que sirve al mundo de tilde, donde oyendo la misma canción, que en las
otras, abrió los ojos para ver que andaba ciego y conocer su vulgar
engaño y aun el de todos los mortales, que desde que nacen van en
busca del contento sin topar jamás con él, pasando de edad en edad, de
empleo en empleo, anhelando siempre á conseguirle. Conocen los de el un
estado que allí no está, piénsanse que en el otro y llámanles felices
y aquéllos á los otros, viviendo todos en un tan común engaño, que aún
dura y durará mientras hubiere necios.
Así les sucedió á nuestros dos peregrinos del mundo, pasajeros de la
vida, que ni en la vana presunción ni en el vil ocio pudieron hallar
descanso y así no hicieron su mansión ni el uno en el palacio de la
vanidad ni el otro en la cueva de la nada. En medio el umbral de ella
persistía Andrenio, solicitando saber quién fuesen aquellos, que
estaban metidos de medio á medio en la nada.
Ésos, le respondió el Fantástico, son unos ciertos sujetos, que aun son
menos que nada.
¿Cómo puede ser eso? ¿Qué menos pueden ser que nada?
Muy bien.
¿Pues qué serán?
¿Qué? Nonadillas, que aun de la nada no se hartan, y así les llaman
cosidas y figurillas y ruincillos y nonadillas. Mira, mira aquél, cómo
anda echando piernas sin tener pies ni cabeza, hombreando el otro sin
ser hombre. ¡Qué cosilla tan ruincilla aquella de allá, acullá! Pues á
fe que tiene harto malas entrañuelas. Verás hombres de carne momia y
momios los que debrían ser los primeros. Mira qué de sombras sin cuerpo
y qué de figurillas de sombra y sobra: hallarás títulos sin realidad y
muchas cosas de sólo título. Mira qué de impersonales personas y qué
de estatuas sin estatua. Verás magnates servidos con vajillas de oro,
entre costumbres de lodo y aun estiércol. Muchos nacidos, que aún no
viven y muertos, que no vivieron. Aquellos de acullá eran leones, que
en teniendo cama fueron liebres. Y estos otros nacidos como hongos, sin
saberse de dónde ni de qué. Mira hacer los estoicos á muchos epicúreos
y la follonería pasar por filosofía. Mira lejos de aquí la fama y muy
cerca la fame. Verás malvistos los que están en alto y muchos hijos de
algo, que pararon en nada. Verás muchas hermosuras perderse de vista y
las más lindas por bellas. Verás que no son de gloriosa fama los que de
golosa voluntad y venir á morir de hambre los más hartos. Verás pedir
y tomar á los que no se les da nada y á muchos tenidos por ricos, que
aun el nombre no es suyo. No hallarás sí sin no ni cosa sin un sino.
Verás que por no hacer caso se pierden las casas y aun los palacios
y por no curarse de lo mucho todo fué nada. Mira muchos cabos, que
acaban con todo, sino con el enemigo, y por eso nunca se acaban las
guerras, porque hay cabos. Verás que todo buen verde fué sin fruto y
que las verduras no granan. Toparás muchas arrugas en agraz seco y
pocas en sazonadas pasas. Sentirás lo más biendicho sin dicha y toda
gracia en desgracia, grandes ingenios sin genio y sin dotor muchas
librerías. Oirás locos á gritos y las menos cuerdas más tocadas. Los
que debrían ser Césares son nada y las más grandes casas sin un cuarto.
Verás encogidos los más estirados y á muchos hacer vanidad de lo que es
nada. Buscarás hombres y toparás con trasgos y el que creíste ser de
terciopelo es de bayeta. Verás sin ceros los más sinceros y al que no
tiene cuentos no ser de cuenta. Ya las dádivas y dones son aire, pues
donaire. Verás finalmente cuán mucha es la nada y que la nada querría
serlo todo.
Mucho más dijera, que tenía mucho que decir de la nada, á no
interrumpirle el Ocioso que, acercándose á Andrenio, intentó á
empellones de dejamiento arrojarle dentro de la infeliz cueva y
sepultarle en medio del fondón de la nada. Viendo esto el Fantástico,
asió de Critilo y comenzó á tirar de él hacia el palacio de la vanidad,
llenándole los cascos de viento, fatales ambos escollos de la vejez,
tan por estremo opuestos, que en el uno suele peligrar de ociosa y en
el otro de vana. Pero fué único remedio darse ambos las manos, con que
pudieron templarse y hacer un buen medio entre tan peligrosos estremos.
