viñas, jamás se les anieblan las hazas, no les llevan las avenidas los
molinos, no se les mueren los ganados, por maravilla tienen desgracia
alguna y así viven de gracia y chanza?
Lo que fué mucho de ver, la sala de los presentes, que no de los
pasados. Y aquí notaron los raros modos por donde venían los sobornos,
los varios caminos por do llegaban los cohechos, la lámina preciosa
por devoción, la pieza rica por cosa de gusto, la vajilla de oro por
agradecimiento, el cestillo de perlas por cortesía, la fuente de
doblones para alegrar la sangría, vaciando las venas y llenando la
bolsa, los perniles para el unto, los capones para regalo y los dulces
por chuchería.
Señor Zahorí, decía Critilo, ¿cómo es esto, que los presentes antes
estaban helados y ahora vienen llovidos?
He, le respondía, ¿no veis que las cargas siguen á los cargos? Y es de
notar que todo venía por el aire y en el aire.
Raro palacio es éste, censuraba Andrenio, que sin cansarse los hombres,
coman y beban, vistan y luzgan á pie quedo y á manos holgadas.
¡Valiente encanto! Y porfiaban algunos que no hay palacios encantados y
se burlan y ríen, cuando los oyen pintar. De ellos me río yo, aquí los
quisiera ver.
Lo que á mí más me admira, decía Critilo, es ver cómo se hacen las
personas invisibles, no sólo los pequeños y los flacos, que eso no
sería mucho, pero los muy grandes y que lo son mucho para escondidos;
no sólo los flacos y exprimidos, pero los gordos y los godos, que no
se dejan ver ni hablar ni parecen. En habiendo menester alguno que os
importe, no le toparéis ni hay darle alcance: nunca están en casa. Y
así decía uno:
¿No come ni duerme este hombre, que á ninguna hora le topo?
¿Pues qué, si ha de pagar ó prestar? No le hallaréis en todo el año.
Hombre había, que se le sentía hablar y se negaba y él mismo decía:
Decidle que no estoy en casa.
Las mujeres entre mantos de humo envolvían mucha confusión y se hacían
tan invisibles, que sus mismos maridos las desconocían y los propios
hermanos, cuando las encontraban callejeando. Corrían voces, dejando
á muchos muy corridos, y no se sabía quién las echaba ni de dónde
salían; antes decían todos:
Esto se dice; no me deis á mí por autor.
Publicábanse libros y libelos, pasando de mano en mano, sin saberse
el original. Y había autor, que, después de muchos años enterrado,
componía libros y con harto ingenio, cuando no había ya ni memoria dél.
Entremetiéronse en los más íntimos retretes, alcobas y camarines, donde
toparon varias sombras de trasgos y de duendes, nocturnas visiones,
que, aunque se decía no hacían daño, no era pequeño el robar la fama y
descalabrar la honra. Andaban á escuras buscando los soles, los trasgos
tras los ángeles. Aunque decía bien uno que las hermosas son diablos
con caras de mujeres y las feas son mujeres con caras de diablos. Mas
en esto de duendes los había estremados, que arrojaban piedras crueles,
tirando al aire y aun al desaire, que abrían una honra de medio á
medio. Y era de notar que las más locas acciones se obraban bajo
cuerda, sin poder atinar con el intento ni el brazo: que fueron siempre
muy otros los títulos, que se dan á las cosas, de los verdaderos
motivos por que se hacían. Caían muchas habas negras, que mascaraban
mucho á muchos, sin atinar quién las echaba. Y tal vez salían de la
mano del más confidente. Y así aconsejaba bien el sabio á no comerlas,
por ser de perversa digestión y mal alimento.
Agora verás, le dijo el Zahorí, á vista de tal confusión de
invisibilidades, si tuvo razón aquel otro filósofo, aunque se burlaron
dél y hicieron fisga los más bachilleres.
¿Y qué decía el tal estoico?
Que no había verdaderos colores en los objetos. Que el verde no
es verde ni el colorado, colorado; sino que todo consiste en las
diferentes disposiciones de las superficies y en la luz que las baña.
¡Rara paradoja!, dijo Critilo.
Y el Veedor:
Pues advierte que es la misma verdad y así verás cada día que de una
misma cosa uno dice blanco y otro negro. Según concibe cada uno ó
según percibe, así le da el color que quiere, conforme al afecto y no
al efecto. No son las cosas mas de como se toman. Que de lo que hizo
admiración Roma hizo donaire Grecia. Los más en el mundo son tintoreros
y dan el color que les está bien al negocio, á la hazaña, á la empresa
y al suceso. Informa cada uno á su modo: que según es la afición, así
es la afectación. Habla cada uno de la feria, según le fué en ella.
Pintar como querer. Que tanto es menester atender á la cosa alabada ó
vituperada, como al que alaba ó vitupera. Ésta es la causa que de una
hora para otra están las cosas de diferente data y muy de otro color.
¿Pues qué es menester ya para hacer verbo de lo que se habla y de lo
que se dice y de lo que corre? Aquí es el mayor encanto. No hay poder
averiguar cosa de cierto. Así que es menester valerse del arte de
discurrir y aun adivinar y no porque se hable en otra lengua que la del
mismo país; pero con el artificio del hacer correr la voz y pasar la
palabra, parece todo algarabía.
Había al revés otros, que se hacían invisibles á ratos, el día que
más eran menester en el trabajo, en la enfermedad, en la prisión, en
la hora de hacer la fianza. Olían los males de cien leguas y huían
de ellos otras tantas; pero pasada la borrasca, se aparecían como
santelmos. Á la hora del comer se hacían muy visibles y más, si olían
el capón de leche ó de Caspe, en la huelga, en el merendón, al dar
barato, que no había librarse dellos; al punto se los hallaba un hombre
al lado y en todas partes.
Sin duda, decía Critilo, que éstos son demonios meridianos, pues todo
el día andan asombrados y á la hora del comer se nos comen por pies.
Cuando más son menester, se ocultan y, cuando menos, se aparecen.
Sentían gorjear á Andrenio; mas sin verle. Que, en entrando allí, se
había hecho invisible, muy hallado con el encanto, cuando más perdido
en el común embeleco. Sentía Critilo en no atinar con él ni percibir
de qué color estaba ni en qué pasos andaba, porque todos afectaban el
negarse al conocimiento ajeno, que es tahurería el no jugar á juego
descubierto. Hasta el hijo se celaba al padre y la mujer se recelaba
del marido, el amigo no se concedía todo al mayor amigo. Ninguno había,
que en todo procediese liso ni aun con el más confidente. Era muy
aborrecida la luz, de unos por lo hipócrita, de otros por lo político,
por lo vicioso y maligno. Maleábase Critilo de no poder dar alcance á
su buscado Andrenio, descubriendo su nuevo modo de vivir de tramoya.
¿De qué sirve, le decía á su camarada perspicaz, el ser zahorí toda la
vida, si en la ocasión no nos vale? ¿Qué haces, si aquí no penetras?
Pero consolóle, ofreciéndole descubrirle bien presto y aun á dar en
tierra con todo aquel encanto embustero. Pero quien quisiere ver el
cómo y aprender á desencantar casas y sujetos, que lo habrá tal vez
menester y le valdrá mucho, estienda la paciencia, si no el gusto,
hasta la otra Crisi.
CRISI VI
_El saber reinando._
No hay maestro que no pueda ser discípulo, no hay belleza que no pueda
ser vencida. El mismo sol reconoce á un escarabajo la ventaja del
vivir. Excédenle, pues, al hombre en la perspicacia el lince, en el
oído el ciervo, en la agilidad el gamo, en el olfato el perro, en el
gusto el jimio y en lo vivaz la fénix. Pero entre todas estas ventajas,
la que él más codició fué aquella del rumiar, que en algunos de los
brutos se admira y no se imita.
¡Qué gran cosa, decía, aquello de volver á repasar segunda vez lo que
la primera á medio mascar se tragó, aquel desmenuzar despacio lo que se
devoró apriesa!
Juzgaba ésta por una singular conveniencia y no se engañaba, ya para
el gusto, ya para el provecho. Contentóle de modo, que aseguran
llegó á dar súplica al soberano Hacedor, representándole que, pues
le había hecho uno como epílogo de todas las criadas perfecciones,
no le quisiese privar de ésta, que él la estimaría, al paso que la
deseaba. Vióse la petición humana en el consistorio divino y fuéle
respondido que aquel don por que suplicaba ya se le había concedido
anticipadamente desde que naciera. Quedó confuso con semejante
respuesta y replicó cómo podía ser, pues nunca tal cosa había
experimentado en sí ni platicado. Volviósele á responder advirtiese
que con mayores realces la lograba, no en rumiar el pasto material,
de que se sustenta el cuerpo, sino el espiritual, de que se alimenta
el ánimo. Que realzase más los pensamientos y entendiese que el saber
era su comer y las nobles noticias su alimento. Que fuese sacando de
los senos de la memoria las cosas y pasándolas al entendimiento. Que
rumiase bien lo que sin averiguar ni discurrir había tragado. Que
repasase muy despacio lo que de ligero concibió. Piense, medite, cave,
ahonde y pondere, vuelva una y otra vez á repasar y repensar las cosas.
Consulte lo que ha de decir y mucho más lo que ha de obrar. Así que su
rumiar ha de ser el repensar, viviendo del reconsejo muy á lo racional
y discursivo.
Esto le ponderaba el Zahorí á Critilo, cuando más desesperado andaba de
poder dar alcance á su disimulado Andrenio.
He, no te apures, le decía, que así como pensando hallamos la entrada
en este encanto, así repensando hemos de topar la salida.
Discurrió luego en abrir algún resquicio, por donde pudiese entrar un
rayo de luz, una vislumbre de verdad. Y al mismo instante ¡oh cosa
rara!, que comenzó á rayar la claridad, dió en tierra toda aquella
máquina de confusiones. Que toda artimaña, en pareciendo, desaparece.
Deshízose el encanto, cayeron aquellas encubridoras paredes, quedando
todo patente y desenmarañado. Viéronse las caras unos á otros y las
manos tan escondidas á los tiros. Constó del modo de proceder de cada
uno. Así que, en amaneciendo la luz del desengaño, anocheció todo
artificio. Mas para que se vea cuán hallados están los más con el
embuste, especialmente cuando viven dél, al mismo punto, que se vieron
desencastillados de aquel su Babel común y que habían dado en tierra
con aquel su engañoso modo de pasar, que ya no llegaban á mesa puesta,
como solían, con sus manos lavadas y la honra no limpia, luego, que
comenzaron á echar menos la gala y la gula, el vestido guisado de buen
gusto, sin costarles mas que una gorra, enfurecidos contra el que
había ocasionado tanta infelicidad, arremetieron contra el Zahorí,
descubridor de su artificio, llamándole enemigo común. Mas él, viéndose
en tal aprieto, apretó los pies, digo las alas, y huyóse al sagrado
de mirar y callar, voceándoles á los dos camaradas, que ya se habían
abrazado y reconocido, tratasen de hacer lo mismo, prosiguiendo el
viaje de su vida hacia la Corte del saber coronado, tan encomendada dél
y de todos los sabios aplaudida.
¡Qué entrada de Italia ésta!, ponderaba Critilo. ¡Qué de laberintos á
esta traza, se nos aguardan en ella! Conviene prevenirnos de cautela,
así como hacen los atentos en las entradas de las provincias donde
llegan, en España contra las malicias, en Francia contra las vilezas,
en Inglaterra las perfidias, en Alemania las groserías y en Italia los
embustes.
No les salió vana su presunción, pues á pocos pasos dieron en raro
bivio, dudosa encrucijada, donde se partía el camino en otros dos, con
ocasionado riesgo de perderse muy al uso del mundo. Comenzaron luego
á dificultar cuál de las dos sendas tomarían, que parecían estremos.
Estaban altercando al principio con encuentro de pareceres y después de
afectos, cuando descubrieron una banda de cándidas palomas por el aire
y otra de serpientes por la tierra. Parecieron aquéllas con su manso
y sosegado vuelo venir á pacificarlos y mostrarles el verdadero camino
con tan fausto agüero, quedando ambos en curiosa expectación de ver por
cuál de las dos sendas echarían. Aquí ellas, dejada la de mano derecha,
volaron por la siniestra.
Esto está decidido, dijo Andrenio: no nos queda que dudar.
Oh sí, respondió Critilo: veamos por dónde se deshilan las serpientes.
Porque advierte que la paloma no tanto guía á la prudencia cuanto á la
simplicidad.
Eso no, replicó Andrenio; antes suelo yo decir que no hay ave ni más
sagaz ni más política, que la paloma.
¿En qué lo fundas?
En que ella es la que mejor sabe vivir, pues en fe de que no tiene
hiel dondequiera halla cabida. Todos la miran con afecto y la acogen
con regalo. No sólo no es temida como las de rapiña ni odiada como la
serpiente, sino acariciada de todos, alzándose con el agrado de las
gentes. Otra atención suya, que nunca vuela, sino á las casas blancas
y nuevas y á las torres más lucidas. Pero ¿qué mayor política, que
aquella de la hembra? Pues con cuatro caricias, que le hace al palomo,
le obliga á partirse el trabajo de empollar y sacar los hijuelos,
aviniéndose muy bien con el esposo y enseñando á las mujeres bravas y
fuertes á templarse y saberse avenir con sus maridos. Mas donde ella
juega de arte mayor es en lo de sus polluelos, que, aunque se los
hurten y delante de los ojos se los maten, no por eso se mata ella ni
se mete en guerra por defenderlos, no pasa pena alguna; sino que come
y vive de ellos. ¿Pues qué diré de aquella espaciosa ostentación, que
suele hacer de sus plumas, cambiando visos y brillando argentería? Así
que no hay otra razón de estado como la sinceridad y la mansedumbre de
la paloma y que ella es la mayor estadista.
Vieron en esto que la otra tropa de serpientes se fué deshilando por la
senda contraria de la mano derecha, con que se aumentó su perplejidad.
Éstas sí, decía Critilo, que son maestras de toda sagacidad. Ellas
nos muestran el camino de la prudencia. Sigámoslas, que sin duda nos
llevarán al Saber reinando.
No haré yo tal, decía Andrenio, porque yo no sé que pare en otro todo
el saber de las culebras, que en ir rastrando toda la vida entre los
pies de todos.
Resolviéronse al fin en seguir cada uno su vereda: éste de astucia de
la serpiente y aquél de la sinceridad de la paloma, con cargo de que
el primero, que descubriese la Corte del saber triunfante, avisase al
otro y le comunicase el bien hallado. Á poco rato, que se perdieron de
vista, no de afecto, encontró cada uno con su paraje bien diferente,
habitado de gentes totalmente opuestas y que vivían muy al revés unos
de otros.
Hallóse Critilo entre aquellos, que llaman los reagudos, gente toda de
alerta, hombres de ensenadas, de reflejas y de segundas intenciones,
de trato nada liso, sino doblado. Fuésele apegando luego un grande
narigudo, digo, nariagudo, no tanto para conducirle, cuanto para
explorarle. Y comenzó á tentarle el vado y querer sondarle el fondo
con rara destreza. Hombre al fin de atención y de intención. Hízosele
amigo de los que llaman hechizos ó echadizos, afectando agasajos y
mostrándosele muy oficioso, con que ambos se miraron con cautela y
procedían con resguardo. Lo primero en que reparó Critilo fué que,
encontrando muchos, que parecían muy personas, ellos no reparaban en él
ni le hacían cortesía. Calificóla ó por grosería ó por insolencia.
Ni uno ni otro, le respondió el nuevo camarada.
¿Pues qué?
Yo te lo diré. Que todos éstos son gente de su negocio y no atienden á
otro. No hacen caso sino de quien pueden hacer fortuna, no se cuidan
sino de quien dependen, y toda la cortesía, que hurtan á los demás, la
gastan con éstos. Aquellos del otro lado son hijos deste siglo, y aun
por eso tan metidos en él, todos puestos en acomodarse, como si se
hubiesen de perpetuar acá.
Toparon luego un raro sujeto, que, no contentándose con una ojeada, les
echó media docena. Y aunque aquí todos andaban muy despiertos, éste les
pareció desvelado.
¿Quién es éste?, preguntó Critilo.
No sé si te le podré dar á conocer así como quiera, que yo ha años que
le trato y aún no le acabo de sondar ni acertaré á definirle. Baste por
ahora saber que éste es el Marrajo.
¡Oh sí, dijo Critilo, ya estoy al cabo!
¿Cómo al cabo? Ni aun al principio. Que, si con otros para conocerlos
es menester comer un almud de sal, con éste doblada: porque él lo es
mucho.
Oyeron á otro, que venía diciendo:
La mitad del año con arte y engaño y la otra parte con engaño y arte.
No tiene razón, glosó Critilo, porque este aforismo ya yo le he oído
condenar y más entre astutos, donde más se engaña con la misma verdad,
cuando ninguno cree que algún otro la diga. Éste, sin más ver que su
figurilla y su modillo, es Tracillas; el mismo y viene hablando muy de
lo secreto y profundo con aquel otro su mellizo.
¿Y quién es?
Á ése le llaman el bobico y estarán trazando cómo armar alguna
zancadilla; pero de verdad que se las entienden. Que basta conocerlos y
tenerlos en esa opinión.
Y aun por eso viene diciendo aquel otro _sí, sí, entre bobos anda el
juego_. Con esto no les dejan hacer baza.
Asomó otro de la misma data.
¿Qué papel hace éste?
Es el tan nombrado Dropo y tan temido.
¿Y aquél?
El Zaino, otro que tal.
¿Creerás que no veo alguno déstos, que no me asuste? Heles cobrado
especial recelo.
No me admiro. Porque á ninguno llegan á hablar, que no le suceda lo
mismo. Todos los temen y se previenen.
Por eso cuentan de la raposa, dijo el Nariagudo, que, volviendo un
día muy asustados sus hijuelos á su cueva, diciendo habían visto una
espantosa fiera con unos disformes colmillos de marfil:
Quitá de ahí, no hay que temer, les dijo, que ese es elefante y una
gran bestia: no os dé cuidado.
Volvieron al otro día huyendo de otra, decían, con dos agudas puntas en
la frente.
He, que también es nada, les respondió, que sois unos simples.
Agora sí, que hemos topado otra con las uñas como navajas, ondeando
horribles melenas.
Ése es el león; pero no hay que hacer caso, que no es tan bravo como le
pintáis.
Finalmente vinieron un día muy contentos por haber visto, decían, un
otro, no animal ni fiera, sino muy diverso de todos los otros, pues
desarmado, apacible, manso y risueño.
Ahora sí, les dijo, que hay que temer. Guardaos dél, hijos míos, huid
cien leguas.
¿Por qué, si no tiene uñas ni puntas ni colmillos?
Basta que tiene maña. Ése es el hombre. Guardaos, digo otra vez, de su
malicia.
Y tú de aquel que pasa por allá, á quien todos le señalan con el dedo á
lo cigüeño. Es un raro sujeto, de quien dicen es un diablo y aun peor.
Aquél, que va á su lado, te venderá siete veces al día. ¿Pues qué otro
aquél, que va guiñando, llamado por eso el raposo, que lo es en el
nombre y en los hechos? Tiene bravas correrías, que toda ésta es gente
de artimaña.
Ora díme, ¿qué será la causa, preguntó Critilo, que cada uno anda de
por sí, nunca van juntos ni hacen camarada?, así como en cierta plaza,
donde ví yo pasearse muchos ciudadanos y cada uno solo, sin osarse
llegar, temiéndose unos á otros.
¡Oh!, respondió el Nariagudo, por éstos y ésos se dijo: _cada lobo por
su senda_.
Fué muy de notar el encuentro del codicioso con el tramposo, porque
urdía éste mil trapazas en un punto y el otro se las pasaba todas,
aunque las conocía, en atención de su codicia. Y es lo bueno que cada
uno decía del otro: ¡qué simple éste! ¡cómo que le engaño! ¿No reparas
en aquel tan ruincillo, digo chicuelo? Pues todo es malicias. Nada de
cuanto dices y piensas se le pasa por alto. Ni aquel otro de su tamaño
hay echarle dado falso.
Pues díme, ¿quién metió acá á aquél, que retira á tonto, y ya sabes que
en pareciéndolo lo son y aun la mitad de los que no lo parecen?
Advierte que no lo es, sino que sabe hacerlo. Así como aquel otro, que
hace los zonzos, que no hay peor desentendido que el que no quiere
entender.
Dudó Critilo y aun lo preguntó si acaso estaban en la lonja de Venecia
ó en el ayuntamiento de Córdoba ó en la plaza de Calatayud, que es
más que todo. Donde dijo un forastero, hablando con un natural y
confesándose vendido ó vencido:
Señor mío, por eso dicen que sabe más el mayor necio de Calatayud, que
el más cuerdo de mi patria. ¿No digo bien?
No por cierto, le respondió.
¿Pues por qué no?
Porque no hay ningún necio en Calatayud ni cuerdo en vuestra ciudad.
Pero nada has visto, le dijo el camarada, si no das una vista por la
satrapía.
Y guióle á ella. Díjole al entrar:
Aquí abrir el ojo y aun ciento y retirarlos bien.
Toparon un vejazo y otro más. Aquí admiró las bravas tretas, las
grandes sutilezas, jugando todos de arte mayor, que todos eran
peliagudos y nariagudos, mañosos, sagaces y políticos.
Pero, mientras anda aquí Critilo, ya comprado, ya vendido, bien será
que demos una vuelta en seguimiento de Andrenio, que va perdido por
el contrario paraje. Que casi todos los mortales andan por estremos
y el saber vivir consiste en topar el medio. Hallábase en el país de
los buenos hombres y ¡qué diferentes de aquellos otros! Parecían de
otra especie. Gente toda pacífica, por quienes nunca se revolvió el
mundo ni se alborotó la feria. Encontró de los primeros con Juan de
Buen Alma, á medio saludar, que se le olvidaban las palabras; con todo
eso contrajeron estrecha amistad. Allegóseles un otro, que también
dijo llamarse Juan, que aquí los más lo eran y buenos, si allá Pedros
revueltos.
¿Quién es aquel que pasa riéndose?
Aquel es de quien dicen que de puro bueno se pierde y es un perdido.
Aquel otro, el bueno bueno; y el que de puro bueno vale para nada,
gente toda amigable.
¡Qué poca ceremonia gastan!, ponderó Andrenio, ¡aun cortesía no hacen!
Es que no saben engañar.
Con todo eso se llegó y les saludó: _bon compaño_. Que venía con tal
sea mi vida y mi alma con la suya. No se oía un sí ni un no entre
ellos. En nada se contradecían, aunque dijeran la mayor paradoja,
ni porfiaban. Y era tal su paz y sosiego, que dudó Andrenio si eran
hombres de carne y sangre.
Bien dudas, le respondió el hombre de su palabra, á quien se holgó
mucho de ver, como cosa rara, y no era francés, que los más dellos son
de pasta y buenas pastas. Y en confirmación dello repara en aquél, todo
bocadeado, Don Fulano de Mazapán, que cada uno le da un pellizco. Aquel
otro es el canónigo Blandura, que todo lo hace bueno.
Vieron uno todo comido de moscas.
Aquél es la buena miel.
¡Qué buena gente toda ésta para superiores! Que ya así los buscan,
cabezas de cera que las puedan volver y revolver donde quisieren y
retorcerles las narices á un lado y á otro.
Aquí toparon con Buenas Entrañas, que no pensaba mal de nadie ni tal
creía.
Aquél se pasa de bueno y está harto pasado. Mira á todos como él; pero,
¡qué bueno estuviera el mundo, si así fueran todos!
Venía con el dejado y bien dejado de todos.
¡Qué hombre de tan linda corpulencia aquél!
Es el celebrado Pachorra, que nada le quita el sueño ni por
acontecimiento alguno le pierde, aunque sea el más trágico. Tanto que,
despertándole una noche para darle aviso de un estraño suceso, que
espantó el mundo:
Quitaos de ahí, dijo á los criados, ¿y no estaba ahí mañana para
decírmelo? ¿Pensabais que no había de llegar?
Sobre todo no se hartaba Andrenio de ver su traje, nada á lo plático,
sin pliegues, sin aforros y sin alforzas.
Vió á Don Fulano de todos y para nadie y para nada acompañado de una
gran camarada.
Aquel de la mano derecha es el primero que llega y el de la izquierda,
el último se le lleva. Al de más allá el que le pierde le gana y al
otro, tanto le querría mío como ajeno. Allí viene el que no sabe negar
cosa, el que no tiene cosa suya ni la acción ni la palabra. Aquel
otro todo lo otorga, Don Fulano del sí, antípoda de monseñor _noli po
fare_, gente toda bienquista y de vivir muchos años. De tal suerte que
preguntó Andrenio si era aquella la región de los inmortales.
¿Por qué lo dices?, le preguntó uno.
Porque ninguno veo, que se mate ni se consuma. Yo no sé de qué mueren
éstos.
No mueren, que ya lo están.
Antes yo digo que eso es saber vivir, tener buena complixión, hombres
sanos, gente de buenos hígados, de buen estómago y que, si otros hacen
de las tripas corazón, éstos al revés hacen del corazón tripas y crían
buena panza.
Así era su trato llano sin revoltijas. Ninguno tenía caracol en la
garganta. Hablaban sin artificio, llevaban el alma en la palma y aun
en palmas. No había aquí engañadores ni cortesanos ni cordobeses. Y
con pasar en Italia, no había ningún italiano; cuando mucho, alguno
de Bérgamo. De los españoles algún castellano viejo. De los franceses
algún albernio. Y muchos polacos. Fiábanse de todos sin distinción y
así todos los engañaban. Que ya no se ha de decir engañabobos, sino
buenos, que ésos son los más fáciles de engañar.
¡Qué lindo temple de tierra éste!, decía Andrenio, y mejor cielo.