Muchas personas han sido interrogadas con relación a este pavoroso
y extraordinario asunto; mas nada se ha traslucido que pueda
arrojar alguna luz sobre el misterio. Damos a continuación un
extracto de los interrogatorios.
_Pauline Dubourg_, lavandera, declara que conocía hace tres años a
ambas víctimas, habiendo estado todo este tiempo a cargo de su
ropa. La anciana señora y su hija parecían estar en buenos
términos, muy afectuosas mutuamente. Eran paga excelente. Nada
podía decir respecto de su manera de vivir o medios de fortuna.
Creía que Madame L. decía la buenaventura para sostenerse. Decíase
que tenía dinero ahorrado. Nunca encontró a otras personas en la
casa cuando venía a tomar la ropa o a entregarla. Estaba segura de
que no tenían criada a domicilio. Parecía no haber muebles en la
casa, con excepción de los del cuarto piso.
_Pierre Moreau_, tabaquero, declara que acostumbraba vender
pequeñas cantidades de tabaco a Madame L'Espanaye hacía cerca de
cuatro años. Había nacido en la vecindad y vivido siempre en el
mismo barrio. La anciana y su hija ocupaban hacía más de seis años
la casa en donde se encontraron los cadáveres. Antes estuvo ocupada
por un joyero que subarrendaba los cuartos altos a varias personas.
La casa era propiedad de Madame L. Habiéndose disgustado por el
abuso de posesión de su arrendatario, vino ella misma a habitar la
propiedad sin querer alquilar ningún departamento. La anciana era
algo pueril. Los testigos habían visto a la joven unas cinco o seis
veces durante los seis años. Ambas llevaban una vida muy retirada,
y se decía que tenían dinero. Había oído en la vecindad que Madame
L. decía la buenaventura; pero no lo creía. Nunca había visto a
nadie atravesar la puerta, salvo la anciana y su hija, un mandadero
una o dos veces, y un médico unas ocho o diez veces.
Muchas otras personas y vecinos testificaron de igual manera. A
nadie se indicaba como visitante de la casa. Ignorábase si existían
parientes de Madame L. y de su hija. Las persianas de las ventanas
del frente rara vez se alzaban. Las de la parte posterior siempre
estaban cerradas, con excepción del gran aposento del fondo en el
cuarto piso. La casa era un buen edificio, no muy antiguo.
_Isidore Muset_, gendarme, declara que fué llamado a la casa a eso
de las tres de la mañana, y encontró a la puerta veinte o treinta
personas que trataban de entrar. La puerta se forzó al fin con una
bayoneta, no con palanca de hierro. Tuvieron poca dificultad para
abrirla porque era de dos hojas y no estaba asegurada por arriba ni
por abajo. Los alaridos continuaron hasta que se abrió la puerta y
luego cesaron repentinamente. Parecían gritos de una o varias
personas en extrema angustia; eran fuertes y arrastrados, no
rápidos ni cortos. Los testigos se dirigieron arriba. Al llegar al
primer descanso de la escalera, oyeron dos voces en disputa
acalorada e iracunda: la una, áspera y gruesa; la otra, mucho más
chillona, una voz extraña. Pudo distinguir algunas palabras de la
primera que era voz de un francés. Positivamente no era voz de
mujer. Pudo distinguir las palabras "_sacré_" y "_diable_." La voz
chillona pertenecía a un extranjero. No podría asegurar si era voz
de hombre o de mujer. No pudo entender lo que decía, pero creía que
el idioma era el español. El testigo describió el estado de la
habitación y de los cadáveres conforme a nuestros informes de ayer.
_Henri Duval_, uno de los vecinos, y platero de profesión, declara
que fué uno de los que primero penetraron en la casa. Corrobora en
general el testimonio de Muset. Tan pronto como se forzó la
entrada, cerraron de nuevo la puerta para impedir el paso a la
multitud que se aglomeraba a pesar de lo avanzado de la hora. La
voz chillona opina el testigo que era de un italiano. Seguramente
no era de francés. No podría afirmar que fuera voz de hombre. Podía
también ser de mujer. No conocía el italiano. No pudo distinguir
las palabras, mas por la entonación estaba convencido de que quien
hablaba era un italiano. Conocía a Madame L. y a su hija. Había
hablado con ambas a menudo. Estaba cierto de que la voz chillona no
pertenecía a ninguna de las víctimas.
_Odenhéimer_, restaurador. Este testigo declaró espontáneamente. No
sabiendo hablar francés, dió su testimonio por medio de un
intérprete. Es natural de Ámsterdam. Pasaba por la casa en el
momento de los alaridos. Se prolongaron por varios minutos, quizá
diez. Eran largos y agudos, muy angustiosos. Fué uno de los que
penetraron en la casa. Corroboró el anterior testimonio en todas
sus partes, menos una. Estaba cierto de que la voz chillona era de
hombre, un francés. No pudo distinguir las palabras pronunciadas.
Eran fuertes y rápidas, desiguales, aparentemente lanzadas entre el
temor y la cólera. La voz era desapacible, no tanto chillona como
desapacible. No podría llamarse voz chillona. La voz gruesa decía a
menudo "_sacré_," "_diable_," y una vez "_mon Dieu!_"
_Jules Mignaud_, banquero, de la firma Mignaud et Fils, rue de
Loraine. Es el mayor de los Mignaud. Madame L'Espanaye tenía
algunas propiedades. Había abierto cuenta en su casa de banca en la
primavera del año... (ocho años antes). Hacía frecuentes depósitos
de pequeñas sumas. No había girado hasta tres días antes de su
muerte, que retiró personalmente cuatro mil francos. Esta suma se
pagó en oro, y un empleado la trajo hasta la casa.
