traté de escudriñar todos los rincones desta traidora posada y he
descubierto una muy afectada traición contra nuestras descuidadas
vidas. Amigos, que estamos vendidos, minada tenemos la salud con
pólvora sorda, armada nos está una emboscada traidora contra la
felicidad más segura. Pero, para que me creáis, seguidme, que lo habéis
de ver con vuestros ojos y tocar con esas manos, sin hacer el menor
sentimiento, porque seríamos perdidos antes con antes.
Y diciendo y haciendo, levantó una losa, que estaba bajo de su mismo
lecho, de modo que la asechanza estaba inmediata á su descanso.
Descubrióse un boquerón espantoso y lúgubre, por donde les animó á
bajar, yendo él delante, y á la luz de una disimulada linterna los fué
conduciendo á unas profundas cuevas, á unos soterráneos tan inferiores,
que pudieran ser llamados con mucha razón infiernos. Allí les fué
mostrando un expectáculo tan crudo y tan horrendo, que pudiera hacer
estremecer los huesos y dar diente con diente el solo imaginarlo.
Porque allí vieron y conocieron todos aquellos pasajeros, que habían
echado menos; aunque muy desfigurados, tendidos por aquellos suelos.
Estuvieron un gran rato sin poder hablar palabra, que aun para alentar
les faltó el ánimo, tan muertos ellos como los que yacían.
¡Hay tal carnicería!, dijo Andrenio más suspirando, que pronunciando.
¡Hay tal catástrofe de bárbara impiedad! Aquél es sin duda el príncipe,
que vimos cuatro días ha, tan agraciado y lindo, que era las delicias
del mundo, tan cortejado y adorado de todos. Mirad qué solo yace,
dejado y olvidado. Pereció su memoria con el ruido, que no haciéndole,
luego es uno olvidado.
Aquel otro, decía Critilo, es aquel ruidoso campeón, conducidor de
huestes valerosas. Mirad agora qué desacompañado yace y solo. El que
antes hacía temblar el mundo con su valor agora nos hace temblar á
nosotros con horror, y el que triunfa de tanto enemigo ya es trofeo de
tanto gusano.
Contemplad, les decía el pasajero, qué fiera y qué fea está aquella tan
hermosa. Convirtióse su florido Mayo en un erizado Diciembre. ¿Cuántos
por ver esta cara perdieron el ver la de Dios y gozar del cielo?
Amigo, decía Andrenio, dínos por tu vida quién ejecuta semejantes
atrocidades. ¿Son acaso ladrones, que por robarles el oro les quitan la
preciosa vida? Pero más malicia indica el estar tan desfigurados, medio
comidos algunos y aun roídas las entrañas. Aquí alguna cruel Medea se
oculta, que así desmiembra sus hermanos; alguna infernal Meguera, que
ya poco es troglodita.
¿No os decía yo? ponderaba el pasajero. Celebrad agora el cortés
agasajo de vuestra agradable patrona.
Pues aún no acabo yo de creer, dijo Andrenio, que una fiereza tan atroz
quepa en tal agrado, tal crueldad en tal beldad, ni es posible que una
patrona tan humana nos sea tan traidora.
Señores míos, esto pasa en su misma casa, aquí lo estamos viendo y
lamentando. Ved ahora quién lo ejecuta, por lo menos ella lo consiente.
Éste es el dejo de su cortejo, éste el paradero de su agasajo y éste el
remate de su hospedaje. Mirad qué caro se paga, atended en qué paran
las paredes entoldadas de sedas, el servicio de plata, las doradas y
mullidas camas, el convite y el regalo.
