Creencias de los indios.--Son uniteístas y
antropomorfistas.--_Gualicho._--Respeto por los muertos.--Plata
enterrada.--¿Será cierto que la civilización corrompe?--Crueldad de
Bargas, bandido cordobés.--Triste condición de los cautivos entre los
indios.--Heroicidad de algunas mujeres.--Unas con otras.--Modos de
vender.--Eufonía de la lengua araucana.--¿La carne de yegua puede ser
un antídoto para la tisis?
Mi comadre Carmen vivía en Carrilobo, cerca del toldo de Villarreal, el
casado con su hermana, y había venido á visitarme trayéndome mi ahijada.
Escuchándola pasamos un rato muy entretenido. Habla con facilidad el
castellano y posee bastante caudal de expresiones para manifestar sus
sentimientos é ideas y hacerse entender.
Sobre las creencias de los indios me dió las siguientes nociones:
No se congregan jamás para adorar á Dios, le adoran á solas,
ocultándose en los bosques.
No es ni el sol, ni la luna, ni las estrellas, ni la universalidad de
los seres vivientes.
Por manera que no son idólatras, ni panteístas.
Son uniteístas y antropomorfistas.
Dios--_Cuchauentrú_, el hombre grande, ó _chachao_, el Padre de
todos,--tiene la forma humana y está en todas partes; es invisible é
indivisible; es inmensamente bueno y hay que quererle.
Á quien hay que temerle es al diablo,--_Gualicho_.
Este caballero, á quien nosotros pintamos con cola y cuernos, desnudo
y echando fuego por la boca, no tiene para ellos forma alguna.
_Gualicho_, es indivisible é invisible y está en todas partes, lo mismo
que _Cuchauentrú_. Otro, mientras el uno no piensa en hacerle mal á
nadie, el otro anda siempre pensando en el mal del prójimo.
_Gualicho_ ocasiona los malones desgraciados, las invasiones de
cristianos, las enfermedades y la muerte, todas las pestes y
calamidades que afligen á la humanidad.
_Gualicho_ está en la laguna cuyas aguas son malsanas, en la fruta y
en la yerba venenosa; en la punta de la lanza que mata; en el cañón de
la pistola que intimida; en las tinieblas de la noche pavorosa; en el
reloj que indica las horas; en la aguja de marear que marca el Norte;
en una palabra; en todo lo que es incomprensible y misterioso.
Con _Gualicho_ hay que andar bien; _Gualicho_ se mete en todo, en el
vientre y da dolores de barriga; en la cabeza y la hace doler; en las
piernas y produce la parálisis; en los ojos y deja ciego; en los oídos
y deja sordo; en la lengua y hace enmudecer.
_Gualicho_, es en extremo ambicioso. Conviene hacerle el gusto en todo.
Es menester sacrificar de tiempo en tiempo yeguas, caballos, vacas,
cabras y ovejas; por lo menos una vez cada año, una vez cada doce
lunas, que es como los indios computan el tiempo.
_Gualicho_ es muy enemigo de las viejas, sobre todo de las viejas feas:
se les introduce quién sabe por dónde y en dónde y las maleficia.
¡Ay de aquélla que está _engualichada_!
La matan.
Es la manera de conjurar el espíritu maligno.
Las pobres viejas sufren extraordinariamente por esta causa.
Cuando no están sentenciadas, andan por sentenciarlas.
Basta que en el toldo donde vive una suceda algo, que se enferme un
indio, ó se muera un caballo; la vieja tiene la culpa, le ha hecho
daño. _Gualicho_ no se irá de la casa hasta que la infeliz no muera.
Estos sacrificios no se hacen públicamente, ni con ceremonias. El indio
que tiene dominio sobre la vieja la inmola á la sordina.
En cuanto á los muertos, tienen por ellos el más profundo respeto. Una
sepultura es lo más sagrado. No hay herejía comparable al hecho de
desenterrar un cadáver.
Como los hindúes, los egipcios y los pitagóricos, creen en la
metempsícosis, que el alma abandona la carne después de la muerte,
transmigrando en un tiempo más ó menos largo á otros países y dándole
vida á otros cuerpos racionales ó irracionales.
Los ricos resucitan generalmente al Sur del Río Negro, y de allí han de
volver, aunque no hay memoria de que hasta ahora haya vuelto ninguno.
