tocar con la coronilla en las estrellas. Destos tales zancones toparéis
muchos en el mundo, tendréislos en lo que son, llevando la contracifra.
Por otra parte veréis que se paga mucho el vulgo de ellos y más cuanto
más corpulentos. Creyendo que consiste en la gordura la sustancia,
miden la calidad por la cantidad y, como los ven hombres de fachada,
conciben dellos altamente. Llena mucho una gentil presencia. Por poco
que favorezca el espíritu, parece uno doblado y más, si es hombre de
puesto. Pero ya digo, por lo común, ellos, bien descifrados, no son
otros que zancones.
Según eso, dijo Andrenio, aquellos otros sus antípodas, aquellos
pequeños y por otro nombre ruincillos, que por maravilla escapan de
ahí, aquellos, que hacen del hombre, porque no lo son siquiera por
parecerlo, semilla de títeres, moviéndose todos, que ni paran ni dejan
parar, amasados con azogue, que todos se mueven, hechos de goznes,
gente de polvorín, picantes granos, aquel que se estira, porque no le
cabe el alma en la vaina, el otro gravecillo, que afecta el ser persona
y nunca sale de personilla, con poco se llena, chimenea baja y angosta,
toda es humos: ¿todos éstos sí, que serán letras?
De ningún modo: digo que no lo son.
¿Pues qué?
Añadiduras de letras, puntillos de íes y tildes de eñes. Por eso es
menester guardarles los aires, que siempre andan en puntillos y de
puntillas. Ni hay mucho que fiar ni que confiar de personeta ni de sus
otros consonantes. Son chiquitos y poquitos y menuditos. Y así dice el
catalán:
_Poca cosa, para forsa._
Yo conocí un gran ministro, que jamás quiso hablar con ningún hombre
muy pequeño ni les escuchaba. Llevan el alma en pena. Si andan, no
tocan en tierra, porque van de puntillas, y, si se sientan, ni tocan
ni en cielo ni en tierra. Tienen reconcentrada la malicia y así tienen
malas entrañuelas. Son de casta de sabandijas pequeñas, que todas
pican, que matan. Al fin ellos son abreviaturas de hombres y cifra de
personillas.
Otra cifra me olvidaba, que os importará mucho el conocerla, la más
platicada y la menos sabida. Entiéndense mil cosas en ella y todas
muy al contrario de lo que pintan y por eso se han de leer al revés.
¿No veis aquél del cuello torcido? ¿Pensaréis que tiene muy recta la
intención?
Claro es eso, respondió Andrenio.
¿Creeréis que es un beato?
Y con razón.
Pues sabed que no lo es.
¿Pues qué?
Un _Alterutrum_.
¿Qué cosa es _Alterutrum_?
Una gran cifra, que abrevia el mundo entero y todo muy al contrario de
lo que parece. Aquel de las grandes melenas ¿bien pensaréis que es un
león?
Yo por tal le tengo.
En lo rapante ya podría; pero aténgome más á las plumas de gallina que
tremola, que á las guedejas que ondea. Aquel otro de la barba ancha y
autorizada ¿creerás tú que tiene de mente lo que de mento?
Téngole por un Bártulo moderno.
Pues no es sino un _Alterutrum_, un semicapro lego, de quien decía un
mecánico:
Pruébeme el señor licenciado que es letrado, que al punto sacaré de la
vecindad mi herrería.
¡Qué brava hazañería hace aquel otro de ministro!
Y cuando más celoso del servicio real, entonces hace el suyo de plata.
Que no es sino un _Alterutrum_, que de achaque de gorrón de Salamanca,
come hoy lo que entonces ayunó: los veinte mil de renta, cuando se
están comiendo de sarna los mayores soldados y los primogénitos de la
fama la delinean. Prométoos que está lleno el mundo de _Alterutrunes_,
muy otros de lo que se muestran. Que todo pasa en representación, para
unos comedia, cuando para otros tragedia. El que parece sabio, el que
valiente, el entendido, el celoso, el beato, el cauto más que casto,
todos pasan en cifra de _Alterutrum_. Observadle bien, que si no, á
cada paso tropezaréis en ella. Estudiad la contracifra de suerte, que
no á todo vestido de sayal tengáis por monje ni el otro, porque roce
seda, dejará de ser mico. Toparéis brutos en doradas salas y bestias,
que volvieron de Roma borregos felpados de oro. Al oficial veréis en
cifra de caballero; al caballero, de título; al título, de grande; al
grande, en la de príncipe. Cubre hoy el pecho con la espada roja el
que ayer con el mandil. Lleva el nieto la insignia verde y llevó el
abuelo el babador amarillo. Jura éste á fe de caballero y pudiera de
gentil. Cuando oigáis á uno prometerlo todo, entended _Alterutrum_,
que dará nada; y cuando responda el otro á vuestra súplica un _sí,
sí_ duplicado, creed _Alterutrum_: que dos afirmaciones niegan, así
como dos negaciones afirman. Esperad más de un _no, no_, que de un
doblado _sí, sí_. Cuando al pagar dice el médico _no, no_, habla en
cifra y toma en realidad. Cuando os dijere el otro: _Señor, veámonos_,
es decir que no os le pongáis delante; el _yo iré á vuestra casa_
es lo mismo que no pondrá los pies en ella; _aquí está mi casa_
es atrancar las puertas. Y cuando el otro dice: ¿_habéis menester
algo_?, bien descifrado es lo mismo que decir: _pues idlo á buscar_. Y
cuando dice: _mirad si se os ofrece alguna cosa_, entonces echa otro
ñudo á la bolsa. Á esta traza habéis de descifrar los más apretados
cumplimientos: _todo soy vuestro_ entended que es muy suyo; ¡_oh lo
que me alegro de veros_! y más de aquí á veinte años; _mandadme algo_
entended que en testamento. Créeselo todo el otro necio y, en llegando
la contracifra de la ocasión, se halla engañado.
Otras muchas hay, que llaman de arte mayor: ésas son muy dificultosas,
quedarán para otra ocasión.
Ésas, replicó Critilo, que á todo había callado, me holgara yo saber
en primer lugar. Porque estas otras, que nos has dicho, los niños las
aprenden en la cartilla.
Ahí verás, dijo el Descifrador, que, aun comenzando tan temprano á
estudiarlas, tarde llegan á entenderlas. Á los niños los destetan con
ellas y los hombres las ignoran. Estudiad por agora éstas y platicad
las contracifras, que estas otras yo os ofrezco explicároslas en el
arte de discurrir, para que haga pareja con la de concebir.
Desta suerte divertidos, se hallaron sin advertir en medio de una
gran plaza, emporio célebre de la apariencia y teatro espacioso de la
ostentación, del hacer parecer las cosas, muy frecuentado en esta
era, para ver las humanas tropelías y las tramoyas tan introducidas.
Hoy vieron á la una y otra hacer á varias oficinas, aunque tenidas por
mecánicas, nada vulgares, y más para los entendidos y entendedores.
En una estaban dorando cosas varias, yerros de necedades, con tal
sutileza, que pasaban plaza de aciertos. Doraban albardas, estatuas,
terrones, guijarros y maderos, hasta muladares y albañales. Parecían
muy bien de luego; pero con el tiempo caíaseles el oro y descubríase el
lodo.
Basta, dijo Critilo, que no es todo oro lo que reluce.
Aquí sí, respondió el Descifrador, que hay que discurrir y bien que
descifrar. Creedme que, por más que se quieran dorar los desaciertos,
ellos son yerros y lo parecerán después. ¡Querernos persuadir que el
matar un príncipe y por su mano, horrible hazaña á sus nobilísimos
cuñados, por solas vanas sospechas, entristeciendo todo el reino, que
fué celo de justicia! Díganle al que tal escribe que es querer dorar
un yerro. ¡Defender que el otro rey no fué cruel ni se ha de llamar
así, sino el justiciero! Díganle al que tal estampa que tiene pequeña
mano para tapar la boca á todo el mundo. ¡Decir que el perseguir los
propios hijos y hacerles guerra, encarcelarlos y quitarles la vida
que fué obligación y no pasión! Respóndaseles que, por más que los
quieran dorar con capa de justicia, siempre serán yerros. ¡Publicar
que el dejamiento y remisión, que ocasionó más muertes de grandes y de
señores, que la misma crueldad, que eso nació de bondad y de clemencia!
Díganle al que eso escribe que es querer dorar un yerro. Pero poco
importa, que el tiempo deslucirá el oro y sobresaldrá el yerro y
triunfará la verdad.
Confitaban en otra varias frutas ásperas, acedas y desabridas,
procurando con el artificio desmentir lo insulso y lo amargo.
Sacáronles una gran fuente destos dulces, que no sólo no recusaron;
pero la lograron, diciendo era debido á su vejez. Cebóse en ellos
Andrenio, celebrándolos mucho; mas el Descifrador tomando uno en la
mano:
¿Veis, dijo, qué bocado tan regalado éste? ¡Pues, si supiésedes lo que
es!
¿Qué ha de ser, dijo Andrenio, sino un terrón de azúcar de Gandía?
Pues sabed que fué un pedazo de una insulsa calabaza, sin el picante
moral y sin el agrio satírico. Este otro, que cruje entre los dientes,
era un troncho de lechuga. Mirad lo que puede el artificio y qué
de hombres sin sabor y sin saber se disfrazan desta suerte y tan
celebrados por grandes hombres. Confitan su agria condición y su
aspereza á los principios. Azucaran otros el no y el mal despacho,
enviando al pretendiente, si no despachado, no despechado.
Ésta otra era una naranja palaciega, tan amarga en la corteza,
como agria en lo interior. Atended qué dulce se vende con el buen
modo. ¡Quién tal creyera! Éstas eran guindas intratables y hanlas
conficionado de suerte, que son regalo. Ésta era flor de azar, que ya
hasta los azares se confitan y son golosina. Y hay hombres tan hallados
con ellos, como Mitridates con el veneno. Aquel tan apetitoso era un
pepino, escándalo de la salud, y aquel otro, un almendruco. Que hay
gustos, que se ceban en un poco de madera. De modo, que andan unos á
cifrar y otros á descifrar y dar á entender.
Junto á éstos estaban los tintoreros, dando raros colores á los hechos.
Usaban de diferentes tintas para teñir del color que querían los
sucesos y así daban muy bien color á lo más malhecho y echaban á la
buena parte lo maldicho, haciendo pasar negro por blanco y malo por
bueno. Historiadores de pincel, no de pluma, dando buena ó mala cara á
todo lo que querían.
Trabajaban los contraolores, dándole bueno al mismo cieno y
desmintiendo la hediondez de sus costumbres y el mal aliento de la
boca con el almizcle y el ámbar. Solos á los sogueros celebró mucho el
Descifrador, por andar al revés de todos.
En llegando aquí se sintieron tirar del oído y aun arrebatarles la
atención. Miraron á un lado y á otro y vieron sobre un vulgar teatro
un valiente _decitore_, rodeado de una gran muela de gente, y ellos
eran los molidos. Teníalos en son de presos aherrojados de las orejas,
no con las cadenillas de oro del Tebano, sino con bridas de hierro.
Éste, pues, con valiente parola, que importa el saberla bornear, estaba
vendiendo maravillas.
Agora quiero mostraros, les decía, un alado prodigio, un portento del
entender. Huélgome de tratar con personas entendidas, con hombres que
lo son. Pero también sé decir que el que no tuviere un prodigioso
entendimiento, bien puede despedirse desde luego, que no hará concepto
de cosas tan altas y sutiles. Alerta, pues, mis entendidos, que sale
una águila de Júpiter, que habla y discurre como tal, que se ríe á
lo Zoilo y pica á lo Aristarco. No dirá palabra, que no encierre un
misterio, que no contenga un concepto, con cien alusiones á cien cosas.
Todo cuanto dirá serán profundidades y sentencias.
Éste, dijo Critilo, sin duda será algún rico, algún poderoso. Que, si
él fuera pobre, nada valiera cuanto dijera. Que se canta bien con voz
de plata y se habla mejor con pico de oro.
Ea, decía el Charlatán, tómense la honra los que no fueren águilas en
el entender, que no tienen que atender. ¿Qué es esto? ¿Ninguno se va?
¿Nadie se mueve?
El caso fué que ninguno se dió por entendido, de desentendido; antes
todos por muy entendedores. Todos mostraron estimarse mucho y concebir
altamente de sí. Comenzó ya á tirar de una grosera brida y asomó el
Mus, estallido de los brutos, que aun el nombrarle ofende.
He aquí, exclamó el Embustero, una águila á todas luces en el pensar,
en el discurrir, y ninguno se atreva á decir lo contrario, que sería no
darse por discreto.
Sí, juro á tal, dijo uno, que yo le veo las alas, ¡y qué altaneras!;
yo le cuento las plumas, ¡y qué sutiles que son! ¿No las veis vos?, le
decía al del lado.
¿Pues no?, respondía él, y muy bien.
Mas otro hombre de verdad y de juicio decía:
Juro, como hombre de bien, que yo no veo que sea águila ni que tenga
plumas; sino cuatro pies zompos y una cola muy reverenda.
¡Ta, ta!, no digáis eso, le replicó un amigo, que os echáis á perder,
que os tendrán por un gran... etc. ¿No advertís lo que los otros dicen
y hacen? Pues seguid el corriente.
Juro á tal, proseguía otro varón también de entereza, que no sólo no es
águila, sino antípoda de ella. Digo que es un grande... etc.
Calla, calla, le dió del codo otro amigo, ¿queréis que todos se rían
de vos? No habéis de decir sino que es águila, aunque sintáis todo lo
contrario, que así hacemos nosotros.
¿No notáis, gritaba el Charlatán, las sutilezas que dice? No tendrá
ingenio quien no las note y observe.
Y al punto saltó un bachiller, diciendo:
¡Qué bien! ¡Qué gran pensar! ¡La primera cosa del mundo! ¡Oh qué
sentencia! Déjenmela escribir. Lástima es que se les pierda un ápice.
Disparó en esto la portentosa bestia aquel su desapacible canto,
bastante á confundir un concejo, con tal torrente de necedades, que
quedaron todos aturdidos, mirándose unos á otros.
¡Aquí, aquí!, mis entendidos, acudió al punto el ridículo Embustero,
¡aquí de puntillas! ¡Esto sí que es decir! ¿Hay Apolo como éste? ¿Qué
os ha parecido de la delgadeza en el pensar, de la elocuencia en el
decir? ¿Hay más discreción en el mundo?
Mirábanse los circunstantes y ninguno osaba chistar ni manifestar lo
que sentía y lo que de verdad era, porque no le tuviesen por un necio;
antes todos comenzaron á una voz á celebrarle y aplaudirle.
Á mí, decía una muy ridícula bachillera, aquel su pico me arrebata: no
le perderé día.
Voto á tal, decía un cuerdo así bajito, que es un asno en todo el
mundo; pero yo me guardaré muy bien de decirlo.
¡Pardiez, decía otro, que aquello no es razonar, sino rebuznar; pero,
mal año para quien tal dijese! Esto corre por ahora. El topo pasa por
lince, la rana por canario, la gallina pasa plaza de león, el grillo
de jilguero, el jumento de aguilucho. ¿Qué me va á mí en lo contrario?
Sienta yo conmigo y hable yo con todos y vivamos, que es lo que importa.
Estaba apurado Critilo de ver semejante vulgaridad de unos y artificio
de otros.
¡Hay tal dar en una necedad!, ponderaba.
Y el socarrón del Embustero, á sombra de su nariz de buen tamaño, se
estaba riendo de todos y solemnizaba á parte, como paso de comedia:
¡Cómo que te los engaño á todos éstos! ¿Qué más hiciera la
encandiladora? Y les hago tragar cien disparates.
Y volvía á gritar:
Ninguno diga que no es así, que sería calificarse de necio.
Con esto se iba reforzando más el mecánico aplauso y hacía lo que todos
Andrenio; pero Critilo, no pudiéndolo sufrir, estaba que reventaba y,
volviéndose á su mudo Descifrador, le dijo:
¿Hasta cuándo éste ha de abusar de nuestra paciencia? ¿Y hasta cuándo
tú has de callar? ¿Qué desvergonzada vulgaridad es ésta?
He, ten espera, le respondió, hasta que el tiempo lo diga: él volverá
por la verdad, como suele. Aguarda que este monstruo vuelva la grupa y
entonces oirás lo que abominarán dél estos mismos, que le admiran.
Sucedió puntualmente que al retirarse el Embustero, aquel su diptongo
de águila y bestia, tan mentida aquélla, cuan cierta ésta, al mismo
instante comenzaron unos y otros á hablar claro:
Juro, decía uno, que no era ingenio; sino un bruto.
¡Qué brava necedad la nuestra!, dijo otro.
Conque se fueron animando todos y decían:
¡Hay tal embuste! De verdad que no le oímos decir cosa, que valiese,
y le aplaudimos. Al fin, él era un jumento y nosotros merecemos la
albarda.
Mas ya en esto volvía á salir el Charlatán, prometiendo otro mayor
portento:
Agora sí, decía, que os propongo no menos, que un famoso gigante,
un prodigio de la fama: fueron sombra con él Encélado y Tifeo. Pero
también digo que el que le aclamare gigante será de buenaventura,
porque le hará grandes honras y amontonará sobre él riquezas, los mil
y los diez mil de renta, la dignidad, el cargo, el empleo; mas el que
no le reconociere jayán, desdichado dél: no sólo no alcanzará merced
alguna; pero le alcanzarán rayos y castigos. ¡Alerta todo el mundo!,
que sale, que se ostenta, ¡oh, cómo se descuella!
Corrió una cortina y apareció un hombrecillo, que aun encima de una
grulla no se divisara. Era como del codo á la mano, un nonada, pigmeo
en todo, en el ser y en el proceder.
¿Qué hacéis, que no gritáis? ¿Cómo no le aplaudís? Vocead, oradores;
cantad, poetas; escribid, ingenios; decid todos: _¡el famoso, el
eminente, el gran hombre!_
Estaban todos atónitos y preguntábanse con los ojos:
¿Señores, qué tiene éste de gigante? ¿Qué le veis de héroe?
Mas ya la runfla de los lisonjeros comenzó á voz en grito á decir:
¡Sí, sí, el gigante, el gigante, el primer hombre del mundo! ¡Qué gran
príncipe tal! ¡Qué bravo mariscal aquél! ¡Qué gran ministro fulano!
Llovieron al punto doblones sobre ellos. Componían los autores, no ya
historias, sino panegíricos, hasta el mismo Pedro Mateo. Comíanse los
poetas las uñas para hacer pico. No había hombre, que se atreviese á
decir lo contrario; antes todos, al que más podía, gritaban:
¡El gigante, el máximo, el mayor!, esperando cada uno un oficio y un
beneficio y decían en secreto allá en sus interioridades:
¡Qué bravamente que miento! Que no es crecido, sino un enano. ¿Pero qué
he de hacer? Mas no, sino andaos á decir lo que sentís y medraréis.
Deste modo visto yo y como y bebo y campo y me hago gran hombre, mas
que sea él lo que quisiere. Y aunque pese á todo el mundo, él ha de ser
gigante.
Trató Andrenio de seguir el corriente y comenzó á gritar:
¡El gigante, el gigante, el gigantazo!
Y al punto granizaron sobre él dones y doblones y decía:
¡Esto sí que es saber vivir!
Estaba deshaciéndose Critilo y decía:
Yo reventaré, si no hablo.
No hagas tal, le dijo el Descifrador, que te pierdes. Aguarda á que
vuelva las espaldas el tal gigante y verás lo que pasa.
Así fué, que al mismo punto, que acabó de hacer su papel de gigante y
se retiró al vestuario de las mortajas, comenzaron todos á decir:
¡Qué bobería la nuestra! He, que no era gigante, sino un pigmeo, que ni
fué cosa ni valió nada.
Y dábanse el cómo unos á otros.
¡Qué cosa es, dijo Critilo, hablar de uno en vida ó después de muerto!
¡Qué diferente lenguaje es el de las ausencias! ¡Qué gran distancia hay
del estar sobre las cabezas ó bajo los pies!
No pararon aquí los embustes del Sinón moderno; antes echando por la
contraria, sacaba hombres eminentes, gigantes verdaderos, y los vendía
por enanos y que no valían cosa, que eran nada y menos que nada. Y
todos daban en que sí y habían de pasar por tales, sin que osasen
chistar los hombres de juicio y de censura. Sacó la fénix y dió en
decir que era un escarabajo. Y todos que sí, que lo era, y hubo de
pasar por tal. Pero donde se acabó de apurar Critilo fué cuando le vió
sacar un grande espejo y decir con desvergonzado despejo:
Veis aquí el cristal de las maravillas. ¿Qué tenía que ver con
éste el del Faro? Si ya no es el mismo, pues hay tradición que sí y
lo atestiguó el célebre don Juan de Espina, que le compró en diez
mil ducados y le metió al lado del ayunque de Vulcano. Aquí os le
pongo delante, no tanto para fiscal de vuestras fealdades, cuanto
para espectáculo de maravillas. Pero es de advertir que el que fuere
villano, malnacido, de mala raza, hombre vil, hijo de ruin madre, el
que tuviere alguna mancha en su sangre, el que le hiciere feeza su
esposa bella, que las más lindas suelen salir con tales fealdades,
aunque él no lo supiera, pues basta que todos le miren como al toro,
ni los simples ni los necios no tienen que llegarse á mirar, porque no
verán cosa. ¡Alto!, que le descubro, que le careo. ¿Quién mira? ¿Quién
ve?
Comenzaron unos y otros á mirar y todos á remirar y ninguno veía cosa.
Mas, ¡oh, fuerza del embuste!, ¡oh, tiranía del artificio! Por no
desacreditarse cada uno, porque no le tuviesen por villano malnacido,
hijo de... etc., ó tonto, ó mentecato, comenzaron á decir mil necedades
de marca:
Yo veo, yo veo, decía uno.
¿Qué ves?
La misma fénix con sus plumas de oro y su pico de perlas.
Yo veo, decía otro, resplandecer el carbunclo en una noche de Diciembre.
Yo oigo, decía otro, cantar el cisne.
Yo, dijo un filósofo, la armonía de los cielos al moverse.
Y se lo creyeron algunos simples. Hombre hubo, que dijo veía el mismo
Ente de razón tan claro, que le podía tocar con las manos.
Yo veo el punto fijo de la longitud del orbe.
Yo, las partes proporcionales.
Y yo las indivisibles, dijo un secuaz de Zenón.
Pues yo, la cuadratura del círculo.
Más veo yo, gritaba otro.
¿Qué cosa?
¿Qué cosa? El alma en la palma. Por señas, que es sencillísima.
Nada es todo eso, cuando yo estoy viendo un hombre de bien en este
siglo, quien hable verdad, quien tenga conciencia, quien obre con
entereza, quien mire más por el bien público, que por el privado.
Á esta traza decían cien imposibles. Y con que todos sabían que
no sabían y creían que no veían ni decían verdad, ninguno osaba
declararse, por no ser el primero á romper el yelo. Todos agraviaban la
verdad y ayudaban al triunfo de la mentira.
¿Para cuándo aguardas tú, le dijo Critilo á su Descifrador, esa tu
habilidad, si aquí no la sacas? Ea, acaba ya de descifrarnos este
embeleco al uso. Dínos, por tu vida, ¿quién es este insigne embustero?
Éste es..., le respondió; mas al pronunciar esta sola palabra, al
mismo punto que le vió mover los labios el famoso Tropelista, que
en todo aquel rato no había apartado los ojos dél, temiendo se les
descifrase sus embustes y diese con todo su artificio al traste,
comenzó á echar por la boca espeso humo, habiendo antes engullido
grosera estopa, y vomitó tanto, que llenó todo aquel claro hemisferio
de confusión. Y cual suele la jibia, notable pececillo, cuando se ve
á riesgo de ser pescado, arrojar gran cantidad de tinta, que tiene
recogida en sus senillos y muy guardada para su ocasión, con que
enturbia las aguas y escurece los cristales y escapa del peligro, así
éste comenzó á esparcir tinta de fabulosos escritores, de historiadores
manifiestamente mentirosos. Tanto, que hubo un autor francés entre
éstos, que se atrevió á negar la prisión del rey Francisco en Pavía. Y
diciéndole ¿cómo escribía una tan desvergonzada mentira?, respondió:
He, que de aquí á docientos años, tan creído seré yo, como ellos. Por
lo menos causaré razón de dudar y pondré la verdad en disputa. Que
desta suerte se confunden las materias.
No paraba de arrojar tinta de mentiras y fealdades, espeso humo de
confusión, llenándolo todo de opiniones y pareceres, con que todos
perdieron el tino y sin saber á quién seguir ni quién era el que decía
la verdad, sin hallar á quién arrimarse con seguridad, echó cada uno
por su vereda de opinar y quedó el mundo bullendo de sofisterías y
caprichos. Pero el que quisiere saber quién fuese este embustero
político, prosiga en leer la Crisi siguiente.
CRISI V
_El palacio sin puertas._
Varias y grandes son las monstruosidades, que se van descubriendo de
nuevo cada día en la arriesgada peregrinación de la vida humana.
Entre todas la más portentosa es el estar el Engaño en la entrada del
mundo y el Desengaño á la salida. Inconveniente tan perjudicial, que
basta á echar á perder todo el vivir.
Porque, si son fatales los yerros en los principios de las empresas,
por ir creciendo siempre y aumentándose cuanto más va hasta llegar
en el fin á un exorbitante exceso de perdición, errar, pues, los
principios de la vida ¿qué será si no un irse despeñando con mayor
precipitación de cada día, hasta venir á dar al cabo en un irremediable
abismo de perdición y desdicha? ¿Quién tal dispuso y desta suerte?
¿Quién así lo ordenó? Ahora me confirmo en que todo el mundo anda al
revés y todo cuanto hay en él es á la trocada.
El Desengaño, para bien ir, había de estar en la misma entrada del
mundo, en el umbral de la vida, para que al mismo punto, que el hombre
metiera el pie en ella, se le pusiera al lado y le guiara, librándole
de tanto lazo y peligro, como le está armado. Fuera un ayo puntual, que
siempre le asistiera, sin perderle ni un solo instante de vista. Fuera
el numen vial, que le encaminara por las sendas de la Virtud al centro
de su felicidad destinada. Pero como, al contrario, topa luego con el
Engaño, el primero que le informa de todo al revés, hácele desatinar
y le conduce por el camino de la mano izquierda al paradero de su
perdición.
Así se lamentaba Critilo, mirando á una y otra parte en busca de
su Descifrador, que en aquella confusión universal de humo y de
ignorancia, le habían perdido. Mas fuese su suerte que otro, que
les estaba oyendo y percibió los estremos de su sentimiento, se fué
llegando á ellos y les dijo: