romos y parecer gotosos y patituertos. Si una mujer pequeña hubo
menester ayudarse de chapines, añadiendo de corcho lo que le faltaba
de persona, luego todas las otras dan en llevarlos, aunque sean más
crecidas que la giralda de Sevilla ó la torre nueva de Zaragoza. Llega
en esto una muy estirada en todo, que no necesita dellos, antes la
hacen embarazo. Dales del pie y gusta de irse en zapato. Luego todas
las otras la quieren imitar, aunque sean unas enanas, valiéndose de
la ocasión para más soltura y para parecer niñas. La otra flamenca
dió en ir escotada, vendiendo el alabastro y quiérenla seguir las
de Guinea, feriando el azabache, que en unas y en otras es una gran
frialdad y un traje muy desarrapado. Y es de advertir que el peor y el
más deshonesto es el que dura más. Pero para que riáis de buen gusto
mirad aquella ristra de mujeres, que van una tras otra en la rueda del
tiempo. La primera lleva aquel desproporcionado tocado, que llamaron
almirante y lo inventó una calva. La otra, que se sigue, lo trocó por
la arandela, que hizo brava visión. Sucede la otra con el bobo, que fué
su más propio traje. Trocólo ya la que viene detrás, por el trenzado,
no mendigando un pelo ajeno á su belleza. La quinta en orden lo dejó
para las mozas de cántaro y echó el cabello atrás en una crecida cola.
La sexta inventó el moño, desmintiendo lo pelado. La séptima se echó
un gobelete al tozuelo, echando allá cuanto la pudiesen decir. La
octava va con una trenza á la jineta, á tuerto y á derecho. La nona con
asa de cántaro y pudiera de cantarilla. Desta suerte van variando y
desvariando, hasta que vuelvan á su primera impertinencia. Pero lo que
fué, no ya de reir, sino de sentir, que siempre se va todo empeorando.
Pues es cosa cierta que con lo que gasta hoy una mujer se vestía antes
todo un pueblo. Más plata echa hoy en relumbrones una cortesana, que
había en toda España antes que se descubrieran las Indias. No conocían
las perlas aquellas primeras señoras; pero éranlo ellas en la fineza.
Los hombres eran de oro y se vestían de paño; agora son asco y rozan
damasco y después, que hay tantos diamantes, ni hay fineza ni firmeza.
Hasta en el hablar hay su novedad cada día, pues el lenguaje de hoy ha
docientos años parece algarabía. Y si no, leed esos fueros de Aragón,
esas partidas de Castilla, que ya no hay quien las entienda. Escuchad
un rato aquellos, que van pasando uno tras de otro, en la rueda del
tiempo.
Atendieron y oyeron que el primero decía fillo, el segundo fijo, el
tercero hijo y el cuarto ya decía gixo á lo andaluz y el quinto de otro
modo, sino que no lo percibieron.
¿Qué es esto?, decía Andrenio. ¿Señores, en qué ha de parar tanto
variar? ¿Pues no era muy buena aquella primera palabra fillo y más
suave, más conforme á su original, que es el latín?
Sí.
¿Pues por qué la dejaron?
No más de por mudar, sucediendo lo mismo en las palabras, que en los
sombreros. Éstos de agora tienen por bárbaros á los de aquel lenguaje,
como si los venideros no hubiesen de vengarlos á aquéllos y reirse
déstos.
Púsose de puntillas Critilo, desojándose hacia el oriente de la rueda.
¿Qué atiendes con tanto ahinco?, le preguntó el cortesano.
Estoy mirando si vuelven á salir aquellos Quintos tan famosos y
plausibles en el mundo, un don Fernando el Quinto, un Carlos Quinto y
un Pío Quinto.
¡Ojalá que eso fuese y que saliese un don Felipe, el Quinto en España!
Y cómo que vendrá nacido. ¡Qué gran rey había de ser, copiando en sí
todo el valor y el saber de sus pasados! Pero lo que noto es que antes
vuelven á salir los males, que los bienes. Tardan éstos lo que se
avanzan aquéllos.
Oh, sí, dijo el cortesano: detiénense y mucho en volver los siglos de
oro y adelántanse los de plomo y de hierro. Son las calamidades más
ciertas en repetir, que las prosperidades. Así como el mal humor de
una terciana y de una cuartana tienen su día fijo, su hora sabida,
sin discrepar un punto y el buen humor la alegría, el contento, no le
tienen ni repiten, á la hora las guerras, las rebeliones no discrepan
un lustro, las pestes ni un año, las secas no pierden vez, vuelven las
hambres, las mortandades, las desdichas por sus pasos contados.
Pues si eso es así, dijo Andrenio, ¿no se les podía tomar el pulso á
las mudanzas y el tino á la vicisitud de la rueda, para prevenir los
remedios á los venideros males y saberlos desviar?
Ya se podría, respondió el cortesano; pero como fenecieron aquellos,
que entonces vivían, y suceden otros de nuevo sin recuerdo de los
daños, sin experiencia de los inconvenientes, no queda lugar al
escarmiento. Vinieron unos noveleros, amigos de mudanzas peligrosas,
que no probaron de las calamidades de la guerra, atropellaron con la
rica y abundante paz y después murieron suspirando por ella. Con todo
ya hay algunos de bueno y sano juicio, prudentes consejeros, que huelen
de lejos las tempestades, las pronostican, las dicen y aun las vocean;
pero no son escuchados. Que el principio de los males es quitarnos el
cielo el inestimable don del consejo. Sacan los cuerdos por discurso
cierto las desdichas, que amenazan: en viendo en una república la
desolación de costumbres, pronostican la disolución de provincias;
en reconociendo caída la virtud, atinan la caída de las monarquías;
grítanlo á quien tiene atapados los oídos, y así veréis que de tiempo á
tiempo se pierde todo para volverse otra vez á ganar todo.
Pero buen ánimo, que todas las cosas vuelven á tener día, lo bueno y lo
malo, las dichas y las desventuras, las ganancias y las pérdidas, los
cautiverios y los triunfos, los buenos y los malos años.
Sí, dijo Andrenio; ¿pero qué me importa á mí que hayan de suceder
después las felicidades, si á mí me cogen de medio á medio todas las
calamidades? Eso es decir que para mí se hicieron las penas y para
otros los contentos.
Buen remedio ser prudente, abrir el ojo y dar ya en la cuenta. Ea,
alégrate, que aún volverá la virtud á ser estimada, la sabiduría á
estar muy valida, la verdad amada y todo lo bueno en su triunfo.
Y cuando será eso, suspiró Critilo, ya estaremos nosotros acabados
y aun consumidos. ¡Oh, quién viera aquellos hombres con sus sayos
y aquellas mujeres con sus cofias y sus ruecas, que desde que se
arrimaron los husos, no se usa cosa buena! ¿Cuándo volverá la reina
doña Isabel la Católica á enviar recados: decidle á doña Fulana que
se venga esta tarde á pasarla conmigo y que se traiga su rueca, y á
la condesa que venga con su almohadilla? ¿Cuándo oiremos al otro rey
escusarse en las cortes que no había comido gallina y decía la verdad
y que una que comió un jueves había sido presentada? Y al otro que si
las mangas del jubón eran de seda, pero el cuerpo de tela. ¡Oh, cuánto
me holgaría ver salir aquellos siglos de oro y no de lodo y basura,
aquellos varones de diamantes y no de claveques, aquellas hembras de
margaritas y sin perlas, las Hermesindas y Jimenas, con que no faltan
Urracas, aquellos hombres de bien, que ya no sólo no corren, pero
ni dan un paso, de Tasso lenguaje, pero de buena lengua, de pocas
razones y de mucha razón, de mucha sustancia y poca circunstancia,
gente de apoyo y no de tramoya y de sola apariencia, que no hay cosa
más contraria á la verdad, que la verisimilitud! ¿Qué soldados eran
aquellos de acullá, vestidos de pieles y calzados de cuero, que
repetían de fieras?
