Razón tenéis de quejaros del desconcierto del mundo. Mas no habéis de

preguntar quién así lo ordenó, sino quién lo ha desordenado; no quién

lo ha dispuesto, sino quién lo ha descompuesto. Porque habéis de saber

que el artífice supremo muy al contrario lo trazó de como hoy está,

pues colocó el Desengaño en el mismo umbral del mundo y echó el Engaño

acullá lejos, donde nunca fuera visto ni oído, donde jamás los hombres

le encontraran.

¿Pues quién los ha barajado deste modo? ¿Quién fué aquel tan atrevido

hijo de Jafet, que así los ha trastrocado?

¿Quién? Los mismos hombres, que no han dejado cosa en su lugar, todo

lo han revuelto de alto á bajo con el desconcierto que hoy le vemos

y lamentamos. Digo, pues, que estaba el bueno del Desengaño en la

primera grada de la vida, en el zaguán desta casa común del orbe, con

tal atención, que en entrando alguno, al punto se le ponía al lado y

comenzaba á hablarle claro y desengañarle:

Mira, le decía, que no naciste para el mundo; sino para el cielo.

Los halagos de los vicios matan y los rigores de las virtudes dan

vida. No te fíes en la mocedad, que es de vidrio. No tienes de qué

desvanecerte, le decía al presumido, por tus presentes; vuelve los ojos

á tus pasados, reconócelos bien á ellos, para que no te desconozcas á

ti. Advierte, le decía al tahur, que pierdes tres cosas, el precioso

tiempo, la hacienda y la conciencia. Avisábala de su fealdad á la

resabida y de su necesidad á la bella; á los varones de prendas, de su

corta ventura, y á los venturosos, de sus pocos méritos; al sabio, de

su desestimación y de su incapacidad al poderoso. Al pavón le acordaba

el potro de sus pies, y al mismo sol sus eclipses. Á unos su principio,

á otros su paradero. Á los empinados su caída y á los caídos su

merecido.

Andábase de unos en otros estrellando verdades. Decíale al viejo que

tenía todos los sentidos consentidos y al mozo que sin sentir; al

español que no fuese tan tardo y al francés que no se moviese tan de

ligero; al villano que no fuese malicioso y al cortesano, adulador. No

se ahorraba con ninguno. Pues, aunque fuera un gran señor, le avisaba

que no le caía bien el _vos_ con todos, que podría tal vez descuidarse

con su príncipe y hablarle del mismo modo ó tan sin él. Y á otro, que

siempre estaba de chanza, le advirtió que podría ser le llamasen el

Duque de Bernardina.

Traía el espejo cristalino del propio conocimiento muy á mano y

plantábasele delante á todos. No gustaba desto el malcarado y menos el

mascarado ni el tuerto ni el boquituerto, el cano, el calvo. Decíale á

uno que le bobeaba el gesto y al otro que tenía ruin fachada. Las feas

le hacían malísima cara y las viejas le paraban arrugado ceño.

Hízose con esto malquisto en cuatro días y á cuatro verdades tan

aborrecible, que no le podían ver. Comenzaron á darle de mano y aun del

pie. Buenos porrazos asentó él de verdades; pero también se llevó malos

empellones de enfados. Éste le arrojaba á aquél y aquél al otro de más

allá, hasta venir á dar con él en la vejez, acullá en el remate de la

vida. Y si pudieran más lejos, aun allí no le dejaran parar.

Al contrario, lisonjeados grandemente del Engaño, aquel plausible

hechicero, comenzaron á tirar dél, cada uno hacia sí, hasta traerlo al

medio de la vida y de allí poco á poco á los principios de ella. Con

él comienzan, con él prosiguen. Á todos les venda los ojos, jugando

con ellos á la gallina ciega, que no hay hoy juego más introducido.

Todos andan desatinados, dando de ojos de vicio en vicio, unos ciegos

de amor, otros de codicia, éste de venganza, aquél de su ambición y

todos de sus antojos, hasta que llegan á la vejez, donde topan con el

Desengaño.

