Señores, decía Andrenio, ¿qué se ha hecho de tanto ostentoso sepulcro

con sus necias inscripciones, hablando, no con los caminantes

materiales, como creyeron algunos simples, sino con los pasajeros de la

vida? ¿Dónde están, que no parecen?

Ésos sí que fueron obras muertas, fundadas en piedras frías. Gastaron

muchos grandes tesoros en labrar mármoles y no en famosos hechos. Más

les importara ahorrar de jaspes y añadir de hazañas. Y así vemos que

no dura la memoria del dueño, sino de su desacierto. Alaban los que

los miran los primores de las piedras; mas no las prendas. Y tal vez

preguntan los pasajeros:

¿Quién fué el que allí yace?

Y no saben responderles, quedando en disputa del dueño. Eterna necedad,

querer ser célebres después de muertos á porfía de losas, no habiendo

sido vivos á costa de heroicos hechos.

¿Qué castillos son aquellos tan viejos, antiguallas, que caducan de

piedras bastas y humildes, roídas del tiempo, indignos de estar á par

de los pórfidos costosos?

Mucho más preciosos son éstos y de más estimación. Aquel que ves allí,

míralo bien, que aún está sudando sangre sus cortinas, es el nunca bien

celebrado, pero sí bien defendido de los valerosos cruzados caballeros

los Medinas, Mirandas, Barraganes, Sanogueras y Guarales.

¿Según eso, ése es el Santelmo de Malta?

El mismo, el que basta á hacer sombra á todos los anfiteatros del orbe.

Todos aquellos otros que allí ves los erigió el inmortal Carlos Quinto

para defensa de sus dilatados reinos, digno empleo de sus flotas y

millones. Que aun el palacio de recreación, que levantó en el Pardo,

dispuso fuese en forma de castillo, por no olvidar el valor en el mismo

deporte. En medio de arcos triunfales estaba una ni bien casa ni bien

choza, ladeándose con ellos.

¡Hay tal desproporción!, exclamó Andrenio. ¡Que permanezca entre tanta

grandeza tal bajeza, entre tanto lucimiento una cosa tan deslucida!

¡Qué bien lo entiendes!, dijo el inmortal. Pues advierte que compite

estimaciones con los más empinados edificios y aun se honran mucho los

majestuosos alcázares de estar á par de ella.

¿Qué dices?

Sí. Parece de madera y lo es, más incorruptible que de cedro, más

duradera que los bronces.

¿Y qué cosa es?

Una media cuba.

Riólo mucho Andrenio y serenóse el inmortal, diciéndole:

Trocarás la risa en admiración y en aplauso el desprecio, cuando sepas

que es la tan celebrada estancia del filósofo Diógenes, envidiada del

mismo Alejandro, que rodeó muchas leguas por verla, cuando el filósofo

le dijo:

Apártate, no me quites el sol.

Sin hacerle más fiesta al conquistador del mundo. Mas él mandó fijar al

lado de ella su pabellón militar, como allí se ve.

¿Pues por qué no su palacio?, replicó Andrenio.

Porque no se sabe que le tuviese ni que le fabricase. La tienda fué

siempre su alcázar, que para su gran corazón no bastaban palacios. Todo

el mundo era su casa, que aun para morir se mandó sacar en medio la

gran plaza de Babilonia á vista de sus vitoriosos ejércitos.

Muchos edificios echo yo aquí menos, dijo Critilo, que fueron muy

celebrados en el mundo.

Así es, respondió el inmortal, por cuanto sus dueños tuvieron más de

vanos, que de hazañosos. Y así no hallaréis aquí disparates de jaspe,

necedades de bronce, frialdades de mármol. Más presto toparéis la

puente de palo del César, que la de piedra de Trajano. No os canséis en

buscar los pensiles, que no se aprecian aquí flores, sino frutos.

¿Qué trozos de naves son aquellos, que están pendientes del templo de

la fama?

Son de las que llevaban el socorro á la Fénix de la lealtad, Tortosa.

Y aquel prodigio del valor, el duque de Alburquerque, las rindió y

desbarató en los mares de Cataluña, hazaña tan dificultosa, cuan

aplaudida. Y de aquí es que aún le está ceñando Marte á otras gloriosas

empresas.

Mas ya había llegado el bien seguro batelejo á besar las argentadas

plantas de aquellos inaccesibles peñascos, atlantes de las estrellas,

hallando por todas partes muy dificultoso el surgidero. Y deste

achaque padecieron naufragio muchos y muy grandes bajeles y aun

carracas, á vista del inmortal reino. Chocaban en aquellas duras

inexorables rocas, donde se hacían pedazos lastimosamente. Perecían,

porque no parecían. Y muchos, que habían navegado con próspero

viento de la fama y la fortuna, habiendo comenzado bien, acabaron

mal, estrellándose en el vil acroceraunio de algún vicio. Encallaban

otros en algún bajío de su eterna infamia. Así le sucedió á un navío

inglés y aun se dijo era la real del octavo de sus Enricos, que,

habiendo navegado con favorable viento de aplauso y después de haber

conseguido el glorioso renombre de Defensor de la Iglesia Católica,

chocó con la torpeza y se fué á pique en la heregía, con todo aquel

su desdichado reino. Siguiéronle casi todos los demás bajeles de su

armada. Pero el más infeliz fué el de Carlos Estuardo, en quien se

ostentó la monstruosidad de la heregía en él, muriendo á ciegas en

los suyos, degollándole ciegos, de tal suerte, que quedó en duda cuál

fuese mayor barbaridad, la de ellos en degollar su rey, sin ejemplar

de la más bárbara fiereza; en él, de no confesarse católico. Amó la

heregía, que tantas desdichas le ocasionaba, perdió ambas vidas, perdió

ambas coronas, la temporal y la eterna, y, pudiendo inmortalizarse

fácilmente declarándose católico, murió de todas maneras, de suerte que

los hereges le degollaron y los católicos no le aplaudieron. En aquel

otro de fiereza se estrelló Nerón, habiendo sido los seis primeros

años de su imperio el mejor emperador y los seis últimos el peor.

Allí pereció otro príncipe, que comenzó con bríos de un Marte y luego

dió en las flaquezas de Venus. Desta suerte dieron al traste muchos

famosos escritores, que, habiendo sacado á luz obras dignas de la

eternidad, con el cacoetes del estampar y multiplicar libros se fueron

vulgarizando; á otros sus apasionados con obras póstumas, maldigeridas

ó impuestas, los deslucieron el crédito.

Reconociendo la dificultad de tomar puerto el noticioso inmortal,

valiéndose de su experiencia, guió el batel de arte, que pudieron

descubrirle, aunque estaba muy desmentido. Abordaron ya con las

mismas gradas de su muerte. Mas aquí consistió su mayor imposibilidad

de surgir. Porque en la última se levantaba un arco triunfal de

maravillosa arquitectura, esmaltado de inscripciones y de empresas,

formando una majestuosa entrada; pero muy defendida con puertas de

bronce, y éstas con candados de diamantes, para que ninguno pudiese

entrar á su albedrío y sin que lo mereciese. Y esto con tal rigor, que

daban y tomaban el nombre y aun el renombre, como pudieran en la más

recelosa ciudadela. Y aunque algunos se usurpaban grandes renombres

ó se los apegaban sus lisonjeros, como del gran Señor, del Emperador

del Septentrión, del Príncipe de mar y tierra, y otros semejantes

disparates, no por eso tenían segura la entrada en la inmortalidad

ni el ser contados entre sus heroicos moradores. Para esto asistía á

la puerta un tan exacto, cuan absoluto portero, cerrando y abriendo

á quien juzgaba digno de la inmortalidad. Y sin su aprobación no

había entrar pretendiente. Y es de advertir que no podía aquí nada

el soborno, que es cosa bien rara. No había que meterle en la mano

el doblón, porque él no era de dos caras. Nada valía el cohecho,

nada alcanzaba el favor, tan poderoso en otras partes. No escuchaba

intercesiones ni se obraba con él bajo manga, que no la tenía ancha,

antes de una legua conocía á todo hombre. No había echarle dado falso:

¡qué bueno para ministro! Parecía un vicecanciller de Aragón. Todo lo

deslindaba y lo apuraba. No se ahorraba con nadie. Jamás hizo cosa con

escrúpulo. No condescendía ni con señores ni con príncipes ni con reyes

y, lo que es más, ni con validos.

En prueba de esto llegó en aquella misma ocasión un grave personaje, no

ya pidiendo, sino mandando que le abriesen las puertas tan de par en

par, como al mismo conde de Fuentes. Miróselo el severo alcaide y á la

primera ojeada conoció que no lo merecía y respondióle:

No ha lugar.

¿Cómo que no, replicó él, habiendo sido yo el famoso, el mayor, el

Máximo?

Preguntóle quién le había dado aquellos renombres. Respondió que sus

amigos. Riólo mucho y dijo:

Más valiera que vuestros enemigos. Quita allá, que venís descaminado.

¿Quién os dió á vos, señor, el renombre de gran prelado, docto,

limosnero y vigilante?

¿Quién? Mis criados.

Mejor fuera que vuestras ovejas.

¿Quién os apellidó á vos el Roldán de nuestro siglo, el invencible, el

chocador?

Mis aliados, mis dependientes.

Yo lo creo así y vosotros todos os lo bebéis; andad y borradme esos

renombres, esos supuestos blasones, nacidos de la desvergonzada

lisonja. Quitá allá, que sois unos necios. ¡Cómo que se hizo la

inmortalidad para tontos y la eterna fama para simples!

¿Qué portero es éste tan inexorable y rígido?, preguntó Andrenio. Á fe

que no es á la moda inconquistable á los doblones. No ha asistido él en

el Lobero, no toma cequíes, no ha venido él de los serrallos y apostaré

que no ha platicado él con quien yo conocí portero en algún día.

Éste es, le dijo, el mismo mérito en persona, hecho y derecho.

¡Oh, gran sujeto! Agora digo que no me espanto, trabajo hemos de tener

en la entrada.

Llegaban unos y otros á pretenderla en el reino de la inmortalidad

y pedíales las patentes, firmadas del constante trabajo, rubricadas

del heroico valor, selladas de la virtud y, en reconociéndolas desta

suerte, se las ponía sobre la cabeza y franqueábales la entrada. La

desdicha de otros era que las topaba manchadas del infame vicio y daba

otra vuelta á la llave.

Esta letra le dijo á uno, parece de mujer.

Sí, sí.

¡Y qué mala, cuanto de más linda mano! Quita allá. ¡Qué asquerosa fama!

Esta otra no viene firmada, que aun para ello le dolió el brazo á la

poltronería. Á ámbar huele este papel; más valiera á pólvora. Estos

escritos no huelen á aceite, no son de lechuza Apolinea. Desengáñese

todo el mundo, que, en no viniendo las certificatorias iluminadas del

sudor precioso, ninguno me ha de entrar acá.

Lo que más les admiró fué el ver al mismo rey Francisco el Primero

de Francia, que decían había días estaba en una de aquellas gradas,

pidiendo con repetidas instancias ser admitido á la inmortalidad entre

los famosos héroes, y siempre se le negaba. Replicaba él atendiese á

que había obtenido el renombre de Grande y que así le llamaban, no sólo

sus franceses, pero los italianos escritores.

Sepamos en virtud de qué, decía el Mérito. ¿Acaso, Sire, porque os

visteis vencido en Francia, vencido en Italia y prisionero en España,

siempre desgraciado? Paréceme que Pompeyo y vos fuisteis llamados

Grandes, según aquel enigma:

¿Cuál es la cosa, que, cuanto más la quitan, más grande se hace?

Pero entrad siquiera por haber favorecido siempre á los eminentes

hombres en todo. Del rey don Alonso les contaron que le habían puesto

en contingencia su renombre de sabio, diciendo que en España no era

mucho y más en aquel tiempo, cuando no florecían tanto las letras, y

que advirtiese que el ser rey no consiste en ser eminente capitán,

jurista ó astrólogo, sino en saber gobernar y mandar á los valientes,

á los letrados, á los consejeros y á todos, que así había hecho Felipe

Segundo.

Con todo eso, dijo el Mérito, es de tanta estimación el saber en los

reyes, que, aunque no sea sino latín, cuanto más astrología, deben ser

admitidos en el reino de la fama.

Y al punto le abrió las puertas. Pero donde gastaron toda la admiración

y más, si más tuvieran, fué cuando oyeron que al mayor rey del mundo,

pues fundó la mayor Monarquía que ha habido ni habrá, al rey Católico

don Fernando, nacido en Aragón para Castilla, sus mismos aragoneses,

no sólo le desfavorecieron, pero le hicieron el mayor contraste para

entrar allá, por haberlos dejado repetidas veces por la ancha Castilla.

Mas que él respondió con plena satisfacción, diciendo que los mismos

aragoneses le habían enseñado el camino, cuando, habiendo tantos

famosos hombres en Aragón, los dejaron todos y se fueron á buscar su

abuelo el infante de Antequera allá á Castilla, para hacerle su rey,

apreciando más el corazón grande de un castellano, que los estrechos de

los aragoneses, y hoy día todas las mayores casas se trasladan allá,

llegando á tal estimación las cosas de Castilla, que dice el refrán que

el estiércol de Castilla es ámbar en Aragón.

Mirad que todos mis antepasados están dentro y en gran puesto, decía

uno vanamente confiado, y así yo tengo derecho para entrar allá.

Mejor dijérais obligación y obligaciones. Por lo tanto debiéradeis vos

haber cumplido con ellas y obrado de modo, que no os quedárades fuera.

Entended que acá no se vive de ajenos blasones; sino de hazañas propias

y muy singulares.

Pero ya es común plaga de las ilustres familias que á un gran padre

suceda de ordinario un pequeño hijo y así veréis que siempre con los

gigantes andan envueltos los enanos.

¿Cómo se puede sufrir que quien es señor de tanto mundo se maleara,

un gran príncipe de muchos estados y ditados no tenga un rincón en el

reino de la fama?

No hay acá rincones, le respondieron, ninguno está arrinconado. He,

señor, acaba de entender que aquí no se mira la dignidad ni el puesto,

sino la personal eminencia; no á los ditados, sino á las prendas; á lo

que uno se merece, que no á lo que hereda.

¿De dónde venís?, gritaba el integérrimo alcaide. ¿Del valor?

¿Del saber? Pues entrad acá. ¿Del ocio y vicio, de las delicias y

pasatiempos? No venís bienencaminados. Volved, volved á la cueva de la

nada, que aquél es vuestro paradero. No pueden ser inmortales en la

muerte los que vivieron como muertos en vida.

Mordíanse, en llegando á esta ocasión, las manos algunos grandes

señores al verse excluídos del reino de la fama y que eran admitidos

algunos soldados de fortuna, un Julián Romero, un Villamayor y un

capitán Calderón, honrado de los mismos enemigos. ¿Y que un duque, un

príncipe se haya de quedar fuera, sin nombre, sin fama, sin aplauso?

Presentaron algunos escritores modernos, en vez de memoriales, grandes

cuerpos; pero sin alma. Y no sólo no eran admitidos, pero gritaba el

Mérito:

Hola, venga acá media docena de faquines, que para solos sus brazos son

estos embarazos. Quita de aquí estos insufribles fárragos, escritos no

con tinta fina, sino aguachirle, y así todo es broma cuanto dicen. Las

ocho hojas de Persio duran hoy y se leen, cuando de toda la Amazonida

de Marso no ha quedado más rastro que la censura de Horacio en su

inmortal arte. Éste sí que será eterno.

Y mostró un libro pequeño.

Miradle y leedle, que es la _Corte en aldea_ del portugués Lobo.

Y estas otras las obras de Sá de Miranda y las seis hojas de la

instrucción, que dió Juan de Vega á su hijo, comentada ó realzada por

el conde de Portalegre. Esta Vida de don Juan el Segundo de Portugal,

escrita por don Agustín Manuel, digno de mejor fortuna. Que los más de

estos autores portugueses tienen pimienta en el ingenio.

Estas voces las repetía un prodigioso eco, que excedía con mucho á

aquel tan célebre, que está junto á nuestra eterna Bílbilis. Pues este

su nombre no latino, está diciendo que fué mucho antes que los romanos

y hoy dura y durará siempre. Repetía aquel eco, no cinco veces las

voces, como éste, sino cien mil, respondiéndose de siglo en siglo y de

provincia en provincia, desde la helada Estocolmo hasta la abrasada

Ormuz. Y no resonaba frialdades, como suelen otros ecos; sino heroicas

hazañas, dichos sabios y prudentes sentencias. Y á todo lo que no era

digno de fama, enmudecía.

Volvieron en esto la atención á las desmesuradas voces, acompañadas de

los duros golpes, que daba á las puertas inmortales un raro sujeto, que

de verdad fué un bravo paso.

¿Quién eres tú, que hundes más que llamas?, le preguntó el severo

alcaide. ¿Eres español? ¿Eres portugués? ¿Ó eres diablo?

Más que todo eso, pues soy un soldado de fortuna.

¿Qué papeles traes?

Sola esta hoja de mi espada.

Y presentósela. Reconocióla el Mérito y, no hallándola tinta en sangre,

se la volvió, diciendo:

No ha lugar.

Pues le ha de haber, dijo, enfureciéndose. No me debéis conocer.

Y aun por eso, que si fuéradeis conocido, no fuéradeis desechado.

Yo soy un reciente general.

¿Reciente?

Sí, que cada año se mudan de una y de otra parte.

¿Mucho es, le replicó, que siendo tan fresco, no vengáis corriendo

sangre?

He, que no se usa ya eso. Allá en tiempo de Alejandro y de los reyes de

Aragón, cuyas barras son señales de los cinco dedos ensangrentados, que

pasó uno por el campo de su escudo, cuando quiso limpiar la vitoriosa

mano, saliendo triunfante de una memorable batalla. Quédese eso para

un temerario don Sebastián y un desesperado Gustavo Adolfo. Y digo

más, que, si como esos fueron reyes, hubieran sido generales, nunca

hubieran perecido, cuando muchos les hubieran muerto los caballos. Que

hay mucha diferencia de pelear como amo ó como criado. Yo he conocido

en poco tiempo más de veinte generales en una cierta guerrilla, así la

llamaba el que la inventó, y no he oído decir que alguno de ellos se

sacase una gota de sangre. Pero dejémonos de disputas y hágase lo que

se ha de hacer, que entre soldados no se gastan palabras, como entre

licenciados. Ea, abrid.

Eso no haré yo, decía el Mérito, que no llegáis con nombre, sino con

voces.

Oyendo esto el tal cabo, echó mano y movió tal ruido, que se alborotó

todo el reino de los héroes, acudiendo unos y otros á saber lo que era.

Llegó de los primeros el bravo Macedón y dijo:

Dejádmele á mí, que yo le meteré en razón y en el puño.

Señor jefe, le dijo, mucho me admiro de que aquí os queráis hacer de

sentir, no habiendo hecho ruido en las campañas. Tratad de volver

allá y por vuestra fama. Obrad media docena de hazañas; no una sola,

que pudo ser ventura. Sitiad un par de plazas reales, veamos cómo

saldréis con ellas. Que os puedo asegurar que me cuesta á mí el entrar

acá más de cincuenta batallas ganadas, más de docientas provincias

conquistadas, las hazañas no tienen número, aunque muy de cuenta.

Sin duda, le respondió, que sois vos el Cid, el de las fábulas. No

dijera más el mismo Alejandro.

Pues él mismo es, le dijeron.

Y cuando se creyó había de quedar aturdido, fué tan al revés, que

comenzó con bravo desenfado á fisgarse dél y decir:

¡Mirad agora y quién habla entre soldados de Flandes, sino el que

las hubo contra lanzas de marfil en la Persia, de paso en la India y

contra piedras en la Escitia! ¡Viniérase él ahora á esperar una carga

de mosquetes vizcaínos, una embestida de picas italianas, una rociada

de bombardas flamencas! Voto á... Juro que no conquistara hoy á solo

Ostende en toda su vida.

Oyendo esto el Macedón, hizo lo que nunca, que fué volver las

espaldas. Enmudeció también Aníbal, por temer no le sacase lo de Capua,

y el mismo Pompeyo, porque no le dijese que no supo usar de la vitoria.

Desta suerte se retiraron todos los del tercio viejo y rogó el Mérito

saliese alguno de los bravos campiones á la moda. Asomóse uno de harto

nombre y díjole:

Señor soldado, si vos tuviérades tan criminal la espada, como civil la

lengua, no tuviérades dificultad en la entrada. Andad y pasaos por los

dos templos del Valor y de la Fama, que os prometo que me ha costado el

entrar acá el tomar más de veinte plazas por sitio y aún aún.

Preguntó el soldado quién era y, en sabiéndolo dijo:

Oh, qué lindo. Ya le conozco. Y no diga que peleó, sino que mercadeó;

no que conquistó las plazas, sino que las compró. ¡Á mí que las vendo!

Oyendo esto, bajó sus orejas el tal general y aun dicen que las hizo de

mercader.

Yo, yo lo entenderé, dijo otro. Señor crudo, así como trae las

certificatorias de Venus y de Baco, procure otras de Marte, que de mí

le puedo asegurar, que lo que otros no emprendieron con veinte mil

hombres, yo con cuatro mil lo intenté y con pocos más lo ejecuté,

saliendo con la más desesperada empresa, y aun me quisieron barajar la

entrada.

¿No sois vos Fulano?, dijo. Pues señor héroe, no me espanto, que no

tuvisteis contrario ni tuvo gente en esa ocasión el enemigo y así

no me admiro de lo que hicistes, sino de lo que dejastes de obrar,

que pudiérades haber acabado la guerra, no dejando qué hacer á los

venideros.

En oyendo esto, hizo lo que los otros. Llegóse uno, que no debiera, de

más favor que furor, y díjole:

He, señor pretendiente, ¿no veis que es cosa sin ejemplar la que

intentáis, de querer entrar acá sin méritos? Volved á las campañas, que

os juro me salieron á mí los dientes en ellas y se me cayeron también,

hallándome en muy importantes jornadas y, si perdí algunas, también

gané otras con mucha reputación.

Señor mío, le replicó, grado á los buenos lados, que tuvistes. Que, así

como otros mueren de ese mal, vos vivís de ese bien. Mientras ellos

vivieron, vencistes y, ellos muertos, se os conoció bien su falta.

Aquí no pudiéndolo sufrir uno de los más alentados, bravo chocador

y que le temió más que á todos juntos el enemigo, con muchos actos

positivos de su valor, éste, requiriendo la espada, le dijo desistiese

de la empresa el que había desistido de tantas, que tratase de

retirarse con buen orden el que con tan malo se había siempre retirado,

que no pretendiese la reputación inmortal el que á tantos la había

hecho perder.

¡Poco á poco!, le respondió. ¿Y no sabe Dios y todo el mundo que todas

vuestras facciones fueron temeridades, sin arte y sin consejo, todo

arrojos? Y así os temieron más los enemigos como á un temerario, que

como á un prudente capitán. Al fin peleasteis de mazada.

Más dijera aquél y más oyera éste, si el Mérito no le retirara, con

otros muchos, diciéndoles:

Apartaos vos, señor, no os estrelle aquello de _fugerunt_, _fugerunt_,

y á vos lo de _pillare_ y _pillare_ y _más pillare_. Pues á vos luego

os echará en la cara aquello de las espaldas en tal y tal ocasión.

Quitaos vos, no os vea con esa casaca tan otra de la de ayer, mudando

cada día la suya y aun la ajena. Teneos allá, que os glosará á vos

aquello de encorralar los españoles y hacerles morir más de hambre que

de sangre. Retiraos todos.

Y viendo que no quedaba héroe con héroe y que llegaba á meter

escrúpulos en una cosa tan delicada como la fama de tantos y tan

insignes varones, vino á partidos con él y pactaron que volviese al

mundo, acompañado de un par de famosos escritores, que examinasen de

nuevo los autores de su renombre, los pregoneros de su fama, los que

le habían celebrado de Cid moderno y Marte novel y que, si se hallasen

constantes en lo dicho, al punto sería admitido, que así se había

platicado con otros en caso de duda. Admitió el partido, como tan

confiado. Llegaron, pues, á un cierto escritor, más celebrador que

célebre, y preguntándole si eran de aquel general las alabanzas que en

tal libro á tantas hojas había escrito, respondió:

Sí, suyas son, pues él las ha comprado.

Que así dijo el Jovio, después de haber acabado moros y cristianos,

que, por cuanto ellos se lo pagaron bien, él había celebrado mejor. Lo

mismo respondió un poeta.

Ved, decían, lo que se ha de creer de semejantes elogios y panegíricos.

¡Oh gran cosa la entereza y qué poco usada!

Haciéndole cargo á otro autor, de los de primera clase, de haber

celebrado á éste, como á otros muchos, se escusó diciendo que no había

hallado otros en su siglo á quienes poder alabar. Defendíase otro con

decir:

Esta diferencia hay entre los que alabamos y los maldicientes, que

nosotros lisonjeamos á los príncipes con premio y ellos al vulgo con

civil aplauso; pero todos adulamos.

Hasta un abridor de planchas se escusó de haber metido su retrato

entre los hombres insignes, diciendo que para hacer número y tener más

ganancia. Con lo cual quedó el tal jefe confundido, aunque no del todo

desengañado.

Observaron con harta admiración que para un togado, que entraba allá y

ése con poco ruido, eran ciento los soldados.

Es muy plausible, decía el inmortal, el rumbo de la milicia: andan

entre clarines y atambores; y los togados muy á la sorda. Y así veréis

que obrará cosas grandes en mucho bien de la república un ministro, un

consejero, y no será nombrado ni aun conocido ni se habla de ellos;

pero un general hace mucho ruido con el boato de sus bombardas.

El criticón (tomo 2 de 2) · 第 25 / 26 段