Ésos eran los Almugábares, la milicia del rey don Jaime y de su
valeroso hijo; no como los capitanes de agora, vestidos de tafetán,
dando cuchilladas de seda.
Aguarda, ¿qué varas eran aquéllas tan macizas y tan firmes?
Las de la justicia del buen tiempo, gruesas; pero no groseras, que no
se torcían á cualquier viento ni se doblaban, aunque las cargasen del
metal pesado, aunque colgasen de ellas un bolsón de doblones.
Qué diferentes, decía Andrenio, destas otras tan delgadas, al fin
juncos, que ceden al soplo del favor y se inclinan por poco que les
cuelguen á un par de capones, á cualquier pluma. ¿Quién es aquel que
habla ronco?
Pues á fe que no es ronca, sino bien clara su fama. Aquél es el
plausible alcalde Ronquillo, blasón de la justicia.
¿Y aquel otro, que todo lo averigua?
Ése es el del proverbio, por quien decía el rey Católico, á cualquiera
escándalo que sucedía:
Vaya y averígüelo Vargas.
Todo lo aclaraba y nada confundía, con que también ha tenido en estos
tiempos la justicia sus Quiñones.
Cansábanse ya ellos de ver; pero no la rueda de dar vueltas y á
cada tumbo se trastornaba el mundo, caían las casas más ilustres y
levantábanse otras muy oscuras, con que los descendientes de los
reyes andaban tras los bueyes, trocándose el cetro en aguijada y tal
vez en un cepillo. Al contrario, los lacayos subían á Belengabores y
Taicosamas. Vieron un nieto de un herrador muy puesto á la jineta y
otro muy á caballo rodeado de pajes, aquél cuyo abuelo iba tal vez
lleno de pajas. Decantábase la rueda y comenzaban á bambalear las
torres y los homenajes, caían los alcázares y empinábanse los aduares y
al cabo de años los nobles eran villanos.
¿Quién es aquel, decía Andrenio, que vive en la casa solar de los
condes de tal?
Un hornero, que haciendo mala harina hizo muchos ducados, de modo que
valen más sus salvados, que la harina de muchos nobles.
¿Y en aquella otra de los duques de cual?
Un otro, que vendió mal y las compró bien.
¿Pues es posible, ponderaba Critilo, que no se contente ya la
desvergonzada vanidad déstos con levantar sus casas de nuevo, sino que
quieren hollar las más antiguas y las que eran de mejor solar?
Salían unos ingenios noveleros con unos discursos viejos, opiniones
rancias, pero bien alcoholadas, con lindo lenguaje y vendíanlas por
invención suya y de verdad que lo era. Engañaban luego luego á cuatro
pedantes; mas llegaban los varones sabios y leídos y decían:
¿Ésta no es la dotrina de aquellos antiguos? En un rincón del Tostado
se hallará, sazonado y cocido todo lo que éstos blasonan por crudo y
valiente pensar. Lo que éstos hacen no es más que sacarlo de aquella
letra gótica y estamparlo en la romana más legible, mudando la cuadrada
en redonda, echando un papel blanco y nuevo y con esto cátalo aquí
concepto nuevo. Á fe que estos ecos que son de aquella lira y que este
tomo es de Toma.
