En el Bois de Boulogne, en las primeras horas de la mañana del ----
presente (la mañana del crimen), un gran orangután leonado de la
especie de la isla de Borneo. El propietario, que se asegura ser un
marinero perteneciente a un buque maltés, puede recoger el animal,
siempre que lo identifique satisfactoriamente y pague algo por su
captura y manutención. Acudid al Número ----, Rue ----, Faubourg
Saint-Germain,---- piso tercero.
--¿Cómo es posible,--pregunté,--que sepáis que el hombre es un marinero
y que pertenece a un buque maltés?
--No lo _sé_,--repuso Dupín.--No estoy seguro de ello. Sin embargo, he
aquí un pequeño fragmento de cinta que, a juzgar por su forma y su
aspecto grasoso, se ha usado evidentemente para atar el cabello en esas
largas _queues_ a que son tan aficionados los marineros. Mas aún; este
nudo pueden hacerlo muy pocos marineros, siendo peculiar de los
malteses. Recogí la cinta al pie del pararrayos. No puede haber
pertenecido a ninguna de las víctimas. Después de todo, aun cuando
estuviere equivocado en las inducciones provocadas por esta cinta,
respecto de que el francés sea un marinero de algún buque maltés, no hay
ningún mal en decirlo en el anuncio. Si estoy equivocado, él supondrá
sencillamente que voy errado por cualquiera circunstancia que no se
tomará el trabajo de inquirir. Pero de acertar, habré conseguido un
gran triunfo. En efecto, sabedor del crimen aunque inocente,
naturalmente vacilaría el francés en acudir al anuncio y reclamar el
orangután. Pero razonará así: "Soy inocente; soy pobre; mi orangután es
muy valioso; para cualquiera en mis circunstancias representa una
fortuna; ¿por qué había de perderlo por vanas aprensiones de peligro?
Está allí, a mi alcance. Ha sido encontrado en el Bois de Boulogne, a
gran distancia del lugar de los asesinatos. ¿Cómo puede sospecharse que
un estúpido animal haya cometido el crimen? La policía ha fracasado; no
ha podido encontrar la más ligera huella. Aun cuando siguieran la pista
al animal, sería imposible que probaran mi conocimiento del suceso o que
me implicaran en la culpabilidad por haberlo sabido. De otro lado, _me
conocen_. El anunciador me designa como dueño del animal. No sé hasta
qué punto puedan llegar sus datos acerca de mi persona. Si rehuyo
reclamar una propiedad de tanto valor y de la cual se me conoce como
dueño, haré sospechoso por lo menos al orangután. No es buena diplomacia
atraer la atención sobre mí ni sobre el animal. Acudiré al anuncio,
recogeré mi orangután y lo tendré encerrado hasta que haya pasado todo
el alboroto."--
En este momento oímos pasos en la escalera.
--Tened al alcance vuestras pistolas,--dijo Dupín;--pero no hagáis uso
de ellas ni las mostréis, sino cuando os dé la señal.--
Se había dejado abierta la puerta de la casa, y el visitante entró sin
llamar, avanzando algunos peldaños en la escalera. Ahora, sin embargo,
parecía vacilar. Luego, le oímos descender. Dupín se dirigía rápidamente
hacia la puerta cuando advertimos que regresaba de nuevo. No retrocedió
ya, sino que avanzó por el contrario con decisión y golpeó la puerta de
nuestro aposento.
--Adelante,--dijo Dupín, en tono placentero y jovial.
Un individuo entró. Era un marinero, evidentemente: alto, grueso y
musculoso, y con cierto aspecto de intrepidez no del todo desprovisto de
atractivo. Su rostro, muy tostado por el sol, estaba medio oculto por
las patillas y el _mustachio_. Llevaba un gran garrote de roble, mas no
parecía tener armas de otra clase. Inclinóse desmañadamente, lanzándonos
un "buenas tardes," con acento francés que, aunque sonaba un poco a
Neufchatel, revelaba bastante su origen parisién.
--Sentaos, amigo mío,--dijo Dupín.--Supongo que venís por el orangután.
Mi palabra, casi os envidio su posesión; un animal muy hermoso e
indudablemente de gran valor. ¿Qué edad le suponéis?--
El marinero respiró largamente, como hombre que se ve libre de peso
intolerable, y replicó en tono firme:
--No sabría decirlo con exactitud; pero no puede tener más de cuatro o
cinco años. ¿Lo guardáis aquí?
--Oh, no; no tenemos aquí comodidad para conservarlo. Está en un establo
de la rue Dubourg, muy cerca de este barrio. Se os entregará mañana.
¿Estáis dispuesto, por supuesto, a identificar la propiedad?
--Seguramente que sí, señor.
--Sentiré separarme del animal,--dijo Dupín.
--No imagino que os hayáis tomado esta molestia en balde, señor. No
podría esperarlo. Estoy dispuesto a recompensar el hallazgo del animal,
es decir, una cosa razonable.
--Bien,--replicó mi amigo,--eso está muy bien, seguramente. ¡Dejadme
pensar! ¿qué pediré? ¡Oh! Voy a decíroslo. Mi recompensa será ésta. Vais
a darme todos los detalles que sepáis acerca de esos asesinatos de la
rue Morgue.--
Dupín pronunció las últimas palabras en voz muy baja y con gran
tranquilidad. Con igual mesura se adelantó también hacia la puerta, la
cerró, y puso la llave en su faltriquera. Sacó luego una pistola de su
pecho y la colocó sobre la mesa sin la menor precipitación.
El semblante del marinero se encendió como si le acometiera un acceso de
asfixia. Levantóse y aseguró el garrote; pero un instante después se
dejó caer sobre la silla, temblando violentamente y con aspecto mortal.
No pronunció una sola palabra. Yo le compadecía desde el fondo de mi
corazón.
--Amigo mío,--dijo Dupín en tono afectuoso,--os alarmáis sin motivo,
realmente. No intentamos haceros daño alguno. Yo sé perfectamente que
sois inocente de las atrocidades de la rue Morgue. No negaré, sin
embargo, que en cierto modo os encontráis complicado en ellas. Por lo
que os he dicho comprenderéis que he tenido datos sobre este asunto,
datos que jamás podríais imaginar. Ahora la cosa se presenta de esta
manera. Nada habéis hecho que pudierais haber evitado; nada ciertamente
que os haga culpable. Ni siquiera sois culpable de robo, cuando podríais
haber robado impunemente. Nada tenéis que ocultar, ni tenéis razón
alguna para hacerlo. De otro lado, todos los principios de honor os
obligan a confesar lo que sabéis. Un hombre inocente se encuentra ahora
en prisión acusado de un crimen del cual vos podéis señalar el
perpetrador.--
El marinero había recobrado en gran parte su presencia de ánimo mientras
Dupín pronunciaba estas palabras; mas todo el aplomo había desaparecido
de su continente.
--¡Así Dios me ayude!--exclamó tras breve pausa.--Os diré todo lo que sé
de este asunto, mas no puedo esperar que creáis siquiera la mitad; loco
sería, en verdad, si tal pensara. Sin embargo, soy inocente, y mi último
suspiro será muy limpio si muero por esta causa.--
Lo que dijo en substancia fué lo siguiente. Había realizado últimamente
un viaje al archipiélago indio. Un grupo, del cual formaba parte,
desembarcó en Borneo y siguió al interior en excursión de placer. Él y
un camarada cogieron al orangután. Muerto su compañero, pasó el animal a
su exclusiva propiedad. Después de muchas dificultades en su viaje de
regreso, ocasionadas por la intratable ferocidad de su cautivo, logró al
fin instalarlo con seguridad en su propio domicilio en París, donde
tratando de evitar la desagradable curiosidad de los vecinos, lo tuvo
cuidadosamente encerrado hasta que se recobrara de una herida en el pie
causada por una astilla a bordo del buque. Su designio posterior era
venderlo.
Volviendo a su casa después de una fiesta de marineros, en la noche, o
más bien en la mañana del crimen, encontró al animal instalado en su
propio dormitorio, en donde se había introducido forzando la puerta de
un pequeño gabinete contiguo en el cual pensaba su amo tenerle
seguramente confinado. Navaja abierta en mano, se hallaba sentado frente
al espejo ensayando la operación de afeitarse en que probablemente
sorprendió alguna vez a su dueño, mirando por el agujero de la llave.
Aterrorizado al ver arma tan peligrosa en poder de animal tan feroz y
tan apto para manejarla, el hombre quedó sin saber que hacer durante los
primeros momentos. Acostumbraba, sin embargo, dominar al orangután con
ayuda de un látigo, y a este medio recurrió en aquella circunstancia.
Apenas el animal le divisó lanzóse a la puerta del aposento, luego a las
escaleras, y por una ventana, desgraciadamente abierta, se arrojó a la
calle.
El francés le siguió lleno de desesperación. El orangután, todavía con
la navaja abierta en la mano, deteníase de vez en cuando para mirar
hacia atrás y gesticular a su perseguidor hasta que éste llegaba casi a
alcanzarle. Entonces echaba a correr de nuevo. De esta manera continuó
la caza por largo tiempo. Las calles estaban desiertas y en silencio
profundo, pues eran cerca de las tres de la mañana. Atravesando una
callejuela a espaldas de la rue Morgue, llamó la atención del fugitivo
una luz que brillaba en la ventana abierta del aposento de Madame
L'Espanaye, en el cuarto piso del edificio. Abalanzándose hacia la casa,
advirtió el pararrayos, lo escaló con agilidad inconcebible, se asió de
la persiana que caía completamente sobre el muro, y por este medio
lanzóse directamente a la cabecera de la cuja. Todo esto no había
ocupado el espacio de un minuto. El orangután empujó otra vez la
persiana dejándola abierta cuando se introdujo en la habitación.
