mucho amansa. Con él me he quedado, así prosigo y digan lo que dijeren,
murmuren cuanto quisieren, que ellos me lo pagarán. Digan ellos, que yo
haré y así habéis de hacer vosotros.
En confirmación de esto, llamó uno de aquellos sus fieros ministros
y dióle un apretado orden, aun desorden: que fuese y asesinase un
poderoso, que de nada hacía caso. Comenzó á embarazarse el verdugo y
aun hacerse de pencas.
¿De qué temes?, le dijo. ¿Á éste hallas dificultad en chocar con él?
No señora, que éstos, el primer día están malos, el segundo mejores, al
tercero no es nada y al cuarto mueren.
¿Pues qué?, los muchos remedios, ¿qué se han de hacer?
Menos, que antes éstos nos ayudan, atropellándose unos á otros, sin
dejarles obrar los segundos á los primeros, por lo malsufrido del
enfermo, hecho á su gusto é imperio.
¿Recelas las muchas plegarias y oraciones, que se han de mandar hacer
por él?
Tampoco, que tienen éstos poco obligado al cielo en salud y, aunque se
manden enterrar tal vez con un hábito bendito, no por eso los deja de
conocer el diablo.
¿Pues en qué reparas?
En el odio, que te has de conciliar, por tener muchos parientes y
dependientes.
Eso es lo de menos; antes bien no hay tiro más acreditado y que mejor
nos salga, que el que se emplea en uno déstos, porque son los puercos
de la casa del mundo, que el día que los matan, ellos gruñen y los
demás se ríen, ellos gritan y los demás se alegran. Porque aquel día
todos tienen que comer, los parientes heredan, los sacristanes repican,
aunque dicen que doblan, los mercaderes venden sus bayetas, los sastres
las cosen y hurtan, los lacayos las arrastran, páganse las deudas,
danse limosnas á los pobres. De suerte que á todos viene bien, lloran
de cumplimiento y ríen de contento.
¿Recelas el descrédito?
De ningún modo, porque antes éstos vuelven por nosotros, diciendo todos
que él se ha muerto, él se tiene la culpa, era un desreglado, no sólo
en salud, pero aun enfermo: enjaguaráse cien veces, variando tazas el
día de la mayor fiebre; tenía en un salón doce camas, pegada la una
con la otra y íbase revolcando por todas ellas del un lado al otro y
volviendo á deshacer la rueda en el mayor crecimiento; viven aprisa y
así acaban presto.
¿Pues en qué reparáis?
Yo te lo diré. Reparo, señora, y dijo esto con notable sentimiento y
aun con lágrimas, en que con todo lo que matamos, hacemos más riza que
provecho, pues no enmiendan sus vidas los mortales ni corrigen sus
vicios; antes se experimenta que hay más pecados después de una gran
peste y aun en medio della, que antes.
Luego hallé una ciudad de rameras y, en lugar de una que pereció,
acuden cuatro y cinco. Matamos á unos y á otros y ninguno de los que
quedan se da por entendido. Si muere el joven, dice el viejo:
Éstos son unos desreglados, fíanse en sus robusteces, atropellan con
todo, no hay que espantar. Nosotros sí que vivimos, que nos sabemos
conservar, caemos de maduros. De aquí es que mueren más mozos que
viejos. Toda la dificultad está en pasar de los treinta, que de ahí
adelante es un hombre eterno.
Al contrario discurren los mozos, cuando muere el viejo:
¿Qué se podía esperar déste? Bien logrado va, todos como él, de lo que
ha vivido me admiro.
Si muere el rico, se consuela el pobre:
Éstos son voraces, comen bien, cenan mejor, hasta reventar, no hacen
ejercicio, no dijieren, no consumen los malos humores, no trabajan, no
sudan como nosotros.
Pero si muere el pobre, dice el rico:
Estos desdichados comen poco y mal alimento, andan desarrapados,
duermen por los suelos. ¿Qué mucho? Para ellos se hicieron los
contagios y faltaron las medicinas.
