_Á falta de buenos, han hecho á mi marido jurado_: engáñase, que antes

por ser ruin notoriamente, que ya se buscan los peores.

_Quien quisiere mula sin tacha, estése sin ella_: bobería; más fácil es

quitársela.

_El que da presto, da dos veces_ no está bien entendido; no sólo dos,

pero tres y cuatro. Porque en dando, luego le vuelven á pedir y él á

dar, con que, mientras el duro da una vez, el liberal da cuatro.

Desta suerte fué prosiguiendo el pregonero en prohibir otros muchos,

que nuestros peregrinos, cansados de tal prolijidad, remitieron al

examen de los entendidos y también porque les dió priesa el Sesudo,

para que llegasen á la oficina mayor, donde se refinaba el seso y se

afinaba la sindéresis. El cómo y dónde, quedarse ha para la otra Crisi.

CRISI VII

_La hija sin padre en los desvanes del mundo._

Opinaron algunos sabios que con ser el hombre la obra más artificiosa y

acabada, le faltaban aún muchas cosas para su total perfección. Echóle

uno menos la ventanilla en el pecho, otro un ojo en cada mano, éste

un candado en la boca y aquél una amarra en la voluntad; mas yo diría

faltarle una chiminea en la coronilla de la cabeza y algunos dos, por

donde se pudiesen exhalar los muchos humos, que continuamente están

evaporando del cerebro. Y esto mucho más en la vejez. Que si bien la

considera, no hay edad, que no tenga su tope, y alguna dos y la vejez

ciento.

Es la niñez ignorante, la mocedad desatenta, la edad varonil trabajada

y la senectud jactanciosa. Siempre está humeando presunciones,

evaporando jactancias, cebando estimaciones y solicitando aplausos.

Como no hallan por dónde exhalarse estos desapacibles humos, sino por

la boca, ocasionan notable enfado á los que les oyen y mucha risa, si

son cuerdos.

¿Quién creyera que Andrenio y mucho menos Critilo, recién caldeados en

las oficinas de la cordura, frescamente salidos de darse un baño moral

de prudencia y atención, habían de errar jamás las sendas de la virtud,

las veredas de la entereza? Pero así como dentro de la más fina grana

se engendra la polilla, que la come, y en las entrañas del cedro el

gusano, que le carcome, así de la misma sabiduría nace la hinchazón,

que la desluce, y en lo más profundo de la prudencia la presunción, que

la desdora.

Iban, pues, ambos peregrinos en compañía del varón de sesos,

encaminándose á Roma y acercándose á su deseada Felisinda. No acababan

de celebrar los prodigios de cordura, que habían hallado en ellos

palacios del coronado saber, aquellos grandes hombres, forjados todos

de sesos y aquellos otros de quienes se pudiera sacar zumo para otros

diez y sustancia para otros veinte; los verdaderos gigantes del valor

y del saber, los fundadores de las monarquías, no confundidores, los

de cien orejas para las noticias y de cien manos para las ejecuciones;

aquel estraño modo de cocer los sujetos grandes en cincuenta y sesenta

otoños de ciencia y experiencia. Aquí vieron formar un gran rey y

cómo le daban los brazos del emperador Carlos Quinto, la testa de

Felipe Segundo y el corazón de Felipe Tercero y el celo de la religión

católica del rey don Felipe Cuarto. Íbales dando las últimas liciones

de cordura.

Advertid, les decía, que por una de cuatro cosas llega un hombre á

saber mucho, ó por haber vivido muchos años ó por haber caminado muchas

tierras ó por haber leído muchos y buenos libros, que es más fácil, ó

por haber conversado con amigos sabios y discretos, que es más gustoso.

Por último primor de la cordura les encargó la española espera y la

sagacidad italiana. Sobre todo, que atendiesen mucho á no errar las

principales y mayores acciones de la vida, que son como las llaves del

ser y del valer.

Porque mirad, les decía, que un hombre pierda un diente ó una uña, y

aunque sea un dedo, poco importa, fácilmente se suple ó se disimula;

pero aquello de perder un brazo, tener un ojo menos, mancarse de una

pierna, ésa sí que es gran tacha. Adviértese mucho, que afea toda la

persona. Pues así digo que un hombre yerre una acción pequeña, no

hace mucho al caso, fácilmente se disimula; pero aquello de errar las

mayores acciones de la vida, las principales ejecuciones, en que va

todo el ser, las partes sustanciales, eso sí que monta mucho, que es un

cojear la honra, afear la fama y un deformar toda la vida.

Esto iban repasando, cuando vieron que en medio del camino real estaban

batallando dos bravos guerreros y, no sólo contendiendo de palabra,

sino muy de obra, haciéndose el uno al otro valientes tiros á toda

oposición. Aquí el sesudo guión hizo alto y, por evitar el empeño, les

pidió licencia de retirarse á sagrado y volverse á su centro, que dijo

ser el retrete de la prudencia; mas ellos, asiendo dél fuertemente,

le suplicaron no los dejase y menos en aquella ocasión, antes bien

que apresurasen todos tres el paso hacia los dos combatientes, para

despartirlos y detenerlos.

No hagáis tal, les dijo, que el que desparte suele siempre llevar la

peor parte.

Porfiaron ambos, encaminándose á la pendencia y llevándole á él asido

en medio. Cuando llegaron cerca y creyeron hallarlos muy malparados y

aun heridos de muerte de sus mismos hierros, advirtieron que no les

salía gota de sangre ni les faltaba el menor pelo de la cabeza.

Sin duda que estos guerreros, dijo Andrenio, están encantados y que son

otros horrilos, que no pueden morir, sino es que les corten un cierto

cabello de la cabeza, que suele ser el de la ocasión, ó les atraviesen

la planta del pie, como fundamento de la vida, según lo discurre

el ingenioso Ariosto, no bien entendido hasta hoy: perdónenme sus

italianos ingenios.

Ni es eso ni esotro, respondió el Sesudo; ya yo atino lo que es. Sabed

que este primero es uno de aquellos, que llaman insensibles, de los

que nada les hace mella, nada les empece, ni los mayores reveses de

la fortuna ni los tajos de la propia naturaleza ni los mandobles de

la ajena malignidad. Aunque todo el mundo se conjure contra ellos, no

los sacará de su paso. No por eso dejan de comer ni pierden el sueño y

dicen que es indolencia y aun magnanimidad.

¿Y este otro, preguntó Andrenio, de tan gentil corpulencia, tan grueso

y tan hinchado?

Ése es, le respondió, de otro género de hombres, que llaman fantásticos

y entumecidos, que tienen el cuerpo aéreo. No es aquella verdadera y

sólida gordura; sino una hinchazón fofa. Y se conoce en que, si los

hieren, no les sacan sangre, sino viento, haciendo más caso de la

reputación que pierden, que de la herida que reciben.

Pero lo más digno de reparo fué que á todo esto, no sólo no cesaron

de su necia porfía, cuando llegaron á ellos los tres pasajeros; antes

renovaron con mayor empeño la pendencia. Arremetieron á la par ambos

peregrinos á detenerlos, dejando libre al Varón de sesos, que como tal,

en viendo la suya, dejó la ajena y se metió en salvo, dejándolos á

ellos en el empeño. Que siempre falta el seso á lo mejor y la cordura,

cuando más fué menester. Con harta dificultad pudieron sosegarlos,

preguntándoles la ocasión de su debate, á que respondieron ser por

ellos. Causóles mayor reparo y aun cuidado.

¿Cómo por nosotros, si no nos conocéis ni os conocemos?

Ahí veréis lo poco que han menester para empeñarse dos necios. Peleamos

por cuál os ha de ganar y conduciros á su región muy opuesta.

Si por eso es, tratad de deponer los aceros y de informarnos de quiénes

sois y adónde pretendéis llevarnos, dejándolo á nuestra elección.

Yo, dijo el primero, queriéndolo ser en todo, soy el que guío los

mortales pasajeros á ser inmortales, á lo más alto del mundo, á la

región de la estimación, á la esfera del lucimiento.

Gran cosa, dijo Critilo: á esa parte me atengo.

Y tú ¿qué intentas?, le preguntó al otro Andrenio.

Yo soy, respondió, el que en este paraje de la vida conduzgo los

fatigados viandantes al deseado sosiego, á la quietud y al descanso.

Hízole grande armonía á Andrenio esto del descansar, aquello de tender

la pierna y dedicarse á la venerable poltronería y declaróse luego de

su banda. Creció con esto la contienda, pasando de los dos guerreros á

los dos peregrinos, y trabóse más porfiadamente entre los cuatro.

Yo, decía Andrenio, al dulce ocio me consagro. Ya es tiempo de

descansar. Trabajen los mozos, que ahora vienen al mundo, suden como

nosotros hemos sudado, anhelen y revienten por conseguir los bienes de

la industria y la fortuna; que á un viejo permítasele entregarse ya al

dulce ocio y al descanso, atendiendo á su regalo, cuando no hace poco

en vivir.

¿Quién tal dice?, replicó Critilo. Cuanto más anciano uno, es más

hombre, y cuanto más hombre, debe anhelar más á la honra y á la fama.

No se ha de alimentar de la tierra, sino del cielo. No vive ya la vida

material y sensual de los mozos ó los brutos, sino la espiritual y más

superior de los viejos y los celestes espíritus. Goce de los frutos

de la gloria, conseguidos con los afanes de tanta pena, corónese el

trabajo de las demás edades con las honras de la senectud.

Todo el precioso día gastaron en su necia altercación, asistiéndoles á

cada uno su padrino, á Critilo el Vano, y á Andrenio el Poltrón, sin

poderse ajustar; antes estuvieron al canto de dividirse, echando por su

opinión cada uno. Mas Andrenio, porque no se dijese que siempre tomaba

la contraria y quería salir con la suya, se dobló esta vez, diciendo

que se rendía más al gusto de Critilo, que al acierto. Comenzóles

á guiar el Fantástico y á seguirles el Ocioso, en fe de que les

conduciría después á su paraje, no contentándoles el que emprendían,

como lo tenía por cierto. Á pocos pasos descubrieron un empinado monte,

con toda propiedad soberbio, y comenzó á celebrarse el Desvanecido,

dándose todos los epítetos de grandeza.

Mirad, decía, ¡qué excelencia, qué eminencia, qué alteza!

¿Y dónde te dejas lo serenísimo?, replicó el Ocioso.

Coronaba su frente un extravagante edificio, pues todo él se componía

de chimeneas, no ya siete solas, sino setecientas, y por todas no

paraba de salir espeso humo, que en altivos penachos se esparcía al

aire, y todos se los llevaba el viento.

¡Qué perennes voladores aquéllos!, ponderaba Critilo.

¡Y qué enfadosa estancia!, decía Andrenio. ¿Quién puede vivir en ella?

De mí digo, que ni un cuarto de hora.

¡Qué bien lo entiendes!, respondió el Jactancioso; antes aquella es la

vivienda propia de los muy personas, de los estimados y aplaudidos.

Había chimeneas de todos modos, unas á la francesa, muy disimuladas y

angostas; otras á la española, muy campanudas y huecas, para que aun en

esto se muestre la natural antipatía de estas dos naciones, opuestas en

todo, en el vestir, en el comer, en el andar y hablar, en los genios é

ingenios.

¿Veis allí, les decía el Vano, el alcázar más ilustre del orbe?

¿De qué suerte?, replicó Andrenio.

Y el Ocioso:

Mejor dijeras el más tiznado, el más curado con tanta humareda.

¿Pues hay hoy en el mundo cosa que más valga ni más se busque que el

humo?

¿Qué dices? ¿Y para qué puede valer, sino para tiznar el rostro, hacer

llorar los ojos y echar á un cuerdo de su casa y aun del mundo?

¿Quién tal discurre? No sólo no huyen dél las personas; sino que se

andan tras él. Hombre hay, que por un poco de humo dará todo el oro

de Génova, que no ya de Tíbar. Yo le ví dar á uno más de diez mil

libras de plata por una onza de humo. Dicen que es hoy el mayor tesoro

de algunos príncipes y que les vale una India, pues con él pagan los

mayores servicios y con él contentan los más ambiciosos pretendientes.

¿Cómo es eso, que con humo les pagan? ¿Cómo es posible?

Sí, porque ellos se pagan de él. ¿Nunca has oído decir que con el humo

de España se luce Roma? ¿Sabes tú qué cosa es tener un caballero humos

de título y su mujer de condesa y de marquesa y que les llamen señoría?

¿Humos de mariscal, de par de Francia, de grande de España, de palatino

de Alemania, de baiboda de Polonia? ¿Piensas tú que se estiman en poco

estas penacheras, tremolando al aire de su vanidad? Con este humo de

la honrilla se alienta el soldado, se alimenta el letrado y todos se

van tras él. ¿Qué piensas tú que fueron y son todas las insignias, que

han inventado, ya el premio, ya la ambición, para distinguirse de los

demás, las coronas romanas cívicas ó murales de encina ó grama, las

cidaris persianas, los turbantes africanos, los hábitos españoles, las

jarreteras inglesas y las bandas blancas? Un poco de humo, ya colorado,

ya verde y de todas maneras y en todas partes plausible.

Íbanse encaramando por aquellas alturas y subidas con buen aire y mucho

aliento, cuando se sintió un extraordinario ruido dentro en el humoso

palacio.

¿Y esto más?, ponderó Andrenio. ¿Sobre humo ruido? Parece cosa de

herrería de modo, que ya tenemos dos de aquellas tres cosas, que basta

cada una á echar un cuerdo de sus casillas.

También eso, acudió el Vano, es de las cosas más acreditadas y

pretendidas en el mundo.

¿El ruido estimado?, replicó Andrenio.

Sí, porque aquí toda es gente ruidosa, todos se pican de hacer ruido en

el mundo y que se hable de ellos. Para esto se hacen de sentir y hablan

alto, hombres plausibles, hembras famosas, sujetos célebres. Que, si

no es de ese modo, no se hace caso de un hombre en el mundo. Que, en

no llevando el caballo campanillas ni cascabeles, nadie se vuelve

á mirarle, el mismo toro le desprecia. Aunque sea el hombre de más

importancia, si no es campanudo, no vale dos chochos. Por docto, por

valiente que sea, en no haciendo ruido, no es conocido ni tiene aplauso

ni vale nada.

Reforzábase por puntos la vocería, que pareció hundirse el teatro de

Babilonia.

¿Qué será esto?, preguntó Critilo. Aquí alguna grande novedad hay.

Es que vitorean algún gran sujeto, dijo el Fantástico.

¿Y quién será el tal? Acaso algún insigne catedrático, algún vitorioso

caudillo, decía Andrenio.

No tanto como eso, respondió con mucha risa el Ocioso; en menos se

emplean ya los vítores de estos tiempos. No será, sino que habrá dicho

alguna chancilla de las que se usan algún farsante ó habrá recitado de

buen aire su papel y ésa es la celebridad.

¡Hay tal fruslería!, exclamaron. De modo ¿que éstos son los vítores de

agora?

Basta, que se celebra hoy más una chanza, que una hazaña. Todos

cuantos vienen de unas partes y otras no traen otro, que referirnos,

sino el cuentecillo, el chiste, la chancilla, y con eso pasan y se

deslumbran los males. Más sonada es una tramoya, que una estratagema.

Solemnizábanse en otro tiempo las graves sentencias, los heroicos

dichos de los príncipes y señores; pero ahora la frialdad del truhán y

el chiste de la cortesana.

Comenzó á resonar por todas aquellas raridades del aire un bélico

clarín, alborozando los espíritus y realzando los ánimos.

¿Qué es esto?, preguntó Andrenio. ¿Á qué toca este noble instrumento,

alma del aire, aliento de la fama? ¿Despierta acaso á dar alguna

insigne batalla ó á celebrar el triunfo de alguna conseguida vitoria?

Que no será eso, respondió el Ocioso; ya yo adivino lo que es, por la

experiencia que tengo. Habrá pedido de beber algún cabo, algún señorazo

de los muchos, que aquí yacen.

¿Qué dices, hombre?, se impacientó Critilo. Dí que ha ejecutado alguna

inmortal hazaña, dí que ha triunfado gloriosamente, que toca á beber la

sangre de los enemigos; y no digas que brinda el otro en el banquete,

que es afrenta vil emplear en acciones tan civiles las sublimes trompas

del aplauso, reservadas á la heroica fama.

Estaban ya para entrar, cuando se divirtió Andrenio en mirar la

ostentosa pompa del arrogante edificio.

¿Qué miras?, dijo el Fantástico.

Miraba, respondió él, y aun reparaba que para ser ésta una casa tan

majestuosa y un tanto monta de todas las ilustres casas, con tantas y

tan soberbias torres, que dejan muy abajo á las de la imperial Zaragoza

y ocupan esas regiones del aire, parece que tiene poco fundamento y ése

flaco y falso.

Rióse aquí mucho el Ocioso, que siempre iba picándoles á la retaguardia.

Volvióse Andrenio y en amigable confianza le preguntó si sabía de quién

era aquel alcázar y quién le habitaba.

Sí, dijo, y más de lo que quisiera.

Pues dínos, así te vea yo siempre lleno de dejadme estar, ¿quién es el

que le embaraza, si no le llena?

Éstos, dijo, son los célebres desvanes de aquella tan nombrada reina,

la hija sin padres.

Causóles mayor admiración.

Hija y sin padres ¿cómo puede ser? Contradicción envuelve. Si es hija,

padre ha de tener y madre también, que no viene del aire.

Antes sí y dígoos que no tiene ni uno ni otra.

¿Pues de quién es hija?

¿De quién? De la nada y ella lo piensa ser todo y que todo es poco para

ella y que todo se le debe.

¡Hay tal hembra en el mundo! ¡Y que no la conozcamos nosotros!

No os admiréis de eso, que os aseguro que ella misma no se conoce y

los que más la tratan menos la entienden y viven desconocidos de sí

mismos y quieren que todos los conozcan. Y si no, preguntadle de qué se

desvanece el otro, no ya el que se levantó del polvo de la tierra, el

nacido entre las malvas; sino el más estirado, el que dice se crió en

limpios pañales. Á todos cuantos hay, que todos son hijos del barro y

nietos de la nada, hermanos de los gusanos, casados con la pudrición.

Que, si hoy son flores, mañana estiércol, ayer maravillas y hoy

sombras, que aquí parecen y allí desaparecen.

Según eso, dijo Andrenio, ¿esta vana reina es ó quiere ser la

hinchadísima Soberbia?

Puntualmente, ella misma. La que, siendo hija de la nada, presume ser

algo y mucho y todo. ¿No reparáis qué huecos, qué entumecidos entran

todos cuantos vienen, sin tener de qué ni saberse por qué? Antes bien,

teniendo muchas causas de confundirse. Que, si ellos oyesen lo que

los otros dicen, se hundirían siete estados bajo tierra. Que, como yo

suelo ponderar, las más veces entra el viento de la presunción por los

resquicios por donde había de salir. Que hacen muchos vanidad de lo que

debieran humillación.

Mas id ya reprimiendo la risa, que hallaréis bien donde emplearla.

Entraron y volviendo la mira á todas partes, no hallaban dónde parar.

No se veían en toda aquella gran concavidad ni columnas firmes,

que la sustentasen, ni salones reales ni cuadras doradas, que la

enriqueciesen, como se ven en otros palacios; sino desvanes y más

desvanes, huequedades sin sustancia, bóvedas con mucha necedad. Todo

estaba vacío de importancia y relleno de impertinencia. Encaminólos el

Desvanecido al primer desván tan espacioso y estendido como hueco y al

punto los emprendió un cierto personaje, diciéndoles:

Señores míos, cosa sabida es que el señor conde Claros, mi tartarabuelo

paterno, casó...

Aguardad, señor, le dijo Critilo: mirad no fuese el conde Oscuros,

cuando no hay cosa más escura que los principios de las prosapias. Á

Alciato con eso en su Emblema de Proteo, donde pondera cuán oscuros son

los cimientos de las casas.

Por línea recta, decía otro, probaré yo descender del señor infante don

Pelayo.

Eso creeré yo, dijo Andrenio: que los más linajudos suelen venir de

Pelayo en lo pelón, de Laín en lo calvo y de Rasura en lo raído.

Estuvo precioso otro, que hacía vanidad de que en seiscientos años no

había faltado varón en su casa, por no decir macho.

Riólo mucho Andrenio y díjole:

Señor mío, eso cualquier pícaro lo tiene. Y si no, veamos los

esportilleros ¿descienden acaso de hombres ó de duendes? Desde Adán acá

venimos todos de varón en varón, que no de trasgo en trasgo.

Yo, decía una muy desvanecida, en verdad que vengo, y sépalo todo el

mundo, de mi señora la infanta doña Toda.

Poco le aprovecha eso, señora doña Calabaza, si vuestra señoría es doña

Nada.

Blasonaban muchos su casa de solar y ninguno contradecía. Hombre hubo

de tan estraño capricho, que enfilaba su ascendencia de Hércules

Pinario; que eso de el Cid y de Bernardo es de ayer. Y le averiguaron,

curiosos de enfadados, que no descendía sino de Caco y de su mujer doña

Etcétera.

Que no son hidalguillos los míos, decía otra impertinentísima; sino un

muy de los gordos.

Y respondiéronla:

Y aun de los hinchados.

¿Qué bravo desván éste?, ponderaba Critilo. ¿No sabríamos cómo le

nombran?

Respondiéronle que aquélla era la sala del aire.

Y lo creo, que no corre otro en el mundo.

De la mejor cepa del reino, decía uno.

Según eso, no será de blanco ni tinto; sino moscatel.

Toparon un grande personaje, que estaba sacando un grande árbol de

su genealogía, que eso de cepas es niñería. Iba injiriendo ramas de

acá y de acullá y, después de haberse enramado mucho, paró todo en

hojarascas, sin género de fruto.

Desengáñense, dijo el Jactancioso, que no hay más casa en el mundo que

la de Enríquez.

Buena es ésa, respondió el Ocioso; pero aténgome á la de Manrique.

Sí, es más rica.

Lo que solemnizaron mucho fué ver fijar á muchos grandes escudos de

armas á las puertas de sus casas, cuando no había un real dentro. Por

eso decía aquél que no hay otra sangre que la real y mis armas son

reales. En esto de los escudos de armas había donosas quimeras. Porque

unos los llenaban de árboles y pudieran de troncos, otros de fieras y

pudieran de bestias, de torres de viento muchos y todo era Babilonia.

Valía allí un tesoro un cuarto de hierro, porque decían ser vizcaíno, á

pesar de el Búho gallego, frío, infausto y de mal pico.

¿No notáis, decía el Poltrón, las colas, que añaden todos á sus

apellidos: González de tal, Rodríguez de cual, Pérez de allá y

Fernández de acullá? ¿Es posible que ninguno quiere ser de acá?

Procuraban todos injerirse en buenos troncos y de buen tamaño, unos á

púa, otros á escudete. Jactábanse algunos descender de las casas de los

ricos hombres y era verdad, porque ascendieron primero por los balcones

y ventanas.

No se vuelve colorada mi sangre, decía un gentilhombre.

Y respondióle otro:

Pues de verdad que ni de carne de doncella.

No hay cuarto como el real, concluyó Andrenio, y más, si fuere de á

ocho.

¡Qué cansado salgo, decía Critilo, del primer desván!

Pues advierte que aún nos quedan muchos y más enfadosos. Dirálo éste.

Era muy ostentoso, porque había en él sitiales, doseles, tronos y

troneras.

Aquí habéis de entrar, les dijo el Jactancioso, y ya ceremonioso,

haciendo cortesías y zalemas: á tantos pasos una inclinación y á

tantos otra, de modo, que á cada paso su ceremonia y á cada razón su

lisonja. Como si entrásedes á la audiencia del rey don Pedro el Cuarto

de Aragón, llamado el Ceremonioso, por lo puntual y por lo autorizado

en el modo del portarse. Aquí veréis las humanidades, afectando

divinidades; toparéis adoradas muchas estatuas de insensibilidad.

Vieron ya en un estrado una muy desvanecida hembra, que sin título

ni realidad, se hacía servir de rodillas y muy mal, porque si aun

ministrando el paje con manos y con pies y con toda la acción del

cuerpo, se turba y no acierta á hacer cosa, ¿qué será sirviendo á

medias, torciendo el cuerpo, doblando la rodilla, en gran daño de los

búcaros y vidrios?

Viendo esto, dijo Critilo:

Mucho me temo que estas rodillas de estrado han de venir á parar en

rodillas de cocina.

Y realmente fué así, que toda aquella fantasía de adoraciones vino á

parar en humillaciones y toda la afectación de grandeza se trocó en

confusión de pobreza. Pero lo que les cayó muy en gusto y aun donaire

fué ver tres casas llenas de pepitoria de familia, que con un solo

título pretendían todos la señoría, unas por tías, otras por cuñadas,

los hijos por herederos, las hijas por damas. De modo que entre padres

y hijos, tíos y cuñados, llegaban á ser ciento. Y así dijo una harto

entendida que aquella señoría parecía ciento en un pie.

Era de reir oirles hablar hueco y entonado y con tal afectación, que

aseguran que un cierto gran señor hizo junta de físicos para ver si

podrían darle modo cómo hablar por el cogote, para distinguirse del

pueblo: que eso de hablar por la boca era una cosa común y vulgar.

Tenían muy medidas las cortesías, ¡ojalá las acciones! contados los

pasos, que habían de dar al entrar y al salir, ¡así tuvieran ajustados

los que daban en el vicio! Todo su cuidado ponían en los cumplimientos,

¡ojalá en las costumbres! Todo su estudio en estos puntos, metiendo en

ello grandes metafísicas, á quién habían de dar asiento y á quién no,

dónde y á qué mano: que, si no fuera por esto, no supieran muchos cuál

era su mano derecha. Causóle gran risa á Andrenio, haciendo gusto del

enfado, ver amo, que estaba en pie todo el día, cansado y aun molido,

manteniendo la tela de su impertinencia.

¿Por qué no se sienta este señor, preguntó, siendo tan amigo de su

comodidad?

Y respondiéronle:

Por no dar asiento á los otros.

El criticón (tomo 2 de 2) · 第 17 / 26 段