De todos modos yo perdono á los literatos su impertinencia. Y si el

lector quiere perdonarlos también fácilmente, no tiene más que hacer lo

que yo: vivir alejado de ellos.

Un amigo mío, gran aficionado á los toros, me decía: «Me encantan las

corridas; pero detesto á los toreros. Si yo fuese un déspota como

Calígula, una vez terminada la fiesta los encerraría en la cárcel y no

los dejaría salir hasta la siguiente.» De igual manera encerremos á los

autores en la cárcel de sus libros y no los saquemos sino en los

momentos en que sintamos necesidad de ellos. Cuando estuve en París,

hace ya muchos años, pertenecían al número de los vivos Zola, Daudet,

Maupassant, Renan y Taine. A pesar de la grande admiración que me

inspiraban estos hombres no di un paso para ponerme en relación con

ellos. En cambio anduve no pocos para visitar en el cementerio las

tumbas de Alfredo Musset y de Balzac. Y puedo asegurar que me recibieron

con toda cordialidad y que no tuve motivo para quejarme de su

orgullo[1].

[Nota 1: Después de publicado este artículo en _El Imparcial_ he

tenido ocasión de conocer personalmente á algunos eminentes escritores

franceses que han sido para mi mucho más corteses y amables aun que

Musset y Balzac. Queda, pues, borrado por lo que á ellos se refiere

cuanto acabo de decir.]

Ni es caso de sorpresa que los artistas y literatos franceses se

disputen con encarnizamiento los rayos de sol de la gloria. Esta existe

realmente en Francia. Los artistas y literatos constituyen aquí la más

alta aristocracia social, y sin ser precedidos de líctores y fasces el

público les abre paso y les saluda con respeto. Pero en España no existe

ni nunca ha existido, aunque supongo que existirá con el tiempo, porque

no hemos de seguir siendo eternamente el pueblo más rústico de Europa.

Cuando recuerdo aquellos desdichados y famélicos literatos nuestros del

siglo XVIII, que pasaron su vida injuriándose, sin que el público

advirtiese siquiera su presencia, me acometen deseos de reir y llorar al

mismo tiempo.

Aquí, no sólo se disputan la gloria, pero también el dinero. Porque la

literatura vale dinero, aunque no tanto como por ahí se dice. Las

ganancias que realizan estos autores no pueden compararse con las que

obtienen sus colegas en Inglaterra y los Estados Unidos. Sin embargo, la

hay, y hay, sobre todo, mucha gloria. Por eso se lucha rabiosamente y se

hacen esfuerzos increíbles por conseguirla. Estos esfuerzos llegan á

veces hasta los últimos extravíos de lo ridículo. Un poeta anuncia en

los periódicos que el gallo que le inspiró su comedia se ha vendido en

cuatro mil francos. A este reclamo contesta otro poeta vaticinando que

tal día de tal mes, á las cuatro en punto de la tarde, morirá de muerte

natural en su propio lecho. Unos sonríen y se encogen de hombros al leer

estas cosas; pero otros quedan estupefactos, y este es el fin que se

persigue.

La notoriedad en Francia tiene tal valor, que se comprende bien lo que

Alejandro Dumas (hijo) decía de su padre: «Mi padre es tan glorioso,

que se disfrazaría con gusto de lacayo y se sentaría en la trasera del

coche con tal de que el público pensase que iba dentro.» Un joven

periodista me iniciaba estos días en el arte de adquirirla, en los

secretos de esta guerra submarina que los autores necesitan llevar á

cabo para bloquear y rendir á la opinión.

--Un artículo de M. D... cuesta tres mil francos--me decía--. Uno de M.

L... tres mil quinientos. El de M. F... no vale más que dos mil, porque

su periódico tiene menos circulación.

--¡Pero esos críticos deben vivir en la opulencia!--exclamé yo con

asombro.

--Esos críticos no perciben un céntimo de ese dinero.

--¡Cómo! ¿Entonces venden su pluma por el sueldo que les tienen asignado

en el periódico?

--Nada de eso. Si la vendieran perderían enteramente su crédito. No

tienen otra obligación que escribir acerca del libro que el director les

presenta delante. Son libres para decir lo que piensan de él, bueno o

malo.

--¿De modo que hay sujeto en Francia que entrega tres mil quinientos

francos porque le, llamen tonto en un periódico?

--Así es--replicó mi joven interlocutor--, porque aquí vale más ser un

tonto conocido que un genio ignorado.

Entonces no pude menos de pensar con patrio orgullo en los honrados

directores y propietarios de periódicos españoles que dejan el paso

libre en las columnas de sus diarios á toda clase de adjetivos

arrulladores sin cobrar un perro chico por la entrada.

Por estos datos podrá el lector inferir la enorme significación que aquí

tiene la literatura. Todo el mundo lee, le mismo el prócer que el

plebeyo, las damas y los caballeros. El número de librerías es

asombroso. En una de ellas tuve que hacer cola para comprar un libro. La

señorita del comercio donde compráis galletas ó corbatas os hablará de

las últimas producciones literarias con acierto y sagacidad

sorprendentes, y á veces tratará de nuestra literatura misma con mayor

conocimiento de ella que algunos millonarios españoles. Después de la

guerra, empobrecidos, agobiados por la desgracia, no les falta ni les

faltará dinero para comprar libros. Mientras la Casa Nelson no ha podido

continuar publicando obras españolas, aunque nosotros no tengamos que

soportar hasta ahora carga alguna extraordinaria, todos los meses da á

luz algunos volúmenes en lengua francesa.

Por eso, porque los literatos franceses están acostumbrados á que se les

mime y festeje en demasía, á que se conozcan por todo el mundo y se

transmitan á los últimos rincones sus palabras y sus gestos y hasta sus

estornudos por eso de vez en cuando ahuecan la voz y dejan escapar

algunas simplezas. La guerra ha sido ocasión para que se profieriesen

bastantes, hay que confesarlo. En una novela de Balzac, cierto noble

francés, que después de la guerra de la Vendée entra en su casa con el

cuerpo y el alma transidos de dolor por el egoísmo de algunos de sus

compañeros, se limita á decir con magnánima sencillez: «Todos los

barones no han cumplido con su deber.» De igual modo podemos decir

ahora: «Todos los escritores no han conservado su dignidad.» Se han

escrito y publicado muchas ridículas fanfarronadas, amenazas, frases de

mal gusto. Y es lo peor que todo esto se ha dicho sin emoción y sólo

para fijar las miradas del público. Esta es la plaga de la literatura

francesa. Pierden los literatos su iniciativa y la sagrada libertad,

para convertirse en lacayos de la opinión. Les llevamos sobre este

punto los que en España cultivamos las letras una ventaja envidiable.

Que escribamos tuerto ó derecho, como ángeles ó demonios sabemos de

antemano que el gran público no se cuidará de nosotros; trabajamos para

unas docenas de aficionados; somos libres como el búho de Minerva.

¡Oh, sacra libertad; jamás pagaremos bastante caras tus caricias! Yo he

sentido siempre tus besos en la frente cuando trazaba los humildes

libros que entregué al público; pero confieso que nunca los sentí más

tiernos que allá en mis años juveniles cuando bajaba la escalera de un

eminente político después de haber estado algunas horas en su tertulia.

¡Dios mío!--exclamaba, levantando mis ojos--. ¿De qué vale la gloria y

el poder si es necesario pasar la vida escuchando tanta inepcia? ¡Pobre

grande hombre! Yo soy un modesto emborronador de papel, pero no un

esclavo como tú de la grandeza. Soy libre. Ahora mismo voy á sentarme en

un banco de Recoletos ó á comer un beefsteak al café Habanero, y no me

perseguirá, no, la turba de tus zorroclocos aduladores.

Los escritores franceses ponen demasiado el oído á los rumores de la

calle; ensayan sus reverencias al espejo, como los reyes; no pueden

pasarse sin mimos, como los niños. Necesitarían una escuela más ruda

para adquirir sencillez. Sin embargo, transcurridos los primeros días,

el buen sentido, que es el fondo del espíritu galo, se impuso. Hace

mucho tiempo que se han desterrado de los periódicos las frases de mal

gusto; hoy se escribe con mesura y dignidad.

Me hallaba uno de estos días sobre la terraza de la iglesia del Sagrado

Corazón, en la colina de Montmartre. Era la hora del atardecer, la hora

de la melancolía. El panorama que mis ojos descubrían es único en el

mundo. La gran Lutecia extendía la techumbre de sus moradas hasta los

últimos confines del horizonte. El Sol, ocultándose unas veces detrás de

las nubes, otras asomándose repentinamente, jugaba con ella, bañándola

de luz y oscureciéndola alternativamente. Allá una neblina azulada daba

la impresión de una paz idílica; aquí una nube negra inspiraba tristeza

y recelo. Las torres del Trocadero, la de Eiffel, los Inválidos, el

Panteón, San Sulpicio, Santa Clotilde, Nuestra Señora, evocaban en mi

espíritu los hechos más salientes de la historia antigua y moderna.

En aquel momento sentí como nunca la importancia de esta gran ciudad.

Víctor Hugo ha dicho: «París es el cerebro del mundo.» No lo creo: es

una de las muchas frases sonoras que ha proferido este genio enfático.

París no es el cerebro del mundo; en todas partes se piensa, en todas

partes hay cerebros. París es la mano del mundo. Los hombres sobre este

planeta vivimos tan apartados los unos de los otros, no sólo por la

distancia física, sino por otra moral mucho peor, que si no hay una mano

que nos conduzca los unos hacia los otros, corremos peligro de helarnos

en nuestra soledad.

¡Grande y noble destino el de Francia! Aquí venimos todos á lavarnos de

nuestro exclusivismo. Es el centro donde se equilibran todas las

fuerzas; es el alambique donde se destilan todos los resabios y

groserías de que está plagado el mundo. La Francia entera parece un gran

salón y París la señora de la casa, que con refinado tacto sabe mantener

en actitud correcta hasta los peor educados de sus tertulios. Si los

alemanes la hubieran vencido, tarde o temprano quedarían uncidos al yugo

amable de esta encantadora Circe, como en otros tiempos los romanos lo

fueron al de Atenas.

La Francia se encarga de poner en el fiel las grandezas y las pequeñeces

de los hombres. Cuando entran en París, los reyes más déspotas se

convierten en amables ciudadanos y los humildes obreros en hombres de

buena sociedad. Todo el mundo se arregla aquí la barba y se quita las

botas de montar. Los «pieles rojas» de América os pedirán perdón cuando

pasan delante de vosotros.

Alguien me dirá que estas son apariencias y que lo que importa es poseer

elevada inteligencia y recto corazón. Convenido; pero la cortesía es un

antídoto contra el egoísmo y el comienzo de la caridad. Por los actos se

llega á los sentimientos, dicen los modernos psicólogos. Pascal tomaba

agua bendita para inspirarse fe. La naturaleza humana es tan viciosa que

necesita todos los frenos de la educación para no mostrar su lacería.

Pero no es solamente distinguida y encantadora esta ama de casa: es,

además, culta como ninguna. Otras naciones la han sobrepujado en ciertos

lujos: Inglaterra posee una literatura más rica; Alemania, una filosofía

más alta; Italia, un arte más espléndido. Sin embargo, tomada en

conjunto, Francia es la nación que sobresale. Su literatura en el siglo

XVII es admirable. Los nombres de Corneille, Racine, Bossuet, Fenelon,

Mme de Sévigné, Molière, La Fontaine, La Rochefoucauld rivalizan con los

más grandes de otros países. En el siglo XVIII hay colosos como

Voltaire, Diderot, Rousseau y exquisitos escritores como Mariveaux,

Prevost, Beaumarchais y Chamfort. El XIX es maravilloso. Al mismo tiempo

han alentado aquí hombres como Lamartine, Alfredo de Musset, Víctor

Hugo, Chateaubriand, Balzac, Michelet, Jorge Sand. Y al lado de éstos

algunas docenas de escritores notables como ninguna otra nación puede

ostentar.

Y si pasamos á la Ciencia, aun es mejor. Alemania la vence en sus

aplicaciones industriales; pero en la ciencia pura los franceses han

sido y continúan siendo los maestros. Descartes, Mallebranche, Pascal,

Laplace, D'Alembert, Lavoisier, Lamarck, Champollion, Ampère,

Gay-Lussac, Buffon, Cuner, en tiempos antiguos, lo demuestran. En los

presentes, Pasteur, Comte, Claudio-Bernard, Quatrefages, Charcot, Taine,

Brown-Sequard lo pregonan igualmente.

No hay en estos últimos años un sabio naturalista que pueda compararse á

Pasteur, ni un matemático á Enrique Poincaré, fallecido recientemente,

ni metafísico á Bergson, vivo aun para gloria de su nación. En los

momentos actuales trabajan aquí brillantemente sabios como Le Dantec,

Bichat, Bontron, Dastre, Pierre Janet, Grasset, Richet, Durkheim, Le

Bon y otros muchos que me es imposible nombrar.

Cuando repaso tantos nombres ilustres, cuando observo esta juventud tan

ávida de instruirse y contemplo el trabajo eficaz y armónico que

realizan aquí, lo mismo los sabios naturalistas que los pensadores, los

sacerdotes que los militares, los obreros que los literatos, no puedo

menos de volver los ojos hacia esa patria que tanto amo. El corazón se

me aprieta y una ola de amargura llega á mi garganta y quiere ahogarme.

Ese pueblo español se me representa como un hombre bien dotado, de

fuerte musculatura, de inteligencia penetrante, pero dormido. Quisiera

que un genio poderoso, un nuevo Ariel, fuese allá y le sacudiese

rudamente y le gritase al oído: «¡Despierta, despierta! ¿No escuchas el

canto de la alondra? ¿No ves al sol enfilando ya sus rayos sobre la

tierra? La obra es larga. ¡Apresúrate! La Humanidad espera todavía mucho

de quien ha engendrado á Cervantes y ha descubierto nuevos mundos. Quien

no avanza en la marcha del progreso, retrocede. Si continúas durmiendo,

el polvo formará costra sobre ti, los ratones y las arañas treparán

encima y los carneros imprimirán su pezuña sobre tu rostro.»

Quizá el dormido despierte, quizá se restregue los ojos y después de

vacilar le responda: «¡Para qué!» Y se vuelva del otro lado para seguir

durmiendo.

Acaso tenga razón. ¿Qué es lo que vería al ponerse en pie? Campos

desecados, hombres hambrientos, el nepotismo dictando órdenes, la

injusticia erigida en sistema, la frivolidad soltando carcajadas

estúpidas, una política mezquina envenenando las inteligencias más altas

y los más nobles caracteres...

¡Duerme, pueblo español, duerme! Vale más vivir dormido que despierto y

desesperado.

El Krishna de las trincheras

La repetición es la ley de la vida. Se repiten los hechos y también los

pensamientos. Lo que pensaron nuestros más antiguos progenitores cuando

comenzaron á pensar, eso es lo que ahora pensamos nosotros.

En presencia de la necesidad ineluctable, acosado por los rigores de la

Naturaleza, el hombre se refugia en su propia alma y adopta un

estoicismo fatalista que le emancipa del dolor. Toda la filosofía del

Oriente se halla impregnada de tal estoicismo; la griega lo hizo suyo en

el Pórtico; los hombres más grandes de la antigüedad le rindieron culto.

Y en nuestros mismos días, cuando la fe cristiana no endulza nuestra

amargura, cada hombre lucha con el dolor poniendo su alma de punta á los

sucesos y entregando su pensamiento al oráculo de la fatalidad.

De todos los oráculos fatalistas el más famoso y el que más

profundamente impresiona es el que se expresa en el episodio del

Mahabharata indio, conocido con el nombre de Bhagavad-Gita. Los

ejércitos de los Pandavas y de los Curavas se encontraban el uno frente

al otro en una llanura inmensa. Suenan los cuernos de guerra, los

tambores redoblan, los carros se precipitan, las flechas silban.

Krishna, encarnación humana del dios Wishnú, consiente en servir de

cochero al tercer hijo de Pandú, su discípulo y favorito Ardjuna. Este,

á la vista de todos aquellos hombres que van á degollarse, se siente

cogido por una desesperada melancolía. Contemplando esta muchedumbre de

amigos y enemigos que el odio divide y que la muerte va á reunir, siente

que sus manos tiemblan, su boca se seca, sus cabellos se erizan, su piel

arde, sus fuerzas desmayan, el arco se escapa de sus manos. Se deja caer

sobre el pescante de su carro, pálido, acobardado, el alma transida de

dolor. Entonces es cuando Krishna le revela quién es y comienza á

doctrinarle sobre la vanidad de las cosas terrestres y el carácter

insignificante de todos nuestros actos. El verdadero sabio no debe

inquietarse ni por los vivos ni por los muertos: el cuerpo no es más que

la envoltura de una inteligencia inmortal que cambia de forma como si

fuese un vestido. Morir ó matar es cosa en absoluto indiferente, etc.,

etc.

Allá en las trincheras de la Champagne se repitió esta escena, no entre

dioses, sino entre dos pobres soldados de infantería. He aquí cómo llegó

á mi noticia:

No hace muchos días entré en un café del boulevard de los Italianos con

un amigo. Antes de sentarnos divisó éste en el fondo á uno de sus

conocidos, y se apresuró á ir á saludarle. Observé que aquel sujeto

tenía á su lado dos muletas, y desde luego colegí que era un inválido de

la guerra. Mi amigo me hizo una seña de que me acercase, me presentó á

él; y nos sentamos á su misma mesa. Era un joven de agradable aspecto,

de fisonomía abierta y bondadosa. Le habían cortado una pierna hacía

pocos meses; era hijo de un banquero del boulevard Haussmann, y

disfrutaba, al parecer, de una brillante posición social.

La conversación rodó, como es natural, sobre la guerra. Monsieur

Gardiel, que así se llamaba aquel simpático joven, nos entretuvo largo

rato describiéndonos la vida de las trincheras, contándonos alguna de

sus aventuras guerreras. Aunque todo era vulgar y descrito mil veces en

los periódicos, yo le escuchaba con interés. Lo vulgar se hace

interesante cuando está narrado con ingenuidad por la persona misma que

lo ha vivido. Pero uno de los episodios de su amena charla salió

repentinamente de lo ordinario y me causó profunda sensación. Lo contaré

en breves palabras.

«Entre los soldados de la compañía á la cual yo pertenecía--nos

dijo--había un muchacho que se distinguía por lo feo. La Naturaleza se

había excedido á sí misma en este joven. Pienso que era el hombre más

feo de Francia. Se le llamaba entre nosotros «la Merode», en recuerdo de

una belleza que sonó mucho hace años. Lo moral respondía bastante bien á

lo físico. Callado, brusco, indiferente á lo que pasaba á su alrededor,

se había captado la antipatía de todos nosotros. Lo que más repelía en

él era su sonrisa; una sonrisa sardónica, maligna, que no se le caía de

los labios. Le hubiéramos visto destrozado por una granada sin pesar

alguno.

Este joven, que se llamaba Tabourin, era, según me dijeron, profesor en

un colegio de Lyon. Su vocación científica se revelaba á nosotros

claramente porque aprovechaba todas las ocasiones que se le ofrecían

para cazar insectos y mariposas y fijarlas en unos cartoncitos que

llevaba curiosamente guardados en su mochila. Esto mismo nos lo había

hecho más antipático aun. Su glacial indiferencia era repugnante. Cuando

nos oía quejarnos de la humedad, del hambre ó de algún dolor, sus ojos

atravesados parecían brillar con una mirada más sarcástica. El jamás

profería una queja.

Vino la gran ofensiva de Septiembre. Los horrores del infierno

imaginados por la mente calenturienta de algún devoto histérico no

darían una idea de lo que aquello fué durante unos días. Tanta sangre

habíamos visto correr, tantos miembros esparcidos, tantos gritos de

dolor habían llegado á nuestros oídos, que yo concluí por hallarme en un

estado de estupor difícil de describir.

Una noche, tendido en el fondo de la trinchera, á pesar de hallarme

fatigado hasta el desmayo, me era imposible dormir. Oía la respiración

de mis pobres compañeros, pensaba en lo que nos aguardaba á la mañana

siguiente, quizá aquella misma noche; pensaba en sus madres, pensaba en

la mía y me sentía triste hasta la muerte. No lloraba, porque en la

guerra se pierde, por fortuna, la facultad de llorar; pero me sentía

fuertemente agitado y no podía menos de suspirar de vez en cuando.

--No puedes dormir, ¿verdad?--murmuró una voz en mi oído. Era la de

Tabourin.

--No--respondí secamente.

--¿Estás triste?

--Sí--respondí con la misma sequedad.

--¿Quieres un poco de éter que aun me queda en el frasco?

Me sorprendió la dulzura de aquella voz, que formaba contraste con el

aspecto repulsivo del sujeto. Rehusé el ofrecimiento; pero no pude menos

de agradecerlo y le dije:

--No estoy triste por lo que pueda ocurrirme mañana; lo mejor tal vez

sería que me matase una bala ó una bayoneta. Lo que me contrista es ver

á estos pobres compañeros durmiendo tranquilamente y pensar en lo que

aun les queda que sufrir, pensar en los seres que los aman, en las

lágrimas que vierten y verterán.

Guardó silencio unos instantes, y al cabo profirió suavemente, acercando

su boca á mi oído:

--La sangre es nada; las lágrimas son menos aun. ¡Qué importa morir! Yo

creo que debe ser un placer inmenso reposar en el seno de la gran

Naturaleza. ¡Qué seguro se duerme bajo unas cuantas paletadas de tierra!

La muerte, amigo, no existe en realidad: la chispa vital que nos anima

no se extingue con cada uno de nosotros: marcha á encender otro fuego.

Los campos, los mares, los hombres, los animales, los soles que lucen en

el cielo, todo lo que se mueve y respira, todo nace y todo muere, todo

cae y todo renace. Sólo el gran poder de la Naturaleza no se extingue

jamás, sólo él es inmortal. Este gran poder silencioso y tranquilo es lo

único que existe realmente: nosotros no somos más que apariencias,

imágenes del gran cinematógrafo. ¿Por qué nos horroriza la destrucción?

Esta no es más que aparente también. ¿No ves las hormigas? Enfiladas

atraviesan el camino cumpliendo su tarea. El pie de un transeúnte

aplasta un centenar de ellas; las demás prosiguen impasibles su tarea

sin dar importancia al suceso. ¿Por qué la concedemos nosotros tan

grande á la muerte de un centenar de los nuestros? Lo mismo ellas que

nosotros caemos en el seno fecundo de la madre tierra. Jamás el Destino

nos podrá privar de este regazo maternal. El secreto de la fuerza de las

cosas reside en nosotros como en todos los demás seres. No hay vacío en

el Universo. Los límites entre el mundo inanimado y el mundo de la vida

son imaginarios... Consuélate, amigo mío; la muerte no es una puerta de

horror y tinieblas para nadie; al contrario, es el paso de una hora

sombría á otra más clara. Sometámonos alegremente á la voluntad de la

Naturaleza y no veamos en ella una enemiga, sino una tierna aliada que

nos emancipa de la insufrible tiranía de la vida.

No me consolé, naturalmente; pero desde entonces guardé respeto á aquel

compañero, que era muy otro de lo que yo y todos los demás nos habíamos

figurado.

Terminó la gran ofensiva: nuestra compañía había perdido casi la mitad

de sus hombres; yo había salido milagrosamente ileso y lo mismo

Tabourin. Volvimos á la vida monótona y sucia de las trincheras, que

recordarán con asco cuantos la hayan sufrido. Traté de estrechar un poco

más mi relación con Tabourin, porque después de aquellas graves palabras

que le había oído me parecía que había nobleza en su alma. Pero mis

atenciones se estrellaron de nuevo contra su actitud siempre fría e

irónica. Huía de nosotros como siempre; hablaba poquísimo y en un tono

casi siempre despectivo, que le hacían cada día más antipático á los

compañeros y odioso á los jefes.

Tabourin pasaba sus ratos de ocio á la caza de lepidópteros, estudiando

con un gran cristal de aumento sus trompas y antenas y las escamas de

sus alas. Algunas vez por la noche quiso cazar con una luz las mariposas

nocturnas, pero se le reprendió ásperamente y tuvo que reducirse á las

diurnas y crepusculares. Al principio nos reíamos de esta afición; pero

concluímos por respetarla, convenciéndonos de que era un hombre de

ciencia, acaso un gran entomólogo.

La guerra injusta; cartas de un español · 第 4 / 7 段