Si muere el poderoso, luego dicen que de pesares; si el príncipe, de
veneno; si el docto, trabajaba de cabeza; si el letrado, tenía muchos
negocios; si el estudiante, estudiaba mucho, viviera un poco más y
supiera un poco menos; si el soldado, llevaba jugada la vida, como si
él la llevase ganada; si el sano, fíase en la salud; si el enfermizo,
estábase dicho. Desta suerte todos tratan y piensan vivir ellos, lo
que los otros dejan. Ninguno escarmienta ni se da por entendido.
Buen remedio, dijo la Muerte: matar de todo y por un parejo, mozos
y viejos, ricos y pobres, sanos y enfermos, para que viendo el rico
que no solos mueren los pobres y el mozo que no solos los viejos,
escarmienten todos y cada uno tema. Con eso no echarán el perro muerto
á la puerta del vecino ni se apelarán al otro reloj, como el que está
cenando capones en víspera de ayuno. Por eso yo doy bravos saltos de la
choza al alcázar y de la barraca al homenaje.
Señora, yo no sé ya qué hacerme, dijo un malcarado ministro. No sé de
qué valerme contra un cierto sujeto, que ha muchos años que ando tras
acabarle y él bueno que bueno.
Si eso es, no le acabarás ni bastan con él pesares, desdichas, malas
nuevas, pérdidas grandes, muertes de hijos y parientes: siempre vivo
que vivo.
¿Es italiano?, preguntó la muerte. Porque eso sólo le basta, que saben
vivir.
No señora, que, si eso fuera, no me cansara.
¿Es necio? Porque ésos antes matan que mueren.
No lo creo, que harto sabe quien sabe vivir. Él no trata sino de
holgarse. No hay fiesta que no goce, paseo en que no se halle, comedia
que no vea, prado que no desfrute ni día bueno que no le logre. ¿Cómo
puede ser necio?
Sea lo que fuere, concluyó la Muerte, no hay tal cosa como echarle un
médico ó un par, para más asegurarlo. Mirad, decía, ministros míos,
no os canséis, no pongáis estudio en matar los muy sanos y robustos,
los valientes, que la misma confianza los engaña; en quien habéis de
poner todo el cuidado y conato es en matar un achacoso, un enfermizo,
un podrido, uno déstos que cenan huevos. Ahí está toda la dificultad,
porque éstos cada día acaban y cada día resucitan y así veréis que,
mientras acaba de acabar uno déstos, mueren ciento de los muy robustos
y llevan traza de acabar con todos.
Despachaba dos esbirros, un Ahito á matar un pobre, y una Inedia á un
rico. Replicaron ellos que llevaban encontrados los frenos.
He, que no lo entendéis, les dijo. ¿No habéis oído, cuando enferma
el pobre, decir á todos que es de hambre y unos y otros le envían y
hacen que comer y le embuten, con que viene á morir de repleción? Al
contrario al rico luego dicen que es de ahito, que todo su mal es de
tragar, con que le quitan el comer y viene á morir de hambre.
Iban llegando ministros de la cruda reina de varias partes y decíales:
¿De dónde venís? ¿Dónde habéis andado?
Y respondían: las Mutaciones de Roma, los Letargos de España, las
Apoplejías de Alemania, las Disenterías de Francia, los Dolores de
costado de Inglaterra, los Romadizos de Suecia, los Contagios de
Constantinopla y la Sarna de Pamplona.
¿Y en la isla pestilente, quién ha estado?
Ella es tal, que todos la habemos huído, que dicen se llamó así, más
por sus moradores, que por sus males.
Pues alto, id allá todos juntos y no me dejéis extranjero á vida.
¿Y también los prelados?
Mejor, que no tienen el vulgar remedio.
Esto estaban viendo y oyendo, no en sueños ni por imaginación
fantástica, sino muy en desvelo y muy de veras, olvidados de sí mismos,
cuando ceñó la Muerte á una Decrepitud y la dijo:
Llégate ahí y emprende de buen ánimo, que yo acometo cara á cara á los
viejos, si á traición á los jóvenes. Y acaba ya con esos dos pasajeros
de la vida y su peregrinación tan prolija, que tienen ya enfadado y
cansado á todo el mundo. Vinieron á Roma en busca de la Felicidad y
habrán encontrado la Desdicha.
Aquí perecemos sin remedio, iba á decir Andrenio.
Pero helósele la voz en la garganta y aun las lágrimas en los párpados,
asiéndose fuertemente de su conducidor peregrino.
Buen ánimo, le dijo éste, y mayor en el más apretado trance, que no
faltará remedio.
¿De qué suerte, replicó, si dicen que para todo le hay, sino para la
muerte?
Engañóse quien tal dijo, que también le hay, yo le sé, y nos ha de
valer agora.
¿Cuál sera ése?, instó Critilo. ¿Es acaso el valer poco, el servir de
nada en el mundo, el ser suegro necio, el desearnos la muerte los otros
por la expectativa, ó el dejarla nosotros por alivio, cargarnos de
maldiciones, el ser desdichados?
Nada, nada de todo eso.
¿Pues qué será?
Remedio para no morir.
Ya muero por saberlo y por probarlo.
Tiempo tendremos, que el morir de viejos no suele ser tan de repente.
Este único remedio, tan plausible, cuan deseado, será el asunto de
nuestra última Crisi.
CRISI XII
_La isla de la inmortalidad._
Error plausible, desacierto acreditado fué aquel tan celebrado llanto
de Jerjes, cuando, subido en una eminencia, desde donde pudo dar
vista á sus innumerables huestes, que agotando los ríos inundaban las
campañas, cuando otro no pudiera contener el gozo, él no pudo reprimir
el llanto. Admirados sus cortesanos de tan estraño sentimiento,
solicitaron la causa tan escondida, cuan impensada. Aquí el rey,
ahogando palabras en suspiros, les respondió:
Yo lloro de ver hoy los que mañana no se verán. Pues del modo que el
viento lleva mis suspiros, así se llevará los alientos de sus vidas.
Prevéngoles las obsequias á los que dentro de pocos años, todos los que
hoy cubren la tierra, ella los ha de cubrir á ellos.
Celebran mucho los apreciadores de lo bien dicho, este dicho y este
hecho; mas yo ríome de su llanto, porque, preguntárale yo al gran
monarca del Asia:
Sire, estos hombres ó son insignes ó vulgares. Si famosos, nunca
mueren; si comunes, mas que mueran. Eternízanse los grandes hombres en
la memoria de los venideros; mas los comunes yacen sepultados en el
desprecio de los presentes y en el poco reparo de los que vendrán. Así
que son eternos los héroes y los varones eminentes inmortales.
Éste es el único y el eficaz remedio contra la muerte, les ponderaba á
Critilo y á Andrenio su peregrino, tan prodigioso que nunca envejecía
ni le surcaban los años el rostro con arrugas del olvido ni le
amortajaron la cabeza con las canas, repitiendo para inmortal:
Seguidme, les decía, que hoy intento trasladaros de la casa de la
muerte al palacio de la vida, desta región de horrores del silencio
á la de los honores de la fama. Decidme: ¿nunca habéis oído nombrar
aquella célebre isla de tan rara y plausible propiedad, que ninguno
muere ni puede morir, si una vez entra en ella? Pues de verdad, que es
bien nombrada y apetecida.
Ya yo he oído hablar de ella algunas veces, dijo Critilo; pero como
de cosa muy allende, acullá en los antípodas, socorro ordinario de lo
fabuloso lo lejos, y como dicen las abuelas, de largas vías cercanas
mentiras. Por lo cual, yo siempre la he tenido por un espantavulgo,
remitiéndola á su simple credulidad.
