IV

Creencias de los indios.--Son uniteístas y

antropomorfistas.--_Gualicho._--Respeto por los muertos.--Plata

enterrada.--¿Será cierto que la civilización corrompe?--Crueldad de

Bargas, bandido cordobés.--Triste condición de los cautivos entre los

indios.--Heroicidad de algunas mujeres.--Unas con otras.--Modos de

vender.--Eufonía de la lengua araucana.--¿La carne de yegua puede ser

un antídoto para la tisis?

Mi comadre Carmen vivía en Carrilobo, cerca del toldo de Villarreal, el

casado con su hermana, y había venido á visitarme trayéndome mi ahijada.

Escuchándola pasamos un rato muy entretenido. Habla con facilidad el

castellano y posee bastante caudal de expresiones para manifestar sus

sentimientos é ideas y hacerse entender.

Sobre las creencias de los indios me dió las siguientes nociones:

No se congregan jamás para adorar á Dios, le adoran á solas,

ocultándose en los bosques.

No es ni el sol, ni la luna, ni las estrellas, ni la universalidad de

los seres vivientes.

Por manera que no son idólatras, ni panteístas.

Son uniteístas y antropomorfistas.

Dios--_Cuchauentrú_, el hombre grande, ó _chachao_, el Padre de

todos,--tiene la forma humana y está en todas partes; es invisible é

indivisible; es inmensamente bueno y hay que quererle.

Á quien hay que temerle es al diablo,--_Gualicho_.

Este caballero, á quien nosotros pintamos con cola y cuernos, desnudo

y echando fuego por la boca, no tiene para ellos forma alguna.

_Gualicho_, es indivisible é invisible y está en todas partes, lo mismo

que _Cuchauentrú_. Otro, mientras el uno no piensa en hacerle mal á

nadie, el otro anda siempre pensando en el mal del prójimo.

_Gualicho_ ocasiona los malones desgraciados, las invasiones de

cristianos, las enfermedades y la muerte, todas las pestes y

calamidades que afligen á la humanidad.

_Gualicho_ está en la laguna cuyas aguas son malsanas, en la fruta y

en la yerba venenosa; en la punta de la lanza que mata; en el cañón de

la pistola que intimida; en las tinieblas de la noche pavorosa; en el

reloj que indica las horas; en la aguja de marear que marca el Norte;

en una palabra; en todo lo que es incomprensible y misterioso.

Con _Gualicho_ hay que andar bien; _Gualicho_ se mete en todo, en el

vientre y da dolores de barriga; en la cabeza y la hace doler; en las

piernas y produce la parálisis; en los ojos y deja ciego; en los oídos

y deja sordo; en la lengua y hace enmudecer.

_Gualicho_, es en extremo ambicioso. Conviene hacerle el gusto en todo.

Es menester sacrificar de tiempo en tiempo yeguas, caballos, vacas,

cabras y ovejas; por lo menos una vez cada año, una vez cada doce

lunas, que es como los indios computan el tiempo.

_Gualicho_ es muy enemigo de las viejas, sobre todo de las viejas feas:

se les introduce quién sabe por dónde y en dónde y las maleficia.

¡Ay de aquélla que está _engualichada_!

La matan.

Es la manera de conjurar el espíritu maligno.

Las pobres viejas sufren extraordinariamente por esta causa.

Cuando no están sentenciadas, andan por sentenciarlas.

Basta que en el toldo donde vive una suceda algo, que se enferme un

indio, ó se muera un caballo; la vieja tiene la culpa, le ha hecho

daño. _Gualicho_ no se irá de la casa hasta que la infeliz no muera.

Estos sacrificios no se hacen públicamente, ni con ceremonias. El indio

que tiene dominio sobre la vieja la inmola á la sordina.

En cuanto á los muertos, tienen por ellos el más profundo respeto. Una

sepultura es lo más sagrado. No hay herejía comparable al hecho de

desenterrar un cadáver.

Como los hindúes, los egipcios y los pitagóricos, creen en la

metempsícosis, que el alma abandona la carne después de la muerte,

transmigrando en un tiempo más ó menos largo á otros países y dándole

vida á otros cuerpos racionales ó irracionales.

Los ricos resucitan generalmente al Sur del Río Negro, y de allí han de

volver, aunque no hay memoria de que hasta ahora haya vuelto ninguno.