Esto estaban viendo y no creyéndolo, cuando de repente se hizo bien
de sentir un horrible sonido, un espantoso estruendo como de muchas
campanas, que doblaban el espanto. Correspondíale otro lastimero ruido
de suspiros y lamentos. Quisieron nuestros peregrinos echar á huir y
meterse en salvo; mas no pudieron, porque ya comenzaban á entrar de
dos en dos funestos enlutados, con sus capuces tendidos, que no se les
divisaba el gesto. Traían antorchas amarillas en las manos, no tanto
para alumbrar los muertos, cuanto para dar luz de desengaño á los
vivos, que la han bien menester. Retiráronse á un rincón los espantados
peregrinos, sin osar hablar palabra, con que dieron más lugar á la
atención, para ver lo que pasaba y oir lo que decían, aunque muy bajo,
dos de aquellos enlutados, que les cayeron más cerca.
¡Qué brava fiereza, decía el uno, la de esta cruel tirana! Al fin
hembra, que todos los mayores males lo son, la hambre, la guerra, la
peste, las arpías, las sirenas, las furias y las parcas.
Sí, respondía el otro; pero ninguna como ésta, que, si las demás
persiguen y atormentan, no es con tal exceso. Si una calamidad os quita
la hacienda, déjaos la salud; si la otra la salud, déjaos la vida; si
ésta os priva de la dignidad, déjaos los amigos para el consuelo; si
aquélla os roba la libertad, déjaos la esperanza. De modo que ninguna
de las desdichas apura del todo; todas operan algo para el consuelo.
Esta sola, peor de cuantas hay, todo lo barre, con todo acaba de una
vez, con la hacienda, con la patria, amigos, deudos, hermanos, padres,
contento, salud y vida, enemiga mayor del género humano, asesina de
todos.
Bástale, dijo el otro, ser peor que cuñada, peor que madrastra. Pues
suegra de la vida, ¿qué otro puede ser la muerte?
Mas al nombrarla ella como tan ruin acudió luego. Comenzaron á entrar
los de su séquito, que es grande, unos que la preceden y otros que la
siguen. Estaban espantados nuestros peregrinos, callando como unos
muertos y, cuando esperaban ver entrar en fúnebre pompa tropas de
fantasmas, catervas de visiones, ejércitos de trasgos, multitud de
larvas y un escuadrón de funestos monstruos, vieron muy al contrario
muchos ministros suyos muy colorados, gruesos y lucidos, no sólo no
tristes, pero muy risueños y placenteros, cantando y bailando con brava
chanza y bureo. Fuéronse partiendo por todo aquel teatro soterráneo,
con que comenzaron ya á respirar nuestros peregrinos y, aun habiendo
cobrado ánimo Andrenio, se fué acercando á uno de ellos, que le pareció
de mejor humor y de buen gusto:
Señor mío, le dijo, ¿qué buena gente es ésta?
Miróselo él y, viéndole algo encogido, le dijo:
Acaba ya de desenvolverte, que aun en el palacio de la muerte no
conviene el ser mozo vergonzoso; más vale tener un punto y aun dos
de entremetido. Sabrás que éste es el cortejo de la reina de todo el
mundo, mi señora la Muerte, que ahí cerca viene; nosotros somos sus más
crueles verdugos.
No lo parecéis, replicó Critilo, desencogiéndose también, pues veniste
de fiesta y de placer, cantando y riendo. Yo siempre creí que los
asesinos suyos eran tan fieros como crueles, intratables y ásperos,
consumidores y consumidos, de tan mala catadura como ella.
Ésos, respondió él, doblando la risa, eran los del tiempo antiguo; ya
no se usan, todo está muy trocado, nosotros la asistimos agora.
¿Y quién eres tú?, le preguntó Andrenio.
Yo soy, no lo creeréis, un Hartazgo.
Y aun por eso tan cariharto. ¿Y aquel otro?
Es un convitón, éste de mi otro lado es un almuerzo, el de más allá
un merendón, la otra una fiambrera, aquéllas las buenas cenas que han
muerto á tantos.
¿Y aquel adamado y galán?
Es un mal francés.
¿Y aquellas otras tan lindas?
