Los críticos asimilan a menudo a Háwthorne con Poe, y los temas graves y
sombríos de ambos parece que debieran relacionarlos. Difieren
esencialmente, sin embargo, en cuanto a propósitos y método. Háwthorne
no es poeta por naturaleza, aunque su prosa sea poética y todas sus
obras sean de imaginación; es, ante todo, un pensador, un observador de
la vida, un psicólogo en arte y un escéptico en filosofía. Parecerá
quizá extraño dar el calificativo de escéptico a un escritor de espíritu
tan generoso, de sentimientos tan leales como Nathániel Háwthorne; pero
un pequeño estudio de sus obras en relación con las ideas
trascendentales que rodearon su adolescencia y sus primeros años
viriles, convencerá al observador de que la conciencia puritana de
Háwthorne le impulsaba a investigaciones infatigables de la filosofía
que pasaba por verdadera entre sus asociados. El lector que no haya
tenido oportunidad de conocer las doctrinas de Álcott y de Émerson puede
encontrar indudablemente bastante belleza y elevación en Háwthorne para
compensar el estudio de sus obras. Aun sin conocer las doctrinas que él
ponía en duda, podemos admirar su fantasía en _La imagen de nieve_; su
talento en parábolas tiernas o festivas en _El May-Pole de Merry Mount_
y _El experimento del doctor Héidegger_; su profundo patriotismo en El
anciano campeón y las _Leyendas de la casa provincial_; sus dotes
incomparables para describir una conciencia atormentada en _El retrato
de Édward Rándolph_ y _El entierro de Róger Malvin_. Pero la orientación
intelectual de la mayor parte de sus obras más meditadas resultaría
obscura a menos de haber leído a nuestro jovial Émerson o a nuestro
escritor más festivo aún, Álcott. La doctrina de estos autores acerca de
la confianza en sí mismo, de la necesidad de vivir en el presente sin
respeto servil por el pasado, ha tenido inmensa boga en los Estados
Unidos, y se ha reforzado con la poderosa influencia de Walt Whitman;
pero Háwthorne hizo proyectar esta doctrina sobre esbozos fantásticos
como _El experimento del doctor Héidegger o Féathertop_, y sobre
novelas más largas, como si hiciera un análisis de laboratorio respecto
de su verdad. Álcott y Émerson creían con sublime optimismo que el mal
se cambia al fin en bien; que existe, según la frase de Émerson, un
principio de sacarina en todas las cosas. Háwthorne desarrolló también
esta doctrina en cuentos como _El entierro de Róger Malvin_. Podrían
producirse otros ejemplos tomados de sus demás obras, pero hemos dicho
ya bastante probablemente para indicar la razón por la cual la altura de
Háwthorne como pensador debe apreciarse a través del estudio del
pensamiento de la Nueva Inglaterra de su tiempo.
Háwthorne representa en cierto modo no solamente el espíritu de la Nueva
Inglaterra sino el de los Estados Unidos: es un fatalista profundo. Aun
cuando profese una fe poderosa en el libre albedrío y la incredulidad
con respecto a las nociones de necesidad de Émerson, la diferencia
esencial entre ellos es que Émerson cree en suerte más feliz y
Háwthorne, a despecho de sí mismo, se forja un porvenir sombrío.