Asieron de la ocasión que, aunque cana, no calva, y á pura fuerza de
razón y de cordura salieron del evidente riesgo de su pérdida.
Trataron ya vitoriosos de encaminarse á triunfar á la siempre augusta
Roma, teatro heroico de inmortales hazañas, corona del mundo, reina
de las ciudades, esfera de los grandes ingenios, que en todos siglos,
aun los mayores, las águilas caudales tuvieron necesidad de volar á
ella y darse unos filos de Roma. Hasta los mismos españoles, Lucano,
Quintiliano, ambos Sénecas cordobeses, Luciano y Marcial bilbilitanos.
Trono del lucimiento, que lo que en ella luce por todo el mundo campea.
Fénix de las edades, que cuando otras ciudades perecen, ella renace y
se eterniza. Emporio de todo lo bueno, corte de todo el mundo, que todo
él cabe en ella. Pues el que ve á Madrid, ve á solo Madrid, el que á
París, no ve sino á París, y el que ve á Lisboa, ve á Lisboa; pero el
que ve á Roma, las ve todas juntas y goza de todo el mundo de una vez,
término de la tierra y entrada católica del cielo.
Y si ya la veneraron de lejos, agora la admiraron de cerca, sellaron
sus labios en sus sagrados umbrales, antes de estampar sus plantas.
Introdujéronse con reverencia en aquel _non plus ultra_ de la tierra y
un tanto monta del cielo. Discurrían mirando y admirando sus novedades,
que parecen antiguas; y sus antigüedades, que siempre se hacen nuevas.
Reparó en su reparar un mucho hombre, que cortesanamente se les fué
acercando ó ellos á él para informarse. Á pocos lances, que hizo con
destreza, conoció que eran peregrinos y ellos que él era raro y tanto,
que pudiera dar liciones de mirar al mismo Argos, de penetrar á un
zahorí, de prevenir á un Jano y de entender al mismo Descifrador. Pero
¿qué mucho, si era un cortesano viejo de muchos cursos de Roma, español
inserto en italiano, que es decir, un prodigio? Era gran hombre de
notas y de noticias, con los dos realces de buen ingenio y buen gusto,
el cortesano de más buenos ratos, que pudieran desear.
Vosotros, les dijo, según veo, habéis rodeado mucho y avanzado
poco. Que, si de primera instancia hubiérades venido á este epílogo
del político mundo, todo lo bueno hubiérades logrado y visto de la
primera vez, llegando por el atajo del vivir al colmo del valer.
Porque advertid que, si otras ciudades son celebradas por oficinas de
maravillas mecánicas, en Milán se templan los impenetrables arneses,
en Venecia se clarifican los cristales, en Nápoles se tejen las ricas
telas, en Florencia se labran las piedras preciosas, en Génova se
ahuchan los doblones; Roma es oficina de los grandes hombres. Aquí se
forjan las grandes testas, aquí se sutilizan los ingenios y aquí se
hacen los hombres muy personas.
Y si son dichosos los que habitan las ciudades grandes, añadió otro,
porque se halla en ellas todo lo bueno y lo mejor, en Roma se vive dos
veces y se goza muchas, paradero de prodigios y centro de maravillas.
Aquí hallaréis cuanto pudiéredes desear. Sola una cosa no toparéis en
ella.
Y será sin duda, replicaron ellos, la que nosotros venimos á buscar,
que ése suele ser el ordinario chasco de la fortuna.
¿Qué es lo que buscáis?, les dijo.
Y Critilo:
Yo una esposa.
Y Andrenio:
Yo una madre.
¿Y cómo se nombra?
Felisinda.
Dudo que la halléis, por lo que dice de felicidad. ¿Pero dónde tenéis
nueva que se alberga?
En el palacio del embajador del rey Católico.
Oh sí y aun el rey de los embajadores. Llegáis á ocasión que ya es
parte de dicha. Allá me encaminaba yo esta tarde, donde concurren
los ingenios á gozar del buen rato de una discreta academia. Es el
embajador príncipe de bizarro genio, originado de su grandeza. Que,
así como otros príncipes ponen su gusto en tener buenos caballos, que
al fin son bestias, otros en lebreles, dados á perros, en tablas y en
lienzos muchos, que son cosas pintadas, en estatuas mudas, en piedras
preciosas, que si un día amaneciese el mundo con juicio, se hallarían
muchos sin hacienda, este señor gusta de tener cerca de sí hombres
entendidos y discretos, de tratar con personas, que cada uno muestra lo
que es en los amigos que tiene.
Llegaron ya al genial albergue, entraron en un salón bien aliñado y
capaz, teatro de Apolo, estancia de sus galantes Gracias y coro de sus
elegantes Musas. Allí apreciaron mucho el ver y conocer los mayores
ingenios de nuestros tiempos, hombres tan eminentes, que con cada
uno se pudiera honrar un siglo y desvanecerse una nación. Íbaselos
nombrando el cortesano y dándoseles á conocer.
Aquel que habla el francés en latín es el Barclayo, venturoso en
aplausos, por no haber escrito en lengua vulgar.
Aquel otro de la bieninventada invectiva es el que supo más bien decir
mal, el Bocalini. Conoced el Malvezi, filosofando en la historia,
estadista de sí mismo. Aquel Tácito á las claras es Henrico Caterino.
Mas aquel otro, que está embutiendo de borra, de memoriales, de cartas
y de relaciones de la tela de oro de su Mercurio, es el Siri. Vale á
los alcances su antagonista el Virago, más flojo y más verídico. Ved el
Góngora de Italia, como si él se fuese el Aquilino. Aquel elocuentísimo
polianteísta es Agustín Mascardo. Y así otros singulares ingenios de
valiente rumbo y mucho garbo.
Fueron ocupando sus puestos y llenándolos también y, después de
conciliada, no sólo la atención, pero la expectación, arengó el Marino,
cumpliendo con el oficio de secretario y dando principio con el más
célebre de sus epigramas morales, que comienza:
Abre el hombre infeliz, luego que nace,
antes que al sol, los ojos á la pena, etcétera.
Aunque no pudo librarse de la censura de que no concluye al propósito,
pues, habiendo referido la prolijidad de miserias por toda la vida del
hombre, da fin, diciendo:
De la cuna á la urna hay sólo un paso.
Acabado de relatar el soneto, prosiguió así:
Todos los mortales andan en busca de la felicidad, señal de que
ninguno la tiene. Ninguno vive contento con su suerte ni la que le
dió el cielo ni la que él se buscó. El soldado siempre pobre alaba
las ganancias del mercader y éste recíprocamente la fortuna del
soldado, el jurisconsulto envidia el retrato sencillo y verdadero
del rústico y éste la comodidad del cortesano, el casado codicia la
libertad del soltero y éste la amable compañía del casado. Éstos llaman
dichosos á aquéllos y aquéllos al contrario á éstos, sin hallarse
uno que viva contento con su fortuna. Cuando mozo piensa el hombre
hallar la felicidad en los deleites y así se entrega ciegamente á
ellos con muy costosa experiencia y tardo desengaño. Cuando varón la
imagina en las ganancias y riquezas. Y cuando viejo en las honras y
dignidades. Rodando siempre de un empleo en otro, sin hallar en ninguno
la verdadera felicidad. Donosa ponderación del sentencioso lírico,
si bien, aunque levantó la caza, no la dió mate, ni halló salida al
reparo. Ésta hoy se libra á vuestro bizarro discurrir, siendo el asunto
señalado para esta tarde, disputarse ha en qué consista la felicidad
humana.
Dicho esto, volvió el rostro hacia el primero, que era el Barclayo, más
por acaso, que por afectación. Éste, después de haber pedido la venia
al príncipe y haber cabeceado á un lado y á otro, discurrió así:
De gustos siempre oí decir que no se ha de disputar, cuando vemos que
la una mitad del mundo se está riendo de la otra. Tiene su gusto y su
gesto cada uno y así yo hago burla de aquellos sabios á lo antiguo,
que defendían consistir la felicidad, uno que en las honras, otro que
en las riquezas, éste que en los deleites, aquél que en el mundo, tal
que en el saber, y cual que en la salud. Digo que me río de todos
estos filósofos, cuando veo tan encontrados los gustos, que, si el
vano anhela por las honras, el sensual hace burla dél y dellas; si el
avaro codicia los tesoros, el sabio los desprecia. Así que diría yo que
la felicidad de cada uno no consiste en esto ni en aquello, sino en
conseguir y gozar cada uno de lo que gusta.
Fué muy celebrado este decir y mantúvose buen rato en este aplauso,
hasta que el Virago:
Reparad, señores, les dijo, en que los más de los mortales emplean
mal su gusto, pues á veces en las cosas más viles y indignas de la
naturaleza racional. Porque, si se halla uno, que guste de los libros,
habrá ciento que de las cartas; si éste de las buenas musas, aquél
de las malas sirenas. Y así entended que las más veces no es, no,
felicidad conseguir uno su gusto, cuando le tiene tan malo. Demás que,
por bueno y relevante que sea, de nada se satisface, no para en ningún
empleo; antes, alcanzado uno, luego le enfada y busca otro, siendo la
inconstancia evidencia de la no conseguida felicidad. Muchas habrían
de ser las felicidades de los señores y príncipes, de quienes decía uno
y no mal que todas son ganicas. Hoy asquean lo que aplaudieron ayer y
mañana acriminarán lo que buscaron hoy. Cada día empleo flamante y cada
instante obra nueva.
Borró con esto el concepto, que habían hecho de la pasada opinión y
mereció la expectación de todos para la suya, que propuso así:
Principio es muy asentado entre los sabios que el bien ha de constar
de todas sus causas, lleno de todas partes, sin que le falte la menor
circunstancia. De modo que para el bien todas que sobren y para mal
una que falte y, si esto se requiere para cualquier dicha, ¿qué será
para una felicidad entera y consumada? Supuesta esta máxima, saquemos
ahora las consecuencias. ¿Qué le importa á un poderoso tener todas las
comodidades, si le falta la salud para gozarlas? ¿Qué tendrá el avaro
con las riquezas, si no tiene ánimo para lograrlas? ¿De qué le sirve al
sabio su mucho saber, si no tiene amigos capaces con quien comunicarlo?
Digo, pues, que no me contento con poco; todo lo pretendo y juzgo que
lo ha de tener todo el que se hubiere de llamar feliz, para que nada
desee. De suerte que la felicidad humana consiste en un agregado de
todos los que se llaman bienes, honras, placeres, riquezas, poder,
mando, salud, sabiduría, hermosura, gentileza, dicha y amigos con quien
gozarlo.
Esto sí que es decir, exclamaron. No deja que discurrir á los demás.
Pero tomó la mano el Siri, intimando la atención para echar el bollo á
la controversia.
Grandemente, dijo, os ha contentado este montón quimérico de gustos,
este agregado fantástico de bienes; pero advertid que es tan fácil de
imaginar, cuan imposible de conseguir. ¿Porque cuál de los mortales
pudo jamás llegar á esta felicidad soñada? Rico fué Creso, pero no
sabio; sabio fué Diógenes, pero no rico. ¿Quién lo obtuvo todo? Mas
doy que lo consiga. El día, que no tenga que desear, ha de ser ya
infeliz. Y que también hay desdichados de dichosos: suspiran y asquean
algunos de hartos y les va mal, porque les va bien. Después de haberse
señoreado Alejandro de este mundo, suspiraba por los imaginarios, que
oyó quimerear á un filósofo. Con más facilidad querría yo la felicidad
y así me calzo la opinión del revés y afirmo todo lo contrario. Estoy
tan lejos de decir que consista la felicidad en tenerlo todo, que antes
digo que en tener nada, desear nada y despreciarlo todo. Y ésta es la
única felicidad, con facilidad, la de los discretos y sabios. El que
más cosas tiene, de más depende y es más infeliz el que de más cosas
necesita: así como el enfermo más cosas ha menester, que el sano. No
consiste el remedio del hidrópico en añadir de agua, sino en quitar
de sed. Lo mismo digo del ambicioso y del avaro. El que se contenta
consigo solo es cuerdo y es dichoso. ¿Para qué la taza, donde hay mano
con que beber? El que encarcelare su apetito entre un pedazo de pan
y un poco de agua, trate de competir de dichoso con el mismo Jove,
dice Séneca. Y sello mi voto, diciendo que la verdadera felicidad no
consiste en tenerlo todo, sino en desear nada.
No queda más que oir, exclamó el común aplauso. Pero fué también
descaeciendo este sentir y callaron todos, para que el Malveci
filosofase desta suerte:
Digo, señores, que este modo de opinar procede más de una melancólica
paradoja, que de un acierto político, y que es un querer reducir la
noble humana naturaleza á la nada. Pues desear nada, conseguir nada
y gozar de nada ¿qué otra cosa es, que aniquilar el gusto, anonadar
la vida y reducirlo todo á la nada? No es otra cosa el vivir que un
gozar de los bienes y saberlos lograr, tanto los de la naturaleza,
como del arte, con modo, forma y templanza. No hallo yo que pueda ser
perficionar al hombre el privarle de todo lo bueno; sino destruirle
de todo punto. ¿Para qué son las perfecciones? ¿Para qué los
empleos? ¿Para qué crió el sumo Hacedor tanta variedad de cosas con
tanta hermosura y perfección? ¿De qué servirá lo honesto, lo útil y
deleitable? Si éste nos vedara lo indecente y nos concediera lo lícito,
pudiera pasar; pero bueno y malo, llevarlo todo por un rasero, á fe que
es bravo capricho. Por lo tanto diría yo: ya veo que es una académica
bizarría; pero en las grandes dificultades, arte es el saberse arrojar.
Digo, pues, que aquel se puede llamar dichoso y feliz, que se lo piensa
ser; y al contrario, aquel será infeliz, que por tal se tiene, por
más felicidades y venturas, que le rodeen, quiero decir, que el vivir
con gusto es vivir y que solos los gustosos viven. ¿Qué le aprovecha
á uno tener muchas y grandes felicidades, si no las conoce, antes las
juzga desdichas? Y al contrario, aunque al otro todas le falten, si él
vive contento, eso le basta. El gusto es vida y la gustosa vida es la
verdadera felicidad.
Arquearon todos las cejas, diciendo:
Esto ha sido dar en el blanco y apurar del todo la dificultad. De
modo que cada sentencia les parecía la última y que no quedaba ya qué
discurrir. Y es cierto se abrazara este dictamen, si no se le opusiera
aquel águila, cisne digo, el culto Aquilini, diciendo:
Aguardad, reparad, señores, en que es de solos necios el vivir
contentos de sus cosas, siendo la bienaventuranza de los simples la
propia y plena satisfacción. Beato tú, le dijo el célebre Bonarota, al
que le contentaban sus malos borrones, cuando á mí nada de cuanto pinto
me satisface. Así que yo siempre me contenté mucho de aquella bella
prontitud del Dante. Al fin, Alígero, por su alado ingenio. Tuvo mucho
vivo aquella sazonada respuesta, cuando habiéndose disfrazado en uno
de los días carnavales y mandándole buscar el Médicis su gran patrón
y Mecenas, para poderle conocer entre tanta multitud de personados,
ordenó que los que le buscasen fuesen preguntando á unos y á otros:
¿_Quién sabe del bien_? Y desatinando todos, cuando llegaron á él y le
preguntaron: ¿_Chi sa del bene_? prontamente respondió: _Chi sa del
male_. Con que al punto dijeron:
Tú eres el Dante.
¡Oh, gran decir: aquel sabe del bien, que sabe del mal! No gusta de
los manjares, sino el hambriento y el sediento de la bebida. Dulce le
es el sueño á un desvelado, así como el descanso al molido. Aquellos
estiman la abundancia de la paz, que pasaron por las miserias de la
guerra; el que fué pobre sabe ser rico; el que estuvo encarcelado goza
de la libertad; el náufrago, del puerto; el desterrado, de su patria,
y el que fué infeliz, de la dicha. Veréis á muchos malhallados con los
bienes, porque no probaron de los males. Así que aquel diría yo es
feliz, que fué primero desdichado.
Contentó mucho este discurso; mas entró á impugnarle el Mascardo,
probando no poder ser dicha la que suponía la desdicha ni contento
verdadero el que sucedía á la pena. Ya el mal va delante y el pesar
gana de mano al placer. No sería esa felicidad entera; sino á medias,
respecto de la desdicha. Y de esa suerte, ¿quién quisiera ser feliz?
Viniendo, pues, á mi sentir, como yo tenga por máxima con otros muchos,
que no hay dicha ni desdicha, felicidad ó infelicidad, sino prudencia
ó imprudencia, digo que toda la felicidad humana consiste en tener
prudencia y la desventura en no tenerla. El varón sabio no teme la
fortuna; antes es señor de ella y vive sobre los astros, superior á
toda dependencia. Nada le puede empecer, cuando él mismo no se daña. Y
concluyo con que en todo lo que llena la cordura no cabe infelicidad.
Inclinó todo político la cabeza, haciéndole la salva como á vino de una
oreja y todo crítico dijo:
Bueno.
Pero al mismo tiempo se vió sacudirlas ambas al caprichoso Capriata,
diciendo:
¿Quién vió jamás contento á un sabio, cuando fué siempre la melancolía
manjar de discretos? Y así veréis, que los españoles, que están en
opinión de los más detenidos y cuerdos, son llamados de las otras
naciones los tétricos y graves, como al contrario los franceses son
alegres y que van siempre brincándose y bailando.
Los que más alcanzan, conocen mejor los males y lo mucho que les falta
para ser felices. Los sabios sienten más las adversidades y, como á
tan capaces, les hacen mayor impresión los topes. Una gota de azar
basta á aguarles el mayor contento y, demás de ser poco afortunados,
ellos mismos ayudan á su descontento con su mucho entender. Así que no
busquéis la alegría en el rostro del sabio; la risa sí que la hallaréis
en el del loco.
Al pronunciar esta palabra saltó uno muy célebre, que gustaba de llevar
consigo el cuerdo embajador, para ganso de noticias y aun de verdades.
Éste, pues, sin ton y sin son, hablando alto y riendo mucho, dijo:
De verdad, señor, que estos vuestros sabios son unos grandes necios,
pues andan buscando por la tierra la que está en el cielo.
Y dicho esto, que no fué poco, dió las puertas afuera.
Basta, confesaron todos, que un loco había de topar con la verdad.
Y en confirmación, el Mascardo peroró así:
En el cielo, señores, todo es felicidad; en el infierno, todo es
desdicha; en el mundo, como medio entre estos dos estremos, se
participa de entrambos: andan barajados los pesares con los contentos,
altérnanse los males con los bienes, mete el pesar el pie donde le
levanta el placer, llegan tras las buenas nuevas las malas, ya en
creciente la luna, ya en menguante, gran presidenta de las cosas
sublunares. Sucede á una ventura una desdicha y así la temía Filipo el
macedón, después de las tres felices nuevas. Tiempo señaló el sabio
para reir y tiempo para llorar. Amanece un día nublado, otro sereno,
ya mar en leche y ya en hiel. Viene tras una mala guerra una buena
paz, con que no hay contentos puros, sino muy aguados y así los beben
todos. No tenéis que cansaros en buscar la felicidad en esta vida;
milicia sobre el haz de la tierra. No está en ella y convino así.
Porque, si aun deste modo, estando todo lleno de pesares, sitiada
nuestra vida de miserias, con todo eso no hay poder arrancar los
hombres de los pechos desta villana nodriza, despreciando los brazos
de la celestial madre, que es la reina: ¿qué hicieran, si todo fuera
contento, gusto, placer, solaz y felicidad?
Con esto se dieron por entendidos nuestros dos peregrinos, Critilo y
Andrenio y con ellos todos los mortales, añadiendo el cortesano:
En vano, oh peregrinos del mundo, pasajeros de la vida, os cansáis en
buscar desde la cuna á la tumba esta vuestra imaginada Felisinda, que
el uno llama esposa, el otro madre. Ya murió para el mundo y vive para
el cielo. Hallarla heis allá, si la supiéredes merecer en la tierra.
Disolvióse la magistral junta, quedando desengañados todos al uso del
mundo, tarde. Convidóles el cortesano á ver algo de lo mucho, que se
logra en Roma.
Pero lo más que hay que ver, decían ellos y la mejor vista es ver
tantas personas, que, habiendo nosotros peregrinado todo el mundo,
podemos asegurar no haber visto otras tantas.
¿Cómo decís que habéis andado todo el mundo, no habiendo estado sino en
cuatro provincias de la Europa?
¡Oh, bien!, respondió Critilo. Yo te lo diré. Porque, así como en una
casa no se llaman parte de ella los corrales, donde están los brutos,
no entran en cuenta los reductos de las bestias, así lo más del mundo
no son sino corrales de hombres incultos, de naciones bárbaras y
fieras, sin policía, sin cultura, sin artes y sin noticias, provincias
habitadas de monstruos de la heregía, de gentes, que no se pueden
llamar personas, sino fieras.
Aguarda, dijo, agora, que tocamos ese punto, vosotros, que habéis
registrado las más políticas provincias del mundo, ¿qué os ha parecido
de la culta Italia?