Son unas búas. Y así de las que veis, que ya los más de los mortales
se mueren por lo que les mata y apetecen lo que les acarrea la
muerte. Antes moría un hombre de una pesadumbre, de un despecho, de
un cansancio; pero ya han dado muchos en la cuenta. No los matan ya
pesares ni acaban penas. ¿Quién creerá que aquella tan blanca, que está
allí, es una leche de almendras y que no pocos mueren de ella? Otra
cosa te sé decir, que ya los menos son los que matan los asesinos de
la muerte y los más los que ellos mismos se matan. Ellos se la toman
por sus manos. Veis allí los desórdenes, asesinos de la juventud. Aquel
tan agradable es un jarro de agua fría. Aquellos otros tan bellos son
los soles de España, los serenísimos de Italia, las lunas de Valencia,
los dolores de Francia, toda ella linda gente.
No paraban de entrar achaques y sin saberse por dónde, aunque por todas
partes. Y decía Andrenio:
Hartazgo mío ¿por dónde entran éstos?
¿Por dónde? Muerte no venga, que achaque no falta. Pero atended, que
entra ya ella misma, si no en persona, en sombra y en huesos.
¿En qué lo conoces?
En que comienzan á entrar ya los médicos, que son los inmediatos á
ella, los más ciertos ministros, los que la traen infaliblemente.
No me dejes, Hartazgo mío, que querría dármelo de curiosidad, demás que
estoy ya temblando aquel su mal gesto.
Pues advierte que no le tiene ni malo ni bueno para proceder más
descarada.
¿Con qué ojos nos mirará?
Con ningunos, que no tiene miramiento.
¡Qué mala cara nos hará!
Antes no la hace, sino que la deshace.
Hablemos bajo, no nos oiga.
No hay que temer, que á nadie escucha ni oye razón ni querella.
Entró finalmente la tan temida reina, ostentando aquel su tan estraño
aspecto á media cara. De tal suerte, que era de flores la una mitad
y la otra de espinas; la una de carne blanda y la otra de huesos;
muy colorada aquélla y fresca, que parecía de cosas entreveradas de
jazmines; muy seca y muy marchita ésta, con tal variedad, que al punto
que la vieron dijo Andrenio:
¡Qué cosa tan fea!
Y Critilo:
¡Qué cosa tan bella!
¡Qué monstruo!
¡Qué prodigio!
De negro viene vestida.
No, sino de verde.
Ella parece madrastra.
No, sino esposa.
¡Qué desapacible!
¡Qué agradable!
¡Qué pobre!
¡Qué rica!
¡Qué triste!
¡Qué risueña!
Es, dijo el ministro que estaba en medio de ambos, que la miráis por
diferentes lados y así hace diferentes visos, causando diferentes
efectos y afectos. Cada día sucede lo mismo, que á los ricos les parece
intolerable y á los pobres, llevadera; para los buenos viene vestida
de verde y para los malos de negro; para los poderosos no hay cosa
más triste ni para los desdichados más alegre. ¿No habéis visto tal
vez un modo de pinturas, que, si las miráis por un lado, os parece un
ángel, y si por el otro, un demonio? Pues así es la muerte. Haceros
heis á su mala cara dentro de breve rato, que la más mala no espanta en
haciéndose á ella.
Muchos años serán menester, replicó Andrenio.
Sentóse ya en aquel trono de cadáveres, en una silla de costillas
mondas, con brazos de canillas secas y descarnadas, sitial de
esqueletos, y por cojines calaveras, bajo un deslucido dosel de tres ó
cuatro mortajas, con goteras de lágrimas y randas al aire de suspiros,
como triunfando de soberanías, de bellezas, de valentías, de riquezas,
de discreciones y de todo cuanto vale y se estima.
