Un _leader_ del socialismo español, con quien tropecé hace años en una

fonda, me decía: «Desengáñese usted; este asunto se resolverá como todos

los otros de este mundo: por la fuerza.» Yo le respondí: «Está usted en

un error, amigo mío; este asunto, como todos los otros de este mundo, se

resolverá por el amor.»

Y el tiempo ha empezado ya á darme la razón. ¿Quién puede imaginar á la

hora presente que triunfe una revolución popular disponiendo la

burguesía de mercenarios con mausers, cañones de tiro rápido y

ametralladoras?

Sí; el amor; esto es, el sentimiento de fraternidad, guiado por la

razón, es el que se encargará de resolver este problema, limando poco á

poco las irritantes desigualdades sociales. La Naturaleza no da saltos;

pero la sociedad tampoco. La orilla está lejos; pero está más cerca de

lo que hace algún tiempo pensábamos.

El moderno socialismo tiene su fuerza en Alemania. Esta afirmación

sorprenderá y causará pena á algunos de nuestros germanófilos que no

pueden imaginar que de Alemania venga otra cosa que autoridad, sumisión,

disciplina. Y tienen razón, después de todo; las masas socialistas están

mucho más disciplinadas en Alemania que en otras partes. Por eso son

mucho más peligrosas. Esta disciplina matará la otra.

En Francia el socialismo ha sido siempre más teórico que práctico. Hubo

diversas clases de soñadores. Los unos atacaron la propiedad: fueron los

_comunistas_. Los otros atacaron la familia: fueron los _fourieristas_,

los del famoso falansterio. Otros, la religión: fueron los

_sansimonianos_. Ninguno de estos soñadores, sin embargo, logró

arrastrar y concitar las masas; ninguno pudo organizar en París una

manifestación de 300.000 hombres, como la que se efectuó en Berlín hace

algunos años.

Si venís á Francia y recorréis las provincias os sorprenderá conocer el

personal con que hoy cuenta el socialismo. Veis en un pueblo un precioso

jardín cultivado con el mayor esmero, rodeado de verja; en el fondo, un

soberbio hotel; hay jardineros que riegan y podan; hay criaditas,

elegantemente vestidas con su delantal y su cofia blanca, asomadas á la

terraza. «¿A quién pertenece esta finca?»--preguntáis--. «A monsieur

F...--os responden--; jefe aquí del partido socialista.» Entráis á

consultar con un médico famoso. Os abre la puerta un criado de librea;

la casa está puesta con lujo excepcional; antes de pasar á su gabinete

podéis echar una mirada furtiva al comedor, donde se halla reunida una

familia numerosa tomando el té. Este doctor es el célebre B..., director

y propietario de una revista socialista. Entráis en una iglesia á oir

misa, y al salir tropezáis con un caballero que espera á su señora.

Esta, vestida con suprema elegancia, con el devocionario en la mano, se

acerca á él sonriente, le pasa el libro, se cuelga á su brazo y ambos se

alejan departiendo alegremente. Es monsieur D..., diputado socialista

por el departamento.

Por lo que se advierte, estos socialistas franceses no son ya muy

peligrosos ni para la propiedad, ni para la familia, ni para la

religión. Son microbios, cultivados que han perdido su virulencia.

¡Pero los nuestros son ponzoñosos en grado extremo!--oigo exclamar á

algún conservador furioso--; Y me recuerda los viles asesinatos de

Cullera, los incendios, las crueldades de Barcelona, los pillajes y

depredaciones de otros sitios.

Tiene razón; por ahora nuestros socialistas son descamisados, y el

carecer de camisa no ayuda mucho á la moralidad. «Si es que el pobre

puede ser honrado»--decía Cervantes--. La honradez es un producto caro

y, en general, sólo está al alcance de las personas de posición

desahogada. El privilegio más envidiable de los ricos es que pueden

proporcionarse el lujo de ser honrados.

Sin embargo, ha llegado á mis oídos que alguno de los jefes actuales del

socialismo español tiene camisas de noche y de vestir, y no sólo

camisas, sino también fincas urbanas, y que es un despiadado casero que

envía á sus inquilinos el recibo indefectiblemente el primero de mes á

la hora del almuerzo para que pierdan el apetito y se les indigesten los

filetes empanados. No creo en esta leyenda negra, inventada y

esparcida, sin duda, por algún malévolo reaccionario.

En todo caso, debiéramos alegrarnos de que los socialistas posean fincas

urbanas. Y si adquieren algunas acciones del Banco de España, mejor que

mejor. El día en que los socialistas españoles tengan jardines

enverjados y lleven á sus señoras á misa, los burgueses no tienen ya que

temblar por sus títulos de propiedad y sus gavetas.

Los socialistas de todos los países han añadido á su bandera en los

tiempos modernos un lema seductor: «¡Abajo la guerra!», «Fraternidad

universal». Está perfectamente. Yo me sentí cautivado desde el primer

momento por este grito que responde á la aspiración vehemente de todo

espíritu cristiano.

Fraternidad universal. ¡Qué hermosa palabra! Pero esperando esta

fraternidad tan dilatada, ¿no podrían los buenos socialistas hacer uso

de otra, más restringida? Porque todos los días vemos que cuando se

declara la huelga en cualquier establecimiento industrial, si un

desdichado obrero, acosado por el hambre, se presenta allí pidiendo

trabajo, sus hermanitos se arrojan sobre él con fraternidad canina.

Nadie ha dejado de experimentar en Europa un sentimiento de simpatía al

ver estampado entre los principios del moderno socialismo el desarme de

las naciones y, como consecuencia, la paz entre ellas. Antiguamente se

decía: «Paz, entre los Príncipes cristianos.» No debiera suprimirse la

frase, porque los Príncipes cristianos han sido los principales

causantes de esta guerra. Todos, hasta los más recalcitrantes burgueses,

volvieron hacia ellos los ojos con afectuosa complacencia. En las

tinieblas que amontonaron sobre la vieja Europa los incesantes

armamentos, sembrando el pavor en todas las almas, el único rayo de luz

que percibimos venía del socialismo. La diplomacia--nos decíamos--es

impotente, está desacreditada; pero el socialismo es fuerte, las masas

de trabajadores se encargarán de oponer una barrera á las ambiciones y

soberbia de los tiranos. Si dejan caer el fusil y se cruzan de brazos,

¿quién marchará á la batalla?

Amarga ha sido la decepción. No dejaron caer el fusil; al contrario, se

apresuraron todos á empuñarlo y á servirse de él con la misma

inconsciencia que los soldados mercenarios.

¿Ha sido cobardía? ¿Ha sido el feroz instinto gregario que arrastra á

las muchedumbres cuando se logra enardecerlas? No sé; pero es bien

lamentable. Entre todas las bancarrotas que la presente guerra ha traído

consigo, la más triste es la del socialismo. Hablando hace algunas horas

con uno le expresé, no sin cierto calor y amargura, mi sentimiento de

tristeza ante el espectáculo que en esta guerra habían dado al mundo sus

correligionarios.

--¿Valía la pena--le dije--de que ustedes estuvieran tantos años

predicando la paz y la fraternidad internacional, oponiéndose

sistemáticamente á los armamentos, para que terminasen siendo tan

feroces guerreros como los demás?

He aquí los términos en que respondió á mi interpelación:

«Para todos, lo mismo burgueses que socialistas, han llegado tiempos

bien duros. Cuando se grita ¡fuego! en una casa, los más estoicos saltan

de la cama, y cuando se grita ¡ladrones!, el mayor santo echa mano al

cuchillo de la cocina. Ser pacifista teniendo á su lado un enemigo que

acecha vuestros movimientos para arrojarse sobre vosotros al primer

descuido, es un verdadero crimen. Sí; nosotros los socialistas franceses

hemos cometido ese crimen, y debemos expiarlo derramando profusamente

nuestra sangre. Nos hemos opuesto á los gastos militares; hemos

maltratado á nuestros bravos y previsores generales, pensando que allá

abajo nuestros hermanos harían lo mismo. Algo hacían; pero ahora vemos

que todo era comedia, que en el fondo eran cómplices de los tiranos y lo

mismo unos que otros estaban de acuerdo para lanzarse sobre nosotros y

arrancarnos el fruto de nuestro trabajo. Todas las leyes, lo mismo las

humanas que las divinas, ceden ante el derecho de legítima defensa. ¿No

os defendisteis vosotros con brío en Zaragoza y Gerona cuando nosotros

invadimos vuestro territorio? Y, sin embargo, vosotros sabíais bien que

no llevábamos propósito de apoderarnos de vuestro bolsillo. El caso era

bien distinto que ahora. Los franceses penetramos injustamente, lo

reconozco, en el territorio de otras naciones; fué un movimiento de

vanidad explotado por un hombre de genio; antes nuestra República había

sido atacada por ellas. Pero los franceses llevábamos algo que daros.

Llevábamos en el orden político los sagrados derechos del hombre,

desconocidos y hollados entonces en Europa; llevábamos en el orden civil

un Código que todos después habéis copiado. Ibamos á sustituir un

régimen despótico por otro liberal, á cambiar simplemente un rey por

otro. Después de todo, franceses eran ambos; el uno; hermano de

Bonaparte; el otro, nieto de Luis XIV. La prueba de que no éramos unos

bandidos es que los hombres más eminentes que entonces poseíais se

pusieron de nuestra parte, los Moratín, los Silvela, los Meléndez

Valdés, los Hermosilla, etc. Y en otras naciones acaeció lo mismo.

Goethe, el más alto espíritu que la Alemania ha tenido hasta ahora,

fué injuriado en su país por suponérsele amigo nuestro.

«Pero Alemania, ¿qué es lo que trae de nuevo y de bueno á la Europa? Ni

tiene más inspirados poetas, ni más profundos filósofos, ni sus leyes

son más sabias, ni sus costumbres más puras. Tiene algunos hombres de

ciencia eminentes. Otros existen, tan grandes como ellos, en Francia, en

Inglaterra, en Italia y en Rusia. Los más sorprendentes inventos

modernos no se deben á ellos, sino á Edison y Marconi. En vez de un

régimen más liberal y humano traen consigo la autocracia militar. Ellos

son los que han impuesto á toda Europa esa moderna esclavitud que se

llama servicio militar obligatorio. Ellos son los que se han opuesto á

la generosa iniciativa del Zar Nicolás II proponiendo el desarme. Ellos

son los que han hecho fracasar la Conferencia de La Haya. Ellos son los

que mantenían la alarma y la zozobra en todo el mundo. ¿Qué les debemos

pues, en resumen? Un poco más de química y mucho menos sentido moral.»

Dejo á mi vehemente interlocutor la responsabilidad de estas razones

que, aunque exageradas, guardan un fondo de verdad.

Franceses y Españoles

Discurro que es este un punto bien delicado. Se necesita ser un

equilibrista maestro para no caer en lamentables equivocaciones. Hablar

de las relaciones entre franceses y españoles en los actuales momentos

sin herir á los unos ó á los otros es empresa que debiera hacerme

retroceder por lo peligrosa. _¡Callad! ¡Desconfiad! ¡Los oídos enemigos

os escuchan!_, se lee hoy en París por todas partes: en las estaciones

de los ferrocarriles, en los tranvías, en los cafés, en los comercios.

No quiero seguir el consejo. Para lanzarme al espacio sobre esta cuerda

tirante poseo un balancín, del cual me he servido siempre con buen

éxito. Este balancín se llama _sinceridad_.

Pero el citado esparcido letrerito se presta á algunas consideraciones.

Desde luego hace ostensible que el carácter francés es expansivo. En

Berlín no hará falta, ciertamente. Y si mis casi paisanos los gallegos

se hallasen en guerra (que no se hallarán) con alguna otra potencia

europea, tampoco.

Tenía yo un amigo de esta región con el cual tropecé en la calle después

de larga ausencia.

--¿Cuándo ha llegado usted?--le pregunté.

--Hace tres días--me respondió.

Y arrepentido inmediatamente de haber dejado escapar la verdad, añadió:

--Y algo más.

Maestros como éste hacen falta, por lo visto, en Francia.

Hablemos sinceramente de nuestra amistad con los franceses. Es

manifiesto que en España no son todos amigos y admiradores de la

Francia. Antiguos resentimientos, cóleras, despechos; esto es lo que

sale á la superficie en cuanto se remueve un poco el estanque.

Es la historia de todos los vecinos. Cuando vivimos largo tiempo en

estrecho comercio con una persona, las pequeñas molestias,

desatenciones, injusticias, que nuestro congénito egoísmo arrastra

consigo, se van depositando lentamente en lo que los psicólogos llaman

«conciencia subliminal». La educación, el amor á la tranquilidad, la

pereza, también retienen prisioneros todos aquellos elementos de

discordia. Pero llega un momento en que cualquier acontecimiento

imprevisto les abre la puerta y entonces salen furiosos, brutales, con

los ojos inyectados.

Hay que convenir en que los franceses no se han preocupado mucho hasta

ahora de ganar nuestra simpatía. La Prensa particularmente no ha

vacilado en zaherirnos y en manifestarnos su desprecio en más de una

ocasión. Cuando el actual presidente de la República nos hizo el honor

de visitarnos, algunos de los periodistas que con él vinieron no

estuvieron exageradamente amables con nosotros. En una de sus

correspondencias leí con estupefacción que las calles de Madrid eran

lóbregas. Es sencillamente ridículo, porque en todas las capitales de

Europea hay calles más lóbregas que en Madrid. Un francés me dijo en

cierta ocasión que le bastaba 25.000 hombres para conquistarnos.

Sabido es que en todas partes existen groseros y necios; pero no hay que

maravillarse de que estos alfilerazos repetidos lleguen á producir el

efecto de una puñalada. Son pocas las personas de sangre fría capaces de

asignar á las cosas su verdadero valor. Hay un teorema en la Etica de

Spinosa, que dice: «Aquel que imagina que es odiado por otro y no cree

haberle dado ningún motivo de odio, le odia á su vez.»

Todo esto, repito, procede de la vecindad. Si los vecinos de una casa

supiesen lo que los otros dicen de ellos en voz baja, pronto se

convertiría aquella mansión en un campo de Agramante. Cuando uno es

bastante estúpido, para decirlo en voz alta, es cuando estallan esas

reyertas de Montechi e Capuleti que todos conocemos.

Por lo demás, no creo que si tuviésemos cerca á los alemanes fueran más

piadosos con nosotros. Recuerdo que hace ya bastantes años vino á

visitarme un periodista germano. Estaba encantado de nuestra nación;

todo le interesaba, todo le conmovía; recorría los pueblecitos de la

provincia de Madrid, y se pasaba semanas enteras con los labriegos y

aprendía unas canciones bárbaras, que repetía de un mondo que me hacía

estallar de risa. Sin embargo, yo abrigaba algunas vagas sospechas de

que aquella admiración por España no era de buena ley. Un día vino él

mismo á confirmarlas.

--Ayer--me dijo--he tropezado con un amigo y compañero de Leipzig que

desde hace unos días está en España. El pobre hombre se queja de todo,

se queja de los ferrocarriles españoles, se queja de los hoteles, de

los servicios públicos, del correo, del pavimento de las calles, de la

Policía, del alumbrado... Yo le he dicho:--Hombre, eres un tonto. A

España no se viene á buscar buenos hoteles, ni buen pavimento, ni

Policía, ni Correos, sino por otras cosas muy distintas.

Confieso que me subieron los colores al rostro. Aquel joven periodista

nos tomaba por africanos y hablaba de Madrid como si estuviera en

Mequinez.

Aparte de estas antipatías dispersas, engendradas por el despecho,

existen en nuestra nación poderosos elementos que en la presente

contienda se han puesto del lado de los germanos. Se puede decir, sin

temor á equivocarse, que de los tres estamentos, clero, _milicia y

estado llano_, sólo el último simpatiza con los aliados. Los dos

primeros, más o menos ostensiblemente, se han colocado de parte de los

Imperios centrales. Veo el fundamento que tiene para mantenerse en su

actitud el segundo. Siendo Alemania un Imperio esencialmente militar, es

lógico que todo aquel que profese las armas en Europa se sienta

inclinado hacia él. Si en vez de los explosivos y los líquidos

inflammables predominase en Alemania el dulce de almíbar, y la fábrica

Krupp, en vez de cañones, fabricase mantecadas, todos los confiteros

españoles serían germanofilos.

No encuentro tan justificada la actitud del primero. ¿De dónde ó de qué

procede ese amor que nuestro clero regular y secular manifiesta hacia

los alemanes?

--No es el amor por los alemanes lo que les impulsa--me decía un

amigo--. Es el odio hacia los franceses.

--¡Imposible!--le respondí--. En la doctrina cristiana la palabra odio

no tiene beligerancia. Un ministro del Crucificado está obligado á

proceder por amor en todos y en cada uno de los momentos de su vida.

Además, es posible odiar á una persona ó á una docena de ellas; pero

monstruoso y absurdo, aborrecer á cuarenta millones de seres humanos.

Hablando con la sinceridad que he prometido, diré que me inclino á creer

en la existencia de alguna revelación sólo conocida de religiosos y

sacerdotes y oculta para la mayoría de nosotros. Es más que probable que

alguna monja, en uno ú otro convento de España, haya tenido una visión

celestial como las de Santa Teresa o su discípula la beata Marina de

Escobar, en que Nuestro Señor le revelase que debiéramos colocarnos

resueltamente del lado de los germanos y turcos. En ese caso juzgo

vituperable que no se haga pública, á fin de que no vivamos en pecado

mortal los fieles cristianos que en España hemos tomado parte por los

aliados.

Comprendo, no obstante, que ciertos católicos se hayan dejado extraviar

por la ley de asociación en los sentimientos de que también habla

Spinosa. Cuando una persona ó cosa nos ha causado una impresión

desagradable, todo lo que se relaciona con aquella persona ó cosa nos la

produce igualmente. Quiero decir que hacen extensiva á todos los

franceses la aversión que les han inspirado unos pocos.

El sectarismo había llegado á hacerse odioso en Francia. Era un

terrorismo blanco remedo de aquel otro rojo del 93, del cual aun guarda

en su memoria el género humano la imagen espantosa. No se cortaban

cabezas, pero sí carreras y bolsillos. Eran sacrificios incruentos con

desastrosas consecuencias para las víctimas y sus familias. El Poder

central, como en tiempo de Robespierre, tenía delatores en todos los

pueblos de la República. A las oficinas del ministerio del Interior y de

la Guerra llegaban noticias de los funcionarios civiles y militares. Era

una Inquisición invertida. Había una lista de las personas que

confesaban y comulgaban; otra de las que asistían solamente á misa los

domingos; otra, por fin, de los que acompañaban á sus señoras hasta la

iglesia y se quedaban á la puerta. ¿No es verdad que esto hace reir?

Parece imposible que los franceses, tan finos, tan avisados, con tanto

instinto de lo cómico, hayan podido sufrir tamañas ridiculeces.

Pero no veo motivo para odiarles. Es una de tantas consecuencias de la

cobardía social, como en todas las épocas y en todos lo países se

registran. Un demagogo logra encaramarse y siembra el terror en la

nación, no por medio de la guillotina como sus antiguos colegas, sino

por la cesantía y la postergación. ¿Tiene esto algo de sorprendente?

Figurémonos que en aquellos desdichados tiempos en que nuestra España se

hallaba entre las garras de una minoría grosera y anárquica, cuando se

ponían restricciones al culto católico, cuando se insultaba en la calle

á sus ministros, cuando en el Congreso de los diputados se proferían

blasfemias repugnantes; figurémonos que existiese á nuestro lado una

nación timorata que en vista de tales excesos nos dedicase un odio

mortal y se alegrase de cuantas desgracias nos cogiesen; ¿no clamaríamos

inmediatamente contra tal injusticia? Francia se encuentra, con

respecto á España, en este caso á la hora presente.

Con razón ó sin ella se halla aquí esparcida la opinión de que los

españoles les somos hostiles. Se sienten heridos y se irritan, y esta

irritación se traduce en frialdad aparente, por lo menos. Algunos

españoles, lo mismo señoras que caballeros, se me quejan de que en

ciertos sitios se les recibe con descortesía; que en los comercios donde

realizan sus compras escuchan, aunque pronunciadas en voz baja, palabras

desagradables. Yo les respondo: «Señoras y caballeros, no debe

sorprenderles mucho que esto suceda. Es fácil olvidarse de que el amor

no se halla esparcido entre la Humanidad tan copiosamente como fuera de

desear. Cuando un perro forastero entra en un pueblo, todos los demás se

ponen á ladrarle sin motivo. Entre personas que se hayan tratado largo

tiempo y que parecen estimarse, una nada determina el rompimiento y el

odio. Cuando un criado nos insulta en la calle aborrecemos á su amo, que

no se ha movido de casa. Mi padre tenía un perro que no podía entrar en

cierto caserío cuando íbamos de paseo, y se veía obligado á volverse por

tener allí un enemigo formidable de su misma raza. Aconteció que el

dueño de este perro vino un día á visitarnos; el nuestro, con gran

sorpresa de todos, porque era muy pacífico, se arrojó sobre él

furiosamente y costó gran trabajo impedir que le despedazase. Así es el

mundo de los perros y de los hombres. Nosotros pagamos aquí los vidrios

que allá, en Madrid, rompen los germanófilos.»

Esto no obstante, me cumple declarar que ni yo ni las personas que me

acompañan hemos escuchado hasta ahora ninguna palabra que pudiera

molestarnos, antes por el contrario, nos vemos acogidos en todas partes

con irreprochable corrección. Acaso sea todo aprensión y bobería de

estos buenos españoles.

Pero aunque existiese cierta hostilidad en el vulgo no debe esto

desconcertarnos. ¿Qué significa el vulgo? Lo que nos importa aquí y en

todas partes es la gente que piensa, lo que ahora ha dado en llamarse

clase intelectual. París es algunos millares de personas, y Madrid

algunos cientos. Estos son los que gozan de permanencia en sus

sentimientos, y, por lo tanto, dignos de respeto. La masa se inclina de

un lado o de otro al más ligero soplo; lo que hoy ama mañana lo

aborrece; la roca Tarpeya en todas partes ha estado cerca del Capitolio.

Recuerdo que cuando vine por primera vez á París, hace más de veinte

años, me recomendaban que hiciese lo posible porque no me tomasen por

italiano á fin de evitarme molestias. Hoy me convendría afectar el

acento toscano ó napolitano.

Los intelectuales franceses están de nuestra parte han recibido con

gratitud el manifiesto que el año anterior les han enviado los nuestros;

saben estimar nuestras cualidades, y si he de confesar la verdad, nos

aprecian á veces más de lo justo. En un estudio sobre la literatura

española publicado recientemente por el sabio catedrático de la Sorbona

Ernesto Martinenche leo las siguientes palabras: «De todas las

literaturas extranjeras, la española es quizá la que ha ejercido en

Francia la acción más profunda y continua.» Es falso, pues, que nos

desprecien los únicos capaces de apreciar y despreciar. Y como éstos

son, en definitiva, los que guían la opinión y dirigen el mundo, debemos

estar seguros de la amistad de la Francia.

El ahorro francés

«Francia tiene un «gato»; es necesario quitárselo», decía el Príncipe de

Bismarck á sus amigos. Y, en efecto, siguiendo sus instrucciones, los

discípulos de hoy quisieron repetir la hazaña. Pero los franceses han

guardado tan bien el gracioso animal que es ya caso imposible que

aquéllos pongan la mano sobre su lomo.

¡Pobre animalito! ¡Tan dulce, tan inocente, tan rollizo! Sería triste

que los bárbaros se apoderasen de él. Seguro que con su piel harían

correas de fusiles y con sus mantecas engrasarían las llaves de los

cañones.

No hay casa en Francia, por humilde que sea, donde no ronque en algún

oscuro rincón uno de estos felinos, pequeño o grande. Conocí á un

funcionario del Municipio que mantenía á su esposa, su suegra y dos

hijos con un sueldo de 140 francos mensuales. Así y todo, me confesó

que separaba 15 todos los meses para su «gato». El día en que no pudiese

darle siquiera unos céntimos de cordilla, el francés se moriría de

ictericia.

El Shah de Persia declaraba hace años á un periodista que lo que más le

admiraba en Francia era el ahorro.

Yo creo que si hubiera visto á una estanquerita que vive en la rue de

Clichy lo hubiera puesto en segundo lugar.

La guerra injusta; cartas de un español · 第 2 / 7 段