_Adolphe Le Bon_, empleado de Mignaud et Fils, declara que el día
en cuestión, a eso de las doce, acompañó a su residencia a Madame
L'Espanaye llevando los cuatro mil francos en dos talegos. Cuando
se abrió la puerta, apareció Mademoiselle L., y le recibió uno de
los saquillos mientras la anciana tomaba a su cargo el otro.
Entonces él se inclinó y partió. No vió a nadie en la calle en ese
momento. Es una calle atravesada, muy solitaria.
_Wílliam Bird_, sastre, declara que era uno de la partida que
penetró en la casa. Es inglés. Ha vivido dos años en París. Fué uno
de los primeros que subió la escalera. Oyó las voces que
disputaban. La voz gruesa era de francés. Pudo distinguir varias
palabras, pero no las recuerda todas. Percibió claramente "_sacré_"
y "_mon Dieu!_" Hubo en aquel momento un ruido como de lucha entre
varias personas, un ruido como de raspar y empujar. La voz chillona
era muy fuerte, más fuerte que la gruesa. Seguramente no era voz de
ningún inglés. Parecía ser de alemán. Quizá sí era voz de mujer. No
entiende el alemán.
Habiéndose llamado por segunda vez a testificar a cuatro de
aquellas personas, declararon que la puerta del aposento donde se
encontró el cuerpo de Mademoiselle L. estaba cerrada por dentro
cuando llegó la partida. Todo estaba perfectamente silencioso; no
había lamentos ni ruidos de ninguna clase. Cuando se forzó la
puerta, no se vió a nadie. Las ventanas de ambos cuartos, el del
fondo y el del frente, estaban cerradas y aseguradas fuertemente
por dentro. Una puerta entre las dos habitaciones estaba también
cerrada, pero sin llave. La puerta que conducía del aposento del
frente al pasadizo estaba cerrada, con la llave por el lado de
adentro. Una pieza pequeña en el frente de la casa, en el cuarto
piso, al principio del pasadizo, tenía la puerta entreabierta. Esta
habitación estaba llena de lechos viejos, cajas y trastos por el
estilo. Todo se removió y examinó cuidadosamente. No quedó una
pulgada de terreno en la casa que no se escudriñara con la mayor
minuciosidad. Las chimeneas se barrieron de arriba abajo con
escobas. El edificio constaba de cuatro pisos y el desván. Una
puerta corrediza en el techo estaba sólidamente enclavada y no
parecía haberse abierto por varios años. El tiempo transcurrido
entre el momento en que se oyeron las voces en disputa y el de la
ruptura de la puerta del cuarto se fijaba diversamente por los
testigos. Unos lo estimaban en tres minutos, mientras otros lo
hacían llegar hasta cinco. La puerta se abrió con dificultad.
_Alfonso Carcio_, enterrador, declara que reside en la rue Morgue.
Es español. Fué uno de la compañía que penetró en la casa. No subió
las escaleras. Es nervioso y temía las consecuencias de una
emoción. Oyó las voces que disputaban. La voz gruesa era de
francés. No pudo distinguir lo que decía. La voz chillona
pertenecía a un inglés, está seguro de ello. No conoce el inglés,
pero juzga por el acento.
_Alberto Montani_, confitero, declara que se encontró entre los
primeros que subieron la escalera. Oyó las voces en cuestión. La
voz gruesa era de un francés. Comprendió varias palabras. El que
hablaba parecía amonestar. No pudo entender ninguna palabra de la
voz chillona. Hablaba de manera rápida y desigual. Cree que es la
voz de un ruso. Corrobora el testimonio general. Es italiano. Jamás
ha conversado con ningún natural de Rusia.
Varios testigos certificaron en su segunda declaración que las
chimeneas de todos los aposentos del cuarto piso eran demasiado
estrechas para admitir el paso de un ser humano. Por "escobas"
querían significar escobillones cilíndricos como los que usan los
deshollinadores. Estos escobillones se habían pasado de arriba
abajo en todos los tubos de chimenea de la casa. No hay pasaje en
la parte de atrás por donde pudiera haber escapado el asesino
mientras la gente subía las escaleras. El cuerpo de Mademoiselle
L'Espanaye estaba tan sólidamente embutido en la chimenea que
apenas lograron bajarle los esfuerzos combinados de cuatro o cinco
personas.
_Paul Dumas_, médico, declara que fué llamado al amanecer para
examinar los cuerpos. Ambos yacían sobre el cañamazo del lecho en
el aposento donde fué encontrada Mademoiselle L. El cuerpo de la
joven tenía muchas magulladuras y excoriaciones. La circunstancia
de haber sido embutido en la chimenea bastaría para explicar estas
manifestaciones. La garganta estaba horriblemente lacerada.
Aparecían huellas profundas de uñas precisamente debajo de la
barba, y una serie de placas lívidas producidas a no dudarlo por la
impresión de los dedos. El rostro estaba terriblemente amoratado y
los ojos salientes de sus órbitas. La lengua veíase mordida en su
mayor parte. Descubrióse una gran contusión en la cavidad del
estómago, debida aparentemente a la presión de una rodilla. Según
la opinión de M. Dumas, Mademoiselle L'Espanaye había sido
estrangulada por una o varias personas desconocidas. El cadáver de
la madre aparecía horriblemente mutilado. Los huesos de la pierna y
el brazo derecho estaban cual más cual menos destrozados. La tibia
izquierda hecha astillas, lo mismo que las costillas del lado
izquierdo. Todo el cuerpo estaba espantosamente magullado y
amoratado. No era posible explicarse cómo se habían infligido
aquellas lesiones. Quizás alguna pesada clava de madera o una barra
de hierro, una silla, cualquier arma pesada y obtusa, podría
producir tales resultados, manejada por un hombre en extremo
vigoroso. Ninguna mujer podía haber causado estas heridas con
ninguna clase de arma. La cabeza de la víctima estaba enteramente
separada del tronco cuando la vió el testigo, y mostraba asimismo
grandes magulladuras. La garganta había sido cortada evidentemente
con algún instrumento muy afilado, una navaja con toda
probabilidad.
_Alexandre Étienne_, cirujano, fué llamado a la vez que M. Dumas
para examinar los cuerpos. Corrobora el testimonio y la opinión del
primero.
Nada nuevo se produjo de importancia, aunque varias otros personas
fueron interrogadas. Jamás se había cometido en París asesinato tan
misterioso, si de asesinato se trata, en verdad, en este caso. La
policía está completamente desorientada, lo cual es muy raro en
asuntos de esta naturaleza. No existe, sin embargo, la menor
huella.
La edición de la tarde del mismo periódico decía que el quartier
Saint-Roch continuaba en gran excitación, que la propiedad había sido
cuidadosamente registrada y que se habían llevado a cabo nuevos
interrogatorios, pero sin ningún éxito. Una nota de última hora
manifestaba, sin embargo, que Adolphe Le Bon quedaba detenido aun cuando
nada aparecía en contra suya más allá de los hechos mencionados.
Dupín se mostraba singularmente interesado en el desenvolvimiento de
este proceso, a lo que podía yo traslucir por su actitud, porque no
hacía comentario alguno. Solamente después de la noticia de la prisión
de Le Bon inquirió mi opinión con respecto de los asesinatos.
Sólo pude convenir con todo París en considerarlos un misterio
insoluble. No veía medio por el cual pudiera descubrirse al asesino.
--No debemos juzgar de los medios por este interrogatorio
superficial,--dijo Dupín.--La policía de París, tan renombrada por su
perspicacia, es astuta, pero nada más. No hay método en sus
procedimientos, salvo el método del primer momento. Hace gala de grandes
disposiciones; pero con mucha frecuencia se adaptan tan mal al objeto,
que nos hace recordar a Monsieur Jordain pidiendo su _robe-de-chambre,
pour mieux entendre la musique_. Los resultados obtenidos son admirables
a menudo, pero se deben en su mayor parte a simple diligencia y
actividad. Cuando estas cualidades no tienen aplicación, sus planes
fracasan seguramente. Vidocq, por ejemplo, tenía buen golpe de vista y
era perseverante. Pero, careciendo de la educación del raciocinio,
erraba continuamente por la misma intensidad de sus investigaciones.
Disminuía su poder visual por colocar el objeto demasiado cerca de sus
ojos. Podía discernir quizá uno o dos puntos con extraordinaria
claridad, pero al dedicarse a ellos especialmente, perdía de vista el
tema en conjunto. Así sucede con las cosas demasiado profundas. Y la
verdad no se halla siempre en el pozo. En efecto, por cuanto de la
experiencia se desprende, creo, por el contrario, que se encuentra
invariablemente en la superficie. La profundidad reside en los valles
donde nosotros la suponemos, y no en la cima de las montañas donde la
verdad se encuentra. La forma y el origen de errores de esta clase se
concibe perfectamente comparándola a la contemplación de los cuerpos
celestes. Mirar una estrella con rápida ojeada, examinarla en sentido
lateral volviendo en aquella dirección la porción exterior de la retina
más susceptible que la parte interior a las impresiones débiles de luz,
es contemplar la estrella distintamente, apreciar mejor su brillo,
brillo que se opaca justamente en proporción cuando dirigimos de lleno
las miradas sobre el astro. Mayor número de rayos hiere la vista en este
caso; pero en el primero hay capacidad más refinada de comprensión. Por
causa de profundidad innecesaria debilitamos y ponemos en perplejidad
nuestra mente; siendo posible, a la verdad, que la misma Venus llegue a
desvanecerse en el firmamento como resultado de un escrutinio demasiado
sostenido, demasiado concentrado o demasiado directo.
Tratándose de estos asesinatos, interroguémonos nosotros mismos antes de
formarnos ninguna opinión. Una investigación del asunto nos servirá de
distracción--(yo pensé que esta expresión, aplicada así, resultaba muy
curiosa),--y además Le Bon me hizo un servicio en cierta ocasión por el
cual le estoy agradecido. Iremos a ver la casa con nuestros propios
ojos. Conozco a G----, el prefecto de policía, y no tendremos dificultad
para obtener el permiso--.
Obtenida la autorización, nos encaminamos inmediatamente a la rue
Morgue. Es una de las callejuelas miserables que se encuentran entre la
rue Richelieu y la rue Saint-Roch. Era tarde cuando llegamos, pues este
barrio está situado a gran distancia del que nosotros habitábamos.
Encontramos la casa con facilidad, porque todavía contemplaban muchas
personas con inútil curiosidad las cerradas persianas desde el lado
opuesto de la calle. Era una de aquellas ordinarias casas parisienses,
con su vestíbulo, en uno de cuyos costados veíase la garita de cristales
con tablero corredizo en la ventanilla indicando la _loge du concierge_.
Antes de entrar seguimos la calle hacia arriba, dimos vuelta a una
callejuela, y luego de regreso pasamos por la espalda del edificio.
Dupín examinaba entretanto los alrededores a la par que la casa con
atención minuciosa, a la cual no encontraba yo el objeto.