Lo mismo que en la cátedra sucedía en el púlpito con notable variedad,
que en el breve rato, que se asomaron á ver la rueda, notaron una
docena de varios modos de orar. Dejaron la sustancial ponderación del
sagrado texto y dieron en alegorías frías, metáforas cansadas, haciendo
soles y águilas los santos, inares las virtudes, teniendo toda una hora
ocupado el auditorio, pensando en una ave ó una flor. Dejaron esto y
dieron en descripciones y pinturillas. Llegó á estar muy valida la
humanidad, mezclando lo sagrado con lo profano. Y comenzaba el otro
afectado su sermón por un lugar de Séneca, como si no hubiera San
Pablo, ya con trazas, ya sin ellas, ya discursos atados, ya desatados,
ya uniendo, ya postillando, ya echándolo todo en frasecillas y modillos
de decir, rascando la picazón de las orejas de cuatro impertinentillos
bachilleres, dejando la sólida y sustancial doctrina y aquel verdadero
modo de predicar del Boca de oro y de la ambrosía dulcísima y del
néctar provechoso del gran prelado de Milán.
Cortesano mío, decía Andrenio, ¿volverá al mundo otro Alejandro Magno,
un Trajano y el gran Teodosio? ¡Gran cosa sería!
No sé qué me diga, le respondió, que de uno déstos hay para cien siglos
y mientras sale un Augusto, ruedan cuatro Nerones, cinco Calígulas,
ocho Eliogábalos, y mientras un Ciro, diez Sardanápalos. Sale una vez
un Gran Capitán y bullen después cien capitanejos, con que se ha de
mudar cada año de jefe. He aquí que para conquistar á todo Nápoles
bastó el gran Gonzalo Fernández y para Portugal un duque de Alba,
para la una India Fernando Cortés y para la otra Alburquerque; y hoy
para restaurar un palmo de tierra no han sido bastantes doce cabos.
Llevóse de carrera Carlos Octavo á Nápoles y con otra vista, que dió el
desposeído Fernando con cuatro naves vacías, lo volvió á cobrar. De un
Santiago cogió el rey Católico á Granada y su nieto Carlos Quinto toda
la Alemania.
Oh, señor, replicó Critilo, no hay que admirar: que iban los mismos
reyes en persona, no en sustituto. Que hay gran diferencia de pelear el
amo ó el criado. Asegúroos que no hay batería de cañones reforzados,
como una ojeada de un rey.
Tras de una reina doña Blanca, proseguía el cortesano, salen cien
negras. Mas hoy en otra española vuelve á florecer aquélla y en una
católica Cristina de Suecia renace hoy la emperatriz Elena. Más
os digo, que vuelve á salir el mismo Alejandro. Ya le veo y le
reverencio, no gentil, sino muy cristiano; no profano, sino santo; no
tirano de las provincias, sino padre de todo el mundo, conquistándole
para el cielo. Pasad un lienzo, les dijo, por esos cristales y, si
fuere el de la mortaja, mejor: quedarán más limpios del polvo apegadizo
de la tierra. Y mirad otro rato hacia el cielo.
Realzaron la vista y en virtud de aquella diáfana perspicacidad
divisaron cosas, en que jamás habían reparado. Vieron una gran multitud
de hilos y muy sutiles, que los iban devanando los celestes tornos y,
sacándolos de cada uno de los mortales como de un ovillo.
¡Qué delgado hilan los cielos!, decía Andrenio.
Ésos son, respondió el cortesano, los hilos de nuestras vidas. Notad
qué cosa tan delicada y de qué dependemos todos.
Era mucho de ver cuáles andaban los hombres rodando y saltando, como
si fueran otros tantos ovillos, sin parar un instante, al paso que las
celestiales esferas les iban sacando la sustancia y consumiendo la
vida hasta dejarlos de todo punto apurados y deshechos, de tal suerte
que no venía á quedar en cada uno sino un pedazo de trapo de una pobre
mortaja, que en esto viene á parar todo. De unos tiraban hebras de seda
fina; de otros, hilos de oro; y de otros, de cáñamo y estopa.
Sin duda que aquellos de oro y de plata, dijo Andrenio, serán de los
ricos.
Engáñaste.
¿De los nobles?
Tampoco.
¿De los príncipes?
No discurres bien.
¿No son los hilos de las vidas?
Sí.
