Un día tuvimos que hacer un reconocimiento peligroso en el terreno

ocupado por el enemigo. Fuimos doce hombre con el teniente. Ocultándonos

unas veces como conejos, saltando otras como cabras, recorrimos bastante

espacio sin ser descubiertos. Al salir de un bosquete observamos con

sorpresa que faltaba de los nuestros un hombre. Era Tabourin. El

teniente, estupefacto, pues no había sonado un tiro, se detuvo, ordenó á

dos soldados volver los pasos atrás y buscarlo. Al poco rato volvieron

sin haberle descubierto. Seguimos con mayor cautela aun nuestro

reconocimiento, pues nos hallábamos materialmente entre las filas del

enemigo. De pronto, al trasponer una pequeña quebrabura del terreno,

percibimos debajo de nosotros á dos soldados que hablaban animadamente.

Un soldado era alemán, el otro francés. Al divisarnos el alemán se dió á

la fuga. El teniente, pensando lógicamente que se trataba de un

peligroso espía, ordenó que hiciésemos fuego, á sabiendas de ser

descubiertos. El alemán cayó á los pocos pasos acribillado por nuestras

balas.

Entonces el teniente, loco de furor, con la faz inyectada, avanzó sobre

Tabourin empuñando el revólver:

--¡Maldito perro! ¡Miserable! ¡Traidor!

Tabourin dejó caer el fusil, y con sorprendente tranquilidad abrió los

brazos para recibir el tiro. La misma sonrisa enigmática y sardónica

contraía sus labios.

Recibió el tiro en medio del pecho. Cayó de bruces con los brazos

abiertos todavía, como si fuese á besar aquella tierra que tanto amaba.

Fuimos descubiertos; se nos persiguió de cerca; perdimos tres hombres;

yo fuí herido también, pero logré arrastrarme hasta nuestras trincheras,

donde fuí recogido por los míos.

Algunos días después--añadió el amable inválido sonriendo--mi pobre

pierna se fué á pudrir en el cementerio de la aldea, donde estaba la

ambulancia, y yo me vine á París á pudrir á ustedes y á otros con mis

aventuras militares.»

--¿Está usted persuadido de que Tabourin era un traidor?--pregunté yo

impresionado por aquel relato.

--Estoy persuadido de todo lo contrario. Mi opinión es que el soldado

alemán era un sabio entomólogo como él, y que ambos se habían encontrado

persiguiendo una mariposa y se hallaban abstraídos charlando de su

ciencia.

Los dos ideales

La Europa no atravesó un momento más crítico después de la caída del

Imperio de Occidente. El vulgo supone que la presente es una guerra de

comerciantes: no sabe que lo que está en litigio es el concepto del

Estado y el concepto mismo de la vida.

Luchan actualmente el ideal germano y el latino. El primero nutrido en

otros tiempos por el panteísmo idealista, cayendo después en el

pesimismo y por fin en el monismo materialista, es hoy francamente

anticristiano. Sus directores invocan, es cierto, el nombre de Dios;

pero entiéndase que es un dios alemán con un Estado Mayor infalible y

cañones de infinito alcance; un nuevo Jehova que se deleita escuchando

los gritos de dolor de los enemigos de su pueblo.

La moral germana ha subvertido la antigua escala de los valores, de

acuerdo con el pensamiento de su último filósofo, Federico Nietzsche.

Los buenos son los fuertes y los malos los débiles. No hay más que un

instinto primordial al cual debemos obedecer, el de aumentar nuestra

fuerza. Esta es la ley fundamental de la existencia. La moral es una

invención humana; Dios, el bien, la verdad, fantasmas creados por

nuestra imaginación. No hay más que una realidad natural, la vida. El

individuo sano y fuerte que ama la vida es el único digno de vivir. El

que busca el bien y la verdad por ellos mismos y no por amor á la vida

es un degenerado.

No se crea que estos principios se encuentran expuestos en tal ó cual

pensador aislado de Alemania. Unas veces velados, otras ostensibles,

aparecen en muchos de los libros que allí se publican de algunos años á

esta parte. Léase con cuidado el manifiesto con que sus intelectuales

han pretendido excusar la invasión de la Bélgica y la destrucción de sus

ciudades y se verán latir dentro de él.