Volviendo sobre nuestros pasos, nos encontramos al frente del edificio;
llamamos y, después de mostrar nuestras credenciales, fuimos admitidos
por los agentes de guardia. Subimos al aposento donde se había
encontrado el cuerpo de Mademoiselle L'Espanaye, y donde todavía yacían
las víctimas. Como de costumbre, habíase dejado subsistir el desorden de
la habitación. No vi nada más allá de lo que indicaba la _Gazette des
Tribunaux_. Dupín lo escudriñaba todo, sin exceptuar los cuerpos de las
víctimas. Pasamos en seguida a las otras piezas y al patio, acompañados
de un gendarme por todas partes. Esta pesquisa nos ocupó hasta el
obscurecer, hora en que nos retiramos. De regreso a nuestro domicilio,
mi compañero se detuvo un momento en las oficinas de uno de los diarios.
He dicho que mi amigo tenía múltiples genialidades, y que _je les
ménageais_--esta frase no tiene equivalente en inglés. Por ahora su
capricho consistía en declinar todo tema de conversación sobre el
asesino hasta las doce del día siguiente. De súbito me preguntó si había
observado algo peculiar en el sitio de aquellas atrocidades.
Su manera de recalcar la palabra "peculiar" me hizo estremecer sin saber
por qué.
--No; nada _peculiar_,--respondí;--nada más, por lo menos, de lo que
ambos leímos en el periódico.
--La _Gazette_,--replicó,--no ha penetrado, me figuro, todo el horror de
la cosa. Mas descartad la vana opinión del periódico. Me parece que se
considera insoluble este misterio por la misma razón que debía hacer que
se le juzgue de fácil solución. Me refiero al carácter _outré_ que le
distingue. La policía está confundida por la aparente ausencia de
motivo; no por el asesinato en sí mismo, sino por la atrocidad de este
asesinato. Están confundidos también por la aparente imposibilidad de
conciliar las voces oídas en la discusión con el hecho de que a nadie
encontraron arriba sino el cadáver de Mademoiselle L'Espanaye, y que no
hubiera forma de salida sin que pudiera notarlo la gente que subía. El
desorden salvaje de la habitación: el cadáver embutido cabeza abajo en
la chimenea; la espantosa mutilación del cuerpo de la anciana; todas
estas consideraciones ya mencionadas, y otras que no necesito mencionar,
han sido suficientes para paralizar la potencia policiaca, para
desorientar completamente la famosa _penetración_ de los agentes del
gobierno. Han caído en el grosero y común error de confundir lo
inusitado con lo abstruso. Mas, por esta misma desviación del plano
ordinario, la razón descubre un camino, si le hay, en su persecución de
la verdad. En investigaciones de naturaleza tal como las que ahora
perseguimos, no debe uno preguntarse ¿qué ha pasado? sino ¿qué ha pasado
que antes no había sucedido? En efecto, la facilidad con que llegaré, o
he llegado ya, mejor dicho, a la solución del misterio, está en razón
directa de su insolubilidad a los ojos de la policía.--
Miré de hito en hito a mi amigo, con mudo estupor.
--Estoy aguardando,--continuó, lanzando una ojeada a la puerta de
nuestro departamento,--estoy aguardando a una persona que debe haber
estado complicada en la perpetración de esta carnicería aun cuando no
haya sido precisamente el asesino. Es inocente, según toda probabilidad,
de la parte más grave de los crímenes cometidos. Confío en que mis
deducciones sean exactas; porque allí he fundado la esperanza de conocer
el enigma por completo. Espero a mi hombre aquí, en este cuarto, en
cualquier momento. Es posible que no venga; pero todas las
probabilidades están a favor de su venida. Si llega, será preciso
detenerle. He aquí pistolas; ambos sabremos manejarlas si la ocasión lo
demanda.--
Cogí las pistolas sin saber casi lo que hacía, y sin dar crédito a mis
oídos, mientras Dupín proseguía como en un soliloquio. He hablado de su
manera abstraída en tales ocasiones. Su discurso se dirigía a mí; pero
su voz, aun cuando no era alta, tenía la entonación empleada
generalmente cuando se habla con alguna persona a gran distancia. Sus
ojos, de expresión vaga, fijábanse únicamente en el muro.
--Aquello de que las voces que disputaban,--decía,--oídas por la gente
que subía las escaleras, no eran voces de mujer, está ampliamente
comprobado por la evidencia. Esto descarta la duda de que la vieja
señora hubiera asesinado primero a su hija para suicidarse después.
Hablo de esto solamente para proceder con método; porque la fuerza de
Madame L'Espanaye jamás habría podido llevar a cabo la tarea de encajar
el cuerpo de su hija en la chimenea, como fué encontrado; y la
naturaleza de las heridas en su propio cuerpo excluye toda idea de
atentado contra sí misma. Luego, ha sido cometido el asesinato por
tercera persona; y la voz de aquella o aquellas personas, es la que se
oía en la discusión. Permitidme ahora hacer notar, no precisamente las
declaraciones respecto de aquellas voces, sino lo que había de
_peculiar_ en aquellas declaraciones. ¿Observasteis en ello algo de
peculiar?--
Insinué que, en tanto que todos los testigos estaban acordes en
calificar la voz gruesa como perteneciente a un francés, había gran
diferencia de opiniones acerca de la voz chillona o desapacible, como la
definió uno de los testigos.
--Esto es la evidencia en sí misma,--dijo Dupín,--pero no es aún la
peculiaridad de la misma evidencia. No habéis observado nada de
particular. Y, sin embargo, había _algo_ digno de ser observado. Los
testigos, como habéis notado, estaban de acuerdo acerca de la voz
gruesa: su testimonio ha sido unánime. Pero con respecto a la voz
chillona, la peculiaridad consiste, no en que estuvieran en desacuerdo,
sino en que cuando trataron de describirla un italiano, un inglés, un
español, un holandés y un francés, cada uno de ellos la juzgó
perteneciente a un extranjero. Todos estaban seguros de que no era la
voz de un compatriota. Todos la comparan a la voz de un individuo que se
expresara en idioma desconocido. El francés supone que es un español y
"hasta podría haber distinguido algunas palabras _si supiera español_."