Pues, según fueren ellas, así serán ellos.
Noble hay, que sacan del hilo de estopa y plebeyo, que sacan del hilo
de plata y aun de oro.
Allí se acababa uno, acullá otro, faltábale muy poco á éste, cuando
comenzaba aquél. Que lo que la naturaleza va hilando de la vida el
cielo lo va devanando y quitándonos los días con sus vueltas. Y
cuando los mortales andan más diligentes y más solícitos, saltando y
brincando, entonces se van más deshaciendo.
¡Pero qué á lo callado, qué á las sordas nos van urdiendo la muerte,
ponderaba Critilo, cuando nos van devanando la vida! Engañóse sin duda
aquel otro filósofo en decir que al moverse esas celestes esferas de
esos once cielos hacen una suavísima música, un muy sonoro ruido. Ojalá
que eso fuera, que nos despertaran de nuestro sueño. Fuera un citarnos
á cada instante de remate. No fuera música para entretenernos, sino un
recuerdo para desengañarnos.
Miráronse ya á sí mismos y vieron lo poco que les faltaba por devanar,
que fué materia de harto desengaño para Critilo, si para Andrenio de
melancolía.
Esto bastará por ahora, les dijo el cortesano, y bajemos á comer, no
diga el otro simple letor:
¿De qué pasan estos hombres, que nunca se introducen comiendo ni
cenando, sino filosofando?
Acertaron á pasar por una plaza, la de mayor concurso, que sería
sin duda la Navona, donde hallaron un numeroso pueblo, dividido en
enjambres de susurro, aguardando alguno de sus espectáculos vulgares,
que el cortesano al verle realzó con su moral observación y ellos con
especial desengaño. Pero qué espantavulgo fuese éste nos lo afianza
declarar la siguiente Crisi.
CRISI XI
_La suegra de la vida._
Muere el hombre, cuando había de comenzar á vivir, cuando más persona,
cuando ya sabio y prudente, lleno de noticias y experiencias, sazonado
y hecho, colmado de perfecciones, cuando era de más utilidad y
autoridad á su casa y á su patria. Así que nace bestia y muere muy
persona. Pero no se ha de decir que murió agora, sino que acabó de
morir, cuando no es otro el vivir que un ir cada día muriendo. ¡Oh,
ley por todas partes terrible la de la muerte, única en no tener
excepción, en no privilegiar á nadie, y debiera á los grandes hombres,
á los eminentes sujetos, á los perfectos príncipes, á los consumados
varones, con quienes muere la virtud, la prudencia, la valentía, el
saber y tal vez toda una ciudad, un reino entero! Eternos debieran ser
los ínclitos héroes, los varones famosos, que les costó tanto el llegar
á aquel cenit de su grandeza; pero sucede tan al contrario, que los que
importan menos viven más y los que mucho valen viven menos. Son eternos
los que no merecían vivir un día y los insignes varones, momentáneos,
pasaban como lucidos cometas. Plausible resolución fué la del rey
Néstor, de quien se cuenta que, habiendo consultado los oráculos acerca
de los plazos de su vida y habiéndole sido respondido que aún había de
vivir mil años cabales, dijo él:
Pues no hay que tratar de hacer casa.
Instando sus amigos que no sólo casa, pero un palacio y no sólo uno,
sino muchos, para todos tiempos y pasatiempos, respondió:
¿Para sólos mil años de vida queréis que me ponga agora á fabricar
casa? ¿Para tan poco tiempo un palacio? He, que bastará una tienda ó
una barraca, donde me aloje de paso. Que sería calificada locura tomar
el vivir de asiento.