Él los halla á ellos. Quítales las vendas y abren los ojos, cuando ya

no hay que ver. Porque con todo acabaron, hacienda, honra, salud y

vida. Y lo que es peor, con la conciencia. Ésta es la causa de estar

hoy el Engaño á la entrada del mundo y el Desengaño á la salida, la

mentira al principio, la verdad al fin, aquí la ignorancia y acullá la

ya inútil experiencia.

Pero lo que más es de ponderar y de sentir, que, aun llegando tan

tarde el Desengaño, ni es conocido ni estimado. Como os ha sucedido á

vosotros, que habiendo tratado, conversado y comunicado con él, no le

habéis conocido.

¿Qué dices, hombre? ¿Nosotros vístole, hablado y comunicado con él?

¿Cuándo y dónde?

Yo os lo diré. ¿No os acordáis de aquel, que todo lo iba descifrando y

no se descifró á sí mismo? ¿Aquel que os dió á entender todas las cosas

y á él no le conocisteis?

Sí y harto, que yo le suspiro, dijo Critilo.

Pues ése era el Desengaño, el querido hijo de la Verdad, por lo hermoso

y lo lucido. Ése, el que causa los dolores, después de haberle sacado á

luz.

Aquí hizo estremos de sentimiento Critilo, lamentándose agriamente de

que todo lo que más importa no se conoce cuando se tiene, ni se estima

cuando se goza y después, pasada la ocasión, se suspira y se desea: la

verdad, la virtud, la dicha, la sabiduría, la paz y agora el desengaño.

Al contrario, Andrenio, no sólo no mostró sentimiento, sino positivo

gozo, diciendo:

He, que ya nos enfadaba y aun tenía muy hartos de tanta verdad á

las claras. ¡Qué buen gusto tuvieron los que supieron sacudir de

sí al aborrecible entremetido, mosca importuna! Él podía ser hijo

de la verdad; mas á mí me pareció padrastro de la vida. ¡Qué enfado

tan continuo! ¡Qué cosa tan pesada! ¡Su desengaño cada día, aquello

de desayunarse con un desengaño á secas! No paraba de ir diciendo

necedades á título de verdades.

Tú eres un desatinado, le decía al uno sin más ni más.

Y al otro:

Tú eres un simple en seco y sin llover. Tú una necia y tú una fea.

¡Mirá quién le había de esperar, cuando no hay cosa más pesada, que una

verdad no pensada! Siempre andaba diciendo:

¡Qué mal hiciste, qué mal lo pensaste, qué mala resolución la tuya!

He, quitádmelo delante, no le vea más de mis ojos.

Lo que yo más siento, ponderaba Critilo, fué el perderle, cuando más le

deseaba, cuando había de descifrarnos al mismo Descifrador, que estaba

leyendo cátedra de embustes en medio la gran plaza de las apariencias.

¿Pues qué os pareció de aquella afectación de unos en acreditar las

cosas y los sujetos, y la vulgaridad de los otros en creerlo? ¿Aquel

dar en una opinión tanto necio? Aquélla es la tiranía de la fama

hechiza, el monopolio de la alabanza. Apodéranse del crédito cuatro

ó cinco embusteros aduladores y cierran el paso á la Verdad con el

afectado artificio de que no lo entienden los otros y que es necio el

que dice lo contrario. Y así veréis que los ignorantes se lo beben, los

lisonjeros lo aplauden y los sabios no osan chistar. Conque triunfa

Aragne contra Palas, Marsias contra Apolo. Y pasa la necedad por

sutileza y la ignorancia por sabiduría.

¡Oh cuántos autores hay hoy muy acreditados por esta opinión común, sin

haber hombre que se les atreva! ¡Cuántos libros y cuántas obras en gran

predicamento, que bien examinados no merecen el crédito que gozan! Pero

yo me guardaré muy bien de poner nota en quien tiene estrella. ¡Cuántos

sujetos sin valor y sin saber son celebrados á esta traza, sin haber

hombre, que ose hablar, sino algún desesperado Bocalini!