Por esta razón los entierran junto con el mejor caballo y las prendas

de plata más valiosas que tuvieron; y alrededor de la sepultura les

sacrifican caballos, vacas, yeguas, cabras y ovejas, según la riqueza

que dejan, ó la que poseen sus deudos ó amigos.

El caballo y las prendas enterradas son para que tengan en qué andar en

la tierra ésa, donde deben resucitar; los demás animales son para que

tengan qué comer durante el viaje de ida y vuelta.

Las mujeres también resucitan, no se crea que no.

Pretenden algunos que han vivido mucho tiempo entre los indios, que

á consecuencia de estas costumbres debe haber mucha plata labrada

enterrada en el Desierto. Por mi parte, creo que los cristianos, que

ni le tienen tanto miedo á _Gualicho_, ni son pitagóricos, se han

encargado de desenterrarla.

Lo cierto es, que según las noticias que mi comadre me daba, las honras

fúnebres no se hacen con tanta pompa como antes.

Queriendo explicar el por qué del hecho, decía: «Yo no sé si será

porque los cristianos han solido registrar las sepulturas ó porque

ahora la plata vale más».

Yo me inclino á creer que las dos causas combinadas van haciendo que

los entierros sean menos lujosos.

En efecto, los indios tienen ahora muchas necesidades, les gusta mucho

beber, tomar mate dulce, fumar, vestirse con ropa fina; y fácilmente

se comprende que muriendo un deudo querido honren su memoria con

sacrificios de caballos, vacas, yeguas, cabras y ovejas y que la plata

se la guarden.

Mi comadre aseguró que, mientras no hubo cristianos entre los indios,

no hubo ejemplo de que se violaran las tumbas sagradas.

¿Será cierto que la civilización es corruptora?

Á pesar de lo dicho los indios no son sanguinarios ni feroces; prueba

de ello es que jamás sacrifican á los manes de sus muertos víctimas

humanas.

Matan á las viejas, es cierto; pero lo hacen porque las creen poseídas

de Satanás. Y al fin del cuento, no es tanto lo que se pierde, dirán

algunos.

Hablando seriamente, hay una verdad desconsoladora que consignar: que

ciertos cristianos refugiados entre los indios son peores que ellos.

Conozco uno que queriendo sobresalir por su ferocidad, tuvo la

barbarie de hacer un sacrificio humano en holocausto á un miembro de su

familia.

Referiré el hecho.

Bargas, es un bandido cordobés, vive en Tierra Adentro, no sé por qué

crímenes, está casado con varias mujeres y su vida es la de un indio,

por no decir peor.

Murió uno de sus hijos. Pues bien, este malvado, fingiendo que

participaba de la preocupación vulgar, de la creencia que hace enterrar

al muerto con su caballo de predilección, para que en la tierra donde

resucite tenga en qué andar, le inmoló á su hijo un cautivito de ocho

años, enterrándole vivo con él, para que tuviese quien le sirviera de

peón.

Por lo que dejo relatado, se ve que los cautivos son considerados entre

los indios como cosas.

Calcúlese cuál será su condición.

La más triste y desgraciada.

Lo mismo es el adulto que el adolescente, el niño que la niña, el

blanco que el negro; todos son iguales los primeros tiempos, hasta que

inspirando confianza plena se hacen querer.

Con rarísimas excepciones, los primeros tiempos que pasan entre los

bárbaros son una verdadera _via crucis_ de mortificaciones y dolores.

Deben lavar, cocinar, cortar leña en el bosque con las manos, hacer

corrales, domar los potros, cuidar los ganados y servir de instrumento

para los placeres brutales de la concupiscencia.

¡Ay de los que se resisten!

Los matan á azotes ó á balazos.

La humildad y la resignación es el único recurso que les queda.

Y, sin embargo, yo he conocido mujeres heroicas, que se negaron á

dejarse envilecer, cuyo cuerpo prefirió el martirio á entregarse de

buena voluntad.

Á una de ellas la habían cubierto de cicatrices; pero no había cedido á

los furores eróticos de su señor.

Esta pobre me decía, contándome su vida con un candor angelical: «Había

jurado no entregarme sino á un indio que me gustara, y no encontraba

ninguno».

Era de San Luis, tengo su nombre apuntado en el Río 4.º. No lo recuerdo

ahora. La pobre no está ya entre los indios. Tuve la fortuna de

rescatarla y la mandé á su tierra.