¡Qué bien viene esto con lo que hoy se platica, pues no llegando los
hombres á vivir lo más cien años y no teniendo seguro ni un día,
emprenden edificios de á mil años, fabrican casas, como si se hubiesen
de perpetuar sobre la haz de la tierra! De estos sería uno sin duda
aquel que decía que, aunque supiera que no había de vivir sino un año,
hiciera casa; si un mes, se casara; si una semana, comprara cama y
silla; y si un día sólo, hiciera olla. ¡Oh!, cómo debe reirse destos
necios la muerte discreta, siquiera por lo fea, viendo que, cuando
ellos están levantando grandes casas, ella les está abriendo corta
sepultura, según el proverbio: á casa hecha, sepultura abierta. En
acomodándose uno, ella le desacomoda. Acabarse de construir el palacio
y acabarse la vida todo es á un tiempo, trocándose las siete columnas
del más soberbio edificio en siete pies de tierra ó siete palmos de
mármol, vana necedad de muchos. Porque ¿qué más tiene el pudrirse entre
pórfidos y mármoles, que entre terrones?
Sobre esta tan llana verdad venía echando el contrapunto de un singular
desengaño el cortesano discreto con nuestros dos peregrinos en Roma.
Llegaron á una gran plaza, embarazada de infinito vulgo, muy puesto en
expectación de alguna de sus necias maravillas, que él suele admirar
mucho.
¿Qué querrá ser esto?, preguntó Andrenio.
Y respondiéronle:
Tened paciencia y tendréis ciencia.
Así fué, que á poco rato vieron salir bailando y brincando sobre una
maroma un monstruo, que en la lijereza parecía un pájaro y en la
temeridad un loco. Estaban los que le miraban tan pasmados, cuanto él
intrépido. Ellos temblando de verle y él bailando porque le viesen.
¡Brava temeridad!, exclamó Andrenio. Sin duda que éstos primero
pierden el juicio y después el miedo. Á pie llano no llevamos segura la
vida y éste la mete en precipicios.
¿De éste te espantas tú?, le dijo el cortesano.
¿Pues de quién, si de éste no?
De ti mismo.
¿De mí? ¿Y por qué?
Porque es niñería esto, respecto de lo que por ti pasa. ¿Sabes tú dónde
tienes los pies? ¿Sabes por dónde caminas?
Lo que yo sé es, replicó Andrenio, que no me metiera allí por todo el
mundo y éste por un vil interés se expone á tan grande riesgo.
¡Qué bueno está eso!, le dijo el cortesano. ¡Oh, si tú te vieses andar,
no sólo de aquel modo, sino con harto mayor peligro, qué sentirías y
qué dirías!
¿Yo?
Sí, tú.
¿Por qué?
Díme, ¿no caminas cada hora y cada instante sobre el hilo de tu vida,
no tan grueso ni tan firme como una maroma, sino tan delgado como el de
una araña y aun más y andas saltando y bailando sobre él? Ahí comes,
ahí duermes y ahí descansas sin cuidado ni sobresalto alguno. Créeme
que todos los mortales somos volatines arriesgados sobre el delgado
hilo de una frágil vida, con esta diferencia, que unos caen hoy, otros
mañana. Sobre él fabrican los hombres grandes casas y grandes quimeras,
levantan torres de viento y fundan todas sus esperanzas. Admíranse de
ver al otro temerario andar sobre una gruesa y asegurada maroma y no
se espantan de sí mismos, que restriban sobre una, no cuerda, sino
muy loca confianza de una hebra de seda. Menos, sobre un cabello. Aún
es mucho, sobre un hilo de araña. Aún es algo, sobre el de la vida,
que aún es menos. De esto sí que debrían andar atónitos, aquí sí que
se les habían de erizar los cabellos y más reconociendo el abismo de
infelicidades, donde los despeña el grave peso de sus muchos yerros.
Salgamos, salgamos de aquí luego luego, al mismo punto, gritó Andrenio.
Poco importa, dijo Critilo, dejar la consideración, si no salimos del
riesgo. Bien podremos olvidarle, mas no evitarle.
