éste al cabo de los años mil y aun de los cuatro mil?
¿No veis vos que los buenos usos nunca más vuelven ni lo bueno á tener
vez?
Pues, _Messere_, ¿cómo hacían aquellos primeros hombres del tiempo
antiguo para vivir tanto?
¿Qué? Ser buenos hombres, como quien no dice nada. No se pudrían de
cosa, porque no había entonces mentiras ni aun en los casamientos ni
escusas para no pagar ni largas para cumplir. No había preguntadores
que matan, habladores que muelen, porfiados que atormentan, necios
cansados que aporrean. No había quien estorbase ni mujeres tijeretas,
criados rezongones. No mentían los oficiales ni aun los sastres. No
había abogados ni alguaciles. Y lo que es más que todo eso, no había
médicos. Y con que inventaron mil cosas, Júbal la música, Tubal Caín
el hierro, no hubo hombre, que se aplicase á ser boticario. Así que
nada había de todo esto: mirá si habían de vivir á ochocientos y á
novecientos años los hombres, siendo tan personas. Quitadme vos todos
estos topes, que yo os daré luego que vivan á mil y aun á dos mil años.
Porque cada cosa déstas basta á quitar cien años de vida y hacer que
se pudra y se consuma y se mate un hombre en cuatro días. Y digo que
aun es milagro que vivan tanto; sino que á puro de ser buenos hombres
viven algunos, que para éstos es el mundo. Otra cosa os sé decir, que
según van de cada día empeorándose las materias, agotándose los bienes
y aumentándose los males, adelantándose los malos usos, temo que se ha
de ir acortando la vida de modo que no lleguen á ceñirse espada los
hombres ni aun á atacarse las calzas.
_Messere_, le replicó, será imposible eso y más en los tiempos, que
alcanzamos, quitar que no haya pleitos, injusticias, falsedades,
tiranías, latrocinios, ateísmos acá y herejías acullá. Pues tampoco
faltarán guerras que destruyan, hambres que consuman, pestes que acaben
y rayos que asuelen.
Íbase ya muy desconsolado éste, cuando le llamó el _bel poltroni_ y le
dijo:
Ora, mire V. señoría, que no querría que se fuese triste de mi jovial
presencia. Yo le daré una recetilla de conservar el individuo, que es
hoy la más válida en Italia y la más corriente en todo el mundo y es
ésta: _Cena poco, usa el foco, in testa capelo e poqui pensieri en el
cerbelo. ¡Oh, la bella cosa!_
¿De modo que me dice V. señoría que pocos cuidados?
_Poquissimi._
Según eso ¿no me conviene á mí el ser hombre de negocios ni asistir al
despacho?
Por ningún caso.
¿Ni ministro?
Menos.
¿Ni tratar de avíos, llevar cuentas, ser asentista, mayordomo?
De ningún modo.
¿Ni estudiar mucho ni pleitear ni pretender?
_Nata, nata de todo eso, nunca trabajar de cabeza_ y, en una palabra,
_non curare de niente_.
Desta suerte acudían unos y otros á consultarle _de tuenda valetudine_
y á todos respondía muy al caso: á éste, folgueta; á aquél, vita bona,
y á todos _andiamo alegremente_. Y á un cierto personaje bien grave le
encargó mucho aquello de las sesenta ollas al mes.
Paréceme, dijo Critilo, que toda esta ciencia del saber vivir y gozar
para en pensar en nada y hacer nada y valer nada. Y como yo trato de
ser algo y valer mucho, no se me asienta esta poltronería.
Y con esto dió prisa en pasar adelante, siguiéndole Andrenio con harto
dolor de su corazón, que le ahumaban mucho aquellas liciones y iba
repasando su aforismo: _Non curare de niente_; sino del vientre.
Pasaron adelante y entre varias tropelías del gusto, casas de gula
y juego, toparon una gran casa, que repetía para palacio, con sus
empinadas torres, soberbios homenajes y en medio de su majestuosa
portada, en el mismo arquitrabe, se leía este letrero:
Aquí yace el príncipe de tal.
¿Cómo que yace? se escandalizó Andrenio. Yo le he visto pocas horas ha
y sé que es vivo y que no piensa en morir tan presto.
Eso creeré yo, le respondió el Honroso. También es verdad que aquí
vivieron muchos héroes, antepasados suyos; pero el que aquí yace, que
no vive, muerto es y huele tan mal, que todos se tapan las narices,
cuando sienten la hediondez de sus viciosas costumbres. Ni es él solo
el que yace; sino otros muchos sepultados en vida, amortajados entre
algodones y embalsamados entre delicias.
¿Cómo sabes tú que están muertos?, dijo el Ocioso.
¿Y cómo sabes tú que están vivos?, replicó el Vano.
Porque los veo comer.
¿Pues qué, el comer es vivir?
¿No les oyes roncar?
Eso es decir que están muertos desde que nacieron y pasan plaza
de finados, pues ya llegaron al fin del ser personas. Que, si la
definición de la vida es el moverse, éstos no tienen acción propia ni
obran cosa que valga. ¿Qué más muertos los quieres?
Lastimábase Critilo de ver tal crueldad, que enterrasen los hombres
vivos, y rióse el Vano de su llanto, diciéndole:
Advierte que ellos mismos, por no matarse, se sepultan en vida y se
vienen por su pie á enterrar en los sepulcros del ocio, en las urnas de
la flojedad, quedando cubiertos del polvo del eterno olvido.
¿Quién será aquel señor, que yace en aquel sepulcro de la hedionda
lascivia?
Quien no será más de lo que hasta hoy ha sido. Y de aquel otro antes
se supo que fué muerto, que vivo, ó fué su nacer el morir. Mirad aquel
príncipe: no hizo más ruido que el de su primero llanto, cuando entró
en el mundo.
He reparado, dijo Critilo, que no se topa un caballero francés
sepultado en vida, habiendo tantos de otras naciones.
Ésa, dijo el Honroso, es una singular prerrogativa de la nación
francesa, que lo bueno se debe aplaudir. Sabed que en aquel belicoso
reino ninguna damisela admitirá para esposo al que no hubiere asistido
en algunas campañas. Que no los sacan para el tálamo del túmulo del
ocio. Desprecian los Adonis de la corte, por los Martes de la campaña.
¡Oh, qué buen gusto de madamas! Esa misma reputación introdujo la
Católica reina doña Isabel en su palacio, entre sus damas; aunque duró
poco, habiendo sido la primera, que se sirvió de las hijas de grandes
señores.
Estaban llenos aquellos holgazanes sepulcros, no de muertos vivos,
sino de vivos muertos; y no sólo de los mayorazgos de las ilustres
casas, sino de segundones, sucesores de retén, de terceros y de
cuartos, sin que saliesen á medrar y valer ni en las campañas ni en
las Universidades. Todos yacían en las mesas del juego, en el cieno de
la torpeza, en el regazo de la ociosidad, única consorte del vicio. Y
lo que es más, á vista de sus padrazos y madroñas, penándose de que
les duela una uña y no haciendo caso de que les duela la honra y la
conciencia con tan traidora piedad.
Llegaron, después de haber paseado toda aquella dilatada compañía de la
ociosidad, los prados del deporte y campo franco de los vicios, á dar
vista á una tenebrosa gruta, boquerón funesto de una horrible cueva,
que yacía al pie de aquella soberbia montaña, en lo más humilde de su
falda, antípoda del empinado alcázar de la estimación honrosa, opuesta
á él de todas maneras. Porque, si aquél se encumbraba á coronarse de
estrellas, ésta se abatía á sepultarse en los abismos del olvido.
Allí todo era empinarse al cielo; aquí, rodar por el suelo. Que para
todo se hallan gustos: más de malos, que de buenos. Había la distancia
de uno á otra, que va de un estremo de altivez á otro de abatimiento
y vileza. Campeaba más la entrada, cuanto más oscura y tenebrosa. Que
su mismo deslucimiento la hacía más notable. Era muy espaciosa, nada
suntuosa, sin género alguno de simetría, basta y bruta. Y con ser tan
fea y tan horrible, embocaba por ella un mundo de cosas. Los coches de
á tres tiros, muy holgados, carrozas tiradas de seis pías y las más
veces remendadas, sillas de mano, literas y trineos. Pero ningún carro
triunfal.
Estábaselo mirando Andrenio poco menos que aturdido; mas Critilo,
solicitado de su mucha, aunque no ordinaria, curiosidad, comenzó á
inquirir qué cueva fuese aquélla. Aquí el Honroso, sacando un gran
suspiro del profundo de su sentimiento, dijo:
¡Oh cuidados de los hombres! ¡Oh cuán mucha es la nada! Sabrás, oh
Critilo, que ésta es aquella tan conocida cuan poco celebrada cueva,
sepultura de tantos vivos, éste es el paradero de las tres partes del
mundo, ésta es, y no te escandalices, la cueva de la nada.
¿Cómo de la nada, replicó Andrenio, cuando yo veo desaguar en ella la
gran corriente del siglo, el torrente del mundo, ciudades populosas,
cortes grandes, reinos enteros?
Pues advierte que, después de haber entrado allá todo eso que tú dices,
se queda vacía.
He, mira cuántos van entrando allá.
Pues no hallarás persona dentro.
¿Qué se hacen?
Lo que hicieron.
¿En qué paran?
En lo que obraron. Fueron nada, obraron nada y así vinieron á parar en
nada.
Llegó en esto á querer entrar un cierto sujeto y, hablando con ellos,
les dijo:
Señores míos, yo lo he probado todo y no he hallado oficio ni empleo
como no hacer nada.
Y colóse dentro. Venía encaminado á ella un otro gran personaje con
numerosa comitiva de lacayos y gentiles hombres, á toda prisa de su
antojo, sin poderle detener ni los ruegos de sus más fieles criados ni
los consejos de sus amigos. Salióle al paso el Honroso y díjole:
Señor excelentísimo, serenísimo, sea lo que fuere, ¿cómo hace esto V.
excelencia, pudiendo ser un príncipe famoso, el héroe de su casa, el
aplauso de su siglo, obrando cosas memorables y hazañosas, llenando su
familia de blasones? ¿Por qué se quiere sepultar en vida?
Quitaos de ahí, le respondió, que no quiero nada ni se me da nada de
todo; mas quiero hacer mi gusto y gozar de mi regalo. ¿Yo cansarme? ¿Yo
molerme? ¡Bueno por mi vida! Nada, nada de eso.
Y diciendo y no haciendo, metióse dentro á nunca más ser nombrado. Tras
éste venía un mozo galancete, más estirado de calzas que de hombros y
con tanta resolución como disolución, se fué á meter allá. Gritóle el
Honroso, diciendo:
Señor don Fulano, una palabra de una obra: ¿pues cómo un hijo de un tan
gran padre, que llenó el mundo de sus heroicos aplausos, que floreció
tanto en su siglo, así se quiere marchitar y sepultarse en el ocio y en
el vicio?
Mas él, atropellando con todo:
No me enfadéis, le dijo, no me deis consejos: obraron tanto mis
antepasados, que no me dejaron qué hacer. No se me da nada de no ser
algo.
Y lanzóse allá á no ser nunca visto ni oído.
Desta suerte y tan sin dicha entraban unos y otros, estos y aquéllos,
que se despoblaba el mundo y nunca se llenaba la infeliz sima de las
honras y de las haciendas. Entraban caballeros, títulos, señores y aun
príncipes. Y admirados de ver uno muy poderoso le dijeron:
¿Y vos, señor, también venís á para acá?
No vengo, respondió él; sino que me traen.
Á fe que no es buena escusa.
Entraban hombres de valor á valer nada, floridos ingenios á
marchitarse, hombres de prendas á nunca desempeñarse. Pasaban del
holgarse y del entretenerse á no ser estimados y del prado á la cueva
de la nada, condenados á olvido sempiterno. Tenía ya el un pie en el
umbral de la cueva un cierto personaje, que parecía de importancia,
cuando llegó un otro de barbas tan agrias como su condición, que
parecía persona de gobierno. Y tirándole de la capa, le dió un recado
de parte de su gran dueño, ofreciéndole una embajada de las de primera
clase y que otros muchos la pretendían; mas él, haciendo burla, no la
quiso aceptar, diciendo:
Yo renuncio todos los cargos con las cargas.
Volvióle á hacer instancia tomase un bastón de general y él:
Quita allá, que no quiero nada, sino á mí mismo y todo entero.
¡Siquiera un virreinato!
Nada, nada; déjenme estar en mis gustos y mis gastos.
Y quedóse muy casado con su nada.
Válgate por cueva de la nada, decía Critilo, y lo que te sorbes y te
tragas.
Estaban dos ruincillos, que no les dieran del pie, arrojando á
puntillazos allá dentro á muchos hombres grandes, gente sin cuento por
no ser de cuenta, sin darse manos de echar por no tenerlas.
Allá van, decían, noblezas, hermosuras, gallardías, floridos años,
bizarrías, galas, banquetes, paseos, saraos, entretenimientos, al
covachón de la nada.
¡Hay tal monstruosidad!, se lastimaba Critilo. ¿Y quién es esta vil
canalla?
Aquel es el Ocio y este otro es el Vicio, camaradas inseparables.
Oyeron que estaba un ayo ponderándole á un hijo segundo de una de las
mayores casas del reino:
Mirad, señor, que podéis ser mucho.
¿Cómo?
Queriendo.
He, que nací tarde.
Adelantaos con la industria y con el mérito, recompensando con el valor
el poco favor de la fortuna, que ése fué el atajo del Gran Capitán y
algunos otros, que se aventajaron á sus venturosos mayorazgos. Pudiendo
ser un león en la campaña, ¿queréis ser un lechón en el cenagal de la
torpeza? Oid cómo os llaman los bélicos clarines á emplear las trompas
de la fama. Cerrad los oídos á las cómicas Sirenas, que os quieren
echar á pique de valer nada.
Mas él, haciendo chanzas de las hazañas, respondía:
¿Yo balas, yo asaltos, yo campañas, pudiéndome andar del paseo al
juego, de la comedia al sarao? De eso me guardaré yo muy bien.
Mirad que valdréis nada.
Que no se me da nada.
Y así fué, que tampoco se le dió nada y alcanzó nada.
Á quien se le logró la diligencia fué al Honroso, que, viendo que un
padre verdadero y muy prudente enviaba un hijo suyo, mozo de buenas
esperanzas, á la Universidad de Salamanca para que por el atajo de las
letras, que de verdad lo es así como rodeo el de las armas, llegase
á conseguir un gran puesto, él en vez de ir á cursar, echó por el
divertimiento y se encaminaba al paradero ordinario de valer nada.
Compasivo el Honroso de ver perderse tan voluntariamente un tan buen
ingenio, llegóse á él y díjole:
Señor legista, qué malparecer habéis tomado, pudiendo estudiar y
velando lucir y pretendiendo un colegio mayor, pasar á una chancillería
y á un consejo real, que no hay más seguro pasadizo, que una beca.
Olvidando todo esto, queréis malograr el precioso tiempo, hundir la
hacienda y frustrar las esperanzas de vuestros padres. Cierto, que
habéis tomado mal consejo.
Valióle este aviso y aun desengaño, que importa mucho el tener buen
entendimiento para abrazar la verdad. Y aseguran que velando y valiendo
de grada en grada llegó á una presidencia, honrando su casa y su
patria. Pero fué éste la Fénix entre muchos patos. Que lo común es
trocar el libro por la baraja, el teatro literario por el cómico corral
y el vade por la guitarra, con que el derecho anda tuerto y aun á
ciegas, el digesto maldigerido, yendo á parar en la cueva de la nada,
no siendo ni valiendo nada.
Señores, ponderaba Critilo, que un hombre común, un plebeyo, trate de
entrarse en esta cueva vulgar, pase, no me admiro: que de verdad les
cuesta mucho el llegar á valer algo, estáles muy cara la reputación,
cuéstales mucho la fama; pero los hombres de mucha naturaleza, los de
buena sangre, los de ilustres casas, que por poco, que se ayuden, han
de venir á valer mucho y dándoles todos la mano han de venir á tener
mano en todo, que ésos se quieran enviciar y anonadar y sepultarse
vivos en el covachón de la nada, cierto que es lastimosa infelicidad.
Si los otros pelean con balas de plomo, el noble con balas de oro. Las
letras, que en los demás son plata, en los nobles son oro y en los
señores, piedras preciosas. ¡Oh, cuántos, por no cansarse media docena
de cursos, anduvieron corridos toda la vida, por no lograr breve tiempo
de trabajo, perdieron siglos de fama!
Pero entre muchos de aquellos viles ministros, sepultureros del vicio,
vieron que andaba muy atareada una bellísima hembra, convirtiendo en
azar con manos de jazmín cuanto tocaba. Teníalas de nieve, pues todo
lo elevan, tanto, que, en tocando el mayor hombre, el más prudente, el
más sabio, le convertía en estatua de pórfido ó de mármol frío y no
paraba un punto ni un momento de arrojar gente en aquella funesta sima
del desprecio. Ni era menester traerlos con sogas ni con maromas; que
sólo un cabello bastaba. Pero, ¿qué mucho, si los llevaba cuesta abajo?
Hacía mayor estrago cuanto mayor prodigio era de belleza.
¿Quién es ésta, preguntó Andrenio, que lleva traza de despoblar el
mundo?
¿Es posible, que no la conoces?, respondió su gran contrario el
Honroso. ¿Ahora estamos en eso? Ésta es mi mayor antagonista, la misma
deidad de Chipre, sino en persona, en sirena, en cuerpo, que no en
espíritu. Huid de ella, que no hay otro remedio. Que, si eso hubiera
hecho aquel príncipe, que tiene asido con mano de nieve y garra de
neblí, no hubiera tan presto descaecido de héroe, que ya andaba en ese
predicamento y muy adelante.
¡Oh, qué lástima, se lamentaba Critilo, que al más empinado cedro,
al más copado árbol, al que sobre todos se descollaba, se le fuese
apegando esta inútil yedra, más infructífera cuanto más lozana!
Cuando parece que le enlaza, entonces le aprisiona; cuando le adorna,
le marchita; cuando le presta la pompa de sus hojas, le despoja de
sus frutos, hasta que de todo punto le desnuda, le seca, le chupa
la sustancia, le priva de la vida y le aniquila. ¿Qué más? ¿Y á
cuántos volviste vanos? ¿Cuántos linces cegaste, cuántas águilas
abatiste, á cuántos ufanos pavones hiciste abatir la rueda de su más
bizarra ostentación? ¡Oh á cuántos, que comenzaban con bravos aceros,
ablandaste los pechos! Tú eres, al fin, la aniquiladora común de
sabios, santos y valerosos.
Á otro lado de la cueva vieron un raro monstruo con visos de persona,
haciendo á todo muy mala cara. Tenía estrañas fuerzas, pues asiendo con
solos dos dedos, como haciendo asco, algunos suntuosos edificios, los
arrojaba al centro de la nada.
Allá va, decía, ese dorado palacio de Nerón, esas termas de Domiciano,
esos jardines de Eliogábalo. Porque todos valieron nada y sirvieron de
nada. No así los castillos fuertes, las incontrastables ciudadelas, que
erigieron los valerosos príncipes, para llaves de sus reinos y freno de
los contrarios. No los famosos templos, que eternizaron los piadosos
monarcas; las dos mil iglesias, que dedicó á la madre de Dios el rey
don Jaime.
Allá van, decía, esos serrallos de Amurates, ese alcázar de Sardanápalo.
Pero lo que mayor novedad les hizo fué verle asir las obras del ingenio
y con notable desprecio vérselas arrojar allá. Hízole duelo á Critilo
verle asir de un libro muy dorado y que amagaba sepultarle en el eterno
olvido y rogóle no lo hiciese; más él, haciendo burla, le dijo:
He, vaya allá, pues entre mucha adulación no tiene rastro de verdad ni
de sustancia.
Basta, replicó Critilo, que el dueño de que habla y á quien lo dedica
le hará inmortal. No podrá, respondió él, que no hay cosa que más
presto caiga que la mentirosa lisonja, que no tiene fundamento, antes
solicita enfado.
Echóle allá y tras él otros muchos libros, voceando:
Allá van esas novelas frías, sueños de ingenios enfermos, esas comedias
silbadas, llenas de impropiedades y faltas de verisimilitud.
Apartó unas y dijo:
Éstas no; resérvense para inmortales por su mucha propiedad y donoso
gracejo.
Miró el título Critilo, creyendo fuesen las de Terencio y leyó:
Parte primera de Moreto.
Éste es, le dijo, el Terencio de España. Allá van, decía, esos autores
italianos.
Reparó Critilo y díjole:
¿Qué haces? Que se escandalizará el mundo, pues están hoy en tanta
reputación las plumas italianas, como las espadas españolas.
He, dijo, que muchos de estos italianos debajo de rumbosos títulos
no meten realidad ni sustancia; los más pecan de flojos, no tienen
pimienta en lo que escriben ni han hecho otros muchos dellos que echar
á perder buenos títulos, como el autor de la Plaza universal. Prometen
mucho y dejan burlado al lector y más si es español.
Alargó la mano hacia otro estante y comenzó con harto desdén á arrojar
libros. Leyó los títulos Critilo y advirtió eran españoles, de que se
maravilló no poco y más cuando conoció eran historiadores y sin poder
contenerse le dijo:
¿Por qué desprecias esos escritos, llenos de inmortales hazañas?
Y aun ésa es la desdicha, le respondió, que no corresponde lo que éstos
escriben á lo que aquéllos obran. Asegúrote que no ha habido más hechos
ni más heroicos, que los que han obrado los españoles; pero ningunos
más malescritos, por los mismos españoles. Las más de estas historias
son como tocino gordo, que á dos bocados empalagan. No escriben con
la profundidad y garbo político, que los historiadores italianos, un
Guiciardino, Bentivollo, Catarino de Ávila, el Siri y el Virago en sus
Mercurios, secuaces todos de Tácito. Creedme que no han tenido genio en
la historia, así como ni los franceses en la poesía.
Con todo, de algunos reservaba algunas hojas; mas á otros todos enteros
y aun sin desatarlos los tiraba de revés hacia la nada y decía:
Nada valen, nada.
Pero notó Critilo que por maravilla desechaba obra alguna de autor
portugués.
Éstos, decía, han sido grandes ingenios, todos son cuerpos con alma.
Alteróse mucho Critilo al verle alargar la mano hacia algunos teólogos,
así escolásticos, como morales y expositivos y respondióle á su reparo:
Mira: los más déstos ya no hacen otro que trasladar y volver á repetir
lo que ya estaba dicho. Tienen bravo cacoetes de estampar y es muy poco
lo que añaden de nuevo, poco ó nada inventan.
De solos comentarios sobre la primera parte de santo Tomás le vió echar
media docena y decía:
Andad allá.
¿Qué decís?
Lo dicho. Y haréis lo hecho. Allá van esos expositivos secos como
esparto, que tejen lo que ha mil años que se estampó.
De los legistas arrojaba librerías enteras y añadió que, si le dejaran,
los quemara todos, fuera de unos cuantos. De los médicos echaba sin
distinción, porque aseguraba que ni tienen modo ni concierto en el
escribir.
Mirad, decía, qué tanto, que aún no saben disponer un índice y esto
habiendo tenido un tan prodigioso maestro como Galeno.
Entretanto que esto le pasaba á Critilo, fuése acercando Andrenio al
boquerón de la cueva y puso el pie en el deslizadero de su umbral; mas
al punto arremetió á él el Honroso, diciéndole:
¿Dónde vas? ¿Es posible que tú también te tientas de ser nada?
Déjame, le respondió, que no quiero entrar; sino ver desde aquí lo que
por allá pasa.
Riólo mucho el Honroso y díjole:
¿Qué has de ver, si todo en entrando allá es nada?
Oiré.
Siquiera menos. Porque las cosas, que una vez entran, nunca más son
vistas ni oídas.
Llamaré alguno.
¿De qué suerte, que ninguno tiene nombre? Y si no, díme ¿del infinito
número de gentes, que en tantos siglos han pasado, qué ha quedado de
ellos? Ni aun la memoria de que fueron ni que hubo tales hombres. Solos
son nombrados los que fueron eminentes en armas ó en letras, gobierno y
santidad. Y porque lo consideremos más de cerca, díme: en este nuestro
siglo entre tantos millares, como hoy embarazan la redondez de la
tierra, en tantas provincias y reinos ¿quiénes son nombrados? Media
docena de hombres valerosos, aun no otros tantos sabios, no se habla
sino de dos ó tres reyes, un par de reinas, de un santo padre, que
resucita los Leones y Gregorios; todo lo demás es número, es broma, no
sirven sino de consumir los víveres y aumentar la cuantidad, que no la
calidad. Pero ¿qué estás mirando con mayor ahinco, cuando ves nada?
Miro, dijo, que aún hay menos que nada en el mundo. Díme por tu vida
¿quién son aquellos, que están arrinconados aún en la misma nada?
¡Oh, le respondió: mucho hay que decir desa nada! Ésos son...
Pero dejémoslos, si te parece, para la siguiente Crisi.
CRISI IX
_Felisinda descubierta._
Cuentan que un cierto curioso, mas yo le definiera necio, dió en un
raro capricho de ir rodeando el mundo y aun rodando con él en busca,
cuando menos, del contento. Llegaba á una provincia y comenzaba
á preguntar por él á los ricos los primeros, creyendo que ellos
le tendrían, cuando la riqueza todo lo alcanza y el dinero todo
lo consigue; pero engañóse, pues los halló cuidadosos siempre y
desvelados. Lo mismo le pasó con los poderosos, viviendo penados y
desabridos. Fuese á los sabios y topólos muy melancólicos, quejándose
de su corta ventura, á los mozos con inquietud, á los viejos sin salud,
con que todos de conformidad le respondieron que ni le tenían ni aun
le habían visto; pero, sí oído á sus antepasados que habitaba en el
otro país de más adelante. Pasaba luego allá, tomaba lengua de los más
noticiosos y respondíanle lo mismo, que allí no; pero, que se decía
estar en el que se seguía. Fué pasando desta suerte de provincia en
provincia, diciéndole en todas:
Aquí no, allá, acullá, más adelante.