El holandés asegura que era la voz de un francés; pero encontramos que,
"_no sabiendo francés el testigo fué interrogado por medio de
intérprete_." El inglés opina que "era voz de alemán," y no _conoce el
alemán_. El español "está seguro" de que era un inglés, pero "juzga por
el acento" también, "_pues no sabe inglés_." El italiano cree que es la
voz de un ruso, pero "_jamás ha hablado con ningún ruso_." Más aún; otro
francés difiere de opinión con el primero y está seguro de que la voz
era de italiano, pero, "_no conociendo este idioma_, deduce por el
acento, lo mismo que el español." Ahora bien; ¿qué voz tan
singularmente extraña es ésta, que provoca declaraciones tan
contradictorias? ¿En qué acentos se expresaba, para que naturales de las
cinco principales divisiones de Europa no pudieran percibir nada
familiar a sus oídos? Diréis que podía ser la voz de un asiático o de un
africano. Ni africanos ni asiáticos abundan en París; mas, sin negar
esta posibilidad, llamaré solamente vuestra atención a tres puntos. Uno
califica la voz de desapacible más bien que chillona. Otros dos la
definen como "rápida y desigual." Ninguna palabra, ningún sonido
semejando palabras ha podido discernirse ni ha sido mencionado por los
testigos.
--Yo no sé,--continuó Dupín,--qué clase de impresión he logrado llevar a
vuestra mente; pero no vacilo en decir que las deducciones legítimas de
esta parte tan sólo del testimonio, con referencia a la voz gruesa y a
la voz chillona, bastan por sí mismas para engendrar la sospecha que
debe encaminar el proceso de la investigación del misterio. Digo
"deducciones legítimas," pero mi idea no queda así del todo definida.
Intento expresar con ello que estas deducciones son las _únicas_
razonables, y que la sospecha se levanta inevitablemente como simple
resultado. No manifestaré aún esta sospecha. Sólo deseo que comprendáis
que en mi mente ha tenido fuerza suficiente para dar forma definida,
cierto giro particular, a mis investigaciones en el aposento.
Transportémonos ahora con la imaginación a dicho aposento. ¿Qué debemos
buscar ante todo allí? El medio de salida empleado por los asesinos. No
es mucho aventurar si aseguramos que ninguno de nosotros cree en
acontecimientos sobrenaturales. Madame y Mademoiselle L'Espanaye no
habían sido asesinadas por espíritus. Los malhechores eran de carne y
hueso, y escaparon como seres de carne y hueso. ¿Cómo, entonces?
Afortunadamente sólo hay un modo de dilucidar el punto, y este modo
_tiene_ que llevarnos a conclusiones definidas. Examinemos, uno por uno,
los medios posibles de salida. Es evidente que los asesinos estaban en
el aposento en que se encontró a Mademoiselle L'Espanaye, o al menos en
el cuarto contiguo, cuando el grupo de gente subía las escaleras.
Entonces, sólo tenemos que buscar las salidas de ambas habitaciones. La
policía ha sondeado los pisos, los techos y la obra de albañilería de
los muros en todas direcciones. No era posible que escapase a su
vigilancia ninguna salida oculta. Pero no confiando en sus ojos, examiné
con los míos propios. No existían salidas secretas. Las dos puertas que
daban acceso a los cuartos por el pasadizo estaban cerradas con llave y
tenían la llave por dentro. Volvamos a las chimeneas. Éstas, aunque de
anchura ordinaria en los primeros ocho o diez pies sobre el hogar, no
admitirían hasta la salida ni siquiera el paso de un gato grande. Siendo
absoluta la imposibilidad de salida por los medios indicados, quedamos
reducidos a las ventanas. Por las del cuarto del frente, nadie podría
haber escapado sin ser visto de la multitud estacionada en la calle. Los
asesinos tienen entonces que haber pasado por las ventanas de la pieza
interior. Llegados a esta conclusión de manera inequívoca, no nos
conviene como razonadores descuidar una serie de imposibilidades
aparentes. Debemos probar únicamente que estas aparentes
"imposibilidades" en realidad no son tales.
Hay dos ventanas en la habitación. Una de ellas está completamente libre
de muebles y del todo visible. La parte inferior de la otra queda oculta
por la cabecera de la pesada cuja colocada exactamente en aquella
dirección. La primera ventana se encontró firmemente asegurada por
dentro. Resistió todo el empuje de los que trataron de levantarla.
Habíase abierto con barreno un gran hueco a la izquierda del marco, y un
grueso clavo estaba profundamente incrustado allí casi hasta la cabeza.
Examinando la otra ventana, se encontró incrustado un clavo semejante; y
fracasó del mismo modo una vigorosa tentativa para levantar el bastidor.
La policía quedó completamente satisfecha de que la escapatoria no había
tenido lugar por aquel lado. Y, en consecuencia, se juzgó inútil retirar
los clavos y abrir las ventanas.