¿Cómo es eso de _bene trobato_?, replicó el peregrino. Isla hay de la
inmortalidad, bien cierta y bien cerca, que no hay cosa más inmediata
á la muerte que la inmortalidad: de la una se declina á la otra. Y así
veréis que ningún hombre, por eminente que sea, es estimado en vida.
Ni lo fué el Ticiano en la pintura ni el Bonarota en la escultura ni
Góngora en la poesía ni Quevedo en la prosa. Ninguno parece, hasta que
desaparece. No son aplaudidos, hasta que idos. De modo que, lo que para
otros es muerte, para los insignes hombres es vida. Asegúroos que yo
la he visto y andado, gozándome hartas veces en ella, y aun tengo por
empleo conducir allá los famosos varones.
Aguarda, dijo Andrenio. Déjame hacer fruición de semejante dicha. ¿De
veras que hay tal isla en el mundo y tan cerca y que, en entrando en
ella, á Dios muerte?
Dígote, que la has de ver.
Aguarda, ¿y que ya no habrá ni el temor de morir, que aun es peor que
la misma muerte?
Tampoco.
¿Ni el envejecer, que es lo que más sienten las Narcisas?
Menos: no hay nada de eso.
De modo que ¿no llegan los hombres á estar chochos ni decrépitos ni
á monear aquellos tan prudentazos antes, que es brava lástima verlos
después niñear, los que eran tan hombres?
Nada, nada de eso se experimenta en ella.
¡_Oh, la bella cosa_!
En entrando allá, digo, fuera canas, fuera toses y callos, á Dios
corcova y me pongo tieso, lucido y colorado y me remozo y me vuelvo de
veinte años, aunque mejor será de treinta.
¡Y qué daría por poder hacer otro tanto, quien yo me sé! ¡Oh, cuándo me
veré en ella, libre de pantuflos y manguitos y muletillas! Y pregunto,
¿hay relojes por allá?
No por cierto, no son menester. Que allí no pasan días por las personas.
¡Oh qué gran cosa! Por solo eso se puede estar allá, que te aseguro
que me muelen y me matan cada cuarto y cada instante. Gran cosa vivir
de una tirada y pasar sin oir horas, como el que juega por cédulas
sin sentir lo que pierde. ¡Qué mal gusto el de los que los llevan en
el pecho, sisándose la vida y intimándose de continuo la muerte! Pero
otra cosa, inmortal mío, díme, ¿no se come, no se bebe en esa isla?
Porque, si no beben, ¿cómo viven? Si no se alimentan, ¿cómo alientan?
¿Qué vida sería ésa? Porque acá vemos que la sabia naturaleza de los
mismos medios para el vivir hizo vida: el comer es vivir y el gustar.
De modo que todas las acciones más necesarias para la vida las hizo más
gustosas y apetecibles.
En eso del comer, respondió el inmortal, hay mucho que decir.
Y que pensar, añadió Andrenio.
Dícese que los héroes se sustentan de higadillas de la Fénix; los
valientes, los Pablos de Parada y los Borros, de medulas de leones;
pero los más noticiosos desto aseguran que se pasan como los del monte
Amanos, del airecillo del aplauso, que corre con los soplos de la fama,
con aquello de oir decir: no hay espada como la del señor don Juan de
Austria, no hay bastón como el de Caracena, no hay testa como la de
Oñate, no hay pico como el de Santillana. Esto es lo que los sustenta,
este aplauso, este decir: ¡qué gran virrey el duque de Monte León! No
le ha habido mejor en Aragón. No se ha visto otro embajador en Roma
como el conde de Siruela, no hay garnacha como el regente de Aragón
don Luis de Ejea, no hay mitra como la de Santos en Sigüenza, no hay
tres bonetes como los tres hermanos, el deán de Sigüenza, arcipreste
de Valpuesta y el arcediano de Zaragoza. Este aplauso les quita las
canas y las arrugas y basta hacerlos inmortales. Vale mucho este decir
universal: ¡qué gran ministro el presidente! ¡Pues el inquisidor
general! No hay tiara como la de Alejandro el Máximo, el dos veces
Santo. No hay cetro como el...
Aguarda, dijo Critilo, no querría que fuese esto de hacer los hombres
eternos lo de aquel otro del secreto de hacer sólido el vidrio. De
quien cuentan que un emperador le hizo hacer pedazos á él, porque no
cayesen de su estimación el oro y la plata. Que, si aun desta suerte
les decían los indios á los españoles: ¿teniendo el vidrio allá en
el otro mundo, venís á buscar el oro en éste? ¿teniendo cristales,
hacéis caso de metales?, ¿qué dijeran, si no fuera quebradizo, si le
experimentaran durable? Por tan dificultoso tengo yo alcanzarle solidez
á la frágil vida, como al delicado vidrio, que para mí, hombre y vidrio
todo es uno, á un tris dan un tras y acábase vidrio y hombre.
He, seguidme, les decía su prodigioso. Que hoy mismo habéis de pasear
por la gran plaza, por el anfiteatro de la inmortalidad. Fuélos
sacando á luz por una secreta mina, pasadizo derecho de la muerte á la
eternidad, del olvido á la fama. Pasaron por el templo del trabajo y
díjoles:
Buen ánimo, que cerca estamos del de la fama.
Sacólos finalmente á la orilla de un mar tan estraño, que creyeron
estar en el puerto, si no de Hostia, de víctima de la muerte, y más
cuando vieron sus aguas tan negras y tan oscuras, que preguntaron si
era aquel mar donde desagua el Leteo, el río del olvido.
Es tan al contrario, le respondió, y está tan lejos de ser el golfo
del olvido, que antes es el de la memoria y perpetua. Sabed que aquí
desaguan las corrientes de Elicona, los sudores hilo á hilo y más los
odoríferos de Alejandro y de otros ínclitos varones, el llanto de las
Eliades, los aljófares de Diana, linfas todas de sus bellas Ninfas.
¿Pues cómo están tan denegridas?
Es lo mejor que tienen. Porque este color proviene de la preciosa tinta
de los famosos escritores, que en ella bañan sus plumas. De aquí se
dice tomaron jugo la de Homero para cantar de Aquiles, la de Virgilio
de Augusto, Plinio de Trajano, Cornelio Tácito de ambos Nerones, Quinto
Curcio de Alejandro, Jenofonte de Ciro, Comines del gran Carlos de
Borgoña, Pedro Mateo de Enrico Cuarto, Fuen Mayor de Pío Quinto y
Julio César de sí mismo. Autores todos validos de la fama. Y es tal la
eficacia deste licor, que una sola gota basta á inmortalizar un hombre,
pues un solo borrón, que echaba en uno de sus versos Marcial, pudo
hacer inmortales á Partenio y á Liciano (otros leen Liñano), habiendo
perecido la fama de otros sus contemporáneos, porque el poeta no se
acordó de ellos.
Yace en medio deste inmenso piélago de la fama aquella célebre isla de
la inmortalidad, albergue feliz de los héroes, estancia plausible de
los varones famosos.
Pues dínos ¿por dónde y cómo se pasa á ella?
Yo os lo diré. Las águilas volando, los cisnes surcando, las Fénix de
un vuelo, los demás remando y sudando, ansí como nosotros.
Fletó luego una chalupa, hecha de incorruptible cedro, taraceada
de ingeniosas inscripciones, con iluminaciones de oro y bermellón,
relevada de emblemas y empresas, tomadas del Sorio, del Saavedra,
de Alciato y del Solórzano. Y decía el patrón haberse fabricado de
tablas, que sirvieron de cubiertas á muchos libros, ya de nota, ya de
estrella. Parecían plumas sus dorados remos y las velas lienzos del
antiguo Timantes y del Velázquez moderno. Fuéronse ya engolfando por
aquel mar en leche de su elocuencia, de cristal en lo terso del estilo,
de ambrosía en lo suave del concepto y de bálsamo en lo odorífero
de sus moralidades. Oíanse cantar regaladamente los cisnes, que de
verdad cantan los del Parnaso. Anidaban seguros los alciones de la
historia y andaban saltando alrededor del batel con mucha humanidad los
delfines. Iban perdiendo tierra y ganando estrellas y todas favorables,
con viento en popa, por irse reforzando siempre más y más los soplos
del aplauso. Y para que fuese el viaje de todas maneras gustoso, iba
entreteniéndoles el inmortal con su sazonada erudición: que no hay rato
hoy más entretenido ni más aprovechado, que el de un _bel parlar_
entre tres ó cuatro. Recréase el oído con la suave música, los ojos con
las cosas hermosas, el olfato con las flores, el gusto en un convite;
pero el entendimiento con la erudita y discreta conversación entre
tres ó cuatro amigos entendidos y no más, porque en pasando de ahí, es
bulla y confusión. De modo que es la dulce conversación banquete del
entendimiento, manjar del alma, desahogo del corazón, logro del saber,
vida de la amistad y empleo mayor del hombre.
Sabed, les decía, oh mis candidados de la fama, pretendientes de la
inmortalidad, que llegó el hombre á tener, no ya emulación, pero
envidia declarada á una de las aves y no atinaréis tan presto cuál
fuese ésta.
¿Sería, dijeron, el águila, por su perspicacia, señorío y vuelo?
No por cierto, que se abate del sol á una vil sabandija, rozando su
grandeza.
¿Sin duda que al pavón, por las atenciones de sus ojos, entre tanta
bizarría?
Tampoco, que tiene malos dejos.
¿Y al cisne, por lo cándido y lo canoro?
Menos, que es un muy necio callar el de toda la vida.
¿Á la garza, por su bizarra altanería?
De ningún modo, que, aunque remontada, es desvanecida.
Basta ¿que sería la fénix, por lo única en todo?
Por ningún caso, que, demás de ser dudosa, no pudo ser feliz, pues le
faltó consorte: si hembra, no tiene macho, y si macho, no tiene hembra.
Válgate por ave, dijeron, ¿y cuál sería, que no queda ya cosa, que
envidiar?
Sí, sí queda.
¿Quién tal creyera?
No sé cómo me lo diga. No fué sino al cuervo.
¿Al cuervo?, dijo Andrenio. ¡Qué mal gusto de hombre!
No sino muy bueno y rebueno.
¿Pues qué tiene que lo valga? ¿Lo negro, lo feo, lo ofensivo de su voz,
lo desazonado de sus carnes, lo inútil para todo? ¿Qué tiene de bueno?
Oh, sí, una cierta ventaja, que empareja todo eso.
¿Cuál es, que yo no topo con ella?
¿Parécete que es niñería aquello de vivir trecientos años y aún aún?
Sí, algo es eso.
¿Cómo algo? Y mucho y no como quiera.
Sin duda, dijo Critilo, que le viene eso por ser aciago, que todo lo
malo dura mucho, los azares nunca se marchitan y todo lo desdichado es
eterno. Sea lo que fuere, él llegó á lo que no el águila ni el cisne.
¿Es posible, decía el hombre, que un pájaro tan civil haya de vivir
siglos enteros y que un héroe el más sabio, el más valiente, la mujer
más linda, la más discreta, no lleguen á cumplir uno ni á vivir el
tercio? ¿Qué haya de ser la vida humana tan corta de días y tan
cumplida de miserias?
No pudo contener esta su desazón allá en sus interioridades á lo
sagaz y prudente, sino que la manifestó luego á lo vulgar y llegó á
dar quejas al Hacedor supremo. Oyóle las malfundadas razones de su
descontento, escuchóle la prolija ponderación de su sentimiento y
respondióle:
¿Y quién te ha dicho á ti que no te he concedido yo muy más larga
vida que al cuervo y que al roble y que á la palma? He, acaba ya
de reconocer tu dicha y de estimar tus ventajas. Advierte que está
en tu mano el vivir eternamente. Procura tú ser famoso, obrando
hazañosamente, trabaja por ser insigne, ya en las armas, ya en las
letras, en el gobierno y, lo que es sobre todo, sé eminente en la
virtud, sé heroico y serás eterno, vive á la fama y serás inmortal. No
hagas caso, no, de esa material vida, en que los brutos te exceden.
Estima sí la de la honra y de la fama y entiende esta verdad, que los
insignes hombres nunca mueren.
Campeaban ya mucho y de muy lejos dejábanse ver entre brillantes
esplendores unos portentosos edificios, que en divisándolos, gritó
Andrenio:
Tierra, tierra.
Y el inmortal:
Cielo, cielo.
Aquéllos, sin más ver, dijo Critilo, son los obeliscos corintios, los
romanos coliseos, las babilónicas torres y los alcázares persianos.
No son, dijo el inmortal, antes bien calle la bárbara Menfis sus
pirámides y no blasone Babilonia sus homenajes, porque éstos los
exceden á todos.
Cuando estuvieron ya más cerca, que pudieron distinguirlos, conocieron
que eran de materia muy tosca y muy común, sin arte ni simetría,
sin molduras ni perfiles. Tanto, que pasando Andrenio de admirado á
ofendido, dijo:
¡Qué cosa tan baja y tan vil es ésta! ¡Qué edificios tan indignos de un
tan sublime puesto!
Pues advierte, le respondió el inmortal, que éstos son los más
celebrados del mundo. ¿Qué importa que lo material sea común, si
lo formal de ellos es bien raro? Éstos han sido siempre venerados
y plausibles y con mucho fundamento. Cuando los anfiteatros y los
coliseos ya cayeron, éstos están en pie; aquéllos acabaron, éstos
permanecen y durarán eternamente.
¿Qué muro viejo y caído es aquel, que causa horror el mirarle?
Aquel es más celebrado y más vistoso, que todas las suntuosas fachadas
de los palacios más soberbios. Aquéllas son las almenas de Tarifa, por
donde arrojó el puñal don Alonso Pérez de Guzmán.
Y es de notar, ponderó Critilo, que ese Guzmán el Bueno fué en tiempo
de don Sancho el Cuarto.
Á par dél campea aquel otro, donde la no menos que valerosa matrona,
levantando su falda, levantó bandera de gloriosa vitoria, que en una
mujer y al verde gollar el hijo fué valor de singular alabanza.
¿Qué cueva es aquella, que allí se divisa, aunque tan oscura?
No es sino muy clara y muy esclarecida. Aquella es la tan nombrada
cueva Donga del inmortal infante don Pelayo, más venerada, que los
dorados alcázares de muchos de sus antecesores y aun descendientes.
¿Qué arrasada trinchera es aquella, que allí se admira?
Dígalo el conde de Ancurt, que se acordará bien, pues ahí perdió el
renombre de invencible y lo ganó el valeroso duque del Infantado,
mostrando bien ser nieto del Cid y heredero de su gran valor. Por
aquellas otras tres brechas introdujeron el socorro en Valencianes
aquellos tres rayos, tres bravos chocadores, el afortunado señor don
Juan de Austria, el único francés en la constancia, el plausible
príncipe de Condé y el Marte de España, Caracena.
¿Cómo no se descuellan aquí, replicó Critilo, las pirámides gitanas,
tan decantadas y repetidas de los gramáticos pedantes?
Y aun por eso. Porque los reyes, que las construyeron, no fueron
famosos por sus hechos, sino por su vanidad. Y así veréis que aun sus
nombres se ignoran ni se sabe quiénes fueron. Sola queda la memoria de
las piedras; pero no de las hazañas de ellos. Tampoco toparéis aquí las
doradas casas de Nerón ni los palacios de Eliogábalo, que, cuando más
duraban sus soberbios edificios, pavonaban más sus viles hierros.