Por esta razón los entierran junto con el mejor caballo y las prendas
de plata más valiosas que tuvieron; y alrededor de la sepultura les
sacrifican caballos, vacas, yeguas, cabras y ovejas, según la riqueza
que dejan, ó la que poseen sus deudos ó amigos.
El caballo y las prendas enterradas son para que tengan en qué andar en
la tierra ésa, donde deben resucitar; los demás animales son para que
tengan qué comer durante el viaje de ida y vuelta.
Las mujeres también resucitan, no se crea que no.
Pretenden algunos que han vivido mucho tiempo entre los indios, que
á consecuencia de estas costumbres debe haber mucha plata labrada
enterrada en el Desierto. Por mi parte, creo que los cristianos, que
ni le tienen tanto miedo á _Gualicho_, ni son pitagóricos, se han
encargado de desenterrarla.
Lo cierto es, que según las noticias que mi comadre me daba, las honras
fúnebres no se hacen con tanta pompa como antes.
Queriendo explicar el por qué del hecho, decía: «Yo no sé si será
porque los cristianos han solido registrar las sepulturas ó porque
ahora la plata vale más».
Yo me inclino á creer que las dos causas combinadas van haciendo que
los entierros sean menos lujosos.
En efecto, los indios tienen ahora muchas necesidades, les gusta mucho
beber, tomar mate dulce, fumar, vestirse con ropa fina; y fácilmente
se comprende que muriendo un deudo querido honren su memoria con
sacrificios de caballos, vacas, yeguas, cabras y ovejas y que la plata
se la guarden.
Mi comadre aseguró que, mientras no hubo cristianos entre los indios,
no hubo ejemplo de que se violaran las tumbas sagradas.
¿Será cierto que la civilización es corruptora?
Á pesar de lo dicho los indios no son sanguinarios ni feroces; prueba
de ello es que jamás sacrifican á los manes de sus muertos víctimas
humanas.
Matan á las viejas, es cierto; pero lo hacen porque las creen poseídas
de Satanás. Y al fin del cuento, no es tanto lo que se pierde, dirán
algunos.
Hablando seriamente, hay una verdad desconsoladora que consignar: que
ciertos cristianos refugiados entre los indios son peores que ellos.
Conozco uno que queriendo sobresalir por su ferocidad, tuvo la
barbarie de hacer un sacrificio humano en holocausto á un miembro de su
familia.
Referiré el hecho.
Bargas, es un bandido cordobés, vive en Tierra Adentro, no sé por qué
crímenes, está casado con varias mujeres y su vida es la de un indio,
por no decir peor.
Murió uno de sus hijos. Pues bien, este malvado, fingiendo que
participaba de la preocupación vulgar, de la creencia que hace enterrar
al muerto con su caballo de predilección, para que en la tierra donde
resucite tenga en qué andar, le inmoló á su hijo un cautivito de ocho
años, enterrándole vivo con él, para que tuviese quien le sirviera de
peón.
Por lo que dejo relatado, se ve que los cautivos son considerados entre
los indios como cosas.
Calcúlese cuál será su condición.
La más triste y desgraciada.
Lo mismo es el adulto que el adolescente, el niño que la niña, el
blanco que el negro; todos son iguales los primeros tiempos, hasta que
inspirando confianza plena se hacen querer.
Con rarísimas excepciones, los primeros tiempos que pasan entre los
bárbaros son una verdadera _via crucis_ de mortificaciones y dolores.
Deben lavar, cocinar, cortar leña en el bosque con las manos, hacer
corrales, domar los potros, cuidar los ganados y servir de instrumento
para los placeres brutales de la concupiscencia.
¡Ay de los que se resisten!
Los matan á azotes ó á balazos.
La humildad y la resignación es el único recurso que les queda.
Y, sin embargo, yo he conocido mujeres heroicas, que se negaron á
dejarse envilecer, cuyo cuerpo prefirió el martirio á entregarse de
buena voluntad.
Á una de ellas la habían cubierto de cicatrices; pero no había cedido á
los furores eróticos de su señor.
Esta pobre me decía, contándome su vida con un candor angelical: «Había
jurado no entregarme sino á un indio que me gustara, y no encontraba
ninguno».
Era de San Luis, tengo su nombre apuntado en el Río 4.º. No lo recuerdo
ahora. La pobre no está ya entre los indios. Tuve la fortuna de
rescatarla y la mandé á su tierra.
En aquellos mundos de barbarie pasan dramas terribles.
Cuantas más cautivas hay en un toldo, más frecuentes son las escenas
que despiertan y desencadenan las pasiones, que empequeñecen y degradan
á la humanidad.
Las cautivas nuevas, viejas ó jóvenes, feas ó bonitas tienen que
sufrir, no sólo las asechanzas de los indios, sino, lo que es peor aún,
el odio y las intrigas de las cautivas que les han precedido, el odio y
las intrigas de las mujeres del dueño de casa, el odio y las intrigas
de las chinas sirvientas y agregadas.
Los celos y la envidia, todo cuanto hiela y enardece el corazón á la
vez se conjura contra las desgraciadas.
Mientras dura el temor de que la recién llegada conquiste el amor ó el
favor del indio, la persecución no cesa.
Las mujeres son siempre implacables con las mujeres.
Frecuentemente sucede que los indios, condoliéndose de las cautivas
nuevas, las protegen contra las antiguas y las chinas. Pero esto no se
hace sin empeorar su situación, á no ser que las tomen por concubinas.
Una cautiva á quien yo le averiguaba su vida, preguntándole cómo le
iba, me contestó:
--«Antes, cuando el indio me quería, me iba muy mal, porque las demás
mujeres y las chinas me mortificaban mucho, en el monte me agarraban
entre todas y me pegaban. Ahora que ya el indio no me quiere, me va muy
bien, todas son muy amigas mías».
Estas palabras sencillas resumen toda la existencia de una cautiva.
Agregaré que cuando el indio se cansa, ó tiene necesidad, ó se le
antoja, la vende ó la regala á quien quiere.
Sucediendo esto, la cautiva entra en un nuevo período de sufrimientos,
hasta que el tiempo ó la muerte ponen término á sus males.
Poco antes de salir de Leubucó, conocí por casualidad un cristiano que
hacía diligencias por comprarle á un indio una cautiva, nada más que
por hacerle á ésta un servicio, por humanidad.
La desdichada decía: «El indio es muy bueno y me venderá si no me han
de llevar á _otra parte_. Pero las chinas son _malazas_.
Á propósito de llevar á otra parte, esto requiere una explicación.
Hay dos modos de vender: el uno consiste en cambiar simplemente de
dueño, el otro en la redención. El último es el más caro.
Ya comprenderás, Santiago amigo, que todo lo que dejo dicho en esta
carta no me lo contó mi comadre Carmen. Una parte se lo debo á ella, el
resto á otros y á mis propias observaciones.
Lo que sigue, sí, se lo debo á ella exclusivamente.
La noche estaba templada y clara, incitaba á conversar y se podía leer
sin más luz que la de las estrellas.
Aprovechándola tomé una lección de lengua araucana.
Entonces vine á saber lo que querían decir ciertas palabras, cuyo
significado buscaba hacía tiempo, como indios _picunches_, _puelches_ y
_pehuenches_.
_Ché_ es un vocablo que significa, según el lugar que tiene en la
dicción, _yo_, _hombre_ ó _habitante_.
Los cuatro vientos cardinales se denominan: Norte, _puel_; Sur,
_cuerró_; Este, _picú_; Oeste, _muluto_.
Así, pues, _Picunche_[1] quiere decir habitante del Este, que es como
se denominan los indios que viven en cierta parte de la cordillera;
_Puelche_, habitante del Norte; _Pehuenche_, siguiendo la misma regla,
significa habitante de los pinos, que es como se denominan los indios
que viven entre los pinares que crecen colosales en los valles de la
falda occidental de la Cordillera de los Andes.
Para dar una idea de la eufonía de esta lengua, que se asimila,
alterándolas ligeramente, todas las palabras de otras, verbigracia,
llamándole _waca_ á la vaca, y _cauallo_ al caballo, enumeraré algunas
palabras que me enseñó mi comadre, y que copio de mi vademécum.[2]
Yo--_enchê_, tú ó vos--_eimí_, nosotros--_inchin_, vieja--_cucé_,
joven--_elchá_, linda--_comê_, fea--_uedá_, madre--_nuqué_, hijo
de padre--_bôtom_, hijo de madre--_píñem_, grande--_uchaima_,
chico--_pichicai_, mucho--_entren_, poco--_pichin_, blanco--_lieu_,
negro--_currü_, cielo--_neno_, sol--_anti_, luna--_quién_,
tierra--_truquen_, mujer--_curré_, hombre--_uentru_, sí--_maí_,
así es--_pipi_, (modismo muy usual), no--_müe_, agua--_có_,
fuego--_quítral_, viento--_cürrüf_, frío--_utré_, calor del
sol--_comote anti_, calor sin sol--_comotearreün_, pronto--_matu_,
despacio--_ñochi_, sueño--_umau_, amigo--_weni_, hermano--_peñi_,
pasto--_cachu_, ceniza--_entruequen_, sal--_chadileubú_ (de
aquí, Río Salado se dice _chadileubú_), monte--_mamil_,
árbol--_quiñemamil_ (_quiñe_ quiere decir _uno_), cara--_angé_,
ojos--_ñé_, boca--_ün_, orejas--_pilun_, nariz--_iu_, mano--_cui_,
brazo--_lipan_, barba--_payun_, pecho--_rucú_, piernas--_chaan_,
pies--_mamon_, dedo--_changil_, frente--_tol_, pelo--_loncó_, (de aquí
_loncotear_--tirarse del pelo), pescuezo--_pel_, cortar--_catril_,
bailar--_pürrum_, morir--_lai_, se murió--_lai-pi_, risa--_aien_,
rabia--_yarquen_.
Poco más sé de la lengua araucana, no porque no haya tenido tiempo de
profundizar mis estudios, sino por las dificultades con que tropezaba á
cada paso, cuando hacía una pregunta para aclarar alguna duda.
No pude saber nada respecto á la conjugación de los verbos.
Lo mismo digo de los géneros.
Por ejemplo, vieja es _cucé_, viejo--_butá_, y, sin embargo, en ciertos
adjetivos, como _overo_, la terminación es la que indica el género.
La lengua es muy elíptica. Así, por ejemplo, yegua overa manca, se
dice: _overa manca_, simplemente, y caballo overo manco--_overo manco_.
En los dos casos se suprime el sustantivo, porque los adjetivos, _overa
manca_ ú _overo manco_ no pueden calificar sino un caballo ó una yegua,
y deben sobreentenderse.
Para que comprendas las dificultades con que tenía que luchar para
salvar ciertas dudas, bastará repetir lo que decía mi comadre cuando la
apuraban demasiado: «Yo no sé bien la lengua, se necesita vivir mucho
para aprenderla; aquí no cualquiera la sabe».
Terminada la lección de araucano, le pedí á mi maestra--que aunque
tenía hijos no era casada ni viuda,--me contara su vida; y como la cosa
más sencilla del mundo nos refirió sus aventuras con cierto mancebo
padre de mi ahijada.
Es una página verde que en cualquier parte pasaría por una seducción.
Entre los indios es un accidente de la vida que no significa nada.
La especie humana está sujeta á la ley de la reproducción. Nada de
extraño tiene que siendo la mujer libre se entregue á quien le place, y
que de la noche á la mañana resulte con hijos.
No es más que una dificultad para casarse; porque generalmente nadie
quiere cargar con hijos ajenos, aun cuando provengan de matrimonio
legítimo.
Para concluir ésta, y á propósito de mujeres que resultan con hijos de
la noche á la mañana, ¡qué curiosa es la farmacopea de los indios!
Toda ella se reduce á hierbas astringentes y purgantes, y agua fría.
Lo último es un remedio por excelencia.
¿Pare una china? Pues en el acto, ella y el fruto de sus entrañas se
meten en una laguna, sea invierno ó verano.
Una palabra más, antes de que me retire del fogón, en que estoy, y me
meta en la cama.
Es una observación ajena que puede interesarle al mundo médico.
Mi condiscípulo el Dr. D. Jorge Macías, que ha pasado dos años entre
los Ranqueles, y que entre ellos estaría á no ser por mí, pretende que
allí no hay _tísicos_, y lo atribuye al alimento de la carne de _yegua_.
Si la observación fuese exacta y la causa la consignada, de hoy en
adelante podríamos exclamar: no más tísicos.
No me atrevo á decir si la cosa merece la pena de ser averiguada,
aunque recuerdo que no hace mucho tiempo más de un galeno se reía
cuando las curanderas recetaban _buche de avestruz_.