III

Noche de hielo.--Donde es realmente triste la vida.--Preparativos

para la misma.--Resuena por primera vez en el desierto el _Confiteor

Deo Omnipotenti_.--Recuerdo de mi madre.--Trabajos de Mariano Rosas,

preparando los ánimos para la junta.--Como y duermo.--Conferencia

diplomática.--El archivo de Mariano Rosas.--En Leubucó reciben la

«Tribuna».--Imperturbabilidad de Mariano Rosas.--Mi comadre Carmen en

el fogón.

La noche fué de hielo, larga y fastidiosa.

La arena entraba en el rancho por todas partes, como zarandeada.

Cuando la luz del día alumbró el cuadro que formaban mis oficiales y

los frailes, acostados en el suelo, y yo, sobre mi tantas veces mentada

cama, miré por una abertura que á guisa de respiradero había formado

con las cobijas.

Mis compañeros habían desaparecido, cubiertos por una capa amarillenta,

que presentaba el aspecto sinuoso de un medanito, cuya superficie se

movía apenas al compás del resuello de los que yacían bajo su leve

peso, durmiendo tranquilos el sueño de la vida.

¡Qué pensamiento tirano podía preocuparlos en aquellas alturas!

La existencia no es realmente triste, agitada y difícil sino en los

grandes centros de población; allí donde todas las necesidades que

excitan las pasiones nos condenan sin apelación á la dura ley del

trabajo, verdadera rueda de Ixión, que, mal de nuestro grado, tenemos

que mover, hasta que llegando al instante supremo tantas veces ansiado

como temido, les damos un eterno adiós á las eternas vanidades, que

eternamente nos corroen, nos subyugan y nos dominan, gastando los

resortes de acero de las almas mejor templadas.

Sacudimos la pereza, la enervante y dulce pereza, de la que lo mismo

se goza cuando los miembros están fatigados, reclinándose en el frío

y duro umbral de una puerta de calle, que en elástica y confortable

otomana cubierta de terciopelo.

Una vez en pie, nos pusimos en movimiento.

Los franciscanos sacaron afuera el baúl que contenía los ornamentos

sagrados, preparándolos en seguida para la ceremonia de la misa.

Yo, después de bañarme en el jagüel, y de un ligero desayuno de mate

con yerba y café, fuí á examinar el sitio donde debía hacerse el altar,

si el viento calmaba.

El cielo estaba límpido, el sol brillaba espléndido.

Las horas se deslizaron sin sentir, arreglando lo que se necesitaba.

Se avisó á los cristianos circunvecinos, y viendo que no era posible

celebrar los oficios divinos en campo raso, como yo lo deseaba, se

buscó un rancho.

Todos estábamos muy contrariados.

El mismo sentimiento nos dominaba.

Como verdaderos creyentes, reconocíamos que á la inmensa majestad

de Dios le cuadraba adorarla bajo las vastas cúpulas azuladas del

firmamento, ó bajo las bóvedas macizas de las soberbias basílicas,

cuyas torres audaces empinándose á grandes alturas parecen querer

tocar las nubes, y hacer llegar al cielo los cánticos sagrados.

Allí donde el hombre eleva su espíritu al Ser Supremo, debe procurarse

que la grandeza del espectáculo le inspire recogimiento.

La mística plegaria es más ferviente cuando la imaginación sufre las

influencias poéticas del mundo exterior.

El viento no cesaba.

Tuvimos que resignarnos á recurrir al rancho de un sargento de la gente

de Ayala.

Le asearon lo mejor posible, y en un momento los franciscanos

improvisaron el altar.

Poco á poco fueron llegando hombres y mujeres, y ocupando sus puestos.

Los pobres se habían vestido con la mejor ropita que tenían. Hincados,

sentados ó de pie, esperaban con respetuoso silencio la aparición de

los sacerdotes.

Miré el reloj, marcaba las nueve.--Es la hora, Padres, les dije, y me

dirigí con ellos, acompañado de mis oficiales, á la capilla.

No podía ser más modesta.

Me consolé, recordando que aquél cuyo sacrificio íbamos á honrar había

nacido en un establo, durmiendo en pajas.

Con ponchos y mantas los franciscanos habían tapizado el suelo y las

paredes del rancho.

El viento no incomodaba, las velas ardían iluminando un crucifijo de

madera, en el que se destacaba, salpicada de sangre, la demacrada y

tétrica faz de Cristo; el altar brillaba cubierto de encajes y de

brocado pintado de doradas flores, resaltando en él la reluciente

custodia y las vinajeras plateadas.

Todo estaba muy bonito, incitaba á rezar.

El padre Marcos debía oficiar, ayudándole el padre Moisés y yo, aunque

de mi latín de sacristía no me habían quedado sino recuerdos confusos y

vagos.

Pero mi deber era dar el ejemplo en todo.

Lo revestimos al padre Marcos, y los oficios empezaron.

Grupos de indios curiosos nos acechaban.

Reinaba un profundo silencio.

La metálica campanilla vibró, invitando á hacer acto de contricción por

la sangre del Redentor.

Era la primera vez que en aquellas soledades, que entre aquellos

bárbaros, resonaban los ecos del humilde _Confiteor Deo Omnipotenti_.

Los cristianos oraban con intensa devoción.

Yo los miraba cada vez que la ceremonia me permitía darle el flanco al

altar.

Entre ellos había varios indios.

En algunas mujeres sorprendí lágrimas de arrepentimiento ó de dolor; en

otras vagaba por su fisonomía algo parecido á un destello de esperanza.

Todos parecían estar íntimamente satisfechos de haberse reconciliado

con Dios, elevando su espíritu á él en presencia de la cruz y del altar.

Mientras duraron los oficios sagrados, yo pensé constantemente en mi

madre.

Recordaba los martirios infantiles por que me había hecho pasar,

llevándome todos los domingos á la iglesia de San Juan, para que

ayudara á misa bajo su vigilante mirada:

--¡Pobre mi madre!--me decía,--¡qué lejos estás!

Rogaba á Dios por ella y por todos los que amaba; y le daba gracias por

esos martirios, porque debido á ellos me era permitido experimentar el

placer de prestigiar á la religión entre los infieles, tomando parte

en la celebración de la augusta ceremonia que allí nos congregaba.

Después que se acabó todo, que los padres repartieron sus bendiciones,

se deshizo el altar, se arrancaron los ponchos y mantas, y la capilla

volvió á quedar convertida en lo que era, en un miserable rancho.

Se guardaron los ornamentos, se puso el baúl en mi rancho, y en seguida

nos fuimos con los franciscanos á darle las gracias á Mariano Rosas.

Estaba lleno de visitas y almorzaban. Cada cual tenía delante de sí un

plato de abundante puchero con choclos y zapallo.

El cacique nos recibió como siempre, cortésmente, se puso de pie,

nos dió la mano, hizo que nos sentáramos y nos presentó á todos los

circunstantes.

Estaba ocupado en algo muy grave.

Preparaba los ánimos para la gran junta que debía tener lugar, para

que se vea que entre los indios, lo mismo que entre los cristianos, el

éxito de los negocios de Estado es siempre dudoso, si no se recurre á

la tarea de la persuasión previa.

Los franciscanos se retiraron y me dejaron solo.

Mariano Rosas hablaba unas veces en general, otras en particular; su

palabra es fácil, calculada é insinuante; generalmente sus discursos

eran templados, pero á veces se exaltaba levantando la voz, fijando su

mirada en el indio á quien le contestaba, y accionando con los brazos,

contra costumbre.

Me trajeron de comer y comí.

La conferencia iba larga.

Me retiré, pues, conviniendo en que más tarde fijaríamos el día de la

junta.

Yo quería saberlo con alguna anticipación, porque me proponía pasar

hasta las tierras de Baigorrita.

Dormí una buena siesta.

El capitán Rivadavia me hizo interrumpirla.

Mariano Rosas se había quedado solo, estaba en la enramada y me

invitaba á pasar á ella.

Acudí á su llamado.

Entrábamos en materia cuando el negro del acordeón haciendo cabriolas y

dándole duro á su instrumento, salió del toldo.

Aquel diablo me hacía el efecto de un _gettatore_.

Pero allí no había más remedio que aguantarle.

Ya he dicho que el dueño de casa gozaba inmensamente con él.

Mientras el negro estuvo ahí, fué excusado hablar de cosas serias.

El Cacique no estaba sino para bromas.

Me hizo una larga serie de preguntas, referentes todas á Buenos Aires y

á la familia de Rosas. Sus recuerdos eran indelebles.

Me parecía que su objeto se reducía á cerciorarse de si efectivamente

yo era sobrino del Dictador, cuyo retrato me pidió diciéndome que era

el único que no tenía en su colección.

Y efectivamente así era.

Díjole al negro que trajera los retratos.

Entró éste al toldo y volvió con una cajita de cartón muy sucia, en la

que había una porción de fotografías, la de Urquiza, la de Mitre, la

de Juan Saa, la del general Pedernera, la de Juan Pablo López, la de

Varela, el caudillo catamarqueño, y otras.

Devolvióle al negro la cajita para que la pusiera _en su lugar_.

El favorito la llevó, y felizmente se quedó en el toldo.

Entramos en materia.

Todo estaba arreglado con los notables del desierto.

La junta se haría á los cuatro días porque había que hacer citaciones.

No habría novedad.

Yo expondría en ella los objetos de mi viaje, y Mariano me apoyaría en

todo.

Sólo había un punto dudoso.

¿Por qué insistía yo tanto en comprar la _posesión_ de la tierra?

Mariano me dijo:

--Ya sabe, hermano, que los indios son muy desconfiados.

--Ya lo sé; pero del actual Presidente de la República, con cuya

autorización he hecho estas paces, no deben ustedes desconfiar, le

contesté.

--¿Usted me asegura que es buen hombre?--me preguntó.

--Sí, hermano, se lo aseguro--repuse.

--¿Y para qué quieren tanta tierra cuando al Sur del Río 5.º, entre

Langheló y Melincué, entre Aucaló y el Chañar, hay tantos campos

despoblados?

Le expliqué que para la seguridad de la frontera y para el buen

resultado del tratado de paz, era conveniente que á retaguardia de la

línea hubiera por lo menos quince leguas de desierto, y á vanguardia

otras tantas en las que los indios renunciasen á establecerse y á hacer

boleadas cuando les diera la gana sin pasaporte.

Me arguyó que la tierra era de ellos.

Le expliqué que la tierra no era sino de los que la hacían productiva;

que el gobierno les compraba, no el derecho á ella, sino la posesión

reconociendo que en alguna parte habían de vivir.

Me arguyó con el pasado, diciéndome que en otros tiempos los indios

habían vivido entre el Río 4.º y el Río 5.º, y que todos esos campos

eran de ellos.

Le expliqué que el hecho de vivir ó haber vivido en un lugar no

constituía dominio sobre él.

Me arguyó que si yo fuera á establecerme entre los indios, el pedazo de

tierra que ocupara sería mío.

Le contesté que si podía venderlo á quien me diera la gana.

No le gustó la pregunta, porque era embarazosa la contestación, y

disimulando mal su contrariedad, me dijo:

--¿Mire, hermano, por qué no me habla la verdad?

--Le he dicho á usted la verdad--le contesté.

--Ahora va á ver, hermano.

Y esto diciendo, se levantó, entró en el toldo y volvió trayendo un

cajón de pino, con tapa corrediza.

Lo abrió y sacó de él una porción de bolsas de zaraza con jareta.

Era su archivo.

Cada bolsita contenía notas oficiales, cartas, borradores, periódicos.

Él conocía cada papel perfectamente.

Podía apuntar con el dedo al párrafo que quería referirse.

Revolvió su archivo, tomó una bolsita, descorrió la jareta y sacó

de ella un impreso muy doblado y arrugado, revelando que había sido

manoseado muchas veces.

Era «La Tribuna» de Buenos Aires.

En ella había marcado un artículo sobre el gran ferrocarril

interoceánico.

Me lo indicó, diciéndome:

--Lea, hermano.

Conocía el artículo y le dije:

--Ya sé, hermano, de lo que trata.

--¿Y entonces por qué no es franco?

--¿Cómo franco?

--Sí, usted no me ha dicho que nos quieren comprar las tierras para que

pase por el Cuero un ferrocarril.

Aquí me vi sumamente embarazado.

Hubiera previsto todo, menos argumento como el que se me acababa de

hacer.

--Hermano--le dije,--eso no se ha de hacer nunca, y si se hace, ¿qué

daño le resultará á los indios de eso?

--¿Qué daño, hermano?

--Sí, ¿qué daño?

--Que después que hagan el ferrocarril, dirán los cristianos que

necesitan más campos al Sud, y querrán echarnos de aquí, y tendremos

que irnos al Sud de Río Negro, á tierras ajenas, porque entre esos

campos y el Río Colorado ó el Río Negro no hay buenos lugares para

vivir.

Doblando el diario y dándoselo, le contesté:

--Eso no ha de suceder, hermano, si ustedes observan honradamente la

paz.

--No, hermano, si los cristianos dicen que es mejor acabar con nosotros.

--Algunos creen eso, otros piensan como yo, que ustedes merecen nuestra

protección, que no hay inconveniente en que sigan viviendo donde viven,

si cumplen sus compromisos.

El indio suspiró, como diciendo: ¡Ojalá fuera así! y me dijo: Hermano,

en usted yo tengo confianza, ya se lo he dicho, arregle las cosas como

quiera.

No le contesté, le eché una mirada escrutadora, y nada descubrí, su

fisonomía tenía la expresión habitual. Mariano Rosas, como todos los

hombres acostumbrados al mando, tiene un gran dominio sobre sí mismo.

Es excusado querer leer en su cara la sinceridad ó la falsía de

sus palabras, dice lo que quiere; lo que siente, lo reserva en los

repliegues de su corazón.

Se puso á acomodar su archivo, y lo que estuvo en orden, cerró el

cajón, y llamó diciendo: ¡negro, negro!

Me estremecí.

Tomé un pretexto para no verle la cara, y me despedí.

La hora de comer se acercaba. En el fogón había gordos asados

extendidos ya sobre brasas. Despedían un tufo incitante y no era cosa

de dejar que se chamuscaran.

--Á comer, caballeros--grité.

Se hizo la rueda y empezó la comilona.

Mi comadre Carmen andaba por allí. Le ofrecí asiento, sentóse, y nos

entretuvo un largo rato contándonos su vida y enterándonos de algunas

particularidades de los usos y costumbres ranquelinas.

Á Mariano Rosas le llegaron vespertinas visitas, que pasaron la noche

con él, entregadas á los placeres de la charla y del vino.

Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2 · 第 13 / 47 题