Qué es la vida.--Reflexiones.--Los perros de los
indios.--Recuerdos que deben tener de mi magnificencia.--Un
intérprete.--Cambio de _razones_.--_Sans façon._--_Yapaí_ y
_yapaí_.--Detalles.--En Santiago y Córdoba los pobres hacen
lo mismo que los indios.--Fingimiento.--Otra vez la cara
patibularia.--Averiguaciones.--Una navaja de barba mal empleada.
La vida se pasa sin sentir.
Como dice la sentencia árabe, no es más que el camino de la muerte.
Cuando menos lo esperamos, nos sorprende el invierno y recién como la
cigarra imprevisora, nos apercibimos de que hemos pasado el verano
cantando, sin pensar en nada.
Nuestros cabellos, con los que jugueteaba ebúrnea y afilada mano se han
puesto canos. Nadie los toca ya.
Nuestros ojos han perdido su brillo magnético. Nadie los mira.
Nuestra tez tersa y sonrosada, se ha vuelto amarillento y seco
pergamino. Nadie repara en ella.
En el corazón apenas arde una llama moribunda semejante al pálido
resplandor de una lámpara sepulcral. Pero ¡ay! ¿Quién se inflama en el
tibio calor suyo?
De esperanza en esperanza, de ilusión en ilusión, de desengaño en
desengaño, de decepción en decepción, de caída en caída, de percance
en percance, de desvarío en desvarío, rodamos fatalmente y llegamos al
borde de la tumba, cayendo en su misteriosa obscuridad para cesar de
sufrir, ó sufrir más.
Hemos aspirado, no hemos hecho nada por nosotros ni por la humanidad, y
hemos consumido una existencia robusta, exuberante, con cuya savia se
han alimentado quién sabe cuántos parásitos afortunados, exclamando mil
veces: _En vain, hélas! en vain!_
Y por todo consuelo, nos contentamos con darle al mundo y á sus pompas
vanas un adiós irónico, escribiendo en forma de epigrama póstumo un
epitafio:
_Ci-gît Piron, qui ne fut rien
Pas même académicien._
Si la vida se pasa así, de cualquier modo, con más razón se pasa
cualquier noche.
La primera que dormí en Quenque, al raso, cerca del toldo de mi
compadre Baigorrita, pertenece á ese género. Creo que ni recuerdos tuve.
De ella sólo puedo decir que dormí.
Mi fatigado cuerpo no sintió ni el aire de la noche, ni la dureza
del suelo, ni la famélica inquietud de los perros, que devoraban
los rezagos y huesos de nuestro fogón, haciendo crujir sus afilados
dientes, hasta romperlos y chupar el escondido tuétano.
Los indios no les dan de comer á sus perros, y, sin embargo, tienen
muchos; en cada toldo tienen una jauría.
Los pobres viven de los bichos del campo que cazan, ó como los
avestruces, pescando moscas al vuelo.
El hambre les hace adquirir una destreza increíble. Mosca que zumba por
sus narices va á parar á su estómago.
Los tratan con la mayor dureza; el que no está lleno de chichones tiene
alguna cicatriz agusanada.
Es lo que sacan cuando se acercan á algún fogón ó cuando al carnear una
res se arriman tímidamente á ella para chupar siquiera la sangre que
riega el suelo.
Las chinas son las que tienen alguna compasión de ellos. Son sus
compañeros inseparables. Van al monte y al agua con ellas; con ellas
recogen el ganado; y al lado de ellas duermen.
Á los indios no los siguen jamás.
En mi fogón se dieron una panzada que debe haber hecho época entre
ellos.
En esta hora deben estar cantando con himnos caninos, y en el mismo
bronco lenguaje con que ladran á la luna, por no decir adoran, la
generosidad y espléndida magnificencia de unas gentes extrañas, que
anduvieron por allí, con caras desconocidas, vistiendo trajes que no
habían visto jamás y hablando un idioma ininteligible, aunque agradable
á su oído.
Amaneció.
Nos dimos los buenos días con los franciscanos, nos levantamos, tomamos
mate y nos preparamos para recibir visitas que no tardaron en llegar.
Mi compadre Baigorrita se había bañado muy temprano, y descalzo y con
los calzoncillos arrollados sobre la rodilla y las mangas de la camisa
arremangadas, atusaba un caballo que estaba en el palenque.
Me acerqué á él, le saludé, y sin interrumpir su faena me contestó con
una sonrisa afable, haciéndome decir con Juan de Dios San Martín que
andaba por ahí: «Que estuviera á gusto, que aquella era mi casa».
Le contesté dándole las gracias.
Y, pegando el último tijeretazo, me invitó á pasar á su toldo.
Acepté, y entramos en él.
Tres fogones ardían.
Alrededor de ellos las chinas y las cautivas preparaban el almuerzo,
que consistía en puchero y asado.
Nos sentamos quedando mi compadre enfrente de mí.
Empezaron á entrar visitas, se colocaron en dos filas y la charla no se
hizo esperar.
Eran todas personas de importancia.
No siendo Juan de Dios San Martín bastante buen lenguaraz, mandaron
llamar otro cristiano, hombre de la entera confianza de Baigorrita.
Era necesario que todos los circunstantes se enterasen perfectamente
bien de mis _razones_.
Vino Juancito, que así se llamaba el perito, y se colocó entre mi
compadre y yo, dando la espalda á la entrada del toldo.
Era un zambo motoso, de siete pies de alto, gordo como un pavo cebado.
Su traje consistía en un simple chiripá de jerga pampa.
En su fisonomía estaban grabados con caracteres inequívocos los
instintos animales más groseros. Todas sus facciones eran deformes, y á
la manera de los indios, se había arrancado con pinzas los pelos de la
cara, pintado los pómulos y los labios. Su mirada era chispeante, pero
no revelaba ferocidad.
Le dije mis primeras _razones_, intentó traducirlas. No pudo, sus oídos
no habían jamás escuchado un lenguaje tan culto como el mío. Y eso que
yo me esforzaba siempre en expresarme con toda sencillez. No entendía
jota.
Al transmitirle á mi compadre Baigorrita mis razones, Camargo y Juan de
Dios San Martín, le decían:
--El Coronel no ha dicho eso.
Las visitas, impacientadas, gruñían contra el zambo. Él, avergonzado
y turbado de su imbecilidad, sudaba la gota gorda. Su cara y su pelo
traspiraban como si estuviera en un baño ruso, despidiendo un olor
grasiento peculiar que volteaba.
Cuando su confusión llegó hasta el punto de sellarle los labios,
cayó en una especie de furor concentrado. Levantóse de improviso, y
diciendo: «Me voy, ya no sirvo», se marchó.
Nadie hizo la menor observación.
La conversación continuó, haciendo de intérpretes los otros lenguaraces.
Las mujeres de mi compadre, las chinas y cautivas se pusieron en
movimiento, y el almuerzo vino.
Á cada cual le tocó, lo mismo que en el toldo de Mariano Rosas, un
enorme plato de madera con carne cocida, caldo, zapallos y choclos.
Yo, ya estaba en mi centro.
Comí _sans façón_.
Tomaba las posturas que me cuadraban mejor, y calculando que lo que
iba á hacer produciría buen efecto en el dueño de la casa y en los
convidados, me quité las botas y las medias, saqué el puñal que llevaba
á la cintura y me puse á cortar las uñas de los pies, ni más ni menos
que si hubiera estado solo en mi cuarto, haciendo la policía matutina.
Mi compadre y los convidados estaban encantados. Aquel coronel
cristiano parecía un indio. ¿Qué más podían ellos desear? Yo iba á
ellos. Me les asimilaba. Era la conquista de la barbarie sobre la
civilización. El _Lucius Victorius, imperator_, del sueño que tuve
en Leubucó la noche en que Mariano Rosas me hizo beber un cuerno de
aguardiente, estaba allí transfigurado.
Cuando acabé la operación de cortarme las uñas de los pies, me limpié
las de las manos, y para completar la comedia me escarbé los dientes
con el puñal.
Trajeron el asado, agua y trapos. En lugar de hacer uso del cuchillo de
la casa, hice uso del mío.
El indio del día antes, se presentó á la sazón con mis guantes, se me
sentó al lado y le dió por jugar con mi pera, insistiendo en que la
había de trenzar, porque era linda, según él decía. Le dejé hacer su
gusto.
Terminado el almuerzo, trajeron unas cuantas botellas de aguardiente y
entre _yapaí_ y _yapaí_ las apuramos.
Mi ahijado, á quien el día antes había acariciado, se acercó á mí. Le
hice un cariño. Una cautiva le habló en la lengua, y el chiquilín juntó
las manos, y todo ruborizado me dijo: «bendición».
--«Dios te haga un buen cristiano, ahijado»--le contesté; y echándole
los brazos le senté en mis piernas.
El chiquilín se quedó como en misa, saqué el reloj y se lo puse al oído
para que oyera el tic-tac de la rueda: siguió inmóvil. Guardé el reloj,
y viendo que por sobre su cabecita caminaban ciertos animalitos de mil
pies, me puse á expulgarlo.
Comprendo, Santiago amigo, que estos detalles son poco filosóficos é
instructivos; pero, hijo mío, ya que no puedo cantar las glorias de mi
espada, permíteme describirte sin rodeos cuanto hice y vi entre los
Ranqueles.
El pulcro y respetable público tendrá la bondad de ser indulgente, á no
ser que prefiera, lo que no suele ser raro, la mentira á la verdad.
_Rien n'est beau que le vrai._
Tomo el dicho por los cabellos y continúo.
Mi ahijado estaba acostumbrado á la operación.
Los indios se la hacen unos á otros, al rayar el sol, con un apéndice
que dejo á tu perspicacia adivinar.
De gustos no hay nada escrito.
Una ostra cruda es para algunos el bocado más sabroso. Vitelio se
comía, para abrir el apetito, cuarenta docenas de una sentada.
Algunos buscan el queso hediondo, y prefieren _el que camina_.
Mientras tanto, otros no pueden pasar ni lo uno ni lo otro.
No nos admiremos de las costumbres de los indios.
He de repetir hasta el cansancio, que nuestra civilización no tiene el
derecho de ser tan orgullosa.
En Santiago del Estero, donde lengua y costumbres tienen un sabor
primitivo, los pobres hacen lo mismo que los indios.
El que quiera verlo, no tiene más que tomar la mensajería del Norte y
dar un paseo por aquella provincia argentina.
Y en la sierra de Córdoba hacen igual cosa. Está más cerca y la
excursión sería más pintoresca.
Mi ahijado se quedó dormido.
Le acomodé la cabecita sobre uno de mis muslos y le dejé quieto.
Las visitas se fueron retirando.
Algunas se echaron, quedándose dormidas.
Yo, siguiendo mi plan de _hacerme interesante_, las imité. ¡Qué había
de dormir! Era imposible. Cuerpos extraños al mío, me tenían en una
agitación indescriptible.
Me quedé no obstante en el toldo haciendo que dormía.
Ronqué.
Mi compadre impuso silencio. Debía mirarme con placer.
De repente llamé con voz trémula y débil á Rufino Pereyra.
No contestó; no podía oírme. Lo calculaba.
Entonces, fingiendo un enojo terrible, me incorporé súbito y grité con
todas mis fuerzas:
--¡Rufino! ¡Rufino!
Rufino contestó de lejos:
--Voy, señor; y entró volando en el toldo.
--¿Por qué no venías?
--No había oído.
Le apostrofé.
Mi compadre fumaba tranquilamente su pipa, rodeado de sus tres hijos
menores dormidos.
Me miró como diciendo para sus adentros: Este hombre, es un hombre.
Mis contrastes le seducían. La dulzura, la aspereza, la calma y la
irascibilidad hablan muy alto á la imaginación de un salvaje.
--Tráeme mi navaja de barba--le dije á Rufino.
Salió.
--Compadre--continué, dirigiéndome á mi huésped,--le voy á hacer un
regalo; veo que usted se afeita.
No contestó, porque no entendía. Los lenguaraces se habían retirado.
Llamó á Juan de Dios San Martín. Entró éste y junto con él Rufino,
trayendo la navaja y el asentador, que tenía cuatro faces, una con
piedra.
Tomélo, y haciéndole ver á mi compadre cómo se asentaba la navaja, le
di ambas cosas.
Las tomó, y viendo primero si se adaptaban al bolsillo de su tirador,
las colocó en seguida en él.
Salí del toldo. Me mudé la ropa, después que Carmen me ayudó á eliminar
los intrusos que se habían guarecido en mis cabellos; di un paseo
porque tenía necesidad de respirar el aire libre y puro del campo,
haciendo fuego con el revólver sobre algunos caranchos y teruteros; y
al rato volví al fogón para acabar de disipar con café los efectos del
aguardiente.
De regreso de la caminata, pasé por detrás del toldo de mi compadre
y volví á ver la _cara patibularia_ del día antes, apoyada con aire
sombrío en la costanera del ranchito que servía de cocina, y que
sobresalía media vara.
Junto con ella estaba otra juvenil, de aspecto extraño y marcadamente
de cristiano.
La curiosidad me acercó á ellos.
Les dirigí la palabra, callaron.
--¿No entienden?--les dije, con cierta acritud.--Me contestaron en
lengua de indio.
Comprendí que no querían hablar conmigo.
El hecho acabó de despertar mi curiosidad.
No pude decir por qué, pero lo cierto es que la primera cara me
alarmaba.
Seguí mi camino con el intento de averiguar quiénes eran aquellos
desconocidos.
Entré en el toldo de mi compadre.
Estaba solo con sus hijos, en la misma postura en que le había dejado
hacía un rato, y picaba tabaco.
¿Con qué?
Nada menos que con la navaja de barba que le acababa de regalar.
El asentador le servía de punto de apoyo.
--Bien empleado me está--dije para mi coleto,--por haber gastado
pólvora en chimangos.
Mi compadre se sonrió complacido y con una cara como unas pascuas, y
mirándose en la superficie tersa y lustrosa de la navaja, me dijo:
--Lindo.
--Es verdad--le contesté, murmurando:--no te degollarás con ella; y
agregando al mismo tiempo que hacía el ademán de afeitarme: mejor es
para esto.
Me entendió, y repuso:
--Cuchillo.
Quería decirme que el cuchillo era más aparente para afeitarse.
Llamó á Juan de Dios San Martín.
Mientras éste venía, salí del toldo para contarles á mis ayudantes y á
los franciscanos qué suerte había corrido la navaja de Rodgers.