El concepto del Estado germano responde á este concepto de la vida. Así

como el individuo debe subordinar todos sus instintos al primordial de

aumentar su fuerza para que la vida sea cada vez más exuberante, así la

totalidad de estos mismos individuos se debe subordinar á la vida del

Estado para que esta sea cada vez más fuerte y dominadora. Resucita la

idea espartana. Las naciones como los individuos, son dignas de vivir

unas y otras de morir. Nosotros, los latinos, cuyo instinto vital ha

disminuido, somos decadentes, impotentes, y debemos dejar el paso libre

á la raza germana, cuya vida se halla en progreso y representa lo más

alto y espléndido de la humanidad.

No se engañen los germanófilos españoles: Se quejan de las heridas que

alguna vez les ha causado la vanidad francesa. Son celos y reyertas

entre hermanos. Pero el desprecio alemán es mucho más sincero y por lo

mismo más humillante. La Alemania contempla á nuestra España con la fría

indiferencia con que el naturalista estudia á un insecto.

Sin embargo, no cometeré la injusticia de suponer que todos los alemanes

participan de estas ideas. En Alemania tengo amigos excelentes que

abominan de ellas tanto como yo; pero no puede negarse que se hallan

esparcidas en su país, y sobre todo que sus directores, tanto los

hombres de acción como los intelectuales, secreta ó manifiestamente las

honran y las aprueban.

Estamos acostumbrados á ver la Alemania en su época gloriosa de fines

del siglo XVIII, cuando era el emporio de las grandes ideas y los nobles

sentimientos. Al pronunciar el nombre de esta nación acuden á nuestra

memoria los nombres de Goethe y Schiller, de Lessing, de Wieland, de

Kant, Fichte, Juan Pablo Richter, Schelling, etc; nos representamos

aquella sociedad reducida y eminente que tanto semejó á la de Atenas.

Mas, ¡ay! la Alemania actual poco la recuerda. Existen sabios muy

notables, investigadores concienzudos, pero no poetas y metafísicos

inspirados. La ciencia parece subordinada á la industria, la filosofía á

la gloria militar.

Recuerdo que poco después de su resonante victoria sobre Francia, siendo

yo casi un niño, visité con mi padre una gran fábrica española donde

había algunos ingenieros alemanes. Después de comer y hallándonos de

sobremesa, uno de estos ingenieros (que se llamaba Jacobi como el amable

filósofo amigo de Goethe) se puso á enumerar con orgullosa

satisfacción los productos que su país fabricaba y exportaba á las demás

naciones. Cuando terminó su larga lista hizo una pausa y añadió

sonriendo:--«Y por fin exportamos la filosofía.»

¿Que quiere esto decir si no que los alemanes ya no miran á sus grandes

filósofos más que como ruinas venerables propias para excitar la

curiosidad del extranjero?

Los alemanes no creen en sus filósofos como los japoneses no creen en

sus ídolos. Los enseñan sonrientes á los turistas, los exportan al

extranjero como nosotros los españoles exportamos los _cantaores

flamencos_.

Los latinos, los eslavos y anglo-sajones, más retrasados sin duda en la

evolución biológica, todavía no hemos alcanzado la serenidad olímpica

que caracteriza actualmente á los germanos. Su emperador no se siente

conmovido por los millares de hombres que todos los días envía á la

muerte. Si nosotros, enfrente de esos campos de batalla donde corre la

sangre á torrentes, nos sentimos atacados de una inmensa melancolía, el

Kaiser semejante á Jupiter, padre de los dioses, sacude su bigote

oloroso y sonríe á nuestra pueril debilidad. Sus olímpicos generales han

averiguado que la guerra es una necesidad biológica y el único medio de

que la raza de los efímeros no degenere.

Los anticuados latinos seguimos pensando que el bien y la verdad deben

buscarse por si mismos, no para aumentar nuestra vitalidad. Entre

nosotros hasta los incrédulos son cristianos, porque no hay quien dude

de que la caridad es la más alta de las virtudes. Nosotros pensamos que

el respeto á los débiles, la piedad y compasión no son sentimientos

debilitantes si no confortantes y que lo que hace verdaderamente

degenerar al nombre es el poder ilimitado. Tiberio, Neron y Domiciano,

esos tres monstruos vergüenza del género humano, fueron excelentes

personas antes de subir al trono.

En fin, si los germanos triunfasen el ideal cristiano no perecería,

porque «las puertas del infierno jamás prevalecerán contra él» pero

sufriría un eclipse.

Para sostener su hegemonía necesitaría Alemania y Austria, no sólo

continuar sus armamentos y mantenerse en pie de guerra sino impedir por

la fuerza que las demás naciones se armasen. Los trescientos millones

restantes de europeos quedariamos reducidos al mismo estado que los

trescientos millones de Chinos cuando algunas tribus guerreras de la

Mongolia se apoderaron en el siglo XIII del imperio. Los emperadores

mongoles respetaron las costumbres de los Chinos, pero les prohibieron

las armas. Al cabo de un siglo, aproximadamente, los vencidos tramaron

una conjura asombrosa, casi increíble, y en un día determinado

degollaron á las pequeñas guarniciones de soldados que los mongoles

sostenan en todas las ciudades del imperio.

A nosotros no nos quedaría este recurso, porque, ¿cómo hallar en Europa

el disimulo y el sigilo necesarios para tamaña conspiración?

Apartemos de la imaginación estas visiones apocalípticas que jamás han

de tener realidad. Pensemos más bien que Alemania con la copiosa sangria

y el ayuno regenerador á que se halla sometida recobrará la razón y

volverá á ser por dicha suya la nación tranquila de filósofos poetas y

músicos que tanto hemos admirado siempre.

El ídolo científico

Aquella vieja historia, que aprendimos en la niñez, de un pueblo

caminando por el desierto, guiado por una nube de fuego, es el símbolo

representativo de la marcha de la Humanidad sobre la tierra.

¿No recordáis cuántas veces aquel pueblo, desprendiéndose del único

verdadero Dios, volvió la espalda á su caudillo y se dejó caer en los

brazos de una inmunda idolatría? Seguid los pasos del género humano al

través de la Historia y veréis repetido constantemente el mismo triste

acto de deslealtad. El fanatismo, la superstición, la idolatría nos

acechan siempre en nuestra peregrinación y nos tienden lazos que no

podemos evitar.

La presente guerra ha puesto de manifiesto uno de los más funestos en

que ha caído nuestra pobre Humanidad.

Los admirábamos, sí; admirábamos á esos sabios que nos hablaban de las

moléculas como si toda la vida hubieran bailado con ellas; que nos

contaban sus secretos más íntimos y nos dejaban entrever con palabras

falaces, como la serpiente del Paraíso, que se hallaba cercano el día en

que sería nuestra toda la ciencia del bien y del mal.

¡Quién se acuerda de Dios! ¡Quién habla de la inmortalidad! Abrid

cualquier libro germano de los últimos tiempos, y en medio de sus

análisis minuciosos consagrados á cualquier especialidad de la ciencia

os sorprenderá un ataque furioso, intempestivo, contra lo que estos

sabios llaman «degradación teológica», una llamarada de odio contra la

superstición teísta.

No existe más que una divinidad: la Verdad científica. Si en vez de

rendirle culto y adoración corremos á postrarnos ante los altares del

vetusto Dios de nuestros padres, los sabios modernos nos amenazan con la

eterna condenación intelectual. El magnífico edificio de las ciencias

físicas debe sustituir al ruinoso caserón de la teología. Todas nuestras

creencias y nuestras esperanzas son puro subjetivismo. Hay que guardarse

de la fe como de una enfermedad contagiosa. Creer algo que no sea

evidente para nuestra razón es pecar abiertamente contra ella. La fe en

Dios y en la inmortalidad, sin que exista prueba alguna que la

justifique, es procurarse un placer culpable, es una profunda

inmoralidad.

El viejo Haekel, el sabio más famoso de la Alemania moderna, nos invita

á adorar el éter cósmico. De él sale todo, á él vuelve todo. Postrémonos

de rodillas y cantemos: ¡Santo, Santo inmortal!

¿Por qué reirnos entonces de aquellos pobres negros que adoraban las

cebollas? Dentro de una cebolla se efectúan admirables y misteriosas

operaciones químicas que repiten las del éter cósmico. Mejor dicho, el

éter impalpable, indivisible, se encuentra allí presente todo él.

Parece que á los hombres nos atrae irresistiblemente la embriaguez. Nos

indignan los límites. Es necesario apurarlo todo, y si no es así no

estamos contentos. ¿Qué fué la escolástica sino una embriaguez producida

por la lógica? ¿Qué fué la revolución francesa sino una embriaguez

igualitaria? ¿Qué fué el romanticismo más que una embriaguez

sentimental? Pues ahora vivimos en plena borrachera científica.

Hay que buscar la técnica; ante todo, la técnica. Las matemáticas puras

nos dan la técnica de la medida: la Física, la técnica de las máquinas;

la Química, las prodigiosas transformaciones de la industria. El

conocimiento científico de las costumbres nos dará una moral científica.

La moral tradicional ha muerto; en su lugar queda la moral técnica.

De esta borrachera técnica participa hoy todo el mundo civilizado. Sin

embargo, los principalmente atacados han sido los alemanes. Y han

demostrado que tienen peor el vino que todos los demás.

Es un hecho bastante general que el alcohol produce una transformación

del carácter. Un hombre taciturno, díscolo, suele convertirse, cuando ha

ingerido una razonable cantidad de vino, en un alegre compadre tierno y

afectuoso que os abraza, os soba y os deja los hombros llenos de

lágrimas y baba. Por el contrario, los sujetos más tímidos e inofensivos

así que lo prueban adquieren un humor guerrero, intemperante, enseñan

los puños y desafían á todo el mundo.

Pues otro tanto ha sucedido ahora con las naciones. Francia, que ha sido

siempre un país belicoso, bajo el influjo de la embriaguez científica se

ha tornado humanitaria y pacifista. Alemania, aquella sencilla y

bonachona Alemania de los comienzos del siglo XIX, que hacía derramar

lágrimas de ternura á la sensible madame Stael, se ha transformado en

una nación agresiva y provocadora.

Esta radical transformación me trae á la memoria el caso de un

condiscípulo que tuve en el Instituto. Era en los primeros años un

muchacho aplicadísimo, formal, pacífico, modelo de estudiantes. Evitaba

con cuidado las disputas. Cuando algunos de nosotros veníamos á las

manos se le veía ponerse serio y apartarse lo más posible del teatro de

la lucha.

Pues bien; cierto día, minutos antes de entrar en clase, el peor que

teníamos en ella, un chico turbulento y díscolo, á quien todos temíamos,

comenzó á burlarse de él con la mayor ferocidad. Y no sólo le prodigó

los sarcasmos más soeces, sino que llegó á propasarse á vías de hecho

derribándole el sombrero cada vez que se lo ponía. Nosotros

presenciábamos la escena, con pena unos, otros con regocijo, según el

corazón de cada cual. El pobre chico, silencioso y pálido, recogía su

sombrero del suelo y trataba de apartarse de aquel sitio. Pero el otro

no se lo consentía, repitiendo su chiste con creciente alborozo. Al fin

le vimos ponerse tan pálido que daba miedo, y repentinamente se arrojó

sobre su agresor con ímpetu irresistible, le volcó en tierra, se montó

luego sobre él y le aplicó tantos y tan buenos puñetazos en el rostro

que no tardamos en verlo ensangrentado.

A los pocos días de realizada esta hazaña, sin motivo aparente, desafió

á otro de los más pendencieros y le venció igualmente. Desde entonces

aquel muchacho, tan dócil y simpático, sin dejar de aplicarse al

estudio, se convirtió en un insufrible bravucón de quien todos huíamos.

Algo semejante les ha ocurrido á esos sabios con gafas de la Alemania.

No hay nada más repulsivo que un pacífico transformado en matón de la

noche á la mañana.

No hace muchos días se produjo cierta alarma en esta tranquila región.

Corrió por el pueblo la noticia de que un hombre sospechoso venía

atravesando el bosque en bicicleta, y se dijo que era un prisionero

evadido. Comenzó á funcionar el teléfono entre estas aldeas. Por fin, de

una de las más próximas se notificó su paso, y un grupo de vecinos,

salió de aquí con ánimo de detenerle. Así acaeció punto por punto.

El fugitivo era, en efecto, un oficial alemán, venía en mangas de

camisa, gastaba gafas (¿cómo no?) y tenía una fina cabeza inteligente.

Se dejó detener sin hacer resistencia alguna, se le condujo al

Ayuntamiento y allí fuimos á verle muchos, empujados por la curiosidad.

Hablaba correctamente el francés y bastante bien el español. Le

dirigimos la palabra, mientras llegaban los gendarmes enviados á buscar,

y nos respondió con la fría altivez y el tono de superioridad tan

frecuente hoy entre los germanos. Porque éstos han llegado á persuadirse

de que no existe ciencia, ni cultura, ni siquiera sentido común, más que

en Alemania. Uno de los señores que allí se encontraban se atrevió á

entrar con él en explicaciones acerca de los fines de la guerra. El

prisionero no titubeó en decirnos que la victoria de Alemania era

cierta, y con ella ganaría mucho el género humano.

--¿En qué se funda usted para suponer esto último?--le pregunté yo,

picado de curiosidad.

--Me fundo--respondió--en que Alemania es el único país organizado

actualmente. En los demás existen elementos de cultura muy valiosos, es

cierto pero dispersos. Les falta esa eficaz unidad, sin la cual la mayor

parte de las veces permanecen estériles. Lo mismo en la guerra que en la

paz, lo mismo en la ciencia que en el arte, necesitan ustedes una

cohesión, una disciplina que sólo la preponderancia de Alemania es capaz

de dar. No pueden ustedes ver las cosas de una manera continua é

intelectual, ni dar de ellas la explicación verdaderamente científica,

porque trabajan ustedes desordenadamente. Son esfuerzos aislados,

subjetivos, producto de la iniciativa individual que sólo engendran

resultados superficiales.

--Esos esfuerzos aislados--le repliqué--han producido, sin embargo, toda

la ciencia y todo el arte que han existido y existen sobre nuestro

planeta. Ni Platón, ni Aristóteles, ni Shakespeare, ni Cervantes, ni

Kepler, ni Galileo han necesitado de vuestra férrea organización para

arrancar de este mundo tesoros de verdad y belleza. ¿Qué significa esa

disciplina científica? ¿Por ventura quieren ustedes poner uniforme á los

sabios y los poetas? Yo no veo ventaja alguna en que Pasteur se hubiera

puesto á realizar sus experiencias á toque de corneta ó que Anatole

France necesite para escribir sus libros tomar la orden del comandante

general de la región.

Chispearon de cólera los ojos del prisionero, como si le hubieran

pinchado, y en términos no muy corteses me dió á entender que yo no

estaba autorizado para contradecirle, «mucho menos siendo español».

Siguió platicando con los otros señores, que no lograron irritar sus

nervios tanto como yo. No obstante, como uno de ellos reprocharse á los

alemanes las crueldades que habían cometido en Bélgica y en el norte de

Francia, le replicó con sonrisa sarcástica:

--Ese reproche indica que no existe todavía en Francia un espíritu

verdaderamente científico. Para determinar el bien y el mal de las cosas

es necessario huir de los conceptos _à priori_ y comprender que todo,

absolutamente todo, depende de los resultados experimentales. La

disciplina científica nos obliga á pensar que sólo una sistematización

de los hechos nos dará la verdad exacta, nunca las especulaciones de la

imaginación individual. La guerra es, para ustedes, una aventura; para

nosotros, un teorema. Miramos al resultado y lo desenvolvemos

inflexiblemente. La guerra más cruel es necesariamente la más corta.

--¡Me alegro muchísimo--exclamé yo--de no ser hombre de ciencia! Es

preferible morir en una crasa ignorancia á llevar la conciencia cargada

con actos de crueldad. Los aquí presentes somos cristianos, y en cada

uno de nuestros semejantes vemos la imagen de Dios, no carneros ó bueyes

que deben sacrificarse para que existan los otros. Y el más grande

filósofo que ustedes han tenido, Emanuel Kant, ha dicho admirablemente

que «jamás debemos tomar un ser humano como medio, sino como fin».

--Son sutilezas de filósofos, antiguallas metafísicas, en las cuales

ningún espíritu positivo puede ya creer--replicó sin dejar de sonreir--.

Nuestros actos de crueldad han sido y son absolutamente necesarios, como

los términos de un teorema, y tienen una explicación satisfactoria

porque es científica.

--¿Quiere usted decir qué son asesinatos científicos?

Me dirigió una larga mirada de ira y desprecio y me volvió la espalda.

No sentí por ello escozor alguno. Lo único que sentiría en este mundo es

que me volviesen la espalda los hombres honrados y compasivos.

De esta conversación, como de todo lo que vengo leyendo y averiguando he

sacado la convicción de que los aliados nada adelantarán arrancando á

estos hombres sus cañones si no les arrancan antes sus ideas.

La religión de Francia

La irreligión de la Francia es el tópico que más se beneficia hoy por

sus enemigos. Un fraile á quien yo daba cuenta en España del gran

movimiento religioso que aquí se ha operado con motivo de la guerra me

decía:

--Sí; se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena.

--¿Por ventura en España se acuerdan los hombres de ella cuando el cielo

está azul?--le respondí--Porque yo observo que la gran mayoría de ellos

no piensa en el otro mundo sino cuando va á despedirse de este, cuando

las mujeres de su casa ó de la vecindad le meten un sacerdote en la

alcoba y le dicen con más o menos circunloquios:

--Prepárate, que vas á morir.

--¡Oh! en España se llenan los templos de gente que es cosa para alabar

á Dios.

--Sí, de mujeres. Cuando voy por la mañana á la iglesia advierto que

sólo un hombre se acerca á tomar la comunión por cada treinta o cuarenta

mujeres. Parece como si los españoles encomendásemos á la mujer el

negociado de la religión, como le tenemos encomendada la cocina y el

planchado de la ropa.

Verdad que lleva á cabo aquella tarea con una diligencia y perfección

que no suele poner en ésta. Es verdaderamente asombroso el ardor con que

muchas señoras acuden al templo á todas horas del día. He llegado á

imaginar que para ciertas almas timoratas Dios es un Luis XIV que

constantemente necesita ser adulado. Corren á la novena y á las Cuarenta

Horas como los cortesanos de Versalles se apresuraban á ir al «dîner du

roi» y al «coucher du roi». Hay señora que va á comulgar con tres o

cuatro escapularios colgados al cuello, y si por casualidad se le olvida

alguno en casa, se acerca temblorosa á la sagrada mesa temiendo que

Nuestro Señor se enoje porque no se presenta con todas sus

condecoraciones.

Pero los espíritus que toman en serio la religión observan con dolor que

la verdadera, la esclarecida fe es patrimonio de muy pocos. Tenemos

costumbre de achacarlo á la corrupción de los tiempos; pero no es así.

Hay muchas personas sinceras que se extasían hablando del fervor de los

tiempos antiguos. Sin embargo, entonces, como ahora, las almas que se

inclinaban á lo Eterno eran muy contadas. Había más devoción aparente,

más hipocresía; pero eran muchos más los que amaban la tierra que el

cielo.

* * * * *

En realidad, los hombres se han dividido siempre en paganos y

cristianos, lo mismo antes que después de Jesucristo. Los primeros son

los que suponen que hemos nacido para gozar; los segundos, los que creen

que hemos nacido para trabajar y sufrir. Se trata únicamente de un

concepto de la vida. Pagano y bien pagano era César Borgia, aunque

cardenal de la Iglesia católica, y lo eran sus malvados secuaces y toda

la Corte del Pontífice Alejandro VI, y los cardenales que se comieron

cien bandejas de confites en la boda de Lucrecia Borgia y bailaron con

sus damas y con las de la Princesa de Squilache, según cuenta ésta en

carta sacada á luz recientemente por nuestro sabio compatriota el

marqués de Laurencin. Cristianos fueron Sócrates, Leónidas, Régulo,

Séneca, los Gracos, Paulina, Terencia y todos los mártires ignorados de

la antigüedad, cuyos nombres no han llegado hasta nosotros. No hay que

olvidar la hermosa sentencia de San Anselmo: «Siendo Cristo la verdad y

la justicia, todo el que muera por la verdad y la justicia, aunque no

crea en Cristo, muere por Cristo.»

Pero aquellos paganos pueden, en algunos supremos instantes de la vida,

transformarse en cristianos. Todos los hombres nacemos empapados en fe.

En cuanto se abre una pequeña puerta en nuestro corazón la religión se

precipita dentro. Por eso vemos que muchos grandes pecadores bajo el

golpe de la Gracia se convierten en fervorosos cristianos. La misma

Lucrecia Borgia que he mentado hacía vida ejemplar en Ferrara los

últimos años de su vida, llevaba siempre cilicio y murió en la opinión

de santa.

La guerra injusta; cartas de un español · 第 5 / 7 段