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LA GUERRA INJUSTA
Armando PALACIO VALDÈS
de la Academia Española
La
Guerra Injusta
Cartas de un Español
BLOUD & GAY
EDITORES
BARCELONE PARIS
35, Calle del Bruch 3, Rue Garancière
1917
Tous droits réservés
La Decisión de la Francia
La dirección de El Imparcial me ha confiado la honrosa tarea de estudiar
el espíritu francés en estos, para él, tan críticos momentos. Por
honrosa que ella sea, no la hubiera aceptado si otros motivos que no
fuesen del orden moral se ofreciesen ante mis ojos. Soy viejo, mi salud
vacilante; el ruido de la Prensa me ha atemorizado siempre. ¿Por qué
pasar «del silencio al estruendo», por qué abandonar el oscuro rincón
donde desde hace muchos años hablo en voz baja con aquellos espíritus
afines al mío, esparcidos por el ámbito del mundo, sin que la
muchedumbre se entere?
¿Por qué? Porque la voz de mi conciencia, esa voz que en todo hombre se
va haciendo más poderosa con los años, me lo insinúa con vivas
instancias. Cuando tantos millones de seres humanos viven actualmente en
Europa, entre sangre los unos, otros entre lágrimas, ¿hay derecho á
invocar el temor, la enfermedad ó la vejez? Dejemos murmurar á la vil
materia; no es hora de atender á sus rebeldías. Cesó la hora de las
chanzas y los regalos; hay que mirar cara á cara á la bárbara realidad y
llevar una mano piadosa á las heridas.
Aquí estoy, pues, y lo primero que me cumple hacer es una declaración
que debo á mi sinceridad y al respeto de los lectores. No soy un neutral
en el sangriento conflicto que hoy aflige á la Humanidad; no lo he sido
jamás en disputa alguna que hayan presenciado mis ojos. Pude haberme
equivocado; pero siempre me coloqué resueltamente al lado del que, en mi
sentir, tenía de su parte la razón y la justicia. Por eso, al estallar
la presente guerra, me incliné del lado de la Francia; porque pensé, y
sigo pensando, que la razón y la justicia se encuentran de su parte.
En las largas, interminables horas de tren para llegar á esta gran
ciudad, antes tan feliz, hoy tan desgraciada, tuve tiempo á hacer un
minucioso examen de conciencia. Me he preguntado con lealtad si en mi
actitud favorable á los aliados ha podido influir algún motivo que no
fuese absolutamente puro. ¿Sería la simpatía personal? No siento
excesiva preferencia por ningún país, porque estoy íntimamente
persuadido de que los hombres son iguales en todas partes. No existen,
en Europa por lo menos, razas superiores e inferiores; no hay más que
hombres de buena y de mala voluntad. Con los primeros está mi corazón,
lo mismo que alienten en los vergeles de Italia que en las estepas de
Rusia. ¿Sería el interés? Ninguno tengo en que triunfen unos u otros.
¿Sería la gratitud? La debo por igual á los dos beligerantes, pues de
los dos he recibido pruebas inmerecidas de aprecio. ¿Sería, por ventura,
alguna preocupación política? Aquí ya existe motivo para detenerse.
Efectivamente; en orden á la política, admiro á Inglaterra como á ningún
otro país del mundo. Es aquel donde el hombre más respecta al hombre;
por lo tanto, el que puede llamarse sin jactancia más civilizado. Pero
Rusia, en cambio, es el más atrasado: no había, pues, motivo para una
declarada preferencia.
Persuadido de que la mía en estos momentos se funda sobre la justicia, ó
lo que yo entiendo por justicia, quedo tranquilo y tomo la pluma para
defenderla.
Y, ahora, perdóneseme que haga una pregunta. Todos los germanófilos ó
francófilos que en nuestra España residen, ¿han descendido así al fondo
de su conciencia y se han preguntado sinceramente en qué motivos fundan
su inclinación? Mis observaciones no me permiten afirmarlo. Unos se
declaran partidarios de Alemania porque son autoritarios y ponen sobre
todas las cosas de este mundo la disciplina social; otros de la Francia
porque es una República y suponen que hay más libertad; muchos marinos
son amigos de los aliados porque admiran la flota inglesa; muchos
militares quedan extasiados ante los métodos de guerra de la Alemania.
Algunos cándidos católicos gritan ¡viva Alemania! porque están ciertos
de que así que el Kaiser aniquile á la Francia su ocupación más urgente
será colocar al Sumo Pontífice en su trono temporal y restablecer la
Inquisición; muchos socialistas, cándidos también, gritan ¡viva Francia!
porque suponen que detrás de su triunfo no se hará esperar el reparto de
la propiedad. En general, los violentos, los coléricos, están con los
germanos; los pacíficos, los mansos (¡bienaventurados los mansos!), se
inclinan á los aliados.
Añadid á éstos los escépticos, los frívolos, los caprichosos, aquellos
que se declaran por unos ó por otros como en la Plaza de Toros se toma
parte por uno ó por otro espada y en el Hipódromo por uno ú otro
caballo.
Y, sin embargo, merece la pena de que examinemos con seriedad y rectitud
este litigio. La sangre de nuestros hermanos corre á torrentes. ¿Somos,
por ventura, los españoles tranquilos espectadores sentados en el
coliseo para presenciar una fiesta de gladiadores? ¿Consiste nuestra
tarea en certificar cuál es el que ha dado mejores golpes ó ha caído con
más gracia? No; nuestra carne sangra cuando sangra la de nuestros
hermanos; nuestras lágrimas corren con las que ellos vierten. Unos somos
ante la justicia divina. Pidámosle que nos ilumine y no nos deje caer en
el error, para que ella no nos pida algún día estrecha cuenta de nuestra
injusticia.
Jamás olvidaré la tarde del 2 de agosto de 1914. Me hallaba veraneando
en un perdido rincón de las Landas francesas y me ocupaba en contemplar
á un obrero que construía un gallinero en el jardín de mi casa, ayudado
de un niño hijo suyo. Eran las cuatro de la tarde. El sol nadaba por el
espacio diáfano; una brisa suave acariciaba nuestras sienes; los pájaros
marinos revoloteaban sobre nuestras cabezas. Departíamos amigablemente.
De pronto, el obrero suspende su trabajo, levanta la cabeza y exclama
inmutado:
--¡Monsieur, la campana!
Atendí un momento y escuché, en efecto, el tañido lejano de la campana
de la iglesia.
--¿Será á fuego?
--No; no es á fuego--repuso con voz sorda, bajando de nuevo la cabeza y
prosiguiendo su tarea.
Al cabo de algunos minutos la alzó de nuevo, con el rostro pálido.
--¡Monsieur, el cañon!
Atendí otra vez; pero no logré percibirlo. No era extraño, porque nos
hallábamos á 22 kilómetros de Bayona.
--No oigo nada.
--¿Has oído tú?--preguntó á su hijo.
--Sí, lo he oído--respondió el niño, más pálido aun que su padre.
De pronto, allá á lo lejos, se escucha el redoble del tambor. Me sentí
conmovido hasta lo más profundo de mi ser. ¡El tambor, sí, cuyo redoble
se acercaba siniestro, fatídico, rompiendo el silencio inocente de la
campiña!
Y en aquel momento acudieron á mi imaginación los recuerdos de la
historia primitiva de la Humanidad. Veía al clan vecino más numeroso y
más guerrero arrojarse de improviso sobre el clan más débil, apoderarse
de sus ganados, violar á sus mujeres, degollar á sus hombres. ¡Ahí
están, ahí están los feroces enemigos! Entonces también resonaría por
los campos el grito de alarma; entonces también los hombres quedarían
pálidos y las mujeres, apretarían á sus hijos contra el pecho.
Comprendí que una gran nación corría peligro de muerte. La patria de
Pascal y de Racine, de Bossuet, de Rousseau, de Balzac, de Musset y de
Víctor Hugo iba á ser, humillada, tal vez aniquilada para siempre. No
era una guerra romántica, como la de Napoleón, la que se preparaba, en
que un genio ambicioso arrojaba á puntapiés de sus tronos á unos cuantos
ridículos déspotas que tenían á la Europa bajo su férula; en que un
ejército incomparable corría detrás de él ebrio de gloria, pero no de
riquezas. La que ahora se avecinaba era una tragedia sórdida, el rumor
de un pueblo que viene rugiendo de codicia á apoderarse del fruto del
trabajo de su vecino. Pocos meses antes los periódicos alemanes
anunciaban que en la próxima guerra exigirían de indemnización á la
Francia cuarenta mil millones de francos.
Salí precipitadamente de mi casa y salvé casi á la carrera el kilómetro
que me separaba del burgo. Los habitantes todos se hablaban unos á otros
sin ruido y con imponente calma.
Al atravesar por medio de un grupo de mujeres me clavaron una mirada
recelosa y hostil. Más allá, al cruzar cerca de otro lo mismo. Yo era el
extranjero que penetra curioso ó indiferente en medio de una familia
afligida. ¡Pobres mujeres! Si supieseis que mi corazón en aquellos
instantes se hallaba tan contristado como el vuestro!
Tropecé con un grupo de conocidos, que apartaron de mí los ojos
fingiendo no verme. Entonces yo, herido y apenado por aquella
hostilidad, me dirigí resueltamente á ellos.
--Señores, soy un extranjero; pero no puede serme indiferente la
desgracia que en este momento pesa sobre vosotros. Estoy enteramente
cierto de que no queríais la guerra, de que nadie pensaba siquiera en
ella.
Aunque llorabais, como es justo, la pérdida de vuestra Alsacia y Lorena,
no esperabais recobrarlas más que por medios diplomáticos.
Se os ataca indignamente. La razón y la justicia están de vuestro lado.
Por lo tanto, á vuestro lado estoy y quisiera poder probároslo de otro
modo más eficaz que con palabras.
Silenciosamente me estrecharon todos la mano. Uno dijo al cabo, con
grave acento:
--Basta de humillaciones. Concluyamos de una vez.
Y los demás repitieron, uno tras otro:
--¡Es preciso concluir, es preciso concluir!
Me separé de ellos y me volví, siguiendo la carretera al borde de la
ría. Sentado en una lancha, arreglando unas redes, vi á un joven
pescador con quien yo solía departir.
--¿Has oído?--le pregunté, apuntando al sitio donde sonaba el tambor.
--Sí; he oído. Es preciso concluir--me respondió secamente sin levantar
la cabeza.
Seguí caminando por la carretera y vi llegar hacia mí una jovencita que
solía ir por mi casa á vender pescado.
--Ya ves lo que ocurre--le dije--. ¿Tienes miedo?
--Sí, señor; tengo miedo porque mis dos hermanos deben marchar
inmediatamente... pero es necesario concluir, monsieur, es necesario
concluir.
Llegué hasta la playa y me senté delante de un humilde café que allí
hay. En una mesa próxima un viejo militar retirado decía á sus amigos:
--Vale más ser destruído de una vez que humillado á cada instante. Es
preciso concluir.
--¡Es preciso concluir!--repitieron á coro sus amigos.
Al cabo de dos años entro de nuevo en Francia, llego á París, y la misma
inquebrantable resolución, expresada en la misma forma, suena por todas
partes en mis oídos. ¡Es necesario concluir! Sí; la guerra no terminará
hasta que se disipe la negra pesadilla que atormentaba á la nación
francesa. O á la tumba, ó á la libertad. El clan vecino no se arrojará
ya sobre ellos mientras estén vivos.
¡Cuán distinto, sin embargo, el timbre de las voces! Las voces cantan,
las voces ríen, las voces juegan. Un rayo de sol ha caído sobre la
Francia. Ya no se bajan los ojos; ya se levanta la frente; las miradas
se clavan brillantes en nuestro rostro. Un amigo, al abrazarme en la
estación, me dijo al oído alegremente:
--¡Seguros!
--¿Ya no tiene usted miedo de que aparezca Lohengrin en el horizonte?
--Si aparece, vendrá ya sólo con su cisne.
Pero de este optimismo francés hablaré en mi próximo artículo.
El optimismo Francés
El optimismo está á la moda. También hay en la Filosofía faldas cortas y
largas y cuellos de pajarita. Por todas partes nos rompen los oídos
gritándonos: «¡Sed optimistas!» De América llegan, encerradas en
primorosos libros, estas voces regeneradoras. Los modernos psicólogos
americanos no se cansan de repetirnos la misma canción, un poco monótona
á veces para nuestros oídos latinos. Uno de ellos, muy distinguido,
Waldo Trine, en uno de sus recientes libros truena con mucha elocuencia
contra el hastío y el miedo, á los que llama _dos negros mellizos_. «Al
atraer á nosotros--dice--por el miedo las mismas cosas que nos causan
temor, atraemos también todas cuantas condiciones contribuyen á mantener
el miedo en nuestro ánimo.»
En efecto, yo también sé por experiencia que el miedo es cosa
desagradable y que el optimismo es mucho más estomacal. No he hallado
jamás, sin embargo, medio intelectual de extirpar el miedo. Lo único que
logró convencerme alguna vez fué ver cerca á la pareja de la Guardia
civil.
Si para ser optimista bastase querer serlo me parece que no habría una
sola persona en el mundo que no lo fuese. Pues esto es precisamente lo
que pretenden los llamados «filósofos de la voluntad»: «¡Sed optimistas;
basta quererlo!»
No basta quererlo, no. Para un tenor es fácil dar el do de pecho, y para
un boxeador un gran puñetazo; pero á los demás nos es imposible. Por eso
William James, el más notable y perspicaz de todos ellos, en su famoso
libro _The varieties of religious experience_, divide á los hombres en
dos categorías: los que, para ser felices, les basta nacer una vez, y
los que, por haber nacido desgraciados, necesitan nacer dos veces. _Once
born and twice born_. Los primeros son los optimistas, los que lo ven
todo de color de rosa. El mundo está gobernado por fuerzas benévolas que
se encargan de arreglar las cosas del modo más dichoso posible. El sol
les encanta; la lluvia les parece admirable; si se rompen una pierna lo
consideran como un acontecimiento feliz, porque pudieron haberse roto
las dos. A estos optimistas de nacimiento se oponen los temperamentos
pesimistas, los poseídos de una irremediable tristeza. Para ellos no hay
acontecimiento, por afortunado que parezca, que al cabo no cambie de
naturaleza y se transforme en desgraciado; en toda alegría ven un
probable desengaño; en toda flor, el gusano; en toda opulencia, la
bancarrota inminente.
Estoy de acuerdo. Existen alguna vez esos dos temperamentos extremos, y
con frecuencia más atenuados. Con lo que no puedo conformarme es con que
el primero sea el temperamento ideal, el que todos debemos admirar y
apetecer. Esos seres que William James llama «nacidos una vez» son los
inconscientes, los que no se dan cuenta de lo que es la vida y el mundo.
En este sentido, el optimista por excelencia es el animal que no sabe
que muere. Pero los que saben que se mueren no pueden ser optimistas de
aquel modo que los psicólogos americanos exaltan.
No seamos ilusos. La vida es áspera; la realidad, odiosa. El hambre, el
tifus, el cáncer, la guerra, son huéspedes con los que hay que contar.
¿Quién nos hubiera dicho hace tres años que la Europa civilizada, iba á
convertirse en un rebaño de tigres y chacales? Si los «nacidos una vez»
de William James no se percatan de esto, tanto mejor para ellos ó tanto
peor. Para mí los verdaderos hombres son los «nacidos dos veces»; esto
es, aquellos que se dan cuenta de su situación sobre la Tierra, de su
origen y de su destino inmortal. El primero es el «hombre viejo» de San
Pablo, en quien dominan todavía los instintos animales, que vive dormido
en la inconsciencia de la Naturaleza. El segundo es el «hombre nuevo»
que ha abierto sus ojos á la luz; el hombre espiritual, que se alza
sobre su vestidura carnal como la crisálida deja el saquillo que le
servía de cárcel para transformarse en mariposa. «La melancolía--decía
el padre Lacordaire--es inseparable de todo espíritu que va lejos y de
todo corazón que es profundo, y no tiene más que dos remedios: la muerte
o Dios.» Bendita sea, pues, la melancolía, que nos revela nuestra
condición de hombres. Quédese atrás en buena hora esa alegría
inconsciente que nos retiene en los limbos de la animalidad.
* * * * *
Hace algunos meses publicó en la _Revue des Deux Mondes_ el doctor
Emmanuel Labat un artículo titulado: «Nuestro optimismo». Es muy digno
de leerse: está perfectamente escrito; lo reconozco con tanta mayor
lealtad cuanto que mi manera de pensar es diametralmente contraria á la
suya. El doctor Labat es un discípulo de la moderna escuela psicológica;
particularmente William James ha ejercido sobre él una influencia
decisiva. Pero el doctor Labat es médico y como tal no vacila en traer,
cuando puede, agua para su molino. Quiero decir que exagera las
enseñanzas un poco nebulosas y panteísticas de la escuela, y las
transforma cuando le acomoda en francamente materialistas.
Supone este eminente facultativo que el optimismo no es una operación
del espíritu que razona, sino que viene de más lejos, de una fuente más
profunda y más íntima. «El optimismo--dice--es el instinto de vida, el
horror de la muerte, la alegría, el orgullo y la voluntad de vivir.»
Confieso que no comprendo bien este optimismo, que consiste en tener
horror á la muerte. Llamar optimismo al instinto de conservación es un
abuso del lenguaje. El verdadero optimista debe ser aquel que no tiene
miedo alguno á la muerte, puesto que nos hallamos en un mundo donde es
necesario morir. Era optimista el mártir cristiano que marchaba cantando
al suplicio porque sabía que le esperaba una dicha inmortal, ó el
musulmán que se lanza sobre la espada del enemigo porque le aguarda un
coro de bellas huries, ó el chino que se deja alegremente matar en
América porque está seguro de resucitar en su patria. No lo es el que
guarda inquieto y ansioso su preciosa piel con la certeza de que por más
esfuerzos que haga al fin ha de ser pasto de gusanos.
Pues de este instinto de vida ó, como antes se decía, de este instinto
de conservación hace derivar el doctor Labat el presente optimismo
francés. Supone que el francés es optimista por naturaleza, y que este
optimismo es la salvaguardia de su existencia. Me parece que se halla en
un error. En Francia hay tantos pesimistas y neurasténicos como en
cualquier otro país; quizá más. Y se comprende bien. El francés en
general es ambicioso, ama la riqueza y trabaja con ahinco por obtenerla.
Pues bien; en la estadística de la neurastenia el primer lugar lo ocupan
los hombres de negocios. Además el francés posee un aguzado espíritu de
crítica, y un crítico no es optimista jamás.
Por lo demás, yo he vivido en Francia durante los primeros meses de la
guerra y no he podido observar tal optimismo. Vi la decisión, la
inquebrantable voluntad de defenderse hasta morir. Esto no debe llamarse
optimismo. Por el contrario, cuando los alemanes llegaron á las
proximidades de París noté bastante depresión y abatimiento, que en nada
alteró, me complazco en decirlo, su firme y valerosa resolución.
Pero acaeció la batalla de la Marne, y el espíritu francés se exaltó de
pronto, y reinó por algún tiempo un optimismo candoroso: se creyó en la
victoria inmediata; hasta se pensó en la conquista de Alemania y la
entrada en Berlín. Pasaron los meses, no obstante, y se vino á entender
que no debía esperarse esta clase de victoria. El francés es razonador
por excelencia. En otros países el hombre quizá ostente cualidades más
altas; pero el buen sentido es patrimonio de los franceses. Salvo cuando
se toca á su vanidad nacional, en que suelen traspasar los límites de la
razón. Pero saben volver á ellos prontamente y acomodarse con asombrosa
facilidad á las cirunstancias.
Todavía se pensó, no obstante, por muchos que les sería posible romper
las líneas alemanas y recuperar el territorio perdido y avanzar por el
enemigo. Al pueblo en que yo habitaba llegó en el último Septiembre, con
licencia por cinco días, un sargento. Es un grande amigo mío, notario de
profesión, soldado por temperamento, hombre enérgico y valeroso.
--¿Cuándo rompen ustedes la línea?--le pregunté, sonriendo.
--Cuando queramos--me respondió tranquilamente.
--¿Lo dice usted de veras?
--Sí, señor; no aguardamos más que la orden para hacerlo.
Efectivamente, á los pocos días llegó la orden, y ya se sabe lo que
acaeció. A costa de enormes sacrificios, de una cantidad prodigiosa de
sangre, se avanzó tres ó cuatro kilómetros. A los alemanes les está
sucediendo lo mismo en los actuales momentos, con menos fortuna todavía.
Ahora el optimismo ha cambiado de rumbo. Para saber lo que es calcular
hay que venir á Francia. Un amigo me demostró hace pocos días con el
lápiz en la mano que los Imperios centrales poseen tales y cuáles
medios de defensa, tantos y cuántos recursos metálicos, que pueden
resistir hasta tal época y que transcurrido este plazo deben sucumbir.
Consideran á Alemania como una plaza sitiada; no será tomada por asalto,
pero caerá rendida por hambre. Tienen ciega y absoluta confianza en la
victoria.
* * * * *
Pero esto no es optimismo, dirá el doctor Labat. Se trata aquí de un
cálculo, de la resolución de un problema; nada tiene que ver en ello el
instinto vital. Sin embargo, este es para mí el verdadero y legítimo
optimismo, porque procede de la razón. Aquel otro fisiológico que viene
del fondo mismo de nuestra naturaleza animal podrá endulzar la vida
muchas veces o hacerla más llevadera; pero es en extremo peligroso.
Todos mis lectores, si vuelven la vista atrás y recuerdan la historia de
sus amigos y conocidos, hallarán alguna gran catástrofe o, por lo menos,
una serie de contratiempos originados por este ciego optimismo
instintivo.
Los franceses se dedican á la hora presente á hacer cálculos. No dicen,
sin embargo, lo que se lee en el fondo de sus ojos. El cálculo mejor es
que cuentan con sus manos y su cabeza. Así como el primer marino del
mundo es el inglés, el mejor soldado es el francés. No asombrarse de
ello: cien años le separan apenas de aquellos otros que recorrieron
vencedores toda Europa. En cien años no se borran las huellas de la
herencia. Por donde han pasado los padres pueden pasar los hijos--decía
Alfredo Musset.
No hablemos del valor. Rusos, alemanes, franceses, búlgaros, todos se
han batido por igual. Pero hay otras cualidades de capital importancia
para el soldado: la astucia, la alegría, la habilidad manual, la
improvisación. En todas ellas se ha distinguido siempre la raza de los
galos desde los tiempos de Julio César. El galo es el hombre de los
recursos. Mirad á un francés alquilar una casa estropeada, medio
derruida, representando la imagen de la desolación. Volved á los pocos
meses y quedaréis asombrados viendo un nido confortable, rodeado de
flores. Cocina, jardín, pinturas, terraza; todo lo ha improvisado.
Un vecino mío necesitaba un «garage» y llamó á un albañil, que se lo
construyó rápidamente y á la perfección. Poco después este albañil quedó
sin trabajo, y como mi vecino buscase jardinero, se brindó á desempeñar
este oficio. Efectivamente, lo desempeñó con tal acierto e inteligencia,
que nos dejó maravillados. Más tarde mi vecino se quedó sin cocinera. El
albañil entró en la cocina y resultó un cocinero admirable.
--¡No despida usted, por Dios, á la nodriza--le dije á mi amigo--,
porque estoy viendo á ese hombre dar el pecho á su niño!
De estos estuches hay infinidad en Francia. Pues en una guerra larga
como la presente son de gran utilidad. Los alemanes lo fían casi todo á
sus máquinas; pero la mejor máquina de todas es el hombre. Cuando hay
talento la fuerza más pequeña se convierte en formidable. Los alemanes
son superiores en número, en preparación, en máquinas de guerra; pero
los medios de los franceses son ellos mismos, su destreza y su sangre
fría. Los alemanes tienen más y mayores cañones; pero los artilleros
franceses apuntan mejor y saben disimular los suyos con más habilidad.
Aquéllos poseen espléndidas cocinas portátiles; pero éstos, con más
pobres hornillas, comen mejor.
Joffre es la encarnación actual de este espíritu galo de astucia, valor,
prudencia y alegría. El fué quien salvó á la Francia en un momento
supremo con su táctica admirable; es él quien, paciente y enérgico,
espera que el fruto madure para sacudir el árbol; él es el hombre
piadoso á quien los soldados llaman «papá Joffre», porque economiza la
sangre de sus hijos. ¡Loor á este galo insigne, que fué el baluarte
elegido por la Providencia para salvar la civilización latina y la
independencia de los pueblos débiles! El día en que su estatua se alce
en una de las plazas de París iremos todos, no á clavar sobre ella un
clavo como en la de Hindenburg, sino á coronarla de flores.
No se parece á los generales alemanes. Estos, no sólo han copiado
fielmente la táctica de Napoleón, sino también sus procedimientos
despiadados.--Señor, señor--le decía á éste el general Junott--, es
imposible apoderarse de aquella batería austríaca; un fuego infernal
barre á nuestros hombres.--¡Adelante!--respondía Napoleón.
--Señor, que cada regimiento que avanza es
sacrificado.--¡Adelante!--repetía Bonaparte.
No quiero confundir, y me importa dejarlo bien establecido, al pueblo
alemán con sus actuales directores políticos y militares. El alemán es
un pueblo dotado de sólidas virtudes, es valeroso, inteligente, tenaz,
laborioso, idealista. Pero como todos los idealistas, carece de
espíritu crítico, y por eso es en grado sumo sugestionable. Se les ha
subido la _raza_ á la cabeza y han podido decir y cometer muchos
disparates. Nadie, sin embargo, dejará de admirar sus altas cualidades,
sólo manchadas por la envidia que sienten hacia los ingleses. Son celos
de parientes que pronto se van á resolver de un modo ó de otro.
Lo que no puede tolerarse, lo que causa penosa impresión es que Mauricio
Barrés les haya llamado _raza asquerosa_. En Francia todos los hombres
de sentido común reprobaron este ultraje, y no faltaron voces
autorizadas en la Prensa que se alzaron contra él.
Sin embargo, el doctor Labat le apoya con argumentos medicales. Dice que
el instinto de vida (¡vuelta al instinto de vida!) justifica estas
atrocidades; que él ha consultado el asunto con los heridos de su
hospital y que todos estaban unánimes en asegurar que Mauricio Barrés
tenía razón, y que, cuando se da un bayonetazo diciendo «¡Toma, cochino!
¡Revienta, asqueroso!», la bayoneta penetra unas pulgadas más en el
cuerpo del enemigo.
Confieso que tales quirúrgicas razones no me han convencido. Mi
pensamiento vuela hacia aquella memorable batalla de Fontenoy, cuando
el general francés, al acercarse el enemigo, se descubre y
grita--¡Señores ingleses, tirad los primeros!--Quizá parezca hoy esto
quijotesco; pero entre el _tirad los primeros_ de aquel general y el
_toma, cochino_, de Barrés no vacilo en preferir los primeros. Se puede
asegurar que el que dice «tirad los primeros» jamás, jamás volverá la
espalda al enemigo, mientras que no puede afirmarse otro tanto del que
grita «¡toma, cochino!»
¡Tiempos menguados los que me han tocado en suerte! En los vuestros
quisiera haber vivido, hombres de honor, y no en estos de vergüenza,
donde se aconseja á los soldados que ensucien sus labios para infundirse
valor, y á los oficiales se les ordena que fusilen mujeres y dejen caer
bombas por la noche sobre la cuna de los niños.
Meditación sobre el conflicto
Ni los gases asfixiantes que se desprenden de las trincheras alemanas ni
la retórica, más asfixiante aún, con que germanos y germanófilos exaltan
su moralidad lograrán sofocar á la rebelde verdad.
Esta verdad es que la guerra monstruosa á que asistimos atónitos los
humanos ha sido meditada largo espacio, preparada y provocada por una
nación europea con el exclusivo fin de dominar moral y materialmente á
todas las demás.
Como es un hecho que salta á la vista y no hay posibilidad de negarlo,
los que entre nosotros los españoles simpatizan con esta nación invocan
para justificar su simpatía los agravios que en tiempos más ó menos
remotos recibimos de ingleses y franceses. El lobo de la fábula invocaba
también para comerse el cordero los agravios que le había inferido su
padre.
En todos los tiempos y en todas las regiones del mundo habitado los
pueblos combaten con sus vecinos, no con los que viven lejos de ellos.
Si Berlín estuviese en Burdeos ó Lisboa, seguramente hubiéramos andado á
porrazos con los alemanes como hemos hecho con franceses y portugueses.
Austria y Alemania, que no sólo son vecinas sino hermanas, han luchado
entre sí hasta nuestros mismos días.
Cuando se deja el terreno del odio para entrar en el de las razones, se
argumenta en forma muy diversa según los casos.
Contra Inglaterra se emplea el argumento crematístico. Inglaterra posee
colonias riquísimas, inmensos territorios en las cinco partes del mundo,
mientras Alemania, nación altamente civilizada, tan merecedora como ella
por lo menos cuenta con muy pocas. ¿Por qué?
Los que formulan con indignación esta pregunta, hombres ricos muchos de
ellos y propietarios de tierras, no se dan cuenta de que emplean contra
Inglaterra el mismo lenguaje que contra ellos usan socialistas y
comunistas:--«Nosotros valemos tanto como vosotros. Vosotros sois ricos
y nosotros pobres. ¿Por qué? ¡Soltad, ladrones, soltad esas tierras que
detentáis injustamente!
Este argumento tendría valor en el caso de que Inglaterra fuese una
nación sin capacidad para colonizar. ¿Serían más felices sus colonias si
se hallasen en poder de los Alemanes? Preguntádselo á ellas.
Contra Francia se emplea el argumento religioso. Esa nación que ha
decretado la separación de la Iglesia y del Estado y que ha expulsado de
su seno á las órdenes religiosas merece un castigo ejemplar.
Suponiendo que fuese justo, no lo es ciertamente extenderlo á los que no
tienen culpa alguna. En Francia la masa del pueblo es católica y
actualmente, por su libre voluntad y sin necesidad del erario público,
sostiene el culto católico con el mismo decoro que antes. Nadie la ha
hecho responsable de los sangrientes excesos de la Convención, de los
asesinatos perpetrados por Robespierre y Marat. ¿Por qué se la hace
ahora de las disposiciones de un ministro anticlerical?
Se olvida ó se quiere olvidar que en esa Francia impía el pensamiento
cristiano irradia una luz maravillosa que se esparce por todo el mundo,
que existe allí, á la hora presente, no sólo un grupo de filósofos
espiritualistas con Boutroux á la cabeza que libra en el terreno del
pensamiento gloriosas batallas contra los sabios materialistas de la
Alemania, los Wundt, los Hæckel y los Ostwald, sino también una falanje
de eminentes apologistas católicos, muchos de ellos sacerdotes, cuyos
libros sirven de consuelo á todos los creyentes de Europa. Se olvida que
algunos de estos sacerdotes combaten hoy en las trincheras de la Alsacia
y de Flandes y que escuchan estupefactos y doloridos los injustos
reproches que contra su patria lanzan muchos que blasonan de católicos.
Contra Rusia se emplea el argumento del atraso. ¡Pobres rusos! No tienen
cañones de precisión, no tienen ferrocarriles estratégicos ni gases
asfixiantes; comen con los dedos; son unos salvajes. Es menester ir allá
para enseñarles el manejo de las armas de fuego y el uso del tenedor.
Sin embargo estos salvajes, provistos de mazas de hierro en vez de
fusiles, como aseguran los periódicos alemanes, se baten desde hace un
año con todo el ejército austriaco y más de un tercio del alemán.
Por último contra Bélgica se usa un argumento sanchopancesco. ¿A esta
Bélgica, quién la ha metido en tan descabellada aventura? ¿Cómo se
atrevió á hacer frente al coloso alemán? ¿No sabe que es de prudentes
mantenerse siempre en buenas relaciones con los poderosos? Si hubiera
dejado pasar buenamente á los ejércitos del kaiser, no sufriría tanta
calamidad y habría recibido un bolsillo repleto de monedas de oro, y
¿quién sabe? quizá al final de la guerra se encontraría con el regalito
de una provincia francesa.
Esto es lo que se escucha acá. Allá en Alemania se desdeñan las razones:
penetramos en el teatro de la voluntad rugiente y el automatismo. De
allá no viene más que una palabra: «¡Queremos!» Y á este _queremos_
responden en todas las regiones del mundo los hombres donde predomina la
voluntad sobre la razón:--«Puesto que vosotros queréis, nosotros
queremos también».
Es un caso de disgregación mental en que el psiquismo inferior, el
centro del automatismo rompe su engranaje con la libre razón y se
entrega pasivamente á todos los caprichos del hipnotizador. Los
hipnotizadores del pueblo alemán son los magnates de la política y del
ejército prusianos secundados por la cobardía de algunos intelectuales.
Ellos son los que le han impuesto no sólo la guerra sino la ferocidad en
la guerra. Les han dicho:--«Guardaos de vuestro corazón como de un
enemigo; fusilad sacerdotes, destruid monumentos, violad mujeres;
asfixiad niños, no perdais medio alguno de aterrar á nuestros enemigos».
Y aquellos honrados ciudadanos, aquellos bondadosos padres de familia
que todos hemos conocido, fusilan, violan, saquean, asfixian. Si les
dicen:--«Sacrificad á los prisioneros» los sacrificarán.
Semejante estado de miseria moral infunde más compasión que odio. Son
hombres dormidos y tales horrores no deben imputarse á ellos sino á sus
magnetizadores.
¿Pero á quién enviaremos la cuenta de la dispersión que se ha operado en
los centros cerebrales de algunos de mis compatriotas? Porque hay entre
nosotros sujetos que así que se les insinúa la idea de que los teutones
no han hecho bien en entregar al pillaje la ciudad de Lovaina y en
fusilar algunos sacerdotes, enrojecen, se espeluznan, cada seso se les
va por su lado y gritan que ellos harían eso y matarían más sacerdotes
aún y se los comerían con salsa tártara.
Hasta he oído, estremecido, á algunas señoras acoger con satisfacción la
noticia del hundimiento del _Lusitania_ y las hazañas de los zepelines.
Aterrador es el hundimiento del _Lusitania_, pero es más aterrador
todavía este naufragio del alma femenina...
Como todo lo que araña un instante la corteza del menguado planeta que
habitamos, esta guerra pasará también. La espesa nube que cubre hoy toda
la Europa se disolverá al cabo en la atmósfera azul. La madre tierra
beberá la sangre, tragará los huesos y en su seno fecundo la vida
inmortal proseguirá su trabajo misterioso. Las praderas volverán á
esmaltarse de flores, los árboles agitarán otra vez dulcemente sus copas
al soplo de la brisa de la tarde, los pájaros de Dios con suaves trinos
bendecirán la llegada de la aurora.
¿Y de todo esto que quedará? Una gran vergüenza y un gran remordimiento.
Un gran remordimiento, sí.
Llegará un día, y el Cielo lo traiga pronto, en que esos autómatas
asesinos de mujeres y niños, saldrán de su estupor hipnótico y
horrorizados de sí mismos caerán de rodillas delante de sus hijos y les
pedirán perdón de haberles escandalizado tanto, de haber ultrajado ante
sus ojos infantiles el honor del género humano, de haber querido
arrancarles del corazón aquello por lo que solamente el hombre puede
vivir y debe morir.
La Estrategia de Napoleón
Ayer pasé el día en Marly y la Malmaison. Es placentero para el cuerpo
reposarse del ruido de la metrópoli y gozar unos instantes del sosiego y
la frescura de los campos. Lo es más aun para el espíritu huir de la
realidad cuando es enfadosa y refugiarse en el pasado. Los dramas más
dolorosos, cuando se contemplan de lejos y están ya sepultados en el
abismo del tiempo, recrean nuestra alma en vez de atormentarla. No es
otro el secreto del Arte. El mundo, como pura representación, nunca hace
daño.
En Marly no hay rastro de la Corte fastuosa que lo habitó. Es una
plácida aldea donde se oye el mugir de los ganados y los crujidos de la
guadaña. Así y todo recorrí sus bosques y praderas con respeto, evocando
la figura del Rey Sol, que tanto se placía en aquellos lugares. Su amor
excesivo á Marly fué occasión para que uno de sus cortesanos le dijese
en un arrebato de adulación que «la lluvia de Marly no mojaba». Luis
XIV tenía el esófago ancho, pero no pudo tragar este bocado.
La Malmaison fué para mi un desengaño. El palacio está cerrado desde el
comienzo de la guerra. Guardas y _ciceroni_ han ido á combatir. Hube de
reducirme á largos paseos por el parque, evocando la figura del vencedor
de Austerlitz.
Luis XIV y Napoleón. Dos monstruos de orgullo y egoísmo. Saint-Simon ha
analizado con maravillosa sagacidad el orgullo del primero y Taine el
egoísmo del segundo. ¡Quien sabe! Yo he conocido una costurera tan
egoísta como Napoleón y un limpiabotas más orgulloso que Luis XIV.
Es mi humilde opinión que si tomásemos en la calle á cualquier
transeúnte y le infundiésemos el valor y la inteligencia de Bonaparte
sería un nuevo Napoleón: por el egoísmo no quedaría. Y si le dotásemos
del poder de Luis XIV sería otro Luis XIV; tampoco quedaría por el
orgullo. Egoísmo y orgullo son congénitos en nuestra naturaleza, y los
que se libran de tal poder, seres excepcionales ante los cuales debemos
caer de rodillas.
¡Cuántos recuerdos guarda esta morada de la Malmaison! La graciosa
figura de la Emperatriz Josefina parece sonreiros detrás de cada macizo
de flores. Aquí fué dichosa; aquí, después, la más infeliz de las
mujeres; aquí rindió el último suspiro aquella dulce y simpática
criatura, víctima del egoísmo implacable de su marido. Todos los
idilios, en este mundo miserable, terminan con lágrimas.
Surgen en mi memoria los dramáticos días en que Bonaparte llega á París
con la secreta decisión de repudiar á su esposa. Principia por mostrarse
con ella más frío y ceremonioso; cierra después la comunicación entre
sus habitaciones; por último se lo hace saber por medio de diplomáticos
emisarios.
¿Qué pasaría por el corazón de aquella noble criatura al averiguar que
su marido idolatrado, aquel hombre que con su amor le había dado el
trono más alto de la tierra, iba á romper el tierno y sagrado vínculo
que los unía y compartir su lecho y su gloria con otra mujer? Tengo por
seguro que en aquellos días se firmó en el cielo la sentencia de
Napoleón. ¡Ay del que maltrata á un niño ó estruja el corazón de una
mujer! Los ángeles no tardan en tomar venganza de él.
Alguien pensará que esto es una bobería. ¡Quién sabe, no obstante, si en
la balanza divina una lágrima pesará más que un Imperio! El mundo no es
otra cosa que el símbolo de una realidad más alta. Una palabra vertida
por un pobre carpintero en Nazareth ha estremecido á la Creación.
Caballos, batallas, cañones, son nada; los Imperios, sombras; las
estrellas, apariencias; la gloria, un sueño. Pero la palabra de un
hombre bueno queda para la eternidad.
No todos los millares de seres que Bonaparte sacrificó á su ambición
depondrán contra él en el juicio final. Muchos eran tan ambiciosos y
ávidos de gloria. Si ellos perdieron la vida, él también exponía la suya
á cada instante, porque nunca guerreaba de lejos, al estilo moderno.
Pero cuando suene la hora de la justicia suprema se alzará la Emperatriz
Josefina leyendo entre sollozos ante el Consejo la renuncia de sus
derechos y Bonaparte quedará irremediablemente condenado.
Napoleón era un hombre de presa. Repito que todos lo somos cuando se nos
provee de garras adecuadas. Se dejó empujar por la ley de ascensión que
impera en esta vida, por lo que hoy se llama «voluntad de poder».
Dentro de cada hombre hay un tirano que utiliza sus recursos como un
automóvil la gasolina para correr y atropellar. Es el Destino de los
antiguos. Es la fatalidad de los modernos. Napoleón creía en ella
ciegamente. «La política, he aquí la fatalidad», decía á Goethe en la
breve entrevista que con él tuvo. Y sus ojos, al pronunciar esta frase,
expresaban la tristeza y la inquietud. Todos los hombres, hasta los más
grandes, tiemblan cuando hablan del Destino, porque ni el genio, ni el
valor, ni la prudencia, pueden nada contra él. Tan sólo hay un ser en el
mundo que lo desprecia; es el santo. Que hablasen á Santa Teresa ó á San
Vicente de Paúl de la fatalidad, y se echarían á reir.
El arte de la guerra necesitaba un maestro; todas las artes lo han
tenido. Alejandro, César, estaban ya muy lejos; su estrategia no servía
para el mundo moderno. Llegó Bonaparte y lo encontró todo preparado:
hombres como los romanos, poseídos de su grandeza y un exceso de sangre
en las venas; pólvora y fusiles.
He estudiado con cariño la historia de este gran seductor de la juventud
y no he podido ver en ella los magnos propósitos que se le atribuyen y
que él quizá se atribuyese engañándose á sí mismo: la resurrección del
poderío romano, del Imperio de Carlo Magno, etc., etc. No he logrado
percibir más que un gran _amateur_, un hombre enamorado de la espada,
como Miguel Angel del escoplo, Rubens del pincel y Balzac de la pluma.
Cincelaba, pintaba y esculpía en el campo de batalla. La guerra no era
para su cerebro un medio, sino un fin. Sacaba de ella su felicidad, y
por eso no quiso abandonarla cuando era tiempo y se perdió.
El culto de Napoleón, como el de Budha, no echó profundas raíces en el
suelo donde había nacido. Algo también parecido acaeció á nuestra
religión cristiana, que germinó y se propagó, no en Oriente, sino en
Occidente. En Francia, muertos ó dispersos los veteranos que le
siguieron en sus románticas expediciones, comenzó la hostilidad. De
todos los puntos, no sólo de los altos sitiales conservadores, sino de
la misma juventud generosa, de los ignorantes y los intelectuales,
partieron dardos que fueron á clavarse en la estatua del gran hombre. No
eran clavos de oro como los de la estatua de Hindenburg, sino flechas
envenenadas. Con el desarrollo de las ideas pacifistas y humanitarias en
Francia, el menosprecio se hizo aún más ostensible. De este menosprecio
la expresión más aguda fué el libro de Taine «Orígenes de la Francia
contemporánea». Aquí el héroe maravilloso queda reducido á un aventurero
afortunado, á un _condottiere_ sin sentido moral, sin grandeza ni
poesía.
Encontrando ya pocos fieles en Francia el culto de Napoleón, se refugió
en Alemania. Los alemanes que poseen muchas y grandes cualidades, no
brillan por la originalidad. No es pueblo de invención, sino de
adaptación, como los japoneses. Apenas ninguno de los grandes inventos
modernos se les debe; pero han sabido utilizarlos y llevarlos todos á
una singular perfección. Los ingleses y franceses tienen más genio
inventivo; pero como manipuladores, los germanos les sacan ventaja.
Si hemos de conceder á algún pueblo sobre la tierra la palma de la
invención, es al inglés. Son inventores, no solamente de métodos y
ventajas en las artes industriales, sino en los usos mismos de la vida,
en las costumbres, en los placeres y los juegos. Han conseguido imponer
su manera de vivir y hasta sus caprichos más extravagantes al mundo
entero. Esto se debe al respeto que allí ha inspirado siempre la
iniciativa individual. En Francia también existe una natural aptitud que
no se acumula en algunos gigantes, sino que vive esparcida por todos los
entendimientos y todas las manos. Es cosa sabida que por lo general un
francés puede hacer las veces de otro.
Pero en Alemania apenas existe la iniciativa individual; su fuerza la
sacan de la disciplina y la paciencia. Tácito decía de los germanos:
«Capaces sólo para los grandes esfuerzos, sin tener paciencia para
trabajos continuos». El gran Tácito no ha dado aquí en el blanco; la
paciencia es la que les caracteriza. Un profesor de colegio alemán me
decía hace algunos años que los niños españoles se hallan por lo común
mejor dotados que los alemanes, pero que al cabo de algún tiempo éstos
les vencen por la constancia del esfuerzo.
No es maravilla, pues, que así como han perfeccionado el vapor, la
electricidad y la aviación, hayan progresado asombrosamente en el arte
de la guerra. Para estudiarlo acudieron á la más pura y abundosa fuente,
á la estrategia napoleónica. Bonaparte fué en este orden el maestro más
grande que ha existido y tal vez exista jamás. La guerra no tenía para
él secreto alguno. En su cerebro se acumulaba tal suma de penetración,
de resolución y, sobre todo, de sentido común, que lo hacían invencible.
Porque la gran estrategia ha sido y será siempre cuestión de sentido
común, y no puede evolucionar. El mariscal alemán Schlieffer, jefe del
Estado Mayor, ha escrito un libro demostrando que la batalla de Cannas,
librada por el cartaginés Aníbal, ha sido el modelo ó el ideal de todas
las batallas habidas y por haber. En todas ellas el fin perseguido por
un ejército es y será siempre el envolvimiento del enemigo.
Durante la segunda mitad del siglo XIX los estratégicos alemanes se
dedicaron con ahinco al estudio de las guerras napoleónicas. Es
incalculable el número de libros y artículos de revista que sobre este
tema han visto allí la luz pública, la serie de conferencias que se han
pronunciado. Aprendieron las batallas de memoria, penetraron hasta los
más recónditos pliegues del pensamiento del maestro. En la guerra de
1870 han aplicado con feliz éxito el sistema de convergencia ó
concentración de fuerzas que Napoleón empleó en sus primeras campañas,
sobre todo en la de Italia. En la actual, por virtud de las
circunstancias, no han podido desarrollar en grande este método; pero en
cambio, apelan al mismo que Napoleón hubo de apelar en la campaña de
1813.
La situación de los ejércitos alemanes en los presentes momentos es casi
exactamente la misma que ocupaban en aquella fecha los de Bonaparte.
Este, rodeado por los aliados de entonces, se apoyaba con el núcleo más
escogido y fuerte de su ejército en el centro de Alemania, cerca de
Dresde. Tenía en el Norte un ejército llamado de Berlín para oponerse al
de su antiguo subordinado Bernadotte; al Este, otro llamado de Silesia,
para resistir al mandado por el mariscal Blucher, y por fin, otro al
Sur, para combatir á los austriacos y prusianos mandados por el mariscal
Schwarzenberg. Su táctica consistía en movimientos de vaivén, en lo que
ahora se llama _juego de lanzadera_. Añadía repentinamente sus fuerzas á
las de uno de los ejércitos de la perifería, y después á otro, según le
convenía. La táctica de los aliados se limitaba á retirarse cuando el
Emperador acudía á un sitio y avanzar al mismo tiempo por el otro.
Este movimiento de vaivén, este _juego de lanzadera_ es el que ejecutan
actualmente los germanos con medios desmesuradamente más eficaces,
trasladando sus fuerzas de Oriente á Occidente, y viceversa. Napoleón
ejecutaba estos movimientos con marchas forzadas á pie, mientras ahora
se utilizan las líneas férreas. Napoleón los dirigía por sí mismo,
mientras ahora existe un Estado Mayor que, obedeciendo al plan del
general en jefe, se encarga de dirigirlos.
Los aliados consiguieron al fin estrechar círculo y reducir á Bonaparte
á librar la batalla de Leipzig, donde fué derrotado y por milagro pudo
salvar su ejército y trasladar el teatro de la guerra á Francia.
¿Lograrán los aliados de ahora estrechar el círculo alemán y obligarles
á aceptar batallas con fuerzas inferiores? Es un secreto de lo porvenir.
La Inglaterra así lo tiene calculado y previsto. Desarrolla contra
Alemania el mismo plan y sistema que empleó tenazmente para hacer
sucumbir á Napoleón.
Pero si los alemanes lograrán vencer en esta guerra (caso ya imposible),
los franceses tendrían la satisfacción y el disgusto á la vez de ser
vencidos por el mismo caudillo que tantas veces les llevó á la
victoria.
Los socialistas franceses
No hay hombre con el corazón en su sitio que no se haya sentido alguna
vez socialista. Al bajar á una mina; al tropezar, saliendo del teatro,
con el bulto de un mendigo, helado por el frío y el hambre, estalla la
cuerda de nuestros razonamientos habituales y nos damos cuenta de que
todos somos un poco estafadores y que caminamos sobre un terreno
movedizo y falso.
Y sin embargo, hay sujetos que así que escuchan la palabra socialismo
ponen la cara larga, se espeluznan, dejan escapar odiosos sonidos
guturales y algunos derraman abundantes lágrimas. Bombas que revientan
sembrando el exterminio; manos negras que registran sus archivos; otras
manos, más negras aun, que se introducen en su gaveta; imprecaciones;
blasfemias; todo surge en temerosa visión delante de sus ojos
aterrados.
No es para tanto. El socialismo, como la misma palabra lo indica, no
significa en el fondo otra cosa que el deseo y propósito de organizar la
sociedad de un modo más justo. Este deseo y propósito son perfectamente
legítimos. ¿O es que pensamos que la sociedad humana ha llegado á la
perfección?
Pero si á este deseo se mezcla el odio, todo flaquea y se derrumba. El
odio es el más eficaz disolvente que existe sobre la tierra. En cuanto
este dios infernal se presenta todo cambia de aspecto y se ennegrece. Y,
desgraciadamente, el socialismo ha hecho su aparición en nuestros días
acompañado de tan funesta deidad.