cortesana, política y discreta, la perfecta de todas maneras. Porque es
de notar que España se está hoy del mismo modo que Dios la crió, sin
haberla mejorado en cosa sus moradores, fuera de lo poco, que labraron
en ella los romanos. Los montes se están hoy tan soberbios y zahareños
como al principio; los ríos innavegables, corriendo por el mismo camino
que les abrió la naturaleza; las campañas se están páramos, sin haber
sacado para su riego las acequias; las tierras incultas; de suerte
que no ha obrado nada la industria. Al contrario la Italia está tan
otra y tan mejorada, que no la conocerían sus primeros pobladores, que
viniesen. Porque los montes están allanados, convertidos en jardines,
los ríos navegables, los lagos son vivares de peces, los mares poblados
de famosas ciudades, coronados de muelles y de puertos; las ciudades
todas por un parejo, hermoseadas de vistosos edificios, templos,
palacios y castillos, sus plazas adornadas de brolladores y fuentes;
las campañas son elisios, llenas de jardines; de suerte, que hay más
que ver y que gozar en sola una ciudad de Italia, que en toda una
provincia de las otras. Ella es la política, madre de las buenas artes,
que todas están en su mayor punto y estimación, la política, la poesía,
la historia, la filosofía, la retórica, la erudición, la elocuencia,
la música, la pintura, la arquitectura, la escultura. Y en cada una
destas artes se hallan prodigiosos hombres. Por esto, sin duda, dijeron
que, cuando las diosas se repartieron las provincias del mundo, Juno
escogió la España, Belona la Francia, Proserpina á Inglaterra, Ceres á
Sicilia, Venus á Chipre y Minerva á Italia. Allí florecen las buenas
letras, ayudadas de la más suave, copiosa y elocuente lengua. Que aun
por eso en aquella plausible comedia, que se representó en Roma, de
la caída de nuestros primeros padres, se introducían donosamente los
personajes, hablando el padre eterno en alemán, Adán en italiano: _Lo
mio signore_, Eva en francés, _qui Monsiur_, y el diablo en español,
echando votos y retos. Exceden los italianos á los españoles en los
accidentes y á los franceses en la sustancia. Ni son tan viles como
éstos ni tan altivos como aquéllos. Igualan á los españoles en ingenio
y sobrepujan á los franceses en juicio, haciendo un gran medio entre
estas dos naciones. Pero, si en manos de los italianos hubieran dado
las Indias, ¡cómo que las hubieran logrado! Está Italia en medio de
las provincias de la Europa, coronada de todas como reina, y trátase
como tal. Porque Génova la sirve de tesorera, Sicilia de despensera, la
Lombardía de copera, Nápoles de maestresala, Florencia de camarera, el
Lacio de mayordomo, Venecia de aya, Módena, Mantua, Luca y Parma, de
meninas y Roma de dueña.
Sola una cosa la hallo yo mala, dijo Andrenio.
¿Sola una?, replicó el cortesano. ¿Y cuál es?
Reparaba en decirla y quisiera que él la adivinara. Con esta atención
le iba deteniendo y el otro instando.
Sería acaso el ser tan viciosa, porque eso le viene de ser tan
deliciosa.
No es eso.
¿Aquello de oler aún á gentil, hasta en los nombres de Cipiones y
Pompeyos, Césares y Alejandros, Julios y Lucrecias y en la vana
estimación de las antiguas estatuas que parecen idolatrar en ellas, el
ser tan supersticiosos y agoreros, porque todo eso les viene de gentil
herencia?
Ni eso.
¿Pues qué? ¿El estar tan dividida y como hecha jigote en poder de
tantos señores y señorcitos, saliéndole estéril toda su política y
sirviéndola de nada toda su razón de estado?
Tampoco es eso.
¡Válgate Dios! ¿Pues qué será? ¿Es por ventura aquello de ser campo
abierto á las naciones estranjeras, palenque de españoles y franceses?
