hacemos toda la vida lo mismo.

Le hice una seña á San Martín, salí del toldo y me siguió.

Mi compadre continuó picando su tabaco, le quedaba aún un rollo

tucumano.

San Martín me había servido con lealtad en otras ocasiones. Le encargué

que tomara más informes sobre el desconocido, y se marchó.

Al separarse de mí, el padre Marcos vino á decirme que aquél me pedía

una camisa y unos calzoncillos, hierba, tabaco y papel.

Todo se me había concluido. Pero donde hay soldados no faltan jamás

corazones desprendidos y generosos.

Llamé un asistente y le dije que me buscara entre sus compañeros una

camisa y unos calzoncillos, y todo lo demás que pedía el desconocido.

Hizo una junta: á éste pidió una cosa, á aquél otra, al uno yerba, al

otro azúcar, tabaco y papel y volvió al punto con la contribución.

Le di todo al padre Marcos, y el buen franciscano se fué muy contento,

llevándoselo todo á su protegido.

Me senté á descansar en un diván que con caronas y ponchos me

improvisaron los soldados.

Dormitaba, cuando oí un tropel de caballos y una voz de indio que con

acento de embriaguez preguntaba:

--¿Dónde está ese coronel Mansilla?

Hablaba con los que estaban detrás de la cocina.

--Ahí--le contestaron.

Un jinete indio se me presentó, pisándome casi con las patas del

caballo.

Le reconocí en el acto: era Caiomuta, y viendo que estaba ebrio le miré

con afectado desprecio y no le dije nada.

--Vos, coronel Mansilla--gritó el bárbaro, clavándole ferozmente las

espuelas al caballo, _rayándolo_ y levantando una nube de polvo que me

envolvió.

Creí que iba á atropellarme.

Callé, me puse en pie y en ademán de defenderme.

--Vos, coronel Mansilla--volvió á gritarme.

--Sí--le contesté secamente.

--¡Ahhhh!--hizo.

Permanecí en silencio, y como se retirara unos cuantos pasos, avancé

sobre él, cubriendo mi frente con el fogón que presentaba el obstáculo

de unos grandes montones de leña.

--¿Vos amigo indio?--me dijo.

--Sí--le contesté, y avancé para darle la mano.

Me rechazó, diciendo:

--Yo dando mano, amigo no más.

--Yo soy tu amigo.

--¿Por qué entonces midiendo tierra, _gualicho redondo_?

_Gualicho redondo_ era mi aguja de marcar óptica, de la que me había

servido infinidad de veces, en la travesía del Río 5.º á Leubucó.

--Eso no es para medir tierra--le contesté.

--Vos engañando--repuso.

--Yo no miento.

--¿Y entonces qué haciendo _gualicho redondo_?

--Era para saber el rumbo, dónde quedaba el Norte.

--¿Y para qué haciendo eso, teniendo camino y baqueano?

--Porque cuando ando por los campos me gusta saber derecho adónde voy.

--_¡Winca! ¡winca!_--murmuró. Y en voz alta y volviendo á rayar el

caballo, en círculos concéntricos para lucir la rienda del animal y su

destreza, gritó: ¡engañando!

Llegaron varios indios, hablaron á un mismo tiempo y rodeándome me

dijeron:

--Dando camisa.

--No tengo--contesté secamente.

Caiomuta, con ojos mal intencionados me echó encima el caballo,

balanceándose sobre él con dificultad, y me dijo:

--Vos rico, dando, pues, pobres indios.

--Yo no doy nada á quien no es mi amigo--le contesté, frunciendo el

ceño y apostrofándole de bárbaro.

Recogió el caballo como para atropellarme. Me retiré. Llegaron mis

ayudantes y asistentes y me rodearon.

--¡Winca! ¡winca!--bramó el indio.

Juan de Dios San Martín se presentó en ese momento y me dijo, que

decía Baigorrita que no le hicieran caso á su hermano, que me fuera

á su toldo. Y de su cuenta agregó: Ese indio, señor, tiene muy malas

entrañas.

Me pareció desdoroso abandonar el campo.

Le contesté á mi compadre que no tuviese cuidado.

Caiomuta se echó al coleto un trago, como un chorro, de una limeta de

aguardiente que llevaba en la mano derecha, y picando el caballo y

vociferando insultos contra Baigorrita, á quien tachaba de ladrón, y

diciéndoles á los otros que le siguieran, se lanzó á toda brida por

unos arenales donde parecía imposible que el caballo corriera.

Queriendo evitar un segundo diálogo, me dirigí al toldo de mi compadre;

pero viendo al padre Marcos con el desconocido, hice un rodeo y me

acerqué á ellos.

--¿Y al fin de dónde eres?--le pregunté:--¿de Chile, de Patagones ó de

Bahía Blanca?

No me contestó.

--¿Conque tienes lengua para pedir y no la tienes para

contestar?--agregué.

--Yo no he pedido nada--contestó por primera vez con acento porteño.

--Lo que yo debía hacer era quitarte por soberbio lo que te he dado--le

dije.

--Ahí está--murmuró con desprecio.

Me retiré. Aquel hombre me alteraba la sangre, y entré en el toldo de

mi compadre.

Seguía picando tabaco.

Me hizo señas de que tomara asiento.

Me senté.

Trajeron puchero.

Comí.

Á mi compadre le sirvieron un riñón de cordero, caliente, crudo y un

bofe de vaca fiambre, aliñado con cebolla y sal.

Me ofreció un bocado.

Acepté.

El riñón era incomible, hedía como álcali volátil; pero lo mastiqué

procurando no hacer gestos y lo tragué.

El bofe era pasable; pero prefiero no volver á probarlo más en mi vida.

Como no había lenguaraz no hablábamos sino una que otra palabra.

Aproveché el tiempo para observar la fisonomía de aquel _picador de

tabaco_ imperturbable, especie de patriarca.

Manuel Baigorría, alias Baigorrita, tiene treinta y dos años.

Se llama así porque su padrino de bautismo fué el gaucho puntano de

ese nombre, que en tiempos del cacique Pichum, de quien era muy amigo,

vivió en Tierra Adentro. Su madre fué una señora cautiva del Morro.

Allí vivía no ha mucho con su familia, rescatada, no puedo decir en qué

época. Baigorrita tiene la talla mediana, predominando en su fisonomía

el tipo español. Sus ojos son negros, grandes, redondos y brillantes;

su nariz respingada y abierta; su boca regular; sus labios gruesos; su

barba corta y ancha. Tiene una cabellera larga, negra y lacia, y una

frente espaciosa, que no carece de nobleza. Su mirada es dulce, bravía

algunas veces. En este conjunto sobresalen los instintos carnales y

cierta inclinación á las emociones fuertes, envuelto todo en las brumas

de una melancolía genial.

Con otro tipo mi compadre sería un árabe.

Es muy aficionado á las mujeres, jugador y pobre; tiene reputación de

valiente, de manso y prestigio militar entre sus indios.

Sus costumbres son sencillas, no es lujoso ni en los arreos de su

caballo.

Me habló varias veces con ternura de la madre, manifestándome el deseo

de ir al Morro á visitar sus parientes.

Caiomuta es su hermano menor por parte de padre. Son enemigos.

Caiomuta es rico, ladrón como Caco, borracho como Baco y malo como

Satanás. Insolente, violento, audaz, aborrecido de la generalidad.

Pero es fuerte, porque tiene un circulito de desalmados que le siguen

ciegamente, ayudándole á perpetrar todas sus maldades.

Concluía el estudio de los rasgos fisonómicos de mi compadre, cuando se

presentó San Martín.

Cambió algunas palabras en lengua araucana con aquél, y diciéndome en

un aparte que tenía algo que comunicarme, se retiró.

--Hasta luego--le dije á Baigorrita, que sin dejar de picar su tabaco,

me contestó: _¡adió!_ (los indios, como los negros, no pronuncian

generalmente las eses finales), y fuí á ver qué me quería San Martín.

En cuanto me acerqué á él, me dijo:

--Señor, el hombre es un espía de Calfucurá.

--¿Y tras de qué anda?

--Viene á ver qué hace usted aquí. Allí temen que usted mueva estas

indiadas contra aquéllas.

--¿Y se lo has dicho á Baigorrita ahora lo que hablaste con él?

--No, señor.

--Avísaselo, pues.

San Martín obedeció.

Yo me quedé pensando en la cautelosa previsión de Calfucurá, el gran

político y guerrero de la Pampa, tan temido por su poder como por su

sabiduría.

La noticia de mi arribo á las tolderías de los ranqueles, le había sido

transmitida por Mariano Rosas, junto con una consulta, en su calidad de

aliado por simpatía de raza.

Su contestación había sido que la paz convenía, que no vacilase en

sellarla y cumplirla.

Al mismo tiempo había enviado un emisario secreto.

¿Hombres de Estados cultos habrían procedido de otra manera?

¿La diplomacia moderna es más sincera y menos desconfiada?

Tú, que vives en Europa, donde nacieron y gobernaron Richelieu,

Mazarino, Walpole, Alberoni, Talleyrand y Maeternich, en Europa, que

nos da la norma en todo, lo dirás.

Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2 · 第 18 / 47 题