menoscabo. Aunque parezca raro, las heridas del corazón se curan mucho
más fácilmente que las de la cabeza. Cuando los sesos se pudren el
enfermo no tiene ya remedio. Porque las ideas, ahora y siempre, son las
que gobiernan el mundo. Las ideas engendran los sentimientos y los
actos, ó lo que es igual, toda la vida del hombre. Nosotros no somos lo
que sentimos, sino lo que pensamos; somos siempre proporcionados á
nuestras ideas, y nuestra alma baja ó sube á medida que se levanta ó se
abate nuestro estado mental.
Por eso es gran error suponer que no ejercen influencia sobre la
conducta del hombre; aunque lo sea mayor, aun el juzgar, como en la Edad
Media que deben inculcarse con fuego y martillo.
* * * * *
Tal es la situación que en este terreno ocupa la Francia con respecto á
Alemania. Los franceses son pecadores por razones que ya he expuesto en
anteriores artículos: tenían, hasta cierto punto, el corazón extraviado.
Los alemanes son filósofos, tienen el cerebro corrompido.
La religión no ha desaparecido de Francia por haber expulsado á las
Ordenes religiosas, como no desapareció de España cuando nuestro
católico Rey Carlos III expulsó, con mayor crueldad aun, á la Compañía
de Jesús, cuando nuestro Gobierno más tarde decretó la exclaustración de
todos los frailes y el populacho penetró en los conventos y degolló á
muchos de ellos.
Recorred las provincias francesas, visitad las aldeas, y hallaréis
exactamente reproducido el tipo de la religiosidad española. Porque el
catolicismo, como la palabra misma lo indica, ha tenido la virtud de
unificar á los hombres, de imprimirles su sello, haciéndolos á todos
semejantes ante el altar. Las mismas solemnidades, las mismas
procesiones; las mismas Cofradías, las mismas fiestas profanas unidas á
las religiosas. Los niños van al catecismo, las jóvenes asisten á las
procesiones con la medalla y el velo blanco de Hijas de María, las
viejas van indefectiblemente por las tardes á los Oficios. La primera
comunión de los niños se celebra aquí con una alegría y pompa que no he
presenciado jamás en España: acuden de lejanas comarcas los parientes
para ese día feliz, como sucede en España cuando hay una boda; la casa
se convierte en un templo; la calle se alfombra de flores. Ni falta
siquiera el tipo clásico de la beata para tormento de confesores y
alivio de sacristanes.
¿Por qué, pues, ese odio de muerte á la nación francesa? ¿Qué locura es
la que ha acometido á muchos católicos y á no pocos sacerdotes? A uno
de aquéllos le he oído pronunciar la siguiente frase: «Si en la presente
guerra triunfase Francia dudaría de la existencia de Dios.»
¿Es esto cristiano? ¿Es siquiera humano?
En España se leen pocos libros alemanes, porque su idioma no está muy
difundido entre nosotros y no abundan tampoco las traducciones. Además,
hay que confesarlo, estos libros, en general, son alimento demasiado
fuerte para nuestros estómagos latinos. Por eso se desconoce su estado
mental á la hora presente. Pero todo el que haya seguido con un poco de
atención la historia de su filosofía en los tiempos modernos aprenderá
que la religión de la Alemania intelectual de un siglo á esta parte no
es el cristianismo, sino el panteísmo. El panteísmo no puede fundar la
moral; la desconoce en absoluto. Por lo mismo, no es más que un puente
para el monismo materialista. Los intelectuales alemanes hace ya mucho
tiempo que lo han salvado. Como consecuencia ineludible de este
materialismo ha venido la teoría del superhombre y supernación, que es
la dominante hoy.
Pero se me dirá: los intelectuales no son el país. Grave error. Los
intelectuales son siempre la nación presente o futura. Las ideas nacen
en las cimas, como los arroyos; mas poco á poco descienden por la falda
de la montaña hasta los barrancos; otras veces se filtran calladamente
por los terrenos permeables, y cuando menos lo pensamos nos hallamos
empapados de ellas. Casi nadie lee á Platón, y, sin embargo, hasta el
más rústico aldeano está hoy impregnado de platonismo. De la misma
suerte el pueblo en Alemania no lee á Kant; pero su _ateísmo modesto_,
como lo llamaba Coleridge, le ha penetrado hasta los huesos. Son
hegelianos sin haber leído á Hegel, porque poetas, dramaturgos,
novelistas, críticos y periodistas se han encargado de servirle con
apetitosos guisos el plato del fatalismo panteísta.
¿Por ventura en Alemania no existe ya la fe? Sí; hay mucha fe... en la
química. Dios se ha transformado en maquinaria, carbón y electricidad.
No ha venido al mundo para sufrir y morir, sino para vivir y hacer
sufrir. Seamos poderosos, trituremos á nuestros vecinos, impongamos
nuestra voluntad en todas partes, y entonces la Divinidad se mostrará
dentro de nosotros como lo que es, una fuerza inmanente y universal.
Algunos católicos españoles se enternecen leyendo á cada paso en las
proclamas del Kaiser y sus generales el nombre de Dios. Son víctimas de
una admirable falsificación. Ese Dios ha sido también extraído del
carbón, como otros muchos productos, sorprendentes.
Pero el verdadero, el legítimo Dios tiene una experiencia infinita en
estos asuntos psicológicos y no se deja engañar por las marcas de
fabricación alemanas. Ve en la etiqueta «made in Germania» y rechaza el
artículo, aunque reconociendo que está bien presentado.
* * * * *
El espíritu galo no es panteísta. Por lo menos, no lo es desde la fecha
remota en que el cristianismo mató al druidismo en los bosques de la
Galia. El concepto que de la Divinidad tienen, sea para afirmarla, sea
para negarla, es el verdadero. Hay en Francia bastantes escépticos,
Montaignes en miniatura; hay muchos más Rabelais apasionados de la carne
y el vino; pero no se hallará en toda la República un Federico
Nietzsche, un solo hombre que sostenga la maldad por principios.
La creencia y el escepticismo son estados inestables que se suceden en
el alma de cada hombre como en cada país. No hay que dar á esta
fluctuación demasiada importancia; depende de la imperfección misma de
nuestra naturaleza y es preciso resignarse á ella. Los árboles se visten
de hojas y quedan desnudos alternativamente. ¿Quién diría que después
del escéptico siglo XVIII había de venir el espiritualista XIX? Después
de Voltaire, Diderot y Helvetius, surgen Chateaubriand, Lamartine,
Bonald y De Maistre. Lo que tiene muchísima importancia es la
sustitución de una fe por otra, y esto es lo que sucede actualmente en
Alemania.
Los franceses han cometido recientemente la calaverada, que nosotros
realizamos hace ochenta años, de suprimir las Ordenes religiosas.
No hablemos de la separación de la Iglesia y del Estado. Son muchos los
católicos que rechazan la especie de que la Iglesia sea un organismo del
Estado y prefieren la independencia absoluta á un protectorado enfadoso
e interesado. Hablemos solamente de las Ordenes religiosas.
No ofrece duda que su expulsión ha sido un acto arbitrario y
escandaloso. La República francesa, al prohibir las Congregaciones,
perpetra una atroz injusticia, realiza un atentado contra la libertad,
niega, por lo tanto, su propia existencia. ¿No tiene por lema _libertad,
igualdad, fraternidad_?
Pero yo quisiera hacer unas preguntas en secreto á esas expulsadas
Congregaciones. ¿Han mirado siempre al fondo de su conciencia? ¿La han
examinado escrupulosamente? ¿No han encontrado allá dentro ningún odio á
las instituciones republicanas? ¿No han conspirado contra ellas alguna
que otra vez?
Pues si de este examen de conciencia no salen completamente exentos de
pecado, no deben sorprenderse de la penitencia. Quien siembra odios no
puede recoger amor. La abeja necesita miel para su alimentación y la
Naturaleza le proporciona miel; la pulga necesita sangre, y le da
sangre. Es ley consoladora saber que la Naturaleza nos provee con
largueza de aquello que pedimos.
Si los religiosos franceses hubieran aceptado con leal franqueza las
instituciones republicanas, la República no hubiera puesto la mano sobre
ellas. «Si quieres que las mujeres te sigan--decía nuestro Quevedo--,
echa á andar delante de ellas.» ¿Por qué no aceptar lealmente á la
República? ¿No lo había hecho el Pontífice León XIII, de inolvidable
memoria? Marchar delante de los hombres. He aquí el secreto para
guiarlos.
* * * * *
El francés no es un impío nato, como por ignorancia unos, otros con
fines sórdidos, propalan en España. Los franceses guardan en el alma,
como todos los que nacieron y se criaron en la fe de Cristo, la religión
como un fondo de reserva. Mientras son felices muchos abandonan las
prácticas religiosas; cuando son desgraciados acuden y se consuelan con
ellas. Igual, exactamente igual que todos nosotros. Si en el mundo no
hubiera dolor la religión no existiría.
Yo he visto por las noches poblarse de gente una pequeña iglesia de
aldea. Allí acudían pobres mujeres enlutadas llevando de la mano á sus
hijos, enlutados también. Con paso vacilante las seguían algunos
ancianos de rostro pálido y triste mirada. Y en el silencio augusto del
templo, mientras los corazones se dirigían al Altísimo pidiendo
misericordia, estallaba de vez en cuando un sollozo que me removía las
entrañas. Hoy en París la multitud elegante, que en otro tiempo corría á
los sitios de placer, invade las iglesias. En San Sulpicio, en San
Germán, en la Trinidad, en Nuestra Señora de las Victorias me ha costado
trabajo entrar. No son mujeres solamente, como en Madrid, las que allí
encontraréis; son hombres, muchos hombres que oran con mayor devoción
aun que ellas. El que no se sienta penetrado de respeto ante esta
muchedumbre que humilde y dolorida se postra ante una imagen de la
Virgen pidiendo el alivio de sus penas podrá llamarse cristiano, pero
está bien lejos de merecer este nombre.
¿Y allá en el frente, en la línea de fuego?
¡Ah! allá en el frente se repiten las escenas del tiempo de las
Cruzadas. En el fondo de una trinchera se agrupa una compañía de
soldados esperando la orden de salir. Llueven las granadas y estallan
con horrísono estruendo; la tierra se levanta y se agita como el oleaje
de la mar. Ya avanza la infantería alemana en apretadas filas, llevando
delante las ametralladoras, segadoras de hombres. Sonó la hora de
lanzarse al medio de aquel infierno de fuego. Los corazones palpitan,
las manos tiemblan, las gargantas se anudan. En aquel momento supremo se
alza con autoridad la voz de un pobre soldado:
--¡Todo el que crea en Dios Crucificado, de rodillas! Que cada cual se
arrepienta de sus pecados. Voy á daros la absolución.
Todos caen, en efecto, de rodillas, y el soldado sacerdote levanta el
brazo y los absuelve.
--Jamás podré olvidar este instante--me decía el herido que me lo
relataba.
--Tiene usted razón en no olvidarlo--le respondí. Un instante como ese
ennoblece toda la vida.
En otra ocasión, practicando un reconocimiento, cae herido un soldado de
la patrulla. Otro soldado se precipita en socorro suyo y trata de cargar
con él para conducirlo á la ambulancia.
--No te ocupes de mí--le dice el soldado--. Estoy herido de muerte. Sólo
quiero pedirte un favor. Soy sacerdote y te ruego encarecidamente que en
la primera ocasión que tengas recibas por mí la sagrada comunión, ya que
á la hora de la muerte no me ha sido dado el consuelo de recibir á mi
Dios.
El compañero, confuso y avergonzado, guarda silencio unos instantes. Es
un joven rico y disipado que desde hace años vive apartado de la
religión. Al fin le dice.
--Aunque desde la infancia no me he confesado, quiero hacerte ése favor.
Dios me ha tocado en el corazón. Quizá dentro de un instante una bala me
mate á mí también. Voy á confesarme contigo, puesto que eres sacerdote.
Y, en efecto, aquel joven escéptico confiesa allí mismo sus pecados, y
su compañero, moribundo, le da la absolución.
¡Que cuadro! Parece arrancado á la _Leyenda de oro_ y estampado en uno
de esos códices de la Edad Media que la mano piadosa de un monje ha
dibujado á la pluma.
Despojémonos, pues, de injustas prevenciones. No nos infatuemos, tanto
con nuestra religión; no motejemos la del vecino. Y pidamos al cielo que
cuando llegue para nosotros también el día de prueba sepamos mostrar la
misma fe y el mismo valor.
¿Y Después?
Y de esta guerra increíble, que jamás se ha visto ni se volverá á ver
sobre la tierra, ¿qué es lo que quedará? Esos arroyos de sangre,
filtrándose en la tierra, ¿fecundaran su seno? ¿Secaran, por lo
contrario, las raíces de las flores y nuestro planeta será para siempre
un recinto siniestro de dolor y de espanto?
No soy optimista ni pesimista. Pensar que la guerra se halla en el orden
de lo creado y que es de necesidad periódicamente para aliviar los
excesos de la fecundidad, me parece blasfemo. Nunca he creído en la
utilidad del mal; nunca he creído tampoco que procediese de Dios.
Nuestra Libertad, que es nuestra perfección y nuestra imperfección á la
vez, es la que engendra todas las depravaciones que observamos en el
mundo. Y el mismo Dios no puede nada contra nuestra libertad.
Pero imaginar que el Espíritu de Verdad y de Justicia que gobierna el
mundo se va á cruzar de brazos y no ha de sacar partido para nuestro
bien de nuestros mismos errores y maldades, es igualmente vituperable.
Amontonamos sobre el camino en nuestra peregrinación por la tierra
obstáculos infranqueables; pero una mano divina los separa. Sembramos
abrojos; pero hay quien se encarga de limpiarlos y guarnecerlos de
flores.
La guerra presente, que es un mal, engendrará algunos bienes. No
hablemos de razas perdidas, aniquiladas, que preparan el terrero para
otras nuevas. No hablemos tampoco de viejos sistemas que se deshacen
para hacer sitio á otros más perfectos.
No digamos que la ferocidad es necesaria para el equilibrio de la
existencia y que está justificado el predominio de los más fuertes. Este
es el lenguaje de la impiedad que yo no sé balbucear. Pensemos más bien
que el hombre no está hecho para la guerra sino para la paz, porque no
es una continuación del animal, sino un salto fuera de él. Estamos
compuestos de átomos brutos; pero no somos un átomo bruto. Si alguna vez
dentro de nosotros ruge el león y grazna el buitre no nos inquietemos,
porque están enjaulados.
Las naciones, como los individuos, sufren accesos periódicos de cólera.
La cólera la han definido los fisiólogos una locura breve. Esta locura
deja rastro pernicioso casi siempre en nuestro organismo, turba el
equilibrio de nuestros humores, causa desperfectos en la máquina
corporal.
Pero en el alma no sucede otro tanto. Cuando convalecemos de una de
estas fiebres mortíferas nunca dejamos de experimentar confusión y
vergüenza. Esta vergüenza es el reconocimiento de nuestro ser
espiritual, es la voz de lo Alto que nos señala nuestro destino.
Corremos á la jaula de los leones y los tigres y damos otra vuelta á la
llave.
Así está sucediendo con las naciones europeas. Detrás de esta rabiosa
cólera que las posee, de este colosal ataque de nervios, vendrán días de
laxitud y reflexión y una gran vergüenza se apoderará de ellas.
Descontentas de sí mismas cerrarán los ojos y meditarán largo tiempo.
Una gran reforma moral se prepara. El Derecho internacional va á dar un
salto prodigioso.
¿Pero las comarcas devastadas?--Volverán la poblarse: el chirrido de la
carreta y el canto suave del campesino sonarán otra vez donde ahora
retumba el cañón y los gritos de batalla.--¿Y tantos miles de pobres
seres mutilados?--Pensarán resignados que han entregado sus pies y sus
manos á la fiera para rescatar las de sus hermanos y que al fin la
tienen encadenada para siempre.--¿Y tanta lágrima, tanta sangre como se
ha vertido?--Las lágrimas son el riego de las almas; para crecer
necesitamos llorar. La sangre ha sido el precio de nuestra redención.
La Francia ha hecho una cruel experiencia; pero esta experiencia la
salva. Vivía adormecida por un bienestar material del que no hay ejemplo
en la Historia. El goce era su ideal; una sensualidad premeditada y
sabia reinaba en las ciudades y se propagaba á los campos. Cuando esto
sucede, cuando adulamos á nuestro cuerpo, el alma, ofendida, nos
abandona, quedamos convertidos en una estatua viva como aquella de que
hablaba Condillac. No hay maldad, sino frialdad. Los lazos de hombre á
hombre se habían aflojado; cada cual miraba á su vientre: te respeto
para que me respetes y nada más.
Ahora bien; al alma no le bastan estos reglamentos de Policía. Las salas
de las Delegaciones y Prefecturas están demasiado frías para ella. Los
hombres no hemos nacido solamente para saludarnos con el sombrero. Fué
necesaria esta gran catástrofe para que los franceses dieran unos pasos
atrás y rectificasen la dirección de su marcha. Cuando la desgracia
entra en una casa, los hermanos, que vivían apartados, que apenas se
veían, se abrazan llorando y renuevan la dulce convivencia de la
infancia. La fraternidad, que mucho se había debilitado en Francia en
los últimos años, florece de nuevo y exhala delicados perfumes.
Señalemos este acontecimiento como el más feliz de lo que la terrible
inundación dejará en pos de sí.
Otra buena partida para su haber será el culto á la austeridad, de que
empiezan ya á dar claras muestras. Los franceses nunca han sido
vividores disipados; pero sí lo han sido ordenados. Quiero decir que se
han concedido siempre todos los placeres posibles, aunque con cálculo.
Ahora renuncian á ellos con admirable resolución. El día de la paz los
veréis desplegar una actividad afanosa para cicatrizar las heridas de la
guerra, para volver á su antigua prosperidad, como las hormigas de un
hormiguero cuando éste ha sido indignamente pisoteado por un hombre ó
una bestia.
La política se saneará igualmente. Sí; era necesario sanear la política.
Cuando hace dos años una mujer, prevalida de la alta posición política
de su marido, asesinó alevosamente á un publicista distinguido, y esta
mujer fué absuelta libremente por el Jurado, los hombres de sentido
moral exclamaron en Europa:--«¡Esto se descompone!»--Todos vimos ya
revolotear los cuervos sobre la carne podrida. Era necesario atajar la
gangrena con el bisturí y el cauterio. Los alemanes fueron comisionados
por la Providencia para hacerlo. Se encargaron también de batir las
cataratas á esos ciegos partidarios que ignoran la justicia y la
tolerancia.--«¡Cómo tardan los bárbaros en llegar! ¿Que hace
Atila?»--exclamaba un día Ernesto Hello, contemplando la corrupción del
segundo Imperio.--Y Atila vino, en efecto, poco después. Ha llegado
también ahora no para castigar la lujuria, sino la mentira. Si la
República francesa no hace honor á su lema «libertad, igualdad
fraternidad, ¿para qué existe?
La Providencia divina tiene mucho más que hacer en Alemania. El gran
pecado de los germanos es el orgullo. Pero el orgullo es el mayor pecado
de la Humanidad, es el que nos transforma realmente en bestia.
El Rey Nabucodonosor comió heno, como el buey, á causa de su soberbia.
¿No caemos todos en cuatro patas así que se nos sube el humo á la
cabeza?
¿De dónde les vino este orgullo? El origen principal está en los excesos
de su industrialismo. Ver cómo juegan con los átomos y los escamotean y
transforman los gases en sólidos y arrastran las fuerzas naturales á
todos los usos, es cosa al parecer que hincha á los hombres de un modo
extraordinario. Los alemanes habían llegado en este orden á mayor
adelantamiento que los demás países y quedaron llenos de sí mismos y
empezaron á mirar con desprecio á los que no sabían fabricar pan de
madera, y á creerse el pueblo elegido por Dios.
Pero Dios no necesita panaderos. Cuando los magos de Faraón convirtieron
las varas en serpientes, la de Aarón se las tragó á todas. Para mucha
gente este es el fin y el compendio de toda la civilización: las
retortas, los alambiques y los gases inflamables. Algunos tiemblan de
emoción y ponen los ojos en blanco al referir las contradanzas que los
alemanes hacen ejecutar á la materia bruta. Yo les respondo: «Aunque les
viese transformar el palacio de la Equitativa en un gran pastel de
hojaldre siempre admiraría más un diálogo de Platón y un drama de
Shakespeare.
Los alemanes eran más admirables cuando en Weimar, una de sus pequeñas
ciudades, se reunían á la vez hombres como Goethe, Schiller, Herder,
Wieland Kotzebue, músicos inspirados, grandes pintores, arquitectos,
sabios, actores, que ahora con sus cañones y zeppelines. No hay que
decir esto al vulgo que sólo se postra ante las obras tangibles. ¡Como
si el mundo moral no precediese al material y lo invisible á lo visible!
El progreso que se cifra tan sólo en utilizar las fuerzas de la
Naturaleza para nuestro regalo es un fantástico progreso. Si el hombre
no progresa moralmente, estas fuerzas, en vez de utilizarse para su
provecho, se emplearán en su destrucción. Y es lo que ha acontecido
ahora. ¡Cuándo terminará esta grosera superstición del industrialismo!
Platón, Epicteto, Sófocles, Cicerón, eran hombres bien civilizados y se
alumbraban con aceite. El apóstol San Pablo no era un salvaje, aunque
desconociese el bicarbonato de soda. El corazón del hombre siempre será
más interesante que la Naturaleza. El actor nos importa más que los
bastidores y bambalinas de que está rodeado.
Por la derrota de su soberbia volverá á ser grande la Alemania. Cuando
nos sopla el viento de la fortuna, cuando nuestros negocios prosperan y
vivimos rodeados de comodidades y sumergidos en la riqueza, entonces es
cuando corremos grave riesgo de perder la dicha. La sabia Providencia,
que vela por nosotros, nos abre los ojos de un modo brusco para que
rectifiquemos el camino.
Es inútil que nuestras viles pasiones se oculten bajo el manto del
patriotismo. Este se compone de una centésima de amor y noventa y nueve
de orgullo. Así como por la ley divina y humana tenemos derecho á
defender nuestra vida como individuos, igualmente lo tenemos para
defender con la fuerza nuestra independencia nacional. Fuera de esto el
patriotismo no es más que un orgullo colectivo. No imagino que un ruso ó
un alemán por pertenecer á una gran nación sea más grande, ni más sabio,
ni más feliz que un holandés ó un suizo. La grandeza de un hombre no se
mide por el terreno que ocupan sus pies, sino por el horizonte que
descubren sus ojos. Un mendigo inglés es como un mendigo español, y un
sabio lo mismo.
Los alemanes habían llegado á un grado inaudito de prosperidad
industrial y comercial. Ignoro si por eso había allí más hombres felices
que en los demás países. De todos modos, en medio de su prosperidad la
serpiente aduladora les sopló al oído que debían comer el fruto
prohibido. Este fruto era la riqueza de sus vecinos y su humillación.
Pensaron que las leyes naturales son indeclinables y que las morales no
lo son: profundo error. Mañana se encontrarán arrojados de su paraíso
(si es que lo era) tristes, maltrechos, ensangrentados. Verdad que han
hecho mucho daño á los demás; ¿pero este pensamiento puede hacer feliz á
ningún hombre? Esperemos que, tras experiencia tan dolorosa, irán á
buscar de nuevo su cielo, no en la fábrica Krupp, sino donde siempre lo
han tenido: en la moderación, en la sobriedad, en la tranquila vida de
familia, en las bibliotecas y en las salas de concierto.
* * * * *
Y para Inglaterra, ¿qué consecuencias tendrá la presente guerra?
Ninguna. Los dardos más acerados se embotan en la piel del elefante.
Abrirá su gran Libro mayor; apuntará en el «Debe» los hombres y los
barcos perdidos; en el «Haber», algunas colonias alemanas conquistadas,
y lo cerrará después y saldrá á paseo con el paraguas bajo el brazo.
Es una singular nación Inglaterra. En una novela de Julio Verne, que leí
en mi adolescencia, cierto francés obsequioso, para adular al capitán
del barco en donde iba, que era inglés, le decía: «Admiro tanto á
Inglaterra, que si no fuese francés querría ser inglés.» El capitán,
dando un chupetón á su pipa, respondió tranquilamente: «Pues yo, si no
fuese inglés, querría ser inglés.» ¡A cuántos en Europa les pasa lo
mismo!