He, que no es eso.
¿Si sería el ser maestra de invenciones y quimeras, porque eso pasó de
la Grecia al Lacio juntamente con el imperio?
Ni eso ni estotro.
¿Pues qué puede ser? Que ya me doy por vencido.
¿Qué? El haber tantos italianos. Que si eso no tuviera, hubiera sido
sin oposición el mejor país del mundo. Y vese claro, pues Roma con el
concurso de las naciones se viene á templar mucho. Por eso dicen que
Roma no es Italia ni España ni Francia; sino un agregado de todas. Gran
ciudad para vivir; aunque no para morir. Dicen que está llena de santos
muertos y de demonios vivos. Paradero de peregrinos y de todas las
cosas raras, centro de maravillas, milagros y prodigios. De suerte, que
más se vive en ella en un día, que en otras ciudades en un año, porque
se goza de todo lo mejor.
Un secreto ha días deseo saber de la Italia, dijo Critilo.
¿Qué cosa?, le preguntó el cortesano.
Yo te lo diré. ¿Cuál sea la causa que, siendo los franceses tan fatales
para ella, los que la inquietan, la azotan, la pisan, la saquean,
cada año la revuelven y son su total ruina, y al contrario, siendo
los españoles los que la enriquecen, la honran, la mantienen en paz y
quietud, los que la estiman, siendo Atlantes de la iglesia católica
romana, con todo eso se pierden por los franceses, se les va el corazón
tras ellos, los alaban sus escritores, los celebran sus poetas con
declarada pasión y á los españoles los aborrecen, los execran y siempre
están diciendo mal de ellos?
¡Oh, dijo el cortesano, has tocado un gran punto! No sé cómo te lo dé
á entender. ¿No has visto muchas veces aborrecer una mujer el fiel
consorte, que la honra y que la estima, que la sustenta, la viste y la
engalana, y perderse por un rufián, que la da de bofetadas cada día y
la acocea, la azota y la roba, la desnuda y la maltrata?
Sí.
Pues aplica tú la semejanza.
Faltóles antes la luz del día para ver, que grandezas y portentos para
ser vistos, con que hubieron de dar treguas á su bienlograda curiosidad
hasta el siguiente día.
Mañana, les dijo el cortesano, os convido á ver, no sola Roma, sino
todo el mundo de una vez, desde cierto puesto, de donde se señorea.
Veréis, no sólo este siglo, esta nuestra era; sino las venideras.
¿Qué dices, cortesano mío?, replicó Andrenio. ¿Para otro mundo y otro
siglo nos emplazas?
Sí, que habéis de ver cuanto pasa y ha de pasar.
Gran cosa será y gran día.
Quien quisiere lograrlo, madrugue en la siguiente Crisi.
CRISI X
_La rueda del tiempo._
Creyeron vanamente algunos de los filósofos antiguos que los siete
errantes astros se habían repartido las siete edades del hombre, para
asistirle desde el quicio de la vida hasta el umbral de la muerte.
Señalábanle á cada edad su planeta por su orden y su puesto, avisando
á todo mortal se diese por entendido, ya del planeta, que le presidía,
ya del traste de la vida en que andaba. Cúpole, decían, á la niñez
la luna con nombre de Lucina, comunicándole con sus influencias sus
imperfecciones, esto es, con la humedad la ternura y con ella la
facilidad y variedad, aquel mudarse á cada instante, ya llorando, ya
riendo, sin saber de qué se enoja, sin saber con qué se aplaca, de
cera á las impresiones, de masa á las aprehensiones, pasando de las
tinieblas de la ignorancia á los crepúsculos de la advertencia. Desde
los diez años hasta los veinte decían presidirle el planeta Mercurio,
influyendo docilidades, con que se va adelantando ya muchacho, al paso
que en la edad, en la perfección. Comienza á estudiar y á deprender,
cursa las escuelas, oye las facultades y va enriqueciendo el ánimo de
noticias y de ciencias. Pero descárase Venus á los veinte y reina con
grande tiranía, hasta los treinta, haciendo cruda guerra á la juventud
á sangre que yerve y á fuego en que se abrasa y todo esto con bizarra
galantería. Amanece á los treinta años el sol, esparciendo rayos de
lucimiento con que anhela ya el hombre á lucir y valer. Emprende con
calor los honrosos empleos, las lucidas empresas y, cual sol de su casa
y de su patria, todo lo ilustra, lo fecunda y lo sazona. Embístele
Marte á los cuarenta, infundiéndole valor con calor. Revístese de
aceros, muestra bríos, riñe, venga y pleitea. Entra á los cincuenta
mandando Júpiter, influyendo soberanías. Ya el hombre es señor de sus
acciones, habla con autoridad, obra con señoría, no lleva bien el ser
gobernado de otros; antes lo querría mandar todo, toma por sí las
resoluciones, ejecuta sus dictámenes, sábese gobernar y á esta edad,
como á tan señora, la coronaron por reina de las otras, llamándola
el mejor tercio de la vida. Á los sesenta anochece, que no amanece,
el melancólico saturnino con humor y horror de viejo. Comunícale su
triste condición y, como se va acabando, querría acabar con todos,
vive enfadado y enfadando, gruñendo y riñendo y, á lo de perro viejo,
royendo lo presente y lamiendo lo pasado, remiso en sus acciones,
tímido en sus ejecuciones, lánguido en el hablar, tardo en el ejecutar,
ineficaz en sus empresas, escaso en su trato, asqueroso en su porte,
descuidado en su traje, destituído de sentidos, falto de potencias y
á todas horas y de todas las cosas quejumbroso. Hasta los setenta es
el vivir y en los poderosos hasta los ochenta, que de ahí adelante
todo es trabajo y dolor, no vivir, sino morir. Acabados los diez años
de Saturno, vuelve á presidir la luna y vuelve á niñear y á monear
el hombre decrépito y caduco, con que acaba el tiempo en círculo,
mordiéndose la cola la serpiente: ingenioso jeroglífico de la rueda de
la humana vida.
Con esto entró el cortesano, no tanto á despertarles, cuanto á darles
el buen día y aun el mejor de su vida, muy entretenido con la máscara
del mundo, el baile y mudanzas del tiempo, el entremés de la fortuna y
la farsa de toda la vida.
¡Alto! les dijo, que tenemos mucho que hablar, pues, deste mundo y del
otro.
Sacóles de casa, para más meterlos en ella, y fuélos conduciendo al
más realzado de los siete collados de Roma, tan superior, que no sólo
pudieron señorear aquella universal corte; pero todo el mundo con todos
los siglos.
Desde esta eminencia, les decía, solemos con mucho deporte algunos
amigos tan geniales cuan joviales registrar todo el mundo y cuanto en
él pasa, que todo corre la posta. Desde aquí atalayamos las ciudades y
los reinos, las monarquías y repúblicas, ponderamos los hechos y los
dichos de todos los mortales, y lo que es de más curiosidad, que no
sólo vemos lo de hoy y lo de ayer, sino lo de mañana, discurriendo de
todo y por todo.
¡Oh, lo que diera yo, decía Andrenio, por ver lo que será del mundo
de aquí á unos cuantos años! En qué habrán parado los reinos, qué
habrá hecho Dios de fulano y de citano, qué habrá sido de tal y de
tal personaje. Lo venidero, lo venidero querría yo ver; que eso de
lo presente y lo pasado cualquiera se lo sabe. Hartos estamos de
oirlo, cuando una victoria, un buen suceso lo repiten y lo vuelven á
cacarear los franceses en sus gacetas, los españoles en sus relaciones,
que matan y enfadan. Como lo de la victoria naval contra Selim, que
aseguran fué más el gasto que se hizo en salvas y en luminarias, que lo
que se ganó en ella. Y modernamente decía un discreto:
Tan enfadado me tienen estos franceses con su socorro de Arrás y con
tanto repetirlo, que no puedo ver las tapicerías aun en medio del
invierno.