Volvieron ya á su posada, llamada el mesón de la vida. Aquí les dejó el
cortesano citados para otro gran día, si ya no les faltase la noche,
que fué atención precisa. Recibióles con lisonjero agasajo su agradable
huéspeda, mostrándose muy cuidadosa en su asistencia y regalo.
Convidólos á la cena, diciendo:
Aunque no se vive para comer, se come para vivir.
Cerróse la noche y trataron ellos de cerrar los ojos, pasando á
ciegas y á escuras la mitad de la vida. Y si dicen que el sueño es un
ensayo de la muerte, yo digo que no es sino un olvido de ella. Íbanse
ya encaminando al sepulcro del sueño, muy descuidados y seguros,
cuando llegó á embargárseles uno de los muchos pasajeros, que allí se
alojaban. Éste, acercándose á ellos disimulado, les dió voces á la
sorda, diciéndoles:
¡Oh, inconsiderados peregrinos! ¡Cómo se os conoce cuán ajenos vivís
de vuestro mal y cuán ignorantes de vuestro riesgo! Decidme, ¿cómo,
estando presos, tratáis de dormir á sueño suelto? No es tiempo de
cerrar los ojos, sino de abrirlos al mayor peligro, que os amenaza por
instantes.
Tú debes ser el que sueñas, le respondió Andrenio. ¿Aquí peligros, en
el albergue de la vida, en el mesón del sol y tan claro y tan risueño?
Y aun por eso mismo, respondió el pasajero.
He, que no es creíble que para traiciones en tales agrados, que se
escondan fierezas entre tales lindezas.
Pues advertid que aquí donde la veis tan cortesana, esta nuestra
huéspeda, que es de nación troglodita, hija del más fiero caribe, aquel
que se chupa los dedos tras sus proprios hijos.
Quita de ahí, le replicó Andrenio. ¿Aquí en Roma trogloditas? ¿Cómo es
posible?
¿Y es nuevo el concurrir en esta cabeza del orbe de todas sus naciones
los erizados etíopes, los greñudos sicambros, los alarbes, los sabeos
y los sármatas, aquéllos, que llevan consigo la fuente para socorrer
la sed en la picada vena del caballo? Sabed, pues, que esta hermosa y
agradable patrona alimenta sus fierezas de nuestras humanidades.
Es cosa de risa eso, replicó Andrenio. Lo que yo experimento es que
ella no atiende á otro, que á nuestro agasajo y regalo.
¡Oh, qué engaño el vuestro!, exclamó el pasajero. ¿Nunca habéis
visto cebar antes las engañadas aves, para cebarse en ellas después,
sacándoles para esto los ojos? Pues así lo platica esta hechicera
común, que no hay Alcina, que la iguale. Miradla bien, reconocedla y
veréis que no es tan linda como se pinta; antes la hallaréis corta
de faiciones y larga de traiciones, breve de tercios y cumplida de
enredos. ¿Es posible, que no habéis reparado en estos días, que aquí
estáis, cómo han desaparecido casi todos los pasajeros que han entrado?
¿Qué se hizo aquel gallardo mancebo, que tanto celebrastes de lindo,
airoso, galán, rico y discreto? Ya no se ve ni se oye. ¿Pues aquella
otra peregrina de la belleza, que tan bien pareció á todos? Ya no
parece. Pregunto, ¿qué se hace tanto pasajero como aquí va entrando?
Unos anochecen y no amanecen y otros al contrario: todos, todos, unos
en pos de otros van desapareciendo, tan presto el cordero como el
carnero, el amo como el criado, el soldado valiente y el cortesano
discreto. Ni al príncipe le vale su soberanía ni al sabio su ciencia.
No le aprovechan al valentón sus bríos ni al rico sus tesoros. Ninguno
trae salvaguardia.
Ya yo lo había notado, respondió Critilo. Como á la deshilada se nos
iban todos desvaneciendo y os aseguro que me ha ocasionado harto
desvelo.
Aquí arqueando las cejas y encogiéndose de hombros el pasajero: