De todos modos, no ofrece duda que tiene en este país una importancia

capital y que á él se debe el grado inaudito de prosperidad material á

que había llegado. Es incalculable el número de Sociedades que aquí se

encargan de promover y facilitar el ahorro, todas inspeccionadas y

vigiladas estrechamente por el Gobierno. Esto me trae al pensamiento

aquella famosa «Tutelar», de dolorosa memoria para muchos españoles. La

estanquerita de la calle de Clichy nos decía ayer á un joven profesor de

la Sorbona y á mi que mediante una pequeña cantidad que imponía todos

los meses en la caja de dos de estas Sociedades tenía la seguridad de

disfrutar en su vejez una renta de cinco francos diarios.

--¿Pero es que tendrá usted el mal gusto de envejecer?--le preguntó el

joven profesor.

La estanquerita se echó á reir, ignoro si porque le «hizo» gracia la

salida de mi amigo ó por enseñar unos lindos dientes sevillanos.

El ahorro francés no es sórdido ni repugnante; es prudente, metódico,

sabio. Un francés no se priva jamás de lo necesario y se autoriza todos

aquellos goces compatibles con él. Entre nosotros se dan casi siempre

los dos casos extremos: un sujeto que despilfarra cuanto gana ó ha

ganado su padre y otro que se alimenta y viste como un pordiosero

poseyendo millones.

Los tenía un viejo solterón que existía hace años en mi pueblo. Para su

regalo había adquirido una famosa cueva de vinos: Burdeos, Madera,

Rioja, Manzanilla, Jerez; todo añejo y exquisito. Por lo menos eso se

decía entre nosotros. Pues bien; este ricacho cenaba indefectiblemente

todas las noches un plato de patatas guisadas. Como ya le iban cansando

y le era pesado engullirlas, bajaba á la cueva antes de cenar, tomaba

una botella de Jerez y la colocaba sobre la mesa delante de su plato.

«El que se coma las patatas--decía--se bebe la botella de Jerez.» En

efecto; se comía las patatas; pero al descorchar la botella, la miraba

con enternecimiento, se apiadaba de ella y bajaba de nuevo á la cueva

para colocarla en su sitio, repitiéndose la misma escena al día

siguiente.

Aquí se bebería la botella de Jerez así que hubiera apartado lo bastante

para comprar otra.

Es una pasión el ahorro en Francia; pero es una pasión discreta,

reservada, que huye de exhibirse, como el amor en los viejos. Los

franceses se entienden con los ojos en este punto. Un obrero, un pequeño

empleado toma los domingos su caña de pescar, después que ha almorzado,

y se va al río. En la apariencia es un recreo; él así lo manifiesta.

Pero los vecinos saben á qué atenerse. «Monsieur F*** va por la cena»,

dicen para sí. Nadie sonríe, no obstante, ni menos se autoriza la más

ligera broma.

En Francia todo es digno de risa menos el dinero. Sucede lo mismo que en

nuestras provincias de Galicia. El gallego es un ser pacífico, cortés,

insinuante; alguna vez también poeta melancólico. Pero tocad el asunto

del dinero; inmediatamente asomará á sus ojos la tragedia.

Cualquiera que á París venga en este momento y no conozca el carácter

francés quedará estupefacto. La gente ríe, canta, se divierte como si

se hallase en una Arcadia feliz y la sangre de sus hermanos no corriera

á torrentes á pocos pasos de aquí. En los rostros no se pinta zozobra ni

tristeza alguna: se espera la llegada de los zeppelines, como si fuera

un caso de risa. Hay extravagancias que horrorizan: los negros velos de

la viudez se han puesto de moda, y las solteritas se visten de viudas

por coquetería. Mucho se engañaría el que juzgase por estos signos el

espíritu de Francia. Bajo su aparente frivolidad, este es el país más

prudente y sensato de la tierra. El francés suena los cascabeles para

disfrazar su cordura, como otros se retuercen el bigote para ocultar su

demencia.

¡Demasiado sensato, demasiado cuerdo! Este es su defecto capital, y no

la vanidad, como generalmente se sostiene. Todos somos vanos en el

mundo. Si los franceses lo son un poco más que los otros, el caso no

tiene excesiva importancia. Pero sí la tiene enorme la frialdad que

tanta cordura ha engendrado. Entráis en el seno de una familia y

observáis con sorpresa que los hijos, así que comienzan á ganar dinero,

lo colocan en las Cajas de Ahorro y sólo dan á sus padres lo que gastan

en mantenerlos, como si se hallasen en un hotel. Al matrimonio que

tiene más de un hijo se le mira con cierta compasión despreciativa. Le

dije en cierta ocasión á una señora que dirige una tienda de bisutería:

--Uno de sus sobrinos ha venido hoy á visitarme. No sabía que tuviese

siete hermanos.

La comerciante frunció el entrecejo y exclamó con amargura:

--¡Qué quiere usted, caballero! ¡Campesinos! ¡Salvajes!

En Francia se concede tal importancia al dinero, que un sujeto que posee

500.000 francos se cree en el caso de no saludar á otro que sólo posee

300.000 y éste á su vez de no mirar siquiera al que tiene 100.000. ¡Cómo

contrasta esta ridícula actitud con la cordialidad y modestia que se

observa generalmente en los ricos españoles!

En sus relaciones con los menesterosos se observa también cierta

frialdad: los socorren, pero sin emoción. Nuestra ilustre compatriota

doña. Concepción Arenal puso como lema á una de sus obras las siguientes

palabras: «La Beneficencia envía al enfermo una camilla; la filantropía

se acerca á él; la caridad le da la mano.» Los franceses hasta ahora se

contentaban generalmente con enviar la camilla. Sin embargo, hay que

reconocer que su Beneficencia era tan eficaz, tan copiosa y previsora

que la nuestra, aunque más cordial, no podía comparársele. Si no tenía

calor el corazón lo tenía la cocina, y esto es ya mucho.

Paseando hace unos meses por las calles de Madrid tropecé con un ciego

que pedía limosna tocando el violín. Entablé conversación con él y me

informé de su patria y sus desgracias. Era un minero asturiano que había

perdido la vista á consecuencia de una explosión de grisú. Cuando le

ocurrió este percance alguien le dijo que en París existían médicos

especialistas que seguramente curarían su ceguera. Como poseía algunos

ahorros, aquí se vino lleno de esperanzas. Poco tardaron en disiparse.

Quedó ciego y sin recurso alguno en medio de esta gran capital. Los

últimos francos los empleó en comprar un violín y aprender á rascarlo.

Durante doce años recorrió, mendigando, de un cabo á otro la Francia.

Cuando estalló la guerra se le hizo salir, como á todos los demás

mendigos extranjeros. Así que conocí su historia me puse á hablar con

entusiasmo de este país, que tanto admiro; de su organización tan

perfecta, de su autoridad previsora, de la feliz distribución de sus

riquezas. El ciego me replicó, suspirando:

--Sí, señor, sí; todo eso es cierto... Pero en Francia un caballero como

usted no estaría ahora hablando con un mendigo como yo.

Líbreme Dios de imaginar que en Francia no existen muchas, muchísimas

almas ardientemente caritativas, grandes y tiernos corazones. Tengo el

honor de ser amigo de algunos. Lo único que afirmo es que aquí la

importancia del dinero había llegado á hacerse incompatible con la

importancia de las leyes morales. La ganancia era la musa inspiradora

por excelencia y el comerciante, el artista y el guerrero la rendían por

igual fervoroso culto.

En septiembre del año pasado vino con licencia de cuatro días, como

todos los soldados, al pueblecito donde yo veraneaba M. Pierre,

peluquero. Ostentaba, sobre su pecho la cruz de guerra. Se había batido

valerosamente allá, en las trincheras. Se le había citado en los

periódicos regionales por una hazaña admirable. Pues bien; ¿qué suponen

ustedes que hizo aquel guerrero que sólo traía cuatro días de licencia?

Inmediatamente abrió las puertas de su establecimiento, cerradas desde

hacía más de un año; se puso en mangas de camisa y comenzó á afeitar á

sus parroquianos.

Yo entré en la peluquería cuando hacía la barba á M. Despretis, el

propietario más rico de la localidad. Y mientras le pasaba delicadamente

la navaja por las mejillas narraba con vivos colores una de las batallas

en que había tomado parte.

--Los obuses nos barrían materialmente. Filas enteras caían y los

cadáveres se amontonaban delante de nosotros, cerrándonos el paso.

Nuestros pies chapoteaban sangre. Pero avanzábamos siempre, y en cuanto

nos pusimos en contacto con los «boches», nuestras bayonetas hicieron

una carnicería espantosa: cortaban, rajaban, se hundían en el vientre de

aquellos cochinos...

--¡Nom de Dieu! ¡Monsieur Pierre, me ha hecho usted daño!--exclamó

monsieur Despretis, abriendo los brazos y echándose hacia atrás

vivamente.

Monsieur Pierre retrocedió asustado y contempló con espanto una gotita

de sangre en las cándidas mejillas de monsieur Despretis. Se puso pálido

y balbució algunas palabras incoherentes.

¿Por qué se turba y empalidece aquel héroe á la vista de una gotita de

sangre cuando tanta había visto verterse y él mismo había derramado?

¡Ah! Porque aquella gotita no brotaba de ninguna entraña palpitante,

sino que corría de su bolsillo.

Ahora no puedo menos de preguntarme: ¿Este espíritu de economía es una

virtud? Sería profanar tal nombre el llamarlo así. Cuando un hombre se

priva de algún goce con el fin de atender á la necesidad de sus

semejantes á ese hombre le diputamos por virtuoso. Pero si separa parte

de lo que gana para proporcionarse más placeres en lo porvenir le

llamamos interesado.

Es un error profundo el tomar exageradas precauciones en la vida. Una

rabotada del Destino las echa á rodar en un instante. Cuando aquél llama

con siniestros golpes á nuestra puerta de poco nos valen nuestros

cuartos de baño y nuestro chocolate. Una pequeña dosis de fe y de

energía nos será de mayor utilidad.

Tal ha sucedido con la nación francesa. El golpe ha sido rudo porque

ruda había sido la infracción. Pero el genio francés no había naufragado

todavía: extravió el rumbo, pero no se fué á pique. Sintióse aturdido

unos instantes, pero inmediatamente reaccionó vivo y poderoso. Cien

generaciones de héroes no pueden engendrar una de cobardes. Hijos son

estos soldados de aquellos otros intrépidos, generosos, que pasearon sus

gloriosas armas por todas las ciudades de Europa sin saquear sus

palacios, sin beberse el vino de sus bodegas, robando solamente algún

beso á las lindas muchachas que cruzaban por la calle.

Ahora se habrán convencido de que hacer muchos cálculos es bueno; pero

es mejor no hacer ninguno. Llenar el bolsillo es extremadamente útil;

pero es más útil llenar el corazón. Vivir con sobriedad y mesura, no

complicar la vida, hacerla fácil para todos, rendir, sobre todo, culto

al amor en todos los momentos y en todos los lugares. Este es el secreto

de la dicha de los individuos y de la grandeza de las naciones. Si

nadamos sobre la ola de la ley moral ella nos conducirá suavemente á

puerto seguro.

Las mujeres y la guerra

Paseando hace ya bastantes años por el bosque de Bologne con un español

recién llegado como yo á París, acertamos á ver una linda pareja de

jóvenes que hacia nosotros venía graciosamente abrazada. Cruzaron á

nuestro lado con perfecta tranquilidad, sin importarles nada, al

parecer, de que les viésemos de aquel modo enlazados. Mi compañero se

escandalizó profundamente porque venía dispuesto á escandalizarse.

En Madrid es proverbial la corrupción de París. En Madrid todas las

cosas son proverbiales. Quiero decir que lo que opina el uno lo opina el

otro, y así sucesivamente.

Dice un amigo mío, muy inclinado á la paradoja, que en España existen

240 personas que piensan por sí mismas. Las demás piensan por cuenta del

vecino, exceptuando aquellas que no piensan de manera alguna, que es la

clase más numerosa.

Esta cuchufleta no está desprovista por completo de verosimilitud. Los

españoles, que hemos sido audaces aventureros por mar y tierra, cuando

nos lanzamos á navegar por el océano de las ideas nos tornamos encogidos

marineros. Un viajero americano afirma que en Inglaterra exigen á cada

uno que se atreva á tener opinión propia que perdonan fácilmente á todo

el que rompa con las convenciones sociales si lo hace con ingenio. En

ello ven una garantía de la fuerza y progreso de su nación. Pues en

España acaece lo contrario. Aquí se mira con malos ojos á cualquiera que

diga ó ejecute una cosa no dicha ó ejecutada antes por otro. Alemania

es, según dicen, el país de los uniformes; España, igual; pero lo

llevamos dentro.

Volviendo á mi compañero de paseo diré que rugió de indignación y

exclamó:

--¡Qué desvergüenza, qué cinismo! ¡Hay que venir á París para ver estas

cosas!

--No hay que hacer un viaje tan largo--le respondí--. Se conoce que no

pasea usted por las avenidas del Retiro.

La capital de Francia, en lo que á las relaciones de los dos sexos se

refiere, no está más corrompida que Londres, Berlín y Nueva York.

Téngase presente que en París existía antes de la guerra una población

flotante mucho más numerosa que en ninguna otra ciudad. Todos los

alegres compadres de Europa y América se daban aquí cita para

divertirse.

Fuerza es confesar que la mala fama de las francesas se la han dado los

franceses. Son sus mismos padres, esposos y hermanos los que las han

deshonrado á los ojos del mundo. En el teatro y la novela no se hallará

de cincuenta años á esta parte otra cosa que las ruindades y picardías

cometidas por las mujeres francesas con sus maridos. La liviandad es la

única musa de los autores modernos; el adulterio, su único argumento. De

tal modo, que el que se sature de esta bazofia literaria (que no otro

nombre merecen las producciones que ven á diario la luz en París)

pensará que en toda Francia no existe una esposa fiel ni una soltera con

pudor.

Es una infame calumnia. Saliendo de París hallaréis en todas las

provincias de Francia las mismas costumbres que en España. Yo, que desde

hace tiempo habito parte del año en una de ellas, no he observado aquí

mayor inmoralidad. Hay alguno que otro divorcio, es cierto; pero las

damas francesas miran de través y con menosprecio á la mujer

divorciada, lo mismo que sucedería en una provincia española. Por otra

parte, ¿no habría divorcios entre nosotros si la ley los consintiese?

Pero tiene la mujer francesa tanto en su abono, que podría perdonársele

un suplemento de coquetería. Tiene la gracia, el ingenio, la elegancia,

la cultura; tiene, sobre todo, el inquebrantable propósito de hacerse

amable. La decantada cortesía francesa no reside en los franceses (y que

me perdonen los buenos amigos que aquí tengo), sino en las francesas.

El poder de la mujer francesa es infinito. Nadie resiste á su

influencia. Sin belleza, muchas veces; sin alta posición social, sin

ricos trajes, sin sólida instrucción, sabe, no obstante, arreglárselas

para fascinar primero y sujetar después á cuantos á ella se acercan. Si

leéis la correspondencia de Voltaire os causará asombro la inmensa

variedad de frases ingeniosas que aquel hombre tenía á su disposición

para lisonjear á sus corresponsales. Pues todas las francesas son

pequeños Voltaires. Cuando penetráis en un círculo de damas francesas

estad seguros de oir muchas frases que halaguen vuestro amor propio

pronunciadas con tal arte, con una sencillez tan refinada, que no os

dais cuenta de que os adulan. Y esto constituye un verdadero peligro,

porque salís de aquella reunión haciendo la rueda como un pavo real.

Es una particularidad digna de notarse que la mujer francesa, cuanto más

envejece, más amable se hace. Así como las inglesas, al decir de

viajeros y novelistas, se tornan agrias con la edad, la francesa

concentra su dulzura y se escarcha como las mermeladas. Entonces es

cuando desplegan los recursos todos de su arte. En Francia no es fácil

sostenerse contra una joven: imposible resistir á una vieja.

Días pasados espero la llegada de un tranvía. Ignoro que hay que

arrancar un papelito, con un número, de cierta columna donde están

fijados. Una señora de pelo gris observa mi descuido y me dice:

--Monsieur, vaya usted á tomar su número, porque de otro modo no

conseguirá entrar en el coche.

Otro día entro en una iglesia y dejo olvidado sobre el reclinatorio

donde había estado arrodillado mi gabán. Cuando ya estoy cerca de la

puerta, siento detrás de mí una respiración jadeante y oigo una voz que

me dice:

--Monsieur, tome usted su gabán que ha olvidado.

Era una dama también de cabellos blancos. ¿Cómo es posible dejar de

adorar á estas buenas viejas francesas?

Otra curiosa particularidad es que en Francia no existen como en España

provincianas. Todas son parisienses. El mismo gusto para vestirse, el

mismo ingenio, la misma cortesía, la misma distinción de modales. En una

aldea, al aire libre, he visto bailar un rigodón á unas pobres

labradoras, con tal elegancia y majestad, que si repentinamente una hada

trocase el percal de sus vestidos por seda y el mísero violín que las

acompañaba por una orquesta, se creería uno entre princesas. Vamos

paseando y oímos detrás la voz de algunas personas que se saludan con

frases ceremoniosas y entablan una conversación en que se cambian finos

conceptos. Volvemos la cabeza: son unas domésticas que han tropezado con

un obrero de los tranvías. Hasta he presenciado una reyerta fragorosa

entre dos mujeres que vinieron á las manos, sin abandonar por completo

toda cortesía.

--¡Oh, madame!--gritaba, una dando á la otra un arañazo.

--¡Oh, mademoiselle!--gritaba la otra respondiendo con un estirón de

pelos.

Vengamos ahora á la política. En Francia casi todos los hombres son

republicanos; pero las mujeres casi ninguna. Por lo menos, cuantas

señoras be tropezado me han preguntado por nuestro Rey, por la Reina,

por los Príncipes e Infantes, con tanto interés y afecto, que revelan

sentimientos monárquicos acendrados. Es un interés vivísimo el que

sienten por conocer las particularidades de la vida y costumbres de

nuestra familia Real. En vano les digo que yo no puedo satisfacer su

curiosidad porque no soy cortesano ni voy jamás á Palacio. Ellas se

obstinan, quieren sacar de mí algún pormenor atractivo, alguna noticia ó

anécdota. Entonces me acuerdo de que soy novelista y les cuento una

historia que las enternece.

Su actitud al declararse la guerra no ha podido ser más admirable. Las

he visto confiadas, serenas, resueltas como el hombre; pero con más

dignidad aun.

Algunos hombres, completamente enloquecidos, estallaron delante de mí en

denuestos contra sus enemigos, profirieron frases de mal gusto. Las

mujeres no descienden á la injuria grosera. Ellas, tan comunicativas

ordinariamente, permanecían graves y silenciosas; pero en sus ojos, en

todo su cuerpo, se leía la inquebrantable decisión de ayudar á sus

esposos y hermanos hasta morir.

¡Y vaya si lo han cumplido! La mujer es cobarde en una guerra de

agresión y de conquista. Para marchar necesita ir acompañada de la

justicia. Pero cuando la siente á su lado entonces es más intrépida que

el hombre. Acordaos, españoles, de aquel baluarte de Gerona defendido

por nuestras heroicas abuelas, donde se gritaba: ¡Ni damos ni queremos

cuartel!

Una vez convencidas las francesas de que su patria había sido atacada

injustamente, desplegaron, para aliviar la suerte de los suyos, los

maravillosos recursos de su naturaleza. En el campo tomaron sobre sus

hombros, la pesada carga del cultivo, aquí, en París, desempeñan con

igual éxito los oficios de los hombres, lo que engendra un problema que

ya preocupa á éstos. Un obrero me decía, no ha mucho, con cierta

inquietud y amargura:

--Vea usted, señor; las mujeres en estos momentos lo invaden todo: son

los cobradores de los tranvías, los mozos de café, los dependientes de

los comercios, los cocheros, los obreros en nuestras fábricas, hasta en

las de municiones... ¿Qué va á pasar cuando la guerra termine? Los

hombres hallarán ocupados sus puestos y será difícil que puedan

recuperarlos. La mujer se contenta con la mitad del salario de un

hombre. Como es natural, los empresarios y los propietarios de

establecimientos comerciales preferirán que ellas sigan. Será un grave

conflicto, puede usted creerme.

Sí lo creo; pero no he podido menos de preguntarme: ¿Cuál es la causa

original de este conflicto? Las mayores necesidades de los hombres, y si

hablásemos con toda claridad, pudiéramos decir sus vicios. La mujer no

necesita alcohol ni tabaco; es más sobria en la alimentación; no exige

placeres costosos. La única manera de resolver el problema será que los

hombres se hagan más sobrios y morigerados y puedan vivir con igual

salario. Con esto ganarían ellos mismos, su nación y la raza entera.

Millares de jóvenes en brillante posición abandonaron el regalo de su

hogar y partieron al frente para servir en las ambulancias; otras

permanecieron en los hospitales creados hasta en los más apartados

rincones del territorio para recibir á los heridos; otras, en fin,

recorren el país haciendo todo lo que humanamente es posible para

arbitrar recursos.

Fuí testigo y lo soy de sus trabajos en estos hospitales. No se limitan

á cuidar á los heridos, á curar sus llagas, á velar su sueño; hacen

mucho más. Como saben que la alegría es el medicamento más eficaz que se

conoce, capaz por sí sólo de realizar curas maravillosas, se esfuerzan

en proporcionársela á sus enfermos. Lo primero que hacen es instalar un

piano, y si les es posible, un cinematógrafo. Según las circunstancias y

el estado de los heridos, dan conciertos vocales o instrumentales,

representan comedias, leen novelas, les divierten con juegos de

prestidigitación y, sobre todo, ríen y charlan y los tienen embelesados.

Inútil es decir que el dios alado hijo de Venus y Marte acude á estos

recintos, que debieran ser de dolor, y lo son muchas veces de regocijo.

Y con inaudita crueldad remata la obra de los alemanes disparando sobre

aquellos infelices heridos, no ya flechas de oro como antiguamente, sino

flamantes granadas de mano con gases asfixiantes. Algunos de ellos van á

convalecer á la sacristía de la parroquia; otros se marchan al frente,

prometiendo á sus enfermeras venir pronto otra vez heridos.

Hace pocos días visité el famoso colegio Rollin, soberbio edificio,

transformado, como otros muchos, en hospital. A una de estas simpáticas

enfermeras le pregunté:

--¿Son ustedes aquí todas voluntarias?

--Hay algunas profesionales; pero las más somos voluntarias.

Ella fué la que me contó la siguiente tristísima anécdota:

Existe en París un comerciante inmensamente rico llamado Vilmorin. El

hijo de este comerciante quedó, á consecuencia de uno de los combates,

_sin piernas y ciego_. De éstos hay varios. Cuando su padre fué á verle

por primera vez al hospital, el hijo le preguntó:

--Padre, ¿me quieres todavía?

--Infinitamente más que antes, hijo mío.

--Pues voy á pedirte un favor.

--Cuanto tú quieras. Hasta mi último franco está á tu disposición.

--Mátame.

--¿Qué es lo que estas diciendo?

--Sí, mátame; dame un veneno; nadie lo sabrá.

Que cada cual se represente lo que habrá experimentado aquel padre.

Autores y libros

Después de los políticos, los literatos somos lo peor en cada país. La

política es la región del interés y la vanidad; el arte solamente de la

vanidad. Un artista prescindirá sin inconveniente del almuerzo si os

dignáis elogiar sus obras: en el caso de que habléis mal de las de sus

colegas prescindirá también de la cena. Un político necesita además

«champagne» y buenos cigarros. Tratándose no obstante de adulación tiene

el estómago menos delicado que el literato. Cuando yo era joven y

asistía á ciertas tertulias de políticos he visto á más de uno engullir

con fruición verdaderos platos de taberna.

Se habla, sin embargo, demasiado de la vanidad de los poetas; como si

los que no lo son estuvieran exentos de ella. Todos los que ejecutan

alguna obra en este mundo, y hasta los que no ejecutan ninguna, se

juzgan dignos de ser celebrados.

Entre los grandes literatos, según dicen, el francés es el más

puntilloso e insufrible. Ignoro si esto es así, porque no tengo el honor

de tratar á ninguno. Pero en España existía hace años un famoso poeta á

quien preguntaba en cierta ocasión uno de sus jóvenes admiradores:

--Dígame, usted, don M..., ¿quién es más grande poeta, Shakespeare ó

usted?

--Te diré--respondió el poeta español gravemente, dispuesto á esclarecer

el asunto.

No imagino que Víctor Hugo hubiese ido más allá.

La guerra injusta; cartas de un español · 第 3 / 7 段