Pues yo te ofrezco, dijo el cortesano, mostrarte todo lo venidero, como
si lo tuvieses aquí delante.
¡Brava arte mágica sería ésa!
Antes no ni es menester, cuando no hay cosa más fácil, que saber lo
venidero.
¿Cómo puede ser eso, si está tan oculto y tan reservado á sola la
perspicacia divina?
Vuelvo á decir que no hay cosa más fácil ni más segura. Porque has
de saber que lo mismo, que fué, eso es y eso será, sin discrepar ni
un átomo. Lo que sucedió docientos años ha, eso mismo estamos viendo
agora. Y si no, aguarda.
Y echóse mano á una de las faltriqueras de la faldilla delantera y sacó
una caja de cristales, celebrándolos por cosa extraordinaria.
¿Qué más tendrán esos, que los demás antojos?, decía Andrenio.
¡Oh, sí, que alcanzan mucho!
¿Qué tanto? ¿Más, que el antojo del Galileo?
Mucho más, pues lo que está por venir, lo que sucederá de aquí á cien
años. Éstos los forjaba Arquímedes para los amigos entendidos. Tomad y
calzáoslos en los ojos del alma, en los interiores.
Y hiciéronlo así, sobre la faición de la prudencia.
Mirad ahora hacia España. ¿Qué veis?
Veo, dijo Andrenio, que las mismas guerras intestinas de agora
docientos años pasan del mismo modo, las rebeliones, las desdichas del
un cabo al otro.
¿Qué ves hacia Inglaterra?
Que lo que obró un Enrico contra la Iglesia ejecuta después otro peor.
Que si ya degollaron una reina Estuarda, hoy su nieto Carlos Estuardo.
Veo en Francia que matan un Enrico y otro Enrico y que vuelven á brotar
las cabezas de la herética hidra. Veo en Suecia que lo que le sucedió á
Gustavo Adolfo en Alemania, le va sucediendo por los mismos filos á su
sobrino en la católica Polonia.
¿Y aquí en Roma?
Que ha vuelto aquel siglo de oro y aquella felicidad pasada, de que
gozó en tiempo de los Gregorios y los Píos.
Ahí veréis que las cosas, las mismas son, que fueron; sola la memoria
es la que falta. No acontece cosa, que no haya sido ni que se pueda
decir nueva bajo del sol.
¿Quién es aquel vejezuelo, dijo Critilo, que nunca para, que todos le
siguen y él á nadie espera ni á reyes ni á monarcas, hace su hecho y
calla? ¿No lo ves tú, Andrenio?
Sí, por señas que lleva unas alforjas al cuello, como caminante.
¡Oh!, dijo el cortesano, ése es un viejo, que sabe mucho, porque ha
visto mucho y al cabo todo lo dice sin faltar á la verdad.
¿Cabe mucho en aquellas alforjas?
No lo creeréis. Cabe una ciudad y muchas y reinos enteros. Unos lleva
delante, otros atrás y, cuando se cansa, vuelve las alforjas, la de
atrás adelante, y revuelve todo el mundo, sin saber cómo ni por qué,
sino por variar. ¿Qué pensáis que es el pasarse el mando, el mudarse
el señorío desta provincia en aquélla, de una nación en la otra? Es
que se muda las alforjas el tiempo: hoy está aquí el imperio y mañana
acullá; hoy van delante los que ayer iban detrás: mudóse la vanguardia
en retaguardia. Así veréis que la África, que en otro tiempo era madre
de prodigiosos ingenios, de un Augustino, Tertuliano y Apuleyo ¿quién
tal creyera? hoy está hecha un barbarismo, engendradora de alarbes. Y
lo que es de mayor sentimiento, la Grecia, progenitora de los mayores
ingenios, la inventora de las ciencias y las artes, la que daba leyes
de discreción á todo el mundo, madre del bien decir, hoy está hecha un
solecismo en poder de los bárbaros traces. Y á ese modo está trocado
todo el mundo. La Italia, que mandaba á todas las demás naciones
y triunfaba de todas las provincias, hoy sirve á todas: mudóse las
alforjas el tiempo.
Pero la que fué gran vista y espectáculo de mucho gusto fué una gran
rueda, que bajaba por toda la redondez de la tierra, desde el oriente
al ocaso de la ocasión. Veíanse en ella todas cuantas cosas hay, ha
habido y habrá en el mundo, con tal disposición, que la una mitad se
veía clara y esentamente sobre el horizonte y la otra estaba hundida
acullá abajo, que nada de ella se veía; pero iba rodando sin cesar,
dando vueltas, al modo de una grúa, en que se metió el tiempo y,
saltando de la grada de un día en la del otro, la hacía rodar y con
ella todas las cosas. Salían unas de nuevo y escondíanse otras de viejo
y volvían á salir al cabo de tiempo. De modo que siempre eran las
mismas; sólo que unas pasaban, otras habían pasado y volvían á tener
vez. Hasta las aguas al cabo de los años mil volvían á correr por donde
solían; aunque no serían por los ojos, que ésas más presto vuelven: que
hay mucho que llorar.
Aquí hay mucho que ver, dijo Critilo.
Y que notar, el cortesano. Bien lo podéis tomar de propósito. Atended
cómo va pasando todo en la rueda de la vicisitud, unas cosas van, otras
vienen. Vuelven las monarquías y revuélvense también: que no hay cosa
que tenga estado, todo es subida y declinación.
Veíanse acullá al un cabo de la rueda y que ya habían pasado unos
hombres y unos príncipes parcos, que no pobres, pródigos de su sangre y
guardadores de la hacienda. Vestían de lana y la sabían cardar. Crujían
mangas de seda los días de fiesta por gran gala y todo el año la malla.
¿Quiénes son aquellos, preguntó Critilo, que cuanto más llanos, mejor
parecen?
Aquéllos fueron, respondió el cortesano, los que conquistaron los
reinos. Nota bien que allí hallarás un don Jaime de Aragón, un don
Fernando el Santo de Castilla y un don Alfonso Enríquez de Portugal.
Mira qué pobres de gala y qué ricos de fama. Hicieron muy bien su
papel, pues llenaron las historias de sus hazañas y metiéronse en el
vestuario común de las mortajas; pero no en olvido.
Al mismo tiempo, por la contraria banda de la rueda, salían otros y
muy otros, ricos, bizarros y suntuosos, rozando sedas, arrastrando
telas y gozando de lo que sus antepasados les ganaron; pero iban éstos
pasando también su carrera y hundíanse al cabo, después de hundido todo
y volvían á salir aquellos primeros, volviendo á juego las materias. Y
con esta alternación procedían las cosas humanas, al fin temporales.
¡Hay tal variedad!, ponderaba Andrenio. ¿Y siempre ha sido desta suerte?
Siempre, decía el cortesano, y esto en cada provincia, en cada reino.
Vuelve la cabeza atrás y mira qué moderados entraron en España los
primeros godos, un Ataulfo, Sisenando, hasta el rey Bamba. Sucede al
cabo el delicioso Rodrigo y da al traste con las más florida monarquía.
Va pasando la rueda y vuelve otra vez el valor con la parsimonia, en
el famoso Pelayo. Restáurase poco á poco lo que se perdió tan aprisa.
Descaece otra vez; pero resucita en el rey don Fernando el Católico y
así se van alternando las ganancias y las pérdidas, las dichas y las
desdichas.
¡Oh, lo que son de ver, decía Critilo, aquellos primeros vestidos de
paño, ya los segundos de brocado, aquéllos crujiendo acero y éstos
seda, arreados aquéllos en el alma y desnudos en el cuerpo, adornados
éstos de galas y desnudos de hazañas, faltos de noticias y sobrados de
delicias!
Escondíanse unas mujeres y señoras y aun princesas, con las ruecas
en la cinta, refilando el uso, y salían otras con abanicos costosos
de varillas de diamantes, fuelles de su vanidad. Aquéllas con sus
manguitos de paño, estas otras de martas, nada piadosas y muy suyas.
Aquéllas exprimidas de talle, estas otras más huecas, que campanas. Y
no obstante esto, aquéllas sonaban mejor.
Por eso digo yo, ponderaba Critilo, que siempre lo pasado fué mejor.
Alargaba el cuello Andrenio, mirando hacia el oriente de la rueda y
preguntóle el cortesano:
¿Qué buscas? ¿Qué echas menos?
Y él miraba si volvía á salir aquel plausible rey don Pedro de Aragón,
llamado bastón de franceses, que con ellos solos fué cruel. ¡Oh, cómo
que despicaría á España! ¡Qué coscorrones pegaría! ¡Cómo que les
abajaría las crestas á los galos! Pero mudóse las alforjas el tiempo.
Iba dando sin parar la vuelta la rueda y volteando con ella cuanto hay.
Salía una ciudad con sus casas de tierra y los palacios á piedralodo.
Paseaban sus calles en carros los caballeros, el mismo Nuño Rasura. Que
las damas, como tan recatadas, ni eran vistas ni oídas. Cuando mucho,
salían á alguna romería: que no se nombraban las ramerías. Más colorada
se volvía entonces una mujer de ver un hombre, que agora de ver un
ejército. Y es de advertir que entonces no había otro color, que el de
la vergüenza y el blanco de la inocencia. Parecían de otra especie,
porque eran muy calladas, no andariegas, honestas, hacendosas. Al fin
mujeres para todo y no como agora, para nada. Pero daba la vuelta la
rueda, hundíase aquella ciudad y al cabo de tiempo volvía á salir otra,
digo, la misma; pero tan otra, que no la conocían.
¿Qué ciudad es ésta?, preguntó Andrenio.
La misma, respondió el cortesano.
¿Cómo puede ser eso, si estas casas de agora son de mármoles y de
jaspes, con tanto dorado balcón, en vez de los de palo? ¿Qué tienen que
ver estas tiendas con aquellas otras de docientos años atrás? Allí,
señor cortesano, no había guantes de ámbar, sino de lana; no tahalíes
bordados de oro, sino una correa; no sombreros de castor ni por sueño,
cuando mucho bonetillos ó monteras. Manguitos de á ciento de á ocho,
¿quién tal dijo? Fuera heregía. No, sino de paño y abanicos de paja
y ésos llevaba la señora y la condesa; que aún no había duquesas, y
la misma reina doña Constanza y por mucha gala, que costaba cuatro
maravedís; y no como agora de garapiña y de rapiña francesa. Con un
real compraba entonces un hombre sombrero, zapatos, medias, guantes y
aún le sobraban algunos maravedises. Las que aquí son telas de oro y
brocados, allí eran bureles y por cosa muy preciosa se hallaba algún
contray para mantos á las ricas fembras en el día de su boda, que por
eso se llamaron de velarse. Las que allí eran carretillas, aquí son
coches y carrozas; las que angarillas, son sillas de mano tachonadas.
Aquí no se ve ruar el carretón de la Inés tirado de sola una bestia,
que no había entonces tantas. Las calles hierven de mujeres tan
descocadas cuan escotadas, cuando allí, si se les veía una muñeca,
era ya perderse todo y ser ellas unas perdidas. Muchos de estrados
y cojines y no se ve una almohadilla, sin hacer hacienda, antes
deshaciéndolas y acabando con las casas.
Pues te aseguro, dijo el cortesano, que es la misma ciudad; aunque
tan otra de lo que fué, tan mudada, que no la conocerían sus primeros
habitadores. Mira lo que hace y deshace el tiempo.
¡Válgame el Cielo!, dijo Critilo. ¿Y qué dijeran, si volvieran hoy á
Roma los Camilos y Dentatos, si el buen Sancho Minaya á Toledo, si
Gracián Ramírez á Madrid, Laín Calvo á Burgos, el Conde Alperche á
Zaragoza y Garci Pérez á Sevilla, si pasearan por estas calles y las
hallaran ocupadas de coches y de carrozas, si vieran estas tiendas y
esta perdición?
Volteaba la rueda y escondíase el buen tiempo y todo lo bueno con
él. Aquellos hombres buenos y llanos sin artificio ni embeleco, tan
sencillos en el vestido como en el ánimo, sin pliegues en las capas
y sin dobleces en el alma, con el pecho desabrochado, mostrando el
corazón, la conciencia á ojo, con el alma en la palma y por eso
vitoriosa: hombres al fin del tiempo antiguo y con todo eso muy ricos y
sobrados, desaliñados y nunca más bienpuestos. Que, cuando los hombres
eran más sencillos, aseguran que había más doblones. Escondíanse
aquéllos y salían otros antípodas suyos en todo, embusteros,
mentirosos, falsos y faltos, que se corrían de que les llamasen buenos
hombres, más pequeños de cuerpo y también de alma. Y con ser todos
palabras, no tenían palabra. Mucho de cumplimiento y nada de verdad.
Mucho de circunstancia y nada de sustancia. Gente de poca ciencia y de
menos conciencia.
Éstos, decía Critilo, yo juraría que no son hombres.
¿Pues qué?
Sombras de aquellos que van delante, medio hombres, pues no tienen
entereza. ¡Oh, cuándo volverán aquellos primeros agigantados, hijos de
la fama!
Dejad, decía el cortesano, que aún volverán á tener vez.
Sí; pero ¡qué tarde!, si se ha de acabar primero la mala semilla déstos.
De lo que gustaba mucho Andrenio y tanto, que no pudo contener la
risa, era de ver rodar los trajes y dar vueltas los usos y más mirando
hacia España, donde no hay cosa estable en esto del vestir. Á cada
tumbo de la rueda se mudaban y siempre de malo en peor, con mucho
gasto y figurería. Un día salían con unos sombreros anchos y bajos,
que parecían gorras; al otro día otros amorrionados, que parecían
capacetes; luego otros pequeños y puntiagudos, que parecían alhajas
de títeres y hacían bravas figuras. Pasaban éstos y sucedían otros
chatos y anchos, con dos dedos de falda, que parecían bacinillas y
aun olían mal; mas al otro día los dejaban y salían con otros tan
altos, que parecían orinales. Quebrábanse éstos también y sacaban los
gaviones con una vara de copa y otra de falda, ya pequeños, ya tan
grandes, que se pudieran hacer dos de cada uno de los primeros. Y es
lo bueno que los que hacían más ridículas figuras se burlaban de los
pasados, diciendo que parecían figurillas; mas luego los que se seguían
les llamaban á ellos figurones. Fué de modo que en poco rato, que lo
estuvieron mirando, contaron más de una docena de formas diferentes
de solos sombreros. ¿Qué sería de todo el demás traje? Las capas ya
eran tan largas y prolijas, que parecían ir fajados en ellas, ya tan
cortas y tan biencriadas, que, cuando sus amos estaban sentados, ellas
se quedaban en pie. Dejo las calzas, ya afolladas, ya botargas, los
zapatos ya romos, ya puntiagudos.
Qué cosa tan graciosa, decía Andrenio. Señores, ¿quién inventa estos
trajes? ¿Quién saca estos usos?
Ahí me digas tú que hay bien que reir. Porque has de saber que llega un
gotoso que tiene necesidad de llevar el pie holgado y cálzase un zapato
romo y ancho, por su comodidad, diciendo:
¿Qué importa que el mundo sea ancho, si mi zapato es estrecho?