Luego que estuvo de asiento, trató de tomar residencia á sus ministros,
comenzando por el valido. Y cuando la imaginaran terrible: ¡Será
horrenda y espantosa, al fin de residencia!, la experimentaron al
revés, gustosa, placentera y entretenida y muy de recreo. Cuando
aguardaban que arrojase en cada palabra un rayo, oyeron una y otra
chanza. Y en vez de una envenenada saeta en cada razón, comenzó con
lindo humor á entretenerse desta suerte:
Venid acá, pesares, decía, y no os me alleguéis muy cerca; más allá,
más de lejos. ¿Cómo os va de matar necios? Y vosotros, cuidados, ¿cómo
os va de asesinar simples? Salid acá, penas, ¿cómo va de degollar
inocentes?
Muy mal, señora, la respondieron, que ya todos caen en la cuenta de no
caer ni en la cama, cuanto menos en la sepultura. No se usa ya el morir
de tontos; todo va á la malicia.
Apartaos, pues, vosotros matabobos, y salid acá vosotros, matalocos.
Saltó al punto la guerra con sus asaltos y choques.
¡Oh, amiga mía!, la dijo: ¿Cómo te va de degollar centenares de
millares de franceses en España y de españoles en Francia? Que, si
se sacase la cuenta de los que han muerto las gacetas francesas y
relaciones españolas, llegaría sin duda á docientos mil españoles cada
año y otros tantos franceses, pues no viene relación, que no traiga
veinte y treinta mil degollados.
Es engaño, señora, que no mueren peleando al cabo del año ocho mil de
ambas partes. Mienten las relaciones y mucho más las gacetas.
¿Cómo no, cuando yo veo que de todos, cuantos van á la campaña, no
vuelve ninguno? ¿Qué se hacen?
¿Qué? Mueren de hambre, señora, de enfermedades, de malpasar, de
necesidad, de desnudez y de desdichas.
He, que todo es uno para mí, dijo la Muerte. ¿Ellos al cabo no perecen
todos? Sea de pelear, sea de no pelear, sea de lo que fuere, ¿sabéis lo
que me parece? Que la campaña es como la casa del juego, que todo el
dinero se hunde en ella, ya en barajas, ya en baratos, en luces y en
refrescos ¡Oh, buen príncipe aquel y grande amigo mío, que acorralaba
veinte mil españoles en una plaza y los hacía perecer todos de hambre,
sin dejarles echar mano á la espada! Si eso hicieran, no había para
comenzar de toda Francia. Que á los españoles no les han faltado sino
cabos chocadores, no soldados avanzadores. ¡Pues aquel otro, que hizo
perecer más de otros tantos, á vista del enemigo, todos de hambre y
de desdicha de jefes! Pero quítateme de delante, anda de ahí, guerra
malnacida y peor ejercitada. Pues sin pelear, ¿cuándo el ejército se
denominó del ejercicio?
Yo sí, señora, que mato y asuelo y destruyo en estos tiempos todo el
mundo.
¿Quién eres tú?
¿Pues no me conoces? ¿Ahora sales con eso, cuando yo creí que estaba en
tu valimiento?
No doy en la cuenta.
Yo soy la peste, que todo lo barro y todo lo ando, paseándome por toda
la Europa, sin perdonar la saludable España, afligida de guerras y
calamidades: que allá va el mal donde más hay. Y todo esto no basta
para castigo de su soberbia.
Saltó al punto un tropel de entremetidos, diciendo:
¿Qué dices? ¿Qué blasonas tú? ¿No sabes que toda esta matanza á
nosotros se nos debe?
¿Quién sois vosotros?
¿Quiénes? Los contagios.
¿Pues en qué os diferenciáis de las pestes?
¿Cómo en qué? Díganlo los médicos, ó si no, dígalo mi compañero, que es
más simple que yo.
Lo que sé es que, mientras los ignorantes médicos andan disputando
sobre si es peste ó es contagio, ya ha perecido más de la mitad de
una ciudad y al cabo toda su disputa viene á parar en que la que al
principio ó por crédito ó por incredulidad se tuvo por contagio,
después al echar de las sisas ó gabelas fué peste confirmada y aun
pestilencia incurable de las bolsas. Al fin, vosotros pestes ó
contagios, sus alcahuetes, quitáosme de delante, que no hacéis cosa á
derechas, pues sólo las habéis con los pobres desdichados y desvalidos,
no atreviéndoos á los ricos y poderosos, que todos ellos se os escapan
con aquellas tres alas de las tres eles, luego, lejos y largo tiempo,
esto es, luego en el huir, lejos en el vivir y largo tiempo en volver.
De modo que no sois sino matadesdichados, aceptadores de personas y no
ministros fieles de la divina justicia.
Yo sí, señora, que soy el verdugo de los ricos, la que no perdono á los
poderosos.
¿Quién eres tú, que pareces la Fénix entre los males?
Yo, dijo, soy la gota, que no sólo no perdono á los poderosos; pero me
encarnizo en los príncipes y los mayores monarcas.
Gentil partida, dijo la Muerte. Tú no sólo no les quitas la vida; pero
dicen que se les alargas veinte ó treinta años más desde que comienzas.
Y lo que se ve es que están muy bienhallados contigo, sirviéndoles
de arbitrio de su poltronería y de alcahueta de su ocio y su regalo.
Sepan que yo tengo de hacer reforma de malos ministros y desterrarlos
á todos por inútiles y ociosos donde hay médicos. Y he de comenzar por
aquella gran follona la cuartana, por quien jamás dobla campana. Que
no sirve sino de hacer regalones los hombres, agotando el vino blanco
y encareciendo las perdices. Mirad qué cara de hipócrita. Ella come
bien y bebe mejor y sin hacerme servicio alguno pide premio, después
de muchas ayudas de costa. Hola, mis valientes, los matantes, ¿dónde
andáis? Dolores de costado, tabardillos y detenciones de orina, andad
luego y acabad con estos ricos, con estos poderosos, que se burlan de
las pestes y se ríen de la gota y hacen fisga de la cuartana y jaqueca.
Rehusaban ellos la ejecución del mandato y no se movían.
¿Qué es esto?, dijo la Muerte. Parece que teméis la empresa. ¿De cuándo
acá?
Señora, la respondieron, mándanos matar cien pobres, antes que un
rico; docientos desdichados, antes que un próspero, aunque sea Colona.
Porque, demás de que son muy dificultosos de asesinar éstos, nos
concitamos el odio universal de todos los otros.
¡Oh, qué bueno está eso!, ponderó la Muerte. ¿Y ahora estamos en eso?
Si en eso reparamos, nada valdremos. Ora, yo os quiero contar al
propósito y al ejemplo y demos este rato de treguas á los mortales,
que no hay suspensión de mis flechas, como un rato de olvido, cuando
la memoria de la muerte toda la vida desazona. Habéis de saber que,
cuando yo vine al mundo, hablo de mucho tiempo, allá en mi noviciado,
aunque entré con vara alta y como plenipotenciaria de Dios, confieso
que tuve algún horror al matar y que anduve en contemplaciones á los
principios, si mataré éste, no sino aquél, si el rico, si el poderoso,
si la hermosa, no sino la fea, si el mozo gallardo, si el viejo; pero
al fin ya me resolví con harto dolor de mi corazón. Aunque dicen que no
le tengo ni entrañas y que soy dura. ¿Qué mucho, si soy toda huesos?
Determiné comenzar por un mozo rollizo y bello como un pino de oro,
déstos que hacen burla de mis tiros. Parecióme que no haría tanta falta
en el mundo ni en su casa, como un hombre de gobierno hecho y derecho.
Encaréle mi arco, que aún no usaba de guadaña ni la conocía. Confieso
que me temblaba el brazo, que no sé cómo me acerté el tiro; pero al fin
él quedó tendido en aquel suelo y al mismo punto se levantó todo el
mundo contra mí, clamando y diciendo:
¡Oh cruel, oh bárbara Muerte! Mirad quién ha asesinado á un mancebo
el más lindo, que agora comenzaba á vivir, en lo más florido de su
edad, qué esperanzas ha cortado, qué belleza ha malogrado la traidora.
Aguardara á que se sazonara y no cogiera el fruto en agraz y en una
edad tan peligrosa. ¡Oh malograda juventud!
Llorábanle sus padres, lamentábanse sus amigos, suspiraban muchas
apasionadas, hizo duelo á toda una ciudad. De verdad que quedé confusa
y aun arrepentida de lo hecho. Estuve algunos días sin osar matar ni
parecer; pero al fin él pasó por muerto para ciento y un año. Viendo
esto, traté de mudar de rumbo, encaré el arco contra un viejo de cien
años.
Á éste sí, decía yo, que no le plañirá nadie; antes todos se holgarán,
que á todos los tenía cansados con tanto reñir y dar consejos. Á él
mismo pienso haberse hecho favor, que vivía muriendo. Que, si la muerte
para los mozos es naufragio, para los viejos, tomar puerto. Flechéle un
catarro, que le acabó en dos días y, cuando creí que nadie me condenara
la acción, antes bien todos me la aplaudieran y aun la agradecieran,
sucedió tan al contrario, que todos á una voz comenzaron á malearla y á
decir mil males de mí, tratándome, si antes de cruel, agora de necia,
la que así mataba un varón tan esencial á la república.
Éstos, decían, con sus canas honran las comunidades y con sus consejos
las mantienen. Agora había de comenzar á vivir éste lleno de virtud,
hombre de conciencia y de experiencia. Estos agobiados son los puntales
del bien común.
Quedé, cuando oí esto, de todo punto acobardada, sin saber á quién
llevarme. Mal, si al mozo; peor, si al anciano. Tuve mi reconsejo y
determiné encarar el arco contra una dama moza y hermosa.
Esta vez sí, decía, que he acertado el tiro, que nadie me hará cargo,
porque ésta era una desvanecida, traía en continuo desvelo á sus padres
y con ojeriza á los ajenos, la que volvía locos, digo más de lo que
lo estaban, á los mozos, tenía inquieto todo el pueblo. Por ella eran
las cuchilladas, el ruido de noche, sin dejar dormir á los vecinos,
trayendo sobresaltada la justicia. Y para ella es ya favor, cuando
fuera venganza el dejarla llegar á vieja y fea. Al fin yo la encaré
unas viruelas, que ayudadas de un fiero garrotillo en cuatro días la
ahogaron. Mas aquí fué el alarido común, aquí la conjuración universal
contra mis tiros. No quedó persona, que no me murmurase, grandes y
pequeños, echándome á centenares las maldiciones.
¡Hay tan mal gusto, decían, como el desta muerte! ¡Hay semejante
necedad! ¡Que una sola hermosa, que había en el pueblo, ésa se la haya
llevado, habiendo cien feas en que pudiera escoger y nos hubiera hecho
lisonja en quitárnoslas de delante!
Concitaban más el odio contra mí sus padres, que llorándola noche y
día, decían:
¡La mejor hija, la que más estimábamos, la más bienvista, que ya se
estaba casada! Llevárase la tuerta, la coja, la corcovada: aquéllas
serán eternas, como vajilla quebrada.
Impacientes los amantes me acuchillaran si pudieran:
¡Hay tal crueldad! ¡Que no la enterneciesen aquellas dos mitades del
sol en sus dos ojos y ni la lisonjeasen aquellos dos floridos meses de
sus dos mejillas, aquel oriente de perlas de su boca y aquella madre de
soles de su frente, coronada de los rayos de sus rizos! Ello ha sido
envidia ó tiranía.
Quedé aturdida desta vez. Quise hacer el arco mil astillas; mas no
podía dejar de hacer mi oficio: los hombres á vivir y yo á matar. Volví
la hoja y maté una fea.
Veamos agora, decía, si callará esta gente, si estaréis contentos.
¡Pero quién tal creyera! Fué peor, porque comenzaron á decir:
¡Hay tal impiedad! ¡Hay tal fiereza! ¿No bastaba que la desfavoreció la
naturaleza, sino que la desdicha la persiguiese? No se diga ya ventura
de fea.
Clamaban sus padres:
La más querida, decían, el gobierno de la casa; que estas otras lindas
no tratan sino de engalanarse, mirarse al espejo y que las miren.
¡Qué entendida!, decían los galanes. ¡Qué discreta!
Asegúroos, que no sabía ya qué hacerme. Maté un pobre, pareciéndome le
hacía mercedes, según vivía de laceriado: ni por ésas; antes bien todos
contra mí.
Señor, decían, que matara un ricazo, harto de gozar del mundo, pase;
pero un pobrecillo, que no había visto un día bueno, ¡gran crueldad!
Calla, dije, que yo me enmendaré, yo mataré antes de muchas horas un
poderoso.
Y así lo ejecuté; mas fué lo mismo que amotinar todo el mundo contra
mí. Que tenía infinitos parientes, otros tantos amigos, muchos criados
y á todos dependientes. Maté un sabio y pensé perderme, porque los
otros fulminaron discurso y aun sátiras contra mí. Maté después un gran
necio y salióme peor, que tenía muchos camaradas y comenzaron á darme
valientes mazadas.
¿Señores, en qué ha de parar esto?, decía yo. ¿Qué he de hacer? ¿Á
quién he de matar?
Determiné consultar primero los tiros con aquellos mismos en quienes
se habían de ejecutar y que ellos mismos se escogiesen el modo y el
cuándo; pero fué echarlo más á perder, porque á ninguno le venía bien
ni hallaban el modo ni el día. Para holgarse y entretenerse, eso sí;
pero para morir, de ningún modo.
Déjame, decían, concluir con estas cuentas, agora estoy muy ocupado.
¡Oh qué mala sazón! Querría acomodar mis hijos, concertar mis cosas.
De modo que no hallaban la ocasión ni cuando mozos ni cuando viejos ni
cuando ricos ni cuando pobres. Tanto, que llegué á un viejo decrépito y
le pregunté si era hora y respondióme que no, hasta el año siguiente.
Y lo mismo dijo otro. Que no hay hombre, por viejo que esté, que no
piense que puede vivir otro año. Viendo que ni esto me salía, di
en otro arbitrio y fué de no matar sino á los que me llamasen y me
deseasen, para hacer yo crédito y ellos vanidad; pero no hubo hombre
que tal hiciese. Uno sólo me envió á llamar tres ó cuatro veces.
Híceme de rogar, para ver si la misma privación le causaría apetito y,
cuando llegué, me dijo:
No te he llamado para mí, sino para mi mujer.
Mas ella, que tal oyó, enfurecida dijo:
Yo me tengo lengua para llamarla, cuando la hubiere menester. ¿Quién le
mete á él en eso? Mirad ¡qué caritativo marido!
Así que ninguno me buscaba para sí, sino para otro, las nueras para
las suegras, las mujeres para los maridos, los herederos para los que
poseían la hacienda, los pretendientes para los que gozaban de los
cargos, pegándome bravas burlas, haciéndome todos ir y venir, que no
hay mejor deuda ni más mala paga. Al fin, viéndome puesta en semejante
confusión con los mortales y que no podía averiguarme con ellos, mal si
mato al viejo, peor si al mozo, si la fea, si la hermosa, si el pobre,
si el rico, si el ignorante, si el sabio:
Gente de la maldición, decía, ¿á quién he de matar? Concertaos. Veamos
qué ha de ser. Vosotros sois mortales, yo matante: yo he de hacer mi
oficio.
Viendo, pues, que no había otro expediente ni modo de ajustarnos,
arrojé el arco y así de la guadaña, cerré los ojos y apreté los puños y
comencé á segar todo parejo, verde y seco, crudo y maduro, ya en flor,
ya en grano, á roso y á belloso, cortando á la par rosas y retamas, dé
donde diere.
Veamos agora si estaréis contentos.