ocupado por el enemigo. Fuimos doce hombre con el teniente. Ocultándonos
unas veces como conejos, saltando otras como cabras, recorrimos bastante
espacio sin ser descubiertos. Al salir de un bosquete observamos con
sorpresa que faltaba de los nuestros un hombre. Era Tabourin. El
teniente, estupefacto, pues no había sonado un tiro, se detuvo, ordenó á
dos soldados volver los pasos atrás y buscarlo. Al poco rato volvieron
sin haberle descubierto. Seguimos con mayor cautela aun nuestro
reconocimiento, pues nos hallábamos materialmente entre las filas del
enemigo. De pronto, al trasponer una pequeña quebrabura del terreno,
percibimos debajo de nosotros á dos soldados que hablaban animadamente.
Un soldado era alemán, el otro francés. Al divisarnos el alemán se dió á
la fuga. El teniente, pensando lógicamente que se trataba de un
peligroso espía, ordenó que hiciésemos fuego, á sabiendas de ser
descubiertos. El alemán cayó á los pocos pasos acribillado por nuestras
balas.
Entonces el teniente, loco de furor, con la faz inyectada, avanzó sobre
Tabourin empuñando el revólver:
--¡Maldito perro! ¡Miserable! ¡Traidor!
Tabourin dejó caer el fusil, y con sorprendente tranquilidad abrió los
brazos para recibir el tiro. La misma sonrisa enigmática y sardónica
contraía sus labios.
Recibió el tiro en medio del pecho. Cayó de bruces con los brazos
abiertos todavía, como si fuese á besar aquella tierra que tanto amaba.
Fuimos descubiertos; se nos persiguió de cerca; perdimos tres hombres;
yo fuí herido también, pero logré arrastrarme hasta nuestras trincheras,
donde fuí recogido por los míos.
Algunos días después--añadió el amable inválido sonriendo--mi pobre
pierna se fué á pudrir en el cementerio de la aldea, donde estaba la
ambulancia, y yo me vine á París á pudrir á ustedes y á otros con mis
aventuras militares.»
--¿Está usted persuadido de que Tabourin era un traidor?--pregunté yo
impresionado por aquel relato.
--Estoy persuadido de todo lo contrario. Mi opinión es que el soldado
alemán era un sabio entomólogo como él, y que ambos se habían encontrado
persiguiendo una mariposa y se hallaban abstraídos charlando de su
ciencia.
Los dos ideales
La Europa no atravesó un momento más crítico después de la caída del
Imperio de Occidente. El vulgo supone que la presente es una guerra de
comerciantes: no sabe que lo que está en litigio es el concepto del
Estado y el concepto mismo de la vida.
Luchan actualmente el ideal germano y el latino. El primero nutrido en
otros tiempos por el panteísmo idealista, cayendo después en el
pesimismo y por fin en el monismo materialista, es hoy francamente
anticristiano. Sus directores invocan, es cierto, el nombre de Dios;
pero entiéndase que es un dios alemán con un Estado Mayor infalible y
cañones de infinito alcance; un nuevo Jehova que se deleita escuchando
los gritos de dolor de los enemigos de su pueblo.
La moral germana ha subvertido la antigua escala de los valores, de
acuerdo con el pensamiento de su último filósofo, Federico Nietzsche.
Los buenos son los fuertes y los malos los débiles. No hay más que un
instinto primordial al cual debemos obedecer, el de aumentar nuestra
fuerza. Esta es la ley fundamental de la existencia. La moral es una
invención humana; Dios, el bien, la verdad, fantasmas creados por
nuestra imaginación. No hay más que una realidad natural, la vida. El
individuo sano y fuerte que ama la vida es el único digno de vivir. El
que busca el bien y la verdad por ellos mismos y no por amor á la vida
es un degenerado.
No se crea que estos principios se encuentran expuestos en tal ó cual
pensador aislado de Alemania. Unas veces velados, otras ostensibles,
aparecen en muchos de los libros que allí se publican de algunos años á
esta parte. Léase con cuidado el manifiesto con que sus intelectuales
han pretendido excusar la invasión de la Bélgica y la destrucción de sus
ciudades y se verán latir dentro de él.
El concepto del Estado germano responde á este concepto de la vida. Así
como el individuo debe subordinar todos sus instintos al primordial de
aumentar su fuerza para que la vida sea cada vez más exuberante, así la
totalidad de estos mismos individuos se debe subordinar á la vida del
Estado para que esta sea cada vez más fuerte y dominadora. Resucita la
idea espartana. Las naciones como los individuos, son dignas de vivir
unas y otras de morir. Nosotros, los latinos, cuyo instinto vital ha
disminuido, somos decadentes, impotentes, y debemos dejar el paso libre
á la raza germana, cuya vida se halla en progreso y representa lo más
alto y espléndido de la humanidad.
No se engañen los germanófilos españoles: Se quejan de las heridas que
alguna vez les ha causado la vanidad francesa. Son celos y reyertas
entre hermanos. Pero el desprecio alemán es mucho más sincero y por lo
mismo más humillante. La Alemania contempla á nuestra España con la fría
indiferencia con que el naturalista estudia á un insecto.
Sin embargo, no cometeré la injusticia de suponer que todos los alemanes
participan de estas ideas. En Alemania tengo amigos excelentes que
abominan de ellas tanto como yo; pero no puede negarse que se hallan
esparcidas en su país, y sobre todo que sus directores, tanto los
hombres de acción como los intelectuales, secreta ó manifiestamente las
honran y las aprueban.
Estamos acostumbrados á ver la Alemania en su época gloriosa de fines
del siglo XVIII, cuando era el emporio de las grandes ideas y los nobles
sentimientos. Al pronunciar el nombre de esta nación acuden á nuestra
memoria los nombres de Goethe y Schiller, de Lessing, de Wieland, de
Kant, Fichte, Juan Pablo Richter, Schelling, etc; nos representamos
aquella sociedad reducida y eminente que tanto semejó á la de Atenas.
Mas, ¡ay! la Alemania actual poco la recuerda. Existen sabios muy
notables, investigadores concienzudos, pero no poetas y metafísicos
inspirados. La ciencia parece subordinada á la industria, la filosofía á
la gloria militar.
Recuerdo que poco después de su resonante victoria sobre Francia, siendo
yo casi un niño, visité con mi padre una gran fábrica española donde
había algunos ingenieros alemanes. Después de comer y hallándonos de
sobremesa, uno de estos ingenieros (que se llamaba Jacobi como el amable
filósofo amigo de Goethe) se puso á enumerar con orgullosa
satisfacción los productos que su país fabricaba y exportaba á las demás
naciones. Cuando terminó su larga lista hizo una pausa y añadió
sonriendo:--«Y por fin exportamos la filosofía.»
¿Que quiere esto decir si no que los alemanes ya no miran á sus grandes
filósofos más que como ruinas venerables propias para excitar la
curiosidad del extranjero?
Los alemanes no creen en sus filósofos como los japoneses no creen en
sus ídolos. Los enseñan sonrientes á los turistas, los exportan al
extranjero como nosotros los españoles exportamos los _cantaores
flamencos_.
Los latinos, los eslavos y anglo-sajones, más retrasados sin duda en la
evolución biológica, todavía no hemos alcanzado la serenidad olímpica
que caracteriza actualmente á los germanos. Su emperador no se siente
conmovido por los millares de hombres que todos los días envía á la
muerte. Si nosotros, enfrente de esos campos de batalla donde corre la
sangre á torrentes, nos sentimos atacados de una inmensa melancolía, el
Kaiser semejante á Jupiter, padre de los dioses, sacude su bigote
oloroso y sonríe á nuestra pueril debilidad. Sus olímpicos generales han
averiguado que la guerra es una necesidad biológica y el único medio de
que la raza de los efímeros no degenere.
Los anticuados latinos seguimos pensando que el bien y la verdad deben
buscarse por si mismos, no para aumentar nuestra vitalidad. Entre
nosotros hasta los incrédulos son cristianos, porque no hay quien dude
de que la caridad es la más alta de las virtudes. Nosotros pensamos que
el respeto á los débiles, la piedad y compasión no son sentimientos
debilitantes si no confortantes y que lo que hace verdaderamente
degenerar al nombre es el poder ilimitado. Tiberio, Neron y Domiciano,
esos tres monstruos vergüenza del género humano, fueron excelentes
personas antes de subir al trono.
En fin, si los germanos triunfasen el ideal cristiano no perecería,
porque «las puertas del infierno jamás prevalecerán contra él» pero
sufriría un eclipse.
Para sostener su hegemonía necesitaría Alemania y Austria, no sólo
continuar sus armamentos y mantenerse en pie de guerra sino impedir por
la fuerza que las demás naciones se armasen. Los trescientos millones
restantes de europeos quedariamos reducidos al mismo estado que los
trescientos millones de Chinos cuando algunas tribus guerreras de la
Mongolia se apoderaron en el siglo XIII del imperio. Los emperadores
mongoles respetaron las costumbres de los Chinos, pero les prohibieron
las armas. Al cabo de un siglo, aproximadamente, los vencidos tramaron
una conjura asombrosa, casi increíble, y en un día determinado
degollaron á las pequeñas guarniciones de soldados que los mongoles
sostenan en todas las ciudades del imperio.
A nosotros no nos quedaría este recurso, porque, ¿cómo hallar en Europa
el disimulo y el sigilo necesarios para tamaña conspiración?
Apartemos de la imaginación estas visiones apocalípticas que jamás han
de tener realidad. Pensemos más bien que Alemania con la copiosa sangria
y el ayuno regenerador á que se halla sometida recobrará la razón y
volverá á ser por dicha suya la nación tranquila de filósofos poetas y
músicos que tanto hemos admirado siempre.
El ídolo científico
Aquella vieja historia, que aprendimos en la niñez, de un pueblo
caminando por el desierto, guiado por una nube de fuego, es el símbolo
representativo de la marcha de la Humanidad sobre la tierra.
¿No recordáis cuántas veces aquel pueblo, desprendiéndose del único
verdadero Dios, volvió la espalda á su caudillo y se dejó caer en los
brazos de una inmunda idolatría? Seguid los pasos del género humano al
través de la Historia y veréis repetido constantemente el mismo triste
acto de deslealtad. El fanatismo, la superstición, la idolatría nos
acechan siempre en nuestra peregrinación y nos tienden lazos que no
podemos evitar.
La presente guerra ha puesto de manifiesto uno de los más funestos en
que ha caído nuestra pobre Humanidad.
Los admirábamos, sí; admirábamos á esos sabios que nos hablaban de las
moléculas como si toda la vida hubieran bailado con ellas; que nos
contaban sus secretos más íntimos y nos dejaban entrever con palabras
falaces, como la serpiente del Paraíso, que se hallaba cercano el día en
que sería nuestra toda la ciencia del bien y del mal.
¡Quién se acuerda de Dios! ¡Quién habla de la inmortalidad! Abrid
cualquier libro germano de los últimos tiempos, y en medio de sus
análisis minuciosos consagrados á cualquier especialidad de la ciencia
os sorprenderá un ataque furioso, intempestivo, contra lo que estos
sabios llaman «degradación teológica», una llamarada de odio contra la
superstición teísta.
No existe más que una divinidad: la Verdad científica. Si en vez de
rendirle culto y adoración corremos á postrarnos ante los altares del
vetusto Dios de nuestros padres, los sabios modernos nos amenazan con la
eterna condenación intelectual. El magnífico edificio de las ciencias
físicas debe sustituir al ruinoso caserón de la teología. Todas nuestras
creencias y nuestras esperanzas son puro subjetivismo. Hay que guardarse
de la fe como de una enfermedad contagiosa. Creer algo que no sea
evidente para nuestra razón es pecar abiertamente contra ella. La fe en
Dios y en la inmortalidad, sin que exista prueba alguna que la
justifique, es procurarse un placer culpable, es una profunda
inmoralidad.
El viejo Haekel, el sabio más famoso de la Alemania moderna, nos invita
á adorar el éter cósmico. De él sale todo, á él vuelve todo. Postrémonos
de rodillas y cantemos: ¡Santo, Santo inmortal!
¿Por qué reirnos entonces de aquellos pobres negros que adoraban las
cebollas? Dentro de una cebolla se efectúan admirables y misteriosas
operaciones químicas que repiten las del éter cósmico. Mejor dicho, el
éter impalpable, indivisible, se encuentra allí presente todo él.
Parece que á los hombres nos atrae irresistiblemente la embriaguez. Nos
indignan los límites. Es necesario apurarlo todo, y si no es así no
estamos contentos. ¿Qué fué la escolástica sino una embriaguez producida
por la lógica? ¿Qué fué la revolución francesa sino una embriaguez
igualitaria? ¿Qué fué el romanticismo más que una embriaguez
sentimental? Pues ahora vivimos en plena borrachera científica.
Hay que buscar la técnica; ante todo, la técnica. Las matemáticas puras
nos dan la técnica de la medida: la Física, la técnica de las máquinas;
la Química, las prodigiosas transformaciones de la industria. El
conocimiento científico de las costumbres nos dará una moral científica.
La moral tradicional ha muerto; en su lugar queda la moral técnica.
De esta borrachera técnica participa hoy todo el mundo civilizado. Sin
embargo, los principalmente atacados han sido los alemanes. Y han
demostrado que tienen peor el vino que todos los demás.
Es un hecho bastante general que el alcohol produce una transformación
del carácter. Un hombre taciturno, díscolo, suele convertirse, cuando ha
ingerido una razonable cantidad de vino, en un alegre compadre tierno y
afectuoso que os abraza, os soba y os deja los hombros llenos de
lágrimas y baba. Por el contrario, los sujetos más tímidos e inofensivos
así que lo prueban adquieren un humor guerrero, intemperante, enseñan
los puños y desafían á todo el mundo.
Pues otro tanto ha sucedido ahora con las naciones. Francia, que ha sido
siempre un país belicoso, bajo el influjo de la embriaguez científica se
ha tornado humanitaria y pacifista. Alemania, aquella sencilla y
bonachona Alemania de los comienzos del siglo XIX, que hacía derramar
lágrimas de ternura á la sensible madame Stael, se ha transformado en
una nación agresiva y provocadora.
Esta radical transformación me trae á la memoria el caso de un
condiscípulo que tuve en el Instituto. Era en los primeros años un
muchacho aplicadísimo, formal, pacífico, modelo de estudiantes. Evitaba
con cuidado las disputas. Cuando algunos de nosotros veníamos á las
manos se le veía ponerse serio y apartarse lo más posible del teatro de
la lucha.
Pues bien; cierto día, minutos antes de entrar en clase, el peor que
teníamos en ella, un chico turbulento y díscolo, á quien todos temíamos,
comenzó á burlarse de él con la mayor ferocidad. Y no sólo le prodigó
los sarcasmos más soeces, sino que llegó á propasarse á vías de hecho
derribándole el sombrero cada vez que se lo ponía. Nosotros
presenciábamos la escena, con pena unos, otros con regocijo, según el
corazón de cada cual. El pobre chico, silencioso y pálido, recogía su
sombrero del suelo y trataba de apartarse de aquel sitio. Pero el otro
no se lo consentía, repitiendo su chiste con creciente alborozo. Al fin
le vimos ponerse tan pálido que daba miedo, y repentinamente se arrojó
sobre su agresor con ímpetu irresistible, le volcó en tierra, se montó
luego sobre él y le aplicó tantos y tan buenos puñetazos en el rostro
que no tardamos en verlo ensangrentado.
A los pocos días de realizada esta hazaña, sin motivo aparente, desafió
á otro de los más pendencieros y le venció igualmente. Desde entonces
aquel muchacho, tan dócil y simpático, sin dejar de aplicarse al
estudio, se convirtió en un insufrible bravucón de quien todos huíamos.
Algo semejante les ha ocurrido á esos sabios con gafas de la Alemania.
No hay nada más repulsivo que un pacífico transformado en matón de la
noche á la mañana.
No hace muchos días se produjo cierta alarma en esta tranquila región.
Corrió por el pueblo la noticia de que un hombre sospechoso venía
atravesando el bosque en bicicleta, y se dijo que era un prisionero
evadido. Comenzó á funcionar el teléfono entre estas aldeas. Por fin, de
una de las más próximas se notificó su paso, y un grupo de vecinos,
salió de aquí con ánimo de detenerle. Así acaeció punto por punto.
El fugitivo era, en efecto, un oficial alemán, venía en mangas de
camisa, gastaba gafas (¿cómo no?) y tenía una fina cabeza inteligente.
Se dejó detener sin hacer resistencia alguna, se le condujo al
Ayuntamiento y allí fuimos á verle muchos, empujados por la curiosidad.
Hablaba correctamente el francés y bastante bien el español. Le
dirigimos la palabra, mientras llegaban los gendarmes enviados á buscar,
y nos respondió con la fría altivez y el tono de superioridad tan
frecuente hoy entre los germanos. Porque éstos han llegado á persuadirse
de que no existe ciencia, ni cultura, ni siquiera sentido común, más que
en Alemania. Uno de los señores que allí se encontraban se atrevió á
entrar con él en explicaciones acerca de los fines de la guerra. El
prisionero no titubeó en decirnos que la victoria de Alemania era
cierta, y con ella ganaría mucho el género humano.
--¿En qué se funda usted para suponer esto último?--le pregunté yo,
picado de curiosidad.
--Me fundo--respondió--en que Alemania es el único país organizado
actualmente. En los demás existen elementos de cultura muy valiosos, es
cierto pero dispersos. Les falta esa eficaz unidad, sin la cual la mayor
parte de las veces permanecen estériles. Lo mismo en la guerra que en la
paz, lo mismo en la ciencia que en el arte, necesitan ustedes una
cohesión, una disciplina que sólo la preponderancia de Alemania es capaz
de dar. No pueden ustedes ver las cosas de una manera continua é
intelectual, ni dar de ellas la explicación verdaderamente científica,
porque trabajan ustedes desordenadamente. Son esfuerzos aislados,
subjetivos, producto de la iniciativa individual que sólo engendran
resultados superficiales.
--Esos esfuerzos aislados--le repliqué--han producido, sin embargo, toda
la ciencia y todo el arte que han existido y existen sobre nuestro
planeta. Ni Platón, ni Aristóteles, ni Shakespeare, ni Cervantes, ni
Kepler, ni Galileo han necesitado de vuestra férrea organización para
arrancar de este mundo tesoros de verdad y belleza. ¿Qué significa esa
disciplina científica? ¿Por ventura quieren ustedes poner uniforme á los
sabios y los poetas? Yo no veo ventaja alguna en que Pasteur se hubiera
puesto á realizar sus experiencias á toque de corneta ó que Anatole
France necesite para escribir sus libros tomar la orden del comandante
general de la región.
Chispearon de cólera los ojos del prisionero, como si le hubieran
pinchado, y en términos no muy corteses me dió á entender que yo no
estaba autorizado para contradecirle, «mucho menos siendo español».
Siguió platicando con los otros señores, que no lograron irritar sus
nervios tanto como yo. No obstante, como uno de ellos reprocharse á los
alemanes las crueldades que habían cometido en Bélgica y en el norte de
Francia, le replicó con sonrisa sarcástica:
--Ese reproche indica que no existe todavía en Francia un espíritu
verdaderamente científico. Para determinar el bien y el mal de las cosas
es necessario huir de los conceptos _à priori_ y comprender que todo,
absolutamente todo, depende de los resultados experimentales. La
disciplina científica nos obliga á pensar que sólo una sistematización
de los hechos nos dará la verdad exacta, nunca las especulaciones de la
imaginación individual. La guerra es, para ustedes, una aventura; para
nosotros, un teorema. Miramos al resultado y lo desenvolvemos
inflexiblemente. La guerra más cruel es necesariamente la más corta.
--¡Me alegro muchísimo--exclamé yo--de no ser hombre de ciencia! Es
preferible morir en una crasa ignorancia á llevar la conciencia cargada
con actos de crueldad. Los aquí presentes somos cristianos, y en cada
uno de nuestros semejantes vemos la imagen de Dios, no carneros ó bueyes
que deben sacrificarse para que existan los otros. Y el más grande
filósofo que ustedes han tenido, Emanuel Kant, ha dicho admirablemente
que «jamás debemos tomar un ser humano como medio, sino como fin».
--Son sutilezas de filósofos, antiguallas metafísicas, en las cuales
ningún espíritu positivo puede ya creer--replicó sin dejar de sonreir--.
Nuestros actos de crueldad han sido y son absolutamente necesarios, como
los términos de un teorema, y tienen una explicación satisfactoria
porque es científica.
--¿Quiere usted decir qué son asesinatos científicos?
Me dirigió una larga mirada de ira y desprecio y me volvió la espalda.
No sentí por ello escozor alguno. Lo único que sentiría en este mundo es
que me volviesen la espalda los hombres honrados y compasivos.
De esta conversación, como de todo lo que vengo leyendo y averiguando he
sacado la convicción de que los aliados nada adelantarán arrancando á
estos hombres sus cañones si no les arrancan antes sus ideas.
La religión de Francia
La irreligión de la Francia es el tópico que más se beneficia hoy por
sus enemigos. Un fraile á quien yo daba cuenta en España del gran
movimiento religioso que aquí se ha operado con motivo de la guerra me
decía:
--Sí; se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena.
--¿Por ventura en España se acuerdan los hombres de ella cuando el cielo
está azul?--le respondí--Porque yo observo que la gran mayoría de ellos
no piensa en el otro mundo sino cuando va á despedirse de este, cuando
las mujeres de su casa ó de la vecindad le meten un sacerdote en la
alcoba y le dicen con más o menos circunloquios:
--Prepárate, que vas á morir.
--¡Oh! en España se llenan los templos de gente que es cosa para alabar
á Dios.
--Sí, de mujeres. Cuando voy por la mañana á la iglesia advierto que
sólo un hombre se acerca á tomar la comunión por cada treinta o cuarenta
mujeres. Parece como si los españoles encomendásemos á la mujer el
negociado de la religión, como le tenemos encomendada la cocina y el
planchado de la ropa.
Verdad que lleva á cabo aquella tarea con una diligencia y perfección
que no suele poner en ésta. Es verdaderamente asombroso el ardor con que
muchas señoras acuden al templo á todas horas del día. He llegado á
imaginar que para ciertas almas timoratas Dios es un Luis XIV que
constantemente necesita ser adulado. Corren á la novena y á las Cuarenta
Horas como los cortesanos de Versalles se apresuraban á ir al «dîner du
roi» y al «coucher du roi». Hay señora que va á comulgar con tres o
cuatro escapularios colgados al cuello, y si por casualidad se le olvida
alguno en casa, se acerca temblorosa á la sagrada mesa temiendo que
Nuestro Señor se enoje porque no se presenta con todas sus
condecoraciones.
Pero los espíritus que toman en serio la religión observan con dolor que
la verdadera, la esclarecida fe es patrimonio de muy pocos. Tenemos
costumbre de achacarlo á la corrupción de los tiempos; pero no es así.
Hay muchas personas sinceras que se extasían hablando del fervor de los
tiempos antiguos. Sin embargo, entonces, como ahora, las almas que se
inclinaban á lo Eterno eran muy contadas. Había más devoción aparente,
más hipocresía; pero eran muchos más los que amaban la tierra que el
cielo.
* * * * *
En realidad, los hombres se han dividido siempre en paganos y
cristianos, lo mismo antes que después de Jesucristo. Los primeros son
los que suponen que hemos nacido para gozar; los segundos, los que creen
que hemos nacido para trabajar y sufrir. Se trata únicamente de un
concepto de la vida. Pagano y bien pagano era César Borgia, aunque
cardenal de la Iglesia católica, y lo eran sus malvados secuaces y toda
la Corte del Pontífice Alejandro VI, y los cardenales que se comieron
cien bandejas de confites en la boda de Lucrecia Borgia y bailaron con
sus damas y con las de la Princesa de Squilache, según cuenta ésta en
carta sacada á luz recientemente por nuestro sabio compatriota el
marqués de Laurencin. Cristianos fueron Sócrates, Leónidas, Régulo,
Séneca, los Gracos, Paulina, Terencia y todos los mártires ignorados de
la antigüedad, cuyos nombres no han llegado hasta nosotros. No hay que
olvidar la hermosa sentencia de San Anselmo: «Siendo Cristo la verdad y
la justicia, todo el que muera por la verdad y la justicia, aunque no
crea en Cristo, muere por Cristo.»
Pero aquellos paganos pueden, en algunos supremos instantes de la vida,
transformarse en cristianos. Todos los hombres nacemos empapados en fe.
En cuanto se abre una pequeña puerta en nuestro corazón la religión se
precipita dentro. Por eso vemos que muchos grandes pecadores bajo el
golpe de la Gracia se convierten en fervorosos cristianos. La misma
Lucrecia Borgia que he mentado hacía vida ejemplar en Ferrara los
últimos años de su vida, llevaba siempre cilicio y murió en la opinión
de santa.