En aquellos mundos de barbarie pasan dramas terribles.

Cuantas más cautivas hay en un toldo, más frecuentes son las escenas

que despiertan y desencadenan las pasiones, que empequeñecen y degradan

á la humanidad.

Las cautivas nuevas, viejas ó jóvenes, feas ó bonitas tienen que

sufrir, no sólo las asechanzas de los indios, sino, lo que es peor aún,

el odio y las intrigas de las cautivas que les han precedido, el odio y

las intrigas de las mujeres del dueño de casa, el odio y las intrigas

de las chinas sirvientas y agregadas.

Los celos y la envidia, todo cuanto hiela y enardece el corazón á la

vez se conjura contra las desgraciadas.

Mientras dura el temor de que la recién llegada conquiste el amor ó el

favor del indio, la persecución no cesa.

Las mujeres son siempre implacables con las mujeres.

Frecuentemente sucede que los indios, condoliéndose de las cautivas

nuevas, las protegen contra las antiguas y las chinas. Pero esto no se

hace sin empeorar su situación, á no ser que las tomen por concubinas.

Una cautiva á quien yo le averiguaba su vida, preguntándole cómo le

iba, me contestó:

--«Antes, cuando el indio me quería, me iba muy mal, porque las demás

mujeres y las chinas me mortificaban mucho, en el monte me agarraban

entre todas y me pegaban. Ahora que ya el indio no me quiere, me va muy

bien, todas son muy amigas mías».

Estas palabras sencillas resumen toda la existencia de una cautiva.

Agregaré que cuando el indio se cansa, ó tiene necesidad, ó se le

antoja, la vende ó la regala á quien quiere.

Sucediendo esto, la cautiva entra en un nuevo período de sufrimientos,

hasta que el tiempo ó la muerte ponen término á sus males.

Poco antes de salir de Leubucó, conocí por casualidad un cristiano que

hacía diligencias por comprarle á un indio una cautiva, nada más que

por hacerle á ésta un servicio, por humanidad.

La desdichada decía: «El indio es muy bueno y me venderá si no me han

de llevar á _otra parte_. Pero las chinas son _malazas_.

Á propósito de llevar á otra parte, esto requiere una explicación.

Hay dos modos de vender: el uno consiste en cambiar simplemente de

dueño, el otro en la redención. El último es el más caro.

Ya comprenderás, Santiago amigo, que todo lo que dejo dicho en esta

carta no me lo contó mi comadre Carmen. Una parte se lo debo á ella, el

resto á otros y á mis propias observaciones.

Lo que sigue, sí, se lo debo á ella exclusivamente.

La noche estaba templada y clara, incitaba á conversar y se podía leer

sin más luz que la de las estrellas.

Aprovechándola tomé una lección de lengua araucana.

Entonces vine á saber lo que querían decir ciertas palabras, cuyo

significado buscaba hacía tiempo, como indios _picunches_, _puelches_ y

_pehuenches_.

_Ché_ es un vocablo que significa, según el lugar que tiene en la

dicción, _yo_, _hombre_ ó _habitante_.

Los cuatro vientos cardinales se denominan: Norte, _puel_; Sur,

_cuerró_; Este, _picú_; Oeste, _muluto_.

Así, pues, _Picunche_[1] quiere decir habitante del Este, que es como

se denominan los indios que viven en cierta parte de la cordillera;

_Puelche_, habitante del Norte; _Pehuenche_, siguiendo la misma regla,

significa habitante de los pinos, que es como se denominan los indios

que viven entre los pinares que crecen colosales en los valles de la

falda occidental de la Cordillera de los Andes.

Para dar una idea de la eufonía de esta lengua, que se asimila,

alterándolas ligeramente, todas las palabras de otras, verbigracia,

llamándole _waca_ á la vaca, y _cauallo_ al caballo, enumeraré algunas

palabras que me enseñó mi comadre, y que copio de mi vademécum.[2]