Mi pesquisa particular fué más minuciosa por la razón a que antes he
aludido; porque yo sabía que aquél era el punto en que debía probarse
que la imposibilidad aparente no existía en realidad. Comencé a
deducirlo así a _posteriori_. Los asesinos habían escapado
indudablemente por una de aquellas ventanas. Siendo así, no era posible
que aseguraran por dentro los bastidores en la forma en que se
encontraron: consideración que, en razón de ser tan obvia, detuvo las
pesquisas de la policía en este terreno. Y sin embargo, los bastidores
estaban asegurados. De consiguiente, debían tener la facultad de
cerrarse por _sí mismos_. No había forma de evadir esta conclusión. Me
dirigí a la ventana libre, extraje el clavo con cierta dificultad, y
procuré levantar el bastidor. Resistió todos mis esfuerzos como yo me lo
esperaba. Debía existir un resorte oculto, estaba seguro ahora; y esta
comprobación de mis deducciones me convenció de que mi raciocinio era
correcto, aun cuando todavía existieran circunstancias misteriosas con
relación a los clavos. Una pesquisa minuciosa hízome descubrir el
resorte oculto. Oprimílo, y satisfecho con mi descubrimiento, me abstuve
de levantar el bastidor.
Coloqué nuevamente el clavo en su sitio y me dediqué a observarlo con
atención. Una persona que pasara a través de esta ventana podía haberla
cerrado de nuevo haciendo jugar el resorte; pero no era posible volver a
colocar el clavo en su sitio. El resultado era claro y estrechaba de
nuevo el campo de investigación. Los asesinos _debían_ haber escapado
por la otra ventana. Suponiendo, en tal caso, que el resorte de los
bastidores funcionara de igual modo, como era probable, debía existir
alguna diferencia entre los clavos o, por lo menos, en la manera de
colocarlos. Encaramándome en el cañamazo del lecho, miré atentamente por
encima de la cabecera la segunda ventana. Pasando la mano por detrás,
descubrí pronto y oprimí el resorte que, como lo había juzgado de
antemano, era enteramente igual a su compañero. Busqué entonces el
clavo. Era tan grueso como el otro y encajaba aparentemente de la misma
manera, hundido hasta la cabeza.
Diréis que estaba confundido; pero si lo creéis así habéis equivocado la
naturaleza de mis inducciones. Usando una frase de cazador, diré que no
había "fallado" una sola vez. Ni un momento había perdido el rastro. No
había grietas en ningún eslabón de la cadena. Había seguido la pista al
secreto hasta su resultado final; y este resultado era el clavo. Tenía
en todo sentido, he dicho, la misma apariencia que su compañero de la
otra ventana; pero esta circunstancia era nula en absoluto, por
concluyente que pudiera parecer, al compararse con la certidumbre de que
allí, en aquel punto, desaparecían las huellas. Debe haber algo raro en
el clavo, pensé. Lo palpé; y la cabeza, con cerca de una pulgada de
punta quedó entre mis manos. El resto continuaba en el agujero, donde se
había roto. La fractura era antigua, porque el borde estaba cubierto de
orín, y procedía evidentemente de algún martillazo que introdujo a
medias la cabeza en el borde superior de la parte baja del bastidor.
Coloqué de nuevo cuidadosamente esta cabeza en el hueco de donde la
había cogido, y su semejanza con un clavo perfecto era completa; la
rotura quedaba invisible. Oprimiendo el resorte, levanté suavemente el
bastidor algunas pulgadas; la cabeza se alzó con el marco continuando
segura en su puesto. Cerré la ventana, y la apariencia del clavo
resultaba otra vez perfecta.
Así, el enigma estaba resuelto. El asesino había escapado por la ventana
que daba sobre el lecho. Cayendo espontáneamente en su sitio, o cerrada
quizás a propósito, quedó asegurada por el resorte; y la firmeza del
resorte produjo el error de la policía que juzgó provenía del clavo la
resistencia, considerando innecesario pesquisas ulteriores.
El problema siguiente era la forma de descenso. Sobre este punto me
encontraba ya satisfecho desde nuestro paseo alrededor del edificio. A
cinco pies y medio más o menos de la ventana en cuestión se eleva un
pararrayos. Desde este poste habría sido difícil para cualquiera
alcanzar la ventana, no digo entrar. Observé, sin embargo, que las
persianas del cuarto piso eran de aquella clase particular que los
carpinteros parisienses llaman _ferrades_, forma muy poco usada en la
actualidad, pero que se ve con frecuencia en las casas antiguas de Lión
y de Burdeos. Son semejantes a una puerta ordinaria de una sola hoja,
excepto en su mitad superior hecha en forma de celosía, o labrada a
manera de enrejado; ofreciendo así excelente apoyo para los manos. En
esta casa las persianas tienen muy bien tres pies y medio de anchura.
Cuando las divisé desde la parte trasera del edificio, estaban ambas
abiertas hasta la mitad, es decir, formando ángulo recto con el muro. Es
probable que la policía haya examinado como yo la espalda de la casa;
pero de ser así, no advirtió la gran anchura de las persianas, o no le
prestó por lo menos la debida consideración. En efecto, persuadidos de
que no había salida de este lado, naturalmente descuidaron examen más
minucioso. Era claro para mí, sin embargo, que la persiana
correspondiente a la ventana situada a la cabecera del lecho llegaría a
cerca de dos pies de distancia del pararrayos, si se dejaba caer por
completo sobre el muro. Era también evidente que poniendo en juego un
grado extraordinario de vigor y de audacia, podía efectuarse la entrada
por la ventana escalando el pararrayos. Una vez llegado a la distancia
de dos pies y medio (suponiendo que la persiana estuviera abierta en
toda su extensión), podía encontrar el ladrón sólido apoyo en el
enrejado. Demos pues por sentado que escaló el poste afirmando los pies
contra el muro, y que lanzándose de allí intrépidamente hizo oscilar la
persiana en forma de cerrarla; y suponiendo que la ventana estuviese
abierta, pudo deslizarse él mismo dentro de la habitación.
