Esta madrugada, a las tres más o menos, los habitantes del Quartier
Saint-Roch despertaron de su sueño por una serie de alaridos
terroríficos que partían, al parecer, de una casa de la rue Morgue
que se sabía ocupada únicamente por Madame L'Espanaye y su hija,
Mademoiselle Camille L'Espanaye. Después de algún retardo
ocasionado por tentativas infructuosas para penetrar en la casa por
los medios ordinarios, se logró forzar la puerta de entrada con una
palanca de hierro, y ocho o diez de los vecinos entraron
acompañados por dos gendarmes. A este tiempo los gritos habían
cesado; pero mientras la partida se precipitaba por las escaleras
del primer piso, pudieron escucharse dos o más voces ásperas en
iracunda disputa, las cuales parecían provenir de la parte más
elevada de la casa. Cuando el grupo llegó al segundo descanso de la
escalera, había cesado el ruido y todo estaba perfectamente
tranquilo. La partida se diseminó distribuyéndose por las diversas
habitaciones. Al llegar a un vasto aposento en el fondo del cuarto
piso, cuya puerta, cerrada por dentro con llave, también hubo de
forzarse, presentóse un espectáculo que sobrecogió de espanto y
estupor a todos los circunstantes.
El departamento aparecía en el más espantoso desorden, con los
muebles destrozados y desparpajados en todas direcciones. Había un
solo lecho, del cual se habían arrancado los colchones y los
cobertores, que yacían arrojados en medio de la habitación. Sobre
una silla veíase una navaja manchada de sangre. En el hogar había
dos o tres gruesos mechones grises de cabello humano, manchados
asimismo de sangre, y que parecían haber sido arrancados de raíz.
En el suelo se encontraron cuatro napoleones, un pendiente de
topacio, tres grandes cucharas de plata, tres más pequeñas de
_métal d'Alger_, y dos saquillos de cuero que contenían cerca de
cuatro mil francos en oro. Los cajones de un _bureau_, que había en
una de las esquinas, estaban abiertos y aparentemente habían sido
saqueados, aunque quedaban todavía en ellos muchos objetos. Se
descubrió una pequeña caja de hierro bajo los cobertores en medio
del aposento. Estaba abierta y tenía la llave en la cerradura. No
encerraba sino unas cuantas cartas y papeles de poca importancia.
No se encontraba rastro de Mademoiselle L'Espanaye; mas,
observándose gran cantidad de hollín en el hogar, hízose una
pesquisa en la chimenea y ¡horror! encontróse allí el cuerpo de la
hija que había sido lanzada cabeza abajo, haciéndose penetrar a
viva fuerza por la estrecha abertura hasta una distancia
considerable. El cadáver estaba caliente todavía. Examinándolo, se
encontraron varias excoriaciones producidas indudablemente por la
violencia con que había sido empujado para desembarazarse de él.
Veíanse en el rostro profundos arañazos y en la garganta obscuras
marcas y hondas huellas de uñas, como si la joven hubiera sido
estrangulada.
Después de minuciosa investigación de todos y cada uno de los
departamentos de la casa, sin nuevo resultado, la partida se
encaminó a un pequeño patio embaldosado, a la espalda del
edificio, donde se encontró el cadáver de la anciana señora con la
garganta cortada en forma tan terrible que, al tratar de
levantarla, cayó la cabeza completamente separada del tronco. El
cuerpo y la cabeza aparecían horriblemente mutilados, al punto que
el primero apenas si conservaba figura humana.
Hasta ahora no se descubre, parece, la más ligera huella para
esclarecer este horrible misterio.
El siguiente día trajo el periódico estos detalles adicionales: