[1] La _n_ se agrega, porque es más agradable al oído decir _picunche_
que _picuche_.
[2] Las palabras que tienen acento circunflejo son _nasales_ y las que
tienen diéresis _guturales_.
V
Preparativos para la marcha á las tierras de Baigorrita.--Camargo
debía acompañarme.--Motivos de mi excursión á
Quenque.--Coliqueo.--Recuerdo odioso de él.--Unos y otros se han
valido de los indios en las guerras civiles.--En lo que consistía mi
diplomacia.--En viaje rumbo al sud.--Confidencia de un espía.--El
espionaje en Leubucó.--Poitaua.--El algarrobo.--Pasión de los
indios por el tabaco.--Cómo hacen sus pipas.--Pitralauquen.--Baño y
comida.--Mi lenguaraz Mora, su fisonomía física y moral.
Al día siguiente, me levanté con el sol, y me ocupé en los preparativos
de la marcha para las tierras de Baigorrita.
Le anticipé un chasque, de acuerdo con Mariano Rosas, y á las dos de la
tarde mandé arrimar las tropillas.
Se ensilló en un momento. Hacía días que no andábamos á caballo y todos
estaban con ganas de sacudir la pereza.
Camargo debía acompañarme. Su misión consistía en observarme de cerca,
á ver qué conversaba con Baigorrita. Mi hermano Mariano, á pesar de sus
protestas de adhesión y simpatía, abrigaba desconfianzas. Mi viaje lo
preocupaba. No comprendía que debiendo verlo á Baigorrita en la junta
que se celebraría á los cuatro días, me incomodase en ir hasta sus
tolderías.
La idea de una intriga para hacerlo reñir con su aliado trabajaba su
imaginación.
Por eso iba Camargo conmigo, con la orden terminante de asistir á todos
mis parlamentos y entrevistas y el encargo de no separarse un momento
de mi lado por nada ni para nada.
Debía ser mi sombra.
Mi excursión á Quenque, tenía sin embargo, la explicación más
plausible. Baigorrita me había convidado hacía algunos meses para que
nos hiciéramos compadres. Iba, pues, con los franciscanos á bautizar
mi futuro ahijado, y, al mismo tiempo, á conocer más el desierto,
penetrando hasta donde es muy raro hallar quien haya llegado en las
condiciones mías, es decir, en cumplimiento de un deber militar.
Verdad es que las desconfianzas de Mariano tenían también su razón de
ser. No una vez, sino varias, diferentes administraciones, por medio de
sus agentes fronterizos, han intentado sembrar la discordia entre él y
Baigorrita, entre estos dos y el cacique Ramón.
El ejemplo y el recuerdo de lo que sucedió con la tribu de Coliqueo no
se borra de la memoria de los indios.
La tribu de éste formaba parte de la Confederación de que antes he
hablado; cuando los sucesos de Cepeda, combatió contra las armas de
Buenos Aires, y cuando Pavón hizo al revés, combatió contra las armas
de Urquiza.
Coliqueo es para ellos el tipo más acabado de la perfidia y de la mala
fe. Mariano Rosas me decía en una de nuestras conversaciones: «Dios no
lo ha de ayudar nunca, porque traicionó á sus hermanos.»
Efectivamente, Coliqueo no solamente se alzó con su tribu, sino
que peleó é hizo correr sangre, para venirse á Junín junto con el
regimiento 7.º de caballería de línea, que guarnecía la frontera de
Córdoba; se pasó al ejército del general Mitre, que se organizaba en
Rojas, meses antes de la batalla de Pavón.
Con estos antecedentes y tantos otros que podría citar, para que se vea
que nuestra civilización no tiene el derecho de ser tan rígida y severa
con los salvajes, puesto que no una vez sino varias, hoy los unos,
mañana los otros, todos alternativamente hemos armado su brazo para
que nos ayudaran á exterminarnos en reyertas fratricidas, como sucedió
en Monte Caseros, Cepeda y Pavón; con estos antecedentes, decía, se
comprenden y explican fácilmente las precauciones y temores de Mariano
Rosas.
Así fué que al notificarme que Camargo me acompañaría, me felicité de
ello y le di las gracias.
Me había propuesto hacer consistir mi diplomacia en ser franco y
veraz. Me parecía un deber de conciencia y una regla imprescindible de
conducta, en mi calidad de cristiano, nombre que debía procurar á toda
costa dejar bien puesto. De consiguiente, nada tenía que temer de la
fiscalización de mi astuto agregado.
Eran las dos y media de la tarde cuando nos movimos de Leubucó, alegres
y contentos, felices y esperanzados, lo mismo que al salir del Fuerte
Sarmiento.
¡Es tan agradable el varonil ejercicio de correr por la Pampa, que yo
no he cruzado nunca sus vastas llanuras, sin sentir palpitar mi corazón
gozoso!
Mentiría si dijese que al oir retemblar la tierra bajo los cascos de
mi caballo, he echado alguna vez de menos el ruido tumultuoso de las
ciudades, donde la existencia se consume en medio de tan variados
placeres.
Lo digo ingenuamente, prefiero el aire libre del desierto, su cielo,
su sublime y poética soledad á estas calles encajonadas, á este
hormiguero de gente atareada, á estos horizontes circunscriptos que
no me permiten ver el firmamento cubierto de estrellas, sin levantar
la cabeza, ni gozar del espectáculo imponente de la tempestad cuando
serpentean los relámpagos luminosos y ruge el trueno.
Hacía un día hermoso.
Íbamos despacio. Las cabalgaduras habían sufrido bastante, extrañando
la temperatura, el pasto y el agua; debía pensar no tanto en la vuelta
á Leubucó, como en la vuelta á mi frontera.
Por otra parte, llevaba una mula aparejada, con lo poco que me había
quedado para Baigorrita, y la jornada sería corta.
Saliendo de Leubucó, rumbo al Sud, se entra en un arenal pesado, se
cruzan algunos pequeños médanos y á poco andar se entra en el monte.
Á la salida de éste se encuentra la primera aguada, una lagunita con
jagüeles, bordada de espadañas y de riente vegetación en sus orillas.
El terreno es bajo y húmedo. Son como dos leguas de camino que fatigan
los caballos como cuatro.
Descansamos un rato. Nadie nos apuraba. Allí me hizo Camargo su primer
conferencia. Como hombre de mundo, estaba convencido de mi buena fe y
comprendía que no siendo honroso el papel que debía hacer á mi lado,
convenía ponerme en autos para que me explicase su actitud, de la que
no podía prescindir, porque á su vez él debía ser espiado por alguien,
aunque no pudiera decir por quién.
El espionaje recíproco está á la orden del día en la corte de Leubucó.
Varias veces, hablando allí con personas allegadas á Mariano Rosas,
sobre asuntos que no eran graves, pero que podían prestarse á
conjeturas y malas interpretaciones, me dijeron aquéllas: «Hable
despacio, señor, mire que ése que está ahí nos escucha.»
¿Quién era?
Unas veces, un cristiano sucio y rotoso, que andaba por allí haciéndose
el distraído; otras, un indio pobre, insignificante al parecer, que
acurrucado se calentaba al sol, y á quien yo le había dirigido la
palabra, sin obtener una contestación, no obstante que comprendía y
hablaba bien el castellano.
De esta práctica odiosa nacen mil chismes é intriguillas, que
mantienen á todos peleados, fraternizando ostensiblemente, y odiándose
cordialmente en realidad.
Mediante ella, Mariano sabe cuanto pasa á su alrededor y lejos de él.
Esas numerosas visitas que recibe cotidianamente, muchas de las cuales
vienen juntas del mismo toldo y lugar, son sus agentes secretos; espían
á los demás y se espían entre sí.
El cristiano ó el indio más cuitado en apariencia, es su confidente,
conoce sus secretos.
De ahí venían en parte la influencia, los fueros y el favor de que
disfrutaba el negro del acordeón. No en vano experimentaba yo hacia él
una repulsión instintiva.
Refrescadas las cabalgaduras, siguió la marcha.
El terreno se iba doblando gradualmente, cruzábamos una sucesión de
medanitos, que se encumbraban por grados, divisábamos una ceja de
monte, y en lontananza, hacia el Sudoeste, las alturas de Poitaua, que
quiere decir: _Lugar desde donde se divisa_, ó atalaya.
Las brisas frescas de la tarde comenzaban á sentirse, galopamos un rato
y entramos en el monte.
Eran chañares, espinillos y algarrobos. Estos últimos abundaban más.
Es el árbol más útil que tienen los indios. Su leña es excelente para
el fuego, arde como carbón de piedra; su fruta engorda y robustece los
caballos como ningún pienso, les da fuerzas y bríos admirables; sirve
para elaborar la espumante y soporífera chicha, para hacer _patai_
pisándola sola, y pisándola con maíz tostado, una comida agradable y
nutritiva.
Los indios siempre llevan bolsitas con vainas de algarroba, y en sus
marchas las chupan, lo mismo que los coyas del Perú mascan la coca. Es
un alimento, y un entretenimiento que reemplaza el cigarro.
Á propósito de cigarro, aprovecharé este momento, Santiago amigo, para
decirte que los indios aman tanto el tabaco como el aguardiente.
Prefieren el negro del Brasil á cualquier otro. Los pampas Azuleros
hacen este comercio, y los chilenos les llevan con el nombre de tabaco,
una planta que no he podido conocer, que he fumado, y me ha hecho el
mismo efecto del opio, es fortísima.
Todos los indios saben fumar, lo mismo que saben beber; pasaría por
persona mal educada quien no supiera hacerlo.
Fuman el tabaco de tres modos: en forma de cigarro puro, en forma de
cigarrillo y en pipa.
Este último modo es el que les gusta más.
No hay indio que no tenga su cachimbito.
Ellos mismos los hacen, y con bastante ingenio.
Buscan un pedazo de madera blanca como de una cuarta de largo y una
pulgada de diámetro; le dan primero la forma de un paralelepípedo, en
seguida le hacen una punta cilíndrica, luego un taladro y en uno de los
lados un agujerito en el que colocan un dedal, con otro agujerito que
coincide con el taladro.
El que quiera hacer una pipa á lo indio, ya tiene la instrucción.
Recomiendo esta clase de pipas á los aficionados al tabaco fuerte; en
ellas, como que pronto las pasa la resina, casi todos los tabacos son
iguales.
Los indios no fuman habitualmente sino de noche, antes de acostarse.
Cargan su pipa, se echan de barriga, se la ponen en la boca, le
colocan una brasa de fuego en el recipiente y dan una fumada con toda
su fuerza, tragando todo el humo; en seguida otra, otra, otra del
mismo modo. Á la cuarta fumada, les viene una especie de convulsión
nauseabunda, se les cae la pipa de la boca y se quedan profundamente
dormidos.
Salíamos del monte, descendiendo por un plano ligeramente inclinado
hacia una cañada. Allí íbamos á parar, haciendo noche al borde de una
lagunita llamada _Pitralauquen_, lo que quiere decir _laguna de los
flamencos_. Trae su nombre de que en aquel paraje hay siempre muchos de
estos pájaros.
El sol se ponía tras de las alturas de Poitaua, y sus arreboles teñían
las nubes del lejano horizonte, cuando hacíamos alto y echábamos pie á
tierra.
La lagunita que tiene como cien metros de diámetro, y forma circular,
estaba llena de agua. Centenares de rosados flamencos, de blancos
cisnes y gansos, de pardos patos y gallaretas, se deslizaban mansamente
sobre la líquida superficie.
Los indios no tienen costumbre de matar las aves acuáticas, así es que
no se inquietaron por nuestra aproximación.
Acampamos cerca de unos chañarcitos, se acomodaron bien las tropillas,
organizando la ronda, no fueran á darnos malón, se buscó leña y no
tardó en alegrar el cuadro un hermosísimo fogón.
Los franciscanos se habían molido un poco.
Su pensamiento dominante era descansar; en tanto hacían un buen asado.
Como verdaderos veteranos se echaron, pues, sobre las blandas pajas.
Mis ayudantes y yo nos dimos un baño, turbando la quietud de las
aves, que se dispersaron volando en todas direcciones, y cuyos nidos
saqueamos inhumanamente haciendo un acopio de huevos.
Salimos del agua, junto con las primeras estrellas; nos vestimos de
prisa, porque hacía fresco, y ganando el fogón, que á una vara de
distancia quemaba, en un momento dejamos de tiritar.
Al rato comíamos, y Mora, mi lenguaraz, nos entretenía contándonos sus
aventuras. Ya he dicho quién era en una de mis primeras cartas, y si no
estoy trascordado, ofrecí contar su vida.
Mora es un hombrecito como hay muchos, de regular estatura. Un
observador vulgar le creería tonto; se pierde de vista. Es gaucho
como pocos, astuto, resuelto y rumbeador. No hay ejemplo de que se
haya perdido por los campos. En las noches más tenebrosas él marcha
rectamente adonde quiere. Cuando vacila se apea, arranca un puñado de
pasto, lo prueba y sabe dónde está. Conoce los vientos por el olor.
Tiene una retentiva admirable y el órgano frenológico en que reside
la memoria de las localidades muy desarrollado. Cara y lugar que
vió una vez no las olvida jamás. Sólo estudiando con mucha atención
su fisonomía se descubre que tiene sangre de indio en las venas. Su
padre era indio araucano, su madre chilena. Vino mocito con aquél á
las tolderías de los Ranqueles, formando parte de una caravana de
comerciantes, se enamoró de una china, se enredó con ella, le gustó la
vida y se quedó agregado á la tribu de Ramón. En Chile su padre había
sido lenguaraz de un jefe fronterizo, peón y pulpero. Vivía entre los
cristianos. Mora es industrioso y trabajador, tiene hijos, quiere mucho
á su mujer, posee algo y saldría del desierto si pudiese arrear con
cuanto tiene. Pero ¿cómo? Es empresa difícil, imposible. Mora ha estado
á mi servicio unos cuantos meses, sirviéndome con decisión y fidelidad.
Tiene buenos sentimientos, ideas muy racionales, conoce que la vida
civilizada es mejor que la del desierto; pero ya lo he dicho, está
vinculado á él hasta la muerte, por el amor, la familia y la propiedad.
Habla el castellano á la chilena, perfectamente, disminuyendo lo mismo
los sustantivos, que los adjetivos y los adverbios. _Nunquita_, me ha
sucedido perderme por _allicito_ yendo solito, es como él dirá. El
araucano lo conoce bien, y es uno de los lenguaraces más inteligentes
que he visto. Ser lenguaraz, es un arte difícil; porque los indios
carecen de los equivalentes de ciertas expresiones nuestras. El
lenguaraz no puede traducir literalmente, tiene que hacerlo libremente,
y para hacerlo como es debido ha de ser muy penetrante. Por ejemplo,
esta frase: Si usted tiene conciencia debe tener honor, no puede
ser vertida literalmente; porque las ideas morales que implican
_conciencia_ y _honor_ no las tienen los indios. Un buen lenguaraz,
según me ha explicado Mora, diría: Si usted tiene corazón, ha da tener
palabra, ó si usted es bueno no me ha de engañar. Por supuesto que
Mora, no obstante la pintura favorable que de él he hecho, no es nene
que se retrae de ir á los _malones_. Al contrario, va en la punta, y
por eso tiene con qué vivir. En unas tierras se trabaja de un modo y en
otras de otro, como él me dijo, haciéndole yo cargos de que un hombre
blanco, hijo de cristianos, bautizado en los Ángeles, que podía ganar
su vida honradamente, llevara la existencia de un salteador.
Cuando Mora dejó la palabra, habiendo dicho poco más ó menos lo que
queda consignado en el párrafo anterior terminábamos de comer.
Estaba helando.
Hicimos las camas alrededor del fogón, dándole los pies, puse los
frailes á mi lado--los cuidaba como á las niñas de mis ojos,--y traté
de dormir.
La Creación estaba en calma, el silencio del desierto no era
interrumpido sino por uno que otro relincho de los caballos, ó por el
graznido de las aves de la laguna.
La luna se levantaba, coronando de luces el firmamento, tachonado de
mustias estrellas.