El marinero quedó a la vez regocijado y perplejo. Tenía ahora la
esperanza de capturar a la fiera, que difícilmente podría escapar de la
trampa en que se había metido a no ser por el poste que encontraría
interceptado a la salida. De otro lado, había muchos motivos de ansiedad
al pensar en lo que podría hacer dentro de la casa. Esta última
reflexión indujo al hombre a seguir al fugitivo. Un pararrayos no es
difícil de escalar, especialmente para un marinero; pero cuando llegó a
la altura de la ventana, que quedaba bastante lejos hacia la izquierda,
vióse obligado a detenerse; lo más que pudo hacer fué alzarse un poco
para echar una ojeada al interior de la habitación. Al mirar, casi
perdió su punto de apoyo a impulsos de su excesivo horror. Entonces
fueron aquellos horribles alaridos que despertaron a todos los
habitantes de la rue Morgue. Madame L'Espanaye y su hija, en traje de
dormir, estaban aparentemente arreglando algunos papeles en la caja de
hierro de que antes se ha hecho mención, y que habían rodado hasta el
medio del aposento. Estaba abierta, y su contenido yacía a un lado en el
suelo. Las víctimas estaban sentadas de espaldas a la ventana; y por el
tiempo transcurrido entre el acceso de la fiera y los alaridos, se
comprende que no notaron su presencia en el primer momento. El golpe de
la persiana pudo atribuirse al viento, naturalmente.
Cuando el marinero alcanzó a mirar adentro, el gigantesco animal había
cogido a Madame L'Espanaye por el cabello, que llevaba suelto como si
hubiera estado peinándose, y blandía la navaja ante su rostro imitando
los ademanes de un barbero. La hija yacía privada de movimiento: se
había desmayado. Los gritos y la lucha de la anciana, durante la cual le
fueron arrancados los cabellos, convirtieron en ira los hasta entonces
pacíficos propósitos del orangután. Con deliberado empuje de su brazo
musculoso separó casi completamente la cabeza del tronco. La vista de la
sangre enardeció su ira convirtiéndola en frenesí. Rechinando los
dientes y echando fuego por los ojos, lanzóse sobre el cuerpo de la
joven e incrustó sus temibles garras en la garganta de Mademoiselle
L'Espanaye reteniendo su aliento hasta que expiró. Sus miradas furtivas
y salvajes fijáronse entonces en la cabecera del lecho sobre la cual
pudo distinguir el rostro de su amo, rígido por el horror. La furia de
la fiera, que no dudaba que su amo llevaba aún el temible látigo, se
convirtió instantáneamente en pavor. Consciente de merecer castigo,
parecía deseosa de ocultar sus sangrientas hazañas y se removía en torno
del aposento en agonía nerviosa de agitación, echando abajo los muebles
y destrozándolos en su ir y venir, y arrancando y tirando al suelo los
cobertores y colchones del lecho. Por último, se apoderó primero del
cuerpo de la hija y lo embutió en la chimenea en la forma en que fué
encontrado; y luego, del de la vieja señora arrojándolo inmediatamente
por la ventana.
Al aproximarse el orangután con su mutilada carga, el marinero se lanzó
despavorido al pararrayos, y precipitándose más que deslizándose hasta
el suelo se apresuró a regresar a su domicilio, temiendo las
consecuencias de aquella carnicería, y prescindiendo con satisfacción,
en medio de su terror, de toda preocupación por la suerte del animal.
Las palabras oídas por el grupo que subía las escaleras eran las
exclamaciones de horror y espanto del francés, mezcladas a los alaridos
demoníacos de la fiera.
Queda muy poco que añadir. El orangután escapó probablemente por el
pararrayos momentos antes del forzamiento de la puerta. Debe haber
cerrado la ventana al salir. Fué capturado después por su mismo dueño,
que obtuvo por él una fuerte suma en el Jardin des Plantes. Le Bon fué
puesto en libertad inmediatamente que se relataron estos acontecimientos
en el despacho del prefecto de policía, acompañados de algunos
comentarios de Dupín. El funcionario de policía, a pesar de sus buenas
disposiciones hacia mi amigo, no pudo ocultar su desagrado por el giro
que había tomado este asunto; y aun se dejó arrastrar a una o dos
frasecillas sarcásticas respecto de la conveniencia de que cada cual se
preocupe de aquello que le importe.
--Dejadle hablar,--dijo Dupín, que no juzgó necesario replicar.--Dejadle
hacer frases: esto aligerará su conciencia. Estoy satisfecho de haberle
derrotado en su propio terreno. A pesar de todo, su fracaso en la
solución de este misterio no es tan sorprendente como él se imagina;
porque en verdad nuestro amigo el prefecto es más astuto que profundo.
No hay cuerpo en su sabiduría. Es como si fuera todo cabeza y nada de
miembros, como los retratos de la diosa Laverna; o a lo más, todo cabeza
y busto como el bacalao. Pero es una buena persona, después de todo. Le
admiro especialmente por sus golpes maestros de inversión, a lo que debe
su reputación de habilidad. Me refiero al método que practica "_de nier
ce qui est, et d'expliquer ce qui n'est pas_."