Yo--_enchê_, tú ó vos--_eimí_, nosotros--_inchin_, vieja--_cucé_,

joven--_elchá_, linda--_comê_, fea--_uedá_, madre--_nuqué_, hijo

de padre--_bôtom_, hijo de madre--_píñem_, grande--_uchaima_,

chico--_pichicai_, mucho--_entren_, poco--_pichin_, blanco--_lieu_,

negro--_currü_, cielo--_neno_, sol--_anti_, luna--_quién_,

tierra--_truquen_, mujer--_curré_, hombre--_uentru_, sí--_maí_,

así es--_pipi_, (modismo muy usual), no--_müe_, agua--_có_,

fuego--_quítral_, viento--_cürrüf_, frío--_utré_, calor del

sol--_comote anti_, calor sin sol--_comotearreün_, pronto--_matu_,

despacio--_ñochi_, sueño--_umau_, amigo--_weni_, hermano--_peñi_,

pasto--_cachu_, ceniza--_entruequen_, sal--_chadileubú_ (de

aquí, Río Salado se dice _chadileubú_), monte--_mamil_,

árbol--_quiñemamil_ (_quiñe_ quiere decir _uno_), cara--_angé_,

ojos--_ñé_, boca--_ün_, orejas--_pilun_, nariz--_iu_, mano--_cui_,

brazo--_lipan_, barba--_payun_, pecho--_rucú_, piernas--_chaan_,

pies--_mamon_, dedo--_changil_, frente--_tol_, pelo--_loncó_, (de aquí

_loncotear_--tirarse del pelo), pescuezo--_pel_, cortar--_catril_,

bailar--_pürrum_, morir--_lai_, se murió--_lai-pi_, risa--_aien_,

rabia--_yarquen_.

Poco más sé de la lengua araucana, no porque no haya tenido tiempo de

profundizar mis estudios, sino por las dificultades con que tropezaba á

cada paso, cuando hacía una pregunta para aclarar alguna duda.

No pude saber nada respecto á la conjugación de los verbos.

Lo mismo digo de los géneros.

Por ejemplo, vieja es _cucé_, viejo--_butá_, y, sin embargo, en ciertos

adjetivos, como _overo_, la terminación es la que indica el género.

La lengua es muy elíptica. Así, por ejemplo, yegua overa manca, se

dice: _overa manca_, simplemente, y caballo overo manco--_overo manco_.

En los dos casos se suprime el sustantivo, porque los adjetivos, _overa

manca_ ú _overo manco_ no pueden calificar sino un caballo ó una yegua,

y deben sobreentenderse.

Para que comprendas las dificultades con que tenía que luchar para

salvar ciertas dudas, bastará repetir lo que decía mi comadre cuando la

apuraban demasiado: «Yo no sé bien la lengua, se necesita vivir mucho

para aprenderla; aquí no cualquiera la sabe».

Terminada la lección de araucano, le pedí á mi maestra--que aunque

tenía hijos no era casada ni viuda,--me contara su vida; y como la cosa

más sencilla del mundo nos refirió sus aventuras con cierto mancebo

padre de mi ahijada.

Es una página verde que en cualquier parte pasaría por una seducción.

Entre los indios es un accidente de la vida que no significa nada.

La especie humana está sujeta á la ley de la reproducción. Nada de

extraño tiene que siendo la mujer libre se entregue á quien le place, y

que de la noche á la mañana resulte con hijos.

No es más que una dificultad para casarse; porque generalmente nadie

quiere cargar con hijos ajenos, aun cuando provengan de matrimonio

legítimo.

Para concluir ésta, y á propósito de mujeres que resultan con hijos de

la noche á la mañana, ¡qué curiosa es la farmacopea de los indios!

Toda ella se reduce á hierbas astringentes y purgantes, y agua fría.

Lo último es un remedio por excelencia.

¿Pare una china? Pues en el acto, ella y el fruto de sus entrañas se

meten en una laguna, sea invierno ó verano.

Una palabra más, antes de que me retire del fogón, en que estoy, y me

meta en la cama.

Es una observación ajena que puede interesarle al mundo médico.

Mi condiscípulo el Dr. D. Jorge Macías, que ha pasado dos años entre

los Ranqueles, y que entre ellos estaría á no ser por mí, pretende que

allí no hay _tísicos_, y lo atribuye al alimento de la carne de _yegua_.

Si la observación fuese exacta y la causa la consignada, de hoy en

adelante podríamos exclamar: no más tísicos.

No me atrevo á decir si la cosa merece la pena de ser averiguada,

aunque recuerdo que no hace mucho tiempo más de un galeno se reía

cuando las curanderas recetaban _buche de avestruz_.

Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2 · 第 14 / 47 题