Si dan en decir que una es linda, lo ha de ser, aunque sea un trasgo.

Si dan en que uno es sabio, se saldrá con ello, aunque sea un idiota.

Si en que es gran pintura, aunque sea un borrón. Y de éstas toparéis

mil vulgaridades. Tal es la tiranía de la afectada fama, la violencia

del dar á entender todo lo contrario de lo que las cosas son. De suerte

que hoy todo está en opinión y según como se toman las cosas.

Pero ¡qué gran arte aquella del descifrar!, ponderaba Critilo. No sé

qué me diera por saberla. Que me pareció de las más importantes para la

humana vida.

Sonrióse aquí el nuevo camarada y añadió:

Otra me atrevo yo á comunicaros, harto más sutil y de mayor maestría.

¿Qué dices?, le replicó Critilo. ¿Otra mayor puede hallarse en el mundo?

Sí, respondió, que de cada día se van adelantando las materias y

sutilizando las formas. Mucho más personas son los de hoy, que los de

ayer y lo serán mañana.

¿Cómo puedes decir eso, cuando todos convienen en que ya todo ha

llegado á lo sumo y que está en su mayor pujanza, tan adelantadas todas

las cosas de naturaleza y arte, que no se pueden mejorar?

Engáñase de medio á medio quien tal dice, cuando todo lo que

discurrieron los antiguos es niñería, respeto de lo que se piensa hoy,

y mucho más será mañana. Nada es cuanto se ha dicho con lo que queda

por decir. Y creedme, que todo, cuanto hay escrito en todas las artes

y ciencias, no ha sido más que sacar una gota de agua del océano del

saber. ¡Bueno estuviera el mundo, si ya los ingenios hubieran agotado

la industria, la invención y la sabiduría! No sólo no han llegado las

cosas al colmo de su perfección; pero ni aun á la mitad de lo que

pueden subir.

Dínos por tu vida, así llegue á ser más rancia, que la de Néstor, ¿qué

arte puede ser esa tuya? ¿Qué habilidad, que sobrepuje al ver con cien

ojos, al oir con cien orejas, al obrar con cien manos, proceder con

dos rostros, doblando la atención al adevinar cuanto ha de ser y al

descifrar un mundo entero?

Todo eso, que exageras, es niñería, pues no pasa de la corteza. Es un

discurrir de las puertas afuera. Aquello de llegar á escudriñar los

senos de los pechos humanos, á descoser las entretelas del corazón, á

dar fondo á la mayor capacidad, á medir un cerebro, por capaz que sea,

á sondar el más profundo interior: eso sí que es algo, ésa sí que es

fullería y que merece la tal habilidad ser estimada y codiciada.

Estaban atónitos ambos peregrinos, oyendo tal destreza del discurrir,

cuando prorrumpió Andrenio y le dijo:

¿Quién eres, hombre ó prodigio, si ya no eres algún malicioso, algún

malintencionado ó algún vecino, que es el que ve más?

Nada de eso soy.

¿Pues qué eres, que no te queda ya que ser, sino algún político ó un

veneciano estadista?

Yo soy, dijo, el Veedor de todo.

Explícate, que menos te entiendo.

¿Nunca habéis oído nombrar los zahoríes?

Aguarda, ¿aquel disparate vulgar? ¿Aquella necedad celebrada?

¿Cómo necedad?, les replicó. Zahoríes hay tan ciertos como perspicaces:

por señas, que yo soy uno de ellos. Yo veo clarísimamente los corazones

de todos, aun los más cerrados, como si fuesen de cristal. Y lo que por

ellos pasa, como si lo tocase con las manos: que todos para mí llevan

el alma en la palma. Vosotros, los que no gozáis de esta eminencia,

asegúroos que no veis la mitad de las cosas ni la centésima parte

de lo que hay que ver en el mundo. No veis sino la superficie, no

ahondáis con la vista. Y así os engañáis siete veces al día. Hombres

al fin superficiales. Pero á los que descubrimos cuanto pasa allá

en las ensenadas de una interioridad, acullá dentro en el fondo de

las intenciones, no hay echarnos dado falso. Somos tan tahures del

discurrir, que brujuleamos por el semblante lo más delicado del pensar.

Con sólo un ademán tenemos harto.

¿Qué puedes tú ver, replicó Andrenio, más de lo que vemos nosotros?

Sí y mucho. Yo llego á ver la misma sustancia de las cosas en una

ojeada y no solos los accidentes y las apariencias, como vosotros. Yo

conozco luego si hay sustancia en un sujeto, mido el fondo que tiene,

descubro lo que tira y dónde alcanza, hasta dónde se estiende la esfera

de su actividad, dónde llega su saber y su entender, cuánto ahonda su

prudencia. Veo si tiene corazoncillo y el que bravos hígados y si se le

han convertido en bazo. Pues el seso, yo le veo con tanta distinción,

como si estuviese en un vidrio. Si está en su lugar, que algunos le

tienen á un lado; si maduro ó verde. En viendo un sujeto, conozco lo

que pesa y lo que piensa. Otra cosa más, que he topado muchos, que no

tenían la lengua trabada con el corazón ni los ojos unidos con el seso,

con dependencia dél. Otros, que no tienen hiel.

¡Qué linda vida pasarán ésos!, dijo Critilo.

Sí, porque nada sienten, de nada se consumen ni melancolizan. Pero, lo

que es más de admirar, que hay algunos, que no tienen corazón.

¿Pues cómo pueden vivir?

Antes más y mejor, sin cuidados. Que corazón se dijo del curarse

y tener cuidados. Á los tales nada les da pena, no se les viene á

consumir, como al célebre duque de Feria, que, cuando llegaron á

embalsamarle, le hallaron el corazón todo arrugado y consumido, conque

le tenía grande. Yo veo si está sano y de qué color, si amarillo de

envidia y si negro de malicia. Percibo su movimiento y me estoy mirando

hacia dónde se inclina. Las más cerradas entrañas están á mis ojos

muy patentes y descubro si están gastadas ó enteras. La sangre veo en

sus venas y advierto el que la tiene limpia, noble y generosa. Lo

mismo puedo decir del estómago. Luego conozco qué estómago le hacen á

cualquiera los sucesos, si puede digerir las cosas. Y me río las más

veces de los médicos, que estará el mal en las entrañas y ellos aplican

los remedios al tobillo, procede el mal de la cabeza y recetan el untar

los pies. Veo y distingo clarísimamente los humores y el de cada uno,

si está ó no de buen humor, observándolo para la hora del despacho y

conveniencia; si reina la melancolía, para remitirlo á mejor sazón; si

gasta cólera ó flema.

Válgate Dios por zahorí, dijo Andrenio, y lo que penetras.

Pues aguarda, que eso es nada. Yo veo, yo conozco si uno tiene alma ó

no.

¿Pues hay quien no la tenga?

Sí y muchos y por varios modos.

¿Y cómo viven?

En diptongo de vida y muerte. Andan sin alma como cántaros y sin

corazón como hurones. Y en una palabra, de pies á cabeza, comprendo un

sujeto, por dentro y fuera le reconozco y le defino, con que á muchos

no les hallo definición. ¿Qué os parece de la habilidad?

Que es cosa grande.

Mas pregunto, dijo Critilo, ¿procede de arte ó naturaleza?

Mi industria me cuesta y advierte que todas estas artes son de calidad,

que se pegan platicando con quien las tiene.

Yo la renuncio desde luego, dijo Andrenio; no trato de ser zahorí.

¿Por qué no?

Porque tú no has dicho lo malo que tiene.

¿Qué le hallas tú de malo? ¿No es harto aquello de ver los muertos en

sus sepulcros, aunque estén metidos entre mármoles ó siete estados

bajo tierra, aquellas horribles cataduras, hormigueros de sabandijas,

visiones de corrupción?

Quita allá y líbreme Dios de tan trágico espectáculo, aunque sea de un

rey. Dígote que no podría comer ni dormir en un mes.

¡Qué bien lo entiendes! Ésos, nosotros no los vemos, que allí no hay

que ver, pues todo paró en tierra, en polvo, en nada. Los vivos son

los que á mí me espantan; que los muertos nunca me dieron pena. Los

verdaderos muertos, que nosotros vemos y huímos, son los que andan por

su pie.

Si muertos, ¿cómo andan?

Ahí verás que andan entre nosotros y arrojan pestilencial olor de su

hedionda fama, de sus gastadas costumbres. Hay muchos ya podridos,

que les huele mal el aliento; otros, que tienen roídas las entrañas,

hombres sin conciencia, hembras sin vergüenza, gente sin alma; muchos,

que parecen personas y son plazas muertas. Todos éstos sí que me causan

á mí grande horror y tal vez se me espeluzan los cabellos.

¿Según esto, replicó Critilo, también debes de ver lo que se cocina en

cada casa?

Sí, y á fe, muchos malos guisados. Veo maldades emparedadas que se

cometen en los más escondidos retretes, fealdades arrinconadas que se

echan luego á volar por las ventanas y andan de corrillo en corrillo

corriendo á sus avergonzados dueños. Sobre todo, yo veo si uno tiene

dinero y me río muchas veces de ver que algunos los tienen por ricos,

por hombres adinerados y poderosos y yo sé que es su tesoro de duendes

y sus baúles como los del Gran Capitán y aun sus cuentas. Á otros veo

tenerlos por unos pozos de ciencia y yo llego y miro y veo que son

secos. Pues de bondad, asegúroos que no veo la mitad. Así que no hay

para mi vista cosa reservada ni escondida. Los billetes y las cartas,

por selladas que estén, las leo y atino lo que contienen, en viendo

para quién van y de quién vienen.

Ahora no me espanto, decía Critilo, que oigan las paredes y más las de

palacio, entapizadas de orejas. Al fin todo se sabe y se huele.

¿Qué ves en mí?, le preguntó Andrenio. ¿Hay algo de sustancia?

Eso no diré yo, respondió el Zahorí, porque, aunque todo lo veo, todo

lo callo, que quien más sabe suele hablar menos.

Procedían gustosamente embelesados, viéndole hacer maravillosas

experiencias, cuando descubrieron á un lado del camino un estraño

edificio, que en lo encantado parecía palacio y en lo ruidoso casa de

contratación y en lo cerrado brete. No se le veían ventanas, ni puertas.

¿Qué diptongo de estancia es ésta?, preguntaron.

Y el Zahorí:

Éste es el escándalo mayor.

Pero al decir eso salió dél sin que advirtiese cómo ni por dónde un

monstruo, sobre raro, formidable, mezcla de hombre y caballo, de

aquellos que los antiguos llamaban centauros. Éste en dos brincos

estuvo sobre ellos y, formando algunos caracoles, se fué arrimando á

Andrenio y, asiéndole de un cabello, que para ocasión basta y para

afición sobra, metióle á las ancas de aquel su semicaballo con alas,

que todos los males vuelan, y en un instante dió la vuelta para su

laberinto corriente y confusión al uso. Dieron voces los camaradas;

mas en vano, porque dejaba atrás el viento y del mismo modo que

saliera, sin saberse cómo ni por dónde, le metió allá, dejándole muy

encastillado en nuevas monstruosidades.

¡Hay tal violencia!, se lamentaba Critilo. ¿Qué casa ó qué ruina es

ésta?

Y el Zahorí suspirando le respondió:

No es edificio, sino desedificación de tanto pasajero, casa hecha á

cien malicias, bajío de la vejez, seminario de embustes y, para decirlo

de una vez, éste es el palacio de Caco y de sus secuaces, que ya no

habitan en cuevas.

Diéronle muchas vueltas, sin poder distinguir la frente del envés.

Rodeáronle todo muchas veces, sin poderle hallar entrada ni salida.

Sonaban y aun tonaban los de dentro y aseguraba Critilo que sentía la

voz de Andrenio, mas no percibía lo que decía ni descubría por donde

podía haber entrado, afligiéndose en gran manera y desconfiando de

poder penetrar allá.

Ten pecho y espera, le dijo el Zahorí, y advierte que con gran

facilidad habemos de entrar bien presto.

¿Cómo, si no se le conocen entradas ni salidas ni un resquicio ni una

rendrija?

Ahí verás el primor de la industria cortesana. ¿No has visto tú entrar

á muchos en los palacios sin saberse cómo ni por dónde y apoderarse de

ellos y llegar á mandarlo todo? ¿No viste en Inglaterra introducirse

un hijo de un carnicero á hacer carnicería de sangre noble, en Francia

un cierto Noves á llevar al retortero los mismos pares? Nunca has oído

preguntar á algunos simples: Señores ¿cómo entró aquél en Palacio, cómo

consiguió el puesto y el empleo, con qué méritos por qué servicios? Y

todo hombre encoge los hombros, cuando ellos se desencogen y hombrean.

Yo tengo de introducirte en él.

¿Cómo, no siendo mozo vergonzoso ni venturoso?

Pues tú has de entrar como Pedro por Huesca.

¿Qué Pedro fué ése?

El famoso que la ganó.

He, que no veo puerta ni ventana.

No faltará alguna, que los que no pueden por las principales, entran

por las escusadas.

Aun ésas no descubro.

Alto, entra por la de los entremetidos, que son los más.

Y realmente fué así, que entraron allá con grande facilidad

entremetiéndose.

Luego que se vieron dentro, comenzaron á discurrir por el embustero

palacio, notando cosas bien raras, aunque muy usadas en el mundo. Oían

á muchos y á ninguno veían ni sabían con quién hablaban.

¡Estraño encanto!, ponderaba Critilo.

Has de saber, le dijo el Zahorí, que en entrando acá los más se

vuelven invisibles, todos los que quieren y obran sin ser vistos. Verás

cada día hacerse malos tiros y esconder la mano, tirar guijarros sin

atinar de dónde vienen y echar voz que son duendes. Lo más se obra

bajo manga. Hacen la copla y no la dicen. Mas, como yo tengo en estos

ojos un par de viejas, en vez de niñas, todo lo descubro, que en eso

consiste mucho el ser Zahorí. Sígueme, que has de ver bravas tramoyas y

raros modos de vivir, no olvidando el descubrir á Andrenio.

Introdújole en el primer salón desahogadamente capaz. Tendría

cuatrocientos pasos de ancho, como dijo aquel otro duque, exagerando

uno de sus palacios. Y riéndose los otros señores, que le escuchaban,

le preguntaron:

¿Pues cuánto tendrá de largo?

Aquí él queriendo reparar su empeño, respondió:

Tendrá algunos ciento y cincuenta.

Estaba todo él coronado de mesas francesas con manteles alemanes y

viandas españolas, muchas y muy regaladas, sin que viese ni supiese de

dónde salían ni cómo venían; sólo se veían de cuando en cuando unas

blancas y hermosas manos, con sus dedos coronados de anillos, con

macetas de diamantes, muchos finos, los más falsos, que por el aire de

su donaire servían á las mesas los regalados platos. Íbanse sentando á

las mesas los convidados ó los comedores. Descogían los paños de mesa;

mas no desplegaban sus labios. Comían y callaban, ya el capón, ya la

perdiz, el pavo y el faisán, á costa de sus fénix, sin costarles un

maravedí y cuando más una blanca, sin meterse en averiguar de dónde

salía el regalo ni quién lo enviaba.

¿Quién son éstos, preguntó Critilo, que comen como unos lobos y callan

como unos borregos?

Éstos, le respondió su veedor Zahorí, son los que de nada tienen asco,

los que sufren mucho.

Pues moscas en la delicada honra, ¿qué tienen que sufrir los que están

tan regalados?

Y aun por eso.

¿De dónde sale tanta abundancia, Zahorí mío?

De la copia de Amaltea; pero déjalos, que todo esto es un encanto de

mediterráneas sirenas.

Pasaron á otra mesa y allí vieron comer á otros muy buenos bocados, lo

mejor que llegaba á la plaza ó á las despensas, la caza reciente, el

pescado fresco y exquisito. Y esto sin tener rentas ni juros, aunque sí

votos.

Éste sí que es raro encanto, decía Critilo, que coman éstos como

unos príncipes, siendo unos desdichados, y, lo que es más, sin tener

hacienda, sin censos, sin conocérseles cosa sobre que llueva Dios, sin

trabajar ni cansarse, antes holgándose y paseando todos los días. ¿De

dónde sale esto, señor Zahorí, vos que lo veis todo?

Aguarda, le respondió, y verás el misterio.

Asomaron en esto unas garras, no de nieve como las primeras, sino de

neblí y todas de rapiña, que traían velando, esto es, por el aire, el

pichón y el gazapo. Quedó atónito Critilo y decía:

¡Esto sí que es cazar! Ya echan piernas los que uñas y todo es comer

por encanto.

¿No has oído contar, le decía el Zahorí, que á algunos les traían de

comer los cuervos y los perros?

Sí; pero eran santos y éstos son diablos: aquello era por milagro.

¿Pues esto es por misterio? Mas esto es niñería, respeto de lo que

tragan aquellos otros, que están acullá más altos. Acerquémonos y verás

los prodigios del encanto. Allí hay hombre que come los diez mil y los

veinte mil de renta, que, cuando llegó á meter la mano en la masa y en

la mesa, no traía mas que su capa y bien raída.

¡Bravo encanto!

Pues ésos son migajuelas reales. Mira aquellos otros.

Y señalóle unos bien señalados.

Aquéllos sí que tragan, pues, millones enteros.

¡Qué bravos estómagos, oh avestruces de plata!

Dejaron ésta y pasaron á otra sala, que parecía el vestuario, y aquí

vieron sobre bufetes moscovitas muchos tabaques indianos con ricas y

vistosas galas, lamas de Milán, telas de Nápoles, brocados y bordados,

sin saberse quién los cosió ni de dónde venían. Echábase voz que eran

para la casta Penélope y servían después para la Tais y la Flora.

Decíase que para la honesta consorte y rozábalas la ramera. Todo se

hacía invisible, todo noche y todo encanto. Había unas grandes fuentes,

que brindaban hilos de perlas á unas y hacían saltar hilo á hilo las

lágrimas á otras, á la mujer legítima y á la recatada hija. Chorrillos

de diamantes, dichos así con propriedad, porque ya se ha hecho

chorrillo del pedir. Salía la otra transformada de Guinea en una India

de rubíes y esmeraldas, sin costarle al marido ó al hermano ni aun una

palabra.

¿De dónde tanta riqueza, Zahorí mío?

Y él:

¿De dónde? De esas fuentes. Ahí mismo manan. Que por eso se llamaron

fuentes, porque son brulladores de perlas entre arenas de oro, riéndose

de tanto necio.

Llegaban los maridos y vestían muy á lo príncipe. Calzábanse el

sombrero de castor á costa del menos casto. Sacaban ellas las randas

al aire de su loca vanidad y todo paraba en aire. Aquí toparon el

caballero del milagro y, no uno solo, sino muchos de aquellos que

visten y comen, pasean y campan, sin saberse cómo ni de qué.

¿Qué es esto?, decía Critilo. ¿Al que tiene lucida hacienda, rentas

pingües, juros y posesiones, le pone grima el vivir, el poder pasar; y

éstos, que no tienen dónde caer muertos, lucen, campan y triunfan?

El criticón (tomo 2 de 2) · 第 14 / 26 段