un primer ministro, que en su tiempo, no sólo no fué aplaudido,
pero positivamente odiado. Mas fueron tales y tan exorbitantes las
temeridades y desaciertos del que le sucedió, que acreditaron mucho su
pacífico proceder y aun le hicieron deseado. Al entrar éste, salió una
fragrancia tan extraordinaria, un olor tan celestial, que les confortó
las cabezas y les dió alientos para desear y diligenciar la entrada
en la inmortal estancia. Quedó por mucho rato bañado de tan suave
fragrancia el hemisferio y decíales su inmortal:
¿De dónde pensáis que sale este tan precioso y regalado olor? ¿Acaso de
los jardines de Chipre tan nombrados? ¿De los pensiles de Babilonia?
¿De los guantes de ámbar de los cortesanos? ¿De las cazoletas de
los camarines? ¿De las lamparillas de aceite de jazmín? Que, no por
cierto, no sale sino del sudor de los héroes, de la sobaquina de los
mosqueteros, del aceite de los desvelados escritores. Y creedme que no
fué encarecimiento ni lisonja, sino verdad cierta, que olía bien el
sudor de Alejandro Magno.
Pretendieron algunos que bastaba dejar fama de sí en el mundo, aunque
nunca fuese buena, contentándose con que se hablase de ellos bien ó
mal. Pero declaróse que de ningún modo, porque hay grande diferencia de
la inmortal fama á la eterna infamia. Y así gritaba el Mérito:
Desengáñoos, que aquí no entran sino los varones eminentes, cuyos
hechos se apoyan en la Virtud, porque en el vicio no cabe cosa grande
ni digna de eterno aplauso. Venga todo jayán; fuera todo pigmeo. No hay
aquí mediocritas; todo va por estremos.
Reparó Critilo que, entrando allá de todas naciones, si bien de algunas
pocos, no vieron de una en esta era entrar héroe alguno.
No es de admirar, dijo el peregrino. Porque la infame heregía los
ha reducido á tal estremo de ciegos y de malvistos, que no se ven
en ellos sino infames traiciones, abominables fierezas, inauditas
monstruosidades, llegando á estar hoy sin Dios, sin ley y sin rey.
Pero aunque no hay rincón alguno en esta ilustre estancia, con todo
eso repararon al abrir la una de las dos puertas que detrás de la otra
estaban como corridos algunos célebres varones.
¿Quiénes son aquellos, preguntó Andrenio, que están como corridos,
cubriéndose los rostros con las manos?
Aquellos son, les dijeron, no menos que el Cid español, el Roldán
francés y el portugués Pereira.
¿Cómo así, cuando habían de estar con las caras muy esentas en el mejor
puesto del lucimiento?
Es que están corridos de las necedades en aplausos, que cuentan de
ellos sus nacionales.
Ya en esto se fué acercando el peregrino y suplicó la entrada para sí y
sus dos camaradas. Pidióles el Mérito la patente y si venía legalizada
del valor y autenticada de la reputación. Púsose á examinarla muy de
propósito y comenzó á arquear las cejas, haciendo ademanes de admirado.
Y cuando la vió calificada con tantas rúbricas de la filosofía en
el gran teatro del universo, de la razón y sus luces en el valle
de las fieras, de la atención en la entrada del mundo, del propio
conocimiento en la anotomía moral del hombre, de la entereza en el mal
paso del salteo, de la circunspección en la fuente de los engaños,
de la advertencia en el golfo cortesano, del escarmiento en casa de
Falsirena, de la sagacidad en las ferias generales, de la cordura en
la reforma universal, de la curiosidad en casa de Salastano, de la
generosidad en la cárcel del oro, del saber en el museo del discreto,
de la singularidad en la plaza del vulgo, de la dicha en las gradas
de la fortuna, de la solidez en el yermo de Hipocrinda, del valor en
su armonía, de la virtud en su palacio encantado, de la reputación
entre los tejados de vidrio, del señorío en el trono del mando, del
juicio en la jaula de todos, de la autoridad entre los horrores y
honores de Vejecia, de la templanza en el estanco de los vicios, de la
verdad pariendo, del desengaño en el mundo descifrado, de la cautela
en el palacio sin puerta, del saber reinando, de la humildad en casa
de la hija sin padres, del valer mucho en la cueva de la nada, de la
felicidad descubierta, de la constancia en la rueda del tiempo, de
la vida en la muerte, de la fama en la isla de la inmortalidad, les
franqueó de par en par el arco de los triunfos á la mansión de la
eternidad. Lo que allí vieron, lo mucho que lograron, quien quisiere
saberlo y experimentarlo, tome el rumbo de la Virtud insigne, del
Valor heroico y llegará á parar al teatro de la Fama, al trono de la
Estimación y al centro de la Inmortalidad.
TABLA
SEGUNDA PARTE
Páginas.
CRISI VII.--El hiermo de Hipocrinda. 1
CRISI VIII.--Armería del valor. 15
CRISI IX.--Anfiteatro de monstruosidades. 32
CRISI X.--Virtelia encantada. 43
CRISI XI.--El tejado de vidrio y Momo tirando piedras. 59
CRISI XII.--El trono del mando. 74
CRISI XIII.--La jaula de todos. 85
TERCERA PARTE
CRISI I.--Honores y horrores de Vejecia. 109
CRISI II.--El estanco de los vicios. 127
CRISI III.--La verdad de parto. 147
CRISI IV.--El mundo descifrado. 170
CRISI V.--El palacio sin puertas. 191
CRISI VI.--El saber reinando. 209
CRISI VII.--La hija sin padre en los desvanes del mundo. 234
CRISI VIII.--La cueva de la nada. 254
CRISI IX.--Felisinda descubierta. 274
CRISI X.--La rueda del tiempo. 291
CRISI XI.--La suegra de la vida. 310
CRISI XII.--La isla de la inmortalidad. 333
_Acabóse de imprimir esta edición de
“El Criticón” conforme á los príncipes,
de 1653 cuanto á la “Segunda Parte”
y de 1657 cuanto á la “Tercera”,
en la imprenta “Renacimiento”
el día 15 de Julio
del año
MCMXIV_