En otro tiempo habíais de haber venido, le dijo un viejo, hecho al

buen tiempo, cuando todos se trataban de vos y todos decían vos como

el Cid: entonces sí que estaba este país muy poblado. No, no se había

descubierto aún el de la malicia ni se sabía hubiese tan mala tierra:

siempre se creyó era inhabitable más que la tórrida zona. Dios se lo

perdone á quien la halló. ¡Mirad qué India! No se topaba entonces un

hombre doblado por maravilla y todo el mundo le conocía y le señalaban

de una legua. Todos huían dél como de un tigre. Ahora todo está

maleado, todo mudado, hasta los climas y, según van las cosas, dentro

de pocos años será Alemania otra Italia y Valladolid otra Córdoba.

Pero, aunque estaba allí Andrenio, no vendido, sino hallado en aquella

mansión de la bondad y verdad, de la candidez y llaneza, con todo trató

de dejarla, pareciéndole era sobrada simplicidad. Y fué cosa notable

que ambos á la par, aunque tan distantes, parece que se orejearon, pues

convinieron en dejar cada uno el estremo por donde había echado, el

uno de la astucia, el otro de la sencillez. Y poniendo la mira en el

medio, descubrieron la Corte del saber prudente y se encaminaron allá.

Llegaron á encontrarse en un puesto, donde se volvían á unir ambas

sendas y á emparejarse los estremos. Aquí pareció estarles esperando

un raro personaje, de los portentosos, que se encuentran en la jornada

de la vida. Porque, así como algunos suelen hacerse lenguas y otros

ojos, éste se hacía sesos y todo él se veía hecho de sesos, de modo que

tenía cien corduras, cien esperas, cien advertencias y otros tantos

entendimientos. En suma, él era castellano en lo sustancial, aragonés

en lo cuerdo, portugués en lo juicioso y todo español en ser hombre de

mucha sustancia. Púsoselo á contemplar Andrenio, después de haberse

confabulado con Critilo, y decía así:

Señores, que tenga uno sesos en la cabeza está bien, que es allí el

solio del alma; pero lengua de sesos ¿á qué propósito? Si, aun siendo

de carne y muy sólida, desliza con riesgo de toda la persona, que sería

menos inconveniente tropezar diez veces con los pies, antes que una con

la lengua, que, si allí se maltrata el cuerpo con la caída, aquí se

descompone toda el alma, ¿qué será de una masa tan fluida y deleznable?

¿Quién la podrá gobernar?

¡Oh, cómo te engañas!, le respondió el Sesudo, que así se llamaba;

antes ahí conviene tener más seso, para andar con más tiento. Que no

hay palabra más bienarticulada, que la que está en el buche.

Narices de seso ¿quién tal inventó y para qué?, proseguía en su reparo

Andrenio. Los ojos ya podrían, para no mirar á tontas y á locas; pero

en las narices ¿de qué puede servir el seso?

¡Oh sí y mucho!

¿Pues para qué?

Para impedir que no se les suba el humo á las narices y lo tizne todo

y abrase un mundo. Hasta en los pies ha de haber seso y mucho y más en

los malos pasos. Que por eso decía un atento:

Aquí todo el seso ha de ir en el carcañal. Y si los que andan á caballo

le llevasen en los pies, no perderían tan fácilmente los estribos;

habría siquiera algún cuerdo entronizado. Así que todo el hombre para

bien ir habría de ser de sesos. Seso en los oídos para no oir tantas

mentiras ni escuchar tantas lisonjas, que vuelven locos á los tontos.

Seso en las manos para no errar el manejo y atinar aquello en que se

ponen. Hasta el corazón ha de ser de sesos para no dejarse tirar y aun

arrastrar de sus afectos. Seso y más seso y mucho seso para ser hombre

chapapado, sesudo y sustancial.

¡Qué pocos he topado yo de ese modo!, decía Critilo.

Antes oí decir á uno, ponderó Andrenio, que no había sino una onza de

seso en todo el mundo y que de ésa, la mitad tenía un cierto personaje,

que no le nombro por no incurrir en odio, y la otra estaba repartida

por los demás: ¡mirad qué le cabría á cada uno! Engañóse quien tal

dijo. Nunca más seso ha habido en el mundo, pues no ha dado ya al

traste con tanta priesa como le han dado.

Ora, díme, instó Andrenio, ¿de dónde has sacado tú tanto seso, así te

dure? ¿Dónde le hallaste?

¿Dónde? En las oficinas en que se forja y en las boticas donde se vende.

¿Qué dices? ¿Boticas hay de cordura? Nunca tal he topado con tanto como

he discurrido.

¿Pues no te corres tú de saber dónde se vende el vestir y el comer

y no dónde se compra el ser personas? Tiendas hay donde se feria el

entendimiento y el juicio. Verdad sea que es menester tenerle para

hallarle.

¿Y á qué precio se vende?

Á aprecio.

¿De qué modo?

Teniéndole.

¿Á buen ojo?

No, sino á peso y medida. Pero vamos, que hoy os he de conducir á las

mismas oficinas donde se forjan y se labran los buenos juicios, los

valientes entendimientos, á las escuelas de ser personas.

Y dínos, ¿en esas oficinas, que tú dices, refinan mucho seso cada día?

No va sino por años y para sola una onza hay que hacer toda una vida.

Fuélos introduciendo en una tan espaciosa cuan especiosa plaza,

coronada de alternados edificios, unos muy majestuosos, que parecían

alcázares reales; otros muy pobres, como casas de filósofos; hasta

pabellones militares entre patios de escuelas. Quedaron admirados

nuestros peregrinos de ver tal variedad de edificios y, después de bien

registrados los de una y otra acera, le preguntaron dónde estaban las

oficinas del juicio, las tiendas del entendimiento.

Esas, que veis, son. Mirad á un lado y á otro.

¿Cómo es posible, si aquéllos son palacios, donde más presto suele

perderse el juicio, que cobrarse, y aquellas otras militares tiendas

más lo suelen ser de la temeridad, que de la cordura? Pues aquellos

patios llenos de estudiantes, menos lo serán, que entre gente moza no

se hallará la prudencia y en cascos verdes no cabe la madurez.

Pues sabed que ésas son las oficinas donde se funden los buenos

caudales. Ahí se forjan los grandes hombres. En esos talleres se

desbastan de troncos y de estatuas y se labran los mayores sujetos.

Mirad bien aquel primer palacio tan suntuoso y augusto. En él se

fundieron los mayores hombres de aquel siglo, los prudentes senadores,

los sabios consejeros, los famosos escritores. Y así como otros

inculcan estatuas mudas entre columnas pesadas para adorno de las

vistosas fachadas, aquí veréis gigantes vivos, varones eminentes.

Así es, dijo Critilo, que aquel de la mano derecha parece el

sentencioso Horacio y el de la izquierda es el más fecundo que facundo

Ovidio, coronándole el superior Virgilio.

Según eso, dijo Andrenio, ¿aquél es el palacio del más augusto de los

Césares?

No has de decir; se vió la oficina heroica de los mayores sujetos de su

tiempo. Ese gran emperador les dió entendimiento con sus estimaciones

y ellos á él inmortalidad con sus escritos. Volved la mira á aquel

otro, no fabricado de mármoles sin alma, sino de vivas columnas, que

sostienen reinos, escuela cortesana de los mayores entendimientos, y

fueron muchos en aquella era.

¿Sería grande su dueño?

Y aun magnánimo, pues el inmortal rey Don Alonso, por quien se dijo que

Aragón era la turquesa de los reyes.

Vieron otro de animadas piedras, hablando con lenguas de inscripciones.

No se veían tablas rasas de mármol, como en otros alcázares; sino

grabadas de sentencias y heroicos dichos.

¡Oh, gracias al cielo, dijo Critilo, que veo un palacio, que huele á

personas!

Fuélo mucho su gran dueño, digo el rey Don Juan el Segundo de

Portugal, volviendo por el crédito de los Juanes. Pero no es menos de

admirar aquél, que allá se ve alternado de espadas y de plumas del

rey Francisco el primero de la Francia, estendiendo á la par ambas

reales manos á los sabios y á los valerosos, que no á los farsantes y

farfantes. Mas ¿no reparáis en aquel coronado de palmas y de laureles,

que ocupa el supremo ápice del orbe y de los siglos? Aquél es el

inmortal trono del gran pontífice León décimo, en cuyo seno anidaron

las águilas ingeniosas, más seguramente que en el del fabuloso Júpiter;

aunque fué ingeniosa invención para declarar cuán favorecidos deben ser

de los príncipes los varones sabios, águilas en la vista y en el vuelo.

Aquel otro es del prudentazo rey de las Españas Felipe el Segundo y

escuela primera de la prudente política, donde se forjaron los grandes

ministros, los insignes gobernadores, generales y virreyes.

¿Qué tienda militar es aquélla, que se hace lugar entre los palacios

magníficos? ¿Á qué propósito se baraja lo militar con lo cortesano?

¡Oh, sí!, respondió el varón de sesos, porque has de saber que también

los militares pabellones son oficinas de los hombres grandes, no menos

valerosos que entendidos. Apréndese mucho en ellos. Dígalo el marqués

de Grana y Carreto. Porque ahí se sabe, no tanto de capricho, cuanto de

experiencia. Aquélla es la del Gran Capitán, á quien dió lugar entre

los reyes el de Francia, diciendo:

Bien puede comer con reyes el que vence reyes.

Fué tan cortesano como valiente, de tan gran brazo como ingenio,

plausible en dichos y en hechos. Aquella otra es del duque de Alba,

escuela de la prudencia y experiencia, así como su casa en la paz era

el paradero de los grandes hombres y por eso tan recomendada de Juan de

Vega á su hijo, cuando le enviaba á la Corte.

¿Qué otro modelo de edificios sabios son aquéllos, no suntuosos, pero

honorosos?

Ésos, dijo, no son alojamientos de Marte, albergues sí de Minerva.

Ésos son los colegios mayores de las más célebres universidades de la

Europa. Aquellos cuatro son los de Salamanca, aquel otro el de Alcalá y

el de más allá San Bernardino de Toledo, Santiago el de Huesca, Santa

Bárbara en París, los Albornoces de Bolonia y Santa Cruz de Valladolid.

Oficinas todas donde se labran los mayores hombres de cada siglo, las

columnas que sustentan después los reinos, de quienes se pueblan los

consejos reales y los parlamentos supremos.

¿Qué ruinas son aquellas tan lastimosas, cuyas descompuestas piedras

parecen estar llorando su caída?

Esas, que ahora lloran, en algún tiempo y siempre de oro, sudaban

bálsamo oloroso y, lo que es más, distilaban sudor y tinta. Ésos fueron

los palacios de los plausibles duques de Urbino y de Ferrara, asilos de

Minerva, teatro de las buenas letras, centro de los superiores ingenios.

¿Qué es la causa, preguntó Critilo, que no se ven anidar ya como solían

las águilas en tantos reales asilos?

No es porque no las haya, sino que no hay un Augusto para cada

Virgilio, un Mecenas para cada Horacio, un Nerva para cada Marcial y un

Trajano para cada Plinio. Creedme que todo gran hombre gusta de los

grandes hombres.

Mayor reparo es el mío, dijo Andrenio, y es cuál sea la causa que los

príncipes se pagan más y les pagan también á un excelente pintor,

á un escultor insigne, y los honran y premian mucho más, que á un

historiador eminente, que al más divino poeta, que al más excelente

escritor. Pues vemos que los pinceles sólo retratan el exterior; pero

las plumas el interior. Y va la ventaja de uno á otro, que del cuerpo

al alma. Exprimen aquéllos, cuando mucho, el talle, el garbo, la

gentileza y tal vez la fiereza; pero éstas, el entendimiento, el valor,

la virtud, la capacidad y las inmortales hazañas. Aquéllos les pueden

dar vida por algún tiempo, mientras duraren las tablas ó los lienzos,

ya sean bronces; mas estas otras por todos los venideros siglos, que

es inmortalizarlos. Aquéllos los dan á conocer, digo á ver á los pocos

que llegan á mirar sus retratos; mas éstas á los muchos que leen sus

escritos, yendo de provincia en provincia, de lengua en lengua y aun de

siglo en siglo.

¡Oh Andrenio, Andrenio!, le respondió el Prudente, ¿no ves tú que las

pinturas y las estatuas se ven con los ojos, se tocan con las manos,

son obras materiales? No sé si me has entendido bastantemente.

Vieron ya en las oficinas del tiempo y del ejemplo formar un grande

hombre, copiándole más felizmente de siete héroes, que el retrato de

Apeles de las siete mayores bellezas.

¿Quién es éste?, preguntó Andrenio.

Y el Sesudo:

Éste es un héroe moderno, éste es...

Tate, le interrumpió Critilo, no le nombres.

¿Por qué no?, replicó Andrenio.

Porque no importa.

¿Cómo no, habiendo nombrado hasta agora tanto insigne varón, tantos

plausibles sujetos?

De eso estoy arrepentido.

¿Pues por qué?

Porque piensan ellos que el celebrarlos es deuda y así no hacen mérito

del obsequio. Creen que procede de justicia, cuando no es sino muy de

gracia. Por lo tanto anduvo discretamente donoso aquel autor, que en la

segunda impresión de sus obras puso entre las erratas la dedicatoria

primera.

Al contrario en otra oficina atendieron cómo estaban forjando cien

hombres de uno, cien reyes de un Don Fernando el Católico y aún le

quedaba sustancia para otros tantos. Aquí era donde se fundían los

grandes caudales y se formaban las grandes testas, los varones de

chapa, los hombres sustanciales. Y notó Andrenio que lo más dificultoso

de ajustar eran las narices.

Hartas veces lo he reparado yo, decía Critilo, que suele acertar la

naturaleza las demás facciones. Sacaba unos buenos ojos con ser de

tanto artificio, una frente espaciosa y serena, una boca bien ajustada;

pero en llegando á la nariz se pierde y de ordinario la yerra.

Es la facción de la prudencia ésa, ponderó el Cuerdo, tablilla del

mesón del alma, señuelo de la sagacidad y providencia.

Resonó en esto un vulgar estruendo de trompetas y atabales.

¿Qué es esto?, corrían de unas y otras partes preguntando.

Pregón, pregón, respondían otros.

¿Qué cosa?

Un bando, que manda echar el coronado Saber por todo su imperio de

aciertos.

¿Y á quién destierran? ¿Acaso al Arrepentimiento, que no tiene cabida

donde hay cordura, ó á tu grande enemiga la propria Satisfación?

¿Publícase la guerra contra la envidiosa Fortuna?

Nada de eso es, les respondieron, sino una crítica reforma de los

comunes refranes.

¿Cómo puede ser eso, replicó Andrenio, si están hoy tan recibidos, que

los llaman Evangelios pequeños?

Recibidos ó no, llegaos y oid lo que el pregonero vocea.

Atendieron curiosos y, después de haber prohibido algunos, oyeron que

proseguía así:

Item más mandamos que ningún cuerdo en adelante diga que _quien tiene

enemigos no duerma_; antes lo contrario, que se recoja temprano á su

casa, se acueste luego y duerma, que se levante tarde y no salga de su

casa hasta el sol salido.

Item que nunca más se diga, que _quien no sabe de abuelo no sabe

de bueno_; antes bien que no sabe de malo, pues no sabe que fué un

mecánico sombrerero, un carnicero, un tundidor y otras cosas peores.

Que ninguno sea osado decir que _los casamientos y las riñas de prisa_,

por cuanto no hay cosa que se haya de tomar más de espacio que el irse

á matar y casar y se tiene por constante que los más de los casados,

si hoy hubieran de volver, lo pensaran mucho. Y como decía aquél:

_Dejádmelo pensar cien años_.

También se prohibe el decir que _más sabe el necio en su casa, que

el sabio en la ajena_, pues el sabio dondequiera sabe y el necio

dondequiera ignora.

Sobre todo que ninguno de hoy más se atreva á decir _no me den

consejos, sino dineros_, que el buen consejo es dineros y vale un

tesoro y al que no tiene buen consejo no le bastará una India ni aun

dos.

Entiendan todos que aquel otro refrán, que dice _aquello se hace

presto, que se hace bien_, proprio de los españoles, es más en favor de

mozos perezosos, que de amos bien servidos, y así se ordena á petición

de los franceses y aun de italianos que se vuelva del revés y diga en

favor de los amos puntuales: _aquello se hace bien, que se hace presto_.

Que por ningún acontecimiento se diga, que _la voz del pueblo es la

de Dios_; sino de la ignorancia y de ordinario por la boca del vulgo

suelen hablar todos los diablos.

Item se suspende en esta era aquel otro _honra y provecho no caben en

un saco_, viendo que hoy el que no tiene no es tenido.

Como una gran blasfemia se veda el decir _ventura te dé Dios, hijo, que

el saber poco te basta_, por cuanto de sabiduría nunca hay bastante ¿y

qué mayor ventura que el saber y ser persona?

Así como unos se prohiben del todo, otros se enmiendan en parte. Por lo

cual no se diga que _al buen callar llaman Sancho_, sino Santo y en las

mujeres milagroso, si ya no es que por Sancho se entienda lo callado

del conejo.

¿Quién tal pudo decir _asno de muchos, lobos se lo comen_?; antes él se

los come á ellos y come como un lobo y come el pan de todos, diciendo:

Yo me albardaré y el pan de todos me comeré; que ya el ser muy hombre

embaraza y el saber bobear es ciencia de ciencias.

Fué muy mal dicho _el mozo y el gallo un año_, porque, si es malo, ni

un día, y si bueno, toda la vida.

Item se condenan á descaramiento algunos otros, como decir _preso

por mil, preso por mil y quinientas_; _al mayor amigo, el mayor

tiro_. Y aquello de _ándeme yo caliente y ríase la gente_ es una muy

desvergonzada frialdad; sólo se les permita á las mujeres, que andan

escotadas el decir _ándeme yo fría y mas que todo el mundo se ría_.

Otros se mandan moderar, como aquel _bien haya quien á los suyos

parece_, que no se ha de estender á los hijos y nietos de alguaciles,

escribanos, alcabaleros, farsantes, venteros y _otra simili canalla_.

Otros se interpretan como aquel _dondequiera que vayas, de los tuyos

hayas_; antes se ha de huir de los suyos el que quisiere vivir con

quietud, paz y contento, y de sus paisanos el que pretendiere honra y

estimación.

Item se destierra por ocioso el _cobra buena fama y échate á dormir_,

pues ya, aun antes de cobrarla, se echan á dormir todos.

Modérese aquel que dice _en los nidos de antaño no hay pájaros ogaño_.

Pluguiera á Dios que el amancebado y el adúltero no se estuvieran en

el lecho como el chinche ni los tahures en el garito quemados, que

estuvieran los nidos encubridores y las redes de las arañas de las

escribanías, atentas á coger la mosca del malaconsejado pleiteante.

Aquello de _Dios me dé contienda con quien me entienda_ sin duda que

fué dicho de algún sencillo; los políticos no dicen así, sino con quien

no me entienda ni atine con mis intentos ni descubra de una legua mis

trazas.

_El dormir sobre ello_ es una necedad muy perezosa; no diga sino velar.

Item se prohibe como pestilente dicho _mal de muchos, consuelo de

todos_; no decía en el original, sino de tontos y ellos le han

adulterado.

Á instancia de Séneca y otros filósofos morales sea tenido por un

solemne disparate decir _haz bien y no mires á quién_; antes se ha

de mirar mucho á quien, no sea el ingrato, al que se te alce con la

baraja, al que te saque después los ojos con el mismo beneficio, al

ruin que se ensanche, al villano que te tome la mano, á la hormiga que

cobre alas, al pequeño que se suba á mayores, á la serpiente que reciba

calor en tu seno y después te emponzoñe.

No se diga que _lo que arrastra, honra_; sino al contrario, que lo que

honra arrastra y trae á muchos más arrastrados que sillas.

Item, á petición de los hortelanos, _no se dirá mal de tu perro_; pero

sí de tu asno, que se come las berzas y las deja comer.

Enmiéndese aquel otro _con tu mayor no partas peras_; no diga sino

piedras, que lo demás es decir que se alce con todo.

Tampoco sirve decir _quien todo lo quiere_, _todo lo pierde_, por

cuanto es preciso tirar á todo y aun á más, para salir con algo. Dirá,

pues, como quien yo sé: señor, si todo lo puedo, todo lo quiero.

También es falso aquel de _bien canta Marta después de harta_; antes ni

bien ni mal, que, en viéndose hartos, ni canta Marta ni pelea Marte,

sino que se echan á poltrones.

_Cada loco con su tema_ es poco; diga con dos y de aquí á un año con

ciento.

_Lo que se usa, no se escusa_: necedad. Eso es lo que se debe escusar,

que ya no se usa lo bueno ni la virtud ni la verdad ni la vergüenza ni

cosa, que comience deste modo.

_Díselo tú una vez, que el diablo se lo dirá diez_: dicho de otro tal.

Si malo, ¿para qué se lo ha de decir? Si bueno, nunca se lo dirá el

diablo.

Engañóse quien dijo que _el paciente es el postrero_; antes quieren ya

ser los primeros en todo y ir delante.

Por necedad se prohibe el decir _más valen amigos en plaza que dineros

en arca_: lo uno porque ¿dónde se hallaran verdaderos y fieles?; lo

otro porque á quien tiene dineros en arca nunca le faltan amigotes en

todas partes.

Aquel otro _ni para buenos ganar ni para malos dejar_ sin duda salió de

algún gran perdigón, pues antes á los buenos se les ha de dejar y á los

malos ganar, para que sean buenos.

_No hay mal que no venga por bien_: una por una el mal va delante y

abrir puerta á un mal es abrirla á ciento, porque el mal va donde más

hay.

Item se enmiende aquel _donde fueres, harás como vieres_; no diga sino

como debes.

Extínguese de todo punto aquel que dice _mal le va á la casa_, _donde

no hay corona rasa_; antes muy bien y muy mal donde la hay, porque la

hacienda de la Iglesia pierde toda la otra y arrasa la mejor casa.

_Por mucho madrugar no amanece más presto_ es dicho de dormilones;

entiendan que el trabajar es hacer día y el que madruga goza de día y

medio; pero el que tarde se levanta todo el día trota.

_Si uno no quiere, dos no barajan_: éste no tiene lugar en Valencia,

porque allí, aunque uno no quiera empeñarse, le obligan y ha de

porfiar, aunque reviente de cuerdo.

No se diga ya que _el dar va con el tomar_, porque no se sigue bien.

Podríase proponer por enigma y preguntar: ¿cuál fué el primero el dar ó

el tomar?

_Quien no sabe pedir, no sabe vivir_: ¡qué engaño!; antes el pedir es

morir para los hombres de bien: no diga sino quien no sabe sufrir.

Peor es aquel _quien tiene argén, tiene todo bien_; no sino todo mal,

como decir _voluntad es vida_; no es sino muerte.

Item se prohibe por cosa ridícula el decir _riña de por San Juan, paz

para todo el año_: ¿qué más tiene la de por San Juan, que la de por San

Antón? ¿Y quien tiene mal San Juan, qué buena pascua espera?

_Duro es Pedro para cabrero_; peor fuera blando.

_Quien se muda, Dios le ayuda_: entiéndese, cuando iba de mal en peor;

que el mudar de cartas es treta de buenos jugadores, cuando dice mal el

juego.

_El sufrido es bien servido_; no, sino muy mal y cuanto más, peor.

_¿Quieres ser papa? póntelo en la testa_: muchos se lo ponen, que no

salen de sacristanes; más valdría en las manos, con obras y méritos.

_Quien tiene lengua, á Roma va_: entiéndese por penitencia de los

pecados del hablar.

Por ningún caso se diga _darse un buen verde_; no, sino muy malo y muy

negro, que al cabo deja en blanco y el rostro avergonzado y la tez

amarilla y los labios cárdenos, vengándose dél todos los demás colores.

Tampoco es verdadero decir _quien malas mañas ha_, _tarde ó nunca las

pierde_; no, sino muy presto: porque ellas acaban con él y con la vida

y con la hacienda y con la honra, cuando él no con ellas.

Engañóse también el que dijo _casarás y amansarás_; antes al contrario

es menester que ellas amansen, para poderse casar, y se tiene observado

que ellos se vuelven más bravos, pues preguntando, ¿_por qué no riñe su

amo_?, responde: _porque no es casado_.

Mándale leer al trocado aquel que dice _que los locos dicen las

verdades_, esto es que los que las dicen son tenidos por locos y aun

de ese achaque se han deslumbrado varias veces algunas verdades bien

importantes, que pudieran desengañar á muchos.

Al que dijo _en Toledo no te cases, compañero_, pudiérasele preguntar

¿pues dónde, que no suceda lo mismo? Léase en _Toledo_ sincopado, con

que dirá en _todo_ el mundo.

_El mozo vergonzoso, el diablo le metió en palacio_: ya no se ve el

tal, sino su contrario, embusteros y aduladores.

_Al médico y al letrado no le quieras engañado_; antes sí, que de

ordinario discurren al revés y de ese modo acertarán.

_No se toman truchas á bragas enjutas_; digo que sí, que los buenos

pescadores las toman presentadas.

_No hay peor sordo, que el que no quiere oir_: otro hay peor, aquel que

_por una oreja le entra y por la otra se le va_.

_Allá van leyes, donde quieren los reyes_; no digo sino los malos

ministros.

_Á mal paso, pasar postrero_; por ningún caso, ni primero ni postrero,

sino rodear.

_Cuando la barba de tu vecino veas pelar, echa la tuya en remojo_: ¿de

qué servirá, sino de que se la pelen más fácilmente y aun se la repelen?

_Más da el duro, que el desnudo_: una por una ya dió éste hasta la

capa, el otro aún se está por ver; y él repite _para tener dineros,

tenerlos_.

Item se ordena que no se diga que _los criados son enemigos no

escusados_; sino muy escusados y que para cada falta tienen cien

escusas. Los hijos, sí, se llamen de esa suerte ó enemigos dulces, que

cuando chiquitos hacen reir y cuando grandes llorar.

_Grande pie y grande oreja, señal de grande bestia_: mas no, sino un

piedecito de un chisgarabís sin asiento ni fundamento; y una grande

oreja es alhaja de un príncipe, para oirlo todo.

Item, ninguno se persuada que _son buenas mangas después de pascua_ y

cuanto más anchas, peores, si es por pascua florida.

Tampoco vale decir _quien calla otorga_; antes es un político atajo del

negar y, cuando uno otorga en su favor, no se contenta con un sí, sino

que echa media docena.

Aquello de _á uso de Aragón, á buen servicio mal galardón_, los

aragoneses lo entienden por pasiva.

El criticón (tomo 2 de 2) · 第 16 / 26 段