Deseo que tengáis especialmente presente que me refiero a un grado
extraordinario de vigor como requisito esencial para el éxito de hazaña
tan difícil y arriesgada. Mi designio es demostrar, primero, que la cosa
era realizable; pero segunda y _principalmente_, necesito impresionar
vuestra mente con el carácter _extraordinario_, casi sobrenatural, de la
agilidad que era capaz de llevarla a cabo.
Diréis indudablemente, usando lenguaje legista, que para hacer
comprensible el caso, debería más bien disminuir que acrecer la
apreciación de la fuerza necesaria para ejecutarlo. Éste puede ser el
método legista, pero no es el del raciocinio. Mi objeto final es
descubrir la verdad. Mi propósito inmediato, conduciros a poner de
acuerdo aquel vigor _extraordinario_ a que acabo de referirme, con la
voz chillona, desapacible y desigual sobre cuya nacionalidad no han
podido convenir siquiera dos personas, y en cuya enunciación no ha
podido discernirse silabeo alguno.--
A estas palabras cierta vaga e informe concepción de la idea de Dupín
revoloteó en mi mente. Parecíame encontrarme al borde de la comprensión,
como sucede a veces que nos sentimos al mismo borde del recuerdo sin
llegar al fin a dar forma a las reminiscencias. Mi amigo continuó:
--Observaréis,--dijo,--que he tratado el asunto desde la manera de
salida hasta la de acceso. Mi intención era sugerir que ambos se habían
efectuado de igual forma y por el mismo punto. Volvamos ahora al
interior del aposento. Observemos aquí el aspecto de la decoración. Los
cajones del tocador, dicen, habían sido saqueados, aunque muchos
artículos de adorno quedaban todavía allí. Esta conclusión es absurda.
Es simplemente una proposición bastante necia y nada más. ¿Cómo podían
saber que los objetos encontrados en los cajones no eran todos los que
allí se hallaban de ordinario? Madame L'Espanaye y su hija llevaban una
vida muy retirada, no recibían visitas, salían rara vez, tenían en suma
poca oportunidad para muchos cambios de atavío. Los objetos que se
encontraron eran, por lo menos, de tan buena calidad como los demás que
usaban aquellas señoras. Si el ladrón hubiera cogido alguno, ¿por qué no
había de tomarlos todos? En una palabra, ¿por qué abandonar cuatro mil
francos en oro para embarazarse con un paquete de trapos? El oro se
había abandonado. Casi toda la suma indicada por Monsieur Mignaud, el
banquero, fué encontrada en talegos en el suelo. Quiero, por
consiguiente, que descartéis la disparatada idea de _motivo_ engendrada
en el cerebro de la policía por aquella parte del testimonio que habla
de dinero entregado a las puertas de la casa. Coincidencias diez veces
más notables que la entrega del dinero y el asesinato cometido dentro
del tercer día, suceden en todos los momentos de nuestra vida, sin
llamar la atención siquiera sea superficialmente. Las coincidencias
representan en general grandes tropiezos en la vía de aquellos
pensadores que no están acostumbrados a sondear la teoría de las
probabilidades, teoría a que se deben los resultados más gloriosos de la
investigación humana para mayor gloria de la ilustración. En el caso
actual, si el oro hubiese desaparecido, el hecho de haberse entregado
tres días antes habría sido algo más que coincidencia. Habría
corroborado la idea del motivo. Mas, bajo las verdaderas circunstancias,
si creemos que el oro fué la causa del crimen, tendríamos que juzgar al
criminal tan idiota e incapaz como para abandonar a la vez su oro y su
motivo.
Conservando ahora cuidadosamente en mira los puntos hacia los cuales he
dirigido vuestra atención: aquella voz peculiar, aquella extraordinaria
agilidad y la chocante ausencia de motivo en un crimen tan singularmente
atroz, demos una ojeada al asesinato en sí mismo. Tenemos aquí una mujer
estrangulada por la fuerza de las manos y encajada cabeza abajo en una
chimenea. Los asesinos no emplean ordinariamente tales medios. Y menos
aún, disponen de los cadáveres en semejante forma. Convendréis conmigo
en que había algo excesivamente _outré_, algo irreconciliable
completamente con las nociones comunes del impulso humano en la manera
de arrojar este cuerpo por la chimenea, aun cuando queramos suponer al
autor el más depravado de los hombres. Pensad asimismo ¡cuán enorme debe
haber sido la fuerza capaz de empujar _hacia arriba_ el cadáver en
cavidad tan estrecha que apenas fué suficiente el esfuerzo reunido de
varios hombres para arrastrarlo _hacia abajo!_
Volvamos luego a las otras manifestaciones de este vigor maravilloso.
Había en el hogar madejas, gruesas madejas, de grises cabellos humanos
arrancados de raíz. Conocéis la fuerza enorme que requiere arrancar
juntas siquiera veinte o treinta hebras de pelo. Visteis, lo mismo que
yo, las madejas a que se alude. Las raíces (¡repugnante espectáculo!)
estaban adheridas a fragmentos de piel del cráneo, muestra irrefutable
de la fuerza prodigiosa que se había desplegado para arrancar quizá
medio millón de hebras a la vez. El cuello de la anciana no solamente se
había cortado, sino que la cabeza estaba separada por completo del
tronco: el instrumento había sido una sencilla navaja. Observad también
la ferocidad _brutal_ de estas circunstancias. No digo nada de las
magulladuras del cuerpo de Madame L'Espanaye. Monsieur Dumas y su digno
coadjutor Monsieur Étienne, han declarado que fueron producidas por
algún instrumento obtuso; y estos caballeros tienen muchísima razón. El
instrumento obtuso fué evidentemente el enlosado pavimento del patio
donde fué arrojada la víctima desde la ventana que daba sobre el lecho.
Esta idea, por sencilla que parezca, escapó a la policía por la misma
razón que no advirtió la anchura de las persianas; pues que la
circunstancia de los clavos obstruyó herméticamente su percepción acerca
de la posibilidad de que las ventanas hubieran sido abiertas en
cualquier forma.
Si, además de todo esto, reflexionamos debidamente en el desorden
peculiar de aquella habitación, llegaremos a combinar las diversas ideas
de una agilidad asombrosa, una fuerza sobrehumana, una ferocidad brutal,
una carnicería sin objeto, un horror que toca en lo _grotesco_,
absolutamente extraño a toda humanidad, y una voz de entonación
extranjera a los oídos de hombres de muchas naciones y desprovista de
toda pronunciación distinta e inteligible. ¿Qué resultado se desprende?
¿Qué impresión hace todo esto en vuestra mente?--
Sentí un escalofrío en los huesos cuando Dupín me dirigió esta pregunta.
--¡Un loco, ha sido un loco el autor de estos
asesinatos!--exclamé;--algún maníaco escapado de cualquier _maison de
santé_ de las cercanías.
--En cierto modo,--replicó,--vuestra idea no está desprovista de razón.
Pero la voz de los locos, aun en sus más furiosos paroxismos, jamás ha
concordado con la descripción de la voz peculiar oída arriba. Los locos
tienen alguna nacionalidad, y su lenguaje, aunque incoherente en su
fraseología, tiene siempre la coherencia del silabeo. Además, el pelo de
los locos no es semejante al que tengo entre las manos. Desenredé este
pequeño mechón de entre los dedos rígidos y crispados de Madame
L'Espanaye. Decidme lo que pensáis acerca de esto.
--¡Dupín!--exclamé, completamente enervado;--¡este pelo es de lo más
raro; esto no es cabello _humano!_
--Ni yo he dicho que lo fuera,--repuso él;--pero antes de decidir este
punto querría que miraseis el pequeño croquis que he delineado en este
papel. Es un facsímile de lo que se ha descrito en cierta parte del
testimonio como "obscuras marcas y profundas huellas de uñas" en la
garganta de Mademoiselle L'Espanaye; y en otra declaración, la de
Messieurs Dumas y Étienne, como "una serie de manchas amoratadas
producidas evidentemente por la impresión de los dedos."
--Observaréis--continuó mi amigo, extendiendo el papel ante mis ojos
sobre la mesa,--que este dibujo da la idea de un apretón firme y fijo.
No hay el menor _deslizamiento_ aparente. Cada dedo ha conservado,
probablemente hasta la muerte de la víctima, la espantosa posición en
que se había incrustado. Procurad ahora colocar vuestros dedos al mismo
tiempo en las respectivas impresiones que aparecen.--
Procuré en vano hacer lo que me indicaba.
--Quizá no ensayamos convenientemente este punto,--insistió mi
amigo.--El papel está extendido en una superficie plana y la garganta
humana es cilíndrica. He aquí un trozo de madera cuya circunferencia es
más o menos igual a la del cuello. Envolved allí el dibujo y ensayad de
nuevo.--
Hice como me decía; pero la dificultad era todavía mayor que antes.
--¡Esto,--exclamé,--no es la huella de una mano humana!
--Leed ahora este pasaje de Cuvier,--replicó Dupín.
Contenía una relación minuciosa y la descripción anatómica general del
gran orangután leonado de las islas de las Indias Orientales. La
gigantesca estatura, la fuerza y agilidad prodigiosas, la ferocidad
salvaje y las propensiones imitativas de este mamífero son bastante
conocidas por todos. Comprendí inmediatamente todos los horrores del
asesinato.
--La descripción de los dedos,--dije al terminar la
lectura,--corresponde exactamente a este dibujo. Es evidente que sólo un
orangután, y de la especie indicada, podría haber impreso las huellas
que habéis delineado. El mechón de pelo rojizo es idéntico también al
color del animal descrito por Cuvier. Mas no llego a penetrar los
detalles de este horrible misterio. Además, se oyeron _dos_ voces en la
disputa, y una de ellas era incontestablemente la de un francés.
--Es verdad; y recordaréis una expresión que los testigos atribuyen casi
unánimemente a esta voz; la exclamación "_mon Dieu!_" Esta expresión, de
acuerdo con las circunstancias, ha sido justamente definida por uno de
los testigos, Montani el confitero, como reproche o amonestación
amistosa. Sobre estas dos palabras he fundado, de consiguiente, mis
mayores esperanzas para la solución completa del enigma. Un francés
conocía el crimen. Es posible, y a la verdad más que probable, que fuera
inocente de toda participación en la sangrienta hazaña que se realizaba.
El orangután puede habérsele escapado. Puede haberle perseguido hasta el
aposento; pero bajo las terribles circunstancias que sobrevinieron, le
fué probablemente imposible capturarlo. Está todavía perdido. No
proseguiré haciendo conjeturas; no tengo derecho de darles otro nombre,
puesto que los ligeros matices de reflexión en que están basadas arrojan
apenas luz suficiente para mi propia comprensión, y no puedo pretender,
de consiguiente, hacerlos perceptibles a ninguna otra persona.
Llamémoslas conjeturas y hablemos de ellas como tales. Si el francés
aludido es, como creo, inocente de esta atrocidad, el anuncio que dejé
anoche, al regresar a casa, en las oficinas de _Le Monde_, periódico
dedicado a los intereses marítimos y muy buscado por los marineros, le
traerá verosímilmente a nuestra morada.--
Alargóme un papel en donde leí lo siguiente: