¡Hay tal impertinencia! ¡De modo que, porque no se sienten los demás

delante dél, él tampoco se sienta delante de ellos! Y es lo bueno que

se conciertan los tacaños en darle chasco, yéndose unos y viniendo

otros, con que no están en pie media hora, y á él le tienen así todo el

día.

¿Y aquel otro por qué no se cubre, que se está helando el mundo?

Porque no se cubran delante dél.

Ésa sí que es una gran frialdad, pues él, como más delicado, estando

todo el día descubierto, recoge un romadizo, con que por hacer del

grave vendrá á ser el mocoso.

Si daban silla á alguno, después de bien escrupuleada, y el tal quería

acercarse para pregonar lo que pedía secreto, sentía que se la detenía

el paje por detrás, como diciendo: _non plus ultra_. Y de verdad que

las más veces será conveniencia, ya para no sentir el mal olor del

afeite, cuidadoso della, ya del achaque, descuidado dél. En esto de

las cortesías acontecía desayunarse cada mañana con un par de enfados.

Porque había algunos de bravo humor, que se iban todo el día de casa en

casa, de estrado en estrado, dándoles valientes sustos, escaseándoles

la señoría, cercenándoles la excelencia. Que por eso dijo bien una que

la pregmática de poderles dar señoría ó excelencia había sido ciencia

para hacerles muchos desaires. Al contrario otro, cuando les iba á

hablar, por haberles menester, llevaba consigo un gran saco de borra y,

preguntándole para qué aquella prevención, respondió:

De borra de cumplimientos, de paja de lisonjas y cortesías, cuanto

quisieren, á hartar: que me cuesta poco y me vale mucho. Y más, cuando

voy por mi negocio á pedir ó pretender, vacío mi saco de señorías y

llénole de mercedes.

Pero donde fué ya poco la risa y llegó á irrisión, donde Critilo

exclamó diciendo: ¡Oh, Demócrito! ¿y dónde estás?, fué al ver

la afectada femenil divinidad. Porque, si ellos son vanos, ellas

desvanecidas, mas siempre andan por estremos.

No hay ira, dijo el Sabio, sobre la de la mujer.

Y podría añadirse ni soberbia. Sola una tiene desvanecimiento por diez

hombres. Bien pueden ser ellos camaleones del viento; pero á fe que son

ellas piraustas de la humareda. Estaban endiosadas en tronos de borra,

sobre cojines de viento, más huecas que campanas, moviendo aprisa los

abanicos, como fuelles de su hinchazón, papando aire, que no pueden

vivir sin él. Si caminaban, era sobre corcho. Si dormían, en colchones

de viento ó pluma. Si comían, azúcar de viento. Si vestían, randas al

aire, mantos de humo y todo huequedad y vanidad. Más profanas, cuando

más superiores. Adoradas de los serviles criados, que desta desvanecida

adoración les debieron llamar gentiles hombres, que no de su gallardía.

No se comunicaban con todas, sino con otras como ellas.

Mi prima la duquesa, mi sobrina la marquesa. En no siendo princesa,

no hay que hablar. Traedme la taza del duque, el anis del almirante,

visíteme el médico de los príncipes y señores, aunque sea el más

matante, recéteme el jarabe del rey, venga ó no venga bien, basta ser

del rey; llamadme el sastre de la princesa.

Faltóles la paciencia y pasaron al desván de la Ciencia, que de verdad

hincha mucho y no hay peor locura que enloquecer de entendido ni mayor

necedad que la que se origina del saber. Toparon aquí raras sabandijas

del aire, los preciados de discretos, los bachilleres de estómago, los

doctos legos, los conceptistas, las cultas resabidas, los miceros, los

sabiondos y dotorcetes; pero á todos ellos ganaban en tercio y quinto

de desvanecimiento los puros gramáticos, gente de brava satisfacción. Y

así decía uno que él bastaba á inmortalizar los hombres con su estilo y

hacer emes con su pluma. Decía ser el clarín de la fama, cuando todos

le llamaban el cencerro del orbe.

¡Ver éstos, ponderaba Critilo, cuando estampan algún mal librillo, la

audacia con que entran, la satisfacción con que hablan! ¡Mal año para

Aristóteles con todas sus metafísicas y á Séneca con sus profundidades!

Achaque también de poetillas intrépidos, cuando desconfía Virgilio y

manda quemar su inmortal Eneida y el ingenioso Bocalini comienza en su

Prólogo recelando. Pues oir un astrólogo, el desvanecimiento, con que

habla en un pronostiquillo de seis hojas y seis mil disparates, como si

fuese el mejor tomo del Tostado.

Aquí hallaron los Narcisos del aire, que pareció novedad. Porque los de

los cristales, los pasados por agua, son ya vistos, aunque no vistosos.

¡Qué bien glosaban ellos mismos á todo lo que decían y las más veces

era un disparate!:

¿Digo algo?

Arqueando las cejas.

¿No os parece que dije bien?

Dictaba uno de estos, que se escuchan, un memorial para el rey y díjole

al escribiente, que no llegaba á secretario:

Escribí, señor.

Y no bien hubo escrito esta sola palabra, cuando le dijo:

Leed.

Leyó _señor_ y él, cayéndosele la baba, comenzó á exclamar:

Qué bien, señor, bien, mil veces bien.

Había muchos déstos, que como si echaran preciosidades por la boca,

peores que los que miran en el lienzo lo que arrojan por las narices,

á cada palabra hacían pausa, solicitando el aplauso. Y si el oyente ó

enfadado ó frío se les escusaba, ellos mismos le acordaban el descuido:

¿Qué os parece? ¿No estuvo bien dicho?

Pero los rematados eran algunos oradores, que en puesto tan grave y

alto decían:

¡Esto sí que es discurrir! Aquí, aquí ingenios míos, de puntillas, de

puntillas.

Cuando menos se tenía lo que decían, cuando menos subsistía el

conceptillo.

Y así decía uno déstos:

Séneca dijo esto; pero más diré yo.

¡Hay necedad más garrafal!, glosó Andrenio. ¡Qué esto pueda decir un

blanco!

Dejadlo, que es andaluz, dijo otro, ya tienen licencia.

Esto dificultan los sabios, proseguía; yo daré la solución, yo lo diré

y más y más.

Juro por vida de la cordura, exclamó Critilo, que sueñan todos éstos en

opinión de juicio y que dijo bien aquel gran monarca, habiendo oído á

uno déstos:

Traedme quien ore con seso.

Y á otro semejante le apodó buñuelo de viento.

Lástima es, ponderaba Critilo, que no haya un avisado avisador, que

tuerza la boca, guiñe el ojo, doble el labio y se ageste de licenciado

de Salamanca. Pero ya Momo anda á sombra de tejado y campea en su lugar

el aplauso, cabeceando á lo necio, con la simplicísima lisonja, aquella

hermosa, que basta á desvanecer al mismo bruto de Apuleyo.

Señores, ponderaba Andrenio, que á los grandes hombres no les pese de

haber nacido, que los entendidos quieran ser conocidos, súfraseles;

pero que el nadilla y el nonadilla quieran parecer algo y mucho, que

el niquilote lo quiera ser todo, que el villanón se ensanche, que el

ruincillo se estire, que el que debría esconderse quiera campear,

que el que tiene por qué callar blasfeme, ¿cómo nos ha de bastar la

paciencia?

Pues no hay sino tenerla y prestarla, dijo el Jactancioso. Que aquí no

hay hombre sin penacho ni hembra sin garzota. Y muchos con penacheras

de tornear de á doce palmos en alto y los avestruces baten las mayores,

porque dicen les vienen nacidas. Y es de notar que, cuando parecían

irlos dejando caer, los echan hacia atrás, haciendo cola de las que

fueron crestas. Atended cuáles andan todos los pequeños de puntillas

para poder ser vistos, ayúdanse de ponlevíes, ya para hacer ruido,

ya para ser mirados. Hombrean aquéllos y alargan el cuello para ser

estimados. Los otros hacen de los graves muy hinchados con fuelles de

lisonja y desvanecimiento. Précianse éstos de muy apersonados y de

tener gentil fachada, porque los exprimidos dicen no valer nada, gente

de poca sustancia.

¡Oh lo que importa la buena corpulencia!, decía uno de ellos, que da

autoridad, no sólo para con el vulgo, sino para con un Senado: que

los más son superficiales. Suple mucha falta de alma: que un abultado

tiene andado mucho para parecer hombre de autoridad. Gran hombre y

gran nombre prometen gran persona: que hace mucho ruido lo campanudo y

parece gran cosa lo abultado.

¿Qué hiciera el mundo sin mí?, pasaba diciendo un mochillero y no era

español.

Mas luego pasó otro, que lo era, y decía:

Nosotros nacimos para mandar.

Paseaba un mal gorrón, paseando la mano por el pecho, y decía:

¡Qué arzobispo de Toledo se cría aquí! ¡Qué patriarca!

Yo seré un gran médico, decía otro, que tengo buen talle y mejor parola.

No faltaba en Italia soldado español, que no fuese luego don Diego y

don Alonso. Y decía un italiano:

¿_Signori, en España quién guarda la pécora_?

Andá, le respondió uno, que en España no hay bestias ni hay vulgo como

en las demás naciones.

Llegaron actualmente á darle la enhorabuena á un cierto personaje de

harto poca monta, de una merced muy moderada, y respondía:

Pecho hay para todo. Dándose en él dos palmadas. Procedía otro muy á lo

fantástico, hinchando los carrillos y soplando.

Á éste, dijo Andrenio, sin duda que no le cabe el viento y humo en los

cascos, cuando se le rezuma por la boca.

Pasó en esto otro con un gran tizón en la mano, humeando ambos.

¿Quién es éste?, preguntaron. Y respondiéronles:

Éste es el que pegó fuego al célebre templo de Diana. En efecto, no más

de porque se hablase dél en el mundo.

¡Oh mentecato!, dijo Critilo. ¿Pues no advirtió que todos le habían de

quemar la estatua y que su fama había de ser funesta?

Que no se le dió á él nada de eso; no pretendió mas de que se hablase

dél en el mundo, fuese bien ó mal. ¡Oh cuántos han hecho otro tanto,

abrasando las ciudades y los reinos, no más de porque se hablase de

ellos, pereciendo su honra, pero no su infamia! ¡Cuántos y cuántos

sacrifican sus vidas al ídolo de la vanidad, más bárbaros que los

caribes, exponiéndose á los choques y á los asaltos, no más de por

andar en las gacetas, embarazando las cartas novas!

¡Qué caro ruido!, ponderaba Critilo: dígole sonada necedad.

Pero no se admiraron ya de haber visto todos estos imaginarios

espacios, con caramanchones de la loca fantasía, desde el un cabo

del mundo al otro, comenzando por Inglaterra, que es el estremo del

desvanecimiento y aun de toda monstruosidad, compitiendo la belleza de

sus cuerpos con la fealdad de sus almas. No estrañaron ya el desván de

los necios linajudos ni el de los poderosos altivos por verse en alto,

el de los hinchados sabios, de las insufribles hembras, con todos los

demás. El que les hizo grande novedad fué uno, llamado el desván viejo,

lleno de ratones ancianos, muy autorizados de canas y de calvas.

Basta, dijo Andrenio, que yo siempre creí que el encanecer era un

rezumarse el mucho seso; y agora conozco que en los más no es sino

quedárseles el juicio en blanco.

Escucharon lo que conversaban y hallaron que todo era jactarse y

alabarse.

En mi tiempo, decía uno, cuando yo era, cuando yo hacía y acontecía,

entonces sí que había hombres; que agora todos son muñecas.

Yo conocí, yo traté, decía otro, ¿no os acordáis de aquel gran maestro,

el otro famoso predicador, pues aquel gran soldado? ¡Qué grandes

hombres había en todo género de cosas! ¡Qué mujeres! Más valía una de

entonces, que un hombre de agora.

Desta suerte están todo el día diciendo mal del siglo presente, que

no sé cómo los sufre. Nadie les parece que sabe, sino ellos. Á todos

los demás tienen por mozos y por muchachos, aunque lleguen á los

cuarenta y, mientras ellos viven, nunca llegan los otros á ser hombres

ni á tener autoridad ni mando. Luego les salen con que ayer vinieron

al mundo, que aún se están con la leche en los labios y con el pico

amarillo.

Antes que vos nacierais, antes que vinierais al mundo, ya yo estaba

cansado.

Y no miente, que á fe lo son de todas maneras, jactanciosos,

vanagloriosos, ocupando uno de los más encaramados desvanes. Finalmente

llegaron á otro tan estremo de fantástico, que dejaba muy atrás todos

los pasados. Tenía dos gigantes columnas á la puerta, como _non plus

ultra_ del desvanecimiento. Negábanles la entrada y hubiera sido

conveniencia, porque, después de haber desperdiciado ruegos éstos y

conciliado estimaciones aquéllos, al abrir ya la ostentosa puerta,

digo puerto de torbellinos de viento, de tempestades, de vanidad,

les embistió una tal avenida de humos y de fantasías, que dudaron si

se habría reventado en el Vesubio algún volcán. Y fué tal el tropel

de enfados, que, no le pudiendo tolerar, volvieron las espaldas á lo

cuerdo. Pero qué desván de desvanes fuese el tal, promete decirlo la

siguiente Crisi.

CRISI VIII

_La cueva de la nada._

Á todas luces anduvieron desalumbrados los que dijeron que pudiera

estar el mundo mejor trazado de lo que hoy lo está, con las mismas

cosas de que se compone. Preguntados del modo, respondían que todo al

revés de como hoy le vemos. Esto es, que el sol había de estar acá

bajo ocupando el centro del universo y la tierra acullá arriba donde

agora está el cielo en ajustada distancia. Porque de esa suerte los que

hoy se experimentan azares, entonces se lograran conveniencias. Fuera

siempre día claro, viéramosnos las caras á todas horas y procediéramos

con lisura. Pues á la luz del mediodía con esto no hubiera noches

prolijas para desazonados ni largas para enfermos ni capas de maldad

para bellacos. No padeciéramos las desigualdades de los tiempos, las

inclemencias del cielo ni la destemplanza de los climas. No hubiera

invierno triste y encapotado, con nieves, nieblas y escarchas. No se

sonaran los romadizos ni tosiéramos con los catarros. No conociéramos

sabañones en el invierno ni sarpullido en el verano. No hubiera que

emperezar por las mañanas ni que estar todo el día tragando humo á una

chimenea, calentándonos por un lado y resfriándonos por el otro. No

pasáramos el estío sudando, basqueando, dando vuelcos toda la noche

por la cama. Escapáramonos de una tan intolerable plaga de sabandijas,

enemigos ruincillos, mosquitos que pican y moscas que enfadan. Fuera

siempre una primavera alegre y regocijada. No duraran solos quince

días las rosas ni solos dos meses las flores. Cantaran todo el año los

ruiseñores y fuera continuo el regalo de las guindas. No conociéramos

entonces ni groseros Diciembres, ni Julios apicarados, con tanto

desaliño. Todos fueran verdes Abriles y floridos Mayos á uso del

paraíso, conduciendo todas estas comodidades á una salud de bronce y á

una felicidad de oro.

Otra cosa: que fuera cien veces mayor la tierra, pues todo lo que ahora

es cielo, repartida en muchas y mayores provincias, habitadas de cultas

y políticas naciones, no informes, sino uniformes, porque no hubiera

entonces negros, chichimecos ni pigmeos, salvajes, etcétera.

Otrosí: que no fuera tan seca España, airosa la Francia, húmeda Italia,

fría Alemania, aneblada Inglaterra, hórrida Suecia y abrasada la

Mauritania. Así que toda la tierra fuera un paraíso y todo el mundo un

cielo.

Deste modo discurrían hombres blancos y aun aplaudidos de sabios;

pero, bien examinado este modo de echarse á discurrir, no tanto puede

pasar por opinión, cuanto por capricho de entendimientos noveleros,

amigos de trastornarlo todo y mudar las cosas cuadradas en redondas,

dando materia de risa al sentencioso Venusino. Éstos, por huir de un

inconveniente, dieron en muchos y mayores, quitando la variedad y

con ella la hermosura y el gusto, destruyendo de todo punto el orden

y concierto de los tiempos, de los años, los días y las horas, la

conservación de las plantas, la sazón de los frutos, el sosiego de

las noches, el descanso de los vivientes, procediendo á todo esto

sin estrella, pues las habrían de desterrar todas por ociosas, no

hallándolas ocupación ni puesto. Pero á todos estos desconciertos

¿qué había de hacer el sol inmoble y apoltronado en el centro del

mundo, contra toda su natural inclinación y obligación, que á fuer de

vigilante príncipe pide moverse sin parar, dando una y otra vuelta por

toda su lucida monarquía?

He, que no es tratable eso; muévase el sol y camine, amanezca en unas

partes y escóndase en otras, véalo todo muy de cerca y toque las cosas

con sus rayos, influya con eficacia, caliente con actividad y refresque

con templanza y retírese con alternación de tiempos y de efectos, aquí

levanté vapores, allí conmueva vientos, hoy llueva, mañana nieve, ya

cubierto, ya sereno, ande, visite, vivifique, pase y pasee de la una

India á la otra, déjese ver ya en Flandes, ya en Lombardía, cumpliendo

con las obligaciones de universal monarca del orbe, que, si el ocio

dondequiera es culpable vicio, en el príncipe de los astros sería

intolerable monstruosidad.

Deste modo iban altercando el Honroso y el Ocioso. Éste que ya los

guiaba y aquél que les seguía.

Ora, dejaos, dijo Andrenio, de caprichosas cuestiones y decidnos ¿qué

desván fuese aquel último y tan estremado?

Aquel, respondió el Fantástico, es el de los primeros hombres del

mundo, de los que ocupan la coronilla de Europa y aun la coronan. Y

por eso tan altivos, que realmente tienen valor, pero se lo presumen;

saben, pero se escuchan; obran, pero blasonan.

¡Oh, qué capaz me pareció!, decía Critilo.

Sí, el más hueco, porque es un agregado de todos los otros. Haced

cuenta que estuvisteis á las mismas puertas de la plausible Lisboa.

Sí, sí, exclamaron: el desván de los fidalgos portugueses. Cierto que

serían famosos, si no fuesen fumosos; pero responden ellos que no puede

dejar de haber mucho humo donde hay mucho fuego. Llámanles sebosos

vulgarmente; pero ellos échanlo á crueles en sus memorables batallas.

Tomaron mucho de su fundador Ulises, con que no se topa jamás portugués

ni bobo ni cobarde.

Pésame que no entrásedes allá, dijo el Holgón, porque hubiéradeis

visto estremados pasajes de fantasía. Que, como en otras partes se

fijó el _non plus ultra_ del valor, aquí el de la presunción. Allí

hubiéradeis topado hidalguías de á par de Deus, solares de antes de

Adán, enamorados perenales, poetas atronados, aunque ninguno aturdido,

músicos de quita allá, ángeles, ingenios prodigiosos sin rastro de

juicio. Y en una palabra, cuando las demás naciones de España, aun los

mismos castellanos, alaban sus cosas con algún recelo, por excelentes

que sean, yendo con tiento en celebrarlas: ¿esto vale algo?, es así

así, parece bueno, los portugueses alaban sus cosas á todo hipérbole,

á superlativa satisfación: ¡cosa famosa, cosa grande, la primera del

mundo, no se hallará otra como ella en todo el orbe, que eso de Castela

es poca cosa!

Aguarda, dijo Critilo, entre éstas y éstas ¿dónde nos llevas? Que me

parece vamos dando gran baja, pasando de estremo á estremo.

No os dé cuidado, les respondió su flemático Guión, que os prometo que

sin cansaros os habéis de hallar en el más holgado país del mundo, en

el de los acomodados y que saben vivir. Asegúroos que son sombra suya

los decantados Elisios y que los asombra. Aquí toparéis los hombres de

buen gusto, los que viven y gozan.

Mas, apenas dejaron el empinado monte, cuando entraron á glorias

en un ameno y alegre prado, centro de delicias, estancia del buen

tiempo, ya sea la primavera, coronada de flores, ya el otoño de

frutas. Ostentábanse aquellos suelos cubiertos de alfombras del Abril,

matizadas de Flora, recamadas de líquidos aljófares por las bellas

niñas de la más alegre Aurora, si bien no se lograba fruto alguno.

Comenzaban á registrar todas aquellas floridas campiñas, alternadas

de huertas, parques, florestas y jardines y de trecho á trecho se

levantaban vistosos edificios, que parecían casas todas de recreación.

Porque allí campeaba la Tapada de Portugal, Buena Vista de Toledo,

la Troya de Valencia, Comares de Granada, Fontanable de Francia, el

Aranjuez de España, el Pusicio de Nápoles, Belveder de Roma. Fuéronse

empeñando por un paseador espacioso y delicioso y no tan común, que no

encontrasen gente de buen porte y de deporte, más lucios, que lucidos.

Y entre muchos personajes muy particulares, ninguno conocido. Tomaban

todos el viaje muy de espacio.

_Pian piano_, decían los italianos.

No vivir aprisa, repetían los españoles.

Porque mirad, glosaba el _bel poltroni_, todos al cabo de la jornada de

la vida llegamos á un mismo paradero, los sagaces tarde y los necios

temprano. Unos llegan molidos, otros holgados, los sabios mueren, mas

los tontos revientan. Estos hechos pedazos y aquellos muy enteros. Y de

verdad que, pudiendo llegar algunos años después, que es gran necedad

veinte años antes ni una hora.

Saber un poco menos y vivir un poco más, iba diciendo uno.

Y no os envidiéis los buenos ratos, les encargaba otro.

No os queráis sisar los buenos días: _placheri placheri y mas

placheri_, decía un italiano.

Holgueta, holgueta, un español.

Encontraban á cada paso estancias de mucho recreo, donde no trataban

sino de darse un buen verde y dos azules y los que podían gozar de

dos primaveras no se contentaban con una. Allí vieron los bailetes

franceses, haciéndose piezas los mismos monsieures, bailando y

silbando, los toros y cañas españolas, los banquetes flamencos, las

comedias italianas, las músicas portuguesas, los gallos ingleses y las

borracheras septentrionales.

¡Qué lindo país, decía Andrenio, y lo que me va contentando! Esto sí

que es vivir y no matarse.

Pero notad, dijo el Fantástico, toda esta bulla, el poco ruido que hace

en el mundo.

¡Y que con tanto juglar, no sean estos hombres sonados!

No es gente ruidosa, respondió el Dejado, no gustan de meter ruido en

el mundo.

Tampoco veo hombre conocido y, con pasar tantas carrozas llenas de

príncipes y señores, no veo que sean nombrados.

Es que lo disimulan y no poco.

Toparon una gran muela de gentes y no personas. Tenían rodeado un

monstruo de gordura, que no se le veían los ojos; pero sí una gran

panza, colgada al cuello de un banda.

¿Qué pesado hombre será éste?, dijo Andrenio.

Pues te aseguro que lo es harto más un flaco, un podrido, un consumido

ú consumidor, un estrecho, un estrujado. Que antes los muy gruesos de

ordinario son más llevaderos, digo tolerables.

Estaba dando reglas de _accomodabuntur_, hecho un oráculo de la propia

_comodité_.

¿Qué cosa es ésta?, preguntó Critilo.

Ésta es, le respondieron, la escuela donde se enseña á vivir. Llegaos

por vuestra conveniencia y aprenderéis á alargar los años y á estirar

la vida.

Llegaban unos y otros á consultarle aforismos de conservarse y él los

daba y los platicaba. Estaba actualmente diciendo:

_E yo volo videre quanto tempo potrá acampare un bel poltroni._

Y repantigóse en una silla poltrona.

Sin duda que esta es la escuela de Epicuro, dijo Andrenio.

No será, respondió Critilo: que aquel filósofo no hablaba italiano.

¡Qué importa, si lo obraba y lo vivía! Sea lo que fuere, éste puede ser

maestro de aquel otro.

Llegó uno, que platicaba en pachorra y díjole:

_Messere_, ¿qué remedio para tener buenos días y mejores años?

Aquí él, abriendo un geme de boca de los del gigante Goliat, habiendo

hecho la salva á carcajadas, le respondió:

_Bono_, _bono_, sentaos, que mientras pudiereis estar sentado, nunca

habéis de estar en pie. Yo os quiero dar mejor regla de todas, la nata

del vivir; pero habéismela de pagar en trentines catalanes.

No será posible, respondió.

¿Por qué no?

Porque no han dejado uno tan solo los monsieures.

Buen remedio, sean de los del duque de Alburquerque, que con un par me

contento. _Ora va de regola, attentione. No pillar fastidio de nienti._

¿De nada, _Messere_?

_De nienti._

¿Aunque se muera una hija, una hermana?

_De nienti._

¿Ni la mujer?

Menos.

¿Una tía de quien heredé?

Oh, que cosa aquesta. Aunque se os muera todo un linaje entero de

madrastras, cuñadas y suegras, haced los insensibles y decid que es

magnanimidad.

_Messere_, preguntó otro, y para tener buenas comidas y mejores cenas,

¿cómo haría yo?

Gastad en buenas ollas, lo que ahorréis de malas nuevas.

¿Pues cómo haría yo para no oirlas?

No escucharlas. Haced lo que aquel otro avisado, que al criado, que

se descuidaba en decir algo, que de mil leguas le pudiese desazonar ó

darle pena, al punto lo mandaba despedir de su servicio.

_Patrono mio caro_, entró otro platicante de acomodado, todo eso es

niñería con lo que yo pretendo. Decidme, ¿cómo haría yo, aunque me

costase perder media hora de sueño, el no dormir una siesta para llegar

á vivir unos, unos...?

¿Qué? ¿Cien años?

Más.

¿Ciento y veinte?

Poco es eso.

¿Pues cuánto queréis vivir?

Lo que ya hay ejemplar, lo que se vivía antiguamente.

¿Qué? ¿Novecientos años?

Sí, Sí.

No tenéis mal gusto.

¿Cómo haría yo para llegar siquiera á unos ochocientos?

¿Para llegar decís? Mas, en llegando, ¿qué más tiene que hayan sido

mil, que ciento?

Aunque no fuesen sino unos quinientos.

No puede ser eso, respondió.

¿Por qué no?

Porque no se usa.

El criticón (tomo 2 de 2) · 第 18 / 26 段